CARTA ABIERTA A UN SANTO DESCONOCIDO

Por Ángel Gómez Escorial

La mejor de la fiesta de Todos los Santos es que se hace justicia con vosotros, los santos desconocidos. Y yo, hoy, quiero escribirte a ti. Me gustaría que esta carta te fuese agradable, que te gustará, y como trueque, como intercambio, tú me ayudaras a ser santo. Pero como tú, santo desconocido. Debe ser mi tendencia inveterada al “low profil” que siempre he tenido.

RAFAELA, ROSA, FERNANDO

¿Y sabes? Mientras escribo quiero adivinar quienes de mis conocidos, de mis familiares, pueden haber sido santos. Dejo un poco la consideración sobre mis padres porque ahí sería yo muy interesado y me dirijo hace personas menos cercanas. Recuerdo a mi tía Rafaela, era hermana de Basilia, mi abuela paterna. Sí. Ella debe ser santa. He pensado en el caso de mi cuñada Rosa y que ella sufrió mucho con un cáncer cruel y pertinaz. Y estoy seguro que Dios recompensó su sufrimiento. Y he pensado también en don Fernando, un cura muy recio de aspecto y de alma, que dirigía un colegio de barrio, donde yo pasé toda mi infancia y adolescencia. Él admitía a profesores que ningún otro colegio quería por razones políticas u otras. Eran los tiempos de la larga posguerra española. Don Fernando era un gran hombre de fe y, además, creía en la libertad, porque Dios nos creo libres.

UN MÉDICO –OTRO NO—Y UN MILITAR

Quiero decirte otra cosa, querido santo desconocido: y es que ya con más años me encontré un médico generalista que, sin duda, será santo. Su hermano, no; y eso que tenían la misma profesión. También traté un militar completamente entregado a los hermanos. Fuera de servicio –y tenía alto rango—iba a cuidar enfermos a los sitios más pobres de Madrid. Un día le pregunté si el oficio de la milicia, que trae destrucción y muerte, aunque sea en legítima defensa, podría tener algo que ver con Dios. Y él me dijo, sencillamente, que los hijos de Dios –corrigió en seguida y dijo “los buenos cristianos”—debían de estar en todos los sitios y cuanto más difíciles fueran esos lugares, mejor. He conocido a una madre de familia que atendió durante años a su marido e hijo enfermos, trabajaba para darlos de comer, y todavía sacaba tiempo para dar clases a analfabetos adultos muy pobres.

MIRAR BIEN

Supongo que todos, si nos ponemos a mirar con atención a nuestro alrededor encontraremos auténticos santos desconocidos, como tu mismo. Pero suele ser habitual que las personas que dedican totalmente su vida a Dios y a los hermanos no lo proclamen. No pretenden que se sepa. No aguantan la vanagloria. Probablemente, tú serías así. Quiero, ahora, ponerte cara y ojos, pero no lo consigo. Sabes otra cosa: tampoco he tenido tantos malos, malísimos, en mi entorno. Y en eso he debido tener muchas suerte…o no mirar bien.

Pero, en fin, lo que yo quiero ahora, querido santo –o santa—desconocido que intercedes por mí, que me ayudes en el camino compartido contigo de buen seguimiento de Cristo gracias a la Comunión de los Santos. Y si un día es posible que me digas quien has sido tú, porque estoy seguro que te he conocido y tratado. Seguro.