LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: ESTIRPE NOBLE

Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano

"Realza su nobleza por su convivencia con Dios, pues el Señor de todas las cosas la amó" (Sb 8,3).

A la belleza, acerca de la cual nos hemos extendido pormenorizadamente, Salomón añade la nobleza. Ésta es constitutiva de su esencia a causa de su origen: Dios. Al formular esta apreciación, el monarca encumbra la sabiduría al pedestal más alto que jamás mente alguna pudo imaginar. Su nobleza no es adquirida, sino que es propia de su ser, es lo que podríamos llamar nobleza divina. La Sabiduría está en convivencia, es decir, en comunión con Dios, y por eso es amada por Él.

Más adelante encontraremos y analizaremos detalladamente intuiciones profundísimas de Salomón en las que veremos que percibe y concibe la Sabiduría como "alguien que está al lado de Dios". Siguiendo a los santos Padres, identificamos este Alguien con la segunda persona de la Santísima Trinidad, y que se nos dio a conocer al encarnarse en el seno de María de Nazaret: Jesús. Ahora sondeamos qué es lo que movió a Salomón a considerar que la Sabiduría que Dios infunde en su corazón y en su espíritu está revestida de nobleza, tanta, tan digna y eminente que cautivó al mismo Dios.

Por supuesto que emplear palabras humanas para expresar la relación entre Dios y la Sabiduría, no abarca en absoluto una realidad que nos trasciende y supera totalmente. Pero estas palabras humanas, por más que sean pobres, son los instrumentos que tenemos para expresar unas vivencias personales de fe. Aceptamos ya de antemano que lo que un hombre de fe, de Dios, experimenta, alcanzará a expresar solamente algo de la infinitud que está viviendo..., "un no sé qué balbuciendo" como diría san Juan de la Cruz.

Así creemos que se sintió el autor del libro de la Sabiduría en muchas ocasiones al intentar describirla. De ahí su comparación: sirviéndose de la nobleza, de los tronos y los reinos, nos hablará de la nobleza divina para colocar a la Sabiduría en la mayor de las alturas.

En esta misma línea, nos parece que se mueve el autor del libro de los Proverbios al intentar, también él, describimos la sublimidad de la Sabiduría refiriéndose a ella con la comparación de un manjar dulcísimo, en este caso para el alma: "Cuando entre la sabiduría en tu corazón y la ciencia sea dulce para tu alma, velará sobre ti la reflexión y la prudencia te guardará" (Pr 2,10-11).

El mismo autor, en lo que podríamos considerar un alarde de audacia, afirma que el hombre que guarda la sabiduría en su corazón, es revestido de la capacidad de entender y comprender la ciencia de Dios, es decir, está capacitado para penetrar su Misterio: "Hijo mío, si das acogida a mis palabras, y guardas en tu memoria mis mandatos, prestando tu oído a la sabiduría, inclinando tu corazón a la prudencia; si invocas a la inteligencia y llamas a voces a la prudencia... ; entonces entenderás el temor de Yahvé y la ciencia de Dios encontrarás" (Pr 2,1-5).

Por supuesto que una formulación de esta naturaleza que es más bien una promesa, no deja de sorprendemos; más aún, diríamos que nos deja perplejos, pues sabemos muy bien que en otros pasajes de la Escritura se nos dice que Dios es inalcanzable, totalmente lejano a la mente humana; Él está más allá de nuestros pensamientos aun cuando éstos sean religiosos. El mismo autor apacigua nuestra intranquilidad diciéndonos a continuación que es Dios mismo quien nos hace partícipes de su sabiduría: "Porque Yahvé es el que da la sabiduría, de su boca nacen la ciencia y la prudencia" (Pr 2,6).

Es a partir de este enriquecimiento de nuestro espíritu que todo nuestro ser se hace apto para conocer a Dios, apto para entrar en comunión con Él y apto para la vida eterna. Esta capacidad se desarrolla en la medida en que crece en nosotros la instrucción de Dios, su sabiduría, su ciencia y su inteligencia., en definitiva, su Palabra.

Este don, incalculable en su grandeza y nobleza como atestigua Salomón, nos es concedido en plenitud gracias a que Dios dio un cuerpo a su sabiduría: su propio Hijo. Él da a sus discípulos una ciencia, inteligencia y conocimiento que, como proclama textualmente, no estuvieron al alcance ni de los profetas, ni de los reyes y ni siquiera de Salomón el sabio: "Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: ¡Dichosos los ojos que ven los que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron" (Lc 10,23-24).

A la luz de éste y otros pasajes, vemos que Jesucristo es aquel que lleva a su plenitud todas las promesas que Dios promulgó a favor de Israel a lo largo de su historia. Los apóstoles, que nacieron y crecieron al calor de las promesas del pueblo elegido, comprendieron que su Señor Jesús había hecho de ellos hijos de la sabiduría para poder conocer a Dios: "Sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Verdadero. Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo. Éste es el Dios verdadero y la Vida eterna" (1 Jn 5,20).