El Padre Antonio García- Moreno --recientemente nombrado Escrito del Año de Betania-- ha realizado un enorme esfuerzo al consignar aquí dos modos de formularios para el Vía Crucis. En el primero –y lo explica muy bien —da la versión anterior a la reforma del inolvidable Juan Pablo II con un texto de Benedicto XVI. Y en el segundo aplica el nuevo formulario con textos propios, del mismo padre García-Moreno. Creemos que, en esta página de reportaje, divulgativa al fin, es útil la presencia de ambos modelos.


EL VÍA CRUCIS DEL PAPA

Por Antonio García-Moreno

El Viernes Santo del año 1991, cuando aún podía llevar la cruz de madera, Juan Pablo II estrenó una nueva fórmula del Vía Crucis. Un gesto más de su estilo innovador y ecuménico. Innovador pues proponía, no imponía, una nueva forma de contemplar la Pasión de Cristo. Ecuménico porque prescindía de las estaciones que, aunque presentes en el Vía Crucis habitual, no están en los Santos Evangelios, aceptados por todos los cristianos y base imprescindible para llegar a la mutua comprensión de los hermanos separados, y a ese único rebaño del único Pastor que es Cristo. Es cierto que se han hecho algunos comentarios al nuevo Vía Crucis, aunque no siempre accesibles. De ahí que ofrezca estas reflexiones. Por otro lado, pocas son las iglesias que lo han introducido. Lo cual es comprensible pues sería una pena desechar esos vía crucis clásicos, en ocasiones verdaderas obras de arte, con gran fuerza expresiva y sincera piedad. Quizás sería suficiente añadir las nuevas estaciones a las ya existentes, dejando la posibilidad de utilizar las dos fórmulas, según se estime oportuno.

En el Vía Crucis antiguo se han eliminado algunas estaciones, suplidas por otros momentos tomados del relato evangélico. De ordinario, al enunciado de la estación se añade un texto alusivo a la Pasión. Por mi parte, basado en el Evangelio de San Juan, y según su perspectiva gloriosa, la frase que da la clave de lectura adecuada para contemplar la Pasión, la dio el Señor al decir: “Cuando yo sea exaltado sobre la tierra -dice el Señor-, atraeré a todos hacia mí”. Se refería al modo en que moriría, crucificado en lo alto de la Cruz. En ese mismo sentido de exaltación, Jesús dijo a Nicodemo que, lo mismo que Moisés levantó la serpiente en el desierto, de la misma forma sería levantado el Hijo, para que todo el le mirara y creyera en él tenga la vida eterna. Por lo tanto, hemos de recorrer las estaciones del Vía Crucis con visión de fe, de manera que podamos percibir en las sombras de su dolor, los claros fulgores del triunfo de Jesús. Por eso hemos elegido como pórtico de este reportaje el Cristo de Velázquez, tan sereno y majestuoso. Con el fin de ayudar a mis hermanos seminaristas y sacerdotes, me animé a preparar unos breves comentarios para el nuevo Vía Crucis, aunque anteponiendo el que hizo el Cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI, el Viernes Santo del 2005, en el Coliseo, cuando Juan Pablo II no lo pudo hacer, porque ese año él vivía su propio Vía Crucis en el umbral de su muerte. Así, pues, aunque sigue en vigor el tradicional, se puede hacer también el de Juan Pablo II, al hemos comentado brevemente. Quiera Dios que al contemplar la Pasión de Cristo nos preguntemos cómo correspondemos a tan grande y divino amor.

 

VÍA CRUCIS DEL CARDENAL RATZINGER

En el Coliseo, por ser escenario de tantos mártires durante la persecución romana, en la noche del Viernes Santo, el Papa cargado con una Cruz preside un Vía Crucis que se retransmite a todo el mundo. El texto suele variar. Como dijimos el año 2004, el Cardenal Ratzinger presidió y escribió el texto que se leyó. Sus meditaciones llamaron la atención por su profunda piedad, sencillez y valentía.

PRIMERA ESTACIÓN

(V del nuevo)

Jesús es condenado a muerte

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 27, 22-23.26

Pilato les preguntó: « ¿y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?» Contestaron todos: « ¡que lo crucifiquen!» Pilato insistió: «pues ¿qué mal ha hecho?» Pero ellos gritaban más fuerte: « ¡que lo crucifiquen!» Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

MEDITACIÓN

El Juez del mundo, que un día volverá a juzgarnos, está allí, humillado, deshonrado e indefenso delante del juez terreno. Pilato no es un monstruo de maldad. Sabe que este condenado es inocente; busca el modo de liberarlo. Pero su corazón está dividido. Y al final prefiere su posición personal, su propio interés, al derecho. También los hombres que gritan y piden la muerte de Jesús no son monstruos de maldad. Muchos de ellos, el día de Pentecostés, sentirán «el corazón compungido» (Hch 2, 37), cuando Pedro les dirá: «Jesús Nazareno, que Dios acreditó ante vosotros [...], lo matasteis en una cruz...» (Hch 2, 22 ss). Pero en aquel momento están sometidos a la influencia de la muchedumbre. Gritan porque gritan los demás y como gritan los demás. Y así, la justicia es pisoteada por la bellaquería, por la pusilanimidad, por miedo a la prepotencia de la mentalidad dominante. La sutil voz de la conciencia es sofocada por el grito de la muchedumbre. La indecisión, el respeto humano dan fuerza al mal.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

SEGUNDA ESTACIÓN

(VII nuevo)

Jesús con la cruz a cuestas

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 27, 27-31

Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: « ¡Salve, Rey de los judíos!». Luego lo escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella en la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

MEDITACIÓN

Jesús, condenado por declararse rey, es escarnecido, pero precisamente en la burla emerge cruelmente la verdad. ¡Cuántas veces los signos de poder ostentados por los potentes de este mundo son un insulto a la verdad, a la justicia y a la dignidad del hombre! Cuántas veces sus ceremonias y sus palabras grandilocuentes, en realidad, no son más que mentiras pomposas, una caricatura de la tarea a la que se deben por su oficio, el de ponerse al servicio del bien. Jesús, precisamente por ser escarnecido y llevar la corona del sufrimiento, es el verdadero rey. Su cetro es la justicia (Sal 44, 7). El precio de la justicia es el sufrimiento en este mundo: él, el verdadero rey, no reina por medio de la violencia, sino a través del amor que sufre por nosotros y con nosotros. Lleva sobre sí la cruz, nuestra cruz, el peso de ser hombres, el peso del mundo. Así es como nos precede y nos muestra cómo encontrar el camino para la vida eterna.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

TERCERA ESTACIÓN

Jesús cae por primera vez

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL LIBRO DEL PROFETA ISAÍAS 53, 4-6

Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.

MEDITACIÓN

El hombre ha caído y cae siempre de nuevo: cuántas veces se convierte en una caricatura de sí mismo y, en vez de ser imagen de Dios, ridiculiza al Creador. ¿No es acaso la imagen por excelencia del hombre la de aquel que, bajando de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de los salteadores que lo despojaron dejándolo medio muerto, sangrando al borde del camino? Jesús que cae bajo la cruz no es sólo un hombre extenuado por la flagelación. El episodio resalta algo más profundo, como dice Pablo en la carta a los Filipenses: «Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2, 6-8). En su caída bajo el peso de la cruz aparece todo el itinerario de Jesús: su humillación voluntaria para liberarnos de nuestro orgullo. Subraya a la vez la naturaleza de nuestro orgullo: la soberbia que nos induce a querer emanciparnos de Dios, a ser sólo nosotros mismos, sin necesidad del amor eterno y aspirando a ser los únicos artífices de nuestra vida. En esta rebelión contra la verdad, en este intento de hacernos dioses, nuestros propios creadores y jueces, nos hundimos y terminamos por autodestruirnos. La humillación de Jesús es la superación de nuestra soberbia: con su humillación nos ensalza. Dejemos que nos ensalce. Despojémonos de nuestra autosuficiencia, de nuestro engañoso afán de autonomía y aprendamos de él, del que se ha humillado, a encontrar nuestra verdadera grandeza, humillándonos y dirigiéndonos hacia Dios y los hermanos oprimidos.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

CUARTA ESTACIÓN

Jesús se encuentra con su Madre

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 2, 34-35.51

Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma». Su madre conservaba todo esto en su corazón.

MEDITACIÓN

En el Vía crucis de Jesús está también María, su Madre. Durante su vida pública debía retirarse para dejar que naciera la nueva familia de Jesús, la familia de sus discípulos. También hubo de oír estas palabras: « ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?... El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre» (Mt 12, 48-50). Y esto muestra que ella es la Madre de Jesús no solamente en el cuerpo, sino también en el corazón. Porque incluso antes de haberlo concebido en el vientre, con su obediencia lo había concebido en el corazón. Se le había dicho: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo... Será grande..., el Señor Dios le dará el trono de David su padre» (Lc 1, 31 ss). Pero poco más tarde el viejo Simeón le diría también: «y a ti, una espada te traspasará el alma» (Lc 2, 35). Esto le haría recordar palabras de los profetas como éstas: «Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría boca; como un cordero llevado al matadero» (Is 53, 7). Ahora se hace realidad. En su corazón habrá guardado siempre la palabra que el ángel le había dicho cuando todo comenzó: «No temas, María» (Lc 1, 30). Los discípulos han huido, ella no. Está allí, con el valor de la madre, con la fidelidad de la madre, con la bondad de la madre, y con su fe, que resiste en la oscuridad: «Bendita tú que has creído» (Lc 1, 45). «Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18, 8). Sí, ahora ya lo sabe: encontrará fe. Éste es su gran consuelo en aquellos momentos.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

QUINTA ESTACIÓN

(VIII del nuevo)

El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 27, 32; 16, 24

Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Jesús había dicho a sus discípulos: «El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga».

MEDITACIÓN

Simón de Cirene, de camino hacia casa volviendo del trabajo, se encuentra casualmente con aquella triste comitiva de condenados, un espectáculo quizás habitual para él. Los soldados usan su derecho de coacción y cargan al robusto campesino con la cruz. ¡Qué enojo debe haber sentido al verse improvisamente implicado en el destino de aquellos condenados! Hace lo que debe hacer, ciertamente con mucha repugnancia. El evangelista Marcos menciona también a sus hijos, seguramente conocidos como cristianos, como miembros de aquella comunidad (Mc 15, 21). Del encuentro involuntario ha brotado la fe. Acompañando a Jesús y compartiendo el peso de la cruz, el Cireneo comprendió que era una gracia poder caminar junto a este Crucificado y socorrerlo. El misterio de Jesús sufriente y mudo le ha llegado al corazón. Jesús, cuyo amor divino es lo único que podía y puede redimir a toda la humanidad, quiere que compartamos su cruz para completar lo que aún falta a sus padecimientos (Col 1, 24). Cada vez que nos acercamos con bondad a quien sufre, a quien es perseguido o está indefenso, compartiendo su sufrimiento, ayudamos a llevar la misma cruz de Jesús. Y así alcanzamos la salvación y podemos contribuir a la salvación del mundo.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

SEXTA ESTACIÓN

La Verónica enjuga el rostro de Jesús

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL LIBRO DEL PROFETA ISAÍAS 53, 2-3

No tenía figura ni belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros; despreciado y desestimado.

DEL LIBRO DE LOS SALMOS 26, 8-9

Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.

MEDITACIÓN

«Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro » (Sal 26, 8-9). Verónica –Berenice, según la tradición griega-- encarna este anhelo que acomuna a todos los hombres píos del Antiguo Testamento, el anhelo de todos los creyentes de ver el rostro de Dios. Ella, en principio, en el Vía crucis de Jesús no hace más que prestar un servicio de bondad femenina: ofrece un paño a Jesús. No se deja contagiar ni por la brutalidad de los soldados, ni inmovilizar por el miedo de los discípulos. Es la imagen de la mujer buena que, en la turbación y en la oscuridad del corazón, mantiene el brío de la bondad, sin permitir que su corazón se oscurezca. «Bienaventurados los limpios de corazón –había dicho el Señor en el Sermón de la montaña–, porque verán a Dios» (Mt 5, 8). Inicialmente, Verónica ve solamente un rostro maltratado y marcado por el dolor. Pero el acto de amor imprime en su corazón la verdadera imagen de Jesús: en el rostro humano, lleno de sangre y heridas, ella ve el rostro de Dios y de su bondad, que nos acompaña también en el dolor más profundo. Únicamente podemos ver a Jesús con el corazón. Solamente el amor nos deja ver y nos hace puros. Sólo el amor nos permite reconocer a Dios, que es el amor mismo.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

SÉPTIMA ESTACIÓN

Jesús cae por segunda vez

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL LIBRO DE LAS LAMENTACIONES 3, 1-2.9.16

Yo soy el hombre que ha visto la miseria bajo el látigo de su furor. El me ha llevado y me ha hecho caminar en tinieblas y sin luz. Ha cercado mis caminos con piedras sillares, ha torcido mis senderos. Ha quebrado mis dientes con guijarro, me ha revolcado en la ceniza.

MEDITACIÓN

La tradición de las tres caídas de Jesús y del peso de la cruz hace pensar en la caída de Adán –en nuestra condición de seres caídos– y en el misterio de la participación de Jesús en nuestra caída. Ésta adquiere en la historia formas siempre nuevas. En su primera carta, san Juan habla de tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. Interpreta de este modo, desde la perspectiva de los vicios de su tiempo, con todos sus excesos y perversiones, la caída del hombre y de la humanidad. Pero podemos pensar también en cómo la cristiandad, en la historia reciente, como cansándose de tener fe, ha abandonado al Señor: las grandes ideologías y la superficialidad del hombre que ya no cree en nada y se deja llevar simplemente por la corriente, han creado un nuevo paganismo, un paganismo peor que, queriendo olvidar definitivamente a Dios, ha terminado por desentenderse del hombre. El hombre, pues, está sumido en la tierra. El Señor lleva este peso y cae y cae, para poder venir a nuestro encuentro; él nos mira para que despierte nuestro corazón; cae para levantarnos.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

OCTAVA ESTACIÓN

(IX del nuevo)

Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 23, 28-31

Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: «dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado». Entonces empezarán a decirles a los montes: «Desplomaos sobre nosotros»; y a las colinas: «Sepultadnos»; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?

MEDITACIÓN

Oír a Jesús cuando exhorta a las mujeres de Jerusalén que lo siguen y lloran por él, nos hace reflexionar. ¿Cómo entenderlo? ¿Se tratará quizás de una advertencia ante una piedad puramente sentimental, que no llega a ser conversión y fe vivida? De nada sirve compadecer con palabras y sentimientos los sufrimientos de este mundo, si nuestra vida continúa como siempre. Por esto el Señor nos advierte del riesgo que corremos nosotros mismos. Nos muestra la gravedad del pecado y la seriedad del juicio. No obstante todas nuestras palabras de preocupación por el mal y los sufrimientos de los inocentes, ¿no estamos tal vez demasiado inclinados a dar escasa importancia al misterio del mal? En la imagen de Dios y de Jesús al final de los tiempos, ¿no vemos quizás únicamente el aspecto dulce y amoroso, mientras descuidamos tranquilamente el aspecto del juicio? ¿Cómo podrá Dios –pensamos– hacer de nuestra debilidad un drama? ¡Somos solamente hombres! Pero ante los sufrimientos del Hijo vemos toda la gravedad del pecado y cómo debe ser expiado del todo para poder superarlo. No se puede seguir quitando importancia al mal contemplando la imagen del Señor que sufre. También él nos dice: «No lloréis por mí; llorad más bien por vosotros... porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?»

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

NOVENA ESTACIÓN

Jesús cae por tercera vez

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL LIBRO DE LAS LAMENTACIONES 3, 27-32.

Bueno es para el hombre soportar el yugo desde su juventud. Que se sienta solitario y silencioso, cuando el Señor se lo impone; que ponga su boca en el polvo: quizá haya esperanza; que tienda la mejilla a quien lo hiere, que se harte de oprobios. Porque el Señor no desecha para siempre a los humanos: si llega a afligir, se apiada luego según su inmenso amor.

MEDITACIÓN

¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf Mt 8,25).

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

DÉCIMA ESTACIÓN

Jesús es despojado de sus vestiduras

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 27, 33 -36

Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo.

MEDITACIÓN

Jesús es despojado de sus vestiduras. El vestido confiere al hombre una posición social; indica su lugar en la sociedad, le hace ser alguien. Ser desnudado en público significa que Jesús no es nadie, no es más que un marginado, despreciado por todos. El momento de despojarlo nos recuerda también la expulsión del paraíso: ha desaparecido en el hombre el esplendor de Dios y ahora se encuentra en mundo desnudo y al descubierto, y se avergüenza. Jesús asume una vez más la situación del hombre caído. Jesús despojado nos recuerda que todos nosotros hemos perdido la «primera vestidura» y, por tanto, el esplendor de Dios. Al pie de la cruz los soldados echan a suerte sus míseras pertenencias, sus vestidos. Los evangelistas lo relatan con palabras tomadas del Salmo 21, 19 y nos indican así lo que Jesús dirá a los discípulos de Emaús: todo se cumplió «según las Escrituras». Nada es pura coincidencia, todo lo que sucede está dicho en la Palabra de Dios, confirmado por su designio divino. El Señor experimenta todas las fases y grados de la perdición de los hombres, y cada uno de ellos, no obstante su amargura, son un paso de la redención: así devuelve él a casa la oveja perdida. Recordemos también que Juan precisa el objeto del sorteo: la túnica de Jesús, «tejida de una pieza de arriba abajo» (Jn 19, 23). Podemos considerarlo una referencia a la vestidura del sumo sacerdote, que era «de una sola pieza», sin costuras (Flavio Josefo, Ant. jud., III, 161). Éste, el Crucificado, es de hecho el verdadero sumo sacerdote.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

UNDÉCIMA ESTACIÓN

Jesús clavado en la cruz

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 7, 37-42

Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el Rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban, lo injuriaban y decían meneando la cabeza: «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz». Los sumos sacerdotes con los letrados y los senadores se burlaban también diciendo: «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos».

MEDITACIÓN

Jesús es clavado en la cruz. La Sábana Santa de Turín nos permite hacernos una idea de la increíble crueldad de este procedimiento. Jesús no bebió el calmante que le ofrecieron: asume conscientemente todo el dolor de la crucifixión. Su cuerpo está martirizado; se han cumplido las palabras del Salmo: «Yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo» (Sal 21, 27). «Como uno ante quien se oculta el rostro, era despreciado... Y con todo eran nuestros sufrimientos los que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba» (Is 53, 3 ss). Detengámonos ante esta imagen de dolor, ante el Hijo de Dios sufriente. Mirémosle en los momentos de satisfacción y gozo, para aprender a respetar sus límites y a ver la superficialidad de todos los bienes puramente materiales. Mirémosle en los momentos de adversidad y angustia, para reconocer que precisamente así estamos cerca de Dios. Tratemos de descubrir su rostro en aquellos que tendemos a despreciar. Ante el Señor condenado, que no quiere usar su poder para descender de la cruz, sino que más bien soportó el sufrimiento de la cruz hasta el final, podemos hacer aún otra reflexión. Ignacio de Antioquia, encadenado por su fe en el Señor, elogió a los cristianos de Esmirna por su fe inamovible: dice que estaban, por así decir, clavados con la carne y la sangre a la cruz del Señor Jesucristo (1,1). Dejémonos clavar a él, no cediendo a ninguna tentación de apartarnos, ni a las burlas que nos inducen a darle la espalda.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

DUODÉCIMA ESTACIÓN

Jesús muere en la cruz

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 19, 19-20

Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Leyeron el letrero muchos judíos, estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego.

DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 27, 45-50. 54

Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde Jesús gritó: «Elí, Elí lamá sabaktaní», es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Al oírlo algunos de los que estaban por allí dijeron: «A Elías llama éste». Uno de ellos fue corriendo; enseguida cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo». Jesús, dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios».

MEDITACIÓN

Sobre la cruz –en las dos lenguas del mundo de entonces, el griego y el latín, y en la lengua del pueblo elegido, el hebreo– está escrito quien es Jesús: el Rey de los judíos, el Hijo prometido de David. Pilato, el juez injusto, ha sido profeta a su pesar. Ante la opinión pública mundial se proclama la realeza de Jesús. Él mismo había declinado el título de Mesías porque habría dado a entender una idea errónea, humana, de poder y salvación. Pero ahora el título puede aparecer escrito públicamente encima del Crucificado. Efectivamente, él es verdaderamente el rey del mundo. Ahora ha sido realmente «ensalzado». En su descendimiento, ascendió. Ahora ha cumplido radicalmente el mandamiento del amor, ha cumplido el ofrecimiento de sí mismo y, de este modo, manifiesta al verdadero Dios, al Dios que es amor. Ahora sabemos que es Dios. Sabemos cómo es la verdadera realeza. Jesús recita el Salmo 21, que comienza con estas palabras: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 21, 2). Asume en sí a todo el Israel sufriente, a toda la humanidad que padece, el drama de la oscuridad de Dios, manifestando de este modo a Dios justamente donde parece estar definitivamente vencido y ausente. La cruz de Jesús es un acontecimiento cósmico. El mundo se oscurece cuando el Hijo de Dios padece la muerte. La tierra tiembla. Y junto a la cruz nace la Iglesia en el ámbito de los paganos. El centurión romano reconoce y entiende que Jesús es el Hijo de Dios. Desde la cruz, él triunfa siempre de nuevo.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

DECIMOTERCERA ESTACIÓN

Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 27, 54-55

El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios». Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderle.

MEDITACIÓN

Jesús está muerto, de su corazón traspasado por la lanza del soldado romano mana sangre y agua: misteriosa imagen del caudal de los sacramentos, del Bautismo y de la Eucaristía, de los cuales, por la fuerza del corazón traspasado del Señor, renace siempre la Iglesia. A él no le quiebran las piernas como a los otros dos crucificados; así se manifiesta como el verdadero cordero pascual, al cual no se le debe quebrantar ningún hueso (cf Ex 12, 46). Y ahora que ha soportado todo, se ve que, a pesar de toda la turbación del corazón, a pesar del poder del odio y de la ruindad, él no está solo. Están los fieles. Al pie de la cruz estaba María, su Madre, la hermana de su Madre, María, María Magdalena y el discípulo que él amaba. Llega también un hombre rico, José de Arimatea: el rico logra pasar por el ojo de la aguja, porque Dios le da la gracia. Entierra a Jesús en su tumba aún sin estrenar, en un jardín: donde Jesús es enterrado, el cementerio se transforma en un vergel, el jardín del que había sido expulsado Adán cuando se alejó de la plenitud de la vida, de su Creador. El sepulcro en el jardín manifiesta que el dominio de la muerte está a punto de terminar. Y llega también un miembro del Sanedrín, Nicodemo, al que Jesús había anunciado el misterio del renacer por el agua y el Espíritu. También en el sanedrín, que había decidido su muerte, hay alguien que cree, porque conoce y reconoce a Jesús después de su muerte. En la hora del gran luto, de la gran oscuridad y de la desesperación, surge misteriosamente la luz de la esperanza. El Dios escondido permanece siempre como Dios vivo y cercano. También en la noche de la muerte, el Señor muerto sigue siendo nuestro Señor y Salvador. La Iglesia de Jesucristo, su nueva familia, comienza a formarse.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

DECIMOCUARTA ESTACIÓN

(XIV del nuevo)

Jesús es puesto en el sepulcro

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 27, 59-61

José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.

MEDITACIÓN

Jesús, deshonrado y ultrajado, es puesto en un sepulcro nuevo con todos los honores. Nicodemo lleva una mezcla de mirra y áloe de cien libras para difundir un fragante perfume. Ahora, en la entrega del Hijo, como ocurriera en la unción de Betania, se manifiesta una desmesura que nos recuerda el amor generoso de Dios, la «sobreabundancia» de su amor. Dios se ofrece generosamente a sí mismo. Si la medida de Dios es la sobreabundancia, también para nosotros nada debe ser demasiado para Dios. Es lo que Jesús nos ha enseñado en el Sermón de la montaña (Mt 5, 20). Pero es necesario recordar también lo que san Pablo dice de Dios, el cual «por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento. Pues nosotros somos [...] el buen olor de Cristo» (2 Co 2, 14-15). En la descomposición de las ideologías, nuestra fe debería ser una vez más el perfume porque conduce a las sendas de la vida. En el momento de su sepultura, comienza a realizarse la palabra de Jesús: « Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto» (Jn 12, 24). Jesús es el grano de trigo que muere. Del grano de trigo enterrado comienza la gran multiplicación del pan que dura hasta el fin de los tiempos: él es el pan de vida capaz de saciar sobreabundantemente a toda la humanidad y de darle el sustento vital: el Verbo de Dios, que es carne y también pan para nosotros, a través de la cruz y la resurrección. Sobre el sepulcro de Jesús resplandece el misterio de la Eucaristía.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!


NUEVO VIA CRUCIS

(Texto de Antonio García-Moreno)

Estación introductoria: Exaltación y gloria

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

"Cuando yo sea exaltado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32). Esto dijo Jesús para indicar la forma en que moriría, según nos explica el mismo evangelista San Juan. Se refería a la muerte en la cruz, el terrible mástil donde se padecía la pena máxima y pésima de aquellos tiempos... Era morir desnudo y agonizar lentamente a la vista de todo el mundo, expuesto como un gran delincuente, para castigo de sus delitos y escarmiento de los demás... Que el Mesías muriera crucificado era una locura, decían los paganos; por su parte los judíos consideraban esa muerte como un escándalo inadmisible. Sin embargo, para los creyentes en Cristo, su crucifixión es fuerza y sabiduría de Dios (1 Co 1, 23-24)...

Como la serpiente de bronce en el desierto curaba a quienes la miraban con fe, de la misma forma los que miran a Cristo crucificado y creen en él se salvarán. Hemos de sentirnos atraídos y fascinados por tan misterioso y sublime amor, pues tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo. Cristo también dijo que no hay amor más grande que el de quien entrega su vida por el que ama. Eso nos recuerda Benedicto XVI en su primera encíclica, Dios es amor. Nosotros hemos creído en al amor de Dios. Pero no lo olvidemos nunca: Amor con amor se paga.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

I Estación: Oración en el huerto

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

DEL EVANGELIO DE SAN LUCAS (22,39-43):

“Salió y se encaminó, como de costumbre, al monte de los Olivos... y, arrodillado, oraba diciendo: Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya...”. (Lc 22, 39-43).

Como en otras ocasiones Jesús se retira a orar en el Huerto de los Olivos, al otro lado del torrente Cedrón. De ordinario se quedaba solo, inmerso en el silencio de la noche. Ahora le acompañan los tres apóstoles predilectos: Pedro, Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo. Vigilad y orad, les dice el Señor, para no entrar en la tentación. Luego inicia su oración al Padre y le pide tres veces que le libre de los tormentos que le amenazan, pero también ruega que se haga la voluntad del Padre, y no la suya...

A lo lejos se oían ladridos de perros, alertados por quienes bajaban hacia el torrente, para prender a Jesús. Sus enemigos no descansaban, en cambio sus apóstoles se durmieron, mientras el Maestro se angustiaba y entristecía... Pero su oración, aunque dramática era confiada, y le confortó, le dio fuerzas para salir al paso de los que, con armas y teas encendidas, se acercaban cautelosos, escondidos entre las sombras, para prender a Jesús, como si fuera un ladrón... El ejemplo de Cristo nos estimula a la oración y a la entrega confiada en Dios. También cuando viene la noche del alma.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

II Estación: El beso de Judas.

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

DEL EVANGELIO DE SAN LUCAS (22, 47-48):

“Se presentó un grupo; el llamado Judas, uno de los Doce, iba el primero y se acercó a Jesús para besarle, Jesús le dijo: "Judas, con un beso entregas al Hijo del Hombre".

¿Que le pasó a Judas para traicionar a Jesús? Al Maestro que le había elegido para formar el colegio apostólico de los Doce, como uno de sus colaboradores íntimos. Además le hizo su hombre de confianza, el administrador de lo que poseían. Aquella bolsa común, al parecer, tenía poco, pero era todo lo que había... Sus relaciones con el Maestro debían ser especialmente amistosas, pues le da un beso delante los demás...

Aquel beso quemó la mejilla de Jesús, hirió su sensible y amable corazón. Con un beso -le dice- ¿me entregas en manos de mis enemigos? Cuánta amargura había en aquellas palabras, cuánto dolor rezuman... La ingratitud es una espada lacerante; la falta de correspondencia nos duele hondo, más aún si por bien nos devuelven mal... Perdóname, Señor, tampoco yo he correspondido a tu predilección y a tu inmenso amor por mí...

¡Señor, pequé. Ten misericordia de mí!

III Estación: La condena del Sanedrín

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

DEL EVANGELIO DE SAN MATEO (29, 59. 63-64):

“Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban... Y el sumo sacerdote le dijo: Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios. Jesús le respondió: Tú lo has dicho...”.

Desde el palacio de Anás, Jesús es conducido maniatado al tribunal del Sanedrín, presidido por Caifás el Sumo Sacerdote. Unos testigos comprados le acusan con mentiras e insidias. Jesús escucha y calla. Su silencio es llamativo y en varias ocasiones los evangelistas dicen, que a pesar de las infames calumnias, Jesús callaba... Yo te conjuro por Dios vivo que digas si eres el Mesías. Tú lo has dicho, contesta entonces Jesús, y un día me veréis sentado a la derecha del Padre.

Aquellas palabras estallan ante los sanedritas como un latigazo en carne viva. Se rasgan las vestiduras y gritan: Ha blasfemado, reo es de muerte... De nuevo calla Jesús, como manso cordero que va sin abrir su boca y sumiso al sacrificio. Lo dijo el Bautista: He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo... Yo creo, Señor, que tu sangre, derramada en el altar de la cruz, alcanza nuestra Redención y nuestra Salvación. Ayúdanos, Jesús, danos la "parresía" cristiana, que Benedicto XVI define como “la franqueza intrépida de la fe”, esa difícil virtud de hablar con libertad y, lo que es más difícil aún, conseguir callar y sufrir en silencio.

¡Señor, pequé. Ten misericordia de mí!

IV Estación: Las negaciones de Pedro

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo

DEL EVANGELIO DE SAN MATEO (26, 74-75):

“Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo: No conozco a ese hombre. Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces.» Y saliendo afuera, lloró amargamente”.

Jesús cenaba por última vez con sus amigos y apóstoles. Ellos lo ignoraban, pero Jesús sabía que había llegado la hora de abandonarlos. Pero ante quiso lavarles los pies, algo tan imprevisto y humillante que desconcierta a todos. Pedro se rebela y dice: Jamás me lavarás los pies... Cómo amaba a Jesús, tanto que quiso disuadirle de morir en la cruz. Jesús es inflexible en ese punto y le dijo entonces: Vete de aquí, Satanás. Ahora le dice: Si no estás de acuerdo, márchate, no tienes sitio junto a mí...

Pedro se rinde: Lo que quieras, hasta la cabeza puedes lavarme. Y luego cuando Jesús les advierte que uno le negará, Pedro exclama: Aunque todos te nieguen, yo no lo haré... Sin embargo, bastó una acusación de la portera de Anás, para que Pedro dijese que no conocía a Jesús. Más aún, ante la insistencia de la acusación jura que no sabe quien es. Por fin le dejan tranquilo, pero entonces el canto del gallo con su afilado canto raja el silencio de la noche. Pedro escucha y entonces recuerda apenado las palabras de Jesús. En ese momento pasa el Señor maniatado. Su mirada se cruza con la de Pedro que, con el alma rota, sale fuera y llora amargamente... Mírame, Señor, como a Pedro y dame dolor de amor, lágrimas por haberte negado.

¡Pequé, Señor. Ten misericordia de mí!

V Estación: Jesús es condenado por Pilato

(I de antes)

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo

DEL EVANGELIO DE SAN JUAN (18, 28. 29. 38. 39)

"Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo: ¿Qué acusación presentáis contra este hombre?... Yo no encuentro en él ninguna culpa. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos? Volvieron a gritar: A ése no, a Barrabás. El tal Barrabás era un bandido”.

El proceso de Cristo ante el tribunal romano es, sin duda, el más inicuo de la Historia, esa sentencia a muerte es también la condena más injusta de cuantas se hayan dictado. Aquellos judíos querían que Jesús Nazareno fuera crucificado. Pero para conseguirlo necesitaban la sentencia del Pretor Poncio Pilato... Jesús, maniatado escucha en silencio, las acusaciones que hacen los Sumos Sacerdotes y los Ancianos.

Pero después del interrogatorio el juez no encuentra una razón para crucificarle. Jesús se declara Rey, pero su Reino no es de este mundo, no tiene soldados ni otras armas que el amor y la verdad... Sin embargo, la muchedumbre es azuzada por los capitostes de Israel y grita enardecida: Crucifícalo, crucifícalo. No sueltes al Nazareno, suelta a Barrabás... Pilato lo entrega para que lo crucifiquen... Se iniciaba así el sacrificio de nuestra Redención.

¡Señor pequé, ten misericordia de mí!

VI Estación: Flagelación y coronación de espinas

¡Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo!

DEL EVANGELIO DE SAN JUAN (19, 1-5):

“Pilato tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espina, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura... Y le daban bofetadas. Volvió a salir Pilato y les dijo...: "Aquí tenéis al hombre".

Es uno de los tormentos más doloroso que Jesús sufrió en su Pasión. Se trataba de una paliza de muerte, el preludio de la pena capital. En ocasiones era una forma de precipitar la agonía del crucificado, sobre todo cuando era preciso que el cadáver fuera pronto ya sepultado para poder celebrar la Pascua, que comenzaba al ponerse el sol, en el inicio del sábado judío,... El flagelo romano, usado para azotar, tenía varias tiras de cuero con bolas de hierro. El número de golpes dependía de la resistencia física del condenado.

En el caso de Jesús debieron ser muchos golpes pues era joven, fuerte y sano. Se cumplió así el vaticinio de Isaías cuando dijo: “...tan desfigurado estaba su aspecto que no parecía ser el de un hombre” (Is 53, 14). Pilato lo mostró a la muchedumbre y dijo: “Ecce homo”, aquí tenéis al hombre. La corona de espinas provocaba hilos de sangre sobre la frente y mejillas del Señor... Luís de Morales, Salcillo, y tantos otros han plasmado la figura doliente de Jesús flagelado. Al contemplarlo amarrado a la columna, Santa Teresa se emocionaba hasta desfallecer.

Señor, pequé, ten compasión de mí

VII Estación: Jesús carga con la Cruz

(II de antes)

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

DEL EVANGELIO DE SAN JUAN (19, 16-17):

Tomaron, pues, a Jesús y el, cargando con su cruz, salió al lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota.

El Maestro enseñó con firmeza y claridad que para ser su discípulo era necesario tomar la cruz de cada día y seguirle. La cruz era lugar de sufrimiento, patíbulo de muerte. Pero el Señor, al hablar de la cruz lo hace en sentido figurado, es decir, se está refiriendo ante todo a la obligación de cumplir el deber de cada momento, con abnegación y generosidad. Y lo que enseña a sus discípulos, lo ratifica con su propio ejemplo, cumpliendo con la voluntad del Padre. En efecto, él se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Fl 2, 8).

De esta forma, con su sangre derramada, consigue redimir al hombre de su pecado y hacerlo hijo de Dios. Desde entonces la Cruz es signo de victoria y transforma el patíbulo de muerte en altar de vida. El dolor y el trabajo, el sufrimiento y la muerte, el vivir de cada día unido a Cristo cambian el sentido de la vida, pues la cruz es ahora motivo de gloria y de esperanza. Lejos de mi, dice San Pablo, gloriarme en otra cosa que no sea la cruz de Cristo.

¡Señor, pequé, ten compasión de mí!

VIII Estación: Simón de Cirene carga con la Cruz

(V de antes)

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL EVANGELIO DE SAN MARCOS (15, 21):

Cuando le llevaban, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevar detrás de Jesús.

Jesús no puede ya dar un paso más. La flagelación lo ha dejado exhausto. Los soldados que lo conducen al Calvario temen que se les muera por el camino, o que se desvanezca. Miran entre la gente que presenciaba el penoso espectáculo y se fijan en un hombre que volvía del campo. Era fuerte y rudo, adecuado para cargar con la cruz. Simón de Cirene no tuvo otro remedio que asumir aquella obligación y llevar aquella tremenda cruz.

Pronto se dio cuenta del dolor de Jesús, de su mansedumbre y bondad. Sus hijos Alejandro y Rufo, eran conocidos entre los primeros cristianos, indicio de que el contacto con la cruz y con Cristo doliente contribuyó para su conversión al cristianismo. Por otro lado su gesto es una lección para que, como enseña San Pablo, llevamos cada uno nuestra propia carga y ayudemos a los demás a llevar la suya (Ga 6, 2-5).

¡Señor, pequé, ten compasión de mí!

IX Estación: Jesús y las mujeres de Jerusalén.

(VIII de antes)

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

DEL EVANGELIO DE SAN LUCAS (23, 28-30):

“Le seguían una gran multitud y mujeres que se lamentaban por él. Jesús, volviéndose a ellas, dijo: "Hijas de Jerusalén no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos... Porque si el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué harán?"

La comitiva se acercaba al Calvario y Jesús camina penosamente por el empedrado de las calles de Jerusalén. Muchos de los que miran están impresionados por cuanto ocurría con aquel joven rabino de Nazaret, tan aclamado y bendecido una semana antes. Algunas mujeres lloran al verlo. Entonces Jesús se para y les dice que no lloren más por él, que lloren por ellas y por sus hijos, ya que se acercan los días de la destrucción de Jerusalén.

Sus palabras no son una amenaza ni una maldición. Se trata sólo de una clara advertencia, de un aviso para que aprendamos a ser leño verde, esto es, árbol que da fruto y no palo seco y estéril... Estas imágenes agrícolas nos recuerdan que Jesús es la vid verdadera y nosotros los sarmientos, que sólo unidos a Cristo podremos dar frutos de vida eterna.

¡Señor, pequé, ten compasión de mí!

X Estación: Jesús es crucificado

(XI de antes)

¡Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo!

DEL EVANGELIO DE SAN LUCAS (23, 33-34):

“Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen"

Aquel cerro, junto a la Puerta judiciaria de Efraín, tenía la forma de un cráneo y de ahí su nombre Gólgota en hebreo Kranion en griego y Calvarium en latín. Y sobre la cima de aquel cabezo calcáreo que recordaba a la muerte, se clavó enhiesto el árbol de la vida, la cruz de Cristo. Allí se consuma el sacrificio redentor, allí Jesús es desnudado ante todos, allí le atraviesan las manos y los pies con clavos de hierro, allí es levantado para espectáculo de sus enemigos.

Exangüe y agonizante estaba ya el manso Cordero y sin embargo, siguieron las burlas y los insultos, las provocaciones y risas: Llama a Elías, dicen al oírle exclamar “Eloí Eloí, lamma sabactani”. Es el inicio del Salmo 22, donde el justo condenado pregunta amargamente a Dios que por qué lo ha abandonado. Jesús ora al Padre en medio de su terrible suplicio. Y añade: Padre perdónalos que no saben lo que hacen... Abandono en las manos de Dios amor y perdón para todos...

¡Señor, pequé, ten compasión de mí!

XI Estación: El buen ladrón

¡Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo!

DEL EVANGELIO DE SAN LUCAS (23, 39-43)

“Uno de los malhechores le insultaban... Pero el otro le reprendió diciendo: ¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena...? Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando vayas a tu Reino. Jesús le dijo: hoy estarás conmigo en el Paraíso.

San Juan explica también que con Cristo crucificaron a otros dos, "uno a cada lado, y en el centro Jesús", (Jn 19,18). Una vez más el Discípulo amado destaca la figura de Cristo y subraya su protagonismo glorioso. Los otros evangelistas especifican que eran unos ladrones. Otro detalle que resalta la inocencia de Jesús, enmarcada entre dos reos confesos. Uno de ellos se une al coro de los que increpan y se burlan de Jesús. Pero de improviso el otro ladrón defiende al que se moría a chorros, azotado y escarnecido.

Mira al Señor y exclama: Jesús, acuérdate de mi cuando llegues a tu Reino. Entre lágrimas y sangre el Señor se vuelve y le dice con firmeza que esa misma tarde estará con él en el Paraíso... Se cumplían las palabras que escuchó Nicodemo cuando Jesús dijo que, lo mismo que la serpiente de bronce, él sería alzado y salvaría al que le mirase con fe en lo alto de la cruz. Con el himno eucarístico del "Adoro te", recordamos que en la Cruz se ocultaba la divinidad de Cristo, y en la Eucaristía también la humanidad, pero sostenidos por la fe y la esperanza le decimos al Señor, como el buen ladrón, que se acuerde de nosotros desde la gloria de su Reino.

¡Señor, pequé, ten compasión de mí!

XII Estación: La Virgen y el Discípulo amado junto a la Cruz.

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

DEL EVANGELIO DE SAN JUAN (19, 26-27):

“Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo, a quien amaba, dice a su madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo." Luego dice al discípulo: "Ahí tienes a tu madre" Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa”. (Jn.19, 26-27)

Los Sinópticos silencian la presencia de la Virgen en la Pasión. Ellos se centran entonces en Cristo y en el testimonio de las mujeres, que presencian la muerte y sepultura de Jesús... Juan, en cambio, que siguió de cerca al Señor no podía olvidar la presencia en el Gólgota de la Madre de Jesús. Todavía parece verla cuando, después de muchos años, escribe sus entrañables recuerdos del Maestro amado. Estaba de píe, nos dice, muy cerca de la Cruz.

Y junto a ella estaba él, el Hijo del trueno. Mujer, dice el Señor, ahí tienes a tu hijo. Juan recuerda las bodas de Caná, cuando Jesús llama también mujer a su madre, y la rechaza porque aún no había llegado su hora. Juan mira con los ojos empañados el rostro amoratado de Jesús y oye que le dice. Ahí tienes a tu madre... Juan comprendió que aquella era la hora en que María recobraba su íntima relación con Jesús, y entraba de lleno en la Historia de la salvación, como Madre de la Iglesia y de cada uno de los discípulos de Cristo, representados en San Juan y también amados como él.

¡Señor, pequé, ten compasión de mí!

XIII Estación: Jesús muere en la Cruz.

(XII de antes)

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo

DEL EVANGELIO DE SAN LUCAS (23, 44-46):

“Era ya cerca de la hora sexta cuando, al eclipsarse el sol, la oscuridad cayó sobre la tierra... El velo del santuario se rasgó por medio y Jesús, dando un fuerte grito dijo: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" y, dicho es, expiró”.

Como San Lucas, también San Juan alude a la hora sexta, como dato cronológico del sacrificio de Cristo. En el Templo, a esa misma hora se sacrificaban los corderos de la Pascua. Coincidencia que en el IV Evangelio nos recuerda cómo en la inmolación de Jesús se consuman y perfeccionan todos los sacrificios de la Antigua Alianza. Por otro lado, al referir el evangelista que a Jesús no le rompieron ningún hueso, evoca el rito del sacrificio del cordero pascual según el Éxodo. Un detalle más que sugiere el valor de expiación del sacrificio de Cristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo...

Por otra parte la lanzada que abre el costado de Jesús, que mana sangre y agua, nos recuerda la donación del Espíritu Santo, según lo prometido por Jesús, al decir que de su costado brotarían ríos de aguas vivas. Esas aguas son símbolo del Espíritu que recibirían, cuando él muriese, los que creyeran en él. Esa donación del Espíritu también se vislumbra al decir que, al morir, inclinó la cabeza y entregó el espíritu. Por todo ello bien podemos decir a Jesús: Tu muerte es mi vida.

¡Señor, pequé, ten compasión de mí!

XIV Estación: Jesús es sepultado

(XIV de antes)

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo

DEL EVANGELIO DE SAN LUCAS (23, 50-54)

“José de Arimatea se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana, después de descolgarlo, lo puso en un sepulcro excavado en la roca... era el día de la preparación y apuntaba el sábado"

Uno de los pasos más impresionantes de la Semana Santa es el descenso del cuerpo muerto de Jesús, que la Virgen recibe en su regazo, anegada en lágrimas. Por otro lado vemos cómo José de Arimatea sale del anonimato y pide al Pretor el cadáver de Cristo para sepultarlo en un sepulcro sin estrenar… Las mujeres llevan cien libras de mirras áloe, una cantidad espléndida que recuerda el sepelio de los reyes y que, como es habitual San Juan, deja entrever la categoría mesiánica de Jesús...

Es cierto que el Vía Crucis, el camino de la Cruz, termina en el Santo Sepulcro. Pero este es sólo el lugar donde resucitó el Señor. Los ortodoxos lo llaman “Anástasis”, “Resurrección” en griego. Ese nombre es más correcto y acertado, pues allí está el umbral de la gloria de Cristo, y también de la Humanidad redimida.

San Juan relata que cuando vio la sábana plegada y el sudario puesto aparte, comprendió y creyó que el Señor había resucitado. Aquella sábana doblada y vacía era la huella de su incorporación prodigiosa, atravesando los lienzos que envolvían su cuerpo glorioso sin desdoblarlos ni arrugarlos... Luego el Señor estuvo con ellos cuarenta días, antes de subir a los Cielos, hablándoles del Reino y animándolos a ser sus testigos en Jerusalén Judea, Samaría y hasta el confín de la tierra. Aquellos primeros apóstoles y discípulos cubrieron los hitos de aquella hoja de ruta que, aún hoy, sigue abierta para nosotros, a fin de que la dicha de ser cristianos la vivamos y la difundamos, no sólo con palabras sino también con obras.

¡Señor, pequé, ten compasión de mí!

Apéndice de cantos penitenciales: Alma mía recobra tu calma/ Amante Jesús mío/ Attende Domine/ Sálvame, Virgen María/ Altísimo Señor/ Perdona a tu pueblo/ Perdón, oh Dios mío/ Sí, me levantaré/ Victoria/ Acuérdate de Jesucristo.