EL TREN DE LA IGLESIA

Por David Llena

En la forma de entender esta vida como un camino a la casa del Padre, de Él venimos y a Él vamos, y llevamos impresa en el alma su imagen y semejanza; lo compararé a una vía de tren. Esa vía que construyó Jesucristo, con su muerte y resurrección, es el camino más seguro, el único que conocemos que nos lleva al Padre. Podría haber otros, no lo sabemos, en su infinita misericordia y sabiduría el Padre acogerá a todos aquellos hombres que por unas circunstancias u otras no conocieron esta vía de único sentido.

Pues bien, además de trazar el camino y colocar los raíles puso Cristo a disposición de todos los hombres un tren que hace ese camino. Este tren es la Iglesia. A él nos subimos con nuestro bautismo y en él vamos recibiendo la gracia de Dios. Es el Espíritu el que conduce este tren; y los raíles, Pan y Palabra no permiten que este tren descarrile.

Hay quienes se bajan del tren, seducidos por lo que se vende en el exterior y a veces, olvidan volver a subir. Entonces creen encontrar más libertad, un ancho mundo en el que entretenerse e incluso comienzan a quejarse de las incomodidades de viajar en ese tren.

Aunque uno sólo es el conductor, a Él no lo vemos, toda comunicación con Él es a través de los revisores. Personas como nosotros y que nos ayudan y corrigen si alguna cosa hacemos mal. Los hay más simpáticos, más serios, más jóvenes, más locuaces, más reservados, pero son los que representan a la Compañía de Trenes y aquellos que nos pueden acercar lo que nos viene de Dios.

Ellos nos traen el alimento, nos acompañan en el viaje, nos ayudan a subir la primera vez y cada vez hemos bajado y queremos volver a subir; nos confortan cuando estamos enfermos, y bendicen cada acto importante de nuestra vida. Ellos nos explican lo que no entendemos, donde están los distintos compartimentos del tren, como funcionan los mecanismos para hacer un viaje más confortable.

Pero ellos no son toda la Iglesia. Todos somos la Iglesia y todos debemos colaborar y ayudar en atender a los demás en este viaje. Guiados por los sacerdotes debemos encontrar nuestra misión en este Cuerpo de Cristo: dar conversación al compañero de viaje, atender a alguno que se halle indispuesto, o enseñar a colocar el asiento a un pequeño que acabe de subir.

Vuelvo a repetir, nos guste o no, este es el único tren que sabemos que lleva al Padre y eso es lo importante, lo demás: el revisor, los compañeros de viaje, sean como sean es circunstancial. Que no sean ellos los que nos acerquen o alejen de seguir el viaje en el tren el objetivo es llegar al final del viaje.

 

SERPIENTE, CULEBRA, ASPID, VIBORA

Por Pedrojosé Ynaraja

Desde el primer libro, el Génesis, hasta el último, el Apocalipsis, en 74 ocasiones, aparecen mencionados estos reptiles. La experiencia que de estos animales tenía Israel no era satisfactoria. Habían sufrido sus mordeduras, en algunos casos mortales. Esta dañina característica era propia de áspides y víboras, las culebras, no. Leo que en Egipto existen cobras, venenosas también, que acertadamente estimuladas por una presión, se tornan rígidas. Explicaría este fenómeno, el episodio del encuentro de Moisés y su hermano con los magos del Faraón. Pero el texto, que nos llega como competición mágica, no determina de qué serpientes se trataba.

Para entender la inclusión del demonio bajo el aspecto de un reptil, como presenta el episodio catequético del Paraíso terrenal, hay que recordar, que los pueblos vecinos al hebreo, adoraban a serpientes. Más eficaz que afirmar que eran simples animales, sin ningún poder ni realidad divinos, era presentar al bicho en la historieta, como encarnación del mal. En diferentes museos de Israel y de Jordania, he visto serpientes de bronce de aquellos tiempos. Debo recordar que lo de bronce, cuando nos situamos en terreno arqueológico, significa, generalmente, cobre.

Aprovecho la ocasión para contar la historia de un monumento en el que aparece el reptil que nos ocupa. Se trata de la cruz que lleva entrelazada una serpiente, situada en la cima del monte Nebo. Algunos recordarán la fotografía del Papa Juan-Pablo II, a su lado, puesta su mirada en la tierra que se le prometió a Moisés. La idea de este diseño se le ocurrió a Fra Rafael Dorado, sevillano de Triana, actualmente en Getsemaní. Se la explicó al P. Piccirillo. Le decía, que una tal representación, gustaría a los judíos que recordarían la levantada por Moisés, y a los cristianos, que, en la cruz misma y recordando las palabras de Jesús que nos llegan por Juan 3,14, donde se identifica el Señor como Salvador, al estilo del estandarte del relato de Números 21,9. Debo un artículo sobre el extraordinario P. Miquelle Picchirillo, recientemente fallecido, eminente arqueólogo, especializado en mosaicos. No hablaré de sus logros, que ya lo hizo la prensa. En un encuentro con él, gentilmente amable por su parte, me entregó una revista, con un artículo suyo sobre el perdón en la cultura islámica, diciéndome: léelo que te gustará y, mirando a Fra Rafael, añadió: de esto hay que hablar. Cumpliré su deseo pronto.

Volviendo al monumento, el artista lo realizó siguiendo las indicaciones y resulta admirable. Probablemente, dentro de poco, volveremos a ver al Papa, en este caso Benedicto XVI, a su lado, mirando al horizonte, desde este sitio sugerente y privilegiado.

El profeta Isaías se refiere a la víbora en más de una ocasión. Le sirve como imagen y se refiere a su reproducción: ovípara, aunque parece que ignore que, varias especies, sean curiosamente ovovivíparas. Claro que este privilegio no lo tienen todos estos dañinos reptiles y que en una época carente de la nomenclatura linneana, fácilmente se la puede confundir con el áspid.

Desde niño he visto serpientes, la primera víbora que recuerdo, fue en tierras burgalesas y la última, hace muy poco, en un neumático abandonado junto a mi puerta. Son cosa seria y hay que tomar precauciones, no así de las culebras, más de una vez han entrado en casa y ni me he molestado en asustarlas.

Se dice, secreto a voces, que organismos oficiales españoles liberan víboras para que depreden ratones y topos, perjudiciales para los sembrados y para que, a su vez, sirvan de alimento a aves de rapiña. Las he calificado de dañinas, pero las leyes protectoras del medio ambiente, castigan a quien ose matarlas. ¡Dios mío, a cuantos les habrá aburrido este artículo si han llegado a terminar de leerlo!, pienso yo ahora.