V Domingo de Cuaresma
29 de marzo de 2009

La homilía de Betania


1.- CON EL SEÑOR JESÚS HACIA SU VIERNES SANTO

Por José María Maruri, SJ

2.- DIGAMOS TAMBIÉN NOSOTROS: QUEREMOS VER A JESÚS

Por Antonio García-Moreno

3.- BUENOS RELACIONISTAS

Por Gustavo Vélez, mxy

4.- LA VIDA DEL GRANO QUE “MUERE”

Por Gabriel González del Estal

5.- MORIR PARA DAR VIDA

Por José María Martín, OSA

6.- AHORA EN EL CORAZON

Por Javier Leoz

7.- ENTENDER HOY LO QUE CRISTO QUIERE DECIRNOS

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILIA MÁS JOVEN


INCERTIDUMBRES

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- CON EL SEÑOR JESÚS HACIA SU VIERNES SANTO

Por José María Maruri, SJ

1.- Nos acercamos paso a paso, hombro con hombro, con el Señor Jesús a su Viernes Santo. Si hubiéramos estado junto a Él muy posiblemente nos hubiéramos dormido en el Huerto mientras Él moría de tristeza. O habríamos huido tratando de ganar en velocidad a los apóstoles que le traicionaron en manos de los enemigos que venían a buscarlo.

Ninguno hubiéramos sido capaces de poner nuestro brazo sobre sus hombros cuando le hubiéramos oído decir esas palabras del Evangelio de hoy: “Padre, líbrame de esta hora…” Jesús necesitó compañía en su soledad y no la encontró en nosotros.

Jesús aceptó esa soledad en el sufrimiento, como había aceptado, como hombre el cansancio de los caminos, el hambre y la sed. Y como iba a aceptar la muerte, como parte de su condición humana.

El Señor sabía de ese largo miserere de dolores humanos, la incertidumbre de la enfermedad, la angustia de una familia sin futuro y sin pan, la soledad de los ancianos desamparados por los hijos, escuadrones de niños abandonados en las calles, pérdida de su ser querido entre el amasijo de hierros abrasados en accidente.

El Señor Jesús sabía que como hermano mayor no podía abandonarnos en la estacada del dolor, pero también sabía que, en las verdaderas tristezas de la vida, no valen razones, como Él mismo experimentó, y por eso prefirió ahogarse en nuestras lágrimas, para que supiéramos que si no había razones al menos le teníamos a Él como compañero de dolor.

Cuando nuestro hogar, arrasado por la tragedia de la muerte y el dolor, queda como piso abandonado y desalquilado, no nos olvidemos que cuando el huracán del Viernes Santo se llevó la vida del Hijo, el hogar de su Madre María quedó como frío guardamuebles sin sentido y sin calor.

2.- El Señor, nuestro hermano mayor, con gritos y lágrimas de que nos habla la Carta a los Hebreos, nos quiere decir que nos estamos solos en nuestras soledades, que su Pasión no ha acabado porque Él mismo sufre y llora con nosotros.

Es la historia de aquel que arrastraba su dolor por la arena de la playa y, en un grito de queja, se encara con el Señor y le espeta: “Tu decías que nunca me encontraría solo en el camino de la vida y ahora que te necesito miro atrás no veo más que mis propias pisadas: ¿dónde estás Tú? Y el Señor, con paciencia de padre, le contesta: “no, hijo, esas pisadas en la arena son las mías, porque desde comenzaste a sufrir te llevo en mis brazos”.

Nunca estamos solos: “yo estaré con vosotros hasta el final de los siglos. La compañía en la soledad y el dolor que buscó y no encontró en nosotros, el Señor nos la promete y nos la da.

3.- La silenciosa compañía en la pena y el dolor es la mayor muestra de verdadera amistad, mucho más que la compañía entre copas de champán. Dios nos promete en Jeremías meter su ley en nuestro pecho, escribirla en nuestros corazones, quitarnos el corazón de piedra y darnos un corazón de carne.

Un corazón de carne que como el de Jesús sufra con nuestra propia carne, sepa llorar con el hermano, estar, simplemente, estar…Dejarse morir en el mismo surco donde muere de pena el corazón del hermano y ese grano de trigo perdido en el surco dará el consuelo de la cercanía, del calor humano, de la carne de Dios hecha compañía.


2.- DIGAMOS TAMBIÉN NOSOTROS: QUEREMOS VER A JESÚS

Por Antonio García-Moreno

1.- Vivir en la cruz.- Jesús era el Hijo de Dios. Él no tenía que someterse a esa ley que es ley de vida, la del sufrimiento. Él estaba libre de todo pecado que purgar. Él es la inocencia misma. Y sin embargo se somete al dolor y a la muerte. Acepta hasta las últimas consecuencias el hecho de haberse encarnado. Así lo subraya la segunda lectura de hoy: "Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer" (Hb 5,8)

Años de trabajo constante y agotador, sumergido en el anonimato de un oficio sencillo y humilde, duro y fatigoso. Años de penas y de alegrías, en el monótono transcurso de una vida ordinaria. Y luego el ir y venir de tantas correrías por tierras de Palestina, predicando el difícil mensaje de la renuncia y el olvido de sí mismo, hablando de entrega generosa y desinteresada a los demás, la necesidad de amar a todos hasta el heroísmo. Y por fin la pasión, la traición del amigo, la ingratitud del pueblo amado, la negación del elegido como propio vicario, el abandono de sus hombres de confianza. La cruz y los clavos rajando sus manos y pies ante la mirada dolorida de su madre. Si Jesús, a pesar de ser el Hijo, pasa por todo eso, cómo nos extrañamos que también nosotros pasemos en nuestro caminar terreno por el sendero del Calvario.

El sacrificio de Cristo se consumó. En su caso no ocurrió como en el de Isaac. Abrahán cuando está a punto de sacrificar a su hijo, es detenido por el ángel de Dios. Con Cristo no sucede lo mismo y sus verdugos no son detenidos en el momento de azotarle hasta dejarlo medio muerto, ni se les impide clavar el cuerpo desnudo y exhausto de Cristo en el árbol de la Cruz.

Un desenlace trágico para la más bella historia que un día comenzó en Belén. Pero aquello no era el fin, aunque muchos pensaron que sí lo era. En realidad no era más que el comienzo. Sí, es entonces cuando se restablece realmente la amistad entre Dios y los hombres, cuando se inicia la redención de la pobre Humanidad.

2.- La hora de la Gloria.- El Evangelio de hoy nos acerca al momento crucial en el que Jesús subió al patíbulo de la Cruz, para vencer con su vida a la muerte, para dar vida a los que estábamos muertos para Dios. Como los griegos de esta página evangélica, digamos también nosotros: Queremos ver a Jesús. Pero, mejor que a los apóstoles, vayamos a Santa María para manifestarle nuestro deseo de conocer más y mejor a nuestro Redentor, acerquémonos además a la Iglesia, pues en ella quiso Jesús mostrarse a los hombres como signo de salvación.

Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre; es decir, ha llegado el momento crucial en el que el Hijo de Dios hecho hombre llegue al culmen de su gloria, a la suprema victoria sobre las fuerzas del mal. Pero antes era precisa su inmolación, la sumisión humilde y serena a los planes divinos. Antes de la floración de las granadas espigas era necesario que la siembra se realizara; era preciso que el grano de trigo cayera en tierra y se transformara lenta y ocultamente entre los surcos. Con estas imágenes Jesús nos traza todo un programa de vida; ocultarse y desaparecer, perder la vida para ganarla, quemarnos en silencio para ser luz y calor de este nuestro mundo tan oscuro y tan frío.

"El que quiera servirme que me siga y donde esté yo, allí estará también mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará". Jesús nos abre un camino, sus palabras indican con claridad y con fuerza un itinerario a seguir, si realmente queremos alcanzar el glorioso destino para el que hemos sido creados. Una senda escarpada en ocasiones, pero que nos conduce con seguridad a las más bellas cumbres que el hombre no puede ni soñar.

Ante el recuerdo de lo que le espera en la Pasión, el Señor manifiesta sus íntimos temores, se agita interiormente. Agitación que cuando se acerque aún más la hora de la inmolación se convertirá en angustias de muerte, en sudor de sangre. Su naturaleza humana se resiente, lo mismo que se resiente la nuestra bajo el peso de la aflicción y del dolor. Porque aceptar la Cruz no supone vernos libres del sufrimiento que ella comporta, aunque es cierto que esa aceptación conlleva la serenidad y la reciedumbre, necesarias para llegar hasta el sacrificio supremo.

Como un rey vencedor es elevado sobre su propio escudo, así subió Jesús a la cruz convirtiéndola en trono de gloria. Desde entonces, elevado sobre la tierra, clavado en el madero, es foco de atracción para todos los hombres. Los que queremos seguirle y levantarlo en alto, para mostrarlo como en un elevado ostensorio, ante todos los hombres del mundo, hemos de "cristificar" nuestras vidas para que donde quiera que estemos, con nuestra entrega callada y gozosa, Cristo sea claramente manifestado como poderoso faro de atracción salvadora.


3.- BUENOS RELACIONISTAS

Por Gustavo Vélez, mxy

“Algunos griegos que habían venido a celebrar la Pascua, se acercaron a Felipe el de Betsaida y le rogaban: Queremos ver a Jesús. Felipe se lo dijo a Andrés. Y los dos se lo dijeron a Jesús”. San Juan, Cáp.12.

1.- La palabra Decápolis que encontramos a veces en los evangelios, se refiere a diez ciudades cercanas al lago de Genesaret. Fueron ellas surgiendo desde de la muerte de Alejandro Magno en el 323 antes de Cristo, hasta la invasión romana del año 63. Una comarca donde la cultura griega aceptó apenas pocos elementos judíos. Quizás por esto nunca Jesús la visitó.

Con motivo de la Pascua numerosos extranjeros acudían a Jerusalén. San Juan nos habla de unos griegos que pudieron venir de la Decápolis, o también de otras regiones. Y el evangelista aporta un detalle interesante: Estos hombres se acercan a Felipe, quien se comunica enseguida con Andrés, dos discípulos, con nombres de origen griego. Ellos le presentan al Maestro el deseo de los visitantes: “Queremos ver a Jesús”.

2.- Pero san Juan deja en suspenso la escena, para poner en boca del Señor un breve discurso: “Ha llegado la hora en que sea glorificado el Hijo del Hombre. Si el grano de trigo no muere queda infecundo”. Y añade el texto que enseguida se oyó una voz del cielo. Jesús atendería sin prisa a estos extranjeros. Recordemos cómo trató a los excluidos por el establecimiento religioso de entonces. Lo hizo con Zaqueo, con la mujer pecadora, igualmente con el centurión. De otra parte, los textos evangélicos se formaron luego de sucesivas transcripciones. Pudo haberse perdido algún párrafo donde san Juan contaba la acogida del Maestro.

3.- Sin embargo, la inquietud de estos desconocidos y los buenos oficios de Felipe y Andrés, nos dan varias lecciones: ¿Sí hemos deseado alguna vez conocer a Jesús? Algunos pudieron compartir con él por los caminos de Palestina. A nosotros nos toca buscar, según la expresión técnica de los teólogos, el Cristo de la fe. Es decir esa experiencia de Dios que empapa al creyente. ¡Y qué falta nos hace en nuestras pecadoras y dolorosas circunstancias!

4.- ¿Pero qué hemos hecho de veras para encontrar al Maestro? Cuando nos agita el corazón un anhelo de purificación, de equilibrio, de paz interior, buscamos entonces divertirnos, amar a alguien, dialogar con un orientador. O ejercer ciertas caridades que apagan remordimientos. Son estos paliativos respetables. Pero todo creyente necesita un “cara a cara” con el Señor Jesús.

De otro lado, es también tarea nuestra relacionar con el Señor a nuestros prójimos. Aquellos dos discípulos supieron hacerlo bien. Y nosotros, ¿a quiénes, de qué forma, en cuáles circunstancias hemos ayudado para que muchos conozcan a Jesús?

Durante una asamblea pastoral, clérigos, religiosos y laicos se quejaban de la indiferencia religiosa de tantos jóvenes. Surgía entonces la urgencia de presentarles nuevamente la fe. Habló entonces la voz de la experiencia. Un laico ya mayor, maestro jubilado, preguntó al auditorio: “¿Pero qué vamos a mostrarles? ¿Edificios, estructuras, teologías muy bien confeccionadas, una moral de miedo y amenazas? ¿Una historia eclesiástica que pretendemos sea gloriosa en todos sus momentos? De ninguna manera. Lo esencial es acercar a nuestra juventud a la persona de Jesús, hermano, amigo. El que me ama y me comprende. La vida de mi vida”.


4.- LA VIDA DEL GRANO QUE “MUERE”

Por Gabriel González del Estal

1.- Cuando, en mayo, miramos las mieses cuajadas de espigas, no nos acordamos ya del grano que desde abajo dio su vida a la espiga ahora florecida y dorada por el sol. El grano tuvo que perder su identidad, renunciar a su yo, abrirse al agua y a la tierra, dejarse penetrar por elementos extraños y nutrientes, para poder así ser fecundo y multiplicador. El grano no murió, se transformó en espiga. Si el grano se hubiera encerrado en sí mismo, impenetrado e impenetrable, suicidamente egoísta, entonces sí, el grano se hubiera podrido y muerto infecundo. “El que se ama a sí mismo, se pierde”, nos dice el evangelio. La vida es comunicación, continuo y necesario intercambio. Pero el abrirse a los demás, el intercambiar y el convivir, muchas veces duele y rompe por dentro, agita el alma. “Mi alma está agitada”, decía Jesús a sus discípulos. Los pecados de los demás se le metían por dentro y le rompían, le agitaban el alma. “¿Qué diré: Padre, líbrame de esta hora? Pero si para esta hora he venido”. Había venido para redimir al mundo, para dejarse penetrar por los dolores y los pecados del mundo, para borrar y consumir estos pecados en el horno ardiente del amor de Dios. Y Jesús de Nazaret se abrasó, de hecho, y se consumió por el amor del Padre, abriéndose al amor de sus hermanos, viviendo y muriendo por ellos y para ellos. Esta era la misión que el Padre le había encomendado y, aceptando esta misión, glorificó su Nombre. También nosotros somos granos sembrados por Dios aquí en la tierra. Dios quiere que seamos granos fecundos, estando abiertos a los demás, dejándonos penetrar y transformar por el amor de Dios. Así glorificaremos el nombre de Dios y nuestra vida crecerá como espiga resucitada y fecunda.

2.- Mirad que haré una alianza nueva. En este bello “libro de la consolación” del profeta Jeremías Dios le promete a su pueblo una nueva alianza. El pueblo olvidaba con frecuencia la alianza cuyas leyes estaban escritas en tablas de piedra, los padres no se la enseñaban persuasivamente a sus hijos; Yahvé les dice ahora que la ley de la nueva alianza la escribirá él directamente en los corazones de las personas y así no necesitarán enseñársela los unos a los otros. Todas las personas, desde los más pequeños hasta los mayores, le reconocerán como su único Dios y Señor. Nuestra conciencia interior, si no está deformada por nuestro egoísmo o por la sociedad, siempre nos aconseja hacer el bien. La ley natural, decían ya nuestros antiguos filósofos y teólogos, está escrita e inscrita en nuestro corazón. La ley natural siempre nos manda hacer el bien y evitar el mal. Una buena persona, sincera y generosa, siempre busca hacer el bien. Pidamos a Dios que escriba su ley en nuestros corazones, que nos dé un corazón bueno y un espíritu bueno, para que podamos permanecer siempre fieles a esta nueva alianza.

3.- Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Cristo fue el grano de trigo que sembró su Padre, Dios, aquí en la tierra, para que, muriendo en la cruz, floreciera en espiga resucitada. Todos nosotros estamos llamados ser granos de esa espiga florecida. Si nosotros sabemos vivir y morir como Cristo vivió y murió, también nosotros resucitaremos con él. Pero Dios no nos va a dispensar del sufrimiento y de la muerte, como no le dispensó a su propio Hijo. El dolor, alimentado y condimentado con el amor de Dios, florece siempre en espiga resucitada y luminosa.


5.- MORIR PARA DAR VIDA

Por José María Martín, OSA

1.- Lo hace todo por amor. Jesús era consciente de que su vida terrena en este mundo estaba a punto de acabar. Había venido a reconciliar a los hombres con Dios y a hacer vida las promesas de su Padre. Pero antes había de padecer, y por eso se siente profundamente abatido. Anticipando el sufrimiento de la oración del monte de los olivos, Jesús se pregunta si podría evitarse ese sufrimiento, pero no era posible, su hora había llegado y el nombre de su Padre sería glorificado a través de Él. Todo queda ratificado por la voz del Padre, que de nuevo se hace escuchar en gloriosa manifestación; Jesús hablaba de su muerte, sabía lo que Jerusalén le tenía preparado. Pero no se echa atrás, para esto había venido al mundo, para morir en la tierra como grano de trigo y dar fruto de vida eterna. Jesucristo dice: “Si el grano de trigo no muere, no dará fruto”. El grano que quiera seguir como grano, que le tenga miedo a la humedad, que no esté dispuesto a desaparecer como grano, ¿cómo ha de dar fruto? Si el grano muere, nacerá una nueva planta. Es necesario dejar de ser grano para dar todo ese fruto. Y lo hace todo por amor, no porque Dios quiera la violencia.

2.- La Pascua constituye el cumplimiento de lo que vislumbra Jeremías de una “alianza nueva”, alianza definitiva en la que el mediador de la misma es Jesús de Nazaret: Dios y hombre. No se trata de ser fiel a una alianza externa. Las palabras misteriosas de Cristo: “Sólo el que da su vida por los demás es el que se encuentra a sí mismo”, se realizan en todos aquellos cristianos que dedican su vida al servicio de los más necesitados. Ahí tenemos el ejemplo de Vicente Ferrer y su inmensa obra a favor de los desheredados. El Cristo muerto ha resucitado y vive en todos los que creen y buscan, consciente o inconscientemente, a Dios. La primera tentación de los cristianos durante esta Cuaresma y Semana Santa puede ser la de escandalizarnos de que nuestro pueblo viva – incluyendo muchos de los cristianos – pendientes de unas vacaciones de sol, monte y playa, sin acordarse de los días que marcaron el nuevo rumbo, dado por su Salvador… Nosotros vimos en el mundo de la prisa: el tiempo pasa rápido y ha de vivirse minuto a minuto. Pero el hombre de hoy se siente profundamente vacío. Hay que pasar por esta vida breve, pero cansada y dura, en donde el amor se realiza en el sufrimiento; y sólo en el padecer con los demás, unidos a Cristo, podemos encontrarnos nosotros mismo y completar en nuestra vida lo que falta a la Pasión de Cristo en palabras de Pablo. Recordemos lo que decían de los primeros cristianos hace ya dos mil años: ¡Mirad cómo se aman!”. Los pueblos paganos quedaban maravillados por el amor con que se trataban entre sí los cristianos y el amor conque trataban a todos los demás. El verdadero cristiano ha de ser como Jesucristo: Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. ¿Acaso Jesucristo no hizo eso en la cruz por todos y cada uno de nosotros? Imitémosle.

3.- Jesucristo es el primero en darnos ejemplo, pues Él ha de ofrecer su vida, ha de perderla, ha de morir, para darnos la vida eterna, para perdonarnos los pecados, para darnos la salvación. “El que se aborrece a sí mismo”. No le importó morir, ni sufrir tanto, ni ser despreciado, abofeteado, escupido, azotado, ridiculizado, golpeado, coronado de espinas, despreciado, crucificado y ajusticiado en la cruz, con tal de buscar nuestro bien. ¡Eso es amor! ¡Eso es amar al prójimo! ¡¡Eso es vivir la ley de Dios: amar a Dios y al prójimo! Por eso Jesucristo será capaz de decirnos: “Amaos como yo los he amado” ¡Hasta dar la vida por los demás! A las puertas de la Semana de Pasión y Gloria, nuestras miradas se centran en un Jesús que anuncia lo que le va a suceder; su muerte y resurrección se convierten en nosotros en el camino de vuelta hacia Dios


6.- AHORA EN EL CORAZON

Por Javier Leoz

Aquella Alianza escrita en la piedra, para muchos quedó en el olvido. Ahora, Dios, quiere grabar otra. ¿Dónde? En el corazón del hombre. En el hondón de las personas.

1.- Se acercan los días de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. ¿Cuál es el resumen de nuestra vida? ¿Servimos o nos servimos? ¿Amamos o nos dejamos amar? ¿Salimos al encuentro o preferimos que sean los demás los que nos rescaten?

Es hora, en estas últimas jornadas cuaresmales, de solicitar al Señor que renueve nuestros corazones. Es un momento propicio para volver nuestros ojos a un lado y a otro y ver dónde nos tenemos que emplear más a fondo. La cruz del Señor merece, por nuestra parte, un último esfuerzo: hay que atraer al Señor el corazón de la humanidad. ¿Cómo? Sirviendo y, además, haciéndolo con ternura, con cariño, y con fidelidad. Entre otras cosas porque, en esa entrega y constancia reside nuestra propia renuncia para estar al lado del Señor.

Cuentan que, en cierta ocasión, un peregrino iba caminando hacia un santuario. Y que, por los diversos albergues por los que transitaba, siempre decía “YO soy peregrino” “YO voy en busca de Dios” “YO quiero salvarme” “YO quiero encontrarme”. Hasta que, un buen día, otro peregrino que avanzaba junto a él le dijo: “recuerda que OTROS también caminamos contigo, somos peregrinos, buscamos a Dios y queremos salvarnos”.

El Señor quiere que, dejando el YO que tanto nos invade y nos limita, mudemos a los OTROS. Es decir; que nos neguemos a nosotros mismos; que busquemos la felicidad no tanto en la propia satisfacción, cuanto en la utilización de todos nuestros dones y talentos al servicio del Evangelio y de los demás.

Desertar en algo, de nuestros caprichos, comodidades e individualismos, implica el volcarnos un poco más en aquellas direcciones que nos resultan incómodas. Hacia aquellas personas que necesitan nuestra ayuda, nuestra estima o, simplemente, nuestro cariño.

2.- Cristo, al morir, nos enseña el lado bueno de la cruz: la alianza nueva que Dios quiere y desea definitivamente para el hombre y que viene sellada por su sangre.

A nosotros no se nos pide tanto; no desea el Señor que seamos clavados en una cruz (aunque sería bueno que sacrificáramos aquello que nos impide llegarnos hasta El); no nos exige que seamos lapidados públicamente (aunque sería muy positivo que defendiésemos nuestras convicciones religiosas y morales allá donde estemos presentes); no pretende vernos coronados por espinas o traspasados por lanzas (aunque, qué bueno sería, que fuésemos conscientes de que la fe conlleva riesgos, incomprensiones, soledades).

El Evangelio de este domingo V de cuaresma nos acerca la verdadera figura de Jesucristo: no es un superman; no es un superhéroe. Siendo Hijo de Dios, le aguarda la cruz, el sufrimiento, la muerte. Como cualquier alma, también la suya, se siente agitada, preocupada, turbada por los próximos acontecimientos de la Pascua.

3.- Va tocando a su fin la vida pública de Jesús. Ahora le aguardan sus consecuencias. La fidelidad a Dios no siempre es entendida ni aplaudida por los poderosos del mundo. Pero, como siempre, nos quedará la seguridad y la esperanza de que, todo esto, es preciso para que Dios selle una Alianza Nueva que nada ni nadie podrá ya quebrar. ¿Somos conscientes de que también nosotros hemos de saber renunciar a algo para que la obra de Dios toque a su fin?

4.- MI ALMA SE AGITA, SEÑOR

Cuando llega la hora de la verdad,

y siento que no tengo tantas fuerzas

para defender tu Reino.

Porque me cuesta renunciar a mi “YO”

y decirte que soy todo tuyo, Señor.

MI ALMA SE AGITA, SEÑOR

Porque, lejos de ser trigo que muere,

pretendo ser flor que nunca se marchita

que no quiere perder ninguno de sus pétalos

que, lejos de renunciar a su hermosura,

la quiere salvar a toda costa.

MI ALMA ESTA AGITADA, SEÑOR

Porque para dar fruto,

me dices que, primero, hay que desaparecer

Porque para darte gloria,

me recuerdas que he de sucumbir

Porque para, ser de los tuyos,

he de alejarme de muchos de lo míos.

MI ALMA ESTA AGITADA, SEÑOR

¿Qué te diré? ¿A quién clamaré?

¿A dónde iré? ¿Merece la pena, Señor?

Como Tú, Señor, también yo digo:

Líbrame de aquellas horas

que me producen pena y llanto

Evítame las cruces excesivamente pesadas

Condúceme por los caminos

no inhumanamente estrechos.

Pero, eso sí, Señor;

No se haga mi voluntad

Porque, sé mi Señor,

que todo lo que me pides y me das

que todo lo que pones bajo mis pies

es porque, previamente, Señor

sabes que lo puedo soportar

y por Ti entregar.

MI ALMA ESTA AGITADA, SEÑOR

Pero sé que, hoy siempre,

la esperanza que tengo en Ti

no me defraudará.

Amén


7.- ENTENDER HOY LO QUE CRISTO QUIERE DECIRNOS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- El domingo pasado Jesús decía a Nicodemo que el Hijo del Hombre tenía que ser elevado, como Moisés elevó la serpiente en el desierto para que los judíos se salvaran de las mordidas mortales de las serpientes. Hoy parece que dice a unos gentiles que “cuando yo se elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.” Es lo mismo, el Señor profetiza sobre su muerte y sobre su forma de morir, pero no le creen. Van pasando los días y poco a poco se van acercando, en su existencia terrena, los días terribles de su Pasión y Muerte. Para nosotros es lo mismo. El domingo que viene ya será el de Ramos y la Semana Santa comienza. ¿No nos pasa a nosotros algo parecido a lo que les ocurría a los apóstoles y los discípulos? Jesús nos está dando con su Palabra las pistas futuras sobre los grandes misterios de nuestra fe, pero nosotros no reaccionamos. O no lo hacemos de manera suficiente. La cuaresma, una vez más, ha sido un tiempo desaprovechado.

2.- Hemos acudido a misa todos los domingos. Nos damos cuenta de que algo ha cambiado. Las vestiduras del sacerdote son moradas, el altar parece más austero, no se dice el Gloria, ni se canta el Aleluya. Pero nada más. Nuestra mente está en los problemas cotidianos y, sobre todo, en las cuestiones de dinero, de la crisis, de la creciente tensión política. ¿O no es así? ¿O hemos aprovechado esta Cuaresma convenientemente? Ojalá así sea. Cuando iniciamos este tiempo con los ritos penitenciales del Miércoles de Ceniza se nos dijo algo fundamental e importante: “Convertíos y creed en el Evangelio”. La verdad es que esta frase, breve y concisa, es un todo un programa. Hay que convertirse a fondo para creer firmemente en el Evangelio, en la Palabra que Jesús nos ha mostrado.

3.- Jesús de Nazaret será elevado de la tierra en la Cruz. Y Él mismo nos ha dicho que si creemos en la Cruz nos salvaremos de las picotazos de muchas cosas, envenenadas, que nos separan de él y de la verdad. La liturgia de la Iglesia seguirá avanzando y nos mostrará el Viernes Santo la Cruz de Cristo. Y hay un bello rito de adoración, muy emotivo y hermoso, que probablemente nos ayude a cambiar. En ello el fondo y la forma están unidos. La Iglesia recuerda, mediante unas formas, unas fórmulas rituales, el fondo de la muerte salvadora de Jesús. Su sacrificio en el monte del Gólgota nos salvó a todos. Merece pues la pena poner nuestro ánimo y nuestra ánima, nuestra alma, en la cabecera de pista para despegar en dirección a aquellos hechos enormes y transcendentes por los que Jesús, mediante su sacrificio, nos salvó. Es verdad, asimismo, que ligado al Viernes Santo siempre estará la luz de la Vigilia Pascual. También, obviamente, este domingo es atalaya para contemplar la resurrección.

4.- Y así, tanto la primera lectura –del libro de Jeremías—como la segunda –de la Carta a los Hebreos—nos hablan de conversión y salvación. Dios, según Jeremías, ofrece su perdón, con el olvido de los pecados de la casa de Israel, de la casa de Judá. Y el autor de la carta a los Hebreos narra, en brevísimas frases, la realidad profunda de nuestra salvación. No hacen sino complementar el pensamiento que Jesús nos muestra en el evangelio. Es todo lo mismo, pues. Hemos de salir hoy de la Eucaristía con las cosas claras, con la mente lúcida, sin engañarnos a nosotros mismos. Y si no estamos en disposición, todavía, de entender lo que Cristo quiere decirnos, en el umbral de su Pasión, Muerte y Resurrección, hagamos lo posible para cambiar. No podemos, de ninguna de las maneras, volver a perder el tiempo…


LA HOMILIA MÁS JOVEN


INCERTIDUMBRES

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Según cuentan, en las farmacias, una buena parte de las medicinas que se expenden son tranquilizantes, ansiolíticos y antidepresivos. No ignoro que pueden ser enfermedades reales que necesitan la atención de psiquiatras o sicólogos, ya que su cuerpo o su mente pueden sufrir alteraciones, pero, en muchos casos, el daño está en el alma. Cuando alguien me dice que sufre depresión, de inmediato le respondo, que es señal de que no es un caradura, un sinvergüenza. A continuación, si su actitud espiritual lo permite, añado que Jesús, el Señor, también pasó por estos malos tragos.

Os cuento estas cosas, mis queridos jóvenes lectores, porque sois muy propensos a estados de decaimiento, amargas decepciones y angustias que os acongojan, que os desconciertan y que por más que lo intentéis, no podéis alejarlas de vuestra mente. Cuando os encontréis en estas situaciones no os olvidéis de pensar en Cristo. Os hablaré de ello.

2.- Después de la entrada triunfal en Jerusalén, cuenta San Juan, que rodeado de una multitud, no podía apartar de su pensamiento lo que se le avecinaba. Ensimismado en su angustia, es requerido por unos extranjeros, mediante la intervención de algunos apóstoles. Jesús no se los quita de encima diciéndoles que no está para entrevistas. Querían conocerle, querían escucharle, pues bien, les habla con sinceridad de lo que lleva dentro. Nadie puede hablar mejor que de sí mismo y la propia historia se torna eficaz enseñanza para los demás. Pone el Señor un ejemplo que entenderían ellos tal vez mejor que vosotros.

3.- Depende de donde viváis y a qué os dediquéis. El grano de trigo es hundido en la tierra y el primer cambio que sufre es decepcionante, parece que se está pudriendo, no obstante, de aquella masa informe, brota un tallito, que crecerá posteriormente, hasta convertirse en planta esbelta. Algo semejante ocurre con frecuencia en la vida del cristiano. No os fiéis demasiado de la persona brillante, que triunfa, que se proclama única y descubridora de lo que hasta entonces todo el mundo había ignorado. Al cabo de poco, su prestigio decrecerá y seguramente su labor se extinguirá. Confiad mejor en aquellas personas humildes, que aparentemente son víctimas del fracaso, pero que no han perdido su confianza en Dios. Seguramente ellas os podrán iluminar mejor.

El Maestro, rodeado de gente que vive alegremente, preparando la fiesta de Pascua, está pasando por un mal trance y no lo puede ocultar. Tampoco esconde su esperanza. De aquí que, para su consuelo y la seguridad de sus acompañantes, se oiga solemnemente, la voz del Padre que proclama que no le ha abandonado. Que será glorificado. Pasará un momento de ofuscación, pero le seguirá, precisamente elevado en la cruz, señal y prenda de Esperanza para muchos.

4.- No os desaniméis nunca, mis queridos jóvenes lectores, a la tormenta le sigue el arco iris, la molesta lluvia lava el ambiente y confiere nitidez a la atmosfera, amen de fecundar la tierra. Pero cuando se inicia el chaparrón a todos nos molesta e incomoda. Es cuestión de tener coraje. Lo de hoy, lo que le pasa al Señor, es un anticipo de Getsemaní. Os lo comentaré otro día.

En la soledad de vuestra habitación o en la apretada estrechez de una calle concurrida, podéis sufrir gran angustia, no os alarméis. Estáis al lado del Señor-Jesús que también pasa un mal rato, y el Padre no os ignora.

5.- PRECISIONES MARGINALES

El episodio ocurre en la gran explanada que rodeaba el Santuario, abierta a todo el mundo. Allí donde colocaban sus tenderetes los vendedores de reses y los cambistas. Allí donde bajo los soportales, los maestros de la Ley enseñaban. Según que traducción tengáis, habréis leído que los que querían hablar con Jesús eran griegos, en otras pondrá gentiles, da lo mismo. Se trataría de extranjeros que simpatizaban con la religión judía y acudían a sus fiestas solemnes. Su lengua, el idioma común entonces en las tierras mediterráneas, era el griego, aunque no fuesen ciudadanos de Grecia. El Señor, en sus tiempos de “autónomo de la construcción”(como os definía su oficio), cuando era joven y se comportaba como un simple buen vecino de Nazaret, debería desplazarse a la vecina Séforis, que por entonces se estaba edificando, con criterios urbanísticos clásicos. Sus mosaicos, tal vez lo único que se haya conservado hasta nuestros días, todavía sorprenden. Allí Jesús aprendería la lengua hebrea, se formaría teológicamente, llegando a ser considerado Rabí y, gracias a la relación con arquitectos, artistas y gente de tropa, también sabría chapurrear el griego y hasta alguna locución latina. En lengua griega hablaría con los que cita el evangelio de hoy y hasta con el mismo Pilatos, en los momentos tristes de su proceso.