La Epifanía del Señor
6 de enero de 2009

La homilía de Betania


1.- TE PIDO QUE ME HAGAS NIÑO

Por José María Maruri, SJ

2.- NOSOTROS CREEMOS AÚN EN LOS REYES MAGOS

Por Gabriel González del Estal

3.- LA FE TRANSFORMA NUESTRAS VIDAS Y NOS HACE SOLIDARIOS

Por José María Martín OSA

4.- UNA ESTRELLA PARA CADA UNO DE NOSOTROS

Por Antonio García-Moreno

5.- VENID, ADORÉMOSLE

Por Gustavo Vélez, mxy

6.- ¡FE PARA OCCIDENTE!

Por Javier Leoz

7.- LA ESTRELLA QUE CONDUCE A BELÉN

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


EPIFANIA

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- TE PIDO QUE ME HAGAS NIÑO

Por José María Maruri, SJ

1.- Este pasaje lleno de emoción de San Mateo ¿es una historia real o es un cuento de niños? Yo diría que es un cuento del Niño Dios a los niños del Reino. Mateo hace teología al modo oriental enseñando a sus coetáneos que ese niño ante el que se postran hombres venidos de lejanas tierras es el mismo de que habla Isaías. Y al mismo tiempo les enseña lo mismo que Juan va a decir en el prólogo de su evangelio: “Que vino a los suyos (los judíos) y no le recibieron”. Ninguna autoridad religiosa o civil se postra ante el Niño Dios, sólo aquellos Magos venidos del Oriente.

Mateo hace Teología, y sea dicho con perdón la Teología es necesariamente “ciencia de los niños”, de esas gentes sencillas y humildes, de esos pequeños, de esos niños a los que el Padre les revela los infinitos misterios guardados por siglos eternos en su corazón de Dios: “Te doy gracias, Padre, porque has revelado estas cosas a los sencillos y humildes”.

Para entender y entrar en el Reino de los cielos tiene que hacerse como niños, ni puede entrar nadie que no nazca de nuevo comenzando por ser niño otra vez. La Teología no cabe en programas de computadoras, se estudia de rodillas, como los Magos se pusieron ante el Niño.

2.- Hoy es el día de las estrellas. Día de la ilusión del que cree en lo maravilloso, del que entiende el asombro que hay en aquel dicho japonés: “Cuando una flor nace, el universo entero se hace primavera. Día del que sabe apreciar la grandeza de lo pequeño. Del que no desprecia la luz vacilante de la estrella de la Fe, y sabe aceptar en un Niño a Dios, y con alegría se pone a sus pies y le entrega todo lo que tiene, como los magos.

Cuántos hombres han querido ver a Dios a la luz del sol de media día y no han conseguido más que quemarse la retina sin caer en la cuenta que Dios es demasiada luz para que quepa en nuestro entendimiento, y que necesitamos de la mediación de la estrella de la Fe para llegar a El sin abrasarnos. A veces decimos que nos falta Fe, lo que nos falta es sencillez de niño para aceptar la estrella que lleva a Dios, y aceptar a Dios bajo la forma de Niño.

3.- San Ignacio nos diría que nos metiéramos en el portal como un esclavito indigno, quizás venido con los Magos y que hablemos con el Niño Dios: “Señor, también yo vengo caminando por el desierto de la vida tratando de seguir la estrella de la Fe, que se me oculta con frecuencia. Y sin embargo aquí me tienes creyendo en Ti como en mi Dios. No me da vergüenza admitirlo, aunque muchos lo nieguen.

Yo no tengo nada que ofrecerte como estos Reyes. Sólo te entrego en propia mano mi carta a los Reyes. Como eres pequeño y no sabes leer te digo lo que pongo en ella: Te pido que me hagas niño. Niño que se confíe totalmente a su Padre, Dios. Niño que crea y espere en ti sin límites. Niño, que pase por el mundo dando cariño y sonrisas, y confiando en que hay todavía bondad en los hombres de buena voluntas”.

Agranda la puerta, Padre,

Porque no puedo pasar.

La hiciste para los niños,

Yo he crecido a mi pesar.

Si no me agrandas la puerta,

Achícame por piedad.

Vuélveme a la edad bendita,

En que vivir es soñar.


2.- NOSOTROS CREEMOS AÚN EN LOS REYES MAGOS

Por Gabriel González del Estal

1 .A una persona ingenua o demasiado optimista la descalificamos, a veces, diciendo que “aún cree en los Reyes Magos”, mientras que de un chaval despierto y crítico solemos decir que “este ya no cree en los Reyes Magos”. Pero en el caso de nuestra fiesta de hoy no se trata de eso. Para nosotros, creer hoy en los Reyes Magos es creer en la ternura de los padres hacia sus hijos, del esposo hacia la esposa y viceversa, de los amantes, de los amigos, de cualquier persona que quiere sorprender y demostrar a otra su amor y su cariño. Creer en los Reyes Magos también es creer en el valor de la solidaridad y de la ayuda desinteresada hacia personas, grupos o pueblos que están muy necesitados de ayuda. De hecho, en torno a los días de la Navidad se celebran todos los años campañas de recogida de alimentos, juguetes y dinero para ayudar a los que, por sí mismos, no pueden defenderse. Todo esto, y mucho más que se hiciera, no sólo es bueno, sino que es necesario, dentro de nuestra creencia cristiana, si queremos ser fieles al mandamiento del amor que nos dio Jesús de Nazaret. Porque, en definitiva, para nosotros, los cristianos, creer en los Reyes Magos es creer en el amor.

2.- Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo. Esto lo dijeron unos sabios paganos, no judíos, que, sorprendidos primero y guiados después por la gran luz de una estrella, buscaban al Rey de los judíos que acababa de nacer. La ambición y la astucia de un rey despótico y cruel quiso interponerse en su camino, pero la luz de la estrella no les abandonó. Al ver, de nuevo, la estrella, se llenaron de inmensa alegría y, al ver al niño con María, su madre, cayeron de rodillas y lo adoraron, ofreciéndole regalos. Yo creo que Dios nos manda, una y muchas veces, su estrella, su luz, a cada uno de nosotros; lo importante es que nosotros nos dejemos guiar por la Luz de Dios, que venzamos las dificultades personales y sociales que una y otra vez se interponen en nuestro caminar. Debemos ser buscadores Dios, de un Dios que no se deja nunca encontrar del todo, porque su Luz es inmensa, pero que quiere que sigamos siempre buscándole, y siempre adorándole, y siempre regalándole nuestros mejores propósitos y nuestras menos malas acciones. También esto es creer en los Reyes Magos.

3.- Sobre ti amanecerá el Señor. El profeta Isaías se refiere en este texto a la ciudad de Jerusalén, la ciudad donde está construido el gran templo, la ciudad del gran Rey. Hacia ella, dice el profeta, caminarán muchos pueblos, con sus camellos y dromedarios, llevando incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor. Los comentaristas cristianos siempre han encontrado en este texto una clara premonición del viaje de los Reyes Magos a Belén, según el evangelio de Mateo. Nosotros podemos sustituir la palabra “Jerusalén” por la palabra “Jesús de Nazaret” y nuestro deseo es que hacia nuestro Cristo confluyan pueblos numerosos, proclamando a la luz del Cristo las alabanzas del Señor. Esto, ahora, va a depender, principalmente, de la palabra y, sobre todo, de la vida de los discípulos del Cristo; de nosotros, los cristianos.

4.- También los gentiles son coherederos. Nosotros también somos los gentiles a los que el Niño de Belén quiso manifestarse en este día de la epifanía del Señor. La Iglesia de Cristo es católica, es decir, universal; en ella cabemos todos, sin distinción de razas, lenguas o lugares. Así lo proclamó San Pablo, en esta carta a los Efesios, y así queremos proclamarlo nosotros, los cristianos, en el día de hoy. La fe en Cristo nos hace a todos hermanos, hijos del mismo Dios. Comportémonos como lo que somos, extendiendo la fraternidad cristiana hasta los últimos rincones del mundo. Guiados siempre por la luz de nuestro Salvador. Él debe ser nuestra única estrella.


3.- LA FE TRANSFORMA NUESTRAS VIDAS Y NOS HACE SOLIDARIOS

Por José María Martín OSA

1.- La fe mueve a los Magos. Venían de lejos, pero les reunió la búsqueda de la verdad. Para los ellos todo son contradicciones, pero se sobreponen a todas ellas. No ven nada. Todo les sale mal. Se ríen de ellos. Los toman por unos soñadores...Herodes quiere aprovecharse de ellos para llevar a cabo su plan malicioso. Sin embargo, ellos siguen firmes en su creencia: la estrella no puede ser otra que la del Mesías. Hasta que se hacen con Él, y se convierten en modelo de todos los creyentes. La Fe, recibida como el gran don de Dios, puede costarnos a nosotros lo mismo que a ellos. Muchas veces resulta costoso el creer. Sobre todo, cuando a nuestro alrededor no vemos sino a gentes con dudas; a muchos que rechazan la Iglesia de Cristo; a tantos que presumen de estar al día porque no les interesa Dios; a los que viven muy bien porque rechazan toda ley divina y humana... Pero en medio de todas las dificultades, nosotros sabemos repetir cada vez más seguros: -¡Creo, Señor! María, la gran creyente, desempeña un papel relevante en la intención del Evangelista. José, el hombre callado y servicial, no aparece en este evangelio. Sin embargo, sabemos que su papel también fue fundamental, pues él también creyó y colaboró con el plan de Dios. La Madre-Virgen es la que ofrece su Hijo a los Magos. La que lo pone en nuestras manos también. La que nos lo da, siempre que acudimos a Ella. Los Magos, peregrinos de la Fe. Los Magos, generosos con Jesucristo. Los Magos, acogidos por María y José ¡Qué ricos de Fe que vinieron! Y por eso Dios se manifestó a ellos, les reveló su presencia. Dios nace para todos los hombres y todos los pueblos, su mensaje de salvación es universal.

2.- La fe debe movernos al compromiso. Podemos imaginar que el encuentro con el Niño-Dios transformó sus vidas. Nada nos dice el Evangelio, pero seguro que encontraron la explicación a sus dudas y a sus investigaciones y desde entonces orientaron de forma diferente sus vidas. También para nosotros esta Navidad tiene que ser distinta. Lo que hemos vivido estos días debe tener su continuidad. Jesús comenzó una andadura que culminó en la cruz y la Resurrección. En su largo camino nos enseñó una sola cosa: “lo importante es amar”. Y lo demostró curando a los enfermos, consolando a los tristes, perdonando a los pecadores, dando vida al que estaba muerto. Este mensaje lo entendió muy bien “el cuarto rey” de esta leyenda. Se encontró a Jesús en el camino, pues estaba en todos aquellos que necesitaban su ayuda y él les ayudó:

3.- Cuenta una leyenda rusa que fueron cuatro los Reyes Magos. Luego de haber visto la estrella en el oriente, partieron juntos llevando cada uno sus regalos de oro, incienso y mirra. El cuarto llevaba vino y aceite en gran cantidad, cargado todo en los lomos de sus burritos. Luego de varios días de camino se internaron en el desierto. Una noche los agarró una tormenta. Todos se bajaron de sus cabalgaduras, y tapándose con sus grandes mantos de colores, trataron de soportar el temporal refugiados detrás de los camellos arrodillados sobre la arena. El cuarto Rey, que no tenía camellos, sino sólo burros buscó amparo junto a la choza de un pastor metiendo sus animalitos en el corral de pirca. Por la mañana aclaró el tiempo y todos se prepararon para recomenzar la marcha. Pero la tormenta había desparramado todas las ovejitas del pobre pastor, junto a cuya choza se había refugiado el cuarto Rey. Y se trataba de un pobre pastor que no tenía ni cabalgadura, ni fuerzas para reunir su majada dispersa.

Nuestro cuarto Rey se encontró frente a un dilema. Si ayudaba al buen hombre a recoger sus ovejas, se retrasaría de la caravana y no podría ya seguir con sus Camaradas. El no conocía el camino, y la estrella no daba tiempo que perder. Pero por otro lado su buen corazón le decía que no podía dejar así a aquel anciano pastor. ¿Con qué cara se presentaría ante el Rey Mesías si no ayudaba a uno de sus hermanos?

Finalmente se decidió por quedarse y gastó casi una semana en volver a reunir todo el rebaño disperso. Cuando finalmente lo logró se dio cuenta de que sus compañeros ya estaban lejos, y que además había tenido que consumir parte de su aceite y de su vino compartiéndolo con el viejo. Pero no se puso triste. Se despidió y poniéndose nuevamente en camino aceleró el tranco de sus burritos para acortar la distancia. Luego de mucho vagar sin rumbo, llegó finalmente a un lugar donde vivía una madre con muchos chicos pequeños y que tenía a su esposo muy enfermo. Era el tiempo de la cosecha. Había que levantar la cebada lo antes. posible, porque de lo contrario los pájaros o el viento terminarían por llevarse todos los granos ya bien maduros.

Otra vez se encontró frente a una decisión. Si se quedaba a ayudar a aquellos pobres campesinos, sería tanto el tiempo perdido que ya tenía que hacerse a la idea de no encontrarse más con su caravana. Pero tampoco podía dejar en esa situación a aquella pobre madre con tantos chicos que necesitaba de aquella cosecha para tener pan el resto del año. No tenía corazón para presentarse ante el Rey Mesías si no hacía lo posible por ayudar a sus hermanos. De esta manera se le fueron varias semanas hasta que logró poner todo el grano a salvo. Y otra vez tuvo que abrir sus alforjas para compartir su vino y su aceite.

Mientras tanto la estrella ya se le había perdido. Le quedaba sólo el recuerdo de la dirección, y las huellas medio borrosas de sus compañeros. Siguiéndolas rehizo la marcha, y tuvo que detenerse muchas otras veces para auxiliar a nuevos hermanos necesitados. Así se le fueron casi dos años hasta que finalmente llegó a Belén. Pero el recibimiento que encontró fue muy diferente del que esperaba. Un enorme llanto se elevaba del pueblito. Las madres salían a la calle llorando, con sus pequeños entre los brazos. Acababan de ser asesinados por orden de otro rey. El pobre hombre no entendía nada. Cuando preguntaba por el Rey Mesías, todos lo miraban con angustia y le pedían que se callara. Finalmente alguien le dijo que aquella misma noche lo habían visto huir hacia Egipto.

Quiso emprender inmediatamente su seguimiento, pero no pudo. Aquel pueblito de Belén era una desolación. Había que consolar a todas aquellas madres. Había que enterrar a sus pequeños, curar a sus heridos, vestir a los desnudos. Y se detuvo allí por mucho tiempo gastando su aceite y su vino. Hasta tuvo que regalar alguno de sus burritos, porque la carga ya era mucho menor, y porque aquellas pobres gentes los necesitaban más que él. Cuando finalmente se puso en camino hacia Egipto, había pasado mucho tiempo y había gastado mucho de su tesoro. Pero se dijo que seguramente el Rey Mesías sería comprensivo con él, porque lo había hecho por sus hermanos.

En el camino hacia el país de las pirámides tuvo que detener muchas otras veces su marcha. Siempre se encontraba con un necesitado de su tiempo, de su vino o de su aceite. Había que dar una mano, o socorrer una necesidad. Aunque tenía temor de volver a llegar tarde, no podía con su buen corazón. Se consolaba diciéndose que con seguridad el Rey Mesías sería comprensivo con él, ya que su demora se debía al haberse detenido para auxiliar a sus hermanos.

Cuando llegó a Egipto se encontró nuevamente con que Jesús ya no estaba allí. Había regresado a Nazaret, porque en sueños José había recibido la noticia de que estaba muerto quien buscaba matarlo al Niño. Este nuevo desencuentro le causó mucha pena a nuestro Rey Mago, pero no lo desanimó. Se había puesto en camino para encontrarse con el Mesías, y estaba dispuesto a continuar con su búsqueda a pesar de sus fracasos. Ya le quedaban menos burros, y menos tesoros. Y éstos los fue gastando en el largo camino que tuvo que recorrer, porque siempre las necesidades de los demás lo retenían por largo tiempo en su marcha. Así pasaron otros treinta años, siguiendo siempre las huellas del que nunca había visto pero que le había hecho gastar su vida en buscarlo.

Finalmente se enteró de que había subido a Jerusalén y que allí tendría que morir. Esta vez estaba decidido a encontrarlo fuera como fuese. Por eso, ensilló el último burro que le quedaba, llevándose la última carguita de vino y aceite, con las dos monedas de plata que era cuanto aún tenía de todos sus tesoros iniciales. Partió de Jericó subiendo también él hacia Jerusalén. Para estar seguro del camino, se lo había preguntado a un sacerdote y a un levita que, más rápidos que él, se le adelantaron en su viaje. Se le hizo de noche. Y en medio de la noche, sintió unos quejidos a la vera del camino. Pensó en seguir también él de largo como lo habían hecho los otros dos. Pero su buen corazón no se lo dejó. Detuvo su burro, se bajó y descubrió que se trataba de un hombre herido y golpeado. Sin pensarlo dos veces sacó el último resto de vino para limpiar las heridas. Con el aceite que le quedaba untó las lastimaduras y las vendó con su propia ropa hecha jirones. Lo cargó en su animalito y, desviando su rumbo, lo llevó hasta una posada. Allí gastó la noche en cuidarlo. A la mañana, sacó las dos últimas monedas y se las dio al dueño del albergue diciéndole que pagara los gastos del hombre herido. Allí le dejaba también su burrito por lo que fuera necesario. Lo que se gastara de más él lo pagaría al regresar.

Y siguió a pie, solo, viejo y cansado. Cuando llegó a Jerusalén ya casi no le quedaban más fuerzas. Era el mediodía de un Viernes antes de la Gran Fiesta de Pascua. La gente estaba excitada. Todos hablaban de lo que acababa de suceder. Algunos regresaban del Gólgota y comentaban que allá estaba agonizando colgado de una cruz. Nuestro Rey Mago gastando sus últimas fuerzas se dirigió hacia allá casi arrastrándose, como si el también llevara sobre sus hombros una pesada cruz hecha de años de cansancio y de caminos.

Y llegó. Dirigió su mirada hacia el agonizante, y en tono de súplica le dijo:

--Perdóname. Llegué demasiado tarde.

Pero desde la cruz se escuchó una voz que le decía:

--Hoy estarás conmigo en el paraíso


4.- UNA ESTRELLA PARA CADA UNO DE NOSOTROS

Por Antonio García-Moreno

1.- La gloria del Señor. "¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz, la gloria del Señor amanece sobre ti!" (Is 60,1). Isaías es, sin duda, el profeta de la esperanza. Esta última parte de su libro canta el gozoso espectáculo del pueblo liberado de todos sus males, describe situaciones llenas de luz y de esplendor que prefiguran el triunfo definitivo del Mesías. En este pasaje ese triunfo se contempla desde Jerusalén, la Ciudad Santa donde tantas veces la presencia divina, la Shekináh, se hizo sensible en forma de nube luminosa que cubría el Templo. También San Juan en las últimas visiones del Apocalipsis nos habla de la Jerusalén Celestial que desciende del Cielo como novia engalanada para el Esposo. Y también la gloria divina brilla con una luz radiante, hasta el punto de que ya no será precisa la luz del sol... Son imágenes que nos hacen vislumbrar la grandeza de la vida eterna en el Cielo. Pero, al mismo tiempo, nos hace comprender aquí, en esta vida, que vale la pena ser fieles ahora, para contemplar luego la belleza y la luz de la Ciudad de Dios.

2.- También los gentiles. Nos dice San Pablo que los gentiles "son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa..." (Ef 3,6).Esa es la gran revelación que hoy celebramos, la gran manifestación que en esta festividad conmemoramos, la gran epifanía del amor y el poder de Dios: Todo hombre, sea cual fuere su raza o condición, esta llamado a participar de la Promesa de salvación que los profetas habían anunciado desde antiguo, y que muchos decían que se limitaba sólo a los descendientes de Abrahán, al pueblo judío.

Esa es la razón de que hoy se celebre en Roma una Misa solemne, casi siempre presidida por el Papa, para el Cuerpo diplomático, ante los representantes de todas las naciones del Orbe. De esa manera se repite la manifestación o epifanía del amor infinito de Dios, que quiere que todos se salven y vengan al conocimiento de la verdad... Es cierto que ya sabemos que Dios nos ha salido al encuentro para formar parte del Cuerpo místico de Cristo. Sin embargo, no siempre somos consecuentes con esa realidad.

3.- Un rastro luminoso Los magos de la antigüedad se dedicaban al estudio de las estrellas. No eran magos en el sentido moderno de la palabra, sino más bien astrólogos. Y una noche cuando miraban hacia el oscuro firmamento, tachonado de estrellas, descubrieron una estrella de especial fulgor y comprendieron que era una señal del Cielo, un aviso divino que les anunciaba el nacimiento del rey salvador del mundo, durante tantos años esperado.

Ellos lo interpretaron como una llamada del Señor para que fueran a rendir pleitesía al Hijo de Dios hecho hombre. Y, sin dudarlo, se pusieron en camino hasta encontrar al Niño en brazos de su Madre la Virgen... San Josemaría Escrivá solía considerar en esta fiesta el misterio y el gozo de la vocación recibida. Estimaba que Dios había encendido una estrella para cada uno de nosotros, una luz que brilló en la noche de nuestra vida para indicarnos una ruta que recorrer, para abrirnos un camino por el que andar, hasta llegar a Jesús y llenarnos "de inmensa alegría".


5.- VENID, ADORÉMOSLE

Por Gustavo Vélez, mxy

”Entonces unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ¿Dónde ha nacido el Rey de los judíos? Porque hemos visto su estrella. San Mateo, cap. 2.

1.- Al toque mágico de nuestra fantasía, aquella visita de unos extranjeros al Niño de Belén, se convierte en un retablo de vistosos colores: Por las estrechas calles de Jerusalén desfila una abundante caravana. Avanzan numerosos criados, detrás de muchos asnos cargados de riquezas. Nobles personajes de lujosos atuendos, sobre poderosos camellos. El rey Herodes con su perversa cara, rodeado por sus consejeros. Y arriba, dominando el paisaje, la misteriosa estrella. Un astro sobre el cual los estudiosos han lanzado incontables teorías. Algunos lo identifican con el cometa Halley. A éste, sin embargo, el papa Calixto III lo excomulgó, considerándolo mensajero del demonio.

Nosotros, desde la fe, adivinamos la intención de san Mateo, el único evangelista que presenta el suceso. Quería él, frente al egocentrismo del pueblo escogido, señalar que el Mesías llegaba a salvar a todos los hombres, de todos los tiempos, de todas las razas, de todas las culturas. El evangelio nos dice sobriamente: “Nacido Jesús en Belén, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén, preguntando: ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella”.

Oriente significaba para los judíos de entonces los países situados más allá del Jordán. Que eran tres los misteriosos visitantes se dedujo por los regalos ofrecidos al Niño: Oro, incienso y mirra, los cuales encierran además un valor simbólico. Sin embargo otras iglesias afirman que eran dos, cinco o quizás una docena.

2.- En nuestra tradición latina se dicen que eran reyes. Así los llamó Tertuliano hacia el año 250 después de Cristo. Pero no costa que Herodes los hubiera recibido como tales. En los pueblos sajones se les conoce más bien como “wise men”, es decir hombres sabios. Y el texto de san Mateo los nombra Magos, aunque no en el sentido actual de esta palabra. Sería más bien de adeptos a una religión que acostumbraba observar las estrellas. Los nombres de Gaspar, Melchor y Baltasar sólo aparecen en el siglo VI. Y el que su sepulcro haya estado en Constantinopla, luego en Milán y finalmente en Colonia, nos lo ha obsequiado gentilmente la leyenda.

“Hemos visto sus estrella”, afirman ellos simplemente. Pudo Dios avisarles de modo peculiar el nacimiento de su Hijo. O en su trato con judíos mercaderes habían escuchado sobre el futuro Mesías. Creían los pueblos antiguos que el nacimiento de un personaje estaba siempre precedido por un astro.

Al llegar los Magos a Belén, señala san Mateo, “entraron en la casa”. Ya José había podido instalar su familia en mejor sitio. “Vieron al Niño con María su madre y cayendo de rodillas lo adoraron”.

3.- La palabra adorar significa de entrada, llevar hasta los labios. Pudiéramos decir que equivale a besar. Los cristianos únicamente adoramos al Dios del Cielo. Pero Él se ha hecho Niño para acercarse hasta nosotros. Tal vez nunca hayamos ensayado adorar al Señor. Una actitud que dista mucho del bullicio y de la rimbombancia de ciertos cultos. Consiste más bien en advertir la presencia mansa y salvadora de Dios. Adorar es sentirnos pequeños ante Alguien que es inmenso. Confesarnos desvalidos ante el Todopoderoso. Desear amar sinceramente a Quien nos ama infinitamente.


6.- ¡FE PARA OCCIDENTE!

Por Javier Leoz

1.- Celebramos la festividad de la Epifanía del Señor: manifestación del Señor a todos los pueblos. Una celebración, solemne y espectacular en Oriente, y no menos debe de serlo en la Iglesia y realidad de Occidente. ¿Por qué? Ni más ni menos porque, la fe cristiana, es un legado de casi veinte siglos. Una herencia que, en la noche de nuestra historia, ha sabido iluminar y dar color con la estrella de la fe, al arte, la pintura, la sociedad, la música y ha diseñado la forma de entender y de comprender la misma vida.

Por ello mismo, la Epifanía, tiene total vigencia en medio de nosotros. Frente aquellos que no admiten ningún tipo de manifestación religiosa, nosotros los cristianos, daremos razón de nuestra fe; nos pondremos en camino; seguiremos la estrella de la fe –y no a los cortocircuitos ideológicos-; miraremos por encima de nosotros mismos para recibir la luz que baja del cielo y percibir que Dios sigue vivo, operante, comprometido por la causa del hombre.

*Jesucristo, hoy como entonces, tropieza con muchos “Herodes” a los cuales les molesta su presencia. Quieren un reino a su antojo; sin más ética que el bienestar particular o la simple estética; con pensamiento único y sin más referencia que el puro y duro nihilismo, pragmatismo o humanismo.

*Jesucristo, hoy como entonces, sigue estando escondido a los ojos de muchos poderosos, y sigue siendo desconocido por millones de hombres y de mujeres que, ajenos al acontecimiento de su Nacimiento, esperan que alguien les lleve una palabra, una referencia sobre El. ¿Seremos nosotros “epifanía” de Dios en el mundo?

2.- Tenemos que ser “epifanía” en el medio en el cual nos desenvolvemos. Hay muchos de los nuestros que olvidaron el amor que Dios les tiene. Convivimos con familiares a los cuales, los nuevos “herodes” del consumo, el laicismo, el materialismo o de la apariencia, han podido con el Niño que llevaban en su corazón. *¿Seremos capaces de encontrar esa estrella que nos conduzca, junto con los que más queremos, a los umbrales del Portal de Belén?

*¿Seremos epifanía o negación de Dios? ¿Seremos manifestación u obstáculo a su presencia? ¿Le daremos vida o lo aniquilaremos con nuestra timidez apostólica? Interrogantes que, en este día de los Reyes Magos, nos exigen una respuesta.

3.- Me gusta el día de Epifanía porque, entre otras cosas, los Magos no se quedaron a las puertas del Castillo Herodes; porque supieron distinguir entre el bien y el mal; entre la traición y la bondad; entre la estrella y los ojos excesivamente iluminados por el mal, en Herodes. Prefirieron fiarse y seguir la luz de la fe, la luz de Dios aún a riesgo de ser tomados por ingenuos. Y, cuando regresaron a sus reinos, lejos de encontrarlos arruinados, los enriquecieron poniendo a Dios por encima de todo.

Abramos también nosotros el corazón. Sintamos la presencia del Dios Niño en la gruta de nuestras almas. Dejemos que, la estrella de la fe, nos siga conduciendo por los caminos de nuestra vida y que, al final, podamos ofrecer al Señor todo lo que somos y tenemos.

¡Feliz manifestación de Dios a todos los pueblos! ¡Seamos epifanía!

4.- ¡SEAMOS TRES!

Los que busquen y nunca se detengan

a la hora de encontrar al REY DE REYES

al que es fuente de paz y de alegría

¡SEAMOS TRES!

Porque, sólo los que cabalgan,

sobre el caballo de la fe

un horizonte de estrellas espera

en medio de las dificultades

¡SEAMOS TRES!

Como aquellos, regios personajes,

que dejando palacios y vasallos

quisieron ser siervos de un pequeño Rey

¡SEAMOS TRES!

Con tres palabras de aliento:

alegría, amor e ilusión

Con tres huellas en el camino:

servicio, entrega y generosidad

Con tres miradas hacia el cielo:

La fe, esperanza y caridad

¡SEAMOS TRES!

Y, como los Magos,

siempre en marcha y sin temor

hacia la meta, en al que nos espera,

el AMOR que ha bajado del cielo

el AMOR que se deja adorar

el AMOR que se deja tocar

el AMOR que habla sin hablar

¡SEAMOS TRES!

Con el incienso de nuestra oración

Con el oro de nuestra caridad

Con la mirra de nuestra fragilidad

¡TRES! ¡SEAMOS TRES!

Para que, Jesús desde el Portal,

pueda una ver más comprobar

que en el mundo siguen existiendo

hombres y mujeres

que dejan, lo que tienen y no lo que son,

para ponerse en camino

siguiendo la ruta que marca la estrella de Belén.

¡TRES! ¡SEAMOS COMO AQUELLOS TRES!

Que proclamen, manifiesten y digan

que, como Jesús, no hay otro igual

Que el mundo conozca, sienta y vea

la Salvación que viene de nuestro Dios

Y eso…depende de muchos que, como los Magos,

se atrevan a ir….de tres en tres.


7.- LA ESTRELLA QUE CONDUCE A BELÉN

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Supongo que lo habéis oído muchas veces. Epifanía significa manifestación, presencia, llegada de alguien importante a una ciudad. Algo así como entrada triunfal. Es una palabra griega que también hacia referencia a la presencia prodigiosa de un dios. O la visión de un hecho milagroso. Las Iglesias orientales fueron conservando ese principio prodigioso y, finalmente, se relacionó la fiesta con el Bautismo del Señor. En la Iglesia latina se relacionó con la presencia de los Reyes Magos y con la manifestación del Hijo de Dios a los pueblos gentiles. La figura –realidad y leyenda—de los Magos ha crecido mucho en nuestra religiosidad popular y da lugar al enorme encanto de la fiesta infantil que celebramos todos los años: los Magos traen –precisamente desde Oriente—juguetes a los niños que han sido buenos, que, como se sabe, lo son la mayoría. No hay más que verlos tan tranquilitos en esta fiesta de hoy, aquí en la iglesia.

2.- Y sin obviar el principal cometido que tiene la liturgia en la enseñanza de las verdades fundamentales de nuestra fe, hay que admitir el valor importante de de la religiosidad popular, del acerbo que pone en nuestras vidas la presencia de los Magos en el Portal del Belén. Lo han repetido muchos autores –y entre ellos el admirado José Luis Martín Descalzo—que ni eran Reyes, ni Magos, ni Tres. La costumbre religiosa fue dándoles el “aspecto” que ahora tienen, pero que desde luego poco importa como pudieron ser en realidad. Y hay otra frase de Martín Descalzo maravillosa: que no se sabe si se pusieron en marcha porque vieron la estrella o vieron la estrella cuando iniciaron su camino. Lógicamente, la historia y peripecia de los Magos de Oriente ha llenado muchas páginas y más recientemente se ha querido relacionar a la Estrella de Belén con los movimientos de esos cometas que periódicamente visitan la tierra. Tanto da. El mensaje importante es que algo o alguien superior los puso en camino porque adivinaron, en sus lejanos países de origen, que alguien muy notable había nacido muy lejos; o que, asimismo, en algún lugar del mundo había ocurrido un fenómeno extraordinario. Fue, sin duda, esa vivencia cósmica que se antífona de entrada de la misa del muy reciente domingo segundo de Navidad—de antesdeayer—y que hacia referencia a ese momento de silencio sereno que envolvió a la tierra antes de que la Palabra se hiciera presente…

3.- Y, bajo mi punto de vista, la mejor enseñanza de esta fiesta de hoy es que el Señor nos convierta en niños y que podamos acudir a toda hora al Portal de Belén como el “esclavito” que cita San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales. Ese niño que se hizo esclavito de los “inquilinos” el Portal para estar muy cerca de ellos. La infancia espiritual nos llevará más rápido al lugar donde queríamos llegar con nuestras ciencias sagradas y con las más densas teologías. Y es que solo los niños y unos Reyes llenos de ilusión pueden ver la Estrella que conduce a Belén.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


EPIFANIA

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Me pasó anoche, mis queridos jóvenes lectores, lo que a vosotros seguramente os ha ocurrido también alguna vez. Apagué el ordenador sin archivar el texto preparado y ahora por la mañana, no hay manera de encontrarlo por ningún rincón del disco duro. Apresuradamente, pues, redacto este mensaje-homilía. Somos un mundo de prisas y consecuentes estrés y no soy yo ninguna excepción.

La fiesta de hoy, el “nombre registrado” es el que aparece en el título y que se deriva de dos palabras griegas. Alrededor, entorno (epi) y manifestación gloriosa, impactante (fanos).

La historia es muy conocida. Unos sabios, no sabemos cuantos, ni si vivían cerca uno de otro, seguramente astrólogos, que habitaban al este de la tierra de Israel, observaron un espectacular fenómeno en el firmamento, que interpretaron según antiguos relatos, El estudio les condujo a sacar la consecuencia de que era entonces cuando se cumplían las ancestrales predicciones. En la dirección de aquella estrella (no importa de que astro se trataba o, si, como dicen ahora, lo que pasó fue que hubo una conjunción de planetas) en aquellas lejanías había nacido el Esperado. Y se pusieron en camino. Juntos o cada uno desde su tierra ¡vete a saber!. Tenían unas cuantas cosas en común, me detendré en algunas. Era gente que estudiaba y asimilaba. Es decir, sacaba consecuencias prácticas y obraban de acuerdo con lo aprendido (alerta, los que sois estudiantes, preguntaos ahora si vosotros hacéis lo mismo). Eran decididos y audaces. Emprender un largo camino sin seguridades no se atreve a hacerlo cualquiera (alerta, los que estáis pensando en lo que queréis ser el día de mañana y os fijáis únicamente en las posibles salidas profesionales y sueldos que pueden proporcionar. El viaje, además de ser arriesgado, no les comportaría ningún beneficio económico). Eran de temperamento abierto. Si no sabían con seguridad una cosa, no les importaba preguntar. En este comportamiento, se esconde la virtud menuda y graciosa de la humildad, que por ser tan pequeñita no le damos importancia y luego resulta que tantas cosas nos fallan debido a su carencia. Por entonces, según el relato evangélico, nuestro protagonistas ya se habían encontrado entre ellos, si es que no habían partido juntos.

2.- Llegaron a la casa, sí, una casa dice el texto. A quienes primero encontrarían seria a José o a María. Más probablemente a esta. El marido estaría trabajando. Saludaron, preguntaron y, amablemente como era su manera de ser, la Virgen les conduciría a donde estaba su Hijo. Vieron a Jesús, contemplaron al rey de los judíos, al Niño divino que habían intuido. La más experta guía hacia Dios es María, no lo olvidéis.

La primera reacción fue el asombro, una actitud espiritual muy olvidada hoy, gracias a que lo poseían, fueron capaces de reconocer en tan pequeña cosa como un bebé, lo que ellos habían buscado tanto. Y al asombro le sucedió la generosidad. No llevaban vulgares monedas para Él. Habían preparado regalos. La autentica generosidad exige ciertas dosis de imaginación. Aquel que solo sabe dar dinero para solucionar angustias o para quitarse de encima a un molesto pedigüeño o un compromiso, no digo que sea mala persona, de ninguna manera, pero probablemente un día se cansará, o su gesto no alegrará del todo su corazón (Dios ama al que da con alegría, dice San pablo). Ellos tenían elegancia espiritual. Le ofrecieron oro. Desde la prehistoria es un metal apreciado, de categoría, que ennoblece al que lo ofrece y al que lo recibe. Incienso: un perfume. No existían por aquel entonces los esencieros, ni los spray. Una preciosa resina quemada en un brasero, ambienta la estancia, penetra por los vestidos, llega hasta la piel. Deja un buen recuerdo a la persona que se acerca a besar a quien ha quedado impregnado de tal aroma. Mirra. Llegaba, como el incienso, de lejanas tierras. En Israel consiguieron en un rinconcito de Ein-Guedi, cultivar la planta, para extraer el aceite esencial, que, entre otras utilidades, servía para homenajear el cuerpo de un difunto apreciado.

3.- Contemplaron al Niño acompañados de Santa María. Seguramente les dejaría que lo cogieran en sus brazos. Le oirían llorar y le verían sonreír. Ella querría que se enterasen de todo lo que sabía hacer el Pequeñito.

Y se fueron. Dios no se olvida de gente de tal talla espiritual y envió a un mensajero para que partieran a sus lejanas tierras siguiendo diferentes rutas. Aquí acaba su historia, la evangélica. Las leyendas añaden otras cosas. En primer lugar dicen que no fueron más que tres. Después hasta les dieron nombres. Algunos se atrevieron a describir el color de su piel. En los viajes de Marco Polo se habla de ellos. En la maravillosa catedral de Colonia, según dicen, se conservan en preciosísima arca, sus restos. Libros y más libros se dedican a investigar detalles. No está mal.

Pero lo importante, el mensaje de la fiesta, es que el nacimiento del Redentor fue reconocido por gente sencilla y cercana, los pastores, y gente inteligente. La noticia no quedó encerrada en Israel. A Isabel, la esposa de Zacarías, a los pastores, a Simeón y Ana, los viejecitos del Templo de Jerusalén, hay que añadir estos sabios. Hoy también, gente ilustre por sus conocimientos, científicos y artistas, políticos e ilustres filántropos, reconocen a Dios y tratan de manifestarlo públicamente. Otra cosa es que consigan que los medios de comunicación lo trasmitan.

4.- Como consecuencia del mensaje de esta fiesta, debemos nosotros aprender de su comportamiento. Es preciso que hablemos de lo que en el interior de nuestro corazón hemos observado. No temáis hacer el ridículo o desatar iras. Malvados Herodes y temerosos súbditos dispuestos a asesinar niños inocentes, continúan existiendo. De quien debemos aprender y a quienes debemos pedir ayuda es a los Santos Magos de Oriente.