Domingo XXXI del Tiempo Ordinario
Conmemoración de todos los Fieles Difuntos
2 de noviembre de 2008

La homilía de Betania


1.- HOY HAY QUE HABLAR DE RESURRECCIÓN, NO DE MUERTE

Por José María Maruri, SJ

2.- VIVIR Y MORIR CON ESPERANZA CRISTIANA

Por Gabriel González del Estal

3.- LAS MUCHAS MORADAS DE LA CASA DEL PADRE

Por Antonio García Moreno

4.- ESE LUGAR

Por Gustavo Vélez, mxy

5.- LLAMADOS A VIVIR UNA VIDA EN PLENITUD

Por José María Martín OSA

6.- ¡QUÉ SUERTE… LA DE ELLOS!

Por Javier Leoz

7.- HOY, NO TENGAMOS MIEDO A LA MUERTE

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


SOBRE LOS FIELES DIFUNTOS

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- HOY HAY QUE HABLAR DE RESURRECCIÓN, NO DE MUERTE.

Por José María Maruri, SJ

1.- Todos caminamos atados a la cadena de la muerte, para unos, más larga; para otros, más corta. Y nadie ha roto esa cadena. Sólo el Señor Jesús se ha atrevido a proclamarse resurrección y vida. Solo Él, a través de la muerte, no escamoteando la muerte, ha llagado a la vida, a la vida plena, vida todo vida, no añadiendo eslabones a esa cadena, sino rompiéndola. Sólo Él ha vencido a la muerte. Y hoy que la Iglesia –y en domingo—celebra a todos esos hermanos nuestros que nos han precedido en la muerte, sólo se me ocurre pensar en la resurrección…

Creo, por otro lado, que la palabra resurrección sobre todo aplicada a nosotros nos lleva al equívoco. Creo que la mayoría lo único que en realidad creemos es en una especie de prolongación de la vida actual. No pensamos en vencer la muerte, sino en retrasarla, no en poseer la vida total, toda vida, sino en regresar a nuestras calles y plazas, atravesar a la inversa la puerta de la muerte… Regresar. Y sin querer arrojamos esa misma imagen sobre la Resurrección del Señor y la entendemos mal, porque la Resurrección del Señor no es el recular del tren que ya se perdía en el túnel de la muerte para dejar el andén de la vida a ese Jesús en el mismo sitio en que subió al tren.

La Resurrección del Señor no es un segundo tomo de su vida, no es añadir un trozo a su vida. De esa manera efímera resucitaron el hijo de la viuda de Naín, la hija de Jairo y Lázaro, el de Marta y María, de Betania. Todos resucitaron encadenados de nuevo a la cadena de una nueva muerte. Y es que la resurrección del de Naín, la de Jairo y la de Lázaro fue un milagro y la Resurrección del Señor es un misterio.

2.- Jesús al resucitar da un vertiginoso salto adelante para entrar en la vida total. No regresa a la vida se convierte en Viviente, se manifiesta en lo que siempre fue vida eterna y fuente de vida –un día--- para todos nosotros y para los que no han antecedido en este mundo. Y, entre ellos, claro, esos seres queridos que especialmente recordamos hoy. Jesús es el primer astronauta que por su propia energía rompe la barrera de la gravedad de la muerte para lanzarse a un maravilloso viaje por la infinitud de su propia belleza y amor, fundiéndose en un abrazo con su Padre Dios. Su penosa muerte no ha sido más que el traqueteo del tren al pasar agujas. Para pasar del antiguo TALGO al moderno AVE.

3.- Y en Él –y es importante recordarlo hoy en este domingo que conmemoramos a los fieles difuntos—hemos resucitado todos porque vamos montados en el mismo tren, no sólo arrastrados por la energía divina del Señor que va en cabeza, sino porque desde el bautismo llevamos nosotros esa energía divina energía. Por eso esta fiesta, esta eucaristía de hoy, debe ser de alegría y vida. El Señor, Hijo de Dios Vivo, es capaz de sacar vida de la misma muerte, como de la muerte de la semilla saca vida pujante de la espiga, como en la destrucción de una estrella saca luz para millones de años y del sepulcro de los que creemos en Él saca una vida transformada, desatada para siempre de la cadena de la muerte. Y por eso, y como decía al principio, hoy hay que hablar de Resurrección, no de muerte.


2.- VIVIR Y MORIR CON ESPERANZA CRISTIANA

Por Gabriel González del Estal

1.- El temor, y hasta el pánico, ante la muerte, es un sentimiento primario muy humano, pero no es cristiano. No queremos decir que lo cristiano sea inhumano, sino que hay muchos sentimientos humanos espontáneos y primarios que deben ser corregidos y enriquecidos por la reflexión cristiana. Los sentimientos humanos primarios no son siempre, afortunadamente, los más humanos. El hombre, a diferencia de los animales, debe saber contradecir a los sentimientos primarios y guiarse, en muchísimos momentos, por la fe y la razón. La fe y la razón deben estar continuamente poniendo freno a algunos sentimientos primarios y robusteciendo y enriqueciendo a otros. De lo contrario viviríamos todavía en la selva y en la guerra de todos contra todos. En este sentido, decimos que el sentimiento primario de pánico ante la muerte debe ser corregido y enriquecido por la reflexión cristiana.

2.- En el evangelio de la fiesta de este día Jesús les dice a sus discípulos que no tiemble su corazón, que crean en Dios y que crean también en él. Les dice esto en el sermón de la última cena, cuando sabe que la muerte le está acechando ahí mismo, a la salida del cenáculo. Jesús, en el huerto de los olivos, no es que no sintiera un sentimiento primario de miedo y pánico ante la muerte, es que su fe y su amor al Padre fueron más fuertes que su temor. Con sentimiento primario dijo: que pase de mí este cáliz, pero su fe y su amor al Padre le impulsaron rápidamente a decir: que no se haga mi voluntad, sino la tuya. Jesús de Nazaret vivió siempre con la esperanza firme y cierta de que tenía que morir en esta tierra, antes de ir, definitivamente, a la casa de su Padre. Esta esperanza cierta, esta vivencia, del gozo inmenso que tendría para siempre en la casa del Padre, es lo que le hacía vencer, humanamente hablando, el temor y el pánico, como sentimiento humano primario, ante la muerte. Así también nosotros, los cristianos, tenemos la esperanza firme y cierta de que Jesús nos ha preparado ya un sitio en la casa de su Padre donde, después de esta vida, gozaremos con él de la presencia eterna y gozosa de Dios.

3.- La fiesta cristiana de los difuntos se celebraba en otros tiempos en un ambiente de luto y gran dolor, de rezos y plegarias continuadas por el eterno descanso de las almas que todavía estaban padeciendo en el purgatorio. Era un día en el que uno se levantaba y se acostaba pensando en el cementerio. Hasta tres misas seguidas decíamos casi todos los sacerdotes. Hoy día la fiesta de los difuntos va perdiendo ese carácter lúgubre y penitencial de otros tiempos y se ha ido acercando progresivamente, en su significado, a la fiesta de todos los santos. Ahora, nuestros cementerios se llenan de flores en el día de todos los santos, más que en el día de todos los difuntos. En el fondo de todo esto está, creo yo, un cambio en la sensibilidad y en la fe cristiana del hombre cristiano de hoy. De la fe en un Dios principalmente justiciero hemos pasado a la fe en un Dios principalmente compasivo y misericordioso. Es la misericordia de Dios la que ha salvado a nuestros seres queridos, más que nuestras obras. Por eso, tendemos a creer y a esperar que nuestros fieles y queridos difuntos ya están gozando de la presencia de Dios, y ya son por consiguiente santos. Por eso, como digo, las dos fiestas se han casi identificado y celebramos más solemnemente la fiesta de los santos que la de los difuntos. Celebremos nosotros también esta fiesta de los difuntos con gozo y esperanza, como celebramos ayer la fiesta de todos los santos y digamos con el salmista: mi alma espera en el Señor, espera en su palabra, porque de ti procede el perdón y así infundes respeto.


3.- LAS MUCHAS MORADAS DE LA CASA DEL PADRE

Por Antonio García -Moreno

1.- Muerte y vida.- Es curioso que, en el día que la Iglesia recuerda a todos los fieles difuntos, se proponga en la Liturgia de la Palabra de la Santa Misa el pasaje de San Pablo a los romanos, donde habla de la nueva vida que por el Bautismo se nos concede. Ello se explica porque antes de renacer a esa vida, el catecúmeno debe morir al hombre viejo. Y esto se verifica mediante el rito de inmersión en el agua, habitual entre los primeros cristianos. Por eso el Apóstol dice: Con Cristo “fuimos bautizados para participar en su muerte, para que como él resucitó de entre los muertos por la gloria de Dios Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rm 6, 4). Con ello se nos da la clave para entender bien el por qué de nuestras oraciones y de esas flores que hacen del cementerio un hermoso jardín. Es cierto que puede haber mucho de folclore, incluso de vanidad y formalismo social, en el recuerdo por nuestros seres queridos, pero también existe en el fondo de nuestros corazones la esperanza cierta de, aunque muertos en la tierra donde yacen sus restos, siguen vivos en otro mundo.

Por otro lado, es conveniente recordar con frecuencia los efectos del Bautismo a fin de que estimemos el don recibido y seamos conscientes de la dignidad en que Dios nos ha constituido. Ante todo el Bautismo ha borrado en nosotros el pecado original, de tal modo que, -como señala el concilio de Trento-, nada aborrece Dios en los que han renacido a la vida de la gracia, nada hay en ellos digno de condenación. Mediante el Bautismo el neófito ha sido sepultado en las aguas con Cristo, muriendo al pecado. Ya no vive según la carne, se ha despojado del hombre viejo y se ha revestido del hombre nuevo, creado a imagen de Dios, quedando inocente, sin mancha, puro, sin culpa y amado del Señor. Además el Bautismo nos marcó para siempre con el carácter sacramental, una señal que se grabó de forma indeleble en el alma, y que nos distingue como hijos de Dios y herederos de su gloria. Según el Vaticano II, por el Bautismo somos injertados en el misterio pascual de Cristo, morimos con él, para resucitar con él. Recibimos el espíritu de adopción, por el que, como hijos, clamamos diciendo: "Abba, Padre".

Al ser configurados con Cristo por el Bautismo, la gracia divina, las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo se asientan en el alma del bautizado, que viene a ser templo del Espíritu Santo y morada de la Santísima Trinidad... Todas estas realidades maravillosas han de fortalecer nuestra esperanza y alimentar la firmeza de creer que nuestros seres queridos siguen vivos. Esta realidad tiene que ser un continuo estímulo para nuestra lucha por alcanzar nuestra personal identificación con Cristo, hasta poder afirmar con san Pablo: "Vivo yo, pero no soy yo, sino que es Cristo quien vive en mí".

2.- "No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí..." (Jn 14, 1) Son muchas las ocasiones en que Jesucristo anima a los suyos, exhortándolos a que no tengan miedo, a que no pierdan la calma. En otras ocasiones les echa en cara su falta de fe, su actitud apocada o temerosa. Para un hombre que cree en el poder y el amor de Dios, no es concebible el miedo y la angustia. En esta ocasión que consideramos, las palabras de Jesús fueron pronunciadas en la última Cena, en la víspera de su pasión y muerte. Por eso tienen un mayor significado y valor. Hay muchas moradas en la mansión del Padre, les dice, hay sitio para todos. Algunos han interpretado estas palabras como reconocimiento de que hay múltiples formas de caminar hacia Dios, y que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra. Desde luego, es cierto que Dios, al querer libre al hombre, permite muchas maneras de amarle y de servirle. Esto nos ha de animar a caminar por nuestro propio sendero, con alegría y con decisión, conscientes de que si lo recorremos con la mirada puesta en Dios, amándole con toda el alma, nuestro camino, sea el que sea, nos llevará hasta la meta ansiada, hasta la salvación eterna de nuestra alma.

Todo camino humano, por tanto, puede ser divino. Para ello es preciso recorrerlo, decíamos, con la mirada puesta en Dios, queriéndole sobre todas las cosas. Jesús nos lo especifica y aclara todavía más, nos señala sin titubeos el camino, diciéndonos que él mismo es el Camino, la Verdad y la Vida. Por eso es necesario que todos los caminos humanos, para ser divinos, han de pasar de una forma u otra por Cristo mismo. Es decir, en nuestro caminar de cada día hemos de procurar imitar a Cristo, ser fieles a su doctrina de paz y de gozo, de esfuerzo y de lucha.

De aquí la importancia de contemplar con frecuencia la vida de Cristo, de escuchar y de meditar sus palabras, de tratarle en la oración, de recibirle en nuestra alma en la Sagrada Comunión, limpios y fortalecidos con la recepción frecuente del sacramento de la Penitencia. Hay que vivir con el afán constante de no apartarnos nunca de Cristo y de estar pendiente de él, hagamos lo que hagamos. De ese modo nos iremos pareciendo más y más a Jesús, llegaremos a identificarnos con el, hasta el extremo de que su camino sea nuestro propio camino. Camino no de penas y de muerte, sino de dicha y de vida eterna.


4.- ESE LUGAR

Por Gustavo Vélez, mxy

“Dijo Jesús: Me voy a prepararos un lugar. Volveré y os tomaré conmigo, a fin de que donde yo esté, estéis también vosotros”. San Juan, cap. 14.

1.- En Corinto, una importante ciudad de la antigua Grecia, surgió una comunidad cristiana, compuesta en su mayoría por judíos inmigrantes y algunos otros venidos de la gentilidad. A estos discípulos San Pablo les escribió varias cartas, en las cuales derrocha todo su cariño. Allí les presenta lo más elevado de su pensamiento teológico: La doctrina sobre la Eucaristía, sobre el Cuerpo Místico, el himno de la Caridad. Pero ocurría en Corinto que la muerte realizaba también su acostumbrada tarea. Por las enfermedades, la violencia, la persecución que sufrían los seguidores de Cristo. Y el apóstol, seguramente a petición de sus fieles, abordó un día el tema de la vida futura. Lo hizo mediante una comparación muy comprensible a los judíos, quienes durante muchos años peregrinaron por el desierto: “Mi padre era un arameo errante”, confesaba cada israelita al ofrecer a Dios las primicias de su cosecha. En esos tiempos la gente se movilizaba llevando a cuestas su tienda, bajo la cual acampaban por las noches. Las había fabricadas en cuero, o también de tela fuerte que resistiera el sol y las lluvias.

2.- El apóstol entonces escribía: “Nosotros sabemos que si esta tienda de campaña – nuestra morada terrenal – se destruye, adquirimos una casa permanente en el cielo, no fabricada por el hombre, sino por Dios. Así pues nos sentimos seguros, porque caminamos en la fe”. Por lo tanto la fe en Cristo nos enseña que al morir, cambiamos de habitación. Renunciamos a esta morada deleznable y precaria, para adquirir una morada segura “no fabricada por mano de hombre”. Tal enseñanza nos la entrega también Jesús, en su discurso de despedida: “No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Y yo me voy a prepararos un lugar”. Y un detalle de suprema cortesía: “Cuando os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo. A fin de que donde yo esté, estéis también vosotros”. Cabría entonces imaginar despacio “ese lugar” que el Señor nos promete, aderezado por su amor paternal.

3.- Valdrá además despertar en nuestro corazón la confianza. Ante el miedo de morir, ante la amenaza de extinguirnos, nos apoyamos en el Evangelio para ponerle alas a nuestra esperanza. Sin embargo, todo lo que imaginemos o digamos sobre la vida eterna no pasa de ser un boceto, pálido reflejo de cuanto el Señor quiere dar a sus hijos.

San Pablo también escribió un día esos aquellos cristianos de Corinto, calcando a Isaías: “Ni ojo vio, ni oído oyó, si el corazón humano sospechó cuanto Dios tiene preparado para quienes le aman”. En consecuencia, al reunirnos ante la muerte de un ser querido, los creyentes en Cristo no procuramos renovar la angustia. Ni motivar una resignación estoica frente a un suceso inevitable. Nos congregamos a orar por quienes se han marchado adelante, mientras fortalecemos nuestra confianza en esa vida futura que ya llega. La misma que Jesús nos ha certificado por su muerte y su resurrección.


5.- LLAMADOS A VIVIR UNA VIDA EN PLENITUD

Por José María Martín OSA

1.- Sabemos que estamos de paso en esta vida y que nuestro destino es el cielo. Sin embargo, la realidad de la muerte nos sigue desconcertando. Porque hay en nosotros un deseo de vivir, de eternizarnos…A muchas personas les angustia la muerte porque creen que con ella todo se acaba. Es comprensible entonces que la muerte y hasta la misma vida les resulte absurda. Sólo desde la fe podemos dar una respuesta a este misterio. Y es que si nuestra existencia está unida a Cristo, lo estará también nuestra muerte y resucitaremos con El. El que nos creó es un Dios de vivos y quiere que todos los hombres vivan y encuentren la plenitud de la vida. Jesucristo es “el camino, la verdad y la vida”. Sólo en El encontramos el sosiego y la paz, por eso escribió certeramente San Agustín estas hermosas palabras: “nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.

2.- Recibimos una nueva vida por el Bautismo. San Pablo nos recuerda en la Carta a los Romanos que la vida de un cristiano, por la gracia bautismal, es una llamada permanente a morir y a renunciar a todo aquello que tiende a empujarnos al mal, y a ir liberándonos de las servidumbres que origina en nosotros aquello que San Pablo llama “el hombre viejo”…Y, al mismo tiempo, la vida de un cristiano es ir recuperando cada día un trozo más de esa libertad interior que es el anticipo de la vida resucitada…, de modo que, a medida que vamos viviendo más años, vayamos también alumbrando espacios nuevos de convivencia en los que la concordia y el buen entendimiento sean más fuertes que las tensiones, el respeto al otro más significativo que la exclusión, la alegría y la esperanza más vivas que la desconfianza y el deseo de vivir más intenso que las actitudes destructivas. Esta dinámica de atenuar en nosotros los síntomas de negatividad y de muerte y de acrecentar los signos de positividad y de vida es la más viva expresión de lo que es la auténtica vida cristiana: morir a nuestras tendencias negativas e ir resucitando a los gérmenes de eternidad que el Bautismo sembró en nosotros.

3.- La bondad, la misericordia y la ternura de Dios son inmensas. Es bueno tener confianza en el Señor y no miedo a su castigo. El está de nuestra parte, a favor nuestro. Jesucristo entregó su vida por nosotros en la cruz para obtener el perdón de nuestros pecados, ¿cómo podemos dudar de su misericordia y su perdón? Si todo hubiera quedado en la cruz sería un tremendo fracaso, pero Jesús resucitó, venciendo a la muerte y dando sentido a la vida. ¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? En este día peregrinamos hacia el cementerio para recordar a nuestros seres queridos, pero ellos ya no están allí. Si creemos en la Resurrección debemos tener tres actitudes: en primer lugar confiar en el amor del Padre que nos quiere a cada uno de nosotros y nos llama a la vida, en segundo lugar orar por y con nuestros difuntos, y en tercer lugar trabajar para que nuestra vida sea realmente luminosa, llena de la luz del amor, de la apertura, de la atención a los demás, porque sólo así habrá merecido la pena haber vivido. La mejor manera de ser feliz es hacer felices a los demás, nos dijo Baden Powell, fundador del movimiento scout. Practiquemos la justicia y hagamos el bien, no para ganar una parcela en el cielo, sino por amor a Dios. Se muere como se vive; si en nuestra vida hay amor, la muerte será un simple paso, una puerta que se abre a una vida en plenitud. Jesús es la resurrección y la vida y quien cree en El no morirá para siempre, sino más bien vivirá para siempre.


6.- ¡QUÉ SUERTE… LA DE ELLOS!

Por Javier Leoz

Ayer festejábamos el esplendor, la gloria y la vida –santa y buena- de miles y miles de hermanos nuestros, reconocidos o no, que alcanzaron la Santidad. Fueron bienaventurados, para Dios, aunque –en el mundo- tal vez pasaran algunos o muchos desapercibidos.

1.- ¿Y hoy? Hoy no perdemos el hilo que nos marcaba la fiesta de ayer. Si, en el día de Todos los Santos, las bienaventuranzas nos enseñaban el sendero de la virtud, hoy San Pablo, en su primera lectura o el mismo Cristo en la segunda, nos dicen que nuestros difuntos, porque creyeron y esperaron, “Dios los llevará con El”. Por lo tanto, en este día de Todos los Difuntos, tenemos derecho y motivos para la esperanza.

a).- Nadie nos puede quitar la memoria de aquellos que compartieron su vida, su fe y su ser con nosotros. Mucho están cambiando las cosas, en algunas latitudes, a la hora de afrontar un duelo. Lo importante, se haga como se haga, es que guardemos un indestructible recuerdo, en el corazón, en la oración y en la mente, de aquellos que fueron fieles a Dios y, por qué no decirlo, ¡en cuántas ocasiones fieles por nosotros y a nosotros! ¿O no?

b).- Tenemos derecho a la confianza. El Día de Todos los Difuntos, por los cuatro costados de nuestra persona, debiera de salir una acción de gracias a Dios: gracias, Señor, por la vida; por la oportunidad que nos diste para amarlos, para cuidarlos y por los años que compartieron sus pensamientos, palabras y existencia con nosotros. Y también, por qué no reconocerlo; perdón, Señor, porque en algunos momentos no estuvimos a la altura; porque es más fácil y menos comprometido, visitar a un fallecido que ayudarle en vida. Por eso, Señor, perdón por las veces en las que significaron poco o nos cansamos de amarles como Tú nos amas. Hay que vivir, esta festividad, mirando por la ventana de la esperanza: viven en el Señor, aguardan la resurrección, la muerte no es punto final.

c).- Finalmente, en este Domingo, más que nunca hemos de celebrar el Día del Señor. En su triunfo, estará el nuestro sobre la muerte; en la mañana de la Pascua, se sostendrá y aparecerá la nuestra y definitiva; por el sepulcro abierto de Cristo es por lo que visitamos, en estas horas, a nuestros seres queridos difuntos para meditar una y otra vez: “no busquéis aquí entre los muertos al que está vivo”.

2.- Estos, amigos, pueden ser –entre otros muchos- las motivaciones que nos empujan a pensar en ese camino que, ofrecido por Jesús, muchos de nuestros familiares lo han encontrado para darse de frente con la Ciudad Eterna: el cielo.

Estas, aunque afloren las emociones en este día, son razones que nos mantienen despiertos; que nos hacen soñar en una mesa celestial, en la que todos, y digo todos, estamos invitados, por la fe, la esperanza y la caridad, a dar buena cuenta de lo que Dios nos ofrecerá: la felicidad y la vida sin límites.

Hoy, al recordar a nuestros difuntos, después de visitar los camposantos, no nos queda sino mirar al cielo y con la fuerza de nuestra voz y de nuestra fe gritar: ¡creo en ti, Señor! ¡Espero en ti, Señor! ¡Llévanos un día también con ellos, al encuentro del Padre! ¡Qué suerte tienen! ¡Qué ventaja nos llevan! ¡Ellos resucitarán en primer lugar! ¡Consolaos, pues mutuamente, con estas palabras!”

3.- DESCANSAD

Descansad; descansad en las manos que, por ser tan grandes

sólo pueden ser las manos de Dios

Vivid; vivid en aquella ciudad que –sin penas ni tristezas-

sólo puede ser la Ciudad de Dios

Esperad; esperad el último día, pues por estar ya dormidos

para vosotros será un pronto despertad

Orad; orad por los que aquí quedamos,

pues bien sabemos que, nuestra hora, es hora incierta

nuestro mañana, un tanto inseguro

y nuestra fragilidad brota por los cuatro costados

Descansad; hermanos, descansad;

vivisteis y, Dios, os guió con mano providente

Sufristeis: pero ¿quién sabe si ahora no estaréis

descubriendo la otra cara de esa sufrida moneda?

Llorasteis; pero hoy con el pañuelo amoroso del Padre

os sentís reconfortados y consolados

Amasteis; y como un gran capital que nunca decrece,

presentáis las buenas acciones de vuestro ser

los detalles de tanta delicadeza repartida

la suavidad de las palabras que no quisieron herir

la prudencia de los silencios que fueron vuestro baluarte

Sí, hermanos, descansad en las manos de Dios

Porque, en el camino que Cristo os enseñó,

intentasteis llevar una vida y agradable

Con lágrimas y dolor

Con aciertos y fracasos

Con virtudes y pecados

Como los atletas en el estadio o en la competición,

estuvisteis corriendo hacia la meta

arropados y empujados por el Espíritu

enamorados por Jesucristo

atraídos por el amor infinito del Padre

Sí, hermanos, padres, amigos, compañeros,

sacerdotes, y tantos que estáis ya al otro lado:

Descansad y pedid por aquellos que

pensando que somos eternos

un día junto a vosotros también estaremos.

en espera de la resurrección final y definitiva.

Amén.


7.- HOY, NO TENGAMOS MIEDO A LA MUERTE

Por Ángel Gómez Escorial

1.- El calendario litúrgico nos trae esta Conmemoración de todos los fieles difuntos en domingo. Ayer, día 1, celebramos la gran fiesta de Todos los Santos. Se han utilizado lecturas de entre las muchas que nos ofrece el formulario de exequias. Digamos, pues, nuestra misa de hoy está siendo similar a la que celebramos cuando hay un funeral. Sin embargo, todo el que tiene una aproximación suficiente a la vida eclesial sabe que el ambiente de las habituales misas de exequias es especial, duro, triste, difícil. Y es difícil para el oficiante y para los que asisten. El fallecimiento de un ser querido está muy próximo, solamente han pasado unos pocos días y comienza a tenerse la dura percepción de que esa persona se ha ido…

Pero, hoy, por el contrario podemos enfrentarnos cristianamente al hecho de la muerte sin esa impresión del dolor cercano. Claro que, sin duda, hoy vamos a recordar a fieles difuntos nuestros. Con unos pocos años encima y con buena memoria recordaremos a muchas personas que pasaron por nuestras vidas pero ya no están. Pero como decía, no quedarán, seguramente, cercanos. Por eso, con una cierta objetividad podemos analizar la cuestión de la muerte. Y, claro, nuestra óptica tiene que ser la de la enseñanza de Cristo, porque los aspectos científicos, médicos y hasta sociales han de tenerse en cuenta, pero solamente desde lo que se anida en lo más profundo de nuestros corazones y que no es otra cosa que la enseñanza de Jesús de Nazaret.

2.- La muerte es temida por la mayoría. Es verdad que suele tener, casi siempre, unos preámbulos muy duros. Una enfermedad terrible, por ejemplo. O en el caso de la muerte violenta o inesperada también le rodean aspectos muy duros. La guerra, el terrorismo, las catástrofes naturales e, incluso, los accidentes de tráfico son circunstancias duras, muy duras. Pero, además, es un cambio, una desaparición, un abandono. El cuerpo sin vida se vuelve inanimado y, al poco tiempo, cambia, cambia… Es pues lógico ese temor. Pero al ser hecho natural, equidistante y muy relacionado con el nacimiento, deberíamos comenzar a pensar con normalidad en la muerte, como una circunstancia más de nuestra existencia. Aunque no sea fácil. Y es, ciertamente, en la realidad cristiana sobre la muerte la que nos marca un buen camino. Ha habido muchas civilizaciones que han dado culto a la muerte, sobre todo pensando ene ella como un tránsito, como un viaje no conocido, hacia, también, algo desconocido. Ahí está el ejemplo egipcio. Pero no es el caso cristiano.

3.- Cuando Jesús de Nazaret resucita –ya convertido en el Señor—los primeros fieles supieron que ese era el camino para todos, tras la muerte. San Pablo lo ha expresado perfectamente: el Primogénito entre los Muertos. El Señor Jesús mostraba en sus apariciones que todo había cambiado: que era Él pero que su cuerpo había transcendido del tiempo y del espacio. Y ello es un gran consuelo para nosotros. Sobre todo, cuando en los postreros momentos de nuestra vida, ese cuerpo se debilita, apunta a la destrucción, se deteriora mucho ya en vida. Un día –lo ha dicho el Señor—seremos como ángeles. No es posible pensar de otra manera: la muerte es un tránsito a una vida mejor y eterna. Y, ciertamente, como decía al principio es bueno que hoy –en este domingo—alejados de la presión inmediata de la muerte cercana de un ser querido podamos analizar este gran misterio de nuestra vida. Y como la muerte es camino hacia esa otra vida mejor no nos debe entristecer. Si decimos, además, que la muerte se enmarca temporalmente en ese inicio que fue el nacimiento, pues también este, para la madre y para el nacido, tiene algo de difícil, de traumático. Pero se termina con la alegría de contemplar un nuevo ser vivo. Un proyecto esplendido de mujer o de hombre.

4.- Y demos, ahora, un repaso a las lecturas que hemos escuchado. Como ya os decía al principio se toman del formulario de exequias que es amplio. (Betania lo frece completo en el apartado “Formularios”, menú azul de la izquierda) La primera lectura es del Libro de las Lamentaciones (Lam 3,17-26) y nos presenta, precisamente, el lamento de quien espera ya, en silencio la salvación del Señor, aunque no hurta explicar su desánimo. Es un texto duro, sin duda. El Salmo 129 es el conocidísimo “De Profundis” muy usado en exequias. Su primer verso es impresionante: “Desde lo más profundo clamo a ti Señor”. La segunda lectura pertenece al capítulo sexto de la Carta del Apóstol San Pablo a los Romanos. Y ahí hemos podido escuchar unas palabras impresionantes que, desde luego, definen perfectamente la celebración de hoy: “Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él.” En el evangelio de San Juan, en su capítulo 14, Jesús nos ha ofrecido la razón de su marcha: va a prepararnos la vida futura. Dice: “En la casa de mi Padre hay muchas estancias, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros”. La vida futura, la vida tras la muerte es ir a la Casa del Padre a vivir con Jesús para siempre. Y eso es lo que con enorme alegría debemos celebrar hoy.

5.- Y si como se expresaba ayer –Fiesta de todos los Santos—sobre la antigüedad de esa conmemoración en los primeros momentos del cristianismo en Roma y como homenaje a los mártires, fue, en el caso de la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos, cuando San Odilón, abad de Cluny, en Francia, cuando en 998 instauró que al día siguiente de la fiesta de Todos los Santos, se conmemorara a los difuntos. Muchos años después, ya en el Siglo XIV, el Obispo de Roma dispuso que esta celebración se hiciera en toda la cristiandad. Realmente –y eso lo sabéis todo—el Día de Todos los Santos es la jornada dedicada a visitar los cementerios en todo el orbe cristiano. Y, tal vez, sea así, porque el día 1 de noviembre es siempre festivo y no siempre lo es el día 2, la jornada siguientes. Y pienso que esta coincidencia del calendario, nos puede hacer diferenciar un poco las dos conmemoraciones. Aprovechemos, pues, la jornada de este domingo para quitarle el temor a la muerte. Como os decía es un paso hacia el mundo futuro que Jesús nos ha prometido.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


SOBRE LOS FIELES DIFUNTOS

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Os habrá tocado a todos, mis queridos jóvenes lectores, asistir a algún entierro. Tal vez algunos de vosotros ha sufrido de cerca la visita de la muerte. En unos casos os habréis sentido implicados, en otros tal vez hayáis tenido que colaborar. Quizá se trataba de la separación de alguien que apreciabais mucho, o el hondo impacto lo causaba lo imprevisto o el tratarse de alguien joven, que nadie entiende porque ha tenido que morir.

La muerte humana, nunca deja indiferente al que la vive de cerca. Hay sufrimiento, incomodidad, extrañeza, añoranza del ser amado que ha partido… ¡es tan compleja la vivencia! En algunos casos, en culturas sencillas que identifican al ser humano con su cuerpo, lo entierran junto al domicilio y con frecuencia, poco a poco, se va convirtiendo en un diosecillo protector.

Cuando vais a un entierro, oiréis seguramente frases de este estilo: no te olvidaremos, permanecerás siempre en nuestro corazón. Otros se limitarán a recordar momentos característicos o experiencias comunes. Observaréis que, en ocasiones, hay una especie de disputa, para ver quien de los presentes estaba más relacionado con el difunto. En algunos casos, os habréis enterado de que ciertas familias tratan de ignorar y para ello pretenden que los demás ignoren. Morir es un fenómeno semejante al defecar, piensan, es necesario que ocurra, pero no se debe hablar de ello. La persona está ausente y nadie debe preguntarse donde ha ido. Falaz propósito. E inútil.

Cualquiera de estas posturas se aceptan, si se trata de los demás, pero, pensando y divagando, si resulta que el sujeto moridor es uno mismo, el permanecer en el recuerdo, en el corazón de los amigos, suena a algo así, como si nos dijeran que todas las fotografías y cartas nuestras, las conservarán en el disco duro de su PC. Queda bien la expresión, pero no satisface, queremos ser algo más que la huella dejada en las neuronas de los conocidos. Tenemos ansia de permanencia. Es una manera implícita de esperar la resurrección.

2.- Nos rebelamos ante la posible desaparición, ante la idea de la aniquilación total y es muy lógica esta postura. Hemos nacido para vivir y si lo que observamos es la muerte ¿no es normal que no nos conformemos, que no la aceptemos? Pero no se trata de un sentimiento de intriga. Morir también nos da miedo. Puede ser tan grande, que se dice que algunos mueren de miedo a la muerte. ¿Morir es la más grande tragedia? ¿Qué aporta el cristianismo al triste episodio?

La Fe no tuerce la historia, ni la elimina. El salmo 119, 105, dice: para mis pies antorcha es tu palabra, luz para mi sendero. ¿Qué vemos al enfocar con nuestra Fe el horizonte de la muerte? Afirma la doctrina cristiana que el hombre no desaparece. Acabado su peregrinar histórico, existe él en otra realidad, que llamamos eterna. Puede se feliz o desafortunada. En el trance, en su éxito o fracaso, puede influir no sólo el comportamiento personal de cada uno, también la intercesión de los demás. De aquí que los cristianos recemos por un difunto. No para que se modifique su realidad eterna, sino para que en esta sea feliz. Cuando oramos nos situamos en un ámbito intemporal. Y yo rezo hoy por un familiar que históricamente ha muerto y mi plegaría tiene repercusiones como si el hecho estuviera en este momento empezando a suceder. Rezamos sí. Celebramos la misa, no como homenaje, ni como mero acto de recuerdo. Nuestra liturgia es un sufragio. (Sólo cuando se trata de santos, cambia de signo. No es ahora momento de hablar de ello).

3.- Observo a veces, cuando estoy en un aeropuerto, que asoma alguien desorientado y aturdido, llega de lejos. De repente, ve su nombre en un letrero que alguien levanta y sonríe tranquilo. En otras ocasiones, es el tumulto de compañeros de equipo, de condiscípulos, de familiares, que le llama y le aclama. Comprende entonces que no está fuera de lugar, que lo transitorio era ir empaquetado en el avión, que aquí, entre los que le reciben, está su residencia feliz y definitiva. Oirás a veces que algunos dicen: no sé si existe otra vida, nadie ha vuelto a contárnoslo. Al escucharlo, nos desconcertamos. No os asustéis. Jesús, Hijo de Dios, mucho más hombre que cualquiera de nosotros, murió, de esto nadie duda. Jesús, cuentan, que resucitó y nos lo creemos. Pero no es un puro acto de confianza. Jesús existe junto a nosotros, experimentamos su compañía, comprobamos el amor que nos tiene. Es lo que importa.

Os lo explico de otra manera. Entre nosotros, la demostración de que alguien existe, son sus huellas digitales dejadas impresas, la fe de vida emitida por un juez o el número de su documento de identidad. Preguntadle a un enamorado si posee alguno de estos datos de su amada y seguramente os dirá que no. Decidle entonces que su novia no existe, os responderá de inmediato, diciéndoos que vive, porque se aman, amar y ser amado, es la mejor demostración. Algo así ocurre con Jesús. Si se tratara de una ocurrencia o de una coincidencia, podríamos decir que ha sido pura casualidad. Pero en la vida podemos recibir tantas pruebas de Amor del Señor, que nos convencen de su presencia, de su compañía, de su cordialidad. Así que pasado el dintel de la muerte, nos espera Él y en el letrerito que sostiene, figura nuestro nombre. Lo hemos ido escribiendo entre los dos en los momentos de oración. Reconoceremos su letra y nuestra letra y nos daremos cuenta de que estamos en nuestra casa, la que habíamos soñado.

4.- No sé que lecturas escucharéis en misa. El celebrante puede escoger entre bastantes. Yo me inclino a meditar las narraciones de la muerte del Señor, para hallar consuelo. También recordar el relato de Emaús, para obtener Esperanza. Y analizar las bienaventuranzas, para saber como debo entrenarme para la prueba final.