III Domingo de Pascua
26 de abril de 2009

La homilía de Betania


1.- NOS FALTA FE DE CORAZÓN

Por José María Maruri, SJ

2.- TIEMPO DE FANTASMAS

Por Gustavo Vélez, mxy

3.- SE NECESITAN TESTIGOS ANTES QUE MAESTROS

Por José María Martín OSA

4.- OJALÁ CREAMOS FIRMEMENTE EN EL TRIUNFO DE CRISTO

Por Antonio García-Moreno

5.- LA CONVERSIÓN Y EL PERDÓN DE LOS PECADOS

Por Gabriel González del Estal

6.- ¿QUÉ HEMOS HECHO DEL DOMINGO?

Por Javier Leoz

7.- COMO UN RESUMEN DE TODAS LAS APARICIONES

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


DÍAS DE GOZO

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- NOS FALTA FE DE CORAZÓN

Por José María Maruri, SJ

1.- En medio de las aleluyas y gozo de la Resurrección tal vez se nos pasan desapercibidos palabras del mismo Jesús a sus apóstoles en que siempre recrimina su poca fe. Acabamos de oír el Evangelio: “¿Por qué surgen dudas en vuestro corazón?”. Y más fuertes son las que dice a los dos que huían a Emaús. “Insensatos y tardos de corazón para creer…” Y San Marcos vuelve a decir: “les echo en cara su incredulidad y su dureza de corazón”

Y estas duras palabras contrastan con aquellas en que Jesús, en su vida mortal, había alabado la fe de la gente sencilla. Del centurión dice: “jamás he visto una fe tan grande en Israel”. A la Hemorroisa le dice: “Hija, tu fe te ha sanado”. Y a Magdalena la pecadora: “vete, tu fe te ha salvado”. Y recordáis cuando estando en la casa de Pedro y le bajan por el tejado un paralítico y lo ponen ante Él, dice: “y por la fe ellos curó al paralítico”. A los apóstoles les había dicho duramente en otra ocasión: “si tuvierais siquiera una fe como un grano de mostaza, trasladaríais montes o plantaríais una morera en pleno mar”.

2.- A mí, especialmente, me dejan sin respiración aquellas frases que cierran en San Marcos las apariciones del Señor Resucitado: Estas serán las señales de los que crean en mí: expulsarán demonios, beberán veneno y no les hará daño, agarrarán serpientes y no les morderán. Curarán enfermos. Y yo no dejo de preguntarme: ¿qué clase de fe tengo yo? Ni he traslado montes ni moreras, ¿tengo yo fe? ¿No merezco yo más bien las recriminaciones del Señor por mi dureza de corazón? ¿Yo qué creí que creía?

3.- Fe no es aceptación de un ideario. Fe no es admitir el Credo de la Iglesia… Si os habéis dado cuenta el Señor habla de ser “tardos de corazón”, de “dureza de corazón”. No se queja de que no sepan. Se queja de que no tienen implicado el corazón.

Fe es seguimiento de una persona, es adhesión al Señor, es confiar plenamente en Él, es estar dispuestos a darlo todo por Él, es un enamoramiento, es algo que nos empuja al Señor.

El paracaidista puede saber de memoria toda la teoría y estar muy seguro de su paracaídas, al fin tiene que cerrar los ojos y tirarse al vacío-

Fe es tirarse al vacío en la plena confianza de que allí esta el Señor para recibirnos en sus fuertes brazos.

4.- Yo creo que en nuestro afán de asepsia, de parecer lógicos y racionales (por no decir racionalistas) hemos amojamado el corazón, lo hemos endurecido y de eso nos acusa el Señor. Un corazón se endurece, como carne sin jugo. Tenemos una fe congelada como son la mayoría de nuestros alimentos. Nuestro corazón ha perdido la frescura de una religión joven y entusiasta, somos cristianos no viejos, sino envejecidos, con arteriosclerosis aguda. Vuelve a hacerse necesario aquello de Jeremías: “Sacaré de tu pecho el corazón de piedra y meteré allí un corazón de carne.

Cómo somos capaces de amar a un ser humano de carne y hueso debemos saber amar a Dios, que para eso es carne de nuestra carne y hueso de nuestros huesos. ¿Y si no para que hace el Señor Jesús tanto alarde de que no es un fantasma, de que puede comer, de que tiene carne y huesos como nosotros, aún después de resucitado?

Os voy a decir una cosa que es tabú entre los curas “entendidos”, entre los curas “intelectuales”. La devoción al Corazón de Jesús no iba más que a esto, a hacernos caer en la cuenta de que somos capaces de tener un amor de corazón a corazón con el Hijo de Dios.

5.- Nos falta fe de corazón, que no necesita razones, como no necesitamos razones para amar a una a la que queremos. En cuanto que tengamos que buscar razones para amar… se acabó el amor.

Necesitamos la cercanía del Señor Jesús y esa la tenemos en la Eucaristía, en los sagrarios. ¿Creemos de verdad que Él está en los sagrarios? Pues no sé como somos capaces de marcharnos a casa. ¿Cómo no nos pasamos día y noche junto a Él, como María? El Señor nos da un corazón de carne para amarle a Él.


2.- TIEMPO DE FANTASMAS

Por Gustavo Vélez, mxy

“Mientras hablaban los discípulos, se presentó Jesús en medio y les dijo: Paz a vosotros. Llenos de miedo por la sorpresa creían ver un fantasma”. San Lucas, Cáp. 24.

1.- Cada cultura fabrica y mantiene sus propios fantasmas. Los nuestros enturbian los arroyos, hieren los ganados, dañan las cosechas. Llenan de ruidos la oscuridad y asustan a los niños. El epicentro de los fantasmas, en tiempos de Jesús, estaría en el Lago de Genesaret, sobre todo en las noches de borrasca.

Con el correr del tiempo, muchos fantasmas se refugiaron en nuestro interior y allí agazapados fabrican miedos, bloquean proyectos, atormentan nuestros sueños, nos amargan la vida. Sigmund Freud los persiguió hasta su guarida, pero no logró eliminarlos a todos.

2.- Cuenta san Lucas que, estando reunidos los discípulos en el cenáculo, Jesús se presentó deseándoles la paz. Pero ellos no le reconocieron. Aterrados, creían ver un fantasma. Tuvo el Señor que desmontar aquel pavor, aquella falsa percepción. En fin, sanar aquella fe desconcertada y vacilante. Alguien querrá culpar a estos discípulos. Pero hemos de entender que hoy Jesucristo también asusta a muchos.

Hacia el siglo IV, las comunidades cristianas comenzaron tímidamente a venerar representaciones del Señor. Del pueblo judío habían heredado la prohibición de fabricar toda clase de imágenes. Entonces el arte bizantino tuvo la palabra y aparecieron aquellos Cristos, de angulosas facciones y grandes ojos. Los cuales, como dicen un autor, más que ser mirados, nos miran de forma escrutadora. En ellos se traducía mejor la efigie de Constantino, que el rostro de Jesús de Nazaret.

3.- Valdría entonces preguntarnos: ¿Los cristianos de hoy qué versión de Dios ofrecemos? ¿Cómo traducimos nuestra fe al entorno que nos rodea? De Bill Clinton alguien señaló que, en su momento, se creyó el policía del mundo. Sospechamos que ciertos grupos religiosos han retomado este encargo, mientras Jesús quiso otra cosa. Deseó que los cristianos fuéramos sal de la tierra, luz del mundo, levadura en la masa.

Una encuesta en nuestras calles sobre la Iglesia revelaría que muchas gentes sólo la identifican como un aparato administrativo, jurídico o si queremos litúrgico. Pero no logran descubrir corazón de Dios que quiere palpitar en cada discípulo de Cristo, en cada comunidad creyente. Es tarea de los cristianos exhibir la presencia de Jesús, traduciéndola en signos de sencillez, de acogida y de misericordia. De lo contrario habría que borrar innumerables páginas del Evangelio.

4.- Aquel encuentro del Señor en el cenáculo, narrado por san Lucas, fue quizás la aparición oficial a los apóstoles, para invitarlos a creer en Él, más allá de los miedos, de las falsas imágenes. En nuestro mundo, cuando se toca el tema religioso, frecuentemente se alborotan los fantasmas. Algunos sienten vulnerados sus derechos. Otros la emprenden contra las caricaturas de religión que se han fabricado. Nunca identificaron a Jesús entre las fotocopias desteñidas que muchos bautizados les mostramos.

“El Principito estaba delante mí, nos cuenta Saint Exupery. Y de inmediato me rogó: Dibújame un cordero. Lo hice de inmediato. Pero el niño me dijo: Así no. Es un carnero. ¿No ves que tiene cuernos? Por lo cual resolví más bien pintar una caja y le expliqué: Allí dentro encontrarás tu cordero. El rostro de mi pequeño interlocutor se iluminó”. Muchos apenas alcanzamos a ofrecer una caja, pero dentro alienta Jesucristo.


3.- SE NECESITAN TESTIGOS ANTES QUE MAESTROS

Por José María Martín OSA

1.- Una niña estaba muriendo de una enfermedad de la que su hermano, de 14 años, había logrado recuperarse tiempo atrás. El médico dijo al muchacho:

--Sólo una transfusión de su sangre puede salvar la vida de tu hermana. ¿Estás dispuesto a dársela?".

Los ojos del muchacho reflejaron verdadero pavor por unos instantes, finalmente dijo:

--De acuerdo, doctor, lo haré.

Una hora después de realizar la transfusión, el muchacho preguntó indeciso:

--¿Dígame, doctor, cuando voy a morir?

Sólo entonces comprendió el doctor el momentáneo pavor que había detectado en los ojos del muchacho: creía que, al dar su sangre, iba también a dar la vida por su hermana. El amor a su hermana llevó al muchacho a realizar este gesto heroico. El amor de Jesús por todos nosotros es lo que le llevó a dar su vida. Pero venció a la muerte y su resurrección indica que nosotros debemos dar lo que somos y tenemos por los demás.

2.- Pedro, tras la curación del tullido en la Puerta Hermosa del Templo pronuncia este segundo discurso. Tras la admiración que ha provocado el milagro, proclama la resurrección de Jesús y su papel en la salvación de los hombres. Los que reciben con asombro este signo de curación son invitados por la palabra de Pedro a descubrir su sentido. No basta con saber para salir de la ignorancia. Ellos, por ignorancia, mataron al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Ahora ya lo saben, pero no basta con descubrirlo, es necesario cambiar de actitud para salir de la ignorancia: " arrepentíos y convertíos". Aceptar que el paralítico ha sido curado en nombre de Jesús es aceptar que el resucitado es el Dios de la vida, actúa en la vida y transforma nuestra experiencia por el perdón que sigue al arrepentimiento. A pesar del mal y de la muerte, la vida sigue siendo posible por Cristo resucitado. El discurso de Pedro señala dos ideas fundamentales:

--Jesús, el siervo de Dios crucificado, es autor y dador de vida, el origen y el que nos guía hasta ella porque venció a la muerte con su resurrección.

-- El milagro ha sido realizado porque el enfermo tenía fe en el "nombre de Jesús". La fe es una condición indispensable para gozar de la vida en plenitud.

3.- El evangelio de San Lucas de este domingo es la continuación de la aparición a los discípulos de Emaús. Ellos le reconocieron y volvieron a Jerusalén a contárselo a todos. Reconocieron que "era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón". Pedro fue de los primeros en reconocer al Señor resucitado después de las mujeres que fueron al sepulcro. Hay dos cosas que nos llaman la atención:

-- No basta con que alguien hable de la resurrección, sino que es necesario tener experiencia del resucitado. Esta experiencia es personal e intransferible, poco a poco la van teniendo los discípulos. Cuando recibieron a los dos de Emaús estaban comentando lo que les había sucedido por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Pero ahora Jesús toma de nuevo la iniciativa y se hace presente en medio de los discípulos. La insistencia en que le palpen las manos y los pies es porque quiere demostrarles que El es el mismo que murió en la cruz. Muerte y resurrección van unidas. Se cumplen así las Escrituras: el Mesías padecerá, pero resucitará al tercer día. Comprendemos que dice al tercer día porque para los judíos uno no estaba definitivamente muerto hasta que pasaban tres días del óbito. Así se aseguraban totalmente de que no enterraban a un ser vivo. Sólo entonces procedían a encerrarle definitivamente en el sepulcro.

--Jesús les pide a los discípulos, también a nosotros, que sean testigos de la resurrección, que anuncien la conversión y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén. Testigo es aquél que no sólo ha visto o ha oído, sino que sobre todo ha experimentado algo que ha transformado su vida. Entonces no le queda más remedio que comunicarlo a todos. Podemos preguntarnos: ¿Cómo puedo ser testigo aquí y ahora de la experiencia de Cristo resucitado?

En nuestro tiempo se necesitan testigos antes que maestros. La experiencia de fe no se transmite de memoria o por lo que hemos aprendido en los libros, sólo nuestro testimonio será creíble si lo que decimos lo hemos experimentado antes en nuestra vida. Es un mandato del Señor resucitado dar testimonio de nuestra fe.


4.- OJALÁ CREAMOS FIRMEMENTE EN EL TRIUNFO DE CRISTO

Por Antonio García-Moreno

Hay que rectificar.- "Israelitas, ¿de qué os admiráis?" (Hch 3, 12). Había un motivo más que suficiente para llenarnos de admiración ante el prodigio que narra esta perícopa. Aquel hombre llevaba años y años inválido, como pobre mendigo que pedía en una de las entradas del Templo, postrado en la puerta Hermosa. Y de pronto se le veía ágil, andando gozoso por entre la gente. Sí, se trataba de un hecho admirable para todos. Pero Pedro quiere dejar bien claro que no ha sido él, por su propio poder, el que ha curado a aquel enfermo. Quiere dejar constancia de que en realidad el milagro se ha verificado por el poder de Cristo, ese mismo que ellos habían entregado a Pilato y le habían acusado hasta conseguir la pena de crucifixión para él.

San Pedro es claro y valiente en sus palabras, les acusa de que han rechazado al Santo, al Justo de Dios. "Matasteis al autor de la vida, -les dice-, pero Dios le resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos". Esto era lo que realmente importaba, esa es la razón en definitiva de que haya curado al paralítico. Así mostraba con la evidencia de las obras que, en efecto, Jesús de Nazaret, en cuyo hombre se ha realizado la curación había vuelto a la vida, glorioso y vencedor de la muerte, glorificado para siempre por el Dios de nuestros padres.

La acusación de Pedro es clara y directa, pero al mismo tiempo está suavizada con la excusa, a favor de los judíos, de que hicieron aquello por ignorancia. Y no sólo ellos, sino también las autoridades del pueblo. El primero de los Apóstoles adopta la misma postura de su Maestro en la cruz, desde donde, en medio de sus dolores y sufrimientos, clamaba al Padre y pedía perdón para quienes se burlaban de él y le crucificaban. De esa forma Dios cumplió las profecías de los antiguos profetas, que habían predicho la pasión y muerte de Jesucristo. Esa actitud de comprensión y benevolencia es, por otra parte, un estímulo y una exigencia para que también nosotros nos esforcemos por comprender y perdonar siempre.

Después de esta justificación para sus oyentes, Pedro da el paso definitivo, mediante el cual les exhorta a la conversión y al arrepentimiento, para que así se borren sus pecados. Es decir, no basta con reconocer las propias culpas, ni siquiera basta con llorarlas, ni tampoco es suficiente decir me arrepiento. Es necesario, imprescindible, convertirse, es decir, cambiar de conducta. Rectificar, en definitiva. Son palabras que nos alcanzan a cada uno de nosotros, pues también nosotros, de alguna forma, hemos tenido parte en la crucifixión del Señor que, al fin y al cabo, murió por nuestros pecados.

2.- Renacer a la esperanza.- Los acontecimientos post-pascuales son el tema de la conversación de los apóstoles y discípulos en aquellos días. Ahora es el relato de los de Emaús lo que les ocupa y sorprende, lo que les alegra y al mismo tiempo les hace titubear. La Resurrección de Jesús era algo tan grande que no les cabía en la cabeza, tan inaudito y tan fuera de lo común que les desconcierta y los conmueve profundamente. "Mientras hablaban, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: Paz a vosotros". Ellos reaccionaron llenándose de temor, con el miedo de quien cree ver un fantasma. Lo habían visto colgado de la Cruz, exánime y desangrado, con la palidez cérea de la muerte. Y ahora lo contemplan sonriente, lleno de vida y de vigor, con su atractivo personal de siempre, con aquella mirada luminosa y penetrante que acariciada y exigía al mismo tiempo. Tan formidable les parecía, que pensaban que no podía ser verdad tanta dicha.

Jesús les comprende y de nuevo les perdona su dureza de corazón para creerle. Se pliega a sus desconfianzas y recurre a todos los medios posibles para disipar sus dudas y miedos. "Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo". Qué más necesitaban para creer en Jesús Resucitado cuando podían hasta tocarlo, poner como Tomás las manos en sus llagas gloriosas. Sin embargo, no terminaban de convencerse, "no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos". Era demasiado bello todo como para que no fuera más que un sueño... El Señor sigue insistiendo con paciencia y habilidad: "¿Tenéis algo que comer? -les pregunta-. Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos". Para acabar de persuadirles les explica que lo que estaban viendo fue ya predicho por Moisés y por los profetas. "Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén". A partir de entonces la luz de la Pascua comenzó, en efecto, a extenderse hasta los últimos rincones de la tierra, llevando a todos los hombres la paz y el gozo de la más firme esperanza.

Ojalá que el recuerdo vivo de todo esto disipe de una vez nuestras dudas y temores, ojalá creamos firmemente en el triunfo grandioso y definitivo de Cristo, y nada ni nadie nos arranque la paz ni el sosiego, ni la esperanza ni la alegría. Que seamos portadores y transmisores eficaces de la gran noticia, la Buena Nueva, que trae a los hombres la salvación temporal y la eterna.


5.- LA CONVERSIÓN Y EL PERDÓN DE LOS PECADOS

Por Gabriel González del Estal

1.- En su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos. Este es el tema principal que, con distintos matices, se repite hoy en las tres lecturas de este domingo. Cristo vivió, murió y resucitó de entre los muertos para que nosotros nos convirtiéramos al Señor, nuestro Dios, se nos perdonaran todos nuestros pecados y resucitáramos con Cristo para la vida eterna. Por eso, este domingo sigue siendo un domingo de enorme alegría pascual. Las puertas del cielo están abiertas definitivamente para nosotros. No nacemos para morir, sino para resucitar. Pero el mismo Dios que nos ha nacido sin nuestro consentimiento, quiere ahora que le demos permiso para resucitarnos. Nos ofrece a todos, sin distinción de razas ni culturas, el perdón que nos ha merecido nuestro hermano mayor, Cristo Jesús, pero exige de nosotros una conversión sincera, humilde y suplicante. Dios, por su gran misericordia, es el que nos resucita, pero quiere que cada uno de nosotros pidamos humildemente perdón de nuestros pecados y vivamos siempre en actitud de conversión.

2.- ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? Los discípulos se alarmaron y se llenaron de miedo al ver al Señor. Dudaron y hasta le confundieron con un fantasma. La fe en el resucitado produce alegría y fortaleza; confundir a Cristo con un fantasma produce alarma y miedo. Sólo cuando a los discípulos “se les abrió el entendimiento para comprender la escritura” se llenaron de alegría, como nos decía Juan el domingo pasado. Algo parecido puede estar pasándonos hoy a muchos cristianos. Estamos llenos de alarmas y miedos, ante las amenazas económicas, sociales y religiosas que se nos ponen, como fantasmas intimidadores, delante de nuestros ojos. ¿Dónde está el Cristo que prometió la paz y el Reino de Dios a los que se atrevieran a seguirle de corazón? ¿Dónde está el Resucitado que se ofreció a ser nuestra Luz, nuestro Camino, nuestra Salvación y a vencer a los poderes del infierno? Si nos empeñamos en no verle, en confundirle con nuestros fantasmas internos y externos, seguro que nos vamos a llenar de miedo y que nuestra pobre barca va a hacer aguas por los cuatro costados. Pero si le vemos realmente como al Resucitado, si le sentimos como Luz, como Fuerza y como Salvación, seguro que nos llenamos también de fortaleza y de serena alegría.

3.- Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos. El apóstol Pedro les dice a los judíos que cometieron un gravísimo error, matando a Cristo Jesús, pero que sabe que lo hicieron por ignorancia. Ahora deben reconocer su error, arrepentirse y convertirse. La pedagogía del apóstol es buena: no se trata de hundir al pecador en su pecado, sino de facilitarle el camino del arrepentimiento y de la conversión. Debemos anteponer siempre nuestro amor al pecador, a la corrección del pecado. Que quede bien claro que lo único que nosotros buscamos es el bien y la felicidad de la persona a la que corregimos. “Óh feliz culpa, que nos mereció tal Redentor”, cantamos en la vigilia del sábado santo. Dios olvida siempre el pecado, si nosotros nos arrepentimos y le ofrecemos nuestro propósito de conversión. Para eso envió Dios a su Hijo al mundo: para dar vida, para vencer a la muerte y para llevarnos a todos, resucitados, a los brazos del Padre.

4.- Si alguno peca, tenemos a uno que abogue ente el Padre: a Jesucristo, el Justo. También aquí San Juan nos dice que Dios quiere amarnos siempre, pero que, para recibir su amor, nosotros debemos guardar sus mandamientos. Si decimos que amamos a Dios y no guardamos sus mandamientos somos unos mentirosos. El mandamiento nuevo del Señor ya sabemos cuál es: que nos amemos unos a otros como Él nos ha amado. Una persona que ha resucitado con Cristo debe amar a los hermanos como Cristo nos amó. Este debe ser siempre nuestro propósito, aunque más de una vez fallemos. Estemos siempre seguros que mientras mantengamos firme nuestro propósito de conversión, Cristo Resucitado abogará por nosotros ante el Padre para que nos perdone nuestros pecados. Esta es la gran esperanza y la gran alegría que nos traen hoy las lecturas de este domingo.


6.- ¿QUÉ HEMOS HECHO DEL DOMINGO?

Por Javier Leoz

1.- ¿Tenéis algo qué comer? A los de Emaús, y a los discípulos, atormentados, temerosos o llenos de dudas, Jesús se les apareció para fortalecerles y abrirles los ojos en aquello que tanto insistió antes de su pasión y muerte: la resurrección.

Sus visiones posteriores, especialmente en la fracción del pan, no pretendieron otra cosa sino darles muestras de que El era en persona. Que todo lo anunciado se cumplía. Que, aquel Señor que había compartido confidencias y paseos, sufrimientos y alegrías, se presentaba en medio ofreciéndoles lo que el mundo no da: paz.

Desde entonces, cada domingo, para los cristianos –no solamente es el Día del Señor- es el momento en el que ponemos en paz todas las cosas: las de cada uno, las de los demás y las de todos con Dios. ¿Qué hemos hecho del domingo? Es una interpelación que debiera de marcar la conciencia de todo católico. De los que venimos a la Eucaristía y de aquellos que, por diversas razones, la han dejado. ¿Qué hemos hecho con el Día del Señor?

2.- Recientemente, en las más altas capas de decisiones políticas de Europa, se hablaba de la necesidad de recuperar el Domingo como algo constitutivo y genuino del viejo continente. Entre otras cosas porque, el domingo, corre el riesgo de quedarse en un día ordinario. En una jornada que ya no está marcada por el descanso, la familia o el realizar algo extraordinario. Muchos, y con razón, comienzan la semana diciendo: “estoy más cansado que el viernes”. Y es que, desde diversas vertientes, se nos insta –consciente o inconscientemente- a ensalzar aspectos deportivos, de ocio o de simple holganza, en detrimento del valor sagrado. ¿A qué se debe? Ni más ni menos que hemos olvidado lo que ha sido motivación y algo sagrado de este séptimo día: además del descanso, el glorificar a Dios.

3- Sorprendía, no hace muchos días, una campaña lanzada por la Iglesia de Norte-América: “Es hora de volver”. Con ello, a través de la televisión, invitaban a los católicos alejados de la práctica dominical, a volver a la casa del Señor. A la Eucaristía. A la escucha de la Palabra.

Tal vez estamos en un momento, muy apropiado, para insistir en los nuestros, en nuestras familias, a nuestros hijos o vecinos sobre una realidad: para que el Señor aparezca en nuestra vida cotidiana, tenemos que sentarnos de nuevo a escuchar su Palabra. Reconquistar el sentido cristiano del Domingo. Dejar a un lado (o combinarlas con la fe) ciertas actividades que entorpecen o ensombrecen lo más genuino de este día: la referencia a Dios.

El Domingo, bien vivido y celebrado, es una posibilidad para encontrarnos frente a frente con el resucitado. Es un cauce para hallar la paz interior y exterior. Es motivo de fiesta y de alegría. De cantar y expresar lo que la Pascua fluye por sus cuatro costados: la presencia de Jesucristo muerto y resucitado. ¡Paz a vosotros!

4.- ES TU DIA, SEÑOR

Nada, ni nadie, podrá ensombrecer

el sol en el cual se convierte tu Palabra:

nos da seguridad, en la debilidad

nos ofrece el pan para el alma

es aliento en las dificultades.

ES TU DIA, SEÑOR

Cada Domingo, en la mesa del altar,

reconocemos tu presencia resucitada

sentimos tu mano resucitadora,

vemos tu costado que, abriéndose una y otra vez,

regala salvación y agua para toda la humanidad.

ES TU DIA, SEÑOR

Y, por ser tu día, Señor

nos sentamos en la mesa que tanto nos habla de Ti

En la mesa que nos enseña tu retrato de amor

En la mesa que se impone frente a toda duda

En la mesa que nos confirma en la fraternidad

ES TU DIA, SEÑOR

Cada Domingo, en la Eucaristía,

acogemos la paz que sólo Tú puedes ofrecer:

Paz sin maquillajes ni treguas

Paz sin exclusiones ni favoritismos

Paz sin recompensa alguna

La Paz que, siendo para la tierra, baja del cielo.

ES TU DIA, SEÑOR

El momento del encuentro

Del cara a cara del hombre contigo

De saber que avanzas a nuestro lado

De confirmarnos en el áspero y duro camino

De celebrar, algo que sólo el Domingo nos da:

La VIDA se impone sobre la muerte

La RESURRECCCION espera al final,

Después de la gran semana de la vida terrena

La PAZ como fruto de la comunión

de Dios con el hombre

ES TU DIA, SEÑOR

Amén


7.- COMO UN RESUMEN DE TODAS LAS APARICIONES

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Se llama a este domingo tercero de Pascua el de las apariciones. Y es que en los tres ciclos –A, B, y C--se narran las apariciones primeras de Jesús poco después de la Resurrección. En el texto de Lucas que se ha proclamado hoy es como un resumen de esas apariciones al hacer referencia, primero, al episodio de los que caminaban hacia Emaús y luego describir su presencia en medio de los discípulos en el cenáculo. Hay en todos los relatos características comunes de ese nuevo aspecto físico de Jesús: no se le conoce en el primer momento. O, como dice el texto de Lucas de hoy, su aspecto produce inquietud o alarma. Incluso, el mismo Jesús resucitado reprocha a los discípulos que tengan esas dudas interiores. Y al pedirles de comer –y comerse el pescado asado—pues demostraba que no era un fantasma, ni siquiera un “espíritu puro”: lo contrario de un cuerpo humano, según algunos. Ya en días anteriores hemos hablado bastante sobre el aspecto del cuerpo glorificado de Jesús.

Era, sin duda, diferente pero era un cuerpo. La catequesis que surge de estas apariciones reside en afirmar la condición corpórea de Jesús, nunca sólo en espíritu, y que ello pudiera servir para negar, ni por un segundo, la realidad humana fehaciente del Señor Jesús. No debemos olvidar que las primeras herejías –algunas muy tempranas—querían negar la humanidad total de Cristo al admitir su condición divina. Y si, finalmente, Jesús se hubiera aparecido como espíritu, pues la resurrección gloriosa de su cuerpo y alma no se hubiera producido. Por eso, dichas advertencias tenían un recorrido más largo que el propio ámbito del cenáculo y correspondiente a los discípulos de primera hora. Están hechas para todos los que iban a llegar a después. La historia ha demostrado que la condición de Cristo como hombre total y Dios verdadero iba a traer muchas dificultades a lo largo de la historia. Los primeros fueron los gnósticos que llevados de una sublimación del espíritu consideraban la materia como impura y, por tanto, un cuerpo humano no podía formar parte de una realidad divina. Hoy existe una tendencia a suponer que Jesús de Nazaret fue un hombre maravilloso, único en la Historia, pero que no fue Dios. Es parecido a lo anterior, pues es una forma de limitar la auténtica naturaleza nuestro Señor. Conviene señalar ahora que toda la Escritura, hasta en sus más nimios detalles, ofrece una realidad profética y de revelación de la verdad. Por eso hemos de leerla con esperanza de que nos va a dar respuesta a muchas de nuestras dudas. La Escritura siempre debe estar siempre a nuestro lado y no debemos hurtar ni un minuto a su necesario estudio y contemplación. No es un camino en soledad, porque los cristianos, según nos enseñó Jesús en el Padrenuestro rezamos unidos. Ese “nuestro” es buena prueba de ello.

2.- Otro aspecto que debemos tener cuenta dentro de la catequesis del cenáculo que Jesús da a sus amigos –y que también se lo expresó a los discípulos de Emaús—es la “necesidad” de que el Mesías tenía que padecer. Y es que todavía a los testigos presenciales de la tragedia del Gólgota se les hacia duro creer en ello y puede que la nueva presencia pujante y gloriosa de Jesús tendiera a hacer olvidar lo anterior. Por eso Jesús insiste en lo que ya había dicho muchas veces antes y que se cumplió: que iba a padecer, morir y resucitar. Hemos de comprender lo difícil, desde el punto de vista humano, de los días posteriores a la Resurrección para los apóstoles y resto de los discípulos. No tenemos más que ponernos en su lugar e imaginar algo similar en nuestras vidas. Y todo ello en poco más de una semana. Tiene sentido por ello la permanencia de Jesús durante un buen número de días antes de la Ascensión. La catequesis “definitiva” llegaba entonces y no exenta de dificultades. Parece que el prodigio de la Resurrección de Jesús no fue suficiente para “convertir” a los discípulos. Tuvo que llegar el Espíritu Santo para que la más prodigiosa aventura humana en el terreno de la enseñanza de una doctrina comenzara. Por todo ello no nos debe extrañar esa minuciosidad del Resucitado en sus enseñanzas. El domingo pasado escuchamos la historia de Tomás y el Señor lanzaba un mensaje importante: “bienaventurados los que han creído y no han visto”, que era una gran lección para todos esos testigos presenciales que continuaban renuentes a aceptar todo lo que estaba ocurriendo.

3.- La cronología en la liturgia de estos domingos pega un salto cuando nos presenta los textos de los Hechos de los Apóstoles. Narran los primeros momentos de la vida de la Iglesia en Jerusalén. Ya se había producido la Ascensión y Pentecostés. Y la doctrina de la Iglesia en torno a la salvación, a la encarnación y a la resurrección es expuesta por Pedro ante el pueblo de Jerusalén –y sus autoridades—con unos argumentos idénticos a los que la Iglesia ha ido ofreciendo desde entonces hasta ahora. Ya había nacido la Iglesia e iniciaba su andadura. Ciertamente, no ocurría así en los primeros días tras la Resurrección. Está claro que esa “última catequesis” y el influjo del Espíritu Santo fueron los pilares inmediatos desde donde se comenzó a construir el edificio eclesial.

4.- Muchos años después, el apóstol Juan escribía sobre Jesús como víctima y como altar, como ofrenda maravillosa, para el perdón de los pecados de todos. De aquellos de esa época y de nosotros y de los que están por venir. Y es que los seguidores de Jesús de Nazaret hemos ido comprendiendo, poco a poco, lo importante y sublime de su misión. Por eso es bueno que le dediquemos nuestro tiempo a la contemplación del contenido de las Escrituras. Y hacerlo comunitariamente e individualmente con nuestro rezo puesto en las manos del Espíritu Santo. No podemos –y eso parece más que obvio—que la Escritura solo resuene en nuestros oídos cuando acudimos los domingos a la Eucaristía. Hemos de tener presente, sobre todo, esa capacidad de Jesús como maestro que está tan vivamente expresada en los Evangelios. No dejemos ni un día, en la quietud de nuestra habituación, de escuchar como Jesús nos habla a través de los evangelistas. Tomemos hoy mismo el propósito de hacerlo.

Nota.- Algunas cuestiones planteadas en la Carta del Editor (ver menu azul de la izquierda) pueden ser de utilidad, tambien, para la elaboración de los comentarios homiléticos de esta semana


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


DÍAS DE GOZO

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Vosotros sabéis, mis queridos jóvenes lectores, que en las campañas electorales de los políticos, todos dirigen promesas y elogios a los oyentes y que el que triunfa, en sus primeros discursos, agradece y contenta a las gentes que le escuchan. Tal proceder es propio de ellos. Diferente es la manera que usaron los apóstoles para trasmitir el mensaje salvador de Jesucristo. Poca gente había conocido la resurrección del Señor, pocos habían experimentado su compañía gloriosa. Había llegado ya el momento de comunicarlo. Lo prudente, lo que hoy se llama “políticamente correcto” hubiera sido tratar de ignorar los defectos del auditorio y ganárselos con simpatías y sonrisas. Pedro se dirige a la gente de Jerusalén, judíos a los que quiere conquistar, empezando por recordarles que fueron ellos los que prácticamente condenaron a Jesús. El extranjero dominador romano Pilatos, quería salvarle, ellos, les recuerda, se empeñaron en que debía morir y el gobernador se vio obligado a enviarlo a la cruz. ¡Tan fácil que era echarle la culpa al militar! Un tal discurso resulta totalmente imprudente, pero se atiene a la realidad de los hechos, no a los criterios de un vendedor comercial. Es preciso empezar conociendo y aceptando la verdad, por molesta que sea.

2.- Continúa el discurso del apóstol, reconociendo ahora que su proceder tiene excusas. Que no fueron culpables del todo, debido a su ignorancia. Desde esta realidad, les proclama la Resurrección, un hecho del que es testigo él y los otros discípulos, las mujeres compañeras y los demás apóstoles. Deben, pues, arrepentirse y convertirse. Nada de fáciles componendas.

A ningún político se le hubiera ocurrido un tal proceder. No obstante la imprudencia, por este camino sinceramente radical, por muy molesto e inadaptado a los tiempos que parezca, fue creciendo la comunidad cristiana. Comparad esta situación, mis queridos jóvenes lectores, con la que vive el Papa estos tiempos, que sin subterfugios comunica los criterios cristianos, incomodando a muchos. Resulta dificultoso, no hay duda de ello. No es él solo el que da testimonio de la verdad. En muchos campos de la vida, multitud de cristianos testimonian su Fe, aunque sean condenados al ridículo, aunque aparentemente fracasen, aunque incomoden.

3.- San Juan nos comunica un mensaje de esperanza. Por muy pecadores que podamos haber sido. Y vosotros jóvenes os debéis examinar de holgazanería, de consumo injusto, de comidas, bebidas o cualquier clase de ingestas que atenten contra la salud, de orgullo y de buscar afanosamente el placer, entre otras cosas. Por muy malos que os sintáis, os repito, disponemos de un abogado defensor. Jesús lo es. Es abogado y sale fiador y avalador a favor nuestro. Es preciso plantearse una nueva vida en que el proceder responda, no al capricho del momento, sino al programa de Dios. ¿Qué no os sentís pecadores? Peor que peor, sois superficiales. Hurgad en vuestro interior. En la actualidad parece que los únicos malos fueron los grandes dictadores. Ellos fueron muy malos, porque eran muy grandes, nosotros somos muy malos o no tanto, de acuerdo con nuestras dimensiones personales

4.- La lectura evangélica es preciosa y cómica. Vuelven los de Emaús entusiasmados y comparten con los amigos de la capital la maravillosa experiencia de los encuentros con Jesús. Están en estas y aparece el Maestro. Ellos gritan exaltados, ya sabían lo de la resurrección, pero pesa todavía la decepción de la muerte en cruz. Jesús lo entiende y más que a demostraciones filosóficas, acude a un gesto simple: comer con ellos. En aquel tiempo no existían nuestras industrias conserveras. El pescado de su Galilea, lo tienen desecado y tostado. Él lo come satisfecho. Su realidad de resucitado no le exige comer, pero demostrar su humanidad se hace más evidente así, mejor que si les hubiera explicado el teorema de Pitágoras, por ejemplo. Era sencillo. Me gusta recordar este gesto del Señor comiendo en su recuerdo pescado a la plancha o al horno. Es una comunión imaginativa, sentimental si queréis, pero no solo de dogmas se elabora la Fe.

Como los profesores que resumen al final de curso la asignatura que han enseñado, el Maestro les recuerda lo que en su etapa histórica había dicho más de una vez. Y les encomienda que lo mantengan y propaguen. Por eso ha llegado hasta nosotros y a nosotros nos toca continuarlo.