LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: ARTÍFICE DE LA CREACIÓN

Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano

"La naturaleza de los animales y los instintos de las fieras, el poder de los espíritus y los pensamientos de los hombres, las variedades de las plantas y las virtudes de las raíces. Cuanto está oculto y cuanto se ve, todo lo conocí, porque el artífice de todo, la Sabiduría, me lo enseñó" (Sb 7,20-21).

Culmina el autor su confesión con una declaración: he llegado al conocimiento de todas estas cosas porque la Sabiduría, que es el artífice de todo lo creado, me lo enseñó. Con estas palabras, Salomón se considera discípulo privilegiado de la Sabiduría. Además llega a una conclusión muy gratificante: De la misma forma que la Sabiduría es el artífice de toda la creación, lo es también de sus conocimientos.

Muchos son los textos de la Escritura en los que se habla de la creación como una emanación de la Sabiduría y de la Palabra de Dios que, como sabemos, se identifican. Leamos, por ejemplo, éste del libro de los Proverbios que es un canto a la Sabiduría creadora: "Yahvé me creó, primicia de su camino, antes que sus obras más antiguas... No había hecho aún la tierra ni los campos, ni el polvo primordial del orbe. Cuando asentó los cielos, allí estaba yo, cuando trazó un círculo sobre la faz del abismo... yo estaba allí, como arquitecto, y era todos los días su delicia" (Pr 8,22-30).

Salomón tiene conciencia clarísima de que lo que era nada, ha llegado a la existencia gracias a la Sabiduría, a la que, como acabamos de ver, considera el artífice, el arquitecto de Dios en orden a la creación. Extasiado por su infinita riqueza, no duda en apuntarse como discípulo a fin de aprender de ella. Digamos que se siente empujado a aprender su instrucción porque emana una luz que es de por sí una invitación apremiante para su alma.

Volviendo al libro de los Proverbios, nos percatamos de que el autor llama dichosos, es decir, bienaventurados, a todos aquellos que, al igual que Salomón, se sienten interpelados por la belleza infinita de la Sabiduría y dirigen sus pasos hacia ella para recibir sus insondables riquezas: "Ahora pues, hijos, escuchadme, dichosos los que guardan mis caminos... Dichoso el hombre que me escucha velando ante mi puerta cada día, guardando las jambas de mi entrada. Porque el que me halla, ha hallado la vida, ha logrado el favor de Yahvé" (Pr. 8,32-35).

Seguimos con el mismo autor, a quien oímos ensalzar la Sabiduría a tan altas cumbres que considera que el hombre que la posee, supera en todo a aquellos que nadan en abundancia de riquezas materiales: "Dichoso el hombre que ha encontrado la Sabiduría y el hombre que alcanza la prudencia; más vale su ganancia que la ganancia de plata, su renta es mayor que la del oro... Es árbol de vida para los que a ella están asidos, felices son los que la abrazan" (Pr 3,13-18).

Esta última imagen nos llama muy agradablemente la atención. La Sabiduría es definida como árbol de vida para todos aquellos que, encontrándola, se abrazan a ella. Me lleva a pensar en aquellas mujeres que, cuando todos daban a Jesús por derrotado, muerto, recibieron de parte del ángel la buena noticia de que estaba vivo, que, tal y como les tenía anunciado, había resucitado.

Rebosantes de una alegría indescriptible, aligeraron sus pasos para hacer partícipes de la buena noticia a los discípulos. En el camino sucedió que... dejemos que nos lo cuente Mateo: "En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: ¡Dios os guarde! Ellas, acercándose, se abrazaron a sus pies y le adoraron" (Mt 28,9).

Estas mujeres desafiaron las tinieblas de la noche, el miedo a los judíos y a la guardia romana, para ir a derramar su incontenible dolor en el sepulcro. Y resulta que el Árbol de la Vida, Jesucristo, les salió al encuentro. No dudaron, se arrojaron a sus pies, se abrazaron a Él, le adoraron. En este acontecimiento se cumple en plenitud el anuncio del autor del libro de los Proverbios acerca de la Sabiduría: "Es árbol de vida para los que a ella están asidos, felices son los que la abrazan".

Esta relación de abrazo con el Árbol de la Vida que es la Sabiduría de Dios, es decir, Jesucristo, es fundamental para un cristiano. Sólo así el discípulo da los frutos propios del Árbol de la Vida. Oigamos lo que dice Jesucristo acerca del hombre y su fruto: "Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno... El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno. Y el malo, del malo saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca" (Lc 6,43-45).

Son aquellos frutos que san Pablo considera del Espíritu Santo, y acerca de los cuales nos da la siguiente relación en la carta a los Gálatas: "Los frutos del Espíritu son amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí; contra tales cosas no hay ley" (Gá 5,22-23).