LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: A NUESTRO ENCUENTRO

Por Antonio Pavía, Misionero Comboniano

"Yo la amé y la pretendí desde mi juventud; y me esforcé por hacerla esposa mía y llegué a ser un apasionado de su belleza" (Sb 8,2b).

Continuamos sondeando catequéticamente el mismo texto incidiendo ahora en otra dirección. Antes reflejamos la belleza incomparable de la Sabiduría que tanto cautivó a Salomón y que hizo de él su apasionado buscador. Descubrimos con enorme alegría que el don recibido por Salomón no nos es extraño. Todos, por el hecho de ser creados a imagen y semejanza de Dios, llevamos impresa en nuestro ser la tensión de la búsqueda de Dios.

Ahora damos un paso altamente gratificante: no hay que ser un superdotado para buscar y encontrar a Dios; Él y su sabiduría son accesibles a todos los hombres. Es más, podríamos decir, utilizando un lenguaje popular, que "se ponen a tiro", se dejan hallar; y más aún, que salen a nuestro encuentro.

El libro de los Proverbios nos ofrece uno de los textos más representativos en el que percibimos la llamada que hace la Sabiduría a todas las personas para que puedan disfrutar de su luz y riqueza, simbolizando estos bienes con la imagen de un banquete majestuoso: "La Sabiduría ha edificado una casa, ha labrado sus siete columnas... Ha mandado a sus criadas y anuncia en lo alto de las colinas de la ciudad: Si alguno es simple, véngase acá. Y al falto de juicio le dice: Venid y comed de mi pan, bebed del vino que he mezclado" (Pr 9,1-5).

La prueba más palpable de que hablamos de una sabiduría al alcance de todos es que en este pasaje la invitación va dirigida especialmente a los que menos nos podemos imaginar: a los simples e incluso a los faltos de juicio. Les invita a dejar de lado sus simplezas, es decir, lo que no les construye, lo que no tiene consistencia; y les invita a dirigir sus pasos por el camino de la sabiduría y de la verdad.

Así pues, la Sabiduría sale al encuentro del hombre. El autor de la carta a los Hebreos nos dice que primeramente vino al encuentro de la humanidad haciendo resonar su voz en el seno de Israel por medio de sus profetas: "Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas" (Hb 1,1). Ahora, continúa el texto, la Palabra resuena por todo el mundo al encarnarse en un cuerpo concreto, el que tomó el mismo Hijo de Dios, Jesucristo.

El Señor Jesús, Sabiduría del Padre, sale a nuestro encuentro y nos dice: Vengo a ofreceros un banquete, un reino que mi Padre ha preparado para vosotros: "No andéis buscando qué comer ni qué beber, y no estéis inquietos. Que por todas esas cosas se afanan los gentiles del mundo; ya sabe vuestro Padre que tenéis necesidad de eso. Buscad más bien su Reino, y esas cosas se os darán por añadidura" (Lc 12,29-31).

Jesús es el Emmanuel, la Sabiduría del Padre con nosotros. Él es quien sale a las encrucijadas de los caminos para invitar a todos los hombres, sean simples o doctores. A todos ofrece la misma invitación: venid, que os enseñaré el camino de la Sabiduría, el que os conduce a mi Padre y a vuestro Padre.

En una de las encrucijadas que lleva a Samaria, se sentó junto al pozo para esperar a una mujer simple del pueblo. Una de sus ocupaciones era la de proveer de agua a su casa, ocupación, como vemos, bien simple y sencilla. Sin embargo, el agua que ella llevaba era absolutamente necesaria para su vida y la de los suyos.

Sentado junto al pozo, acontece el encuentro. La mujer tiene los ojos y la mente puestos en una clase de agua. Jesús está pensando en otra, mejor dicho, en la Otra, la que emana de su Sabiduría. Inicia una conversación para sopesar el espíritu de esta mujer y, a un cierto momento, la invita a "conocer el don de Dios". Le da la buena noticia de que Él tiene un agua que todo aquel que beba de ella, albergará dentro de sí una fuente inagotable que brota para la vida eterna. La samaritana bebió de esta agua de Jesús, bebió de su Sabiduría. Fuerte tuvo que ser su experiencia, tan fuerte como para dejar el cántaro junto al pozo y echar a correr hacia el pueblo. Estaba ansiosa de hacer partícipe a sus conciudadanos de su descubrimiento. Grandioso tuvo que ser su testimonio, pues dice Juan que los samaritanos "salieron de la ciudad y fueron donde Jesús" (Jn 4,30).

Simple, mejor dicho, simplón, era aquel hombre cuyo proyecto de vida no era otro que el de hacer dinero. Me refiero a Mateo. Jesús se lo encuentra abrazado a su proyecto: sentado en la mesa de los impuestos. Jesús amó a este hombre, amó su corazón, lo cual fue un escándalo ya que era un extorsionador del pueblo. Jesucristo, como hace siempre, no vio su pecado sino su sufrimiento; palpó su corazón agotado de tanto buscar en vano el descanso. Se acercó y le dijo: ¡Ven!, sígueme. Tengo un proyecto grandioso para ti; va a sobrepasar todas tus expectativas. El extorsionador, indudablemente harto ya de una vida tan simplona, se levantó y, sin ni siquiera mirar la mesa repleta de dinero, le siguió (Mt 9,9).