TALLER DE ORACIÓN

UN ADVIENTO DIFERENTE: SEGUNDA SEMANA

Por Julia Merodio

Si la semana pasada nos adentrábamos: en la conversión del corazón y la veíamos como: una actitud personal de cambio, movida por la mirada de Dios; está semana, trataremos de hacer posible, que el Reino de Dios se instaure en nosotros:

• Preparando caminos.

• Enderezando sendas.

• Igualando lo escabroso.

• Dando paso, a la revelación de la gloria de Dios.

Para ello el profeta Isaías pretende conducirnos, en esta segunda semana de adviento, a nuestro desierto personal; porque, solamente, en esa soledad que sabe a Dios, es donde se nos pueden desenmascarar nuestros engaños y arrancar nuestras mentiras; es donde, los que se creen grandes, pueden humillarse; donde el egoísmo puede desaparecer; el orgullo puede disiparse; es, donde los comportamientos torcidos pueden enderezarse y nuestras asperezas pueden suavizarse… porque, cuando la persona llega al destierro y siente la mordedura de la desesperanza, se hace abierta y libre para que irrumpa en ella la Buena Noticia.

UNA HISTORIA QUE PERMANECE

La historia del pueblo de Dios, no es algo pasado que solo sirva para personas nostálgicas. La historia del pueblo de Dios es algo que permanece. Es la trascripción, de un mensaje adaptado a cada tiempo, como nos recuerda fielmente, el salmo 68 “Seguiremos contando las grandezas del Señor”

Es, el día a día, con sus dolores, sus dudas, sus alegrías… Es, como un cofre del que se van sacando recuerdos, fotos, acontecimientos… que a los de fuera no les dice nada, pero a los cercanos nos entusiasma.

Es como un camino de regreso a casa, con la suerte de ir adentrándose en una historia de amor, de frescura, de salvación, donde vas descubriendo la propia historia.

Es ese cúmulo de sucesos de nuestro pasado, que nos lleva a vivir nuestro presente ante el misterio de Dios. Porque el pasado no sirve para instalarse en él, si no para enseñarnos a vivir el presente. Porque discerniendo los acontecimientos pasados, seremos capaces de superar los daños de la actualidad. Estamos empezando el Adviento. Tenemos por delante un camino largo de liberación. Es, nuestra misma vida.

-¡Cuántas veces, buscando provisiones sólo hemos encontrado escasez!

-¡Cuántas veces, buscando una vida mejor, nos hemos encontramos con un camino de esclavitud!

-¡Cuántas veces, buscando la felicidad, nos hemos encontrado sumidos en inseguridades!

Nos falta silencio; nos falta echar una mirada a nuestro interior; no tenemos claro ni el itinerario, ni la travesía.

Es una realidad en la que todos estamos inmersos. Vemos con facilidad que cuando el proceso de la vida se endurece y se hace dificultoso, lo más frecuente que encontramos es:

-La huida ante las problemas.

-El abandono, provocado por la indiferencia.

-El desencanto, al no encontrar lo que buscábamos…

-Sin darnos cuenta de que, sólo en la verdadera escucha, es donde se

produce el encuentro.

ENCUENTRO CON LA PALABRA

En esta segunda semana de Adviento, será bueno que dejemos que la Palabra golpee nuestro corazón y en ese silencio y ese desierto, donde nos hemos situado, oigamos como el Señor nos dice, personalmente, a cada uno: “Tú eres mío, le he pedido a mi Padre por ti…”

Cuando estas palabras, hayan llegado a nuestros oídos, nos daremos cuenta de que hemos entrado en la auténtica revelación de Dios, donde podemos contemplar su amor hacia nosotros. Pero esto no es fácil. Tenemos tantas ocupaciones, tantas cosas que hacer que no nos queda tiempo para tener una profunda experiencia de Dios.

Todos sabemos que estamos, en un tiempo privilegiado de la Iglesia, donde la conversión, la oración y la austeridad deberían tomar protagonismo, pero: las actividades se suceden; los trabajos se multiplican; las reuniones se amontonan… y la oración se pasa a un segundo lugar; por lo que, el trato con Dios, disminuye de manera considerable.

¡Qué tristeza! Puede ser que hayamos conseguido nuestro objetivo de adornar todo con esmero, pero hemos perdido la dicha de ir dejando entrar, en nuestra vida, la salvación de Dios, que va llegando desde el silencio más profundo.

Por eso os insto a recuperar, los tiempos de oración en Adviento. Una oración de súplica: ¡Ven, Señor, Jesús! ¡Ven a salvarnos! ¡Te necesitamos!

Después, dejémonos consolar por el Señor. No caigamos en la tentación de pensar que nuestros males no tienen remedio; no dejemos entrar la desesperanza en nuestra vida. No vivamos este tiempo de gracia, simplemente por religiosidad, no impidamos la salvación de Dios.

Solamente quien se siente mendigo puede pedir que alguien sacie su hambre.

Solamente quien se siente necesitado de perdón, puede acoger la misericordia de Dios. Por eso:

• Si sé lo que me enriquece, por qué me afano en lo que no sacia.

• Si sé lo que supone amar, por qué me ofendo cuando no me siento

correspondido.

• Si busco la verdad, por qué trato de engañarme a mí mismo.

• Si busco el desierto, por qué huyo cuando me veo llegar a él.

• Si busco el perdón, por qué sigo dañando a los demás.

• Si busco sanarme, por qué escondo las heridas de mi vida.

• Si busco la cercanía de Dios, por qué no dedico tiempo a orar…

Solamente la oración puede salvar todas nuestras contradicciones; porque la oración es la llave que deja entrar a Dios en nuestra vida, para que actúe en ella.

Él nos ayuda a ver los acontecimientos a través de la entereza y nos concede una nueva manera de afrontar nuestra existencia.

SEGUNDO PASO: MEDITACIÓN

El segundo paso, para entrar en la Lectio Divina, es la Meditación. Por tanto vamos a pedir, al Señor, su gracia para entrar en ella; con la admiración y el respeto que merece. Lo primordial, para acoger la meditación es, el ir quitando de la mente todo lo que estorba para dejar paso el Señor y dejarse interrogar por Él; anteponiendo lo que nos diga, a nuestro propio criterio.

Miraremos el texto con tranquilidad. Observaremos que evocaciones nos hace, que presencias nos trae, que recomendaciones nos brinda…

Por mucho que nos cueste, no esquivemos el mensaje que nos ofrece; dejemos que nos penetre, que haga su efecto.

Puede ser que, el texto, no nos diga gran cosa; no nos llegue al interior; no nos haga sentir nada… no importa, no lo rechaces, no te defiendas ante él; vuelve a leerlo pausadamente, continua en actitud orante, deja que te cale… y cuando notes que ya empieza a llegar a la profundidad de tu ser: ¡Admírate, ante la grandeza de Dios!

Hay que ir a la oración, con la seguridad de que, ese tiempo siempre es fecundo; aunque, a veces, no tengamos conciencia de ello. La oración:

• Salva de la soledad.

• Protege, para no perecer en la desesperanza.

• Nos hace perseverar a la hora de la huida.

• Y nos frena, para no creernos “los buenos”

Por eso la oración, estemos donde estemos, se convierte en tierra firme, en la morada del alma.

Cuando se habla con Dios y se permanece a la escucha, todo se armoniza y se ajusta.

La oración es la prueba de la fe. Por tanto vamos a acoger la Palabra, con todo lo que supone de gracia y de frescura:

“Una voz grita: En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad, en la estepa, una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que los montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale” (Isaías 40, 1 – 5)

No puede estar más claro. En la vida de hoy, el modo de actuar que se lleva, no es el que marca la Palabra de Dios. Pero los creyentes, ante esa actitud, nunca debemos sentirnos: orgullosos, ni prepotentes, ni perfectos… simplemente debemos acercarnos al Señor para decirle:

-Tú puedes cambiar, mi yermo en vergel.

-Tú puedes cambiar mi páramo en frondosidad.

-Tú puedes convertir, las colinas de mi vida, en llanas avenidas.

-Y puedes enderezar, todo lo escabroso y torcido, en sendas rectas y

ecuánimes.

Así, cuando esto pase, la salvación se acercará a nosotros. Y se nos manifestará la gloria de Dios; y en ese anuncio, sentiremos su presencia.