LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: HUMILDAD DE CORAZÓN
Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano.

"Con sencillez la aprendí y sin envidia la comunico; no me guardo ocultas sus riquezas" (Sb 7,13).

A continuación, el autor, como si nos abriera su alma, nos revela una confidencia entrañablemente íntima: Ha acogido la sabiduría con la humildad y sencillez propias de quien es consciente de que le ha sido ofrecido un don, y no encuentra en su haber ningún mérito para considerarse acreedor de lo que ha recibido.

Esta actitud de Salomón para acoger la sabiduría facilita su asimilación. Me estoy refiriendo a la sencillez como disposición tanto activa como pasiva. Si la disposición pasiva, es decir, recibir el don, es perfectamente comprensible, quizá debiéramos puntualizar en qué consiste la disposición activa. Hablaré, pues, de la reacción del hombre ante la sabiduría que fluye del corazón de Dios hacia el suyo propio.

Empecemos por decir que hay una disposición activa que es negativa en sí misma. Veamos, por ejemplo, el rechazo sistemático de los fariseos y, en general, de todo el pueblo, ante las palabras de gracia/sabiduría que salían de la boca del Hijo de Dios. Recordemos la primera predicación de Jesús en la sinagoga de Nazaret. Al principio todo eran parabienes y elogios: "La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: ¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada?" (Mc 6,2).

Sin embargo, la falta de sencillez de los asistentes ante lo que sus ojos veían y sus oídos oían, fue como un muro impenetrable, por lo que la predicación de Jesús no pudo alcanzar sus corazones. De ahí sus comentarios, tan prepotentes como infantiles, acerca de Él: "¿No es éste el hijo del carpintero, el hijo de María...? Y se escandalizaban a causa de él" (Mc 6,3).

Dicho esto, pasamos a hablar de la disposición activa en sentido positivo, y empezamos diciendo que sólo el que escucha con sencillez evangélica está en condiciones de obedecer. La palabra obedecer está etimológicamente vinculada a la palabra oído. De hecho, obedecer viene de ob-audire. Audíre significa oír, escuchar. Ob-audire implica escuchar en orden a actuar.

Un ejemplo clarísimo de este escuchar que te lleva a la acción, lo tenemos en María de Nazaret. Escucha a Dios que le habla por medio del ángel, y ella misma pone la palabra que ha escuchado en movimiento; de ahí su respuesta: "He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según lo que me acabas de decir".

El escuchar con sencillez, sin pretender pleitear con Dios, supone la aceptación de su propuesta. Recordemos que el Evangelio es la gran propuesta del Hijo de Dios al hombre. En esta dirección podemos reconocer a sus discípulos en el siguiente pasaje del Apocalipsis: "Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo" (Ap 3,20).

Desgranemos catequéticamente este precioso texto. En él, el Señor Jesús nos dice que está a la puerta del corazón de cada hombre llamándole. Muchas y diversas son las formas de las que se sirve para llamar a cada persona: circunstancias, acontecimientos, amigos, libros y, por supuesto, la primera de todas, la predicación del Evangelio. De una u otra forma estas llamadas nos alcanzan.

La sencillez y humildad del que escucha se hacen patentes cuando el interpelado se levanta y abre al que está llamando. Es entonces cuando se da la cena de amistad, el encuentro de liberación, como, por ejemplo, le sucedió a Zaqueo: "Cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa. Se apresuró a bajar y le recibió con alegría... Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abrahán, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,5-9).

Es muy importante hacer estas puntualizaciones acerca de la sencillez y de la disposición del hombre de cara a escuchar a Dios, porque se corre el peligro de hacer de la Escritura un objeto, muy interesante, eso sí, pero nada más que un objeto de estudio. Dios no nos ha dado su Palabra para que la estudiemos sino para que la amemos hasta hacerla nuestra, hasta que llegue a ser espíritu de nuestro espíritu. Solamente así, al margen de que se estudie o no, podemos encontrar en el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo el Rostro del Padre, que es suyo y nuestro.

Cuando una persona es totalmente consciente de que la sabiduría, la predicación que anuncia y comunica es un don incontestable de Dios, le da gloria no permitiendo que asomo alguno de envidia, orgullo o vanagloria corrompan lo que ha recibido. Recordemos a este respecto la exhortación de Pablo: "Pues ¿quién es el que te distingue? ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido?" (l Co 4,7),