HISTORIAS DE LA NO-VIDA: EL VECINO DE MI MADRE

Por David Llena

Nos trasladamos a un piso nuevo. La vida que ella había llevado hasta ahora, nos condujo a esta situación. No pudimos elegir. Quizá, si ella hubiese podido elegido, hubiese preferido esperar un poco y comprar otro tipo de vivienda, más acorde con su forma de pensar.

En fin, que la situación también le había llegado de repente. Puso todo lo que tenía en un plan de vivienda que rentaba poco y a esto es a lo que nos llevó. Si hubiese esperado un poco más, hubiese encontrado un trabajo mejor hubiese podido aportar más al plan de vivienda y hubiese obtenido mejores condiciones. Ella siempre soñó, aunque no fue consciente hasta hoy, con una casa rodeada de jardín lejos de la ciudad que tanto le agobiaba.

Resulta pues, que una vez instalados en aquel piso, mi vida se desarrollaba sin problemas, hasta que mi madre cayó en la cuenta del vecino que “vivía abajo”. Llegó una noche, mientras ella disfrutaba en una fiesta, no se dio cuenta, se dejó la puerta abierta y en el piso de abajo se instaló. Fue una verdadera sorpresa para ella. Sabía que por su situación, por el tipo de vivienda que había elegido, tarde o temprano iría algún vecino a ocupar aquel lugar, pero no esperaba que fuese tan pronto.

Con la noticia del “nuevo vecino” la actitud de mi madre cambió. Nunca quiso ir a visitarlo, nunca hablaba con él, y se dejaba llevar por los comentarios de los demás. Consultaba a todos los que se encontraba, les contaba su situación y lloraba sobre los hombros de aquellos que la escuchaban. Pero siempre escuchó a los demás (de más) nunca quiso ver a aquella persona.

Veía un problema, decían que aquel vecino era un inconveniente en su vida, que debería intentar desalojarlo, que conforme pasara el tiempo el “problema iba a ser peor”.

Incluso algunos, le decían que si hubiese esperado, podría haber buscado una casa sin vecinos, o haber podido “elegir” los vecinos, pero como siempre fue tan liberal…

Acabaron convenciéndola. Mi madre empezó a oír que el vecino seguramente tenía algún trastorno, que iba a tener que aguantarlo y que conforme pasara el tiempo, esos trastornos se agudizarían y acabarían afectando a todos los vecinos. En su locura dejaría de pagar los recibos y gastaría más que nadie, y que eso influiría en la economía de todos los vecinos.

Algunos de ellos pensaron en que lo mejor sería echarlo, otros dijeron que todos tienen derecho a una vivienda, otros pensaron en dejarlo hasta que encontraran otra casa…

Y es que realmente era molesto, y estaba cambiando la vida de mi madre. Por las noches no le dejaba dormir, tenía que soportarlo noche y día y eso la llevaría a una depresión.

Había trastornado sus hábitos, hasta su humor y además nadie se había compadecido de ella. Todos le daban consejos, y la mayoría proponía desalojarlo cuanto antes.

Hasta que no firmara la escritura, podía desalojar a aquel vecino incómodo, sin ningún perjuicio para los vecinos, sin más que ir al tribunal y pedir que lo desalojaran.

Tal fue la espiral de en que se vio inmersa mi madre, entre sus sufrimientos, su soledad, las voces exteriores, que una mañana se dirigió al tribunal y pidió que desalojaran a aquel incómodo vecino. No tuvo tiempo de rectificar, parece que todo estaba preparado esperando su decisión.

A la tarde el piso de abajo estaba vacío. Mis huesos yacían en el cubo de la basura y la soledad infinita de la vaciedad de su seno colapsó en el interior de mi madre. Todas las voces exteriores se fueron. Yo muerto por fuera, era el que molestaba en aquella casa. Mi madre muerta por dentro quien firmó mi sentencia de muerte. ¿Y mi papá donde estaba?

 

LA NATURALEZA VIVA EN SEMANA SANTA: LA PARRA O, MEJOR, EL VINO

Por Pedrojosé Ynaraja

Se elabora a partir de la uva, fruta de otoño, de la parra o del majuelo o viña. Se recogía a mano en cuévanos y se traslada al lagar, un depósito generalmente tallado en la misma roca, para lograr estanqueidad, dentro de una casita situada muchas veces en la misma viña, de ello da cuenta el Evangelio. Se depositaba allí y después con los pies descalzos, se pisaba. Se iniciaba entonces la fermentación. La piel oscura teñía el jugo de color rojizo, tirando a negro. Pronto, por conductos perforados en la pared, pasaba a la bodega, donde proseguía la trasformación de los azucares en alcohol. Se conservaba en cántaros o en odres, también en toneles. La Biblia menciona este último recipiente para guardar el aceite (Ezequiel), pero he visto relieves de aquella época, donde también se los utiliza para el vino. Este, evidentemente, sería diferente si se elaboraba en Hebrón a si procedía del Líbano. Menciono dos lugares famosos por sus caldos. Por todo Israel se plantaban viñas y cada casa obtenía su cosecha para uso familiar. El proceso del vino, por oxidación, prosigue lentamente, convirtiéndose en vinagre. Entre nosotros se evita quemando azufre. En tiempos bíblicos se desconocía esta técnica y se acudía a cubrir la superficie con aceite para, de alguna manera, impedirla, sin conseguir demasiados buenos resultados.

Los odres, conocidos ya en tiempo de Abraham, fueron evolucionando. Llegaron a ser semejantes a los que entre nosotros se han utilizado hasta hace unos 50 años. La parte inferior acababa recta, perpendicular, sin prolongarse en las extremidades. Hace pocos meses he visto un ejemplar de estos en Petra. Como la lenta fermentación proseguía durante un tiempo, los pellejos donde se guardaba el vino joven debían ser nuevos, dotada su piel de una cierta elasticidad, para que no se resquebrajaran, debido a la presión del CO2 desprendido. El añejo podía guardarse en odres viejos (de aquí la sentencia de Jesús). El vino era bebida cotidiana, también medicina (buen samaritano), acompañaba a los sacrificios del Templo, mezclado con mirra resultaba narcótico o anestésico (se lo ofrecieron así a Jesús a punto de ser crucificado). Se mezclaba con hierbas aromáticas, nosotros le llamaríamos aperitivo, o con azucares, antecedente de nuestros licores.

Para un cristiano, la importancia del vino está en que fue escogido como especie eucarística. ¿Cómo sería el vino de la Santa Cena? Pues, probablemente, de baja calidad, según nuestros estándares. Un poco avinagrado y algo turbio. De aquí que recordando la costumbre antigua, todavía le añadimos un poco de agua, al que preparamos para la misa. Sería tinto y seco. La Iglesia latina tardó siglos en autorizar el uso del vino blanco y las Iglesias Orientales continúan utilizando el vino tinto. Cuentan que se abusó del vino en las celebraciones eucarísticas, de aquí que en las comunidades occidentales, se comulgara solo con la Eucaristía de pan, sin que por ello disminuyera la Gracia sacramental. Han cambiado los tiempos, estos peligros han desaparecido, y podemos volver a la práctica primitiva, que las de Oriente nunca abandonaron. Y ser fieles a rajatabla, al mandato del Señor: tomad y bebed…

Para explicar a personas de culturas no mediterráneas, que el vino no es para nosotros un lujo, les explico que en los monasterios benedictinos, se bebe vino a diario en las comidas, (de ello habla Benito en su regla), reservándose en cambio el café, para los días festivos. (De todos modos, en otro lugar, con cierta discreción, también pueden gozar de esta infusión. Cuando estoy junto al Sagrario, a veces le digo a Jesús: Tú no disfrutaste de un aromático y estimulante brasileño o colombiano arábiga. Y tengo la sensación de que me sonríe y hasta, retrocediendo a su temporada histórica, incluso me envidia)