I Domingo de Cuaresma
1 de marzo de 2009

La homilía de Betania


1.- Y POR LA TENTACIÓN LLEGAREMOS AL REINO

Por José María Maruri, SJ

2.- EL ARCO IRIS: UN PACTO DE CONVERSIÓN

Por Gabriel González del Estal

3.- LA CONVERSIÓN ES POSIBLE

Por José María Martín OSA

4.- ¡NO LE DEMOS GUSTO AL DIABLO!

Por Javier Leoz

5.- INICIAMOS OBRA

Por Gustavo Vélez, mxy

6.- EL DOLOR DE AMOR POR HABER OFENDIDO

Por Antonio García-Moreno

7.- JESÚS FUE TENTADO, COMO NOSOTROS

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


SOLEDAD Y SILENCIO

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- Y POR LA TENTACIÓN LLEGAREMOS AL REINO

Por José María Maruri, SJ

1.- Dicen los entendidos que Marcos en esta brevísima narración de las tentaciones del Señor en el desierto (emplea 2 versículos mientras Lucas13 y Mateo 11) lo que pretende es enseñar a sus primeros cristianos, y a nosotros, que el Bautismo (ser católicos) ni nos saca del desierto de la sociedad en que vivimos, ni nos libra de las muchas tentaciones que hay en él, pero nos lleva a una segura victoria (por eso los ángeles servían al Señor)

2.- Pero, ¿en qué se funda la seguridad de la victoria? Ni vosotros (creo yo) ni mucho menos yo, nos sentimos con derecho a subirnos al podio y recibir la medalla de oro (con la de bronce me contentaría yo) Todos tenemos la experiencia de que nosotros mismos no somos ninguna seguridad de llegar a buen término en el camino de nuestra fe. Yo creo que aún los que se creen con méritos, en el fondo de su corazón saben que ninguno se va a salvar, va a triunfar, porque seamos buenos, sino porque Dios en bueno y nos mira siempre con misericordia y se ha comprometido con nosotros en sacarnos adelante a trancas y barrancas.

3.- A ver si me sé explicar porque la cosa puede hacerse aburrida y pesada. Todos sabemos que en la Sagrada Escritura abundan palabras como Testamento (Viejo y Nuevo), alianza, pacto… y yo creo que la que está más cerca de nuestro conocimiento es promesa, lo que Dios nos ha prometido. Porque los pactos de Dios con los hombres no son un alto el fuego, que dura mientras ambas partes se arman de nuevo hasta los dientes. Tampoco un pacto entre iguales sentados en la misma mesa y poniendo condiciones por ambas partes. Todo pacto, alianza o compromiso que haga Dios con los hombres es siempre unilateral. Es hecho por Dios con entera libertad, porque nosotros no podemos poner condición alguna.

Y eso es lo que Dios vino haciendo ya desde esa simpática e infantil narración del Arca de Noé, comprometiéndose a darle salida honrosa al hombre que se había metido por mal camino enfrentándose con Dios. Ya a Adán y a Eva les promete la victoria, se compromete con la humanidad en Noé y luego lo va a hacer con Abrahán y con Moisés.

Y a diario lo está haciendo con nosotros en cada Eucaristía donde en la fórmula de la consagración de cáliz se nos repite: “esta es mi Sangre, Sangre del Nuevo y Eterno Testamento”, del Testamento, del Pacto, de la Promesa ratificada con la Sangre del Señor, el lacre que firma ese documento es Sangre de Dios

4.- Lo que de antiguo viene prometiendo el Señor es que el mismo Dios hecho hombre va a caminar hombro con hombro con cada uno de nosotros y nos va a sacar adelante en medio de las gotas finas con que tropecemos a lo largo del camino (como aquella de Noé). Y en medio de las soledades de desierto en que a veces nos encontramos, dentro de una sociedad paganizada. O zarandeados por las tentaciones del demonio, más o menos atractivo.

5.- Todos nosotros estamos bastante escarmentados de promesas, sobre todo electorales. Por eso cuando oímos la palabra promesa nos ponemos en guardia y pensamos que seriedad tendrá esa promesa.

La promesa del Señor no sólo es seria porque es promesa de Dios, que no puede fallar, sin fallar la misma existencia de Dios, sino porque en muestra de su seriedad ha dado su sangre y su vida para que creamos que va en serio.

Y cuando uno es capaz de arriesgar y perder la vida por otra persona no cabe duda de que va en serio. Pues esta es la Buena Noticia que nos da hoy San Marcos tan escuetamente, que por el desierto y por la tentación llegaremos al Reino apoyados en el hombreo de un Dios hecho carne y hueso como nosotros y que ha dado su vida por nosotros.


2.- EL ARCO IRIS: UN PACTO DE CONVERSIÓN

Por Gabriel González del Estal

1.- Sí, hoy comenzamos con la primera lectura. Leyendo con detención los capítulos del Génesis en los que, con un lenguaje maravillosamente humano, se habla del diluvio, podremos comprobar, no sin una cierta sorpresa, que el autor quiere señalar y describir en Yahvé como un cierto proceso de conversión, en su relación con el hombre que él mismo había creado. Veamos: Yahvé creó primero al hombre y le pareció que era bueno, pues lo había creado a imagen suya. Pero el hombre perdió pronto su bondad original y Yahvé, defraudado y viendo que “la maldad del hombre cundía sobre la tierra”, se arrepiente de haberlo creado y decide exterminarlo, ahogándolo en las aguas de un inmenso diluvio: “Pereció toda carne, lo que repta por la tierra, junto con aves, ganados, animales y todo lo que pulula sobre la tierra, y toda la humanidad”. Se salvó Noé y toda su casa, con todos los animales que Noé había metido en el arca. Cuando Noé salió del arca construyó un altar a Yahvé y ofreció holocaustos en el altar. Yahvé aspiró el aroma de los holocaustos y se dijo en su corazón: “nunca más volveré a maldecir el suelo por causa del hombre, porque las trazas del corazón humano son malas desde su niñez”. “Establezco mi alianza con vosotros, y no volverá nunca más a ser aniquilada toda carne por las aguas del diluvio, ni habrá más diluvio para destruir la tierra. Esta es la señal de la alianza que para las generaciones perpetuas pongo entre yo y vosotros y toda alma viviente que os acompaña: pongo mi arco en las nubes y servirá de señal de la alianza entre yo y vosotros”. Yo creo que este relato, con todas las limitaciones del lenguaje humano que puede tener, es profundo y significativo.

2.- Parece como que Dios hubiera puesto demasiada confianza y esperanza en el hombre, cuando lo creó. Como el hombre no respondió a la esperanza que Dios había puesto en él, Dios decide exterminarlo y le manda el diluvio. Pero Noé y su familia permanecieron fieles al Señor y el Señor cambia entonces de parecer. Se da cuenta de que “las trazas del corazón humano son malas desde su niñez” y como a un padre misericordioso que se le conmueven las entrañas al comprobar la debilidad de sus hijos, se fija con especial amor en la bondad de Noé, y perdona a todos los demás hombres sus pecados. Esta conversión de Dios, de la que metafóricamente estoy hablando, podría resumirse diciendo que Dios se guió por su justicia al mandar el diluvio y, cuando comprueba la fragilidad del corazón humano, en general, y la bondad de uno de sus hijos, en particular, abandona la estricta justicia y usa su inmensa misericordia; dios seguirá aplicando su justicia, pero será siempre una justicia misericordiosa. A eso me refiero, cuando hablo de la conversión de Dios: que Dios cambió la justicia por la misericordia. No me parecería mal que, en este primer domingo de cuaresma, hiciéramos nosotros este propósito: que cada vez que veamos el arco iris, pensemos en la inmensa misericordia de Dios y en lo importante que es la bondad de una persona buena sobre la tierra.

3.- También sería bueno que cada uno de nosotros, en nuestros juicios y en nuestros comportamientos, tratemos de imitar el comportamiento de Dios y convirtamos nuestro corazón, usando más la misericordia que la justicia. Que esto fue lo que hizo Jesús de Nazaret, practicar siempre la justicia misericordiosa, se comprueba fácilmente leyendo los evangelios. Yo creo que creer en la Buena Noticia es precisamente eso: Creer que Dios envió a su Hijo para salvarnos, no para condenarnos. Por eso es buena noticia, por eso es evangelio, porque Dios no nos salva por nuestros méritos, sino por su gracia. Basta con que nosotros creamos en su Hijo, en el “Cristo que murió por nuestros pecados… para conducirnos a Dios” y queramos participar de su misericordia y seguir su ejemplo. Eso es convertirse, eso es creer en la Buena Noticia, pidiendo a Dios que venga su Reino y que se haga su voluntad aquí en la tierra como en el cielo. Pedir y desear esto puede ser un buen propósito de conversión para este primer domingo de cuaresma.


3.- LA CONVERSIÓN ES POSIBLE

Por José María Martín OSA

1.- La prueba necesaria del desierto. El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Es éste un lugar ambivalente: prueba y purificación, tentación y encuentro con Dios y con uno mismo. La estancia de Jesús en el desierto tal como la relata Marcos tuvo su lado tenebroso, Satanás y las alimañas, pero también su gloria y su luz, pues “los ángeles le servían”. En el desierto pudo Jesús vivir su iluminación particular sobre la meta y los medios para anunciar el Reinado de Dios. Jesús, triunfa y la causa de Dios se impone sobre lo meramente humano. El evangelio de Marcos propugna un cristianismo más radical, más conforme con los orígenes. Es un evangelio exigente: quiere acabar con las disculpas de que “es lo que siempre se ha hecho”, “lo que todos hacen”, “mañana lo haré”… Necesitamos pasar por la situación de desierto para reforzar nuestra experiencia de Dios. Jesús salió también reforzado en el desierto.

2.- En todas las eucaristías decimos “no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”. A fuerza de recitarlo tantas veces no nos enteramos muchas veces de lo que decimos, pues lo hacemos de forma mecánica. La tentación esta ahí, acecha a todo ser humano. Lo malo no es ser tentado, Jesús también lo fue, lo malo es caer en la tentación. Iniciamos este tiempo de Cuaresma haciéndonos conscientes de que el mal y la tentación están cerca de nosotros. Está nuestra capacidad de elegir: de consentir o de vencer. El evangelio de Marcos en este primer domingo de Cuaresma nos presenta este lado profundo del mal. Pero también presenta a otros actores: El Espíritu, Jesús, Dios y su proyecto. Toda vida humana pasará la prueba de la tentación. La tentación es la posibilidad siempre presente de abrirle las puertas a fuerzas que se oponen al proyecto fraterno de Dios. El seductor es el que me aparta de mí mismo. Una gran tentación es eludir nuestras responsabilidades y así vernos libres del trabajo que comporta una vida entregada a la misión que Jesús nos encomienda. Sin embargo, en nosotros hay una llamada a dejarnos guiar por el Espíritu, a optar por Dios como compañero de camino, nunca para manipularlo y servirnos de Él, sino para que se realice el destino de vivir en libertad, pese al “poder de las tinieblas”. ¡Jesús ha vencido ya!

3.- Jesús espera mucho de nosotros. La conversión que pide Jesús como primer tema de la predicación del Reino debería empezar por dar la vuelta a nuestro modo de vivir ya habitualmente nuestra fe. Casi todos la vivimos en un contexto que favorece las posturas acomodaticias. Nos habituamos a largas componendas, a la generosa tolerancia con lo que sabemos no cuadra muy bien. Nos protegemos con la excusa de que somos así y al cabo de tanto tiempo no hay cambio posible. Pero el evangelio quiere sacudir esa modorra, denunciando que para nada nos sirve “retomar” las viejas prácticas con nuevo estilo. No es posible un cristianismo vivido “a medias”, ni se debe encapsular lo nuevo en moldes viejos. Hay que crear moldes nuevos, odres nuevos. No se trata de prácticas, sino de nosotros mismos. Basta con reflexionar sobre la facilidad con que pedimos el cambio de los demás. Su manera de entender y vivir la fe cristiana nos parece hipócrita o superficial. Retirarse al desierto significa enfrentarse a solas con nosotros y naturalmente comenzar por la revisión crítica de nuestro modo de ser. “Enséñame tus caminos”, pedimos en el Salmo. El evangelio de hoy nos indica el camino que siguió Jesús antes de comenzar su actividad pública. El que hoy nosotros estamos invitados a recorrer también, si nos dejamos “empujar” por el Espíritu.


4.- ¡NO LE DEMOS GUSTO AL DIABLO!

Por Javier Leoz

El pasado miércoles, al recibir la ceniza, nos dábamos cuenta que –sin Dios- no somos nada, polvo. Se nos invitaba a recuperar la vitalidad de nuestra fe. A comenzar este camino cuaresmal (que tiene como objetivo la Pascua) utilizando todos los medios a nuestro alcance:

- Oración

- Penitencia

- Caridad

- Ayuno

1.- La cuaresma, para desgracia nuestra, ya no es lo que era. Mejor dicho; los católicos no nos tomamos tan en serio este tiempo de preparación a la Pascua como, por ejemplo, lo hacían los primeros cristianos. ¡Estamos tan acostumbrados a creer! Lo cierto es que, una Pascua sin previa y profunda preparación, corre el riesgo de quedarse en una simple fiesta de primavera. ¿Queremos eso? ¿Es eso para lo que Dios vino al mundo y dejará que su Hijo muera en la cruz? Qué bueno sería, en primer lugar, que nos planteásemos un pequeño programa. Si Cristo va hacer tanto por nosotros, ¿qué estamos dispuestos nosotros a hacer por El?

-Escuchemos su Palabra. Veremos como entonces, el Señor, nos sorprende. Siempre tiene algo bueno y nuevo que decirnos.

-Necesitamos de estos desiertos, de estos encuentros para luego hacer frente a la vida. Lo mismo hacía Jesús; antes de presentarse en público se retiraba a orar tal y como hoy, por ejemplo, lo contemplamos en lucha permanente contra las tentaciones del diablo.

-Camino de la Pascua sería positivo que nos preguntásemos cómo está nuestra oración. ¿No se encontrará un poco en crisis? Cuando decimos que hay crisis de fe ¿no será que en el fondo hay problema de oración? Cuando sostenemos que hay dificultades de los padres con los hijos ¿no será también que, en el fondo, hay ausencia de comunicación de los hijos con los padres?

La Cuaresma es un tiempo privilegiado para la oración. ¿Quién no se deja impresionar cuando se coloca frente a un crucificado? La oración es esencial para entender y comprender la voluntad de Dios. Y si no la entendemos ni la comprendemos es porque, muchas veces, somos alérgicos a esos desiertos de la oración, el silencio, la reflexión o la lectura asidua de la Palabra de Dios.

2.- También nosotros, como el mismo Señor, nos encontramos constantemente en una lucha encarnizada contra el mal. ¡Son tantas las promesas que se nos hace si abandonamos a Dios! ¿Pero se nos dará algo a cambio? ¿No nos quedaremos sin nada? ¿No tendremos que pedir perdón –a la larga o la corta- a ese Dios que, siendo todo, lo dejamos a un lado por nada?

En este tiempo de cuaresma, como diría San Ignacio de Loyola, dos caudillos salen a nuestro encuentro: Jesús y Satanás. ¿Con cual nos quedamos? ¿A quién servimos?

- La oración va directa a Dios. La ausencia de ella nos convierte en miembros serviles del diablo

- La austeridad nos acerca al Padre. La opulencia y la ostentación hace sonreír al maligno

- La caridad y el amor agradan al Señor. La tacañería y el individualismo consolidan el reino del diablo

- La eucaristía nos lleva a Cristo. El vacío y el sinsentido del domingo hacen bailar a Satanás.

3.- Que el Señor nos conceda tres gracias especiales en este tiempo de ascensión a la Pascua:

a) Ante la tentación del materialismo, el saber defender el “ser” antes que el “tener”. Cuántos hermanos nuestros viven en situaciones de dificultades y de desencanto porque no han sabido medir ni controlar su avaricia

b) Ante el incentivo de la vanidad hay que adorar al Único que se lo merece: a Dios. La vanagloria, los aplausos y el engreimiento son fiebres que se pasan en cuatro días ¿Qué queda luego? Las secuelas de las grandes soledades.

c) Ante la incitación del poder, el dominio de uno mismo. El poder en la vida de un cristiano es el servir con generosidad y el ofrecer sin esperar nada a cambio.

Que el Señor, en este tiempo cuaresmal, nos ayude a meditar –en un bis a bis- sobre aquellas tentaciones que nos producen ansiedad, infelicidad, inseguridad o abandono de la fe.

4.- CONTIGO EN EL DESIERTO, SEÑOR

Escucharé al silencio que habla

y la Palabra que resuena.

Me sentiré preparado para la misión

para así, ofrecerme hasta desgastarme

contigo y por Ti, mi Señor.

 

¿Por qué vas a un desierto, Jesús?

¿Qué te brindan la arena y las montañas

sin alimento ni nada con lo que sustentarte?

El desierto habla,

cuando el mundo calla

Hace al cuerpo y a la fe fuertes y resistentes

ante tantas cosas que los debilitan

 

Llévame contigo al desierto, Señor

porque sin necesidad de estar

en la aridez de esa tierra desértica

también aquí y ahora soy tentado:

por el afán de tener

por el deseo del poder

por la ambición de ser adorado

 

Contigo en el desierto, Señor

seré fiel hasta el final

me prepararé a la dureza de la cruz

saldré victorioso frente al mal.

Romperé con aquella tentación

que me persigue como si fuera

mi misma sombra.

 

Dame, Señor, valor para triunfar sobre ellas

Concédeme, la valentía necesaria

para demostrarte mi fidelidad y mi entrega.

Quiero estar contigo en el desierto:

con Dios, fortaleza

con Dios, salvación

con Dios, poderoso

con Dios, santo

con Dios, único Dios.

 

Quiero subir contigo, Señor

a celebrar tu Pascua, Señor

Amén.

5.- ORACION PARA ESTE PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

Ayúdame a hacer silencio, Señor, quiero escuchar tu voz.

Toma mi mano, guíame al desierto,

que nos encontremos a solas, Tú y yo.

Necesito contemplar tu rostro, me hace falta la calidez de tu voz,

caminar juntos... callar para que hables tú

 

Me pongo en tus manos, quiero revisar mi vida,

descubrir en qué tengo que cambiar,

afianzar lo que anda bien,

sorprenderme con lo nuevo que me pides

 

Ayúdame a dejar a un lado las prisas,

las preocupaciones que llenan mi cabeza,

barre mis dudas e inseguridades,

ayúdame a archivar mis respuestas hechas,

quiero compartir mi vida y revisarla a tu lado.

Ver donde "aprieta el zapato" para apurar el cambio.

 

Me tienta la seguridad el "saberlas todas",

tenerla "clara", no necesitarte,

total tengo todas las respuestas.

Me tienta el activismo. Hay que hacer, hacer y hacer.

Y me olvido del silencio, aflojo en la oración,

¿leer la Biblia?, para cuando haya tiempo...

 

Me tienta la incoherencia. Hablar mucho y hacer poco.

Mostrar facha de buen cristiano, pero adentro,

donde Tú y yo conocemos,

tener mucho para cambiar.

Me tienta ser el centro del mundo.

Que los demás giren a mi alrededor.

Que me sirvan en lugar de servir.

 

Me tienta la idolatría. Fabricarme un ídolo

con mis proyectos, mis convicciones,

mis certezas y conveniencias,

y ponerle tu nombre de Dios.

No será el becerro de oro, pero se le parece.

 

Me tienta la falta de compromiso.

Es más fácil pasar de largo

que bajarse del caballo y hacer la del samaritano.

¡Hay tantos caídos a mi lado, Señor,

y yo me hago el distraído!

 

Me tienta la falta de sensibilidad,

no tener compasión, acostumbrarme a que otros sufren

y tener excusas, razones, explicaciones...

que no tienen nada de Evangelio

pero que me conforman...un rato, Señor,

porque en el fondo no puedo engañarte.

 

Me tienta el separar la fe y la vida.

Leer el diario, ver las noticias

sin indignarme evangélicamente

por la ausencia de justicia

y la falta de solidaridad.

Me tienta el mirar la realidad

sin la mirada del Reino.

 

Me tienta , Señor, el desaliento,

lo difícil que a veces se presentan las cosas.

Me tienta la desesperanza, la falta de utopía.

Me tienta el dejarlo para mañana,

cuando hay que empezar a cambiar hoy.

 

Me tienta creer que te escucho

cuando escucho mi voz.

¡Enséñame a discernir!

Dame luz para distinguir tu rostro.

 

Llévame al desierto, Señor, despójame de lo que me ata,

sacude mis certezas y pon a prueba mi amor.

Para empezar de nuevo, humilde, sencillo,

con fuerza y Espíritu para vivir fiel a Ti.


5.- INICIAMOS OBRA

Por Gustavo Vélez, mxy

“En aquel tiempo Jesús se quedó en el desierto durante cuarenta días, dejándose tentar por Satanás”. San Marcos, cap. 1.

1.- “Líbranos, Señor de todos los males, pasados, presentes y futuros”, rezábamos anteriormente en la Misa. Otros redactores, menos pesimistas quizás, simplificaron la fórmula refiriéndola sólo a “todos los males”. Donde obviamente se incluye la penúltima petición del Padrenuestro: “No nos dejes caer en la tentación”. Aunque la tentación no es un mal en sí misma, pero encierra peligros inminentes.

Al iniciar la Cuaresma, los evangelistas nos cuentan que también Jesús sintió en su interior esa ruda tensión entre el bien y el mal. Lo cual comprueba su condición de hombre verdadero. El episodio lo trae San Marcos en forma abreviada, sin detallar el número y el objeto de tales tentaciones, como sí lo hacen otros evangelistas.

2.- Pero captamos que Jesús fue tentado en relación con su tarea de Mesías: O aceptaba un camino lleno de persecuciones y dificultades que culminaría en la cruz. O buscaba un estilo triunfante, muy lejano de nuestra situación de criaturas y de pecadores. Y el Señor aceptó lo primero. El relato de los evangelistas no es meramente un texto pedagógico, según señalaron algunos. Al Señor sí lo atrajo el mal, como nos ocurre a nosotros, pero nunca aceptó el pecado en lo más mínimo. “Compartió el peso de nuestras debilidades”, dice la carta a los Hebreos. “Fue probado en todo igual que nosotros”.

3.- Los cristianos verificamos a cada paso que ser hombres equivale a ser tentados. “Confieso que he vivido” señaló Pablo Neruda. Confieso que he sido tentado y muchas veces he caído en la tentación. Así puede afirmar cada discípulo de Cristo. Sin embargo tal verificación no puede amilanarnos. La presencia de Jesús a nuestro lado, de aquel que se “encarnó de Santa María la Virgen… murió, fue sepultado y resucitó al tercer día”, garantiza la acción del Señor en cada uno de nosotros. Nos asegura que el mal no tiene la última palabra. Ni a nivel personal, ni tampoco a nivel comunitario. Pero el programa de salvación que Dios ofrece de manera gratuita, exige nuestra asidua colaboración. La cual realizamos cada día, en medio de las muchas tentaciones que nos asedian.

4.- Durante la Cuaresma, pudiéramos entonces señalar nuestra casa con este letrero: “Iniciamos obra”. Es decir, aquí habita alguien que cree en la posibilidad de ser distinto. Alguien capaz de olvidar su tortuoso pasado. Aquí vive un hijo de Dios, comprometido a no explorar los caminos del mal. Aquí hay alguien amigo de la vida, fanático de la felicidad y de la transparencia. Aunque sería más exacto escribir: “Dios ha iniciado su obra en nosotros”. Porque durante este tiempo quitaremos los obstáculos que impiden al Señor realizar sus maravillas. Una Cuaresma positiva es aquella en la cual sentimos y comprobamos que Dios derrama en nosotros serenidad, fortaleza, orden, claridad, perdón.

5.- En la plaza de aquel pueblo olvidado, un árbol gigantesco derramaba su sombra sobre justos y pecadores. Decían que era un samán y un viejo, asiduo inquilino bajo sus ramas misericordiosas, invitaba a los transeúntes a admirar aquel prodigio. Pero enseguida sacaba de su mochila una semilla diminuta y les decía: Todo empezó así. Lo demás lo hizo Dios con sabiduría y paciencia, a través de los años.


6.- EL DOLOR DE AMOR POR HABER OFENDIDO

Por Antonio García-Moreno

1.- INOCENTE Y CONDENADO.- Con la Cuaresma se inicia un tiempo de penitencia, un tiempo de conversión, tiempo propicio al dolor de amor por haber ofendido a quien tanto nos ama. Para ello nos recuerda la primera carta de San Pedro que " Cristo murió por los pecados una vez para siempre, el inocente por los culpables..." Ante el inocente condenado, hemos de llorar cada uno los propios pecados, pedir perdón por ellos, y prometer que, con la ayuda de Dios, no volveremos a cometerlos.

Recordemos en estos días aquel largo proceso ante el Sanedrín, ante Pilato, ante Herodes y de nuevo ante el procurador romano. Primero fue el bochorno de la captura, caminar maniatado, humillado por aquellos funcionarios habituados a maltratar a los delincuentes de verdad. Después los interrogatorios, las falsas acusaciones, el clamor de la chusma pidiendo su muerte, en un clima tenso que amenazaba un linchamiento.

El Sanedrín dictaminó su sentencia: Ha blasfemado; reo es de muerte. Y lo llevan ante Pilato. El pretor se resiste, quizás por llevarles la contraria, quizás impresionado, supersticiosamente, por el aviso de su mujer. Pero Pilato era un cobarde y cedió ante las presiones de los capitostes de Israel, que acosan y acusan con saña: "El que se hace rey va contra el César... Nosotros no tenemos otro rey que el César...". La hipocresía y la astucia toman cuerpo en aquellos hombres, que odian a muerte a los romanos, pero que se sentían acusados, y puestos en evidencia, por la vida y las palabras de Cristo.

Condenado por falso rey, condenado por blasfemo. Falso rey quien desde su nacimiento recibió pleitesía de reyes extranjeros. Blasfemo quien desde toda la eternidad era el Hijo de Dios, Dios mismo... Pena capital para quien ninguna culpa tenía. Pero la muerte del inocente, dio vida a los culpables.

"Como era hombre, lo mataron...", sigue diciendo la segunda lectura. Jesús, el inocente, clavado en una cruz, desnudo y solo, agujereado por clavos y espinas, surcado mil veces por el látigo, sucio de escupitajos y de sudor sanguinolento... Aquello fue el combate más doloroso y que soldado alguno haya librado en la guerra, pero también era el alto precio de la más grande victoria que jamás se haya podido soñar. Cristo venció a la muerte, la del cuerpo y la del alma.

Desde entonces los hombres podemos llamar a Dios con el nombre entrañable de Padre; desde entonces ha nacido la esperanza, ha surgido el amor. Y los pecadores, los mendigos de alma, los miserables del espíritu pueden levantar sus manos manchadas a implorar perdón con la seguridad de ser perdonados.

Dios se ha dejado clavar en una cruz, para no negar jamás el abrazo de reconciliación a los que quieran volver hasta Él y pedir perdón de sus pecados... Volver arrepentidos hasta Cristo que, con una postura permanente de acogida y perdón, nos espera deseoso de ayudarnos a comenzar de nuevo en la lucha de cada día...

2.- SECUNDAR AL ESPÍRITU.- Dice el Evangelio de hoy que el Espíritu Santo "empujó" a Jesús hacia el desierto. Otros traducen el original griego por "impulsó". De todas formas se destaca que el Espíritu Santo, la tercera Persona de la Santísima Trinidad, actúa en el principio de la vida pública de Cristo, lo mismo que actuó en la Encarnación del Hijo de Dios y actuará más tarde en Pentecostés, cuando la Iglesia empieza su decisiva singladura. Y lo mismo que María secundó con docilidad la acción del Espíritu con un "fiat", un hágase, sin condiciones, así se dejó llevar Jesús en el comienzo de su ministerio, y la Iglesia en los principios de su historia.

El Espíritu Santo habita en nuestro interior, haciendo de nuestro cuerpo un templo sagrado. Él difunde en nuestros corazones el amor y la fe que nos hace exclamar llenos de esperanza: Abbá, Padre. También nos impulsa a querer a todos los hombres como hermanos, nos empuja con mociones internas, con buenos propósitos, con nobles sugerencias... Ojalá sepamos ser dóciles a sus entrañables llamadas y secundemos su acción con una entrega generosa y firme.

Jesús se retira al desierto, al monte llamado de la Cuarentena. Región de vegetación escasa y tierra pedregosa, terreno desértico propio para alimañas. Lugar de silencio y de austeridad donde el Señor se prepara con el ayuno y la oración, para la más grande empresa jamás soñada, la salvación definitiva, íntegra y eterna del hombre. Su conducta, lo mismo que sus palabras, son una enseñanza que nos interpela a quienes le tenemos como Maestro, una llamada clara y urgente para que también nosotros vivamos estos cuarenta días de la Cuaresma en un clima de penitencia y de oración. Busquemos un rato cada día para retirarnos a la soledad íntima de nuestra alma, y escuchemos en silencio las palabras de Dios. Mortifiquemos también nuestros sentidos, cumpliendo con buen espíritu las prácticas penitenciales que la Iglesia nos señala.

Dice el texto sagrado que después de aquellos días, los ángeles le servían. Aquí, lo mismo que en Getsemaní, los ángeles asisten al Señor. Son sus grandes colaboradores. Toda la vida de Jesús está caracterizada por la intervención angélica, sobre todo en los momentos difíciles, como son los de la infancia y los que precedieron y siguieron a la muerte de Jesús. Lo mismo ocurría en los primeros momentos de la Iglesia, según nos narran los Hechos de los Apóstoles. Hoy también los ángeles siguen presentes entre nosotros actuando en silencio y con eficacia. Contemos siempre con su asistencia, de modo particular en los momentos de dificultad, seguros de que no nos fallarán.


7.- JESÚS FUE TENTADO, COMO NOSOTROS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- El evangelista Marcos utiliza solo un par de líneas para narrar las tentaciones de Jesús en el desierto. Incluso lo hace en el contexto de muchas más cosas. Si os parece leo el párrafo. Dice San Marcos: “En aquel tiempo el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás, vivía entre alimañas y los ángeles le servían”. Luego también, en poco más de una línea dice que cuando arrestaron a Juan se marchó a Galilea conde predicaba la cercanía del Reino. La brevedad habitual de Marcos hace que, siempre, los comentarios superen en concisión y en firmeza. Sabemos por los otros evangelistas que el combate del Señor con el diablo fue más largo y de un gran peso dialéctico. Y, es tal vez, el conocimiento de la historia con sus detalles, subidas y bajadas desde el pináculo del templo lo que hace, como diría yo, “más fuerte” el enunciado de Marcos, pero nos lleva rápidamente a nuestras propias tentaciones. Y es que todos somos tentados y no resulta difícil describir ese ejercicio de engaño del Maligno. No lo es. La tentación se basa, tal vez, en nuestros propios anhelos dormidos o, a veces, en cuestiones que ni siquiera entendemos. Pero sea como sea, ahí está. Lo que no es posible es negar la tentación, su existencia. No es la tentación el afloramiento simple de una tendencia o de un deseo. Es un engaño basado en esa tendencia o en ese deseo, pero de tal forma que ambos se desvirtúan para llegar a una irrealidad engañosa y malvada. La tentación nunca está llena de amor, que es patrimonio y sustancia de Dios. Ni de alegría, ni de ganas de agradar. No. Cuando es tentación hay mal y daño. La tentación, una vez superada, se aprecia que es burda y torpe. Pero los malos deseos oscurecen el alma y la caída es posible. Sin embargo, se fuéramos capaces de discernir la base engañosa de la misma no caeríamos.

2.- Deberíamos dedicar, en lo personal, un rato a analizar nuestras tentaciones más frecuentes y nuestra actuación sobre ellas. Sabemos que Dios no permitiría que la tentación supere nuestras fuerzas, ni nuestra capacidad de análisis para evitarla. Y, sin embargo, caemos. La realidad es que cuando se analiza nuestra caída y la naturaleza del pecado cometido lo que ejerce –y hasta humilla—es el burdo engaño al que hemos sido sometidos. Y otra cosa es la “tentación inexistente”. Es decir ese engaño plano y directo que nos lleva a una situación pecaminosa sin fase previa. Vamos directamente al engaño por falta de cuidado o reflexión. En fin, no pretendo que este comentario se convierta en una charla de psicólogo. No, para nada. Pero la cuestión que importa es que la tentación existe, que es persistente, si le dejamos sitio. Y la mejor forma de salir de ella es no dar pábulo a sus argumentos. Ahí lo de huir no es de cobardes, sino de perspicaces e inteligentes. Debemos, pues, tomando el ejemplo de nuestro Maestro desenmascarar el Gran Mentiroso, que no busca, ni quiere, nuestro placer. Sólo nuestro pecado.

3.- Hemos estado leyendo el libro del Génesis en las misas de feria, de cada día, de la semana anterior, de la sexta semana del Tiempo Ordinario. Y también se ha leído el final del diluvio y el pacto que Dios hace con sus criaturas. Y por eso me suena hoy como muy próximo, muy cercano. No puede negarse el encanto y cercanía de Dios que el Libro del Génesis produce. Dios Padre siempre está cerca de sus criaturas. Y aunque estas se separan de Él y rompen las “reglas del juego”, Dios siempre acude, como en la parábola del Hijo Pródigo con los brazos abiertos para acoger al pueblo que se desvía. Esa es la realidad que se recoge en toda la Biblia. La de un Padre Bueno que implora y busca que sus hijos vuelvan al redil. El máximo de la entrega es el sacrificio del Gólgota. Aquellos que buscaron y procuraron el asesinato de Jesús de Nazaret no sabían que ese sacrificio les iba a abrir las puertas del cielo, porque la reconciliación definitiva con el Padre se hacía mediante Jesús, victima y altar que abría otro tiempo de relación con Dios, pues el mismo Jesús había mostrado con sus enseñanzas el amor y la ternura del Padre por sus criaturas. Podemos dudar, claro está, de la salvación de aquellos que conspiraron contra Jesús hasta conseguir su muerte, pero no podemos dudar de la misericordia sin límites de Dios.

3.- San Pedro en su Primera Carta se refiere a algo parecido. Pero su autoridad lo hace encíclica. Muchos esperaban la salvación desde los tiempos de Noe y hasta antes. Hay pues una relación muy válida, muy bien entretejida, entre los textos litúrgicos de hoy para, precisamente, enseñarnos. Eso es liturgia: oración y enseñanza. La Palabra de Dios sigue viva y es foco de aprendizaje para una vida mejor. Además, ello toma especiales brillos en este inicio del tiempo de Cuaresma, en que la Palabra ha de llevarnos a una conversión más profunda, a un sentirse impregnados, por el mensaje, de salvación que nos trae la Palabra.

Nuestra obligación ahora es hacer nuestra la Palabra de Dios y meditarla en nuestro corazón para luego hacerla nuestra y que inunde nuestra vidas. Hoy más que nunca os recomiendo que los textos que hemos escuchado hoy se conviertan en parte de nuestra oración personal, del rato de oración que todos hemos de dedicar para estar más cerca de Dios todos los días. ¿Qué no haces un rato de oración todos los días? ¿Y tú tampoco? ¿A que esperáis? Bueno la cuaresma es un buen tiempo para comenzar. Dios nos espera siempre. Pero en este tiempo de conversión más especialmente.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


SOLEDAD Y SILENCIO

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Para muchos, creo yo, la perspectiva de quedarse sólo y no oír nada, ni música, ni palabras, ni ruido, ni ver algo que se mueva, aparezca y desaparezca, les sentaría fatal. Un festival multitudinario, con música de mucha potencia, sería, en su imaginación, el colmo de la felicidad. Muchos hoy en día lo pretenden y muchos lo consiguen y, no obstante ello, abunda entre ellos la sensación de hastío. Por algo será.

El evangelio de Marcos es más escueto que los otros. El fragmento de la misa de hoy es un buen ejemplo de ello. Empezamos la cuaresma, no lo olvidemos, y las lecturas litúrgicas que se nos proponen pretenderán que preparemos interiormente la celebración de la Pascua que se aproxima.

El Espíritu del Señor planea sobre el paisaje, extinguidas ya las aguas del Diluvio, y Dios proclama su bondad y se compromete a continuarla (1ª lectura). El espíritu del señor resucita a Cristo, que acude a proclamar su mensaje a los encarcelados (2ª lectura). El espíritu del Señor mueve a Cristo a ir al desierto y entregarse a la oración (evangelio). Va allí donde no encontrará a nadie. Su única compañía pueden ser ángeles y animales salvajes, nada de fieras corrupias: algún zorro y tímidos damanes a lo más. Nadie semejante a Él: Dios-hombre, con quien charlar o jugar a los dados.

Pero no, se encontrará con el maligno. El desierto es el campo de batalla o, mejor, el gimnasio de entrenamiento. Otros evangelistas nos hablan de las tentaciones que hubo de vencer, Marcos no. Es suficiente lo que nos dice. El señor salió fortalecido de la experiencia y pudo entregarse a su misión que iba a empezar en Galilea. Cuando el demonio volvería más tarde, en un ataque más feroz, allí en Getsemaní, todavía a Jesús le quedaban fuerzas adquiridas en el desierto, donde se vacunó, diríamos en lenguaje de hoy. En renovadas y periódicas oraciones, al amanecer o por la noche, en lugares apartados, minúsculos desiertos, a las afueras de la ciudad o en el monte vería renovado el vigor espiritual, como cualquiera de vosotros, mis queridos jóvenes lectores podéis encontrar cerca de donde viváis.

2.- A veces os interesáis por saber como se ha preparado, como ha llegado, un campeón atlético, el vencedor de un concurso u oposición profesional, o la más grácil bailarina, os explican como se entrenaron, pues, ya lo sabéis, el discípulo de Cristo, el fiel cristiano, empieza por darse, de cuando en cuando, a la vida en soledad, gustando del silencio. Así, de esta manera, puede uno, con más facilidad, encontrarse a Dios, dialogar, preguntarle, contarle sus cuitas. Esto es orar. Muchos a esto le llaman cargar baterías y tiene gracia la expresión. Vosotros sabéis lo importante que es no descuidarse cada noche de poner a cargar el móvil. Pues, mucho más lo es llevar la vida divina en plenitud dentro del alma, vivir en Gracia, gozar de la felicidad sin límites.

3.- PRECISIONES MARGINALES.- El lugar donde la tradición sitúa el retiro espiritual del Señor es el monasterio de la Cuarentena, encima de Jericó. De Jerusalén hacia el Este, se extiende un desierto que se llama de Judá. No tiene más de treinta kilómetros. Es, pues, pequeñito, pero áspero y feroz. No se trata de una llanura ondulada suavemente por dunas, como imaginamos comúnmente es el desierto. Este es un conjunto de montículos fragmentados por lo que llamamos wadis. Por uno de ellos baja la carretera que va de la Capital al valle del Jordán. Se sube al lugar tradicional por un empinado camino de no más de media hora. No hace mucho han instalado un teleférico, nunca he subido en él. Pero imagino que el Señor, para gustar de la soledad, se adentraría más hacia el Oeste, quedando sometido a lo absoluto de las peladas colinas de las que está sembrado este desierto. A mi me gusta, cuando puedo, abandonar la carretera, sentarme en algún rincón, piso arena y veo sólo espinosas y pequeñas plantas. ¡Que grande ve uno entonces la humildad de Jesús y su enorme personalidad! ¡Nunca he admirado tanto a Cristo como en este lugar, donde nunca he podido verlo!