Domingo Segundo después de Navidad
4 de Enero de 2009

La homilía de Betania


1.- SABIDURÍA ES MÁS QUE CIENCIA

Por Gabriel González del Estal

2.- LOS HIJOS DE LA LUZ

Por Antonio García-Moreno

3.- UNA OBRA DE AMOR Y DE VIDA

Por José María Maruri, SJ

4.- DIOS VIENE A NOSOTROS, ¿SABREMOS ACOGERLE?

Por José María Martín OSA

5.- LA PALABRA ACAMPÓ ENTRE NOSOTROS

Por Gustavo Vélez, mxy

6.- ¡CAMBIEMOS…Y A MEJOR!

Por Javier Leoz

7.- “UN SILENCIO SERENO LO ENVOLVÍA TODO”

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


LA DIGNIDAD QUE NOS CONFIERE LA NAVIDAD

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- SABIDURÍA ES MÁS QUE CIENCIA

Por Gabriel González del Estal

1.- Muchas veces empleamos estas dos palabras indistintamente, pero no significan lo mismo. La ciencia es el conjunto de conocimientos adquiridos mediante la observación y el estudio, en cambio la palabra “sabiduría” hace referencia a un conocimiento más profundo de la realidad, tiene más que ver con la conducta y el comportamiento, con una sabia manera de relacionarnos con Dios y con el prójimo. Una persona puede ser sabia, aunque sea inculta. Todos hemos conocido a personas con poca cultura, pero con una gran capacidad de discernimiento y de consejo, personas a las que no hemos tenido inconveniente en llamar sabias. La ciencia la podemos adquirir con esfuerzo y constancia, la sabiduría es un don de Dios. Debemos pedirle todos los días al Señor que nos conceda el don de la sabiduría, para saber comportarnos como auténticas criaturas e hijos de Dios y como auténticos hermanos de todas las personas.

2.- En la primera lectura, del libro del Eclesiástico, la sabiduría está personificada en una criatura a la que Dios creó antes de todos los siglos. Es una criatura que abre su boca en la mismísima asamblea del Altísimo, a la que el Creador del Universo ordenó que habitara en el pueblo de su heredad, en Israel. Los cristianos siempre hemos identificado la Sabiduría con Cristo, al que el Padre envió a nuestro mundo para que residiera en su Iglesia y en el corazón de cada uno de los creyentes. Y ese es ahora el privilegio y la responsabilidad de la Iglesia de Cristo y de cada uno de nosotros, los cristianos. Si Cristo no es el alma de nuestra Iglesia, si no nos dejamos dirigir y gobernar por el Espíritu de Cristo, no somos Iglesia de Cristo, aunque seamos personas muy cultas y sabihondas. La Iglesia es sabia cuando habla por boca de la Sabiduría, por boca de Cristo. En estos días de adviento, debemos a pedir al Señor que la Sabiduría viva y eche raíces en cada uno de nosotros, para que podamos comprender y hacer realidad el mensaje de conversión y esperanza, propio de este tiempo litúrgico. Tenemos que saber comprender y discernir en cada momento cuál debe ser nuestro comportamiento cristiano en cada una de las circunstancias y momentos de nuestra vida. Sólo así podremos ser, en verdad, porción y heredad del Señor.

3.- Esta segunda lectura, de la carta a los Efesios, ya la hemos comentado en otras ocasiones. Leámosla hoy, una vez más, con humildad y sabiduría. Debemos creer, y actuar en consecuencia, que Dios nos llama a la santidad y que a la santidad sólo llegaremos a través del amor. De un amor echo de humildad, de fortaleza, de generosidad, de conversión, como predicaba a las gentes Juan el Bautista. De un amor, en definitiva, que quiere ser una copia lo más exacta posible del amor de Cristo.

4.- También hemos comentado ya, en el día de Navidad, este texto del prólogo del evangelio de San Juan. Aunque lo leamos y lo meditemos mil veces no vamos a agotar la verdad y la profundidad teológica que este texto encierra. Cristo es la Palabra encarnada de Dios, es vida, es luz. Nosotros somos la casa a la que Cristo quiere entrar y en la que Cristo quiere quedarse a vivir. Cristo quiere ser la Vida de nuestra vida, quiere ser la Luz que guíe nuestro caminar, quiere acampar entre nosotros, los cristianos, en su Iglesia. ¿Estamos dispuestos nosotros a recibirle de verdad, con todas las consecuencias?


2.- LOS HIJOS DE LA LUZ

Por Antonio García-Moreno

1.- Santos e irreprochables.- "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo en Cristo con toda clase de bendiciones..." (Ef 1, 3) La segunda lectura de hoy nos presenta una de esas doxologías que brotan a menudo en los escritos paulino. Momentos en los que el Apóstol se siente lleno de gratitud hacia Dios y exclama gozoso alabando la bondad y el poder divinos. Bendice al Padre precisamente porque él nos ha bendecido con toda clase de bendiciones. Ante la repetición del verbo bendecir nos podemos preguntar sobre el sentido y significado del mismo. Bendecir equivale a decir bien. Aplicado al hombre respecto de Dios viene a significar que el hombre habla bien de Dios, reconoce su dignidad divina y la proclama. Y lo mismo que una blasfemia ofende al Señor, una alabanza le honra. Si maldecir a Dios es un pecado gravísimo, alabarle y bendecirle es un modo de darle culto y ensalzarle.

Cuando la bendición la formula Dios su significado es distinto, al menos en cierto sentido. Supone también unas palabras benevolentes hacia la persona bendecida. Pero al mismo tiempo esas palabras, en el caso de ser pronunciadas por el Señor, realizan esos bienes que se expresan, ya que Dios, a diferencia de los hombres, dice y hace. Así toda bendición divina se identifica con una promesa que, tarde o temprano, será cumplida. Por eso San Pablo, al considerar cuántos bienes nos han llegado con Cristo, no puede por menos que dirigirse a Dios para bendecirle, para proclamar su grandeza infinita.

Dios nos ha elegido, se ha fijado en nosotros, nos ha preferido a otros muchos, mejores quizá que nosotros. Una elección que se remonta al principio, y aún más allá, de los tiempos. Una elección que ha permanecido y sigue permaneciendo, haciéndonos objeto de la misericordia divina. Ante esta elección y preferencia no podemos por menos que sentirnos agradecidos, y deseosos de corresponder lo mejor que podamos al favor divino, que nos ha sido otorgado con tanta liberalidad y tan sin mérito alguno por parte nuestra.

Esa elección tiene como objetivo que seamos santos e irreprochables en su presencia. Hombres que se esfuerzan por cumplir, en todo y siempre, los planes divinos de salvación y redención, también cuando no hay otro testigo que Dios, callado e invisible. Vivir persuadidos sin cesar de la presencia del Señor y tratar, por encima de lo que sea, de hacer su voluntad. Y todo eso tan sólo por amor a Dios, sin interés alguno, sin buscar ningún provecho personal.

2.- Los hijos de Dios. Hay quien ha dado al Prólogo del evangelio de San Juan el nombre de obertura, porque lo mismo que esa parte inicial de una obra musical, trata de alguna forma los temas principales de todo el evangelio. Así nos habla del Verbo de Dios, o Hijo Unigénito del Padre, que se hace hombre y habita entre nosotros, para revelarnos todo aquello que ha de conducirnos a la vida eterna. Nos comunica también que somos hijos de Dios, gracias únicamente al poder y a la bondad de Dios. Estas son, en cierto modo, las dos vertientes fundamentales que se destacan en este célebre pasaje evangélico: Jesucristo, Dios y hombre verdadero, es la revelación del Padre, y todo aquel que cree en Él recibe el don divino y gratuito de la filiación divina.

Podríamos decir que sólo con eso ya estaría más que justificada la veneración multisecular que la Iglesia ha tenido hacia esta página evangélica, mantenida en la liturgia de la Santa Misa, durante mucho tiempo, como una bendición que cerraba con broche de oro el ritual del Sacrificio incruento de Cristo. Prueba de esa veneración es que todavía hoy, en contra de lo que suele hacerse para evitar la repetición de los mismos pasajes evangélicos, se lee también en otras celebraciones de la Eucaristía, como ocurre en la Misa del día de Navidad.

Aparte de las ideas que hemos señalado como principales, hay además otras verdades que San Juan, de forma poética, nos transmite. Nos dice que por medio de la Palabra todo ha sido hecho El Verbo de Dios como causa eficiente y ejemplar de toda la creación Luego, ya casi al final de la pericona, nos revela que la gracia y la verdad nos han venido por Jesucristo, de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Lo mismo que en la primera creación, también ahora se verifica la renovación del hombre y del mundo entero, como en una segunda y nueva creación, gracias al Verbo de Dios, a la Palabra que se hace carne, al Hijo de Dios que se hace hombre para morir en una Cruz por salvarnos.

También nos habla de la Luz y de las tinieblas, de ese forcejeo que en un combate cósmico se libra entre el Bien y el mal, para terminar con la victoria final de Dios, pues las tinieblas nunca podrán apagar ni extinguir la Luz, esa que brilla y alumbra a todos los hombres para que descubran la huella de Dios y le sigan hasta el final. Partícipe de esa Luz era el Bautista que, como hace la aurora con el día, anunciaba la llegada de Cristo, Luz del mundo. Con un deje de tristeza nos refiere San Juan que vino Dios a los suyos y que los suyos no le recibieron. Es la tragedia del pueblo escogido que no fue capaz de vislumbrar al Mesías, prometido desde antiguo, en Jesús de Nazaret, a pesar de sus palabras y, sobre todo, de sus obras. Pero no todos le rechazaron. Hubo muchos judíos que vieron y creyeron en Cristo, le recibieron y le aceptaron, le amaron con toda el alma. Esos judíos, -entre los que destaca Juan-, así como cuantos creen en Cristo, sean de la raza que sean, esos son los hijos de la Luz, los hijos de Dios.


3.- UNA OBRA DE AMOR Y DE VIDA

Por José María Maruri, SJ

1.-En todo el mundo se han ido haciendo reservas naturales en maravillosas regiones de montes y valle, pobladas de toda clase de preciosos animales, regadas por limpios arroyos plagados de peces. Pues el Verbo y Palabra de Dios, que estaba desde el principio de Dios y era Dios, y por el que fueron creadas todas las cosas en las que dejó su impronta de belleza como describe San Juan de la Cruz:

Mil gracias derramando

Pasó por estos sotos con presura

Y yendolos mirando

Con sola su figura

Vestidos los dejó de su hermosura.

Ese Señor pudo convertir el Paraíso, el Edén en reserva natural vigilada por ángeles conde la humanidad viviera una vida idílica y hubiera sido un gran plan.

2.- También es una idea genial de un arquitecto japonés Imai Kenji, con materiales destrozados u quemado por la bomba atómica de Nagasaki, levantar en lo alto de una colina dos inmensos mosaicos, el del amor, contra el odio, y el de la esperanza contra la desesperanza de un futuro.

Trozos de porcelana de platos, braseros, floreros, soperas, porcelana roto y destrozada, forman aquel rojo de amor y verde-blanco esperanza que parece iluminar a toda la ciudad.

Pues el Verbo de Dios, nos sigue narrando San Juan, luz verdadera vio este mundo cubierto de tinieblas, como aquel día de Nagasaki en el que el humo amenazaba apagar al sol.

El que era la vida vio todo cubierto de muerte y sangre, como aquellos cadáveres que el río arrastraba al mar entre aguas ensangrentadas y sucias, como banco de monstruos marinos victimas de un odio sin límites.

Y ese Verbo de Dios que es vida para todo hombre que viene a este mundo, decidió como el arquitecto japonés, hacer del odio y la muerte una obra de amor y de vida.


4.- DIOS VIENE A NOSOTROS, ¿SABREMOS ACOGERLE?

Por José María Martín OSA

1.- "La Palabra era vida y la vida es la luz de los hombres". El evangelista se dirige a una comunidad de cultura griega, que conoce muy bien lo que significa en la filosofía el término "logos", palabra. Es el origen y culmen del universo, es lo que da sentido a todo. El logos es Jesús, que se encarna por nosotros. Pero vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, prefirieron las tinieblas a la luz. Hoy día sigue viniendo a nosotros, ¿por qué no sabemos reconocerlo? Es verdad que celebramos la Navidad, pero más que Navidad son "navidades" en las que es muy difícil identificar la presencia del Niño-Dios. Porque las luces nos deslumbran y no descubrimos la auténtica "luz", porque estamos llenos de cosas que nos impiden profundizar en nuestro interior para descubrirle, porque nos hemos quedado en la envoltura y no hemos descubierto el tesoro que encierra. Hace poco recibí por correo esta "carta" de Jesús:

"Como sabrás, se ha celebrado de nuevo mi cumpleaños. Todos los años se hace una gran fiesta en mi honor y este año ha sucedido lo mismo. En estos días la gente hace muchas compras, hay anuncios en la radio, en la televisión y en todas partes no se habla de otra cosa que de la fiesta de mi cumpleaños. La verdad, es agradable pensar que, al menos un día al año, algunas personas piensan un poco en mí. Como tú sabes hace muchos años que empezaron a festejar mi cumpleaños. Al principio era una forma de comprender y agradecer lo mucho que hice por ellos, pero me da la impresión de que hoy día pocos saben para qué lo celebran. La gente se reúne y se divierte mucho, pero no sabe de qué se trata. Recuerdo que este año, al llegar el día de mi cumpleaños, hicieron una gran fiesta en mi honor. Había cosas muy deliciosas en la mesa, todo estaba decorado y recuerdo que había también muchos regalos; pero, ¿sabes una cosa? Ni siquiera me invitaron. Yo era el invitado de honor y ni siquiera se acordaron de invitarme. La fiesta era para mí, y cuando llegó el gran día me dejaron fuera, me cerraron la puerta... y yo quería compartir la mesa con ellos. La verdad es que no me sorprendí porque en los últimos años casi todos me cierran la puerta. Yo quiero celebrarlo, todavía hay tiempo, ¿me abrirás tu la puerta para que entre? Estás todavía a tiempo"

2. - La revelación fundamental del evangelio del día de Navidad, el prólogo de San Juan, es que a todos aquellos que le reciben "Dios les da poder para ser hijos suyos". A todos aquellos que son capaces de acogerlo en su corazón, Dios les regala su gracia, que se desborda generosamente. Dios ha querido estar dentro del mundo, no fuera. La gráfica imagen que el evangelista utiliza para describir la encarnación de Dios en el hombre es la de "acampó entre nosotros". No hay derecho a echar a Dios de nuestro mundo, El esta presente en nuestra vida. Es absurdo decir Dios sólo habita en el cielo, pues El ha querido encarnarse en nosotros. ¿Para qué? No tengo ninguna duda: para enseñarnos a amar. Dios se humaniza, como dice San Agustín, para hacernos a nosotros divinos.

3.- Una persona me envió un mensaje de Navidad, que es sobre todo una súplica. Creo que aclara la manera en que tenemos que acoger al Dios que se encarna en nuestras vidas: "En breve va a nacer un niño y será huérfano si no lo adoptas. Me gustaría que lo acogieses en tu hogar junto con tu familia. Tendrá que hacer una limpieza general y quitar trastos para hacerle sitio. Retirar el egoísmo, el consumismo, la comodidad, la soberbia, el encerrarse en uno mismo, el orgullo, la mentira, la indiferencia ante los problemas y alegrías de los demás, la envidia, la cizaña, la rutina, las excusas... Necesitará que creas en El y en lo que puede hacer a través de ti. Con este frío no se te olvide con un tejido muy cálido llamado AMOR, que cuanto más lo repartas a quienes te rodean, más calentito estará. Por cierto, sólo te dejará dormir si siembras PAZ cada día, pues si se te olvida llorará mucho. Pero en el fondo, ya verás como será la alegría de la casa. Gracias por ayudar a que este niño tenga un hogar en tu corazón. ¡Su vida depende de ti!".


5.- LA PALABRA ACAMPÓ ENTRE NOSOTROS

Por Gustavo Vélez, mxy

“En el principio ya existía La Palabra y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios”. San Juan, cap. l.

1.- Los evangelistas evangelios sinópticos buscan, para hilar su relato, las catequesis de la Iglesia primitiva. Juan se ciñe además a sus recuerdos.

Cuenta con precisión "lo que he visto y oído" y luego desarrolla en amplios párrafos sus memorias. Lo que a través de su larga vida ha descubierto en la persona del Maestro.

Los tres primeros Evangelios abundan en milagros, en hechos y dichos del Señor. El cuarto sólo relata siete signos y algunos discursos, más elaborados quizás, que insisten sistemáticamente en ciertas ideas principales.

"En el principio ya existía la Palabra y la Palabra era Dios": Así comienza el prólogo de este cuarto Evangelio, revelándonos a Jesús como Palabra del Padre. Podríamos añadir: Manifestación, expresión, revelación del Padre.

Algunos afirman que esta página nos llega de un himno que se usaba en la primera comunidad cristiana, para alabar a Jesucristo.

2.- Hoy a nosotros, luego de muchas traducciones, san Juan nos dice que Jesús es el Verbo del Padre. Y al comparar esta expresión con el lenguaje diario, comprendemos que nuestras palabras son el ropaje de nuestros pensamientos. Pero a la vez su habitación, sus alas, su disfraz y su cárcel.

Nunca podremos entonces lograr la forma plena, un método del todo eficaz que revele al hermano nuestras ideas y nuestros sentimientos. Nacen los sustantivos y de inmediato necesitan un verbo que los lleve de la mano, los proteja y los oriente. Llaman en su ayuda al adjetivo, que los marca y los singulariza. Pero enseguida, para no traicionar el pensamiento, invocan al adverbio. Piden exactitud a las preposiciones, se dan la mano por medio de las conjunciones.

3.- Cuando Dios se hace hombre, Jesucristo se presenta cómo la Palabra del Padre, pero una palabra definitiva, absoluta e inmensa que resuena sobre el universo, declarándonos el amor sustancial de Dios. Resuena en los ambientes de aquel tiempo y hemos de hacerla resonar entre nosotros, hasta los confines de la tierra.

Aparece Jesús de Nazaret como hijo de mujer, hermano, peregrino, visitante que acampa entre nosotros, necesitado, vecino, compañero de viaje.

La luz de Dios se revela en Jesucristo. Pero también se opaca. De lo contrario no la podrían soportar nuestros ojos.

Aquel día la Sabiduría de Dios se redujo a esquemas humanos: Al idioma arameo, al culto israelita, a la geografía de Palestina, al paisaje de Galilea, a la escuela de Nazaret, a la historia que enseñaba por las tardes Rabí Isacar, añorando el pasado.

La bondad de Dios, para llegar a nuestro entendimiento, se vistió de formas humanas. Su belleza se ocultó detrás de la hermosura limitada del mundo, de las cosas.

4.- Desde entonces el Creador comenzó a hacerse presente en todos los signos que delatan amor y bondad. En la simpatía de un rostro amable, de un gesto oportuno, de una mirada comprensiva. Por todo ello podemos afirmar que Jesús es la Palabra del Padre.

San Juan comprendería todo esto mejor que nosotros: “En el principio ya existía la Palabra y la palabra estaba junto a Dios”. “La palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”.

5.- Para los cristianos de hoy esa Palabra del Altísimo resuena en la conciencia de cada creyente. Pero también en la liturgia de la Iglesia y en la comunidad cristiana. Escuchémosla.


6.- ¡CAMBIEMOS…Y A MEJOR!

Por Javier Leoz

Seguimos marcando los primeros compases del año cuando, la Palabra de Dios, nos invita a seguir recreándonos, recibiendo, contemplando, cantando y expresando el acontecimiento de estos días: ¡HA NACIDO EL SALVADOR!

1.- Ojala, durante los próximos doce meses, ese nacimiento no lo olvidemos y sea causa de nuestra renovación personal y social. Muchos nubarrones nos asolan y, la Buena Nueva –como dijo el Papa Benedicto XVI en la audiencia del 17 de diciembre, puede ser una buena aliada para enfrentarnos a esta situación de crisis que invade y acecha nuestra felicidad. Para poner las cosas en su sitio, al hombre, a Dios…

Por eso, hermanos, hay que estar siempre en disposición de búsqueda. Próximamente, en la fiesta de la Epifanía, contemplaremos cómo tres personajes, solidariamente y en la misma dirección, averiguaban en medio de muchas dudas e inconvenientes la huella de Dios en un pequeño nacido en Belén.

A partir de ahora, también nosotros, hemos de procurar –más allá de las ocupaciones y zancadillas - ir al encuentro de Aquel que se encarnó en medio de nosotros. Entre otras cosas porque, esa búsqueda, producirá en nosotros un deseo de vida, una ilusión por caminar y otras tantas motivaciones para seguir adelante.

2.- La Navidad, además de conmovernos, ha de situarnos ante nuestra propia vida. La llegada de un niño tambalea, condiciona, alegra y hasta altera la dinámica de un hogar: todo gira en torno a él. Con Jesucristo ocurre algo parecido. Ha venido para quedarse en medio de nosotros, para acampar junto a nosotros y para llenarnos e inundarnos de su luz. ¿Cómo no vamos hacer lo posible por buscarle cuando, el Señor, nos trae un haz de luz?

Y, si Dios, nos ha dado un Niño, a partir de este momento estamos llamados a cuidarlo. A intentar, por todos los medios, que nuestra vida sea agradable para El. En definitiva a cambiar en lo que tengamos que cambiar y hacer de nuestra Iglesia, de nuestra familia, de nuestra existencia un lugar confortable para que Jesús pueda manifestarse y ser creíble por nuestras palabras y obras. ¿Seremos capaces?

Una familia, ante la llegada de un niño, no queda paralizada por el acontecimiento. Por el contrario; se pone en movimiento, en pie. Y, cuando el niño llora, se le acuna; y cuando tiene hambre, se le ofrece alimento y cuando tiene frío o calor, se le abriga o se le quita la ropa.

Con Jesús también ocurre lo mismo; llora cuando nuestra vida cristiana va en dirección contraria a su Palabra; siente frío cuando ve que perdemos los sentimientos de solidaridad o de paz; está hambriento, cuando malgastamos por el camino fuerzas entregadas al mal y no esfuerzos para el bien.

3- ¿Qué vamos hacer con este Niño que nos ha nacido? ¿Cambiaremos en algo? Un Niño se nos ha dado. Ha llenado nuestras casas de luces y de colores; por El hemos saboreado dulces y nos hemos deseado la paz en multitud de idiomas. ¿Qué falta entonces? Ni más ni menos que procurar que, ese Niño, lejos de palidecer, crezca vigorosamente en nuestro interior. En nuestra vida cristiana. Que así sea. ¡FELIZ NAVIDAD! ¡DIOS HA NACIDO!

4.- VINISTE AL MUNDO, SEÑOR

Acompáñanos en la hora de incertidumbre,

y que nunca desaparezca de nuestros labios

un canto de alabanza y gratitud por tu llegada.

VINISTE AL MUNDO, SEÑOR

Y, sin comprenderlo ni entenderlo muy bien,

sólo sabemos que ha merecido la pena

que estamos menos solos que antes

que, nuestra soledad, es la tuya

y que, nuestras inquietudes, ya desde pequeño

van contigo en ese rostro que, hoy por amor,

y en el calvario con pasión,

mira al hombre desde el amor.

VINISTE AL MUNDO, SEÑOR

Y en el silencio, sigue hablando tu amor

Y en la oscuridad, sigue brillando la estrella

Y en el portal, sigues esperándonos

Y en la humildad, sigues enseñándonos

el camino preferido para encontrar a Dios

VINISTE AL MUNDO, SEÑOR

Para hacernos redescubrir el encanto de creer

y el encanto de amor

la ilusión de esperar y la alegría de vivir

VINISTE AL MUNDO, SEÑOR

Y, por venir hasta nosotros,

nos sentimos afortunados y dichosos:

¡Nunca nos había ocurrido algo parecido!

¡No te vayas, Señor!

¡Quédate junto a nosotros, Señor!

¡Deja que sigamos adorando tu divinidad!

¡Permite que te dejemos los dones

de nuestra fe, esperanza y caridad!

¡VINISTE AL MUNDO, SEÑOR!

Y, desde que has llegado,

este mundo ha encontrado una ventana

que nos abre de nuevo a la esperanza y a la paz.

Gracias, Señor: ¡HAS VENIDO…Y NOS BASTA!


7.- “UN SILENCIO SERENO LO ENVOLVÍA TODO”

Por Ángel Gómez Escorial

1.- No sé si os habéis apercibido bien de la antífona de entrada de esta misa del Domingo Segundo de Navidad. Es un bellísimo texto del Libro de la Sabiduría. Lo voy a releer si os parece bien. “Un silencio sereno lo envolvía todo, y, al mediar la noche su carrera, tu Palabra todopoderosa, Señor, vino desde el trono real de los cielos”. Es una descripción muy bella de esos momentos del Nacimiento del Niño Dios. Se hizo la paz y el silencio en el universo para mejor ver llegar al Hijo de Dios. O, al menos, así lo interpreto yo. Deciros también que este domingo es como un reflejo –un eco dicen algunos—de la fiesta de la Navidad. Y así muchos de los textos que se reflejan en la celebración de hoy son los mismos de la Natividad. Y, sinceramente, creo que es muy buena esta “segunda oportunidad”, por si hace unos días se nos pasaron algunas cosas de la celebración del Nacimiento de nuestro Salvador. Y quiero comentar también, antes de referirme a las lecturas de este día, que hay algo de fuerte contenido cósmico en el Nacimiento del Niño Jesús. Dios se hacía hombre y la creación entera debía estar expectante ante ese hecho extraordinario. Es posible que el ámbito del género humano sea limitado, pero no así otros ámbitos y otras dimensiones. El tiempo de calmó, se “paró” un poco. Se esperaba el milagro… con un silencio sereno. ¿No es emociona todo esto? ¿No os hace volar un poco hacia lo eterno o, al menos, hacia la inmensidad del universo?

2.- Y, en cierto modo, la estela de lo que acabo de decir se aprecia en el fragmento que hemos escuchado del Libro del Eclesiástico. Es el camino de la Sabiduría divina para establecerse en el pueblo de Dios. Y ojalá esa Sabiduría viviera en medio de esta humanidad de hoy que tantos problemas tiene y que tanto se aleja de la bondad y de la serenidad. Sin embargo, llegó hace más de dos mil años y sigue entre nosotros. Deberíamos ser capaces de apreciar su presencia y aprender. La segunda lectura os ha sonado, claro. El fragmento de la Carta de Pablo de Tarso a los Efesios es un himno litúrgico de gran belleza que hemos oído muchas veces. Pero lo importante de esas palabras está en que Dios nos eligió en la persona de Cristo para ser hijos adoptivos de Él y eso por los méritos de Jesucristo. Es algo muy importante. Somos hijos de Dios y eso nos tendría que llenar de gozo en todas las horas del día. El Evangelio, como en la Misa del Día de Navidad, es el prólogo del Evangelio de San Juan. Bellísimo texto de unas resonancias poéticas de primera magnitud, pero que contiene la verdad trinitaria revelada. Cuando tengamos dudas sobre ese Dios Familia que es la Trinidad Santísima no tenemos más que leer el texto que acabamos de escuchar.

3.- Vamos pasando los días en este bendito tiempo de Navidad. Pasado mañana, el martes, celebramos la Fiesta de la Epifanía es que no es otra cosa que la Manifestación de Dios a los hombres. Quedan pocas horas para ese momento, que celebraremos dentro de la sana algarabía de los niños que han recibido sus regalos. Pero todo está relacionado. La Palabra está entre nosotros y debemos de adorarla. Preparémonos, una vez más, para llegar el martes al Portal del Belén con nuestros mejores regalos, con nosotros mismos, con nuestra vida –con cosas buenas y malas—para ofrecérsela a ese Niño que nos ha nacido.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


LA DIGNIDAD QUE NOS CONFIERE LA NAVIDAD

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Cuando releía el texto del evangelio de San Juan propio de la misa de hoy, que recordaréis coincide con el de la misa del mediodía del día de Navidad, se me han ocurrido dos cosas. En primer lugar he recordado un texto de San Bernardo abad sobre las de la Virgen Madre. Es una composición preciosa. Si queréis leerla podéis pedir a alguna persona que rece habitualmente la Liturgia de la horas que os preste por un rato el oficio de lectura correspondiente al día 20 de diciembre. Allí la encontraréis.

Se dirige el santo a la Virgen como si fuera un espectador del momento de la Anunciación. Un espectador que anima a la protagonista o un confidente, que sabiendo lo que está sucediendo, pretende con sus palabras infundirle coraje.

-Mira que el ángel aguarda tu respuesta porque ya es tiempo de que se vuelva al Señor que le envió.

2.- Esperamos nosotros… se pone entre tus manos el precio de nuestra salvación… Por la Palabra eterna de Dios fuimos todos creados, y a pesar de eso morimos, mas por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos para ser llamados de nuevo a la vida. Esto te lo suplica el triste Adán, desterrado del paraíso con toda su miserable posteridad. Esto Abrahán, esto David con todos los santos antecesores tuyos…

Y no sin motivo aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados…

Da pronto tu respuesta. Responde presto al ángel, o por mejor decir, al Señor por medio del ángel. Responde una palabra y recibe otra Palabra; pronuncia la tuya y concibe la divina; emite una fugaz palabra y acoge la eterna…

Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Creador. Mira que el deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta. ¡Ay sí, deteniéndote en abrirle, pasa adelante y después vuelves con dolor a buscar al amado de tu alma! Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento.

“He aquí, dice la Virgen, la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”

Pienso ahora que tal vez os podría haber copiado el texto exacto, para que gustarais la belleza y la audacia del santo místico, pero creo que si deseáis no os costará demasiado conseguirlo de cualquier sacerdote que podáis conocer. Di tu palabra afirmativa para recibir la Palabra personal divina. He aquí el misterio de la Encarnación, del que se deriva el acontecimiento de la Natividad.

Porque si buscáis en el Catecismo de la Iglesia, este maravilloso compendio que debería llamarse “Enciclopedia manual cristiana” encontraréis muy pocas referencias a la Navidad. La profundidad trascendente de este hecho, radica en el momento sublime en que la Palabra divina se humaniza en el seno de Santa María, acontecimiento que celebramos el día 25 de marzo.

3.- Advertidlo bien. Podrían suprimirse las reuniones familiares, las cenas copiosas, el turrón, los villancicos y los belenes, y nada trascendente se perdería. Es suficiente y enriquecedor que el Dios hecho hombre permanezca entre nosotros. Triste es en cambio la tan frecuente realidad de comilonas, encuentros de lo que a veces se llaman familias, sin saber en realidad de qué entidad se trata, ya que padres se encuentran con hijos a los que no acompañan sus consortes, sino compañeras o amantes, provisionales u ocasionales. Chiquillos desconcertados sin hitos referenciales para crecer en el amor. Hijas solitarias, desgajadas de su esposo, tal vez tratando de injertarse en nuevos compañeros. Débiles uniones que en nada reflejan la fidelidad, el amor y la riqueza espiritual, que introdujo la llegada al mundo de Dios, para matrimoniar perpetuamente con la humanidad. Por más cantos y banquetes que se celebren, bebidas que se consuman, bailes y gritos aparentemente alegres que se oigan, dejarán a la postre un sentimiento de insatisfacción.

4.- Creo yo, mis queridos jóvenes lectores, que es preciso reinventar la Navidad. A vosotros os toca conseguirlo. Tareas más difíciles se han conseguido con éxito. Pienso en la joven Juana de Arco que fue capaz de apartar de los ejércitos la retahíla de mujeres que acompañaban a la tropa para satisfacer instintos, e inexplicablemente lograr poner final en poco tiempo, a una guerra que los varones no habían conseguido acabar en cien años. Y Francisco, el de Asís, hombre de juergas y peleas, que cambió su vida y cambió la de Europa entera, con sus intuiciones y aventuras religiosas.

Para que enraíce Cristo, germine y crezca, es preciso un gran saco de silencio interior, una mochila llena de audacia y una cantimplora rebosante de Gracia.