EN LAS HORAS CÁLIDAS DEL TIEMPO DE NAVIDAD

Por Ángel Gómez Escorial

Se espera con emoción, durante todo el adviento, la llegada de la Navidad, el inicio de la Nochebuena. Es verdad, como dice Martín Descalzo, que el simple pensamiento en torno a Belén nos hace niños, más niños. Esperamos todos al Salvador que tiene ese aspecto de bebé indefenso y, desde luego, es algo notable y casi increíble. En nuestra mente, la imagen de Dios se proyecta como grande y muy poderosa. Cuando, en una noche estrellada, contemplamos el cielo, lo que todo aquello nos sugiere es el poder total, la grandeza de la creación que no tiene, parece, límite.

Pero el gran amor de Dios nos trajo que su Hijo se encarnara en una mujer –en María Virgen-- y se hiciera hombre, para así, al ser uno de los nuestros, procediera a la recuperación del género humano, perdido por el pecado original. Y como el Dios encarnado fue un hombre total, pues tuvo que nacer, ser niño, crecer y aprender como cualquier otro ser humano. Muchos de nuestros místicos, tras haber apreciado considerablemente la divinidad de Jesús, comienzan a sentirse inmersos en la Humanidad del Hijo de Dios, convirtiéndose en una altísima meta, en una razón para mejor existir.

El Niño de Belén nos enternece. Nos hace más humanos, nos tranquiliza. Y de ahí –también lo ha citado en una de las homilías—que tenga tan especial significado esa imagen creada por Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales. Que uno pueda convertirse en una esclavito para ir a servir al Niño Jesús, a María y José en el Portal de Belén. Y con esa idea y con fuertes y placenteros sentimientos de amor y de emoción, me quedé quieto, y tranquilo, ante el Nacimiento que siempre se ha instalado en mi casa. Era ya muy tarde en esa madrugada de la Nochebuna, del Día de la Natividad. Los míos se habían ido a la cama. Y ahí me quedé. Sólo me acompañaba mi galgo. El perro, ni se movía. Yo tampoco, pero ninguno de los dos cerramos los ojos. Estábamos muy despiertos en esas horas cálidas del Tiempo de Navidad.