(I)* 12 BRINDIS CRISTIANOS PARA EL AÑO 2009

Por Javier Leoz

1.- Comienza el nuevo año como si, de verdad, fuese el último de tu vida: deja atrás lo que no merece la pena e intenta, con todas tus fuerzas, ser una persona totalmente diferente.

2.- No dejes de soñar ni de trabajar por aquellos objetivos que pueden ser positivos para ti y buenos para los demás. Es bueno tener ideales.

3.- No dejes de lado a Dios. El te dará luz en los 12 meses que ahora se inician, palabra oportuna en los 365 días que te aguardan, esperanza en todas y cada una de sus horas.

4.- Vive con intensidad, pero con sentido común, tu existencia. No te dejes llevar por cualquier oferta que degrade tu dignidad como persona.

5.- Demuestra, no para que se vea, pero si para que se denote tu vida cristiana, tu generosidad. No olvides a los que se encuentran materialmente en difíciles circunstancias.

6.-Piensa que, la vida, es demasiado breve para malgastarla. Piensa en aquellos fallos que cometiste en tu vida pasada y, mirando al cielo, intenta solucionarlos.

7.- No digas “no es posible, de repente, cambiar de la noche a la mañana”. Con la ayuda de Dios y con tu oración, podrás alcanzar pequeñas metas que hagan realidad el superarte en diversos aspectos.

8.- No seas negativo. Da cara y lucha en los próximos meses. Utiliza, en esa batalla, las armas del perdón, del amor, de la alegría y de la paciencia

9.- No seas iluso. No sigas ni creas a aquellos que, por variados intereses, intentan alejar a Dios de todo ámbito social: tú tienes que dar testimonio de su presencia

10.- No te creas un “don nadie” ni tampoco un “don poderoso”. Eres grande por ser hijo de Dios y, eres débil, por ser humano.

11.- Da gracias a Dios por este nuevo año que pone a tu alcance. Lo hace para que seas santo, más sabio y, sobre todo, para que no le olvides

12.- Levanta la copa de la fe con la ayuda y la protección de la Virgen María. Que Ella te ayude a saborear, poco a poco, todo lo que el Señor quiere y espera de ti.

¡Feliz Año 2009!

 

(II)* UN CANTO A LA VIDA

Por David Llena

Lo hemos visto a lo largo del Adviento y en el día de Navidad y el pasado domingo día de la Sagrada Familia.

Ese niño que nació en Belén, nos va a iluminar nuestra condición y nuestra vocación. Estamos hechos del Amor de Dios y estamos llamados a compartir ese Amor Trinitario en el seno del Padre.

Nuestro existir comienza en el amor de nuestros padres, reflejo de Amor de Dios, que colaboraron con Él en nuestra creación. Nosotros ya estábamos en el pensamiento amoroso del Padre, nuestros progenitores se ofrecieron a dar naturaleza a ese Amor incorpóreo.

Ya en la concepción está la mano de Dios bendiciendo ese acto de amor-donación con el sello de la Vida. Contemplábamos en el centro del Adviento, la Concepción Inmaculada de María, donde Dios Padre se preocupó de la pureza de ese ser. Sus padres actuaron como todos los padres, fue el Padre quién llenó de Gracia aquel acto humano, librándolo de todo tipo de sombra o mancha.

La vida acaba de comenzar, pero esa vida será durante toda su existencia, una vida necesitada: de sus padres, del resto del mundo, de la Iglesia, de Dios. Porque el amor sino fluye, se diluye, se enquista, se vuelve egoísta, se vacía, se hace odioso… Necesita del amor humano, y necesita del amor de Dios.

Y es el mismo Amor hecho hombre en Jesucristo, quien nos hace caer en la cuenta de este misterio.

Fue el amor-donación, entendido por María como nadie lo pudo hacer, quien con su sí ante las palabras del Ángel enviado por Dios hizo posible la Encarnación de Jesucristo en sus purísimas entrañas por la acción del Espíritu Santo. El mismo Espíritu que revoloteaba en la Creación, actúa con la misma fuerza en la Encarnación y es el mismo que “encarna” a Cristo en las almas tras la absolución del penitente, o “encarna” a Cristo en un trozo de Pan. Y así recupera la Vida esa alma y así el pan se convierte en el Pan Vivo. Con el verbo “encarnar” representamos la idea de introducir a Cristo en lo más profundo e íntimo de un pecador o en la misma sustancia de ese trozo de Pan. La diferencia con la verdadera Encarnación del Hijo es que María era pura antes de recibir a Cristo en su interior, en los otros casos es el Espíritu el que purifica al pecador o cambia la sustancia del pan por el Cuerpo del Señor.

Así pues, la familia, el matrimonio, debe dar su sí a Dios para que su amor sea bendecido por la acción del Espíritu Santo y continuar durante toda su vida preocupados de dar a esa persona todo lo necesario para que, al final de sus días, devuelva al Padre todo el amor que recibió multiplicado al menos por dos, según leemos en la parábola de los talentos. Y es que el amor dado es el amor que fructifica, que se multiplica y la misma Vida es expresión de ese Amor. Ya lo dijo Cristo en la última cena: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

 

(III)* ALEJANDRÍA

Por Pedrojosé Ynaraja

Visitar esta ciudad era una de las ilusiones que tenía cuando proyecté mi viaje. Mis amigos, Fra Rafael de Getsemaní, su hermana y Mª José, los tres sevillanos, ya habían estado, pero gentilmente decidieron volver, porque les gustaba y para satisfacer mi interés.

El Cairo, leí aquellos días, tiene 17 millones y medio de habitantes. Su tráfico es totalmente caótico. Autocares, viejos utilitarios, limusinas, carromatos de dos ejes tirados por caballos y carritos empujados por burros, bicicletas y camiones, se mueven sin respetar normas y, lo sorprendente del caso es que no vi ni un solo accidente. Salir de la población dura casi dos horas, pero se logra al fin. Después, ya fuera, tiene uno la sensación de que el país está totalmente despoblado y se concentran sus habitantes en las grandes ciudades.

Pasamos por el valle de Natrun. Recuerden los aficionados, que el elemento Sodio recibe su símbolo Na de que por estos terrenos se extraía el carbonato de este metal, utilizado para el embalsamamiento de las momias. Por más que miré, no vi restos de esta substancia que conozco por haberla utilizado en formulas de revelador fotográfico, en aquellos tiempos de la fotografía química. Lo que sí vimos y visitamos fueron dos grandes monasterios de monjes coptos. Eran una maravilla de estructura arquitectónica y de diseño, de limpieza y de elegancia. Amén de que en uno de ellos nos dijeron que eran 170 los monjes que allí vivían. Los que yo pude ver eran todos jóvenes y la atmosfera que se respiraba durante su liturgia era de espesa niebla, producida por el abundante incienso que quemaban. Uno se sentía habitante de otro mundo, al vivir celebraciones de tal calidad y cantidad de participantes.

Llegamos a Alejandría. Una gran ciudad, cerca de cuatro millones de habitantes, pero que, no obstante, tiene uno la sensación de que está edificada a tamaño humano. Una bonita y alargada ciudad, con resabios de épocas coloniales. En el lugar que ocupaba el antiguo faro, se levanta hoy un castillo. El tránsito es fluido y la orilla del mar la siente uno siempre al lado.

Había leído sobre la antigua biblioteca de Alejandría y sus vicisitudes hasta la total desaparición. Tenía también información de la edificada en la actualidad. Hay cosas que solo se aprecian observándolas al natural. Que diga que su planta es circular y sus pares suben inclinadas, formando una especie de tronco de cono, es una pobre explicación. Hay dos detalles que no quiero olvidar. La ornamentación de los muros es una acertada decoración, formada por letras de los diferentes idiomas. Pero lo que me asombró más fue su entorno humano. A su alrededor y en los cobijos que facilitaba la atrevida arquitectura, abundaban chicos y chicas, tal vez más estas últimas. Gente joven, con velo y sin velo y hasta con burka. Alegres, pero no gamberros. En el interior, en las salas de estudio, que uno puede ver sin distraer a los estudiosos, todos los que vi que ocupaban las mesas de lectura, eran estudiantes de enseñanzas superiores o medias, dado su aspecto. Es una de las cosas que uno admira en Egipto, la abundancia de juventud y el interés que aparentan para el estudio y la oración (de esto último hablare otro día).

Me decían que son famosas sus frituras de pescado y no podíamos evitarlas. Más que la comida miraba el mar. El Mediterráneo es el principal protagonista del cañamazo cultural de nuestra historia. Alejandría, Atenas, Corinto, Cesarea, Roma, Esmirna, Tarragona… fueron y son los nudos de la gran red de cultura occidental, parecía uno verlas desde allí, por muchos kilómetros que nos separasen. No hay que olvidar que los antiguos lo llamaron el “mare nostrum” y muy mío lo sentía yo entonces.

Me faltaba algo, lo que más deseaba visitar. Y por fin fuimos. Se trataba de las ruinas de la Alejandría de época bíblica y romana. La Alejandría donde el Espíritu Santo revelo el libro de la Sabiduría. La de los doctos judíos que tradujeron al griego el texto hebreo y arameo de la Biblia, que llamamos de los Setenta. La Alejandría de Filón. Aquel montón de piedras, aquella columna, que estaba situada delante de la puerta de la ciudad, había sido contempladas por tantos protagonistas de las gestas que he mencionado. Vi también capiteles bizantinos, ornamentados por la cruz cristiana. Me fui al atardecer impregnado de recuerdos bíblicos, de herencias teológicas y de fervor heroico.