VI Domingo del Tiempo Ordinario
15 de febrero de 2009

La homilía de Betania


1.- POR SER DIFERENTES

Por Javier Leoz

2.- "SEÑOR, SI QUIERES PUEDES LIMPIARME"

Por Antonio García-Moreno

3.- YO TAMBIÉN SOY LEPROSO

Por Gustavo Vélez, mxy

4.- JESÚS SE ATREVIÓ A TOCAR A UNA PERSONA IMPURA

Por Gabriel González del Estal

5.- LA COMPASIÓN DE JESÚS ELIMINA LAS BARRERAS DE LA EXCLUSIÓN

Por José María Martín OSA

6.- PARA EL SEÑOR EL HOMBRE ESTÁ SOBRE LA LEY

Por José María Maruri, SJ

7.- ANTES EL AMOR QUE EL PRECEPTO

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


LA AVENTURA CRISTIANA

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- POR SER DIFERENTES

Por Javier Leoz

Uno cuando se asoma al Evangelio de este 6º domingo del tiempo ordinario, llega a pensar que la lepra representa a toda esa humanidad tocada por la debilidad o por la enfermedad.

¡Cuántos rechazados por su forma de entender la vida!

¡Cuántos cristianos apartados de sus profesiones por sus convicciones!

¡Cuántas personas que, son señaladas con el dedo modernista, porque no comulgan con ruedas de molino, porque se revelan ante una técnica que legitima todo pero que degrada en algunos casos, u olvida en otros, la dignidad del hombre!

1.- Sí; la lepra, personifica en los tiempos que vivimos a toda persona que se duele y llora por las situaciones de contradicción que se dan en el mundo. Por tanta exclusión e injusticia fruto de la intolerancia o de los intereses que convierten automáticamente, a unos en buenos y a otros en malos: unos son colocados en el escaparate, como referencia y encarnación de los valores que emergen en una sociedad caprichosa, y otros son desterrados porque –sus exigencias o su modo de vida- pueden resultar chocantes o calificadas incluso de “peligrosas”.

Hay muchos descartes en nuestra sociedad y muchos intentos de silenciar a los que no hacen orfeón o secundan iniciativas amparadas por leyes de turno.

Existen muchos intentos de apartar a los “nuevos leprosos” porque no dicen lo que la sociedad quiere oír ni actúan como la sociedad dicta.

2.- Una vez más, como en tiempos de Jesús, la perseverancia y la mano de Dios salen al paso de aquellos que saben que, sólo Dios, es capaz de responder con generosidad cuando el mundo rechaza o abandona.

Miremos un poco a nuestro alrededor. ¿Qué se enaltece? ¿Qué se valora? ¿Qué se desprecia? ¿Qué se margina? ¿Qué se recompensa?

La eucaristía de cada domingo, el encuentro con la Palabra y con el Resucitado, nos inyecta a los cristianos la fuerza necesaria para insertarnos de nuevo, con impulso renovado y claro, en una sociedad donde no siempre predomina el bien común.

La oración, personal o comunitaria, nos brinda esa oportunidad para recuperarnos de otros tantos rechazos cuando presentamos, con respeto pero con valentía, nuestra forma de entender el mundo, la sociedad, el hombre, etc., desde la fe.

3.- El testimonio, de lo que llevamos dentro, de nuestra experiencia de Dios, nos exige pregonar que con Jesús nos sentimos bien. Que haber encontrado a Dios, lejos de ser una preocupación, nos ayuda a llenar huecos peligrosos en nuestra vida. Nos invita a quemarnos, no hacia dentro, y sí hacia fuera, para que otros hermanos nuestros –con abundancia de lepra materialista, hedonista, individualista, pobreza, malos tratos, etc.- puedan salir de ese estadio y reincorporarse de nuevo a la vida o dejar que otros compartan su misma buena suerte. ¿Acaso no merece la pena? Pongamos algo de nuestra parte.

4.- ¡ESTAS DE NUESTRO LADO, SEÑOR!

Palpas nuestras miserias,

y nos levantas con tu mano,

mudas nuestra pobreza, en riqueza

nuestra desilusión en encanto

Derramas tu misericordia

y nos contagias con tu amor

Despliegas tu misericordia

y nos integras de nuevo

sanos, alegres y radiantes

en el mundo y en la realidad que nos rodea

¡ESTAS DE NUESTRO LADO, SEÑOR!

Cuando, el ambiente y las ideas,

no nos acompañan y nos dejan de lado

Cuando, por nuestra forma de ser,

por creer en Ti o ver el mundo de otra manera,

sentimos que nuestras voces

y hasta nosotros mismos

contamos poco o casi nada.

¡ESTAS DE NUESTRO LADO, SEÑOR!

Cuando no entendemos el volcán

de tantos dolores, injusticias, enfermedades,

llantos, soledades y heridas

que se estallan en la tierra y en el corazón del hombre

¡ESTAS DE NUESTRO LADO, SEÑOR!

Y sentimos que, Tú como nadie,

sabes estar cerca de nosotros,

que te encanta vivir y compartir nuestras aflicciones

que sabes, como ningún médico lo hace,

acercarte a cada enfermo, a cada situación

y preocuparte, día y noche,

por aquel que sufre amargamente.

¡ESTAS DE NUESTRO LADO, SEÑOR!

Por eso, porque estás junto a nosotros,

sentimos que no es tan grande nuestra soledad

que no es definitivo nuestro abandono

que, con tu mano, sanas nuestras heridas

y las cargas, todas ellas, sobre tus hombros.

¡Gracias, Señor! ¡Estás de nuestro lado!


2.- "SEÑOR, SI QUIERES PUEDES LIMPIARME"

Por Antonio García-Moreno

1.- Sed santos.- El Apóstol da una serie de normas a los fieles de Corinto para que sepan cómo han de comportarse en su vida, y así agradar a Dios. De ordinario uno piensa que para honrar al Señor lo que hay que hacer es rezar mucho, hacer muchas promesas o mortificarse de modo extraordinario. Eso es lo que nos han destacado con frecuencia en la vida de los santos. Sólo viviendo así uno, según esa hagiografía, podría ser realmente santo y hasta hacer grandes milagros.

Concebir así la santidad es una aberración que hace más daño que provecho. En ese caso, la santidad sería algo casi inalcanzable, algo reservado a unos pocos, muy pocos ciertamente. Entonces habría que pensar que Dios, al decir que hemos de ser santos, nos está pidiendo demasiado, algo inalcanzable de ordinario, algo que de hecho sólo un reducido porcentaje llega a alcanzar.

Pero la santidad no es eso que a veces nos han dicho, o nos han insinuado. Aquí San Pablo nos dice que hasta el comer o el beber, cualquier cosa que hagamos, puede dar gloria a Dios, resultar algo que nos haga agradables a sus ojos. Y esto es precisamente la santidad: vivir de tal forma que Dios esté contento de nosotros, o dicho de otra forma, hacer siempre la voluntad divina.

Hemos dicho que lo importante es agradar a Dios. Sin embargo, el texto sagrado nos dice a continuación que hemos de "agradar a todos en todo". Parece una incongruencia, pero no lo es. Al buscar agradar a los demás lo estamos haciendo para que se salven, para que encuentren a Dios y no se separen ya nunca de Él. Esto, en definitiva, es buscar también la gloria del Señor, olvidándonos de la nuestra.

El ser santo es, por tanto, vivir siempre con el corazón metido en Dios, tratando de querer lo que él quiere, poniendo cada día más amor en cuanto hacemos, hasta en lo más sencillo y sin importancia. Amor que se ha de traslucir en nuestro espíritu de servicio a todos, también a los que no nos caen bien, o los que sabemos con certeza que nos van a pagar con una mala razón, o no van a interpretar bien nuestro afán de servicio.

Decíamos que Dios no nos pedía imposibles, pero hay que reconocer que incluso eso que hemos dicho nos resulta muy difícil, por no decir dificilísimo. La solución está en acudir con humildad, constancia y confianza al Señor, seguros de que él nos ayudará para que alcancemos lo que nosotros solos no podemos. Por eso, además de poner nuestro esfuerzo, hemos de rezar, pedir a Dios su ayuda.

2.- Señor, si quieres... Otro leproso aparece de nuevo en las páginas bíblicas, donde se recoge la vida misma, tan llena a menudo de dolor y de calamidades. Un leproso que acude confiado y audaz al joven Rabí de Nazaret, que tanto poder tiene y tanta compasión muestra ante las penas del hombre. Y el Señor atiende su petición y le cura. Nosotros contemplamos hoy este pasaje y tratamos de aprender algo de lo mucho que un relato evangélico siempre contiene.

Por lo pronto nos sentimos identificados con el pobrecito leproso. También nuestra carne está enferma y podrida. Muchas veces notamos su dentellada en nuestra vida, sentimos que nos tira hacia abajo a pesar de querer volar hacia arriba. El corazón se inclina con frecuencia al orgullo y a la vanidad, al egoísmo y la soberbia, a la pereza y a la sensualidad. Sí, también nosotros, como le ocurría a San Pablo, llevamos metida en la carne una espina y experimentamos la bofetada del demonio en nuestro rostro.

Aquel leproso del Evangelio viene hasta Jesús, se acerca a él. Esto es lo primero que hemos de hacer, si queremos ser curados de la lepra de nuestra alma, acercarnos a Cristo, llegar hasta donde está él, oculto, pero presente en el Sagrario. Venir también hasta el sacramento de la Penitencia para confesar nuestros pecados con humildad, para que él nos perdone y nos dé fuerzas para no ofenderle nunca más.

El leproso se pone de rodillas y adopta una actitud suplicante. Con una gran fe y humildad, lleno de confianza, exclama: "Señor, si quieres puedes limpiarme". Ante esa manera de rogarle, ante esa sencillez, el corazón de Cristo se enternece con una compasión profunda y contesta: "Quiero: queda limpio". Y al instante desapareció la lepra y quedó limpio. Jesús no se hizo rogar, fue suficiente la humillación y la confianza del leproso para que actuara en su favor enseguida.

Seguimos contemplando y nos llenamos de alegría y de esperanza. Contemplamos en silencio a Jesús y esperamos que nos mire y se compadezca también de nosotros, tan sucios y podridos quizás. Desde lo más hondo de nuestro ser repetimos la sencilla plegaria del leproso: "Señor, si quieres puedes limpiarme". Así una y otra vez. Podemos estar seguros de que Jesús volverá a enternecerse y nos dirá: "Quiero: queda limpio".


3.- YO TAMBIÉN SOY LEPROSO

Por Gustavo Vélez, mxy

“En aquel tiempo se acercó a Jesús un leproso, suplicándole: Si quieres, puedes limpiarme. Jesús le dijo: Quiero. Queda limpio. Y la lepra se le quitó al instante”. San Marcos, cap. 1.

1.- Explican los biblistas que en las páginas del Evangelio encontramos hechos reales, pero además descubrimos sentidos simbólicos. Así aprendemos qué sucedió y además qué lección nos da el Maestro en cada acontecimiento. Cuenta San Marcos de un leproso que se acercó a Jesús, rogándole ser curado. Y el Señor “sintió lastima, extendió la mano y lo tocó diciendo: Queda limpio”. De inmediato el hombre quedó sano.

Parece que los fariseos no estaban por allí. Se habrían contaminado con la presencia de un leproso y hubieran contabilizado las infracciones a la ley, tanto del enfermo como del Señor. Desde el tiempo de Moisés los afectados por la lepra debían vivir alejados de la comunidad. Se les consideraba inmundos, a causa de su dolencia y además porque en ella se miraba expresamente un castigo de Dios. El mismo rey Ozías, como leemos en el libro de las Crónicas, debió vivir aislado hasta su muerte. Pero este enfermo se atreve a acercarse a Jesús. Y el Señor siente compasión y lo acoge. Más aún, extiende su mano, lo toca y añade: “Quiero, sé limpio”.

2.- Jesús nos ofrece un programa religioso distinto, donde lo esencial no es la norma sino el hombre, con todas sus circunstancias. Al examinar nuestra vida, numerosos cristianos verificamos que también somos leprosos. Porque son muchas nuestras heridas. Antonio Rosmini, un sacerdote italiano del siglo XIX, escribió un libro, que le causó dificultades con la autoridad eclesiástica, llamado “Las cinco llagas de la Iglesia”. Pero tal vez las nuestras son más abundantes. Nos decimos personas practicantes, pero guardamos en nuestro interior tantas agendas negativas, tantos manejos inmorales, tantos propósitos torcidos. No somos tan limpios como parece. Otros más vivimos aislados de la comunidad creyente. Y esta lejanía ya cuenta muchos años. En consecuencia, también somos leprosos.

3.- Fue muy discreta la petición de aquel enfermo que buscó a Jesús: “Si quieres, puedes limpiarme”. No se lee en el texto de san Marcos ninguna invocación como Señor, Maestro, Hijo de David. Tampoco se descubre en el leproso una fe vaga, como la de aquel padre del epiléptico: “Si algo puedes, ayúdanos”. Aquí se trasluce una fe simple, serena y confiada. Y el Señor retoma la petición del leproso para responderle: “Quiero. Queda limpio”.

Los teólogos dirán que el querer de Dios es igual a su poder. Y nosotros, bajo la luz del Evangelio, añadimos que su querer y su poder son iguales a su amor. En otras palabras: La voluntad de Dios es nuestro bien, en todos los sentidos. Solamente que si nos mantenemos alejados, se obstaculiza su proyecto de salvación.

4.- En 1956 María Zuzanne, una religiosa francesa, luego de una callada labor en varios hospitales, descubrió un antídoto contra la lepra. En su honor, los científicos lo llamaron: “Microbacterium Marianum”. A los otros leprosos nos toca buscar una manera distinta de sanarnos. Y esa podría ser clarificar nuestra conciencia y buscar decididamente al Señor. Vale entonces atrevernos, para que no ocurra como afirmó un pensador: “El hombre actual logró caminar entre los astros, pero no ha podido todavía descender a su propio corazón”.


4.- JESÚS SE ATREVIÓ A TOCAR A UNA PERSONA IMPURA

Por Gabriel González del Estal

1.- Sí, los leprosos eran personas física y espiritualmente impuras, según el pensamiento y la Ley judía. Cualquier persona que tocaba a un impuro, se hacía él mismo impuro, según el sistema religioso-moral judío. Por eso, los leprosos debían vivir separados de la sociedad y gritar “impuro”, “impuro” ante cualquier persona que se les acercaba. La lepra les segregaba y les echaba de la sociedad en la que les tocaba vivir. Jesús era el hombre puro por excelencia, porque tenía la pureza del mismo Dios, pero era un ciudadano, social y religiosamente, judío y, por consiguiente, sabía muy bien que no podía tocar a un leproso, sin hacerse él mismo, legalmente, impuro. Ante aquel leproso que le pedía, de rodillas, la curación, Jesús se olvidó de la ley y extendiendo la mano y tocándole, le dijo: quiero, queda limpio. El evangelista nos dice que lo hizo porque sintió lástima de aquella persona enferma y marginada. Es algo serio y profundamente significativo lo que Jesús se atrevió a hacer por aquel enfermo. No fue una curación gratuita y aséptica; Jesús se implicó hasta el fondo, hasta quedar legalmente manchado, en la curación de aquel leproso. La salud y el bien, físico y espiritual, de una persona le importó más que la ley, en aquel caso. Como en los múltiples casos de curaciones en sábado, y en este caso aún más, Jesús nos diría que lo que él hizo no fue quebrantar ninguna ley, sino perfeccionar una ley que era manifiestamente injusta e inmoral. Una ley sólo puede ser buena cuando está al servicio del bien de las personas, nunca en contra de la persona. Esto debe hacernos pensar a nosotros, los cristianos. Para nosotros el bien de las personas debe estar siempre por encima de cualquier ley. Nuestro corazón debe sentir siempre lástima ante cualquier persona enferma, marginada e injustamente tratada. Nuestra lástima nos obliga, en estos casos, a preferir la justicia moral y evangélica, como la de Jesús de Nazaret, a cualquier justicia legal de turno.

2.- El sacerdote lo declarará impuro. Esto es lo que tenían que hacer los sacerdotes del Antiguo Testamento, tal como está escrito en el libro del Levítico. Jesucristo fue el sumo y eterno sacerdote de la Nueva Alianza y su misión fue quitar la impureza y el pecado del mundo, ofreciéndose a sí mismo como víctima expiatoria por nuestros pecados. Lo sacerdotes del Nuevo Testamento somos sacerdotes en cuanto participamos del sacerdocio de Cristo y nuestra misión no puede ser otra que quitar el pecado y la impureza del mundo, ofreciendo al Padre nuestro sacrificio junto al sacrificio de Cristo. Nuestra principal misión no es juzgar, sino curar al pecador y al enfermo. Por el bautismo todos participamos del sacerdocio de Cristo y, por eso, la principal misión de todo cristiano es curar y sanar. Jesucristo, antes de irse al Padre, mandó a sus discípulos que fueran por el mundo predicando la conversión y curando a los enfermos y poseídos por el diablo. Esta es, también hoy, nuestra principal misión en el mundo.

3.- Hacedlo todo para gloria de Dios. San Pablo, en esta su carta a los Corintios, se refería, principalmente, a la comida de los sacrificios que se habían ofrecido a los ídolos. Pero, evidentemente, la frase puede entenderse a todo lo demás. Así debió entenderlo ya San Ignacio de Loyola, con su famosa frase Ad maiorem Dei gloriam, hacerlo todo a la mayor gloria de Dios, tal como aparece escrito en las Constituciones de la Compañía de Jesús. Es un buen consejo para todos nosotros. No se trata de buscar nuestro propio interés y gloria, sino el interés y la gloria de Dios. Y ya sabemos que el mayor interés y gloria de Dios está en el bien y en la felicidad del ser humano, como ya nos dijo también hace muchos siglos San Ireneo. En este año paulino, es bueno que también nosotros tratemos de imitar el ejemplo de San Pablo, tal como él mismo aconseja a los Corintios: yo, por mi parte, procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propio bien, sino el de la mayoría, para que se salven. Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo.


5.- LA COMPASIÓN DE JESÚS ELIMINA LAS BARRERAS DE LA EXCLUSIÓN

Por José María Martín OSA

1.- La desgracia de ser “excluido”. La palabra lepra era usada en el Levítico para una gran gama de enfermedades de la piel (erupciones, ronchas, manchas, granos). Cuando se extendían por todo el cuerpo resultaban repugnantes. Algunas de estas enfermedades no tenían cura conocida, y por eso se les temía mucho. Los «leprosos» eran considerados «impuros», que pueden contaminar. Se exigía que los leprosos vivieran en lugares aislados lejos de su familia y de su pueblo. Cuando se acercaba gente a ellos, debían gritar: “¡Inmundo! ¡Inmundo!”. Debían mantener una distancia de cincuenta pasos lejos de otra persona y llevar consigo una campanilla. Su verdadero drama es no poder casarse ni tener hijos, no participar en las fiestas y peregrinaciones, quedar condenados al ostracismo. La mayor angustia del leproso es pensar que tal vez ya no pueda volver nunca a su comunidad. La persona afligida por la lepra no podía trabajar, y por lo tanto se le reducía a pedir limosna. Su familia también se vería reducida a la pobreza. Las consecuencias espirituales, sociales de la lepra –impureza, aislamiento, y pobreza – eran más terribles que las consecuencias físicas. Además de enfermo se le consideraba pecador y era rechazado por todos. El leproso era considerado “impuro”, o sea, lejos de la comunión con Dios, así lo señala la normativa del libro del Levítico La causa: la enfermedad era considerada un castigo de Dios. Podemos preguntarnos, ¿hay o no hay rechazo en nuestra sociedad hacia ciertas personas como pobres, gitanos, inmigrantes, enfermos del sida, homosexuales o incapacitados? Hay muchos que les echan la culpa de su situación. Son los excluidos de nuestros días… ¿sabremos acogerles en la Iglesia?

2.- La confianza de leproso en Jesús le hace acercarse a Jesús. Marcos parece insinuar que la lepra es un flagelo demoníaco. Notemos que Jesús actúa como si estuviera haciendo un exorcismo. El que se acerca a Jesús es un hombre que se presenta con una situación humanamente incurable, un hombre valiente –o quizás atrevido- que rompe las reglas poniendo en peligro de exclusión social y religiosa a Jesús, un hombre que comprende lo que le ofrece la Buena Nueva de Jesús. Suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: “Si quieres, puedes limpiarme”. La súplica del leproso representa un desafío para Jesús. El gesto es de profunda reverencia. Así también ora Jairo, el jefe de la sinagoga y padre afligido de la niña que será resucitada, e igualmente la anónima y angustiada madre en Tiro. El orante reconoce que es suficiente que Jesús quiera para que suceda algo que parece imposible. En el fondo subyace la confesión de fe bíblica, que proclama el poder absoluto de Dios: “Todo es posible para Dios”. Así lo expresa también el autor del Salmo 31 cuando proclama que el Señor es “su refugio”.

3.- La compasión de Jesús cura al leproso. El “Quiero” de Jesús proviene de un sentimiento, de la profunda sintonía entre el sanador y el sanado. La traducción litúrgica dice “Compadecido de él”, indicando que el impulso que parte de Jesús es de misericordia, porque es capaz de asumir personalmente la dura situación del enfermo. Jesús no se contenta con mirar desde lejos la miseria del leproso, sino que se identifica con su realidad y la carga sobre sus hombros a la manera del siervo sufriente de Isaías. Hay una entrega total de Jesús, que se exterioriza en la mano que tiende hasta alcanzar el contacto físico con el hombre llagado y marginado: “Extendió la mano... le tocó”. No es solamente una cuestión de curación física. Vemos los dos pasos de una imposición de manos sobre el enfermo: el gesto y las palabras. Las palabras “Quiero, queda limpio” verbalizan lo ya dicho con el gesto. Es curioso cómo los verbos de la orden de Jesús corresponden puntualmente con los de la petición del leproso. Jesús confirma la idea que el enfermo tiene de él: ¡actúa con el poder de Dios! “Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio” La curación es “al instante”. Jesús actúa como Dios: basta que quiera una cosa para que ella suceda enseguida. Marcos nos invita a apreciar el valor de lo ocurrido: el querer de Jesús tiene un poder inmenso. Jesús actúa como Dios: basta que quiera una cosa para que ella suceda, pero necesita la confianza del que suplica en medio de su postración. El leproso es curado al instante de la enfermedad por su confianza y la compasión de Jesús. ¿Valoramos el hecho de que Dios está con nosotros, de que su compasión y misericordia nos alcanza a todos?, ¿somos nosotros, como Jesús, sanadores, que alivian con su presencia, sus gestos y palabras el peso del que sufre la enfermedad?


6.- PARA EL SEÑOR EL HOMBRE ESTÁ SOBRE LA LEY

Por José María Maruri, SJ

1.-Esta escena supone el más perfecto destrozo del Derecho Canónico de aquellos tiempos, o sea el Levítico. Porque el leproso debía mantenerse lejos, nunca salir al camino al encuentro de nadie, ni para recibir comida que se la tiraban como a un perro. Y tenía que gritar “tame”, “tame”: impuro, impuro, Pero es leproso “progre” se abalanza al camino, se postra al pie mismo de Jesús y le grita con el desgarro de un muerto en vida: “si quieres, puedes limpiarme”.

Y Jesús que sabe de memoria el canon en que se manda no tocar a los leprosos, lo toca y conmovido en sus entrañas, como se dice en griego, le contesta: “Quiero, queda limpio”.

Había que criticar la acción de Jesús porque se salta una ley de su Iglesia. La contestación correcta, legal y moral hubiera sido: “Apártate de mí, que la ley de Moisés te prohíbe acercarte a nosotros porque eres impuro”.

Y con esto Jesús, de un plumazo, hubiera acabado con el cristianismo, pero hubiera cumplido la ley. Y es que para el Señor el hombre está sobre la ley. En otra ocasión iba a decirnos “que el sábado es para el hombre, no el hombre para el sábado”. Y los fariseos no le entendieron porque aquello no estaba en el Derecho Canónico.

2.- Cuántas veces nuestra ley, no la de Dios, nos hace transgredir la única ley del Señor Jesús: “amaos los unos a los otros”. Con la ley de Dios en la mano repudiamos a los divorciados, a los casados por lo civil, a las madres solteras, a los homosexuales, a los drogadictos, a los enfermos de sida (los leprosos de hoy.

Y de un plumazo repudiamos la ley del amor, y al mismo Dios, que se hace uno con los divorciados, con los casados por lo civil, con las madres solteras, con los homosexuales, con los drogadictos, con los enfermos de sida. En ellos se esconde el Señor y desde ellos cuántas veces nos dirán a nosotros “si quieres”

--Si quieres puedes darme tu comprensión

--Si quieres me harás sentirme persona no objeto marginado

--Si quieres en mi soledad encontraré compañía

--Si quieres puedes encender una luz de esperanza en medio de la desesperación de la

vida.

3.- Pero esos son los que nosotros hacemos leprosos, los que nosotros marginamos. Pero hay otros que somos leprosos. Os imagináis lo que sería si aquí mismo a cada uno de nosotros nos saliera, a la vista de todos, eso que ocultamos en el corazón. Eso que realmente mancha al hombre, que lo deforma, lo convierte en leproso: nuestras iras llevando el volante, nuestro desprecio por los ineptos, nuestras inconfesables envidias, las malas inclinaciones carnales, rencores nunca apagados, soberbia de raza y clase.

Pero creo que cada uno de nosotros si somos sinceros tendríamos que correr a los pies del Señor y decirle, pedirle, con el ansia de un muerto en vida: “Señor si quieres puedes limpiarme”.


7.- ANTES EL AMOR QUE EL PRECEPTO

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Hay veces que las lecturas de la misa se explican por si solas y, casi, da un poco de temor intentar el comentario. Ciertamente, que el mayor aprovechamiento de la Palabra –Palabra con mayúsculas—viene de lo que ella pueda sugerirte, a ti y a mi, en vivo y en directo, y, por tanto, puede parecer superfluo el comentario. Pero, de todos modos, desde la humildad total y desde el sentido del servicio a los demás, se puede iniciar un camino modesto de ayuda, por si sirve. Y hoy las tres lecturas –y hasta el salmo y el versículo del Aleluya—están llenas de simbolismos importantes. Es decir, muestran y enseñan más que lo que puede aprehenderse en una primera escucha, en una lectura rápida.

La primera lectura –del Libro del Levítico—conforma el contenido de claves y de mensajes del Evangelio. En efecto, no es, solamente, que Jesús de Nazaret aceptara sanar al leproso y lo curara. La ley de Moisés prohibía la cercanía del leproso a los sanos. Y estos sanos, en ninguno de los casos, podían tocarle. El leproso cargado de fe --un tanto poco clara e inconsciente-- y de los lógicos deseos de ser curado, rompe todas las normas, se acerca al grupo donde está Jesús, se para, se pone de rodillas ante él, y dice: “Si quieres, puedes limpiarme”. Y ante eso escribe San Marcos sobre la respuesta del Maestro: “Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: Quiero: queda limpio”. Jesús de Nazaret ha sentido lástima, y ha tocado con cariño al leproso y, por supuesto, se produce el milagro de amor: el leproso queda curado.

2.- Como otras veces Jesús pone por delante al hombre del precepto. Y lo concreto de la Ley queda en segundo lugar para anteponer la necesidad real de todo hombre que, por supuesto, está por encima de cualquier legislación. Esto último es difícil de entender, incluso ahora. Primero es cumplir la ley y luego ya veremos. Es decir, ponemos trabas, hoy, a la ayuda personal que podamos dar a quienes no llevan una vida como la nuestra. Y, hoy todavía, son muy mal mirados los pecadores públicos. Preferimos alejarnos de ellos antes de tenderles una mano. Y así se abre un círculo vicioso. Como son pecadores no nos acercamos, pero si no nos acercamos, cómo podemos ayudar a que dejen su pecado. Aunque lo primero es atenderles, dar un poco de amor, aunque estén muy alejados de nosotros y de nuestra religión.

La consideración –digamos que histórica—de la actitud de Jesús tuvo que ser tremenda en su tiempo. El choque frontal contra la religión pública, en especial con los fariseos, cumplidores a ultranza de una norma excesiva, debió ser tremendo. El Maestro de Galilea no buscaba el enfrentamiento por el enfrentamiento. No era una posición política o ideológica determinada, con el añadido de que Él estaba en contra de la Ley. No. Simplemente que toda esa norma esclavizaba a los hombres y mujeres de esa época y, además, les alejaba de la verdadera imagen de Dios. Y es que, visto con ojos de hoy, ni la lepra es contagiosa, ni el sábado –o el domingo—es tiempo de injusticia o desamor, ni la limpieza de las manos puede evitar la caridad para con el prójimo. Jesús, en el caso, del leproso que tenía a sus pies, hizo lo que cualquier persona, con sentido del cariño hacia sus semejantes, puede hacer… Aunque eso tampoco lo entendemos la gente de hoy: no somos capaces de tocar a un enfermo con mal aspecto, contagioso o no.

3.- Y hablábamos al principio de lo simbólico de las lecturas de hoy. Pues así es. ¿No ocurre que a veces, muchos de nosotros, hundidos por el desánimo, por el pecado siempre repetido, pensamos en que podemos echarnos a los pies de Jesús para pedirle: “Si quieres, puedes limpiarme”? ¿A veces ante la repetición continua de un mal síntoma de nuestra conducta no sentimos la idea de que solo puede ser Él quien nos saque del atolladero? Y, por otro lado, ¿no nos habremos encontrado personas, probablemente muy queridas por nosotros, que nos piden que no mezclemos al Maestro en cosas que son, tan solo, déficit de nuestra voluntad? Sí, claro que sí. Hemos de pedirle al Maestro aquello que nos dicta nuestro corazón y después, por supuesto, hacer lo posible para salir del atolladero.

4.- Pablo de Tarso en el fragmento, breve, que hemos escuchado hoy de la Primera Carta a los Corintios nos aconseja que todo lo hagamos pensando en Dios, ya sea comer, beber, o divertirse o trabajar. San Pablo estaba hablando de comer, o no, carne procedente de los sacrificios paganos, pero, en realidad, sus palabras son un consejo para toda nuestra vida. Y así es más que lógico que si somos creyentes –y lo somos de verdad—pongamos a Dios por delante de todas nuestras cosas, de todos nuestros quehaceres. Y está claro que si Dios preside todos nuestros actos ellos serán acordes con la voluntad del Señor. El amor, obviamente, es la esencia de Dios. Y, por tanto, nuestra relación con los demás debe estar movida por el amor. Sabemos la receta: amar a Dios sobre todas las cosas y que ese amor total se traslade, también totalidad, al entorno de nuestros semejantes.

Y quiero terminar con el versículo responsorial del salmo y con el que hemos entonado en el canto del Aleluya. El primero es muy significativo: “Tu eres mi refugio; me rodeas de cantos de liberación”. Y el segundo “Un gran profeta ha surgido entre nosotros y Dios ha visitado a su pueblo”. Sentirse primero seguro, refugiado, y luego libre es el anhelo común de todos. Y, eso obviamente, es lo que nos ofrece Dios todos los días. Hoy, en estos tiempos difíciles, con dificultades en el mismísimo ejercicio de nuestra fe, y con un exceso de problemas económicos que tienden a hacer aun más injusto, si cabe, a este mundo, necesitamos del profeta que nos habla de Dios Padre y de su presencia divina entre nosotros. No es literatura todo esto. No son puro pietismo ambas frases. Constituyen una realidad deseable y alcanzable que puede mejorar nuestras vidas. De ahí, finalmente, ese efecto benéfico y curativo de las lecturas –todas—de hoy que os decía al principio. Merece la pena reflexionar sobre ellas cuando lleguemos a casa e iniciemos nuestro descanso o nuestro rato de oración. Sin duda, y como siempre, Dios nos ha visitado hoy aquí, en el desarrollo de nuestra eucaristía.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


LA AVENTURA CRISTIANA

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Hay quien quiere vivir su vida compartimentada. Establecer los periodos de su jornada independientemente unos de otros. Ahora toca comer y como. Trabajar y no dejo de hacerlo. Dormir y me entrego al descanso. Cada cosa a su tiempo y un tiempo para cada cosa. ¡Mira qué bien! Aparentemente, que no nos engañemos. ¿Y a Dios, para cuando lo dejan? Ah, eso está programado para los domingos y en ocasiones fortuitas, llámesele entierros, bodas o bautizos, si toca ir por obligación.

Pues no. La Fe cristiana lo impregna todo, mis queridos jóvenes lectores. Yo ahora, mientras escribo, estoy pensando en vosotros, evidentemente, pero también pido a Dios que lo haga oportunamente. Más tarde, impregnado de oración, enviaré el archivo por Internet a sus destinos. Y mañana, si Dios quiere, caminaré unas cuantas horas para deleitarme con la naturaleza y compartir con los compañeros. Amistad y contemplación son cosas cristianas. Los que lo somos, disfrutamos doblemente, si vivimos conscientes de ello. Tanto si comemos, como si bebemos, como cualquier cosa que hagamos, ha de ser, puede ser, ¡ojala lo sea! a la gloria de Dios. Se cuenta de un santo que estando jugando con sus amigos, alguien dijo: ¿qué haríais si os anunciaran que dentro de poco os vais a morir? Uno contesto: iría a confesarme. Otro: me despediría de mis padres… Nuestro joven santo añadió: pues yo continuaría jugando. Os he explicado esto porque es lo que dice San Pablo en el fragmento que leemos en la misa de hoy. Cualquier actividad, hecha en la vivencia cotidiana de la Fe consciente, es una ofrenda a Dios, una oración.

2.- Aquel pobre hombre leproso, acudió a Jesús con confianza. Ni era desafío, ni exigencia: él reconoce los poderes del Maestro y le presenta sus penas. El Señor siente compasión y le cura. Hasta hace poco la palabra compasión estaba proscrita de nuestro vocabulario. La gente decía: no quiero que me tengan compasión. Olvidaban que la palabra significa patire cum, padecer con el otro, identificarse con su dolor. Es lo que siente el Señor en el episodio de hoy. Es la actitud que debemos tener nosotros: ponernos en su lugar y tratar siempre de auparlos. No será un leproso quien a nosotros acuda. Será un marginado, un incapacitado, un angustiado por el fracaso o descontrol de sus nervios. Si podemos, debemos ayudarle a salir de su situación adversa, nunca huir indiferentes. Es mejor ser engañados, que actuar con egoísmo, diciendo o pensando, que se apañe, que este es su problema.

3.- No quiero que olvidéis, mis queridos jóvenes lectores, que no es preciso reventarlo todo para ser o sentirse progre. Echar toda la culpa a los demás y despreciar las normas sociales no es por sí un progreso. Jesús está por encima de las instituciones judías, pero no quiere provocar inútilmente. Anda y vete, le dice, que en Jerusalén certifiquen tu salud y resérvate tu curación, no alardees de la experiencia, cállate lo que he hecho por ti. Aquel buen hombre en esto no le hace caso y muy bien que lo hizo. Es agradecido y no quiere que los demás desconozcan la bondad del Señor. Tal vez la descristianización actual que en muchos sitios sufrimos, sea consecuencia, en parte, de la falta de agradecimiento a Dios, de los que creemos en Él. Sabemos pedir, pero nos olvidamos de agradecer. Debemos examinarnos de esto.

4.- PRECISIONES MARGINALES

El templo de Jerusalén, el segundo, el acabado por Herodes el grade, era una enorme explanada al aire libre. Oigo que dicen del tamaño de 20 campos de futbol. Todavía subsiste hoy, con algunas edificaciones musulmanas levantadas en su superficie. Hacia el centro de este llano, rodeado de una balaustrada que solo podía franquear los judíos, se levantaba el Santuario. De esto no queda ya nada. Era un complejo edificio con diversas plazoletas que llamamos atrios, a la primera se permitía la entrada de hombres y mujeres israelitas. En sus ángulos unas pequeñas estancias estaban destinadas a la leña para los sacrificios, al aceite para las lámparas, a guardar el dinero de las ofrendas y un lugar de inspección, por parte de los sacerdotes de turno, de aquellos que se presentaban porque habían cumplido un voto o para que se les certificase que aquella dolencia surgida en su piel, y que habían creído era lepra, ya se había curado. Hoy distinguimos un simple sarpullido, de una soriasis, que nada tiene que ver con la lepra. En aquellos tiempos, no. Sintiendo un terrible pánico a esta enfermedad que, dicho sea de paso, todavía la sufren contemporáneos nuestros. Cumplía la casta sacerdotal, además de su peculiar función sagrada, otra higiénico-social, de salvaguarda de la sanidad pública. A estos es a los que envía Jesús al leproso del evangelio de hoy. Sin decir que no debía ser este el papel de un ministro del culto, ni que pronto perderían privilegios, ni tantas cosa que a muchos les gusta proclamar, para justificar que no hacen nada útil por los demás.