El calendario litúrgico de este año de 2008 nos une en dos días sucesivos las tradicionales fiestas de Todos los Santos y la Conmemoración de los Fieles Difuntos, la cual, además, cae domingo y su formulario litúrgico sustituye al del Domingo XXXI del Tiempo Ordinario. Por tanto ofrecemos estos dos reportajes, dentro de la temática de esos dos días, del autor habitual de esta sección, don Jesús Martí Ballester. Y para las personas que reciben estos reportajes a partir de las listas de correos del Padre Martí les consignamos la dirección de Betania para que puedan consultar toda la Web:

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1.- Porque somos hijos de Dios, seremos semejantes a Dios

**1 de noviembre, Solemnidad de todos los santos.

Por Jesús Martí Ballester

Desde el siglo IV la iglesia de Siria consagraba un día a honrar a "Todos los mártires", hasta que tres siglos más tarde, el Papa Bonifacio IV transformó el panteón romano, dedicado a todos los dioses, en un templo cristiano, que dedicó a "Todos los Santos", cuya fiesta se celebraba ya el 13 de mayo; y Gregorio III la cambió al 1° de noviembre. En 840, Gregorio IV ordenó que la fiesta de "Todos los Santos" se celebrara en toda la Iglesia.

LLAMADA UNIVERSAL A LA SANTIDAD

Con toda claridad ha dicho el Concilio Vaticano II: "Todos los cristianos de cualquier condición y estado...son llamados por el Señor a la santidad" (LG 11), plenitud de la vida cristiana, perfecta unión con Cristo, fuente de toda gracia y santificación, e iniciador y consumador de la santidad, que nos ha dicho: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5,48). Sed limpios de corazón, sin doblez, sinceros, veraces y leales, sin mentiras ni trampas. Sed agradecidos, como el Padre que agradecerá hasta un vaso de agua. Escribe Álex Navajas: « Oímos con frecuencia: Mi párroco es un tostón»; «en sus misas se duerme todo el mundo»; «sus homilías son kilométricas». En el Sínodo de los obispos que se está celebrando en Roma, el arzobispo William Joseph Levada, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha reconocido que hacer buenas homilías «presupone mucho esfuerzo y empeño y los predicadores encuentran dificultades para preparar sus homilías».

Pero quizás sean pocos los cristianos a los que se les ocurra ponerse en los zapatos del sacerdote para vernos a nosotros. Sin duda, ellos también nos podrían dedicar algunas lindezas similares: «Es incomodísimo estar celebrando misa y ver un goteo incesante de fieles llegando tarde»; «me alegro, caballero, de que encuentre consuelo en los consejos que le doy, pero no estaría mal que me preguntara a mí también de vez en cuando cómo me van las cosas»; «sí, señora, es cierto que hace frío en la iglesia, pero es que con lo que echa usted al cepillo, no tenemos ni para comprar las cerillas»; «chaval, estoy encantado de haberte confesado decenas de veces, pero sería un detalle que, de vez en cuando, dieras las gracias o saludaras al entrar en la parroquia». Martín Descalzo en su libro «San José García», apuntaba: «Señora mía, deje en paz su abanico y ofrezca el calor por los negritos de África; usted, que presume tanto de amar a las misiones. Y usted, señor, que pertenece a no sé cuántas comisiones de caridad, haga ahora la caridad de toser lo menos posible. O sepa agradecer alguna vez los sacrificios que cuesta servirle». «Decís que los sacerdotes resultan aburridos. Pero también los sacerdotes podríamos decir que los fieles resultan insoportables. Gente que tose, que se mueve; niños que chillan, que corren por la iglesia, que imitan los gestos del predicador; puertas que rechinan…

¿Por qué entramos de puntillas en los conciertos y taconeamos en las iglesias?», se preguntaba el periodista y sacerdote. Lector, examinémonos, no sea que estemos viendo la paja en el ojo del párroco, o del escritor y creyéndonos el ombligo del mundo, ni nos demos cuenta de la viga que hay en el nuestro. No sea que V. esté coleccionando durante siete años los escritos de un escritor concreto, seguro que porque los encuentra interesantes, y no se le ha ocurrido ponerle nunca unas letras de agradecimiento y un buen día escriba criticándolos, cuando en todos esos siete años que V. los lee y archiva no ha pensado en el esfuerzo que ese escritor hace para que V. reciba información, ni se le ha ocurrido imaginar que, a lo mejor, ha estado escribiendo con intensos dolores de espalda. Y la santidad no es dar una explicación teórica como catequista de letra, sino vivir y enseñar a vivir prácticamente la caridad, que es también comprensión y gratitud. Preferid pasar por ingenuos, antes que pasar por encima de los demás para obtener éxito. Si el bautismo es un injerto divino, Dios no nos va a injertar en su plenitud para que nos quedemos "enanos", sino para que consigamos el pleno desarrollo y demos mucho fruto (Jn 15,5). No ha depositado en el surco de nuestra persona con el sacramento del bautismo la semilla de Dios para que quede infecunda, sino para que crezca, se desarrolle y madure, pues la vida en el cielo es la expansión de la vida de la gracia recibida en nuestra incorporación a la Vida.

CRISTIANOS EN LA GRAN TRIBULACIÓN

Pedro llegó a Roma, la capital del Imperio, desde Antioquia, su primera sede, a bordo de una nave que desembarcó en Ostia y, en un ambiente hostil y tan duro para la siembra del evangelio, se fue abriendo camino calladamente y casi de modo imperceptible entre los judíos emigrantes y algunos romanos aunque con una diminuta Comunidad cristiana.. Es aleccionador observar que los romanos que crucificaron a Cristo, sean ahora evangelizados por sus discípulos, que muy pronto comienzan a tener sus reuniones, primero en albergues paupérrimos, después en los barrios de los ricos, donde se mezclan matronas y patricios romanos con obreros y esclavos, en la casa del senador Pudente. Pero apenas comenzaban a extenderse y ya se precipitó la persecución del Imperio Romano contra ellos. Se ven obligados a reunirse en las catacumbas, y bajo Nerón, suena el grito de la plebe: ¡Cristianos ad leones!, tras su edicto: "Cristiani non sint".

EL APOCALIPSIS

En esta situación necesitaban ánimo y consuelo y Juan, en su Apocalipsis, se lo proporciona. Los que han seguido a Jesús, llegados de todas las partes del universo, triunfan, porque han vencido en la prueba: "Vi una muchedumbre inmensa. Oí el número de los marcados: ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel... Estos son los que vienen de la gran tribulación, que han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero" (Ap 7, 14). La gran tribulación alude a la persecución de Nerón, pero atraviesa los siglos y llega hasta hoy. "A estos hombres, cuya vida fue santa, se unió una gran muchedumbre de elegidos, que en medio de innumerables tormentos, dieron un extraordinario ejemplo", según testimonio de San Clemente papa, tercer sucesor de San Pedro, en el año 95. Juan describe litúrgica y poéticamente el mundo de los creyentes en número simbólico de plenitud total: doce mil, correspondiente a la multiplicación por mil del número de las doce tribus de Israel. Allí "las hermosas flores blancas de la vírgenes, las resplandecientes flores de los doctores, los encarnados claveles de los mártires", en expresión de San Juan de la Cruz.

HIJOS DE DIOS

"Mirad qué amor nos ha tenido el Padre, para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!" (1 Jn 3,1). Somos la obra excelsa de su amor. No sólo nos ha creado, sino que también nos ha recreado, nos ha engendrado. Nos ha adoptado como hijos suyos, por su Hijo, por su Sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Trataré de explicarlo con sencillez: Un hombre es escultor. Y esculpe la imagen de un niño. Es el creador de ese niño, que se convierte en una criatura suya. El escultor quiere esa imagen. La ha hecho él. A él le debe la existencia. Ese mismo hombre otra vez, engendra a un hijo. Los dos son suyos, obra suya. Aquella imagen del niño, obra hermosa, pero muerta. Este niño, persona viva. ¡Qué diferencia! ¿A cuál de los dos niños amará más ese hombre: al niño imagen, o al hijo persona viviente? Pero sigamos: Un hombre puede engendrar hijos, que tendrán su misma naturaleza, serán hombres.

Pero Jesús nos ha dicho que Dios es nuestro PADRE. Y ahora viene lo inefable. Engendrar es el origen de un viviente procedente de otro viviente de la misma naturaleza. El padre que ha engendrado a un hijo, no lo ha hecho en virtud de la técnica del escultor que ha fabricado la imagen de un niño, sino en fuerza de su poder vivo. La imagen en madera de un niño no es de la misma naturaleza humana del escultor. Pero el hijo vivo sí es un hombre. Al revelarnos el Hijo de Dios, que Dios es nuestro Padre, nos está diciendo que somos dioses, porque el Padre es el que engendra. Pero Dios es DIOS y nosotros somos hombres. No podemos ser hijos naturales de Dios. Sólo podemos ser hijos por adopción. Pero, ¡alto! Porque el sentido de adopción jurídico de atribución gratuita de los derechos de hijo a un extraño, es puramente exterior, y la adopción divina es un cambio interior esencial y real, que nos hace partícipes de la misma naturaleza de Dios, y hermanos del Hijo Natural de Dios, Jesucristo. Y herederos con El de su gloria eterna.

En el rosal silvestre, o escaramujo, de nuestra naturaleza humana, el Espíritu Santo ha hecho un injerto de su divinidad. Este es el misterio, pero real, que deberíamos tener más presente. ¡Somos hijos de Dios. "¡Insolente! –dijo la princesa hija del rey Sol francés Luís XIV, a su doncella: -¿no sabes que soy la hija del rey?- Y vuestra Alteza, ¿no sabe que yo soy hija de Dios?".

SÍ HIJOS, AMADOS

Si somos hijos, somos amados, por Dios, que ama, incondicionalmente y sin límites. "Este es mi hijo muy amado, en quien me complazco" (Mt 3,17). El Padre nos ama. Lo que han experimentado los místicos, no es exclusivo de ellos. La diferencia entre los místicos y los que no lo son, no está en la realidad, sino en la experiencia. Cada cristiano puede vivir la dulzura de la vivencia de San Juan de la Cruz: "¡Dios ocupado en halagar, acariciar y causarle deleite al alma como si fuera una madre que amamanta a sus hijos dándoles vida de su misma vida, mientras los besa y los llena de ternuras". Aquí se cumple lo de Isaías: "Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán; como un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo" (Is 66,12) (Una Nueva lectura del Cántico espiritual). Si somos hijos de Dios, estamos llamados a abrirnos a su amor. El mundo no nos conoce, no percibe esta realidad, pero nosotros, viviendo las bienaventuranzas, les convenceremos de que nuestras actitudes vitales no tienen sentido si Dios no es nuestro Padre. Por ser hijos suyos, debemos ser santos como El, que es bueno y cuida y mima a todos los seres que ha creado. Los hijos tienen los rasgos de sus padres.

En eso consiste la santidad, que siendo obra de Dios, implica una unión tan íntima con El que nos hace vivir según el retrato suyo, que nos ha entregado en las bienaventuranzas y que de antemano ha vivido Jesucristo, nuestro Hermano Mayor. Mateo 5,1. Y que viviremos en la patria definitiva con Todos los Santos, donde viviremos en la vida de la Trinidad, amaremos en el amor de la Divinidad, veremos las maravillas de la Santidad, y gozaremos de los consuelos, alegrías y júbilos de Dios.

LAS BIENAVENTURANZAS

Al enseñar Jesús las Bienaventuranzas, como Copérnico, da un cambio al Antiguo Testamento, y proclama el espíritu nuevo que debe regir la conducta de los creyentes. Y aunque anuncian la felicidad futura, su desarrollo y cumplimiento transforma las personas y sanea ya el ambiente del mundo y lo va haciendo más humano. En el Antiguo Testamento la riqueza era la bendición de Dios, y la pobreza, el dolor y las lágrimas, eran el castigo de Dios. Es la línea que recorre todo el libro de Job, contra la que el mismo Job se subleva, porque se considera inocente, y por tanto, no merecedor de los males que le han sobrevenido.

Pero Jesús proclama la dicha de la pobreza de los anawim, confiada y abandonada a Yahvé, la dicha de la mansedumbre de los pobres de Yahvé; la alegría de los que lloran, de los que tienen hambre de santidad, de los misericordiosos y los perseguidos por el Reino, a quienes El enjugará todas las lágrimas y aliviará todos sus cansancios. La bienaventuranza de los pobres, no es un imperativo duro de presente, sino una esperanza gloriosa de futuro: "No temas, Abraham; yo soy tu escudo, y tu paga será abundante" (Gn 15,1).La bienaventuranza de los pobres en todos los sentidos, viene garantizada porque Dios está de su parte, que no va a permitir que triunfen los tiranos sobre las víctimas, el mal sobre el bien, el pecado sobre la santidad. Por esta bienaventuranza, Dios se ha comprometido a compensar el dolor y la humillación de todos los hombres fracasados, machacados, derrotados, que vivieron sin ver el fruto de su dolor y agonía, lucha y desamparo, como su Hijo Jesucristo.

DIOS GARANTE DE LOS POBRES

No es que Dios quiera que seamos pobres. Se ha entendido mal el sentido de esta bienaventuranza y se sigue sin comprender. La dicha de los pobres consiste en que Dios se hace garante de la misma. Por la limitación de un mundo finito donde existe el mal y el pecado, el mismo pecado de los hombres y la limitación de la materia, producirá pobres, esclavos, sujetos que padecerán la injusticia y que serán humillados y maltratados: "Atropellemos al justo que es pobre, no nos apiademos de la viuda ni respetemos las canas venerables del anciano; que sea nuestra fuerza la norma del derecho, pues lo débil no sirve para nada. Acechemos al justo que nos resulta incómodo..., nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada"... (Sab 1,16). Como Dios es Padre de todos, queriendo que todos sus hijos sean felices, no aplaude las desigualdades humanas, como unos padres que tienen varios hijos, y unos son pobres y otros gozan de buena posición, quieren que aproximadamente sean todos iguales, pero si no lo consiguen por la maldad de los hijos, ellos se comprometen a ayudar a los más necesitados. "Siempre habrá pobres entre vosotros", dijo Jesús.

Porque entre vosotros reina el mal. El mal, el pecado, es la causa de la pobreza y de la injusticia. Pero los que lo padecen, y Dios no quiere que lo padezcan, serán defendidos, apoyados, auxiliados y compadecidos por Dios. Ese es el sentido de la bienaventuranza de la pobreza. La voluntad de Dios es que haya una aproximada igualdad entre todos sus hijos, porque a todos ama. Lo que no quiere Dios es que unos pocos sean muy ricos, a costa de que muchísimos sean pobres. Pero sin Cristo, los ricos serán cada vez más ricos, y los pobres cada vez más pobres. Por eso, dichosos, no sólo los pobres de dinero, sino todos aquellos incomprendidos, los aparcados incluso por la misma institución; los que soportáis las consecuencias de la envidia; los que os habéis tenido que abrir puertas nuevas cuando todas se cerraban a vuestra generosidad creativa, y, cuando con vuestro esfuerzo en solitario veis crecer vuestra viña joven, suscitáis los celos de los que por un afán compulsivo necesitan destruir lo que ellos no han sabido ni conseguido, y sufrís tristes y abatidos y solos y apartados, devorando sinsabores y tragándoos las lágrimas en vuestra soledad, porque Dios está a vuestro lado y se ha comprometido a enjugar vuestras lágrimas. Santa Teresa que decía de sí misma: ¡qué mala suerte tengo!, vivía en la protección de Dios, que la hacía madre fecunda y de maltratada pasó a ser maestra y doctora.

TRABAJAR POR EL REINO

Quienes han gastado su vida encaminando a los demás hacia el Reino; los que han tenido misericordia y han hecho el bien a todos, sin distinción de clases, ni de colores, ni de asociaciones, ni de instituciones, esos son los santos, que se diferencian de los paganos en que éstos hacen el bien y encumbran a los suyos, a los que les pueden corresponder pagándoles los favores. "Tu, cuando invites, invita a los pobres que no te pueden invitar a tí"... (Lc 14,13). "Estos son los que han buscado al Señor, y lo han encontrado. Los que tenían manos inocentes y puro corazón; por eso han recibido la bendición del Señor y les ha hecho justicia el Dios de salvación" Sal 23. . En ellos "se ha manifestado ya que son hijos de Dios y son semejantes a Dios, porque le ven tal cual es" 1 Jn 3, 1.. "En ellos Dios manifiesta al vivo ante los hombres su presencia y su rostro, y nos habla y nos ofrece un signo de su reino, hacia el cual somos atraídos poderosamente con tan gran nube de testigos que nos envuelve (Heb 12,1) y con tan gran testimonio de la verdad del evangelio" (LG 50).

LA VISION BEATíFICA

Ellos en la visión beatífica, que rebasa inmensamente no sólo la filosofía más sublime, sino el conocimiento natural de los ángeles, ven clara e intuitivamente a Dios y las Tres Personas Divinas, como afirma el Concilio de Florencia. Ven todas las perfecciones divinas unificadas en la Esencia divina, como en la luz blanca todos los colores del iris. Ven la aporía de la Misericordia más compasiva con la Justicia más justa, proceden de un Amor infinito, y se unen en todas las obras de Dios. Ven cómo el Amor se identifica con el Bien; la Sabiduría con la Verdad, su Pureza y Santidad en su simplicidad y sin la más mínima imperfección. Aquí no somos capaces de comprender cómo la Bondad infinita se une con la permisión del mal, que tantas veces nos escandaliza. Los santos ven el valor de las pruebas que han sufrido. Ven el gran bien que trae el sufrimiento, como ya entendía Santa Teresa. Ven en Dios todo lo que en el mundo les atañe. Y como dice San Cipriano: "En la patria los nuestros que han llegado nos esperan, desean vivamente que nosotros participemos de la misma felicidad y están llenos de solicitud por nosotros".

ACCIÓN DE GRACIAS

Damos gracias a Dios por sus santos. Por formar parte de esa inmensa familia que afirmamos en el Credo: Creo en la comunión de los santos. A ellos estamos unidos y ellos son nuestros modelos e intercesores que hoy nos miran felices, radiantes y misericordiosos, con una mirada activa y creativa. Al honrarles hoy, adoramos la santidad de Dios que les ha hecho santos, "la salvación es de nuestro Dios y del Cordero", y nos los da como testigos que nos ayudan en la lucha por la mansedumbre, la humildad, la generosidad, la aceptación de la voluntad de Dios.

COMO CIRCULA LA SANGRE

Así como la sangre que circula por nuestros miembros físicos nos unifica, el Espíritu Santo que vive en todos los miembros de la Iglesia nos une a todos. En la comunión de la eucaristía nos encontraremos con ellos, porque ellos viven con Cristo, y la Cabeza no se puede separar de los miembros. Unidos a ellos, alabemos a Dios por Cristo, corona de todos los santos, y pidámosles, porque somos débiles, que nos socorran con sus oraciones para que lleguemos a gozar de su compañía en el cielo, cuando seamos semejantes a Dios.

 

2.- La alegría ante la resurrección

**El 2 de Noviembre oramos por todos los difuntos

Por Jesús Martí Ballester

Una solemne y certera afirmación del Concilio Vaticano II, asegura que "el máximo enemigo de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo, pero su máximo tormento es el temor de un definitivo aniquilamiento. Juzga con instinto certero, cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y de la desaparición definitiva de su personalidad. La semilla de eternidad que lleva en sí se subleva contra la muerte" (GS 18).

LA FALTA DE LÓGICA DEL MUNDO

El mundo secularizado "en el que el pecado ha adquirido carta de ciudadanía y la negación de Dios se ha difundido en las ideologías, en los conceptos y en los programas humanos" (Juan Pablo en Portugal) divide la vida humana en dos realidades biológicas contrarias: la vida y la muerte. En consecuencia pretende extraer de la vida el máximo rendimiento en éxito, poder, dinero y placer, y ante la muerte experimenta horror, espanto, desesperación y angustia. E inconscientemente, adopta la actitud del avestruz, y, silencia la muerte como si no existiera. Luis XIV, el rey Sol francés, sentía tal horror ante la muerte que se construyó el Palacio de Versalles, tratando de escapar de la proximidad del panteón de los Reyes de Saint Donis en Saint Germain, porque le recordaba la muerte. Un día que el predicador del soberano, exclamó conmocionado en el sermón:

--Todos mueren, Majestad.

Se levantó furioso el rey del trono, lanzó una mirada fulminante que estremeció al orador, que todo azarado, servilmente se corrigió:

--Casi todos, Majestad.

En el hombre se oculta una protesta y un terror inevitable ante la muerte. Este hecho no puede ser explicado por una antropología metafísica, pues reconociendo que el hombre por ser espiritual es inmortal, sabe también que siendo criatura biológica tiene que morir. Por tanto hemos de deducir que, aunque la muerte está en manos de Dios, la angustia del hombre ante la muerte es consecuencia del pecado y no castigo impuesto por Dios desde fuera sin conexión intrínseca con el delito, (Rm 6,23). La verdadera pena del pecado es interior y va unida a la misma culpa, y consiste en la privación de la cercanía de Dios como consecuencia del distanciamiento de la voluntad humana y libre, de él. El hombre, criatura de Dios, se estremece desde la raíz de su ser elevado por la gracia, ante el misterio último de vacío del misterio de iniquidad, porque la gracia que actúa en él, le llama incesantemente y con urgencia.

Como reacción y resultado se absolutiza la vida terrena y se rechaza la muerte, que ha quedado convertida en tabú, por lo que se habla muy poco de ella. Julián Marías en España Y Jean Guitton en Francia, han hecho notar esta carencia en la cultura y de la predicación de hoy. Ahora, casi ocurre con la muerte, como antes con el sexo que apenas si se hablaba del tema, y se han invertido los términos.

Pero como "el hombre no puede vivir sin esperanza porque su vida, condenada a la insignificancia, se convertiría en insoportable" (Documento del Sínodo para Europa, 23 de octubre de 1999), de tal manera que muchos increyentes desearían gozar de esa esperanza, ante esta visión terrena de la vida que se queda en las fronteras de este mundo, los cristianos hemos de tener el coraje de oponer la visión cristiana de la vida y de la muerte, con la fe en la resurrección, que es la gran novedad del evangelio de Jesús. Cristo resucitado, convertido en primicia de los que han muerto, explica nuestra vida terrena y nuestra muerte, y nos garantiza la certeza de nuestra resurrección. A la visión invasora biológica vida-muerte, naturalista y terrena, Cristo añade: Resurrección. No hay una separación, sino una continuación y consumación de la misma vida.

NACIDOS POR EL BAUTISMO

Por el Bautismo hemos penetrado los cristianos en la muerte de Cristo que destruye el pecado y nos deja la semilla de la vida, "para caminar en una vida nueva" (Rm 6,4), a través de la continuada muerte y resurrección que anuncia San Pablo: "Cada día muero" (1 Cor 15,31). Por el bautismo somos crucificados con Cristo, y por la vida cristiana vivida por el hombre bautizado se consuma en nosotros la muerte de Cristo. Cristo, la resurrección y la vida, que ha dicho que, "el que crea en Mí, aunque haya muerto, vivirá", es el que derriba el muro entre la vida y la muerte con la fuerza de su RESURRECCIÓN.

Cristo ha vencido en su propio terreno a la muerte. En torno de la carita de una niña zurea una avispa. Aterrorizada, grita la niña. Corre su madre y abraza a la niña y la avispa clava su aguijón en el cuerpo de la madre. Así puede Pablo apostrofar con fuerza: "¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?" (1 Cor 15,55). "Yo los salvaré del poder de la muerte" (Os 13,14).

"¿Y la muerte? ¿Dónde está la muerte?/. En lugar de la muerte tenía la luz", escribió un poeta. Y otro de los nuestros: "Morir sólo es morir. / Morir se acaba. / Morir es una hoguera fugitiva. / Es cruzar una puerta a la deriva / y encontrar lo que tanto se buscaba" (Martín Descalzo).

REALIDAD AMBIVALENTE DE LA MUERTE

Sin embargo la realidad de fe no elimina la sensibilidad humana ante el hecho traumático de la muerte, pero le da un sentido. ¿No lloró Jesús ante el sepulcro de Lázaro, a punto de resucitarlo? (Jn 11,40). Y ¿no se sintió triste hasta la muerte en Getsemaní y pidió al Padre que pasara de Él el cáliz? (Mt 26,39).

Nuestra resurrección seguirá el modelo de Cristo viviendo una vida nueva en la que nos encontraremos a nosotros mismos, pero de un modo diverso: "Se siembra en corrupción y resucita en incorrupción; se siembra en vileza y resucita en gloria; se siembra en flaqueza y resucita en fuerza; se siembra cuerpo animal y resucita cuerpo espiritual" (1 Cor 15,42).

Nosotros conocemos la muerte, como una realidad que ha causado en nuestra carne desgarramientos dolorosos. Acuden a nuestra mente nombres de personas, rostros, palabras hermosas, que llenan el recuerdo de los días vividos juntos, o de sufrimientos que nos hacían llorar viendo el dolor de los que hemos amado, que nos dolía casi más que si lo sufriéramos nosotros impotentes para apagarlo y se nos representan los lugares animados por personas queridas y amadas. San Agustín nos cuenta su tristeza al morir su madre y su llanto copioso. El lenitivo nos lo ofrece la fe. Pensemos que están con nosotros. Si son invisibles, no están ausentes. Nos podemos comunicar con ellos. Están presentes ante nosotros con su oración, inspiraciones, el amor, que permanece completamente transfigurado, o en vías de maduración. Por eso ofrecemos nuestra oración y sobre todo la Eucaristía, para que la Sangre de Cristo la acelere.

FECUNDIDAD DEL GRANO QUE MUERE

"Si el grano no cae en la tierra y muere, queda infecundo, pero si muere, produce mucho fruto" (Jn 12,24). De ese grano muerto en el calvario y enterrado, han brotado tres espigas: la de la vida celeste, la de la vida que se purifica y la que peregrina en este mundo. Las tres están unidas en la caridad. Estamos unidos con nuestros difuntos, pues la familia no se divide, sino que se transfigura en la ciudad celeste y ellos nos ven, como el jardinero ve las rosas en el jardín, aunque las rosas, que viven una vida inferior, no vean al jardinero. Nosotros somos esas rosas visibles para ellos pero ciegos para verlas.

EL NACIMIENTO TRAUMÁTICO

Los que se fueron, ante la muerte se han sentido como el niño que va a nacer: Al tener que salir del seno materno al aire y la luz de este mundo, si el niño tuviera conciencia de su momento, creería que iba a morir. Está sintiendo la pérdida total de su estado de vida que goza, de la seguridad en que se encuentra y de todo lo que ha sido y es el medio ambiente de su vida encerrada, pero que no conoce otra. Al despojarle totalmente de ese medio con la incertidumbre o ignorancia de lo que viene, desconocido e inseguro, aunque después no recordará nada, sufre más él que la madre que lo saca a la luz, porque al perder la respiración que era la propia de la madre, no goza aún de su respiración nueva. De tal manera que nadie nacería, si la naturaleza no le obligara.

Si en el seno de la madre quedaran más niños, al ver sufrir tantas angustias al que está naciendo, todos creerían que moría, y nadie que nacía. Pero los que están en este mundo esperando su nacimiento, saben que el niño no muere, sino que nace, y todos lo esperan ansiosos con alegría y de hecho, a la muerte, la Iglesia la llama dies natalis. La realidad es que va a comenzar una nueva etapa en su vida: va a gozar de una vida más plena, para lo cual era preciso dejar los harapos de la anterior, para comenzar a vivir en el ambiente de Dios infinito, inmenso y todo dichoso y en el hogar de su seno. Nunca añorará su vida anterior, que sería añorar la placenta en que vivía. El dolor que le ha costado el nacer es consecuencia del pecado original. Cristo Resucitado ha ganado esta victoria para el hombre, lleno de ansiedad y pobre ante el misterio de la muerte, liberándolo de la muerte con su propia muerte.

La muerte es por tanto un episodio, un paso, una pascua, una transformación. En realidad no hay muerte, sino superación de vida, como el gusano de seda no muere sino que se transforma en mariposa. Habrá dolores, porque el grano de trigo no muere sin destrucción. El despojo que la muerte obra en el hombre para pasar a la vida nueva, se obra con dolor y quebranto. Pero no nos fijemos exclusivamente en esa destrucción olvidando sus consecuencias en el más allá. Iluminados por la fe hemos de contemplar a nuestros difuntos camino de la Pascua de Cristo, que con su muerte destruyó la muerte, y con su Resurrección nos dio la vida. Cristo ha hecho de su muerte el momento más trascendente de su vida, para llevarlos a su seno donde viven y vivirán para siempre unidos a nosotros.

PURGATORIO: TRANSFORMACIÓN, DOCTRINA DE LOS CONCILIOS

El Concilio de Trento, afirma que el purgatorio existe y la Iglesia puede ayudar con su intercesión a cuantos se encuentran en él (D 1580). Y el Vaticano II: "La Iglesia de los viadores, teniendo perfecta conciencia de la comunión que reina en todo el cuerpo místico de Jesucristo, ya desde los primeros tiempos, guardó con gran piedad la memoria de los difuntos y ofreció sufragios por ellos, porque "santo y saludable es el pensamiento de orar por los difuntos para que queden libres de sus pecados" (2 Ma 12,46).

La fe nos ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros hermanos queridos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza de que poseen ya en Dios la vida verdadera. Sigue el Vaticano II: "Este Concilio recibe la venerable fe de nuestros antepasados sobre el consorcio vital con nuestros hermanos de la gloria celeste, o de los que se purifican después de la muerte y confirma los decretos de los Concilios Niceno II, Florentino y Tridentino". "Nuestra debilidad queda más socorrida por su fraterna solicitud. La iglesia peregrinante, reunida en Concilio, sintió la necesidad de manifestar su conciencia de estar ontológicamente unida a la Iglesia celeste". "Algunos de los discípulos del Señor peregrinan en la tierra, otros, ya difuntos, se purifican, mientras otros son glorificados contemplando claramente el mismo Dios, Uno y Trino, tal cual es; mas todos estamos unidos en fraterna caridad y cantamos el mismo himno de gloria a nuestro Dios (LG 49).

LA FE RAZONADA

La muerte sorprende al hombre cuando su desarrollo, por sus faltas y negligencias, no ha culminado aún. Pero el deseo de su voluntad profunda es conseguir la talla de la divina voluntad. Y mientras el hombre no esté limpio y refulgente hasta sus raíces, es imperfecto y no puede participar de la visión de Dios, como quien tiene cataratas. Cuando nace un niño prematuro, el cariño de sus padres lo deposita en la incubadora hasta que llegue a su plena maduración. El bautismo nos sembró la semilla de la resurrección. Durante nuestra vida se va desarrollando Cristo por el ejercicio de las virtudes evangélicas y el alimento de los sacramentos, sobre todo de la eucaristía: "Quien come mi carne y bebe mi sangre, vivirá eternamente" (Jn 6,55). Esta vida culmina en la muerte, en la cual el cristiano se asimila a Cristo muerto y resucitado. Si al morir está todavía inmaduro, el mismo cristiano al verse ante Dios, se ve imperfecto y dice como San Pedro: "Apártate de mí, Señor, que soy un pecador, aunque quiero estar contigo".

El Padre Dios coloca a ese cristiano, a ese hijo inacabado, en una incubadora que se llama Purgatorio, negado por los protestantes, pero definido, como hemos probado por la Iglesia Católica, siempre que tomemos las metáforas como tales y no como realidades literales, pues la representación de las llamas crueles ha distorsionado la realidad del purgatorio, y la sensibilidad moderna de las horribles historias oídas sobre los suplicios de las pobres almas, se muestra incrédulo o pasa de la verdadera realidad. El sentido cristiano del purgatorio no es la existencia de una especie de campo de concentración, donde el hombre tiene que purgar penas impuestas de una manera más o menos positivista y justiciera, sacadas de un código voluminoso, aplicado caprichosamente, sino el proceso radicalmente necesario de transformación del hombre para vestirle las galas que corresponden al banquete de bodas del Cordero. No pudiendo merecer, sólo pueden esperar con la llama de un ansia que da pena. De la misma manera cuando nosotros hablamos de la duración del purgatorio en términos de tiempo humano, por la debilidad de nuestra inteligencia, el espíritu adivina que es un tiempo nuevo y espiritual y de fino y puro desarrollo al que el dolor coopera.

TESTIMONIOS DE MÍSTICOS Y POETAS.

Santa Catalina de Génova, considerada como la mística del Purgatorio, dice que su fuego es sabroso, aunque mortificante, como todo lo que purifica. ¿Qué hace el crisol con el oro? En el purgatorio, las almas puros espíritus, están abrasadas de amor y, al no tener nada porque están desnudas, como tenían en este mundo, que les pueda distraer del ansia de ver y unirse a Dios, para lo que fueron creadas, se mueren porque no mueren. Al no estar hechizada ni cegada y deslumbrada por la belleza y poder humano, anhela a Dios con todas sus fuerzas. El insatisfecho anhelo de Verdad y de Amor quema al hombre como fuego. El ansia de Dios lo devora. A medida que se van penetrando más y más de amor su deseo de Dios va creciendo con movimiento uniformemente acelerado. Así pudo escribir Santa Catalina de Génova, ya citada: "Es una pena tan excesiva, que la lengua no sabría expresarla, ni la inteligencia concebir su rigor. Pero no creo que se pueda hallar un contento igual al de las almas del purgatorio, si no es el de los bienaventurados en el cielo. El contento aumenta cada día, a medida que Dios penetra en el alma en pena, y la atraviesa a medida que se desvanecen los obstáculos que a ello se oponían".

A medida que todos sus niveles humanos van siendo invadidos por el amor, se inflama más y más su deseo y su egoísmo va siendo consumido. Dante en la Divina Comedia, en el canto XXIII del Purgatorio escribe este verso de profunda dulzura: "Se oyó llorar y cantar: "Domine, labia mea aperies" con tal acento que hacía nacer en nosotros placer y dolor". Cuanto más se ahonda y profundiza el nivel del dolor, tanto más se eleva el júbilo del surco. El desarrollo de la persona avanza con la contribución de su dolor. Así, la frase de M. De Saci al morir, está impregnada bellamente de esperanza y de fe: "Oh, bendito purgatorio". El fuego del purgatorio es un fuego de júbilo, al contrario del sufrimiento del infierno que es un fuego de tormento. En el Purgatorio las almas sin su envoltura biológica, ni la distracción de sus anteriores deberes, son necesariamente contemplativas, todas para Dios. Su fuego es llama que consume y no da pena, como dice San Juan de la Cruz, porque su amor a Dios es inmenso y saben que están salvadas y próximas.