LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: AMAR Y BUSCAR

Por Antonio Pavía, Misionero Comboniano

"Yo la amé y la pretendí desde mi juventud; me esforcé por hacerla esposa mía y llegué a ser un apasionado de su belleza" (Sb 8,2a).

La amé, la pretendí, la busqué, me esforcé por hacerla alma de mi alma, me apasioné por su belleza, quedé deslumbrado por su hermosura. Da la impresión de que Salomón ha echado mano del diccionario para poder expresar el torbellino, casi vertiginoso, de admiración que se mueve en su espíritu al contemplar la luz radiante que refleja la Sabiduría. Nos recuerda a la riqueza de expresiones que utiliza Pablo en la carta a los Efesios al intentar describir el amor de Jesucristo: "Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios" (Ef3, 17-19).

Salomón ha gustado en su interior de los frutos de la Sabiduría. Es tan decisiva y definidora su experiencia, que llega a la conclusión de que, si la deja escapar, sería el más insensato de todos los hombres. De ahí que se exprese en términos de búsqueda, esfuerzo, e incluso pasión, hasta el punto de hacer suya la Sabiduría, algo así como si fuese una esposa para su espíritu.

Con estas palabras está expresando una de las características esenciales, quizá la más importante, que define al hombre en lo que respecta a su vocación e itinerario. Todo ser humano es un buscador. Empieza por buscar respuestas a interrogantes como ¿quién soy?, ¿qué hago en este mundo?, ¿se termina todo aquí? Cuando me muera, ¿morirá también el yo que llevo dentro de mí?

Éstas y otras preguntas parecidas se hacen cada vez más personales y directas. Es así como, casi sin damos cuenta, nos hacemos buscadores de Dios. Poco a poco nos apercibimos que Él es la respuesta adecuada a nuestras interminables preguntas. Cuando esto sucede, ya nos hemos encontrado con Dios. Entonces, quien le ha hallado, -al igual que Salomón con la Sabiduría- le ama, le busca con más ahínco hasta apasionarse por Él. Vive una aventura interminable en la que la comunión de espíritus -el de Dios y el suyo- le atestigua de que valió la pena haber amado y buscado tanto y con tanto afán.

Uno de los rasgos esenciales que definen al pueblo de Israel es que, más allá de sus pecados, de sus olvidos e infidelidades, es buscador de Dios. Es cierto que Dios le ha buscado a él primero, dejándole además una huella de su presencia que no le permite apartarlo de su historia. De ahí que, a pesar de sus continuas infidelidades y huidas, encuentre siempre un espacio vital para volver en su búsqueda. De todas formas, las huellas que Dios deja en el alma de Israel por su elección son un signo de las huellas de su presencia en todos los seres humanos, por el simple hecho de haber sido creados a su imagen y semejanza. Todos hemos sido marcados por una inestimable elección: somos suyos por la imagen de la que somos portadores. Esto hace que, si bien llega un momento en que todo nos cansa, nos agobia e incluso nos aburre, no sucede así con Dios; Él nos sacia y en Él somos saciados.

Al igual que Salomón, todos estamos hechos de tal naturaleza capaz de extasiarse con su belleza; aquella que, de la misma forma que nos sacia, abre nuestro espíritu a una mayor saciedad. Aquella cuyo resplandor da vigor a nuestra vida, demasiado encasillada en nuestros logros, obras y éxitos que, por enormes que sean, tienen sus límites.

Otro eminente sabio del pueblo de Israel, Ben Sirá, autor del libro del Eclesiástico, expresó magistralmente la infinita capacidad que tiene la sabiduría de Dios, es decir, Él mismo, para llevar los deseos más profundos del hombre a su plenitud. Ahí donde todo cansa por el hecho de ser repetitivo, aparece la Sabiduría adoptando la figura de una persona, invitando a todos a acudir hacia ella. Proclama una promesa asombrosa: Todo el que coma de sus frutos, no quedará defraudado: "Venid a mí los que me deseáis, y hartaos de mis productos. Que mi recuerdo es más dulce que la miel, mi heredad más dulce que panal de miel" (Si 24,19-20).

Amad y buscad la Sabiduría. Asimismo, la Escritura nos dice: Amad y buscad a Dios. Es evidente que en la espiritualidad bíblica, ambos verbos son sinónimos o, quizá, mejor dicho, correlativos: el que ama, busca, y el que busca, ama. Por eso es frecuente que al lado de "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas y con toda tu alma" (Dt 6,5), encontremos su sinónimo o correlativo: "Desde allí buscarás a Yahvé tu Dios; y le encontrarás si le buscas con todo tu corazón y con toda tu alma ... Porque Yahvé tu Dios es un Dios misericordioso: no te abandonará ni te destruirá, y no se olvidará de la alianza que con juramento concluyó con tus padres" (Dt 4,29-31).