Este amplio escrito de nuestro colaborador Pedrojosé Ynaraja es muy adecuado para toda la Cuaresma, pero en especial para los días de la Semana Santa. Lo adelantamos ahora, pero intentaremos repetirlo en el número especial que hacemos para esos días tan importantes. Al final aparece la dirección del padre Ynaraja por si alguien --sobre todo-- los jóvenes quieren escribirle.


Consejos cuaresmales para gente joven

Por Pedrojosé Ynaraja

Mi propósito era redactar un librito a semejanza del que hace años publiqué en lengua catalana, pero una serie de ocupaciones y redacciones me lo han impedido y aunque deseo redactarlo próximamente me ha parecido que podía traducir parte de lo ya escrito y que tal vez os podía resultar útil este año. Os advierto que estoy escribiendo directamente en el ordenador, cosa que nunca hago. Soy de la época del papel y siempre en este soporte redacto los borradores. Aceptad este material por si os es de utilidad. Llegué hace muchos años a una Casa de Ejercicios con mi triste nombramiento de Capellán de la comunidad religiosa, no merecía más confianza de mi obispo (me conocía desde pequeño, fue él el que me condujo al seminario y antes me había introducido en el escultismo, pero no nos entendimos nunca). Estos eran los planes de la clerecía, que no los de Dios. Sería largo explicar como empezó en la Semana Santa de 1961 la celebración intensa de los campamentos que poco a poco fueron desplazándose a juventud de todas las procedencias. La descristianización que sufrimos desde hace unos años ha ocasionado que deba hablaros en pasado. En la actualidad soy párroco de un territorio sin habitantes y muchas veces me defino como un sacerdote “free lance” en el seno de la Santa Madre Iglesia. Basta de presentaciones personales.)

TRANSMITIR IDEAS

Se trata de trasmitir ideas vividas y compartidas. Antiguamente nos encontrábamos el miércoles santo por la tarde, últimamente ya era el jueves al atardecer. Definíamos el encuentro como abierto a todo el mundo (laicos, religiosas, sacerdotes, chiquillos etc.) centrado en la liturgia y animado por jóvenes. Hemos sido siempre muy fieles a la liturgia de esos días que, conocida bien, permite mucha creatividad.

Por desgracia, la llegada precipitada al lugar del encuentro, quiero decir a La Llobeta, y teniendo que entrar casi inmediatamente en la iglesia, no permitía un fervor especial en la celebración de Jueves Santo. Hubo una época en que empezábamos por una celebración penitencial y que, en el seno de la misa tenía lugar el lavatorio de pies, sin preocuparnos demasiado de quien eran los doce elegidos. En otras ocasiones celebrábamos esta ceremonia con los que llegaban pronto, pues no se podía esperar a que nos encontráramos reunidos todos. La celebración penitencial tenía lugar a veces el Viernes Santo, siguiendo tradiciones antiguas de la Iglesia hispánica, pero en realidad lo hacíamos en este día porque era la única posibilidad que teníamos.

LA VELA DE GETSEMANÍ

Acabada la celebración litúrgica y después de una corta cena, marchaban ellos a un lugar apartado unos 45 minutos de la iglesia. Subían a pie, o, los mayores en coche, iba yo también en vehículo que quedaba próximo al lugar de reunión, con las luces de posición encendidas, para tener una referencia de donde estábamos pero sin que deslumbraran. (Cuando empezamos a celebrar esta vela, yo no había estado nunca en Jerusalén, después he ido bastantes veces y esta oración, la que ahora describiré, la hemos practicado en el mismo Getsemaní, entre aquellos olivos milenarios, aunque el día no coincidiera con el Jueves Santo.) Algún año nos llovió y tuvimos que celebrarla dentro de la iglesia, perdiendo emotividad. Como yo llegaba un poco mas tarde que ellos, pues venía de la celebración litúrgica en otro lugar, los encontraba sentados en el suelo, formando un gran círculo. Imaginaos que podían ser unos cincuenta. Estaban ellos ya repitiendo monótonamente algún canon de los de Taizé. Se hacia silencio.

EN LENGUAJE ACTUAL

Voy a dejar el lenguaje en tiempo pasado. Me parece más expresivo que me exprese en presente. Empiezo explicando un problema que tenía de pequeño. Me decían en los sermones, que yo había sido causante de la pasión de Cristo. Una piadosa canción catalana afirma: yo he sido su verdugo. (jo he sigut el seu botxí) Pero yo sabía seguro que no había estado presente aquellos días en Jerusalén y no entendía porque me decían esto que no era verdad. Cuando me adentré en el misterio de Getsemaní cambié de opinión. Otro problema que tuve de pequeño, es que a mí me decían que Jesús se había entregado y lo que a mi me parecía, según el relato, es que a Jesús lo habían cogido, sin haber podido Él escapar, de aquí que tenga mucho interés en explicar la situación geográfica de Jesús aquella noche. Quien no la conozca será bueno que vea planos y fotografías para entenderlo. Me explicaré.

Getsemaní es un lugar suficientemente estudiado como para que nadie pueda dudar de su situación. Se trataba de un terreno dedicado al cultivo del olivo, con unas prensas cerca del torrente de Cedrón (que en la actualidad pasa encerrado en una tubería subterránea). Unos depósitos de agua por donde sobrenadaba el jugo extraído de la oliva permitían la purificación del aceite. Restos de ellas todavía se ven en el lugar. Hacia el Este sube un camino que va a Betania, actualmente es una carretera que, para seguirla en coche, hay que entrar la primera marcha. Toda la ladera, antiguamente y ahora, está poblada de olivos. Hasta Betania, a pie, debe haber unos tres cuartos de hora. Lo he recorrido más de una vez, pero, como me he ido parando por el camino, no puedo asegurarlo.

Hacia el Oeste se ve la muralla de Jerusalén nítidamente. Delante la Puerta Dorada, pero no sería por este tramo por donde saldría la guardia. Seguramente se desplazaron desde una puerta, más a la izquierda, por donde hoy se encuentra la llamada “de las basuras”. Desde esta puerta hasta Getsemaní, el camino debe durar unos veinte minutos. Como está el camino, (que se conserva en parte aún hoy), más elevado que el torrente, un pelotón de unos cuantos hombres, alumbrados con antorchas, serían visibles, desde poco después de traspasar la puerta de la ciudad y se podría ver que iban avanzando lentamente y acercándose al huerto. Como aconteció esta oración de Jesús en la época de Pascua (no voy a discutir el día, seguramente fue el martes) la noche estaba iluminada por la Luna llena de primavera, imponente, de luz azulada.

En Jerusalén en esta época, por la noche hace fresco y en el lugar siente uno la elevada humedad. La estancia al aire libre resulta desapacible, poco a poco el frío se mete hasta los tuétanos. Vuelvo a referirme a la celebración en La Llobeta. En el lugar en que nos hemos reunido no hay olivos, pero nos cuesta poco imaginar que los pinos que nos rodean lo son. Las ruinas de una casa nos recuerdan la garita donde aquella noche dormía Marcos. A lo lejos vemos las lucecitas de una población, imaginamos que es Jerusalén.

LA PERSONALIDAD DE JESÚS

La “personalidad” de Jesús es muy peculiar. Residían en Él dos clases de ciencias: la divina y las humanas. En las humanas incluyo la intuitiva y la discursiva, inductiva-deductiva. Esta riqueza de entendimiento, deviene en algunos momentos trágica, porque lo conocido por un sistema, no siempre coincide con lo que nos enseña el otro, dando lugar a una lucha interior intensa. (Para entenderlo, voy a referirme a una circunstancia muy diferente, pero que nos podrá ilustrar un poco. Hay un momento de nuestra vida que nunca olvidamos, se trata del primer enamoramiento, lo que a veces se le llama el flechazo. Se vive con intensidad, emoción e incertidumbre. El conocimiento intuitivo nos llena de gozo, ya que experimentamos la riqueza de amar y ser amados, sin ninguna sombra de duda que lo emborrone. Pero no podemos dejar de ser humanos y desprendernos de la capacidad de razonar, investigar, deducir, al que lo queremos someter todo. Empezamos a recordar palabras y gestos, noticias y circunstancias, analizamos pormenores. Entonces sí que aparece la duda, desdibujando el goce. Pero volvemos a la intuición, que nos inunda satisfechos del amor evidente. Visión y experiencia, luchan en nuestro interior y el primer enamoramiento supone comúnmente unos trastornos que acostumbran a somatizarse en forma de dolor de estómago o dificultades de la respiración o aceleración del ritmo cardíaco. Acaba aquí el ejemplo que he descrito para ilustrar una situación en la que nuestros sistemas de conocimiento no coinciden. No era esta la situación de Jesús, muy al contrario, hasta parecía que el amor del Padre se había alejado.)

Retrocedamos al Cenáculo. Jesús, en el largo monólogo que nos cuenta San Juan, había dicho varias veces: no tengáis miedo. Lo repetía en voz alta, pero su interior estaba invadido por la angustia. Sentía pánico. Cantó con los demás los himnos de rigor con los que acababa el peculiar Seder de Pesaj. Se habían reunido sin cordero y probablemente con pan corriente, tal vez de cebada. Les habría dicho que no importaban antiguas normas, que el cordero era Él mismo, que el sacrificio iba a ocurrir muy pronto. Se sentía sólo, incomprendido, rodeado de ignorantes, desde el adulto y rudo pescador Pedro, hasta el chiquillo encantador, pero inepto, Juan, que no debía tener más de 14 años. Quiso que compartieran con Él aquellos momentos trascendentes, aunque no los entendieran. Comieron el Pan, que les dijo era Él mismo. Y después el Vino, que afirmó era su sangre. Pronto se completaría el sacrificio, el sacrificio nuevo, el definitivo. Terminó el Seder y se dispusieron a salir de aquella habitación alta, que les habían dejado utilizar para la peculiar Pascua. Bajaban la ladera del valle cantando salmos. Nadie sabía lo que al Maestro le pasaba, pero eran conscientes de que algo importante iba a ocurrirle. El camino les era conocido palmo a palmo y lo recorrían de noche con la misma seguridad que si fuera de día. Llegaron al huerto de unos amigos, como tantas veces habían hecho. Esta vez parece que no quería pararse a descansar antes de la subida que llevaba a Betania, les dijo que quería rezar, cosa nada extraña en Él.

¿DÓNDE ESTABA EL PADRE?

Necesitaba compañía, pero quiso estar solo. Dejó al grupo que descansara y se apartó con los que Él más quería. También de estos se separó un poco. Jesús en Getsemaní estaba solo, terriblemente solo. La oscuridad de la noche no era más que una imagen de la oscuridad que se cernía en su interior. Había llegado el momento tan esperado, estaba a punto de culminar los proyectos del Padre, pero ¿dónde estaba el Padre? Los planes de salvación designados desde la eterna existencia, trazaban el proceder de una entrega. Su proceder durante los últimos años no había sido más que prepararla, ahora se iba a cumplir, a consumar. El cerebro analiza. La vista mira. Nada se ve, reina completa oscuridad. ¿Qué ha venido a hacer aquí? ¿dónde está Judas? ¿qué están tramando? Nada bueno, con seguridad. Siente miedo. Hace frío y la humedad le cala hasta los tuétanos. Siente escalofríos, malestar

¿QUIÉNES SON LOS QUE ÉL VA A SALVAR?

La ciencia divina le juega una mala pasada. Recorre como con un inmenso scanner los espacios y los tiempos. Los hombres se hacen visibles. Entre esta multitud nos encontramos nosotros. Imaginemos que afina la visión y nos observa atentamente, profundamente, con claridad severa. Como si se tratara de un microscopio espiritual. Nos ve recién nacidos, bautizados, hasta aquí la experiencia es grata, apacible. Continúa observándonos, nos descubre en las primeras infidelidades, son cosas de chiquillos, piensa. La película avanza. Nuestra vida no florece, no da frutos, ¡tanta esperanza que Él había puesto en nosotros en cada encuentro sacramental! ¿Valdrá la pena continuar con los proyectos del Padre a favor nuestro? Pero obrar a favor, nuestro supone aceptar el sufrimiento, la tortura. Sólo el dolor es capaz de redimir. ¿y si se fuera de aquí? Todavía está a tiempo, nadie se acerca para hacerle prisionero. Si se va a Betania, no podrán encontrarle, nadie se atreverá a detenerle allí. En Betania están: Lázaro, Marta, María. Por estos si que le costaría poco dar su vida. Pero ahora nos está viendo a nosotros.

Públicamente Él se ha reconocido Dios y esto es considerado una blasfemia que merece la lapidación. Se practica poco por aquel entonces, pero con Él no dudarán en realizarla, como después lo harán con Esteban. Nos ve. Observa nuestros pecados y comprueba nuestra mediocridad y despreocupación. Estas reflexiones le producen tedio. Flaquean sus piernas, no se tiene de pie, se cae al suelo frío y húmedo. Continúa reflexionando, razonando, como hombre. Previendo lo que le espera, como hombre. Contempla el momento solemne que está esperando el universo, como Dios. Se entrecruzan las visiones, imaginaciones y previsiones. En momentos así todo el organismo desfallece, se relajan los esfínteres, derivándose lo que ahora no quiero nombrar y cada uno sabe lo que significa. Siempre ocurre así en momentos de gran miedo. Da pena, da asco, había dicho el profeta, volvería la cara para no verlo, si alguien pasara por allí.

Aun está a tiempo para huir. En Betfagé y en Betania puede esconderse. Pero frustraría los planes del Padre, pero frustraría sus proyectos. Y de nuevo nos ve a nosotros. Desde los grandes crímenes de los grandes criminales que eran grandes y poderosos hombres, hasta los pequeños, o no tan pequeños, pecados de nosotros que somos hombres pequeños. Esta visión llevaría a cualquiera a la desesperación, al suicidio. Suicidio de Dios, ¿es posible imaginarlo? (se hizo en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado, dice la Escritura. La duda es muy propia del hombre y Él lo es en grado sumo, de tal magnitud debía ser la duda, hasta llegar a una somatización de tal calibre, que la voluntad no puede dominar al organismo, la hipófisis, el ritmo cardíaco y la piel se alteran, las arterias reciben tales impulsos que dejan libre parte del torrente sanguíneo. Técnicamente el fenómeno se llama hematohidrosis. Si la Luna estaba presente, su luz azulada se mezclaría con el rojizo de las gotas de sudor sanguíneo que escurrían por su tez. Resultaba horrible, sí, Jesús en Getsemaní tenía una apariencia visual que daba asco. . ¡Y todo por nosotros, y por los demás, que son, han sido y serán semejantes a nosotros, cada uno según su talla! Entre tanto los compañeros, los predilectos: Pedro, Santiago y Juan, se habían dormido.

¿Y nosotros, que hemos hecho, durante nuestra vida? Desde allí, aparece un pequeño gusanito luminoso. Es el pelotón que viene a buscarlo. La duda, la lucha, la agonía, se intensifica. Ya se había dicho al final de las tentaciones del desierto, que volvería a repetirse. ¡nunca hubiera imaginado Él que tuvieran tanta intensidad! Pero inexplicablemente, Jesús se levanta, despierta a sus amigos y se ofrece, se entrega. ¿Nos hemos despertado nosotros? ¿Huimos, le defendemos, le seguimos de lejos?

Vuelta la descripción a La Llobeta. Acabo la meditación. Invito a separarse, a marchar por el bosque. Cada uno vaya, sólo, a acompañar la soledad de Jesús. A veces, el responsable del grupo, ha preparado clavos grandes teñidos con pintura roja. Antes de alejarse cada uno lo toma y retiene entre sus manos. Lo que haga cada uno, lo que piense, lo que decida, es un misterio solo conocido por Dios.

Al cabo de unos 10 o 15 minutos una señal sonora (acostumbra a ser la bocina del coche) nos reúne a todos en el gran círculo. Nos acordamos de que Jesús muy cerca de Getsemaní, según la tradición, nos enseñó a rezar. Nos damos las manos y pausadamente recitamos el Padrenuestro.

VOLVEMOS A CASA CASI EN SILENCIO.

Entramos en la iglesia y reservamos la Eucaristía que a partir de entonces permanecerá entre nosotros como de incógnito. Si la Luna se ha hecho visible hay que contemplarla fijamente, es la misma Luna que vio la aflicción de Getsemaní. En nuestros momentos de depresión debemos mirarla, buscando en ella consuelo. Con seguridad tendremos más ayuda de la que recibió Jesús: es el gran misterio cristiano: por salvar al esclavo, sacrificó al Hijo. Por consolar al hombre deprimido, permitió la agonía del Predilecto. La meditación de Getsemaní se hunde en lo más interior de cada uno. El clima del grupo cambia. Resulta una buena preparación para el Viernes Santo.

Insisto, e insistiré, en la Luna, para que deje huella y se convierta en reflejo condicionado, que haga presente el misterio de Getsemaní durante el año, o muchos años después. Lo he comprobado. Pero, cosas del calendario, no siempre es visible en los momentos de la meditación.

Había dicho que traduciría del libro publicado en catalán, pero no ha sido así. He escrito de corrido, como si estuviera en el campo, sintiendo el frío y la humedad. En lenguaje coloquial en el que descubriréis, con seguridad, muchas incorrecciones. A pesar de ello espero os sea útil

VIERNES SANTO

Escribiré como el otro día, directamente en el ordenador y tal como voy recordando. Espero que este material sea útil a algunos. Espero que alguno de los que pueda leerlo, con sus comentarios, preguntas o sugerencias, me ayude a redactar algo mejor. Durante algunos años, aquellos en que la asistencia fue numerosa y teníamos fervor y una cierta experiencia (ya que no se trataba de los primeros) establecimos una cosa que no sé como se nos ocurrió. Se trata de lo que llamábamos “la tienda de la plegaria permanente”. Era una tienda alta, pero pequeña, de aquellas típicas de camping, para solo dos personas. La teníamos sin ninguna división interior. Únicamente una mesita con algún libro y dos sillas. Se escribía en un papel unos periodos de dos horas, desde la salida de la liturgia del Jueves hasta el inicio de la del Viernes. Se apuntaban para cada periodo, dos personas (debería decir dos jóvenes, pues, los adultos nunca se lo tomaron como cosa propia) podían conocerse o no. Permanecían en oración, en silencio. Se trataba de que hubiera una oración permanente, en representación de aquella comunidad provisional que nos habíamos reunido allí. Yo mismo sabía que cuando estaba dirigiendo la oración de Getsemaní, alguien rezaba por nosotros. Sabíamos que siempre estábamos protegidos. Permanecíamos cubiertos de plegaria.

Durante la noche del jueves al viernes, se debía dormir por lo menos seis horas, para podernos entregar al programa intenso del día siguiente. El Viernes Santo por la mañana, una vez tomado un sencillo y escaso desayuno, nos reuníamos en un local para la instrucción sobre el pecado. Si Jesús había muerto por nosotros, para salvarnos de nuestros pecados, debíamos tener noción de lo que eran, para tratar de evitarlos y para estarle agradecidos. Esta charla podía durar desde 1,30 hasta 2,30 horas. Era totalmente instructiva. Si ya el Papa Pío XII había dicho que nuestro mundo había perdido el sentido del pecado, mucho más se podía afirmar de nuestra actualidad. El tema lo exponía yo en tres niveles o conceptos y en dos particularidades, la individual y la colectiva.

1º EL PECADO EN SENTIDO NATURAL

Nace de la particularidad que tiene el hombre de alterar la creación. Al estar enriquecido por la libertad puede no ser fiel al respeto de lo creado. Tal vez ahora podría entenderse mejor que en aquellos tiempos, ya que la conciencia ecológica está mucho más presente. El pecado en este sentido muchas veces no llega a invadir el terreno moral y hasta se puede confundir con el error. El deber ante esta trasgresión es la rectificación, muchas veces sin existir dolor y sí propósito de no volver a cometerlo.

2º EL PECADO EN SENTIDO RELIGIOSO

Dios se compadece del hombre y sale en su ayuda, ante la confusión en que puede encontrarse la persona. Él le ilumina con sus preceptos. Esta Revelación es progresiva, primero se regula la venganza, el Talión (tal hiciste, tal debes recibir). También tiene tintes colectivos y se convierte en normas reguladoras de un pacto de ayuda y protección del pueblo escogido (Ley del Sinaí) pero que son normas que atañen también al individuo. Aquí se le añade la actitud de conversión interior y arrepentimiento, dolor de corazón. Empieza a manifestarse una imagen del perdón divino (en Israel los sacrificios de expiación y fundamentalmente el día del Ion Kipur) ya que la trasgresión no es únicamente a un orden de la naturaleza, sino a unas normas dictadas por Dios, normas de amor, alianzas de predilección etc.

3º EL PECADO EN SENTIDO CRISTIANO

Mas que fijarse en unas normas, el cristiano debe recapacitar en la historia de Jesús. Una historia narrada en los Evangelios, historia de salvación definitiva. Una historia de amor personal, de predilección individual. Aquí debemos ver que el examen de conciencia de un cristiano debe empezar por examinar los favores recibidos de Dios. Desde la gracia sacramental (desde el Bautismo a la Eucaristía) hasta los favores que cada uno recibimos diariamente. Desde la Gracia hasta la instrucción. Desde la Fe hasta la compañía sacerdotal, etc.

El pecado en este aspecto adquiere todo su relieve. La gran dimensión, la fundamental, es decirle a Jesús que todo lo que Él ha hecho por nosotros, me importa un comino, que se las arregle Él con su tortura y su muerte. Es frustrar la pasión de Cristo. “pasar” de Getsemaní, “pasar” del Calvario. Aquí radica la gran, la enorme, gravedad del pecado.

EL SACRAMENTO

La Iglesia descubre que a la gracia bautismal, le sucede a veces el pecado personal. Es consciente de que el bautismo de agua no puede repetirse. Renueva entonces la Gracia, el bautismo de penitencia que, poco a poco, se va convirtiendo en conversión, metanoia, amor-dolor. Y confesión, es decir, manifestar a los demás, que Dios tiene la razón, que no se nos haga caso a nosotros. De aquí surge otro valor: cuando los demás me ven dirigirme hacia el sacerdote, yo estoy dando gloria a Dios.

Si el gran problema del hombre es su soledad, la falta de comunicación, la dificultad de tener certeza del conocimiento de lo que el otro piensa de mí, de la actitud del otro respecto a mí, y llega esto a hacerse tragedia, no quería Dios que existiera duda en nuestras relaciones con Él. La comunicación humana se hace por vía sensorial, de aquí el significado del rito. La mano impuesta en nuestra cabeza y las palabras solemnes y audibles: yo te perdono, nos certifican el perdón y nos dan paz. Lo que Dios ha perdonado, que no inquiete al hombre.

EL PECADO COLECTIVO

A veces no se trata de acciones individuales, sino de costumbres introducidas de las que no existe conciencia de responsabilidad individual. Un ejemplo chocante y caricaturesco. Todos sabemos la relación íntima entre las comunidades, entre los hemisferios. A más gasto superfluo del hemisferio norte, le sigue más hambre en el Sur. Si hemos cacareado tanto la maldad de las minas antipersona, fabricadas para ganancia del Norte, en perjuicio de los pobres del Sur, algo semejante deberíamos decir de los lujos y derroches. El precio de una barra de turrón equivale al de una mina antipersona. Nadie tiene necesidad, a nadie obligan a comerse una barra de turrón. Si derrocha en esto, sin que redunde en un mejoramiento personal e íntimo, está perjudicando a los del Sur. Dijo aquel: basta que una mariposa mueva sus alas en Tokio, para que se desate una tempestad en el caribe. Pero estamos de tal modo sumergidos en este mundo, que estas industrias del lujo son pecados colectivos generalmente. Difícilmente encontraremos una industria totalmente autónoma.

Debemos pedir perdón religiosamente y sentir dolor cristiano. Debemos expresarlo colectivamente y públicamente. Aquí esta la conveniencia de la celebración comunitaria penitencial, la pronunciación vocal de una petición colectiva de perdón.

EL VIERNES SANTO POR LA TARDE

Los cristianos celebramos, es decir, tenemos vivencias en los tres niveles de nuestra personalidad, el corporal, el espiritual y el anímico, de la muerte de Jesús. El encuentro no es de obscuros tintes negros. La vivimos en tres modalidades.

INDIVIDUAL O ÍNTIMA

Ya se que este día no es costumbre tocar las campanas. Pero tampoco se trata de una ley importante. A las tres de la tarde, hora emblemática en que murió Jesús (no importa que las tres de aquí no sean las tres de Jerusalén) suenan grabadas campanadas durante 15 minutos. No hay que mirar al reloj, ya está preparado, calculado, cuando pasa este periodo, se silencia el aparato. Hablo ahora de La Llobeta. En aquellos tiempos, en aquel paisaje, los chicos salían de las tiendas o del refugio, los adultos de las casas, y de cara a Jerusalén, de cara al Este, unos postrados en el suelo, otros arrodillados, la gente mayor de pie (me emociona todavía recordar a mí madre, de más de 90 años, apoyada en la pared, pero de pie) todos meditábamos, cada uno a su manera el momento sublime. Cada campanada era como un mazazo que se clavaba en el corazón. Cada campanada era como una lagrima de Santa María. Cada campanada estimulaba una lágrima en nuestros ojos. Al cabo del cuarto de hora nos levantábamos, en silencio, trasformados, aunque no se lo dijéramos a nadie. A esta modalidad se le añadía el ayuno. El del mediodía y el otro, del que ya hablaré.

LITURGICA

Como ya he dicho que nuestra Semana Santa estaba centrada en la liturgia, no creo que se distinguiera de las de los demás sitios. Lo que si recuerdo es que, levantada la Cruz, y todos arrodillados, cantábamos solemnemente, triunfalmente, el “Victoria, tu reinaras, oh Cruz tu nos salvarás (permitidme que os diga que una de las cosas que más me impresionaron durante mi primera visita a Jerusalén fue el ver a una peregrinación francesa que subía al Calvario, por aquella estrecha y empinada escalera, cantando este himno, en francés obviamente, como yo lo tenía en disco y que me emocionaba siempre que lo escuchaba, son músicas que como aquella otra posterior “el pescador de hombres” acostumbra a estar archivada en nuestra memoria junto a inolvidables e ilusionadas experiencias)

COLECTIVAMENTE: LA RUTA AL CALVARIO

Alguna advertencia previa. El desarrollo plástico está condicionado a dibujos antiguos de P. Joubert, de la revista SCOUT, francesa (hablo de los años 50) Una tropa scout con unas andas, como aquellas que en nuestras procesiones sencillas sostienen la imagen de un santo, llevaba un fuego, como los que en aquellos tiempos hacíamos en los campamentos. Unos cuantos chicos, 8 o 10, llevaban antorchas. En nuestro caso se trataba de un palo grueso acabado en un bote de conserva, de los de kilo, relleno de serrín empapado en petróleo, que ardía sin salpicar.

He practicado la devoción del Vía-crucis muchas veces. También los viernes en Jerusalén. En el seminario y durante Ejercicios espirituales. He diseñado y hecho “vía-crucis” de madera para varias iglesias y hasta para el recorrido por las calles del primer pueblo donde ejercí el sacerdocio, en Santa Eugenia de Berga, cerca de Vic. Respeto, pues, profundamente esta práctica.

También es verdad, que no me acaba de convencer del todo. Son pequeños detalles. Por ejemplo, lo de las tres caídas o la Verónica.

Decidimos seguir los pasos del Evangelio, desde Getsemaní hasta el Sepulcro. Tomamos una sinopsis evangélica y fuimos poniendo los títulos de los párrafos. No es necesario ahora repetirlos. Nos salían, creo, 34. Poníamos en un gran cartel estos títulos, al lado la gente se apuntaba. Podía tratarse de una patrulla, de un equipo, de una familia o de un grupo de amigos. Se apuntaban a una o más estaciones. Dado que un clérigo me dijo un día que a esto no le podíamos llamar vía-crucis, pues no rezábamos el Padrenuestro por las intenciones del Papa etc. y para no discutir, le pusimos el nombre que encabeza.

Al salir de la liturgia, la gente se apuntaba y marchaba al bosque, a una habitación o al domicilio familiar. Leían el fragmento, lo comentaban, lo discutían. Redactaban una reflexión y una oración. Os puedo asegurar que en esta preparación había un gran interés y sinceridad. Recuerdo un buen chico que había dicho que quería ser sacerdote, que en el momento que recuerdo decía que no tenía fe y que posteriormente murió, después de una fuga del penal y a consecuencia de un disparo de la fuerza pública, pues bien, recuerdo que al pasar junto al grupo que preparaba la estación que habían escogido, le escuche hacer grandes elogios del comportamiento de Jesús, de su gran coraje etc. Decía él, es que era cojonudo, así, sin más.

Al atardecer nos reuníamos todos, jóvenes, niños, adultos, ancianos, clérigos o religiosas. La cruz hecha con dos troncos del mismo bosque y que habíamos adorado en la liturgia, se levantaba horizontal, sostenida por diferentes brazos que la sostenían en alto y que se iban cambiando. Se trataba de que el Padre Eterno desde el Cielo, nos viera bajo la cruz de su Hijo que se extendía sobre nosotros. Esta forma de llevar la cruz, hace años, resultaba novedosa significativa, ahora ya es más habitual en muchos sitios.

Cada grupo, patrulla o familia leía su reflexión y su oración. Una breve canción significaba que volvíamos a caminar. Al final entrábamos a la iglesia, dejábamos la cruz en el suelo. En silencio tratábamos de imaginar como la miraría Santa María y finalmente acordándonos de lo que nos enseñó el Señor, con la cruz siempre en el suelo rezábamos el Padrenuestro.

LA PASIÓN Y MUERTE DEL CRISTO MÍSTICO

Este acto se nos ocurrió por casualidad. Uno de los primeros años, unas guías, nos dijeron que iban a venir unos maestros, un matrimonio, a explicarles su experiencia de servicio en Guinea, durante las vacaciones escolares de aquí. La explicación de la vida en aquel país africano fue muy oportuna. Descubrimos que Jesús hoy en día sufre pasión y muerte, en su realidad mística.

Continuamos los años siguientes. Cada Semana Santa, alguien nos explicaba alguna situación experimentada por él. El mundo de los leprosos, los chiquillos del barrio chino de Barcelona, los prisioneros, el pueblo judío (alerta, no confundir con los israelíes o con el gobierno de Israel) diversos misioneros de países del Tercer Mundo o del mismo Japón (traperos de Emaús allí) etc. No puedo describir unas 30 experiencias. Mientras duraba esta explicación, sólo comíamos pan y bebíamos agua. Como los pobres. Uniéndonos simbólicamente a la Pasión del Cristo Místico. Acababa el acto y generalmente la gente adulta o mayor se iba a dormir.

ADORACIÓN DE LA CRUZ

Me quedaba yo con la gente joven. La cruz continuaba en el suelo. El recinto estaba casi a oscuras, solo algunas lamparitas marcaban el contorno de la cruz. A los pies un macetero con carbón del que se pone en los incensarios y un recipiente con incienso. Se repartía a cada uno un papelito y un lápiz o bolígrafo. Explicaba detalles de lo que significaba el suplicio de la cruz. Dolor y humillación. No voy ahora ni a resumirlo, duraba un buen rato. Hay muchos estudios sobre ello.

Después recordaba que Jesús había sido enterrado. Enterrado cargado con nuestros pecados. ¿Qué pecado quería yo que fuera enterrado con Él definitivamente este año? Se hacía silencio absoluto, después se encendía alguna luz, muy poca, la suficiente para que cada uno escribiera en el papelito el pecado que quería enterrar definitivamente, se apagaban las luces, quedaban sólo las lamparitas.

Sin ningún orden, sin ninguna obligación, cada uno se acercaba, se inclinabas apoyando la frente en la cruz, reflexionaba, después se ponía el papelito en las brasas y se echaba un poco de incienso. Lentamente. Los demás en voz muy baja repetíamos algún canon de Taizé. Antes del “fenómeno” Taizé, simplemente estábamos en silencio.

Al acabar, el humo del macetero que salía, uno no podía distinguir si era de los papeles del pecado o del incienso de adoración. Como en la vida, que pecado y gracia van con nosotros. Ahora bien, lo que se notaba era el perfume del incienso, como en la vida, que es mayor el bien que el mal. El bien de Dios y el de los hombres.

Acabábamos cantando el “Victoria tu reinarás” y rezando el Padrenuestro. Íbamos a dormir, con el propósito de dormir bien, para estar muy despiertos y celebrarla Pascua solemnemente.

Antes de acabar el escrito del, jueves 15 de marzo del 2002, recuerdo que estaba a punto de cumplir 69 años, debo dar una explicación del porque utilizo en la narración el tiempo verbal de pasado. Aquello fue propio de unos años muy peculiares en España. La situación política era muy propicia para una reflexión y entusiasmo religioso. Un fruto de todo aquello fueron misioneros que hoy evangelizan en América, África o entre gente marginada, o que han entrado en la vida monástica. Pasaron aquellos tiempos y ahora, los que quedaron, son padres de dos o tres hijos muy pequeños, que he bautizado, que alguno ya comulga. Otros, de todos aquellos que venían se han dispersado. Pero de cuando en cuando, me encuentro alguno y siempre me dice que cuando ve la Luna llena, se acuerda de Getsemaní y de Pascua. La Luna es como un “souvenir” que no se pierde nunca. Ya hablaré mañana de ello. Otros han muerto, como mi madre, como la Hna. Elena, nuestra más querida hermana de la comunidad religiosa, que era propietaria del edificio. Yo espero que estos chiquillos un día celebren la Semana Santa mejor que nosotros. Tuve siempre interés que hubiera entre nosotros pobres o enfermos. Algún año fueron dos chicas en silla de ruedas las que asistieron. Las dos han muerto. Cuando, como ocurrió el domingo pasado, predico con un pequeño en mis brazos, lo hago lleno de esperanza. Aquellos buenos tiempos volverán. Aquellas vocaciones de servicio a Dios, se repetirán.

Hoy ni siquiera voy a volver a leer lo que he escrito. Se que estará repleto de imperfecciones, pero también sé que mi experiencia os puede ser útil.

Sin querer hacer propaganda, pero con la misma sinceridad con que hasta aquí me he expresado, os digo que posteriormente he publicado un librito que puede ayudar para estos días. Se titula “Un Padrenuestro y diez Avemarías” es de Paulinas. Las Avemarías de semana santa están en esta línea.

Espero y deseo que os sea todo esto de alguna utilidad.

SABADO SANTO

Antes de continuar con la descripción y aportación de reflexiones para la Semana Santa, quisiera hacer unas advertencias. El escultismo es un movimiento de formación de jefes y esto hay que tenerlo muy en cuenta. Es su gloria y de ello derivan también sus limitaciones. Querer diluirlo para que sea apto para todo el mundo es deformarlo. Ante las dificultades que planteaba la aplicación de nuestro método ya salieron otros movimientos. Toda opción supone una renuncia.

Por otra parte vivimos unos momentos en que en otros campos se es también muy exigente. En los ambientes cristianos de hoy en día, se tiende a considerar al chico casi como un disminuido. El mundo de la moda y el del deporte es exigente y se toma muy en serio el cuerpo con sus medidas o las posibilidades de los músculos. Tengo fotografías de chicas modelo de pasarela de no más de 12 años. Ya se que esto no es lo corriente pero si que lo es el protagonismo que puede tener una chica en su mundo de relación. Las estadísticas nos hablan de las relaciones sexuales precoces, del consumo de drogas, del suicidio juvenil. El mundo. Por ejemplo de la gimnasia o del ballet también es exigente. Los ambientes “de parroquia” tienden a considerar con benevolencia a estos chicos y chicas como “preadolescentes”. Se olvida que en la historia cristiana tenemos santos reconocidos de siete años, de diez o de doce y que está iniciándose el proceso de beatificación de una niña de seis años.

Todo lo dicho, y mucho más que podría añadir, viene a cuento de que lo que voy explicando, referente a la Semana Santa, puede parecer de una intensidad excesiva. Lo aseguro, nuestras Semanas Santas no tenían nada en común con las guarderías.

Otra advertencia. En nuestra cultura todavía subsiste el nombre de “sábado de gloria”. No es hora de explicar como se llegó a esta deformación litúrgica. Gracias a Dios, ya Pío XII instauró la Vigilia Pascual que perfeccionó antiguas costumbres. Pero hay que reconocer que en nuestro mundo, es muy difícil ser fiel a la liturgia de este día. El Sábado Santo debería ser el día del gran duelo, de la ausencia, del aburrimiento. Todos los que hemos pasado la experiencia de la muerte de un ser muy amado, sabemos lo terrible que resulta el día siguiente al del entierro. Toda la casa está llena de la ausencia del amado. Este debería ser el sentimiento, las vivencias de este día.

Dicho esto, iluminados por la Fe, hay que vivir esta ausencia, sabiendo que Jesús no descansa en el sepulcro. Está rescatando a los justos. Las Iglesias orientales no tienen el icono de la Resurrección, sino el de la bajada a los limbos, el encuentro con Adán y Eva, a quienes dan la mano, y a los demás santos. Todo esto es muy bonito pero, por mi experiencia, me parece irrealizable. ¿Qué hacemos, pues? Por la mañana nos levantábamos y nos reuníamos en el bosque. Pausadamente leíamos el texto que aparece en la liturgia de las horas y que pone “de una homilía antigua”. Es una lectura preciosa. Y nada lográbamos. Lo que si se creaba era la expectativa de la gran celebración de Pascua. Voy a describir algo.

Cuando se trataba casi exclusivamente de scouts, proponíamos dos actividades manuales. Primero un concurso de punzones hechos con el mismo material del bosque y con cualquier cuchillo. El mejor era el escogido para grabar el Cirio Pascual. Segundo un concurso de decoración de cirios para la vela. Escribía yo un año: un cristiano sin su cirio es como un torero sin capote y espada, hace el ridículo. Esta iniciativa exigía que alguien se desplazara a la población a comprar velas, no ridículas candelas, después los cortaba a una medida aproximada de unos 25 cm y se pintaban.

Pasado el tiempo del escultismo, descubrimos el valor de la aportación en especie a la celebración de la misa y la ilusión que se podía poner en ello, más el valor catequético que podía dársele. Preparar lo que debía ofrecerse requería tiempo e imaginación. Se trata de cosas útiles para el culto (cirios, pan, vino, aceite…) Cosas útiles para la vida y ministerio del presbítero (no regalos, puede ofrecerse desde rotuladores, papel de fotocopia, libros etc.) Cosas útiles para los pobres (alimentos no perecederos, latas de conservas, ropa etc.) Cosas útiles para compartir la comunidad (esto se lo apropiaron las señoras y disfrutamos de tortas, las típicas “monas de Pascua”, huevos de Pascua etc. Que se consumían al final de la Vela. Esta actividad ocupaba la mañana. Lo del ofertorio en especie lo he vivido desde mi primera misa, allá en el 56, hasta las fiestas de Navidad y Pascua de la actualidad. Hay que advertir que no se trata de simular que se ofrece pan y vino que lo han preparado en la parroquia, sino de preocuparse de encontrarlo, comprarlo y ofrecerlo. Desde hace unos años utilizamos, al principio los días solemnes, ahora ya siempre, pan ácimo, que compran en la sinagoga o en otros sitios y que es mucho más expresivo que las hostias que parecen de papel, ya que hay que creer primero que son pan, para después creer que es el Cuerpo de Cristo (de hecho esto es lo que pide la Santa Madre Iglesia y lo que permite ser fiel al Señor que dice: tomad y comed, no tomad y tragad). Y quien no tiene nada que ofrecer, se debe contentar con la pobreza de dejar dinero en las discretas bolsas que se pasan, que algo es algo.

El espíritu del Sábado Santo es que la Santa Madre Iglesia vela al Señor que reposa en el sepulcro, en ayuno, oración y silencio, pero, sinceramente, no lo cumplimos nunca. No me he visto capaz de recomendarlo, ni yo mismo sabría. Pero todas estas actividades crean un estado de expectación, que vale mucho.

Otro asunto. El fenómeno de las que llamaron “Pascuas jóvenes” se daba a nuestro alrededor y con mejor infraestructura que entre nosotros. Se trataba de grupos ya organizados o colegios. “Funcionaban” mucho mejor. Pero existe el peligro de encerrarse. No se puede negar que estos métodos dan, a corto y medio plazo, muy buenos resultados, cosa que nunca se consigue cuando la adhesión es totalmente libre y crece el compromiso a medida que crece la interioridad de la persona. (Tengo mucha manía a esto y en uno de mis libros le he dedicado unas cuantas páginas –Si el Señor volviera, tal vez” Sígueme) Pues bien para que no nos pasara a nosotros esto y para ayudar a los otros a no caer en el error, inventamos el “vinculo de comunión”. Se trataba de algún objeto que se llevaba a las comunidades que conocíamos y que estaban a nuestro alcance. Desde universitarios a cinco kilómetros, a la Abadía de Montserrat (por ejemplo: una botellita con agua del Jordán y otra del mar Muerto. Una botellita de aceite de Tierra Santa. Una bella fotografía de un icono de las mirráforas. Vino de Israel, etc.) Esta iniciativa suponía desplazarse, visitar, pasar un rato intercambiando experiencias. Se supone que los que iban tenían coche y edad suficiente para entender el gesto. Llegamos a una etapa en que nos devolvían la visita y nos traían su símbolo: una estola boliviana, pan ácimo, cerámica decorada con tema pascual etc.

La comida no tenía ningún interés. En algún caso se aprovechaba para celebrar un Seder de Pesaj, pero fue en pocas ocasiones, ya que para hacerlo, era mejor escoger unos días anteriores a Semana Santa y dedicarle un mayor detenimiento. Y llegaba la tarde. Ahora si que voy a traducir una página que escribí un día para la “Hoja diocesana” y que es un resumen de la charla de explicación pascual. Con toda seguridad tendrá incorrecciones formales.

PASCUA PREHISTÓRICA

La primavera es una época del año muy atractiva. La naturaleza se llena de fecundidad, el hombre primitivo nota que hay un PASO muy significativo de la esterilidad del invierno a la fecundidad de la nueva estación. El hombre sedentario, de ocupación fundamentalmente agrícola, celebra cuando aparecen las primeras espigas, recoge las del cereal que florece primero, la cebada, y amasa panes, sin añadir nada a la masa. Es un tiempo nuevo, así que la comida de la inauguración del año no debe tener nada que sea viejo. El labrador es más o menos panteísta y su religiosidad es un culto a la fertilidad de la madre tierra. El nómada en cambio, se inclina al espiritualismo, observa a los animales y comprueba un PASO significativo: las aves anidan y nacen animalitos durante esta temporada. Es beduino y esta nueva vida la atribuye a la influencia de los espíritus buenos. Las tempestades y otros peligros que amenazan a sus animales, son obra de los malos. Hay que vigilar. Con la sangre de corderos untará las estacas de las tiendas, para ahuyentar los espectros malignos y comerá la carne de estos lechales, para comunicarse con las emanaciones de vida que intuye hay en los animales más puros. La LUNA LLENA de primavera será la insignia de estas celebraciones, del PASO del invierno a la primavera.

LA PASCUA DE LOS ISRAELITAS

Los israelitas eran un pueblo de ascendencia nómada, pero sedentario en tierras de Egipto. Celebraban, pues, el PASO con un ceremonial que correspondía a la suma de las dos tradiciones. Pero ellos PASARON un día de la esclavitud del Faraón a la libertad del Sinaí. PASARON a pie el Mar Rojo y del inmenso desierto PASARON a la fértil tierra de Canaán. Las fiestas del PASO adquirieron entre ellos un significado nuevo. En el inicio de la fiesta familiar, el más joven preguntaría al más anciano: ¿y todo esto porqué lo hacemos? El abuelo respondería que el pan sin levadura, era recuerdo de las tortas cocidas sin haber tenido tiempo de fermentar la noche de la huida, la sangre del cordero, era la protección contra la más terrible de las plagas. Y el mismo cordero protocolo de ratificación de la alianza del Sinaí. Y la misma LUNA presidiría la conmemoración de un PASO histórico, trascendental para la historia de Israel

LA PASCUA DE JESÚS

Una LUNA llena de primavera iluminó la entrada en el Cenáculo, pero ni el pan ácimo, ni el cordero eran importantes para Jesús: a Él le tocaba dar un PASO, doloroso al principio, triunfal al final. Cualquier comida era apta aquella noche y tal vez el pan fue de cebada y con levadura, aquella noche, vete a saber. Todo se hizo carne del nuevo y definitivo Cordero, no del Sinaí, sino de todo el mundo, que alimentaría al gran pueblo nómada para siempre, la Iglesia su Esposa Amada. Y el vino del país, sangre de Él, bebida espiritual para los peregrinos de eternidad.

LA PASCUA CRISTIANA

Los cristianos recordaron aquella LUNA LLENA de primavera, que fue el único testigo del PASO de Jesús de la muerte a la vida. Y como la LUNA cada año acudía a presidir la noche del aniversario, decidieron ellos hacerle compañía y velar hasta que se hiciera de día y el triunfo del Cristo se desvelase. E hicieron fuegos que iluminaban, calentaban y animaban, como el espíritu de Jesús. Y leyeron durante mucho rato la historia del pasado, la de la humanidad hundida en el pecado, que por la resurrección de Cristo, da un PASO a la vida eterna. Y acudieron con agua en gran cantidad y la pila donde la echaron fue un nuevo sepulcro, donde metieron a los que al salir habían hecho un PASO definitivo del paganismo a la Iglesia. El nuevo nacimiento a la Vida Eterna, inaugurada esta SANTA NOCHE por el Cristo. Y el PAN y el VINO del Cenáculo también estuvo presente, y los que lo comieron dieron un PASO de la debilidad al coraje, del miedo a la valentía, de la mezquindad al AMOR.

Acabada esta lección, que podía durar más de dos horas, venía la preparación “técnica” para la noche. Regresan los que han partido a lo de los símbolos de comunión. Se levanta delante de la iglesia una plataforma de unos dos metros de altura, de sección cuadrada en donde se pondrá la leña, una especie de fuego de campamento de los que antiguamente nos dejaban encender.

Al anochecer se repite una celebración penitencial. Unas veces, al principio, era porque cuando la habíamos celebrado el Jueves o el Viernes, algunos no habían llegado aun, otras porque era la única oportunidad de encontrar algún sacerdote más (nunca he querido organizar sólo una celebración penitencial, y esto por dos motivos. Primero para dar libertad, se trata de un sacramento con profundas raíces antropológicas. Segundo porque yo también quiero confesar mis pecados)

La cena es floja, de alimentos en conserva muchas veces, o bocadillos. Vamos a la iglesia y hay que retirar todos los bancos, para que quepa todo el mundo. Nos vamos a sentar en el suelo, que está cubierto todo él de plantas aromáticas, básicamente romero. La pila bautismal centra la atención, está llenándose de agua tibia. Desde hace muchos años (más de 30) los bautizos los celebramos por inmersión (dejadme que os diga que hace año y medio cuando vino el obispo de visita pastoral le dije que bautizaríamos a una criatura, a él no le hacía ninguna gracia pero no se opuso. Cuando llego la hora, aunque estábamos dos presbíteros y un diacono, dijo que quería hacerlo él, y por la tarde del mismo día ya lo había explicado contento a todos sus vicarios. Seguramente que es el único obispo de la tarraconense que lo ha hecho).

Es la hora, con la gente joven, de preparar los cantos y dar explicaciones que aumentan la expectativa. La gente mayor va viniendo. Salimos fuera. Antes podíamos quedar en total oscuridad. Saboreábamos la oscuridad para gozar de la luz del fuego, símbolo de Cristo y de nuestra Fe. Cantamos alguna canción de fuego de campamento, integrada en la liturgia. Entramos todos y la Vela trascurre con toda tranquilidad. Las lecturas se procura que correspondan a las lenguas de los asistentes, no sólo en catalán y castellano sino, si hay gente de otras lenguas, en la que corresponda (no hay problema soy coleccionista de biblias y tengo unas 600). Se traen al altar las ofrendas. Tomo del pan y del vino que han dejado, una parte para consagrarlo. He de señalar que en la lectura del Evangelio, al llegar al momento en que se proclama “no está aquí, ha resucitado, se interrumpe aplaudiendo. Primero los jóvenes, pero pronto todos. Es una experiencia impresionante, os confieso que ahora mismo cuando lo escribía, he llorado de emoción.

Acabada la liturgia viene el compartir de lo ofrecido. No todo. Una parte es para el culto: pan, vino, velas. Otra para mí. Otra para los pobres. Nunca falta entre los cantos el “Resucitó” de Quico Arguello y un poema que escribí y que un conjunto evangelista musicó. También reparto un recuerdo. Es muy importante que tengan un objeto que al encontrárselo en un cajón o verlo encima de una estantería, ayude a revivir la experiencia pascual. Sería largo el describiros lo que han sido. Este año preparando el que repartiré si Dios quiere aquella noche. Se trata de un tronquito de olivo con una frase que dirá algo así: Este tronquito es de uno de los milenarios olivos de Getsemaní- tal vez rebrote de los que había allí cuando Jesús sufrió gran depresión- Mirándolo después de que Él ha resucitado, nos damos cuenta del valor que puede tener todo sufrimiento.

Cantando, jugando y hablando esperamos la llegada del día. Es una noche demasiado importante para pasarla durmiendo. Otras veces, algunos marchaban de excursión. Hay una montaña, el Tagamanent, a una hora y media de camino, muy apropiada para subirla a ver salir el sol. El sol de Pascua. A partir de aquí ya no hay programa definido. Algunos marchan a sus casas, otros se van a dormir. Yo hago esto último, me tocará celebrar varias misas por la mañana. ¿Qué os parece lo que os he contado?

Cordialmente

Pedrojosé Ynaraja

diaz@ynaraja.e.telefonica.net

ynaraja@gmail.com


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