TALLER DE ORACIÓN

A LOS QUE GOZÁIS DE LA RESURRECCIÓN

Por Julia Merodio

Como todos sabéis, este año, el día 2 de noviembre, conmemoración de los Fieles Difuntos cae en domingo y la Iglesia, nos da una lección magistral, al dar prioridad a la Fiesta de los difuntos; porque con ello nos está gritando la grandeza de la Resurrección y la fortaleza del amor. Pues:

• ¿De qué se nos examinará, ese último día, si no del amor?

• ¿Y no es, a la fuente del amor, a donde nos dirigimos?

Creo que, todo esto nos lleva a entrar con el máximo respeto, a esa profundidad, por la que todos pasaremos en un determinado momento.

ANTE EL DOLOR DE UNA MUERTE

Un año más, quiero invitaros a compartir mi oración, por todos esos seres queridos, que ocupan un lugar tan privilegiado en nuestro corazón y que, aunque no podemos verlos, ni tocarlos, ni abrazarlos... los sentimos dentro de nosotros mismos, notando la cercanía de sus almas y, sobre todo, sabiendo que nos esperan junto a Dios.

Te vi llorando porque se había ido. Era como si hubiera llegado la puesta de sol de un lujoso día. Pero tienes que saber que hay un tiempo para vivir y un tiempo para morir. Por eso cuando la puesta de sol baja su luz y su calor para acariciar la tierra de aquel montículo donde el alma descansa, es Dios quien lo manda, para recibirle Él en sus brazos y besarle con su corazón.

No te aflijas, lo de dentro nunca muere y el hombre sigue viviendo y amando en la plenitud de Dios.

Sé muy bien lo que es llorar. Muchos de mis seres queridos se encuentran ya con el Señor; pero ¿qué clase de cristiana sería si me anclase en el dolor de la muerte?

Todos tenemos que morir, todos tenemos que sufrir, pero con la seguridad de que todos Resucitaremos con Cristo.

Lo queramos o no, para Resucitar hay que morir. Pero, ¿Cómo hablar de muerte, en un momento de la historia en el que, no sólo se cuida el cuerpo, sino que se rinde culto al cuerpo?

Por cualquier medio de comunicación, se nos martillea con: alimentación equilibrada, dietas justas, ejercicio suficiente, medicina preventiva, milagros curativos, medidas exactas... pero no nos recuerdan que también tenemos alma. Saberlo nos exige demasiado y se nos impide pensar que caminamos cojos, apoyados en una sola muleta, sostenidos en “media” realidad.

Pero claro, como el alma no se ve, da lo mismo que sea bajita, gorda y enferma; nadie se enterará de ello.

Sin embargo yo creo, que si nos hablasen de ella a todos nos gustaría tenerla en perfectas condiciones. Por eso, este año, podríamos hacernos este planteamiento y empezar por preguntarnos:

¿Hacemos algo para mantener el alma sana?

• ¿Cómo la alimentamos?

• ¿Realizamos alguna clase de ejercicio para dinamizarla?

• El alma no muere, pero ¿Qué medicamentos usamos cuando enferma?

Lo queramos o no, una cosa es segura; el cuerpo se deteriora, termina y muere. Sólo el alma es inmortal, en ella viviremos eternamente. ¿Acaso no es este un buen momento para replantearnos la situación?

“¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón” (Salmo 23)

ABRIR EL SURCO

Lo importante es saber morir un poco cada día, saber ir dando retazos de tu vida, saber abrir el surco y dejar el grano en la tierra hasta que salga transformado. Saber:

• Que cuando alcanzo lo que busco algo termina en ese momento.

• Cuando poseo lo que ansiaba algo está finalizando.

• Y cuando mis sueños se hacen realidad la vida me presenta una nueva

alternativa.

Saber:

• Que cuando me parece que creo, se presenta ante mí una nueva duda.

• Cuando digo que espero llega a mí la siguiente desesperanza.

• Y cuando digo que amo, noto que empieza a disminuir mi entrega.

Sin embargo en este mundo moderno, lleno de desigualdades, existen países ricos donde prima la comodidad; haciéndonos caer en la tentación de renunciar a las exigencias de la salvación. No aceptamos a nadie que nos hable de renuncia, de donación, de muerte. Pero por mucho que avance el progreso nadie podrá escapar de esta realidad.

La muerte no tiene edad y menos la muerte que nos buscamos nosotros mismos esperando encontrar la felicidad.

¡Cuántos muertos caminando por nuestras calles! ¡Cuántos jóvenes que, buscando la dicha, han encontrado el camino, sin salida, de la droga y el alcohol!

Pero, también a ellos quiero decirles que junto a Cristo todo es posible. Quiero decirles:

-Que no se abandonen a la muerte, que la sociedad los necesita.

-Que busquen un ideal que merezca la pena.

-Que se dejen tocar por el Señor.

-Que busquen esa mano tendida, que las hay, que les ayude a ponerse en pie.

-Que aunque no salgan en los medios de comunicación, hay mucha gente que

les ofrece su amistad, su diálogo, su escucha.... su cariño.

-Y, sobre todo, que no todo acaba con el deterioro del cuerpo.

San Juan nos lo afirma, en uno de sus textos, con estas bellas palabras:

“Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva. Porque el primer cielo y la primera tierra han desaparecido y el mar ya no existe. Y oí una voz potente que decía: Esta es la morada de Dios con los hombres, ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos y ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor porque todo lo viejo se ha desvanecido” (Apocalipsis 21, 1 – 5)

RODEADOS DE MUERTES

También hay mucha muerte en la familia. Problemas de todas las clases. Esposos que no se toleran, hijos que menosprecian a sus padres, malos entendimientos entre hermanos, fracasos económicos, familiares que han fallecido, quizá a temprana edad y de muertes con mucho sufrimiento... Ante casos tan duros ¿se puede decir con rotundidad que estas situaciones en manos de Cristo pueden superarse?

Os invito a contemplar la escena de María al pie de la Cruz. María estaba hecha de la misma carne que tú y que yo. María tenía el corazón traspasado y el alma rota. María estaba abrazando a su hijo muerto, de 33 años, porque se acababa de cometer con Él, la mayor sinrazón de la historia. Sin embargo conmueve verla: inmóvil, fuerte, firme, valiente… Ella es, el gran signo, de lealtad al Padre.

No es casualidad que Jesús proclamase bienaventurados a los que lloran, a los perseguidos, a los que sufren por su causa...

Él no esconde la realidad. A sus apóstoles les dice que si lo siguen tendrán dificultades y problemas; pero les lanza un reto: “el que quiera ser mi discípulo que tome su cruz y me siga”. Y ahí está la Madre, como discípula aventajada, dando prueba de una fidelidad inquebrantable.

Ella estaba identificada totalmente con su Hijo que descansaba inerte en su regazo; ella estaba totalmente identificada con su sufrimiento y su muerte. Ella en ese momento nos estaba gritando que si nosotros, también, nos identificamos con Cristo en el sufrimiento y la muerte, aunque nos parezca incomprensible, nuestra desolación, nuestro fracaso, nuestra debilidad... se transformarán abriendo nuestra vida al auténtico amor.

Es verdad que Dios no elimina, salvo en raras excepciones, nuestra herida, ni nuestra pena...; pero las transforma en redención, las hace sublimes, las hace merecedoras de dicha.

“Ni ojo vio, ni oído oyó, ni criatura alguna puede suponer lo que Dios tiene preparado para los que le aman” (1 Corintios 2, 9 – 10)

PARA LA ORACIÓN PERSONAL

Hoy es un día, para abrazar con fuerza, en nuestro corazón, a todos nuestros difuntos. Yo, personalmente, quiero abrazar: A mis padres, mis hijos, mis abuelos, mis tíos, toda mi familia, tantos amigos... Quedo sorprendida al ver que en un día en el que la gente se instala en la negatividad, ante mí aparezcan dos palabras: luz y amor; dos palabras que dejan de lado, todas esas otras de: dolor, oscuridad, sufrimiento, desierto, resignación…

Pero la realidad está ahí y esta situación existe. Por eso, en este momento de oración podríamos preguntarnos:

• ¿Será debido a que, el mensaje de Jesús, lo aparcamos cuando las cosas no

salen como esperamos?

• ¿Será que la novedad, de Dios, queda todavía lejos de nuestros esquemas?

• ¿O acaso nuestra esperanza está tan debilitada, que ante un golpe

inesperado, nos abandona a nuestra suerte?

Ante, el Señor, nos damos cuenta de que sea cual sea nuestra realidad, es lógico y normal lo que nos sucede; nadie puede desprenderse de su humanidad; y decir adiós a un ser querido, cuesta demasiado.

Quizá este año, haya sido un año duro para ti. Quizá haya muerto alguien de tu familia, gente de tu entorno… posiblemente algún joven cercano, conocido, querido…

También estamos sensibilizados por tantas muertes, a manos de personas inhumanas que no respetan la vida; muertes por accidentes de tráfico, laborales, por atentados… asesinatos, muchos de ellos entre familias; todos ellos se agolpan en nuestro corazón, como un aldabonazo que nos alerta de su recuerdo.

Ante tanta desolación, solamente nos queda acercarnos al Señor; al dueño de la muerte y de la vida, para que regenere tanta devastación como inunda nuestra alma y nuestra sociedad.

Pero, también llena de esperanza, porque sé con firmeza que Dios todo lo puede; grabo estas palabras, que siempre guardo cerca de mí.

“Quiero deciros que el adiós no existe:

Porque si se pronuncia entre dos seres, que nunca se encontraron,

es una palabra innecesaria; Y si se dice entre dos que fueron uno,

es una palabra sin sentido.

Porque en el mundo de dentro, sólo hay encuentros y nunca despedidas.

Así el recuerdo del ser amado crece en el alma con la distancia,

lo mismo que crece el eco en la montaña cuando cae la tarde”

RECORDANDO A UN AMIGO

Todavía no hace dos meses que un buen amigo nuestro, pasó a la Vida plena.

En su funeral, lleno de gente que lo quería y lo quiere, su hija leyó algo que me parecía digno de ofrecer a cuantos, en el día de difuntos, os acercaseis a la página.

Hablé con ella y al hacérselo saber, con mucha generosidad, me lo hizo llegar para que lo brindase, por si a alguien puede servirle de alivio.

Como vais a ver está lleno de amor, de ternura, de afecto… a la vez que emana agradecimiento y cercanía.

Hay gente que, quizá se sienta identificada al leerlo, porque sea alguno de los que ella nombra.

En cualquier caso es un auténtico homenaje, salido del alma de una hija, para su padre y llegará a cuantos podáis beneficiaros de él.

MI PADRE

“Cuando naces la llevas al lado de compañera”. Ésa era la visión de la muerte que tenía mi padre. Se ha ido y con él se han ido muchas cosas pequeñas y grandes que atañen a lo individual y a lo colectivo. Con él muere un trozo de memoria de este pueblo, de sus costumbres perdidas, de sus ocupaciones tradicionales, de los nombres de sus pagos, que, según la temporada, recorrió en mil ocasiones en busca de fósiles o de setas, de sus historias cotidianas dulces y amargas que él, como un juglar, atesoraba en su cabeza y contaba a quien quería escucharle.

Vivió como debía, asumiendo con responsabilidad y orgullo los papeles que la tragicomedia de la vida le tenía reservados. Fue agricultor, leñador emigrante, tratante, carrocero y fundamentalmente un hombre de familia.

Evocaba con frecuencia sus años de dedicación al comercio con mulas porque le hacían sentirse un poco hombre de mundo y un poco caballero andante recorriendo los pueblos de Castilla, comiendo en sus posadas y durmiendo en sus pajares. Sus relatos contenían personajes propios de las novelas de Galdós o Delibes y paisajes y escenarios de la España profunda de la posguerra.

Llevaba el trato en la sangre. En sus últimos años, hasta que la enfermedad agazapada en su interior empezó a desperezarse, recorría asiduamente los rastros y rastrillos de Zaragoza, negociando en los puestos el precio de un capricho y trayendo a casa tesoros de mercadillo.

Murió como había vivido, mirándole a los ojos a la muerte que, como compañera, no fue del todo cruel con él, aunque le robó la fuerza y lo torturó con una sed insaciable. Mi padre soñaba con morder una bola de nieve blanca recién caída y recordaba con deleite el agua de cristal de las fuentes de las que bebía cuando volvía de trabajar en el campo. A nosotros, en cambio, nos hizo algunas concesiones: nos regaló un cumpleaños más de cada uno, unas navidades y otras alegrías domésticas, que después de recibir el mazazo de su diagnóstico nunca creí que viviéramos juntos.

Murió con una profunda fe en Dios, cuerdo, sereno y sobre todo sabio. Conociendo las claves de la vida y de la muerte, sabiendo que es lo que en realidad tiene valor y lo prescindible, aferrado al trabajo, la honradez, la dignidad de la persona y el afecto a la familia como principios insobornables y con la capacidad de ilusionarse como nueva.

Era orgulloso y de naturaleza tímida y solitaria y nunca se sentía merecedor de las muestras de afecto y atención que recibía de su entorno. Siempre necesitaba compensar con creces a quien se las profesaba, por ello creo que es oportuno que haga público en su nombre su agradecimiento a sus médicos: a Pilar que le protegió en el Miguel Servet de la agresividad que la medicina puede llegar a alcanzar, a Goyo que fue nuestro oráculo en la toma de las decisiones más difíciles, a Juancho que comenzó siendo nuestro medico y terminó siendo uno más de la familia, y a su oncólogo, el doctor Pazo, que con su ciencia nos lo conservó unos meses preciosos; a toda su familia y en especial a tía Lorenza y tío Felipe que le hicieron sentirse muy querido, a tía Consuelo que compartió día a día nuestra preocupación y a través de los DVD de tío Paco le trajo Maranchón a casa, a tía Visi que con sus llamadas telefónicas casi diarias le daba fe y fuerza para seguir luchando, a mis primas Montse y Begoña que no dejaron en ningún momento de interesarse por él y a mí me sirvieron de gran apoyo. A Alberto, mi marido, que se ocupó de que yo pudiera tener el espacio necesario para estar con mi padre. Y sobre todo a mi tía Augusta, que, de forma desinteresada, estuvo desde el principio en la línea de fuego, y a mi madre, que peleó como una leona por su bienestar y el de todos hasta su última hora y hasta el límite de sus fuerzas. Mi padre la admiraba y en estos últimos años la veía como la columna que sostenía su vida.

Quiero también hacer constar mi agradecimiento a Alfredo Boné, Consejero de Medio Ambiente de Aragón, que con sus visitas hizo que mi padre se sintiera importante y de cuya relación presumía siempre que podía, a todos mis compañeros de los que permanentemente he recibido muestras de apoyo y afecto y a cuantos habéis acudido a acompañarnos en este duro transito.

Cuando supe que le perdía irremisiblemente, mi máxima preocupación era que se perdiera su memoria y todo lo que habíamos compartido. Pacté con esa deidad indefinida con la que hablamos los desesperados que no se me lo llevara hasta que su nieto no fuera capaz de recordarlo. Ahora veo que él vive en mí, en mis genes, en mi forma de hablar, en mi sentido del humor, en lo que sé y lo que siento, en mi forma de abordar la vida. Pervivirá para siempre en nuestros corazones y en nuestra memoria, y yo me encargaré que perviva en la memoria de mi hijo. Descanse en paz.

Ana Cristina Fraile García

8 de Septiembre de 2008