LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: LA LUZ VERDADERA

Por Antonio Pavía, Misionero Comboniano

"Es ella, en efecto, más bella que el sol, supera a todas las constelaciones; comparada con la luz, sale vencedora, porque a la luz sucede la noche, pero contra la Sabiduría no prevalece la maldad" (Sb 7,29-30).

El autor continúa su exposición acerca de la inigualable excelencia de la Sabiduría, y argumenta su grandeza proponiendo la comparación entre la luz natural, la que emana del sol y demás astros del universo, y la luz que emana de la Sabiduría. La supremacía de esta última es abrumadora, y nos explica la razón.

Empieza enunciando que la luz de la Sabiduría es más bella incluso que el mismo sol, más radiante que todas las constelaciones juntas; y el argumento que esgrime es demoledor. En lo que toca a nuestro mundo, esta luz que viene de los astros está determinada por un ciclo en el que el día y la noche se alternan. Esta especie de rotación hace que así como hay unas horas al día en que la luz se enseñorea, hay también otras en las que son las tinieblas las dueñas y señoras.

El autor de los relatos catequéticos de la creación dejó plasmada esta realidad: luz y tinieblas sometidas o, si queremos decirlo más suavemente, regidas por el ritmo de la rotación. Leemos que Dios llamó a la luz, día; y a la oscuridad, noche: "En el principio creó Dios los cielos y la tierra... Dijo Dios: Haya luz, y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad; y llamó Dios a la luz día, y a la oscuridad la llamó noche" (Gn 1,1-3).

Es a causa de esta alternancia entre día y noche, entre luz y tinieblas, que Salomón considera incluso absurdo establecer una comparación entre la luz digamos natural, y la Luz infinitamente radiante que emana de la Sabiduría de Dios. Ésta no está sujeta a ningún ritmo o rotación, no conoce la noche ni las tinieblas. Además no está sujeta al desgaste natural que supone toda expansión energética.

Tales consideraciones del monarca preparan el acontecimiento único y decisivo que ha marcado de forma indeleble a la humanidad: la encarnación en el mundo de la luz de Dios. Luz que tiene un nombre: Jesús de Nazaret. Él mismo anuncia a toda la humanidad que es la luz del mundo, la que no conoce ocaso, la que no está sometida a ningún ritmo de oscuridad, noche o tiniebla. Hecha esta proclamación, anuncia una nueva y espectacular noticia: Todo aquel que le siga no estará aprisionado por las tinieblas, sino que las someterá bajo sus pies: "Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8,12).

Con este anuncio, está proclamando que todos sus discípulos, a lo largo de la historia, serán vencedores de las tinieblas porque serán constituidos hijos de su luz, de su sabiduría. Hasta tal punto es ésta una promesa cierta y real que, de la misma forma que se autoproclama: Yo soy la luz del mundo, proclama que también sus discípulos son esa misma luz: "Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa" (Mt 5,14-15).

El apóstol Pablo recoge este anuncio inaudito de Jesucristo y nos lo transmite partiendo del acontecimiento de la creación. Nos recuerda que la primera palabra pronunciada por Dios sobre el caos y las tinieblas iniciales fue ¡hagamos la luz! Con esta primera fase de la creación dio comienzo el curso vital de la historia.

Dicho esto, nos propone un símil extraordinario. Dice que el mismo Dios que creó la luz poniendo las tinieblas en su lugar, nos ha dado, por medio de su Hijo, la luz del Evangelio; él brilla en el corazón de los que lo acogen. Todo discípulo lleva la Luz del Hijo en su espíritu porque su santo Evangelio la contiene en su interior. Escuchemos al apóstol: "No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús. Pues el mismo Dios que dijo: De las tinieblas brille la luz, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo" (2Co 4,5-6).

El apóstol amplía este mismo enunciado en su carta a los Efesios. Les recuerda que un día fueron hijos de las tinieblas, las cuales llevan consigo sus propias obras. Ahora les hace tomar conciencia de la dignidad que han adquirido gracias a Jesucristo en quien han creído. Ya no son hijos de las tinieblas con sus frutos de muerte, sino de la luz con sus frutos de vida: "Porque en otro tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad. Examinad qué es lo que agrada al Señor, y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas..." (Ef 5,8-11).