TALLER DE ORACIÓN

ADMIRADOS POR LA PALABRA

Por Julia Merodio

Estamos de estreno y en todos los estrenos hay un personaje, que deslumbra por encima de los demás. En el argot actual diríamos que es alguien a quien, por votación popular, se le designa: “El Oscar al mejor…”

Pero todos quedamos sorprendidos al comprobar que, este Oscar ha recaído sobre: Una mujer, joven, de pueblo, sencilla, desconocida, sin cultura ni bienes… pero que fue elegida para la misión más importante que, podrá conocer la humanidad y, supo llevarla a cabo de la manera más admirable. Su nombre: María. Y, ya veis: María, que daba paso a la Navidad, que era su autora, vuelve a deslumbrar estrenando un tiempo nuevo, una etapa nueva, “un año de gracia del Señor”

De ahí que, el primer día del año celebremos a: María Madre de Dios. Pero a este día, se le ha añadido otra connotación, es el día de: La Jornada Mundial de la Paz. Seguro que no ha sido casual que, algo tan importante, se haya unido en una misma fecha.

Por eso, si queremos que en nuestro corazón anide la Paz, tendremos que acercarnos a la Madre, portadora de su mensajero: Jesús; que vino al mundo para hacer el bien, para liberar, para bendecir, para sanar, para dejarnos el mejor regalo que podamos conocer: La PAZ que brota del amor.

SOMOS CONSTRUCTORES DE PAZ

Resulta asombroso observar cómo han pasado más de 2000 años desde que Jesús vino a la tierra, a traernos la Paz y, sin embargo, las guerras de todas las clases se suceden en familias, comunidades, pueblos, naciones... Es probable que esto suceda porque los hombres, todavía, no hemos aprendido a pacificarnos, a sanarnos, a serenarnos; y entendemos mal lo que de verdad significa el que Dios nos haya confiado el don de la paz.

Sin embargo, quien mejor entendió, vivió, regaló a todos este don de la paz… fue María. Por algo la iglesia señaló, como digo anteriormente, el primer día del año dedicado a “María Madre de Dios”, como la jornada mundial de la Paz.

Si hay algún título que, a la Madre, le guste de forma especial es el de “Reina de la Paz”. Por eso hoy, quiere dejarnos una palabra, algo personal a cada uno de nosotros; y nos dice: cuento contigo para que en el mundo haya paz.

Cuento contigo, joven, para que sin perder tu alegría, tu desenfado, tu altruismo, seas constructor de paz en un mundo cargado de violencia. Cuento contigo joven, porque yo he sido joven y he apostado por la juventud. En vuestras manos está el siglo XXI. Vosotros sois responsable de que empiece bien; vosotros sois responsables de cimentarlo en roca firme; vosotros sois responsables de abriros a un futuro de: libertad, amor y fraternidad.

Y también cuento con vosotros, padres, que habéis decidido formar una familia. Cuento con vosotros porque tenéis una misión importante que cumplir. Tenéis que ser constructores de paz, enseñando a vuestros hijos para que también lo sean.

Pero sabed que, la paz, se adquiere en el día a día, en la donación, en el perdón y requiere un aprendizaje, lo mismo que lo requiere el perdón.

La paz la encontrarás, viviendo en armonía contigo mismo y para ello tendrás que empezar por pacificarte tú, por aceptarte como eres, por guardar un tiempo para el silencio, por aceptar tu vida bajo la mirada de Dios.

La paz tendrás que construirla en el diálogo, la escucha, la aceptación de los demás con sus limitaciones; en la tolerancia, en la fe hacia los otros… La paz se solidifica en el amor. Si de verdad amas, no perderás los nervios, cuidarás tus salidas de tono y sobre todo medirás tus palabras hirientes que llegan como dardos a los otros.

La paz se sostiene cuando vives desde la verdad de tu corazón, pues sólo la verdad es capaz de derribar discordias y rencores.

Para ello no escatimes esfuerzos. Si sonríes, sonríe sin fingir; si hablas, hazlo sin dañar; si extiendes tu mano al pobre, hazlo con la mayor generosidad; y si tienes que perdonar una ofensa, no lo pienses dos veces, abre tu corazón, perdona, y empezarás a notar lo sabroso que es el fruto de la Paz.

PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL

Durante estos días, aunque no nos resulte fácil, vamos a guardar un tiempo para el silencio; vamos a ponernos ante el Dios de la vida y vamos a hacernos una reflexión personal:

Estamos ante un nuevo año. Me parece un momento especial para hacer un balance del año que ha terminado:

¿Qué hechos destacaría del año que ha transcurrido?

- ¿Con cuáles me quedaría?

- ¿Cuáles no me hubiera gustado que ocurrieran?

- Si lo creéis oportuno podéis hace una lista para recordarlos.

- No los etiquetéis en positivos y negativos. Ellos son parte vuestra; todos os

pertenecen. ¡Acogedlos!

- Después presentadlos ante el Señor para que Él los acoja.

• Toda esa realidad que, forma ya parte de mí:

- ¿Me sosiega o me quita la paz?

- ¿Qué signos de paz descubro en mi vida?

- ¿Y en mi entorno?

• Ahora dedico unos momentos a silenciarme y voy dejando que poco a poco, mi alma se vaya inundando de paz.

• Después me fijo en María. Observo su semblante.

- Miro cómo su rostro trasmite la paz que la inunda.

- Recorro el evangelio y busco, esos momentos, en que la Madre se ha destacado por su serenidad y su confianza en Dios.

- Y, para terminar, tomo el compromiso, delante del Señor, de ser constructor de paz, allá donde me ha tocado vivir.

ORANDO POR LA PAZ

Señor:

En este momento, en que Tú vuelves a nacer en cada uno de nosotros, por puro amor; queremos traer a tu presencia todos los desastres que siguen acaeciendo en nuestro mundo y que desbordan nuestra capacidad.

Queremos poner en tus manos todas las víctimas que tras cualquier desorden, tras cualquier dolor, tras cualquier incomprensión… estén sufriendo; ponemos ante Ti, también, a sus familiares, amigos, conocidos...

Hoy, más que nunca, observamos nuestra pobreza, Señor.

Tú nos has regalado el don de la paz y, desgraciadamente, nosotros lo manipulamos, lo rechazamos y lo sustituimos por violencia y guerra.

Bien sabes, que nos justificamos diciendo que la paz, es tarea de las grandes potencias, de Organismos internacionales, tarea de los Gobiernos, de las ciudades; pero, en el fondo, sabemos bien que la paz ha de fraguarse en el seno de la familia y anidar en el corazón de la persona.

Por eso, en este momento, junto a Ti, que eres capaz de transformar en sublimes las situaciones más caóticas, te pedimos que hagas realidad en nuestra vida y en la vida de todos los seres humanos las enseñanzas que nos dejaste en tu evangelio:

“No devolváis mal por mal,

haced el bien a los que os odian,

bendecid a los que os maldicen,

y rezad por los que os persiguen... (Mateo 5, 38 – 43)

TODO SE HIZO POR LA PALABRA

Dios y se ha instalado entre los hombres. “Un niño nos ha nacido...” Pero el pesebre es un sitio provisional. Hasta el momento solamente unos pastores y algunas gentes de los alrededores conocen la noticia; mas Él, no ha venido para unos pocos, Él ha venido para todas las personas, de todos los continentes y a ellos quiere dirigir lo mejor de su ser.

San Juan, discípulo privilegiado, nos lo brinda de esta admirable manera:

“En el principio existía la Palabra

y la Palabra estaba junto a Dios,

y la Palabra era Dios” (Juan 1,1-5)

Estaba lejos de mi residencia habitual cuando acudí a la iglesia a compartir la eucaristía con la gente de aquel pueblo.

Ese día, todo era nuevo para mí: la iglesia, las personas, el sacerdote, el monaguillo -que daba alegría al altar-… Me sentía mucho más receptiva y cercana, que en otras ocasiones, a lo que estaba sucediendo. Al llegar el momento de las lecturas, alguien subió al ambón para proclamar la Palabra de Dios.

Esta es la carta de amor que, Dios nos manda hoy a cada uno de los que nos encontramos aquí – pensé -. Seguro que algo importante tendrá que decirme.

Mis oídos y mi ser estaban abiertos al mensaje. Al comprobar que la lectura venía del profeta Isaías, escuche con más interés. El profeta Isaías nunca defrauda; siempre es nuevo y directo; siempre llega al corazón.

Lo que escuché no podía dejarme indiferente:

“Como la lluvia y la nieve caen del cielo, y sólo vuelven allí después de haber empapado la tierra; así será la Palabra que sale de mí boca: no volverá a mí de vacío, sino que cumplirá mi voluntad y llevará a cabo mi encargo” (Isaías 55, 10 – 12)

Allí estaba La Palabra y las palabras no podían ser más oportunas. Ni la lluvia regaba hoy la tierra ni la Palabra de Dios los corazones.

Ciertamente, estamos en tiempo de sequía – me dije –

Al llegar a casa me senté para interiorizar y plasmar mis pensamientos que se habían quedado grabados en mí, como dardos.

Empecé a preguntarme:

Señor, ¿qué está pasando?

¿Qué estamos haciendo con lo que nos has dado?

¿Por qué te relegamos hasta el último lugar?

En ese rato de contemplación miraba la tierra sin agua; la veía reseca, cuarteada, abierta…

Observaba los ganados sin agua en los abrevaderos; el campo sin pasto, las fuentes vacías…

Pensaba lo que era la vida del ser humano sin agua, el calor sofocante sin tener para beber, la sed imperiosa sin un vaso de agua para refrescar la boca…

Sin agua, veía todo árido y seco. La vida perdía su fuerza, los frutos, para el alimento, escaseaban y había grandes impedimentos para que la naturaleza volviese a florecer.

Eso mismo pasa con la Vida de dentro – me dije – La Palabra de Dios sale de su boca pero no llega a la gente.

• ¿Acaso, hoy, los jóvenes hablan normalmente de Dios en sus

conversaciones?

• ¿Acaso se lee en las familias la Palabra de Dios?

• ¿Escuchan los hijos en casa hablar del Evangelio?

Incluso, los que vamos con frecuencia a la iglesia tendríamos que preguntarnos.

• ¿Qué tiempo dedicamos a leer la Palabra de Dios?

• ¿La leemos con asiduidad?

• ¿Oramos con ella?

• ¿La hacemos vida en nosotros?

Si no lo hacemos así ¿Volverá, la Palabra, vacía a Dios? Creo que sería muy triste que, por no cumplir la voluntad del Señor, dejásemos que su Palabra volviera a Él sin haber cumplido su encargo.

PERO, EN LA PALABRA ESTABA LA VIDA

Pocas veces nos paramos a observar la vida que hay en las palabras y sin embargo nuestra existencia esta plagada de momentos que lo demuestran.

Dios creo al ser humano con unas palabras: “Hagamos al hombre”. Dios toma la condición humana con unas palabras: “Concebirás y darás a luz un hijo”. Jesús nos salva con unas palabras: “Nadie me quita la vida. Yo la doy”. La persona humana da la vida con un Sí quiero; manera de sellar un compromiso. Todos tenemos un nombre: y esa palabra, con la que todos te identifican, contiene tu vida…

Pero la vida hay que vivirla. Dios nos creo con una palabra, pero necesitó derramar su sangre para redimirnos.

María fue portadora de salvación al pronunciar unas palabras, pero necesitó pasar por cada acontecimiento que le deparó la vida hasta llegar al Calvario con su hijo. Nosotros con comprometimos con unas palabras pero tenemos que vivir nuestra realidad pasando por unos hechos desconocidos que se nos van presentando.

Con un “Sí quiero” nos casamos; pero, hacer una familia cuesta mucho esfuerzo y el sacramento dura toda la vida. Con un “Sí a Dios” es sellado un sacerdote; pero tendrá que seguir repitiendo ese sí, día a día, pues será sacerdote hasta la eternidad.

No todos nos situamos ante la vida de la misma manera.

Hay quien ama la vida y, las palabras que salen de su boca, ayudan a vivir; mas, hay otras personas que, sin embargo, quieren morir. Sus palabras son de derrota y abatimiento. Debemos comprender su dolor o ayudarles a salir del hoyo en que se encuentran.

Hay jóvenes que dicen “querer vivir la vida a tope”; pero cuando se encuentran frente a ella, no les gusta demasiado, por lo que no les importa destrozarla a base de cosas llamativas, alcohol, droga, diversión incontrolada… Tampoco les importa, segar la primera vida que se les pone delante, con esa palabra hiriente, para sentirse más fuertes. Ellos no miden lo que dicen, y sus mensajes reflejan el odio que hay en su corazón. Quizá no han encontrado a nadie que les enseñase a amar, regalándoles amor.

Sin embargo, encontramos otras personas que entregan la vida por los demás. Sus palabras son gratuidad. Son “dulces como la miel”; son, como nos lo dice la palabra de Dios: fecundas… y hacen que muchos despechados empiecen a saborear y a amar su existencia.

También hay palabras que iluminan. Ellas son capaces de mandar ese destello de luz, que muestra el camino por el que se debe seguir. Son, ese faro luminoso, que brilla en mitad de la noche dejando ver con nitidez, todo aquello que nos rodea; son, las que nos ayudan a ser capaces de vencer nuestra oscuridad, para introducirnos en la, única Luz verdadera: Cristo.

“En ella estaba la vida

y la vida era la luz de los hombres,

y la luz brilla en las tinieblas,

y las tinieblas no la vencieron,

porque la Palabra, era la luz verdadera

que, ilumina a todo hombre” (Juan 1, 4 – 10)

LA VIDA DE LAS PALABRAS

No puede estar más claro. En la Palabra de Dios estaba la vida. Ella lo encierra todo, lo contiene todo, lo abarca todo… De su plenitud, todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque, la ley se dio por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

Cuando me paro a contemplar esta realidad, no puedo dejar de sorprenderme ante la grandeza de corazón de aquellas personas, que fueron capaces de creer en lo que, veladamente, se les estaba diciendo, sin más apoyos que su fe en quien lo decía.

Me imagino que las palabras les llegarían con “autoridad”, como dice el evangelio. Sin embargo, esta realidad parece quedar lejos de nosotros. En el mundo donde vivimos, ocurre todo lo contrario. A la gente la creemos muy poco; escuchamos con recelo y obramos con escepticismo.

Los debates televisivos, las noticias prometedoras, las “medallas” que se imponen a sí mismos… dejan, cada vez, más indiferentes a la mayoría de las personas. Promesas incumplidas, mentiras revestidas de verdad, certezas a medías para tapar lo que no gusta… hace que se vaya creando un clima que no atrae demasiado.

No obstante hemos inventado programas de televisión, llenos de palabras huecas, donde los mensajes se entrecruzan para insultar, donde la gente usa sus palabras para difamar al de al lado, donde la palabra sirve para comerciar con la vida de las personas…

Después de ver lo que se airea, creo que empiezo a entender por qué a las personas nos cuesta tanto acoger la verdadera Palabra.

Vemos cómo la gente pasa de ella. No nos interesa, no podemos permitir ponernos ante una palabra que cuestiona, que profundiza, que reprende, que pide esfuerzo… No podemos consentir que lleguen hasta nosotros palabras que denuncian nuestra forma de vivir, que nos piden vivir de manera distinta a la hemos elegido, que nos hacen profundizar en lo que hemos tratado de esconder porque no nos atraía demasiado…

Pero, os aseguro que, la Palabra de Dios es otra cosa. La palabra de Dios es tranquilidad para la vida y sosiego para el corazón. La Palabra de Dios llena la existencia, es… medicina que sana las enfermedades del cuerpo y las del alma.

“Al mundo vino y el mundo no la conoció.

Vino a los suyos y los suyos no la recibieron.

Mas a cuantos la recibieron

les dio poder para ser hijos de Dios” (Juan 1,10 – 13))

SOMOS PALABRA DE DIOS

La Palabra se ha encarnado, habita entre nosotros, hemos contemplado su gloria y sigue manifestándose y actuando en cada uno de nosotros.

Es un don, demasiado grande, como para guardárnoslo sin mostrarlo a los demás. Son demasiadas las recomendaciones del evangelio como para que no actuemos con coherencia. “Lo que habéis recibido gratis, gratis habéis de darlo”

Dios escribe en nuestra vida todo eso quiere comunicar a cada uno de sus hijos. Somos –signos de su amor- y de ello, queramos o no, daremos cuenta.

No podemos pasar por alto esta responsabilidad porque nos exija más esfuerzo del que, realmente, estemos dispuestos a dar.

Cuando hablemos, hablemos palabra de Dios, como nos dice S. Pablo; pero no sólo este lenguaje es valido. Existe, además, un lenguaje que entiende todo el mundo: es el lenguaje de las obras. Hablemos con nuestra manera de vivir. Seamos Palabra de Dios con nuestro comportamiento. ¿Acaso cuesta tanto regalar alegría?

Tenemos que llevar a nuestro mundo la Palabra de Dios.En mundo ávido de la “verdadera Palabra”. Hemos de ofrecérsela:

• Dando un poco de nuestro tiempo a los demás.

• Escuchando a los que nadie escucha.

• Entrando en el mundo del silencio, de los sin voz, de los que les obligan a callar porque interrogan demasiado, de los que no tienen nada que decir… y seamos para ellos Palabra.

• Seamos, el eco, de ese Dios que se ha hecho carne, para salvar a toda la humanidad.

PARA LA ORACIÓN PERSONAL

Para la oración personal te invito a escoger un lugar solitario. Después, toma conciencia de que Dios está contigo y empieza leyendo la Palabra de Dios. Puedes tomar el texto del evangelio de Juan en el capítulo primero.

Empieza observando la grandeza de poder comunicarte; pero, sobre todo, el honor de que sea el mismo Dios, el que quiere comunicarse contigo.

Según vas dándote cuenta de ello, ve dando gracias a Dios por tan gran don y ve contemplando el momento de la creación en el que, Él mismo, con su Palabra, va dando vida a todas las cosas.

• ¿Qué habría pasado si Dios no hubiera pronunciado esas palabras? Nos lo dice el mismo Juan “Nada de lo existe hubiera existido”

• ¿Qué sería de nosotros si no existiera nada?

Vemos que la Palabra de Dios es creadora:

• ¿Y la nuestra?

Tomo conciencia de cómo son mis palabras.

• Vivo agradeciendo o sólo tengo palabras de queja a cualquier cosa que se me presenta.

• ¿Qué palabras brindo a los que viven conmigo?

• ¿Son de alabanza? ¿Les ayudan a sentirse valorados?

• ¿O son palabras que hunden y hacen sufrir?

Tomo el compromiso de revisar y cuidar, de manera especial, mis palabras.

TAMBIÉN BRILLAN LAS PALABRAS

Acabamos de orar con el tema: La Palabra. Hemos visto que en ella está la vida. Hemos visto que la Palabra estaba en Dios, porque ella era Dios. Hemos visto que todo se hizo por ella. Pero, nos faltaba darnos cuenta de que, la Palabra, era la luz verdadera que alumbra a todo ser humano. Y, Ella brilló en la tiniebla, aunque la tiniebla no quiso recibirla.

En esta etapa de la historia, la luz es algo imprescindible y sorprendente. ¿Qué sería un pueblo, una ciudad, una capital sin luz? Todo dejaría de funcionar: electrodomésticos, cocinas, ascensores, quirófanos… hospitales, bancos, aeropuertos, servicio marítimo… Todo depende de la electricidad.

Existen también grandes espectáculos de luz y sonido que todos admiramos por su belleza y suntuosidad.

Pero nosotros hablamos de otra clase de luz. De la que no cuesta, de la que se regala. Es la Luz que recibimos con la Palabra.

Una conversación, una frase, una mirada… te dan luz para saber como tienes que obrar; te puede decir lo que está pasando en otra parte del mundo; te aclara unos hechos ante los que hay que dictar una sentencia… Por eso en esta era de los grandes progresos la gente sabe idiomas, hace crucigramas, desenmascara jeroglíficos, difíciles de descifrar, da luz a hechos que parecían ocultos… Sin embargo, a mí me sorprende que, teniendo tanta luz y tantos adelantos, no sepamos ver la vida; apreciar los mensajes que nos manda; leer su contenido…

¡Ay si fuésemos capaces de leer la vida en clave de evangelio!

¡Ay si fuésemos capaces de leerla desde Dios!

¿Será esto debido a que no leemos su Palabra?

Lo mismo, que apunta San Juan en su prólogo, el mundo de hoy no lleva a Dios implícito en sus palabras; por eso son pocos los que lo reconocen.

El mundo de hoy usa palabras más sugerentes:

Habla de eficacia, de diversión, de riqueza, de prestigio…

No nos importa el que en esas palabras haya más o menos luz.

Las aceptamos sin pararnos a pensar que todo eso llena el cuerpo y vacía el alma. Son como un dulce que se toma de forma compulsiva, pero sólo sirve para tener un momento de placer y el cuerpo hinchado en los días siguientes.

Sin embargo la Palabra de Dios es distinta.

Es una Palabra suave, dulce… que empapa el alma; proporciona la paz, el sosiego, la dicha…

¡Qué bien nos lo dice Anselm Grün!: “Hay que dejar que la palabra descienda de la cabeza al corazón”

PARA LA ORACIÓN PERSONAL

Dios se ha manifestado. Por eso os invito a contemplar el paso de Dios por nuestra vida.

Traemos a la mente el nacimiento de Jesús. Lo observamos.

Lo contemplamos sin ninguna prisa. Lo interiorizamos.

Después podemos hacernos estas preguntas:

• Si me encontrase arrodillado ante el recién nacido:

¿Qué haría? ¿Qué le diría? ¿Qué le ofrecería?

• Si pensase en llevar un regalo para Jesús:

¿Qué le llevaría?

¿Sería algo íntimo, o simplemente, le llevaría algo costoso para quedar bien?

• Si tuviera que abrir “mi saco”:

¿Qué sacaría? ¿Mi familia? ¿Mis hijos? ¿Lo que tanto me cuesta dar?¿Mi

intimidad?...

Contemplo la luz de Dios:

• ¿Me dejo iluminar por ella, o tan sólo me atrae?

• ¿Desprendo luz allá donde me encuentro?

En mi camino, también aparecen estrellas que seducen:

• ¿Soy capaz de discernir cuáles me conducen a Dios?

• Cuando la descubro: ¿Tengo, como los Magos, la valentía de seguirla?

Para terminar pidamos a Dios que nos inunde de la verdadera y auténtica Luz, que es Él mismo.