Solemnidad de Todos los Santos
1 de noviembre de 2008

La homilía de Betania


1.- LA AUTÉNTICA FELICIDAD

Por José María Martín OSA

2.- ¡QUE BIEN LO HAN HECHO!

Por Javier Leoz

3.- LA SANTIDAD DE LOS BIENAVENTURADOS

Por Gabriel González del Estal

4.- PARA SER DICHOSOS

Por Gustavo Vélez, mxy

5.- EL ASOMBRO ANTE EL AMOR DIVINO

Por Antonio García-Moreno

6.- LOS SANTOS QUE DIOS VE EN SU TELEVISOR

Por José María Maruri, SJ

7.- LAS BIENAVENTURANZAS DE TODOS LOS SANTOS

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


SI ALGUIEN ES SANTO, NOS SANTIFICA A LOS DEMÁS

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- LA AUTÉNTICA FELICIDAD

Por José María Martín OSA

1.- Felices, ¿quiénes?... En el evangelio de hoy Jesús dirige el discurso que llamamos “bienaventuranzas” sólo a sus discípulos, pues son ellos los que suben a la montaña y se acercan a El. Quiso estar a solas con ellos después de haber estado rodeado de la multitud. Quiso transmitir la “carta magna de su mensaje” en primer lugar a sus más íntimos, quizá porque sólo ellos estaban dispuestos a aceptar este anuncio revolucionario, aunque no lo entendieran muy bien. Bienaventurado es lo mismo que decir feliz, dichoso o bendito (del griego “makários”). A mí me gusta más la palabra “feliz” porque se entiende mejor en el mundo de hoy, donde todo el mundo persigue la felicidad. Lo que hoy leemos es la página clave de toda la enseñanza de Jesús. Jesús escoge una montaña encantadora, bella, verdeante, que domina todo el lago de Genesaret. Jesús habla de la auténtica felicidad. ¡Felices, felices, felices!... Felices, ¿quiénes? ¿Los ricos? No... ¿Los que ríen? No... ¿Los violentos y poderosos? No... ¿Los que están hartos de bienes? No... ¿Los que buscan sólo el placer? No... Todo lo contrario…

2.- Es feliz el “pobre de espíritu”, que pone su confianza en el Señor, aquél que depende absolutamente de Dios. Jesús dirige estas palabras a aquellos que, habiendo dejado todo, le siguieron. Eran pobres económicamente y eran pobres en espíritu. Mateo señala el valor de aquellos que no estaban satisfechos con lo que sabían y se consideran pobres. Lucas, más radical, proclama la felicidad de aquellos que por seguir a Jesús se empobrecieron materialmente porque fueron capaces de compartir sus bienes. Tanto unos como otros son bienaventurados. En alguna edición de la Biblia se traduce así: “felices los que eligen ser pobres”. La pobreza en sí no es ningún bien, pues todo hombre y mujer tiene derecho a unas condiciones materiales que le permitan vivir una vida digna. En el Antiguo Testamento los bienes materiales son considerados como una bendición de Dios. Sin embargo, aquellos que no “se atan” a lo material y conservan la libertad de espíritu son los auténticamente felices. Los que eligen ser pobres, los pacíficos y pacificadores, los limpios de corazón, los sufridos, los que tienen hambre y sed de justicia, los que son perseguidos por ser justos, son felices. Reciben la felicitación porque su situación cambiará, el reino de Dios les pertenece y serán saciados.

3.- Celebramos hoy la fiesta de los que han sabido vivir una vida de servicio y de entrega, de los que han hecho el bien. Sin embargo, muchas personas hoy día buscan la felicidad sólo en la tierra, de tejas para abajo. Hay que huir de todo lo que sea doloroso y disfrutar de todo lo que tenemos, sin pensar en nada más. Se olvidan de que todo aquí se acaba. No es que Jesús quiera, busque o proclame la pobreza y el dolor como el ideal de la vida cristiana. Porque todo lo que oprime al hombre está en contra de la voluntad de Dios. Por lo tanto, Dios quiere que luchemos por eliminar del mundo el hambre. Quiere que enjuguemos las lágrimas de muchos ojos. Quiere que trabajemos por la paz. Quiere como que nos ganemos en una vida tranquila nuestro sustento de cada día, y que la vida cristiana sea alegría, gozo y paz. Pero las realidades del mundo, por culpa de los hombres y no de Dios, son a veces muy injustas. Y entonces, ¿quiénes son los felices? ¿Los ricos satisfechos, o más bien son felices los pobres en su espíritu, que, no teniendo otro en quien apoyarse, confían solamente en Dios?...Así lo han hecho y han sido felices tantos y tantos hombres y mujeres que han hecho el bien durante el paso por este mundo. No han sido seres extraterrestres vestidos de blanco, han sido seres de carne y hueso, padres y madres de familia, jóvenes y viejos, religiosos o laicos. Todos han llegado a la meta y han recibido una recompensa grande en el cielo. Han experimentado el gozo de llamarnos y ser en verdad hijos de Dios. Por eso celebramos hoy su fiesta, la de Todos los Santos.


2.- ¡QUE BIEN LO HAN HECHO!

Por Javier Leoz

Es posible seguir a Cristo, y no caer en el intento. Es más que posible, llegar hasta el final del camino cristiano, y no apartarnos a un lado.

1.- ¡Sí! ¡Es posible! Ellos, los santos –gente de carne y hueso como nosotros- se adentraron por el Bautismo en el encuentro con Jesús; escucharon y vivieron su Palabra; se dejaron seducir por el Espíritu y….el resultado estaba cantado: fueron santos, tal vez, sin ser conscientes de ello.

**¿Qué tiene la santidad? La santidad tiene el encanto de Dios. Es Dios mismo quien habla a través de las personas: fueron altavoz de los que no tuvieron voz. Fueron transparencia de Dios mismo.

**¿Qué tiene la santidad? La santidad tiene la mano divina. Dios mismo los modeló como arcilla blanda: fueron una gran obra maestra del Padre, imperceptible en muchos casos al ojo humano pero majestuosa ante el Señor.

**¿Qué tiene la santidad? La santidad tiene la plenitud de Dios. Los que miraron fijamente, al Dios de la vida, se dieron cuenta que, todo lo que les rodeaba, era desnuda hojarasca comparada con la felicidad que destellaba el camino de las bienaventuranzas.

2.- Sí; el camino de las bienaventuranzas es el sendero por el cual, la mediocridad, puede alcanzar la cima de la perfección. Las bienaventuranzas son las notas que, Jesús Maestro, ofrece a todo aquel que quiera componer con su vida una melodía de amor, justicia, paz y entrega. No faltarán, en algunos momentos, desgarros, desafinación, sufrimientos y hasta silencios, pero –el Señor- va delante. Va llenando, con su Palabra y con su presencia, todos los compases de nuestra existencia. ¿Estamos dispuestos a ser compositores del amor de Dios? ¿Estamos dispuestos a dejarnos llevar por su batuta? Los santos, si llegaron hasta el final, fue porque quisieron ser una ofrenda permanente en las manos de Dios y un servicio sin tregua por su Reino y por los demás.

3.- Esta fiesta nos llena de entusiasmo y de sano optimismo. El Apocalipsis, en la liturgia de hoy, nos habla de gente de toda condición, color y latitud. Y es que, la santidad, brota y se visualiza allá donde exista una persona dispuesta a seguir a Cristo con todas las consecuencias.

--¿Quiénes son esos? Son los que dieron y dan su vida por Cristo.

--¿Quiénes son esos? Son los que prestaron y dejan su voz a Cristo

--¿Quiénes son esos? Son los que, perseguidos, sintieron una fuerza especial para seguir hasta el final en los más altos ideales cristianos. Muchos fueron arrancados del mundo violentamente pero, la fe, nunca fue separada del alma que todos los santos llevaban dentro.

--¿Quiénes son esos? Son los que, calumniados, sabían que el juicio de Dios, objetivo y definitivo, esperaba más allá de la muerte y con resultados muy distintos a los que se dieron en los juzgados del mundo.

--¿Quiénes son esos? Son los que, con una vida sobria, agradable, buena, noble, justa y caritativa no se dejaron avasallar por el “todo vale a costa de quien sea y de lo que sea”

Fiesta de Todos los Santos. Es creer que todavía es posible un mundo diferente, con un orden mejor, con una justicia al servicio de todos. Es dejar a Dios sembrar en el mundo a través de personas santas.

Fiesta de Todos los Santos. Acerquémonos a esa ventana por la que contemplamos una muchedumbre de gente de a pie que, aparentemente humanos, fueron capaces de teñir el mundo, la familia, la política, la Iglesia, la sociedad…con los colores de las bienaventuranzas. Unos colores que, no siempre, fueron bien recibidos allá donde fueron pintados. Unos colores que, cuando son sombreados en el mundo, dan el brillo de la eternidad, del amor de Dios, del perdón y de tantas otras cosas deficitarias o escasas en el ser humano.

4.- ¡Qué bien lo hicieron! Por ello damos gracias a Dios. Nos animan, desde el otro lado, a no ser cobardes. A optar por un camino difícil pero que, a la larga, producirá más satisfacción que otros atajos estériles o interesados.

¡Qué bien lo hicieron! Por ellos damos gracias a Dios. Por su valentía. Por su vida entregada y muchas veces escondida. Por haber llegado hasta el final donde, el único trofeo –santo y verdadero- era para ellos y es, para todos nosotros, contemplar cara a cara Aquel por el que se desgastaron hasta el final: Cristo. ¡Felicidades, Todos los Santos! ¡Qué bien lo hicisteis!

5.- SI, VOSOTROS…SANTOS Y BUENOS

Vosotros que en el llanto derramasteis tantas sonrisas

vuestra música fue la alegría

Vosotros que, en la persecución, fuisteis valientes

vuestra virtud fue la fortaleza

Vosotros que, en la violencia, sembrasteis paz

vuestro pregón fue la fraternidad

Vosotros que, en la pequeñez, os sentisteis dichosos

vuestra grandeza fue la humildad

Vosotros que, en la pobreza, hallasteis la riqueza

vuestro tesoro fue la conformidad

Vosotros que, en la incomprensión, buscasteis a Dios

vuestro refugio fue la paciencia

Vosotros que, mientras otros pensaban que estabais equivocados,

no os alejasteis del camino de la fe,

vuestra palabra fue el mundo al revés

Vosotros que, en el ser, alcanzasteis la felicidad,

sonreíd porque, vuestro mensaje, fue el amar y el ser amados

Vosotros que, en el corazón, dejasteis crecer la pobreza

cantad, porque vuestra riqueza fue Cristo

Vosotros que, a los ojos del mundo, erais blandos

festejad porque, vuestra atracción, fue la mansedumbre

Vosotros que, buscando la justicia y el derecho,

os tildaron como locos o ilusos,

pregonad la victoria porque vuestra alegría,

fue el cumplir y buscar la voluntad del Señor

Vosotros que, pusisteis el corazón en las palabras y obras

vibrad en compañía de los santos

porque, vuestro secreto, fue un corazón inmenso y bueno

Vosotros que, fuisteis limpios por dentro y por fuera,

reflejad ahora, más que nunca, los destellos de la gloria de Dios

porque, vuestro sello, fue el no dejaros corromper por el mundo

Vosotros que, en vez de flores, recibisteis abrojos, espinas,

pedradas o indiferencias, calumnias o insultos,

gozad y saltad ahora en la presencia de Dios

porque, en el atardecer de la vida,

es cuando la VERDAD se descubre ante quien

en nombre de Dios la buscó, la practicó y la defendió.

Amén.


3.- LA SANTIDAD DE LOS BIENAVENTURADOS

Por Gabriel González del Estal

1.- Hoy es la fiesta de todos los santos y en el evangelio de este día leemos las bienaventuranzas que Jesús de Nazaret predicó en el sermón del monte. Seguramente, porque en estas bienaventuranzas se promete la santidad, es decir, la dicha y la felicidad en esta vida y en la otra, a todas aquellas personas que vivan según el espíritu de Jesús de Nazaret. Ahora bien, estas bienaventuranzas han tenido a lo largo de los siglos más de una lectura y por eso es bueno que tratemos de entenderlas y vivirlas en el sentido auténtico que el Señor les dio. Es evidente que en estas bienaventuranzas están relacionados el sufrimiento y el esfuerzo con la santidad. Pero no todo sufrimiento y todo esfuerzo producen santidad. Uno puede ser pobre, llorar y sufrir mucho, pasar hambre y sed de justicia, ser perseguido, insultado y calumniado, y, sin embargo, no ser santo ni dichoso en su vida. Porque se puede sufrir, y luchar, y pasar hambre, con odio y con rabia, con violencia y con desesperación, maldiciendo a Dios y al prójimo. Ejemplos de estos ha habido muchísimos a lo largo de la historia. No es a estos a los que se promete, en estas bienaventuranzas, la felicidad. Aquí no se habla sólo de sufrir y luchar, sino de sufrir y luchar por mi causa, es decir, sufrir buscando el bien y luchando contra el mal, con el espíritu y a ejemplo de Jesús de Nazaret. No se dice aquí que los que no hagan esto en nombre de Jesús serán condenados; lo que se afirma es que los que sufran y pasen hambre y sean perseguidos y calumniados por causa de Jesús serán salvados. El sufrimiento, y el pasar hambre, y el ser perseguido, no producen santidad por sí mismos; es la causa por la que se acepta el sufrimiento la que hace santas a las personas que sufren. San Agustín ya dijo que a los mártires no les hizo mártires la muerte, sino la causa por la que murieron. No podemos decir que el sufrimiento y el dolor produzcan automáticamente santidad. Dios no quiere que suframos gratuitamente, Dios no quiere el dolor por el dolor; el dolor que Dios quiere es el dolor redentor, un dolor que salva y redime. Como el dolor, como la cruz de Cristo.

2.- Tampoco debemos entender las bienaventuranzas en sentido escatológico exclusivamente. No podemos pensar que la única felicidad que se promete a los que sufren mucho en esta vida es la felicidad en la otra vida. Muy largo me lo fiáis, podría respondernos más de una persona. Felicidad no es lo mismo que bienestar social, o salud corporal, o éxito en esta vida. Se puede ser feliz en esta vida en medio de sufrimientos y fracasos corporales o sociales. Se trata, claro está, de una felicidad interior y espiritual. Las personas profundamente religiosas, los santos, han sabido ser felices en medio de muchas dificultades y sufrimientos. Con razón se dice que un santo triste es un triste santo. Tenemos que intentar ser felices aquí y ahora, a pesar de todas las dificultades y sufrimientos que la vida nos depare. El dolor, aceptado con amor, es fuente de felicidad. Lo saben muy bien los padres que se sacrifican por sus hijos y los misioneros que sufren, y hasta mueren, por ayudar y defender a pobres y marginados, a enfermos y analfabetos. Lo sabe muy bien, en definitiva, cualquier persona que se esfuerza todos los días para amar un poco más a Dios y al prójimo.

3.- La santidad de la que hablan estas bienaventuranzas no es sólo la santidad de los pobres que viven su pobreza con espíritu cristiano, es también la santidad de los que han decidido vivir junto a los pobres, compartiendo su pobreza y ayudándoles a salir de ella; no sólo de los que lloran, sino de los que saben llorar con los que lloran; no sólo de los que luchan por la justicia y son perseguidos injustamente, sino de de los que les apoyan y, en circunstancias difíciles, saben ponerse a su lado; no sólo de los limpios de corazón y de los que trabajan por la paz, sino de todas aquellas personas que, desde su anonimato, aman el bien y siembran paz y amor en su familia y en la sociedad; no sólo, en definitiva, de los que sufren por cualquier causa, sino de los que saben estar siempre al lado de los últimos, de los que más sufren y más necesitados están de ayuda.

En esta fiesta de todos los santos vamos a pedirle al Señor que nos conceda vivir siempre en el espíritu de las bienaventuranzas de su Hijo. Así seremos santos y podremos ser verdaderamente felices en esta vida temporal y en la vida eterna.


4.- PARA SER DICHOSOS

Por Gustavo Vélez, mxy

“Entonces Jesús les dijo: Bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos”. San Mateo, cap. 5.

1.- Cuando un grupo de sabios judíos vierte al griego el Antiguo Testamento, unos dos siglos antes de Cristo, la palabra “macarios” se aplica unas 100 veces a personas que al parecer, han alcanzado la felicidad, o están en su búsqueda. Ya en el Nuevo Testamento, encontramos que el término se emplea, en el mismo sentido, unas 50 veces. Aclaración lingüística que nos ayuda a entender un poco más, el Sermón de la Montaña. Jesús se encuentra rodeado de sus seguidores, sobre una colina próxima a Cafarnaúm, donde llama dichosos, bienaventurados, a quienes se matriculan en su escuela. Prometiéndoles a la vez una recompensa, la cual llegará en esta vida y luego, de modo más total, en la eterna. Los evangelistas usaron el término “macarios”, que en el texto latino equivale a “beato”. El título que da la Iglesia a ciertos cristianos cuya vida nos propone como ejemplo. Pero al hablar de santidad, se nos aclara también que el vocablo significó al comienzo, exactitud. La exigida en pesas y medidas.

2.- Sin embargo, la fiesta de todos los santos no se agota en un día para honrar a quienes ya gozan del cielo. Es una fecha para reflexionar que los santos canonizados y además otros desconocidos que ya están en el cielo, fueron en su vida mortal iguales a nosotros. También a ellos les pesaron sus deberes. Su entorno social les produjo incomprensiones y persecuciones. La fuerza del pecado que anida en cada corazón, los inclinó hacia el mal. Aún más, en muchas ocasiones pecaron. Recordemos los episodios que en sus “Confesiones” cuenta san Agustín. No fueron ellos santos desde el seno materno, ni ejemplares en todo momento. Pero un día se decidieron por Dios y su constancia los condujo a las alturas.

3.- Se cuenta de san Ignacio de Loyola que mientras convalecía, luego de ser herido en una pierna durante el sitio de Pamplona, no encontró en qué entretenerse sino algunas vidas de santos. Al comienzo le desagradaron tales historias. Pero luego le tocaron el corazón, hasta hacerle decir: “Lo que éstos y éstas hicieron, ¿por qué yo no?” A nosotros también nos llama el Señor a imitar a los santos. Mucho más a aquellos más próximos. Todos ellos vivieron bajo este común denominador: Nuestra naturaleza frágil, pero entregada a la persona de Jesús. No se trata entonces de cambiar nuestra vida de improviso. De realizar vistosas maravillas. La santidad, según el plan ordinario del Señor, se ubica y se traduce en el cumplimiento sereno y amable de nuestros deberes. Por lo cual no ha de preocuparnos tanto lo que hacemos, sino el sentido de lo que hacemos. Con qué amor a Dios servimos a nuestros prójimos. Con qué talante superamos las dificultades diarias, las penas, los fracasos. Cómo cultivamos la alegría y la esperanza.

4.- San Pablo, escribiendo a los fieles de Filipos les presenta un programa de santidad, hermoso de una parte, pero además actualizado para el mundo de hoy: “Por lo demás, hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud o cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta. Y la paz de Dios estará con vosotros”.


5.- EL ASOMBRO ANTE EL AMOR DIVINO

Por Antonio García-Moreno

1.- El número de los salvados.- "Después de esto vi una gran muchedumbre que nadie podía con­tar..." (Ap 7,9) Estamos ante una de la visiones de Juan en su destierro de la isla de Patmos. El Cielo abre sus puertas y deja que la mirada penetrante del evangelista, simbolizado por el águila, contemple los misterio del más allá. Hoy nos habla de los que fueron sellados en la frente, es decir los que se han salvado de la hecatombe apocalíptica. Habla primero de los pertenecientes al pueblo elegido, y luego de las demás naciones. Sin duda que es un cuadro maravilloso y consolador. De cada una de las doce tribus son ciento cuarenta y cuatro mil, esto es, una cantidad muy elevada. No se dice que todos se salven, pero sí se insiste en que son muchos, como se deduce al hablar de la muchedumbre que no se puede contar y que procede de todos los pueblos. No podía ser de otra for­ma, la sangre derrama­da del Cordero bien valió esa salvación de alcance universal. ¡Somos hijos de Dios!

2.- "Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios y los seamos" (1 Jn 3,1).- La frase de San Juan tiene matices de asombro que no se captan bien en la traducción castellana. El potapen griego lo traduce la versión oficial latina por qualem, que además encuadra esa frase con una admiración. Alguna traducción antigua decía "cuál amor", expresión inadecuada hoy. De todas formas hay que subrayar el asombro del hagiógrafo ante la magnitud y profundidad del amor divino que nos hace hijos de Dios. ¡Nada menos! Es cierto, sigue diciendo San Juan que aún no se ha manifes­tado esa nuestra maravillosa condición, pero un día se realizará haciendo que seamos semejantes a El, "porque le veremos tal cual es". Esta verdad es fundamental en nuestra vida. Por eso decía San León Magno que reconociéramos nuestra dignidad. Es lo que, de otra manera, concluye nuestro texto: "Y todo el que tiene en el esta esperanza se santifica, como Santo es El".

3.- Felices vosotros: "Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos" (Mt 5,3) El Sermón de la montaña ha sido llamado la Carta magna del Reino. Es el primero de los cinco grandes discursos que vertebran el primer evangelio y que giran siempre en torno al Reino de Dios que Jesús ha venido a instaurar. La Bienaventuranzas hacen de pórtico a esos puntos programáticos que el Señor proclama ante la multitud. Tienen el sabor de los antiguos salmos, que también se iniciaban a veces con esa misma fórmula de dicha y felicidad. Se describen situaciones en las que el hombre sufre de ordinario y en las que, sin embargo, alcanza la felicidad apoyado en la esperanza. Las promesas son tan extraordinarias y ciertas que fortalecen al justo, e incluso le llenan de gozo íntimo, en las situaciones más adversas que se puedan imaginar. Por otra parte hay una nota común en cada uno de esos estados descri­tos, la humildad y la confianza inquebrantable en Dios nuestro Padre.


6.- LOS SANTOS QUE DIOS VE EN SU TELEVISOR

Por José María Maruri, SJ

1.- Dios tiene una manera singular de ver la televisión. Nosotros no vemos más allá de esas tres o cuatro personas que están teniendo un debate. El Señor no ve a ninguno de esos señorones o señoronas que si se le va el sonido al televisor gesticulan ridículamente. El Señor ve a mucha más gente y a otra clase de gente, digo, hoy nos dice que ve a 144.000 o sea una multitud que nadie puede contar. Todo eso cabe en la pantalla de Dios. Y en esa multitud no hay nadie importante, digo, más importante uno que otro. Todos son iguales porque la importancia de esa gente es ser Hijos de Dios y entre los Hijos de Dios no hay unos más que otros, como en nuestras democracias.

2.- Todos son santos, no subidos a los altares a empujones, sino esos santos de verdad, que son aquellos que a Dios le parecen buenos… ¿Y qué hijo no es bueno madre? Son esos santos de los que habla San Pablo, los canonizados no por sus más o menos rebuscadas virtudes, sino por aquello que es mucho más real y verdadero que es la mirada cariñosa de Dios, su bondad, su misericordia infinita. Cuando llama “santos” a los cristianos sabía San Pablo que entre las lavanderas de Corinto o entre los esclavos y soldados de Roma, que habían recibido el Bautismo había mucho defecto humano y, sin embargo dice que son santos, porque no nos canonizan nuestros méritos, sino la bondad de Dios. No es que yo sea bueno, si no que Él es bueno. En esas canonizaciones creo.

3.- Toda esa multitud del televisor de Dios son gente de buena voluntad, pequeños como cualquier Pérez, Gómez o Martínez, como cualquier Smith u O’Connor, o como un Tanaka japonés cualquiera.

--Hombres y mujeres llenos de defectos humanos, que no han vivido la preocupación elitista de ser perfectos, sino sencillamente se ser buenos.

--Gente sencilla que se han contentado con pasar desapercibidos en esta sociedad de grandes y poderosos, de multimillonarios, de “personajes” televisivos.

--Hombres y mujeres que por haber vivido en estrechez y haber pasado y sufrido mucho comprenden a los que lloran y saben sentarse a su lado y estar, simplemente estar porque no creen en sus propias palabras, ni en la de Dios cuando el dolor humano es demasiado grande.

--Gente de corazón recto y honrado, sin posible éxito en un mundo donde la manipulación, la comisión ilegal y la mordida son el camino de las alturas.

--Hombres y mujeres perseguidos por la incruenta persecución moderna de una pequeñísima pensión de jubilados, por un paro sin solución posible, por una asistencia médica deficiente.

--Gente que sabe reír y hacer un chiste de sus males para hacer reír a aquellos que arrastran con pesar sus vidas.

--Hacedores de paz entre las partes enfrentadas de una misma familia.

4.- Esta es la multitud que el Señor ve en su pantalla, a los que mira con cariño porque son su pueblo, hermanos de sangre suyos, porque Él también fue pueblo… con otros nombres, Ismael, María, Raquel y con otros problemas, invasión romana, zelotes, miseria… distintos problemas pero un mismo pueblo. Este es el pueblo santo de Dios que hoy conmemoramos y al que queremos pertenecer.


7.- LAS BIENAVENTURANZAS DE TODOS LOS SANTOS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Los santos –los que están en los altares—suelen ser personas que han recibido, incluso en vida, una veneración por parte de las gentes más sencillas. En la antigüedad era el pueblo quien hacía los santos. Es obvio que la Iglesia en su opción por no errar, por no equivocarse, ha ido poniendo en marcha procesos de gran precisión, encuestas de enorme profundidad en las que se analizan los méritos de quienes han de recibir canónicamente esa veneración. Y una parte de la encuesta son los testimonios de aquellos que conocieron en vida a los candidatos de la santidad oficial. Muchas veces esas personas llamadas a declarar son, asimismo, gentes del pueblo, hombres y mujeres que recibieron el afecto y la ayuda de quien ahora se busca subir a los altares. Pero la Iglesia misma sabe que no puede reconocer a esa multitud ingente de personas que gozan ya de las delicias de la vida eterna. Y por eso parece adecuado que se dedique un día a conmemorar a todos los que supieron imprimir santidad a sus vidas.

La realidad es que la costumbre de celebrar a santos sin nombre es muy antigua y procede de la primitiva Iglesia de Roma, cuando buscaba perpetuar la memoria de los muchos mártires que morían en las persecuciones contra la naciente cristiandad. Los expertos dicen que la dedicación del Panteón romano a la Virgen María originó la fiesta, la cual se fue celebrando en fechas distintas Y fue la Iglesia de Oriente, los bizantinos, los que ya en siglo IV destinaron un día concreto a conmemorar a Todos los Santos. Y en la Iglesia latina lo hizo en el siglo IX cuando se unificó dicha fecha. Sea como fuere es una celebración muy antigua. Posteriormente, ya en el siglo XIV se estableció que al día siguiente de la conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. Y, un tanto, desde hace tiempo las dos celebraciones se confunden pues es frecuente la visita de los cementerios en el día 1 de noviembre. La particularidad del calendario este año nos puede llevar a diferenciarlas. Hoy es sábado, día 1. Y mañana, domingo, celebraremos a Todos los Fieles Difuntos en lugar del correspondiente domingo 31 del Tiempo Ordinario. Sería interesante que diferenciáramos, un tanto, ambas celebraciones. No es que sea muy importante pero merece la pena.

2.- Las lecturas de este día de Todos los Santos son muy notables, sinceramente. El Evangelio de Mateo recoge el momento del Sermón de la Montaña, donde Jesús proclama las bienaventuranzas. Y ellas han sido consideradas como la realidad programática de Jesús. Voy a referirme en detalle a las bienaventuranzas. He escrito muchas veces sobre ellas, pero no me resisto a volver a hacerlo.

+ "Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos". ¿Y esto que es? Pues que la pobreza o riqueza material no nos libera. Y la pobreza espiritual nos aleja de la posesión, del poder y del dinero. ¿Se puede ser rico y pobre de espíritu? Pues, probablemente, sí; aunque la lejanía espiritual de las riquezas tiende a convertirse en alejamiento material de las mismas. Se comienza por tener vergüenza de exhibir esas riquezas ante los pobres y desamparados y se termina vendiéndolas o no atesorando nada materialmente valioso. Costará llegar a la pobreza espiritual, pero si no se asume, no es posible creerse cristiano.

+ "Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados". Aquí la interpretación es aún más difícil. ¿Hay que llorar para ser consolados? ¿Se trata de recibir el consuelo contra todo pronóstico? Pues, sí. Tal vez, no es necesario llorar, pero si sentir el sufrimiento dentro y la total insolidaridad del entorno. Hay que sentir la dicha porque el mismo Jesús enjugará las lágrimas de los que ahora lloran. Y si no lloramos y no sentimos esa pena, hemos de estar prestos a consolar a quienes lloran. En la medida de nuestro conocimiento y fuerzas.

+ "Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra". A lo largo de la historia este término de "sufridos" se ha traducido como afables, mansos, etc. La mansedumbre es lo contrario de la soberbia y de la violencia. Estos sufridos al aguantar las afrentas de los demás, poseerán la tierra --el mundo presente-- porque su acción en este mundo conduce a la conversión de los otros. Y estarán continuamente trabajando por los demás aquí en la tierra. Tampoco es ocioso pensar que un día Jesús de Nazaret les obsequie con la propiedad de la tierra a aquellos que no han hecho nada para tenerla, ni conseguirla.

+ "Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados". No hay tormento mayor que aquel que está perseguido por la justicia... injustamente. Podemos pensar en los errores judiciales, pero también en quienes, por la calumnia y la murmuración, pueden ser considerados como delincuentes cuando, por el contrario, son justos. Es verdad que la acción de Cristo terminará con la injusticia, pero nosotros --en nuestra labor corredentora-- hemos de intentar que jamás --nunca jamás-- haya perseguidos injustamente.

+ "Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia". Podemos pensar que si somos misericordiosos ya recibiremos en este mundo una satisfacción similar. Los hombres y las mujeres de gran corazón, los que se esfuerzan por atender y perdonar a todo el mundo suelen vivir rodeados de un ambiente de apoyo por parte de quienes ayudan. Es posible que sufran algunas amarguras o se ceben en ellos ciertas injusticias, pero su misericordia por los demás será reconocida en muchos casos. El Señor les promete además misericordia divina. Es cierto. Pero verán la misericordia en la tierra.

+ "Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios" ¿No es esta una excelente definición para los místicos? Ellos al conseguir limpiar su corazón de todo lo malo e impuro que rodea la vida de los seres humanos, recibir la opción de elevarse y llegar a ver a Dios. Es posible que muchos de nosotros sin esperar la altura de los místicos tengamos a Dios cerca --presencia del Señor-- cuando nuestro corazón esté limpio y sintamos que Nuestro Señor se aleja en el momento es que el espíritu se mancha.

+ "Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán Hijos de Dios". Si buscamos la guerra, la disputa; si sembramos odio o si nuestras acciones producen la discordia, no nos podemos llamar Hijos de Dios. Por el contrario, esos personajes que se esfuerzan por conseguir concordia a su alrededor se les nota cerca de Dios. Y al escucharlos parece que, en efecto, todos los días hablan con el Señor. La paz es un regalo de Dios y solo nos la pueden traer aquellos que --verdaderamente-- son sus hijos.

+ "Dichosos los perseguidos por causa de la justicia porque de ellos es el reino de los cielos". Son perseguidos porque son justos. Se les persigue por su bondad y su equilibrio. Jesús fue el primer perseguido siendo justo. Los portadores del mal, los que sirven al Maligno, buscan destruir a los justos. La persecución de los buenos es muy dolorosa para todos. Se da esta persecución --en ciertos ambientes-- contra todo aquel que lleva feliz el camino de Cristo y no lo esconde. Nuestro apoyo ha de ser inmediato para ellos y nuestra actitud beligerante. Y esto mismo liga con la última bienaventuranza: "Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo"

3.- Y lo más importante es que las promesas de Cristo en la Bienaventuranzas se gustarán en la vida presente. No es un mensaje de --sólo-- recompensas para el cielo. Es un programa para esta vida. Como es lógico no podemos pretender que lleguemos al "cumplimiento" --en nosotros-- de todas esas características, pero alguna de ella nos llegará en esta vida o, al menos, la atisbaremos cerca.

San Ignacio de Loyola en la "parábola" del Rey Eternal plantea una cosa tan sencilla como la siguiente: si solemos imitar de buen grado a los buenos líderes terrenos en cuanto a posiciones, comportamientos y doctrinas, no menos tendremos que hacer con el Líder del Cielo, con el Rey Eternal, con Dios. Por tanto es lógico que queramos asumir las bienaventuranzas como argumento de vida y como, asimismo, forma de comportamiento para este mundo. Si lo hacemos contaremos con el Premio Eterno. Y eso, sin duda. Pero antes, ya en este mundo, sabremos de qué se trata.

4.- Las otras lecturas son correspondientes a la del Evangelio de Mateo porque señalan, asimismo, una realidad de vida, ésta o la anterior. Tanto da. Juan en el fragmento del Apocalipsis, donde "una muchedumbre inmensa que nadie puede contar está en pie ante el Trono del cordero". Nos acerca al gozo de permanecer en la presencia de Dios para siempre. Es este texto un mensaje de Eternidad con olor a Mundo Futuro que, tal vez, no podamos comprender bien, pero que asoma esa unidad de estado y de presencia adorando continuamente al Señor, en presencia de los ángeles. Va a ser también San Juan en su Primera Carta quien defina nuestra condición de Hijos de Dios y que será nuestro "pasaporte" para el cielo. Es posible que ahora no podamos racionalizarlo bien. Pero para llegar a su cercanía real y fehaciente hemos de ser sus hijos. "Queridos, ahora somos hijos de Dios --dice San Juan-- y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro". ¿No tiene bastante similitud este argumento con los expresados en la imagen gloriosa del Apocalipsis anteriormente citada? Sí, por supuesto. Y ambos textos nos sirven para contemplar esa vida en el cielo que es nuestra meta futura. Antes que nosotros miles y millones de santos --conocidos o desconocidos-- viven la felicidad se saberse hijos muy cerca del Padre, viendo su rostro continuamente.

5.- No debemos olvidar, precisamente hoy, que la Iglesia tiene una doctrina bellísima que nos une a todos los seguidores de Cristo, muertos o vivos. Es la llamada Comunión de los Santos. Ello nos une. De ahí surge, en profundidad, el deseo de rezar a quienes nos precedieron. Y de ahí surge, asimismo, la creencia cierta de que aquellos que ya han llegado a la Casa del Padre se ocupan de nosotros.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


SI ALGUIEN ES SANTO, NOS SANTIFICA A LOS DEMÁS

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Muchos de vosotros, mis queridos jóvenes lectores, recordaréis que cuando hace poco se celebraron las Olimpiadas, las naciones gozaban cuando su equipo conseguía muchas medallas. Para gobiernos y otras gentes, los trofeos deportivos eran glorias nacionales. En otros casos, puede tratarse de los premios Nobel que a lo largo de la historia un país ha acumulado. La grandeza de unos que triunfan, se comunica a los demás. O así lo piensan.

En nuestro caso, estoy hablando de los cristianos, la comunicación sí que es cierta. Entre unos y otros circula la Gracia. Seguramente muchos de vosotros recordaréis aquello que en física elemental llaman los “vasos comunicantes”. Son cosas muy sencillas y tal vez ya las hayáis olvidado. Os lo recuerdo. Si tenéis unos cuantos recipientes unidos entres sí por tubos inferiores y llenáis de agua alguno, de inmediato el líquido se repartirá por todos. Si substraéis de uno, bajará el nivel de los demás por igual. Pues bien, lo que os he recordado, no es más que una parábola de nuestro vivir cristiano. Si alguien es santo, nos santifica a los demás. Su Gracia llega, como intercesión, a todos. Si un día en el planeta tierra todo fueran mediocridades espirituales, se apagarían muchos proyectos, se olvidarían muchos ensueños y se anquilosarían muchas empresas comenzadas.

2.- Se dice que durante el siglo XX ha habido más mártires que durante todos los otros siglos juntos. Deben de tener razón los que lo han calculado, yo no lo he hecho. Después de Santa María, quienes gozan de mayor categoría son los apóstoles, que se acabaron hace siglos, por razones obvias. Les siguen los mártires y estos son los que os contaba que proliferan en la Iglesia. Ha sido una gran suerte. Otra lo es que su triunfo lo hayan conseguido algunos hace tan poco tiempo. Que muchos de los nuestros los han conocido o hasta han sido parientes suyos. Aumenta el honor cristiano. Uno, iluminado por la Fe, enterado de lo que ha sucedido, vive feliz, así, en el seno de la Iglesia.

Sufrimos hoy en día un defecto de visión espiritual. Exactamente como les ocurre a algunos, que no ven las cosas bien y deben acudir al técnico, para que corrija los defectos de sus ojos, así a algunos, para su mirada interior, es preciso que les pongan gafas. Lo fundamental de la Iglesia, casi nunca es lo que cuenta la prensa y otros medios. La solidez de la comunidad cristiana no reside en la importancia social de sus miembros. La autoridad es necesaria, es el esqueleto que sustenta, sin ella careceríamos de forma, semejaríamos medusas insostenibles. Pero un edificio que solo sea vigas, no abriga de las inclemencias, ni se pueden conservar en él los bienes y pertrechos íntimos. Las vigas son necesarias. Unas son bonitas y las exhibimos. Otras las ocultamos, elegantemente recubiertas. Así en la Iglesia. Lo fundamental, aquello que nos sirve de vivienda, son el suelo, el techo y las paredes. Si nos gustan, si nos protegen del viento y de la lluvia, estaremos y nos sentiremos bien.

3.- La gran riqueza de la Iglesia son los santos. Son ellos, lo mejorcito que tiene. Mas que saber nombres de jerarcas, debéis conocer historias de los santos. Mis queridos jóvenes lectores, os invito a que busquéis los nombres con los que os podáis identificar. Si sois tan jóvenes que no habéis abandonado la infancia, enteraos de la historia de Tarsicio. Si os escapáis de la segunda infancia, pensad en Domingo Sabio. Si habéis pasado la puerta de la pubertad, no ignoréis a María Goretti o Bernardita. Si os asomáis a la juventud, tened presente a Juana de Arco. Si ya camináis por ella, enteraos como vivía su enamoramiento F. Castelló, como se empapaba de Amor y contemplación Rafael Arnaiz. Si os habéis casado, o estáis a punto de hacerlo, no os olvidéis de Giana Baretta. Si pertenecéis al escultismo o a la JOC, no ignoréis a Marcel Callo. Os he citado los que en este momento se me ocurren. No quiero ignorar a algunos que van camino de ser inscritos en el catálogo. Sea la diminuta Nennolina, de seis años o la mártir J. Vilaseca, de no más de doce. ¡Es un honor tan grande pertenecer al club de los santos!. Y nosotros gozamos de este privilegio.

4.- A diferencia de lo que pasa en el terreno de los deportes, que solo uno puede ser campeón, en el espiritual, en el terreno de la santidad, pueden triunfar muchísimos y sentirse felices y hermanados todos, sin que existan rivalidades, ni envidias. Estamos todos invitados a la santidad y tenemos campo de entreno, no lo olvidéis. Si os faltan ejemplos, buscad en el google, que os saldrán muchos más de los que os he nombrado.

En la misa se nos propone un texto del Apocalipsis. Una escena solemne, que deberíamos escuchar acompañada de los acordes de la mejor marcha triunfal que conozcáis. El escenario es magnífico, los actores auténticos. Se representan a sí mismos, no son figurantes. Los han escogido de entre gente conocida y en otros casos, anónima. Como somos nosotros mismos. Como podemos ser nosotros mismos.

¡Cuánto nos preocupa saber cómo somos y cómo nos ven! Pues resulta que nos enteraremos y se enterarán, en el momento del encuentro con Dios. Sabremos entonces algo de lo que Él es y sorprendidos comprobaremos que nos asemejamos. Se nos quitarán todos los complejos. Algo de esto se dice en la segunda lectura.

5.- El campo de juego es el mundo, las técnicas de entrenamiento, las bienaventuranzas. Es preciso que hoy las escuchemos y leamos con detenimiento. Como si fuera un texto desconocido. Como el manual de instrucciones de uso, no de una máquina, sino de nosotros mismos. Es corto, como el prospecto que acompaña al mejor aparato que pueda ilusionarnos. Es el fragmento del evangelio de hoy.