CARTA ABIERTA AL ESPIRÍTU EN EL INICIO DE LA CUARESMA

Por Ángel Gómez Escorial

Espíritu Santo:

Sabes que te rezamos poco. Muchos dices que eres el “gran desconocido” y, sin embargo, tu trabajo y mediación siempre están cerca, muy cerca. Rezamos más al Padre y al Hijo. El enamoramiento por Jesús es evidente y hemos pasado muchas horas contemplando su idas y venidas por aquella Palestina de hace más de dos mil años. Es verdad, asimismo, en que hay momentos difíciles y solemnes en la figura del Padre se nos presenta en toda su majestad y con toda su ternura. El mismo Jesús nos ha mostrado como es Él. Ciertamente hay una frontera importantísima en la vida de la Humanidad desde su creación. Y es cuando, con sencillez y grandeza, Jesús de Nazaret nos mostró al Padre y nos enseñó a rezar el Padrenuestro. En esa oración está contenida la mejor y la única relación con Él.

Y la verdad es que nosotros somos un poco desagradecidos o, incluso, despistados contigo, Dios Espíritu. Sí. Y te lo digo porque tu presencia y llegada en Pentecostés es espectacular. Y casi, casi, se puede comparar con la escena sublime del bautizo de Jesús en el Jordán, cuando se fotografiaron en la conciencia y la historia humanas, la visión impresionante de las Tres Personas. Pero sigamos. Esas lenguas de fuego sobre las cabezas de María de Nazaret y sobre los Apóstoles, ese viento como impetuoso y esa capacidad para hablar a todos en su lengua, ¿no fueron una maravilla entre las maravilla? ¿Y el cambio de almas y personas? Fue impresionante, sin duda. Ese día de Pentecostés la Iglesia se puso en marcha y unos pescadores, rudos y desconfiados, se convirtieron en doctores del conocimiento divino y humano. ¿No es un gigantesco milagro?

Tus virtudes están bien relatadas en la Secuencia de la Misa de ese día de Pentecostés, que celebramos con gran entrega y amor. Supongo que, como todas las cosas humanas, no alcanzará a describirte con justeza y justicia, pero la emoción que se vuelva en la secuencia, hace –estoy seguro—muy querida para ti. En fin, que no me resisto a reproducirla, ahora mismo. Y que dice:

Ven, Espíritu divino,

manda tu luz desde el cielo.

Padre amoroso del pobre;

don, en tus dones espléndido;

luz que penetra las almas;

fuente del mayor consuelo.

 

Ven, dulce huésped del alma,

descanso de nuestro esfuerzo,

tregua en el duro trabajo,

brisa en las horas de fuego,

gozo que enjuga las lágrimas

y reconforta en los duelos.

 

Entra hasta el fondo del alma,

divina luz, y enriquécenos.

Mira el vacío del hombre,

si tú le faltas por dentro;

mira el poder del pecado,

cuando no envías tu aliento.

 

Riega la tierra en sequía,

sana el corazón enfermo,

lava las manchas,

infunde calor de vida en el hielo,

doma el espíritu indómito,

guía al que tuerce el sendero.

 

Reparte tus siete dones,

según la fe de tus siervos;

por tu bondad y tu gracia,

dale al esfuerzo su mérito;

salva al que busca salvarse

y danos tu gozo eterno.

Poco más hay que decir. Lo haces todo y lo das todo. Y el sentido plástico y poética de la secuencia de Pentecostés, nos lo dice bien claro. Y, entonces, ¿por qué te tenemos tan olvidado? ¿No es necesario pensar y rezar a cada una de las tres personas? ¿No lo hacemos –como decía—con el Padre y el Hijo? ¿Y no es verdad que tu eres el principal inspirador de toda oración? Y, entonces –pienso yo-- debes actuar con una cierta modestia. No quieres inspirar lisonjas y glorificaciones para ti mismo. No sé. No sé. Pero decirte que una de las maravillas de nuestra fe –aunque sea muy difícil entenderlo es que tenemos un Dios familiar. Un Dios de relación íntima. Y por eso, nosotros, en nuestra poquedad y falta de comprensión, debemos rezar a cada una de las personas. Y, a veces, también, pensar en el Dios único, que es Trino y cercano.

LAS PETICIONES

Quiero, Espíritu de Dios, pedirte especial fe para esta Cuaresma. Quiero que cada paso de esta subida mía hasta la Pascua sea el mejor de todos. Y el siguiente aún mejor. Necesito que mi fe se refuerce y que las tonterías de este mundo no me tengan tan distraído.

Quiero, Espíritu querido, tener fuerza para contemplar, con todo dolor, el dolor del Señor Jesús en Getsemaní y en Gólgota. Y quiero que toda mi alma se alegre, con alegría total y desbordante, cuando sepa, en la noche de la Vigilia de Pascua, que un ángel ha removido la gran losa del sepulcro y que Jesús has resucitado. Y quiero que esa alegría se traslade y se transporte hacia el ánimo de mis hermanos. Que mi alegría sea tan grande que contagie a todos los que a mi alrededor están.

Quiero, Espíritu Santo, que no deje pasar esta Cuaresma y que sea definitiva en mi vida. Y tiene que ser así, porque lo he escrito mucho, en estos días. En las homilías y moniciones de Betania. Y sería terrible que, tras haberlo aconsejado yo a tanta gente, no lo cumpliese. Quiero, pues, que inundes mi vida, y sacudas mis vagancias y mis distracciones. Estate, pues, conmigo. Acompáñame en mi camino en estos cuarenta días y que nunca te olvide ni un minuto.

Ven, dulce huésped del alma,

descanso de nuestro esfuerzo,

tregua en el duro trabajo…