LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: EL CORAZÓN CANSADO

Por Antonio Pavía, Misionero Comboniano

"Es un hálito del poder de Dios, una emanación pura de la gloria del Omnipotente, por lo que nada manchado llega a alcanzarla" (Sb 7,25).

A continuación, Salomón hace una descripción de la Sabiduría que, al menos indirectamente, se relaciona con la creación del hombre. Al afirmar que la Sabiduría es un soplo del poder creador de Dios, nos remitimos a que el hombre fue creado también por un soplo suyo (Gn 2,7). Cuando a continuación enuncia que es una emanación pura del Omnipotente, lo mismo podemos decir del ser humano en el sentido de que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,27).

A la luz de esta realidad, deducimos con enorme alegría que el ser humano ha sido creado para integrarse en y con la sabiduría de Dios. La calidad de esta integración, que en términos de fe llamamos comunión, está en proporción directa con la calidad del conocimiento y relación que el hombre tiene con El.

En términos que nos podamos entender mejor, decimos que Dios ha dado al hombre un corazón sediento de infinitud y totalidad, y que esta sed solamente la puede colmar y saciar su Sabiduría que, a fin de cuentas, es Él mismo. En este contexto cobra actualidad la experiencia fascinante de búsqueda de Dios hecha por san Agustín, y que le llevó a decir: Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón solamente descansará en ti.

Dios es descanso del alma, lo es no sólo en tiempos en que el cristiano es perseguido o azotado por humillaciones e injusticias, sino también en el desgaste normal que provoca la misma vida. La experiencia de este descanso la vemos reflejada con frecuencia en las Escrituras. Escuchemos, por ejemplo, la confesión o quizá más bien el deseo del salmista: "Oh Dios, tú eres mi Dios, yo te busco, mi alma tiene sed de ti, mi carne tiene ansia de ti como tierra seca, agotada y sin agua. Como en el santuario te veía al contemplar tu poder y tu gloria..." (SI 63,2-3).

Profundicemos en las experiencias espirituales de algunos de los muchos personajes de fe que jalonan la historia del pueblo santo de Israel, y que inciden en el desgaste que supone para todo hombre vivir alejado de la sabiduría de Dios. Éstos perciben dentro de sí un desgarramiento interior que les provoca ansiedad e insatisfacción. Jeremías supo plasmar magistralmente esta anomalía o ansiedad del corazón con el siguiente enunciado: "El corazón es lo más retorcido; no tiene arreglo: ¿quién lo conoce?" (Jr 17,9).

Este que podríamos llamar desarreglo o desorden, tiene un origen y un nombre: la soledad del hombre. Creado para emparentar con la sabiduría, como dice Salomón, y que a fin de cuentas supone participar de la gloria de Dios, el hombre, aun cuando consiga tener el mundo entero a sus pies, sin Dios está existencialmente solo. Podríamos decir que aun en sus abundancias, sobrevive de mala manera porque una herida recorre su corazón y su alma: la soledad. Ésta carcome su aparentemente existencia deslumbrante.

Nos puede ayudar a comprender mejor la imparable decadencia de un corazón existencia1mente solo y por lo tanto incompleto, escuchando la lamentación que el profeta Isaías proclama acerca de Babilonia. Es aplicable a todo espíritu y corazón que ha camuflado sus carencias con sus soberbias y vanidades. Isaías atribuye la caída y ruina de Babilonia al orgullo de su corazón, una prepotencia sin límites que le llevó a proclamar: ¡yo y nadie más! "Te sentías segura en tu maldad, te decías: "Nadie me ve." Tu sabiduría y tu misma ciencia te han desviado. Dijiste en tu corazón: ¡Yo, y nadie más!" (Is 47, 10)

El mismo estilo literario --la elegía-- utiliza Baruc para dar a conocer al pueblo de Israel cuál ha sido la causa de su decadencia, de su nueva esclavitud, por qué están en el destierro: El abandono de la fuente de la Sabiduría que hizo que su corazón ya no pudiera reconocer al Dios que le eligió e hizo de él un pueblo fuerte y poderoso. Escuchémosle: "¿Por qué, Israel, por qué estás en país de enemigos, has envejecido en un país extraño...? ¡Es que abandonaste la fuente de la sabiduría! Si hubieras andado por el camino de Dios, habrías vivido en paz eternamente" (Ba 3,10-13).

Sin embargo, la denuncia del profeta abre paso a la esperanza. Dios no se olvida de su pueblo, lo que quiere decir que no se olvida de nadie. A causa de este convencimiento, Baruc invita, aprende, exhorta con vehemencia a su pueblo a volver a abrazarse a la Sabiduría: ella es su luz y su gloria, es inseparable de su ser y existir como pueblo elegido. Oigámosle: "Vuelve, Israel, y abrázala, camina hacia el esplendor bajo su luz. No des tu gloria a otro, ni tus privilegios a nación extranjera. Felices somos, Israel, pues lo que agrada al Señor se nos ha revelado" (Ba 4,2-4).

Hemos visto cómo el corazón del hombre está incompleto si no está abrazado a la sabiduría de Dios. Dado que esta deformidad alcanza a la humanidad entera, la misma sabiduría de Dios decidió encarnarse y, desde su ser Emmanuel -Dios con nosotros-, nos hizo y nos hace a todos esta invitación: "Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados y yo os daré descanso..." (Mt 11,28-30).