LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: EN COMUNIÓN CON DIOS

Por Antonio Pavía, Misionero Comboniano

"¿Amas la justicia? Las virtudes son sus empeños, pues ella enseña la templanza y la prudencia, la justicia y la fortaleza: lo más provechoso para el hombre en la vida" (Sb 8,7).

A continuación pregunta a todo aquel que le está escuchando, o bien leyendo como es nuestro caso: ¿Amas la justicia? Nos da la impresión de que es una pregunta fuera de lugar. Resulta que está haciendo un discurso sobre la sabiduría proponiendo interrogante s acerca de ella y, de pronto, de forma casi intempestiva, cambia de tema y nos espeta a bocajarro: ¿amas la justicia?

La intención la vamos descubriendo poco a poco. Salomón ve la justicia como una especie de vid fecundísima cuyos sarmientos están cargados de frutos: la templanza, la prudencia, la fortaleza, etc.; y añade: estos frutos son los más provechoso para la vida de un hombre.

Nos parece extraordinaria su reflexión, lo que no quita que a primera vista sigamos considerando que hay un corte abrupto en su disertación. Creemos que el paso de la sabiduría a la justicia se ha hecho sin ninguna explicación previa, lo cual nos deja un poco sorprendidos. Quizá el camino a seguir será sondear a fondo una de las interpretaciones, repito, una, no la única, que las Sagradas Escrituras nos ofrece acerca de la justicia.

Manos a la obra, abordamos la justicia desde la interpretación de lo que se considera como un hombre justo. Éste es aquel que está junto a Dios… se ha "ajustado" a Él. El sustantivo justicia tiene su verbo correspondiente que es ajustar. En este sentido, bíblicamente hablando, un hombre que ama y busca la justicia es un hombre que busca y desea estar ajustado, es decir, en comunión con Dios.

Bajo este prisma, decimos que Jesús es el Justo por excelencia; Él es el que está junto a Dios no sólo como Palabra suya (Jn 1,1), sino también en cuanto hombre, tal y como lo afirma Él mismo a su pueblo: "Ya sé que sois descendencia de Abrahám; pero tratáis de matarme, porque mi Palabra no prende en vosotros. Yo hablo lo que he visto junto a mi Padre..." (Jn 8,37-38).

En este mismo sentido de ajustarse a Dios, se interpreta normalmente cada vez que la palabra justicia va unida a la de santidad constituyendo un binomio inseparable. Ejemplo de esto lo tenemos en la oración de Zacarías cuando, lleno del Espíritu Santo, proclamó gozoso la fidelidad de Yahvé al conocer la inminencia del nacimiento del Mesías: "Bendito sea el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo haciendo misericordia a nuestros padres y recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre Abrahám, al concedemos que, libres de manos enemigas, podamos servirle sin temor en santidad y justicia" (Lc 1,67.75).

Por su parte, Pablo, y siguiendo en la misma línea interpretativa de justicia, la aplica a la reconciliación que Jesucristo ha obtenido para nosotros ante el Padre a causa de su muerte. Es una reconciliación que nos ajusta a Dios; y en términos que nos podamos entender, Jesucristo es nuestro "ajustador": "Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación... A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en Él" (2Co 5,19-21).

Recojamos por último el testimonio de Pedro. Proclama que Jesucristo llevó sobre su cuerpo clavado en la cruz nuestros pecados, que nos tenían separados -desajustados a Dios-, para que pudiéramos vivir en justicia, es decir, ajustados a Él: "El mismo que, sobre el madero, llevó nuestros pecados en su cuerpo, a fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia; con sus heridas habéis sido curados" (l P 2,24).

Recordemos que el texto de la Sabiduría termina diciendo que la justicia, con sus virtudes, sus frutos, es "lo más provechoso para el hombre en la vida". Es indudable que éste es uno de los signos con los que es identificado el sabio. Es alguien que sabe sopesar todo lo que se le ofrece y que termina por inclinarse por aquello que le ofrece Dios.

Esta elección no está motivada por el miedo, sino porque el conocimiento que tiene de Él le confiere la certeza absoluta de que su oferta es la mejor. Oferta que consiste en estar a su lado en esta vida, la cual, por medio de la muerte, se prolonga en la eternidad. En definitiva, "esta compañía" con Dios alcanza su plenitud porque lleva el sello de la vida eterna.

A esta decisión del hombre sabio es a lo que Jesucristo llama "sacar provecho de la vida". Jesús es la oferta dada por Dios; el que la acoge sabe que ha encontrado la vida que permanece para siempre porque es vida en El: "Entonces dijo Jesús a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará" (Mt 16,24-25).