MIEDO, DESCONFIANZA DE LOS APÓSTOLES… Y DE NOSOTROS

Por Ángel Gómez Escorial

No quiero que esta carta sea una segunda homilía. La que me corresponde la amplia página de los comentarios homiléticos ya está en su sitio. Pero, tal vez, no profundicé demasiado en la situación que se encontraban los apóstoles: llenos de miedo, prefiriendo pensar en fantasmas que recordar las palabras de Jesús dichas en otros momentos. La muerte de Jesús les deje inermes en lo físico, en lo espiritual, en lo psicológico. Los ha destrozado. Por perder han perdido hasta su fe en el Maestro. Es probable que el gran choque es que se había esfumado la posibilidad de la llegada de un gran reino temporal y que ellos fueran los beneficiados principales. Pesaba sobre ellos más la religión oficial judía y su influjo personal en la memoria colectiva de los judíos. Jesús había anunciado varias veces su resurrección pero lo creyeron.

¿Y NOSOTROS, AQUÍ Y AHORA?

Nosotros estamos más acostumbrados al relato evangélico y damos por hecho muchas cosas. Nos erigimos en críticos externos y objetivos. E intentamos mirar con superioridad y conmiseración a esos “pobres apóstoles” aterrorizados. Pero, realmente, ¿no estamos nosotros también muertos de miedo ante las dificultades de la vida, ante las dificultades de la muerte, ante el más acá y el más allá? ¿No vivimos ni con esperanza, ni con fe, porque apenas la tenemos y mucho menos con amor que es de lo que somos más deficitarios? Toda la conocida predicación de Jesús nos tendría que llevar a no tener miedo, a no preocuparnos por el futuro de manera obsesiva, a lo alargar nuestra culpa hasta posiciones dignas de un estudio psiquiátrico. Pero, a su vez, no confiamos en la misericordia de Dios pues vemos la muerte como agujero negro que se traga toda respuesta y tras el cual parece que no hay nada. Ciertamente, también a nosotros, hoy, Jesús de Nazaret no echaría la bronca. Le hemos dicho muchas veces que creemos en él, que le amamos, pero no es así. Nos encerramos en nuestra lógica de perdedores y vivimos sin esperanza.

¿ESPERAMOS AL ESPÍRITU SANTO?

Ciertamente sabemos que los apóstoles recibieron un día al Espíritu Santo que “se lo enseñó todo”. Pero parece que para muchos de nosotros no ha llegado y, además, no lo esperamos. Sospechamos que algunos de los nuestros –de los de esta época—si lo han recibido porque han cambiado de vida, pero no estamos seguros. Ha pasado una Pascua y parece que estamos como siempre. La alegría pascual parece ficticia y solo se representa como un antífona de la liturgia pascual…

Pero no es así porque Jesús jamás nos va a abandonar, como no lo hizo con los desmemoriados apóstoles. Él sabe que somos frágiles y que nuestra falsa lógica nos juega malas pasadas. Sabe que hay que insistir. Veamos en las palabras de recriminación de Jesús a los amigos suyos de esos tiempos una copia de lo que necesitamos nosotros hoy. Abramos las ventanas, expulsemos el aire viciado del miedo y salgamos a la calle –sí a nuestras calles de este siglo XXI—a gritar que Jesús ha resucitado. Si lo hacemos será señal de que nuestro miedo se ha ido.