LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: LOS SABIOS DEL EVANGELIO

Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano

"Pues la abundancia de sabios es la salvación del mundo y un rey prudente, la estabilidad del pueblo. Dejaos, pues, instruir por mis palabras: os serán útiles" (Sb 6,24-25).

En este texto se nos da la razón de por qué el que enseña la sabiduría de Dios a los hombres preserva su corazón de cualquier atisbo de envidia o vanagloria. Lo que mueve a este sabio en su magisterio no es la competitividad, el ser el primero, el más admirado, etc., sino la salvación del mundo. La abundancia de sabios, como dice el texto de la Escritura, es un bien para toda la humanidad, para la estabilidad del mundo. Estos sabios hacen que resplandezca la verdad en lo que respecta a la relación de los seres humanos con Dios.

El sabio vive su relación con Dios al ritmo de la máxima expresión de lo que llamamos el doble mandamiento. Su corazón está volcado hacia Dios y hacia el prójimo, hacia el bien de toda la humanidad. No se tiene a sí mismo como objetivo de sus afanes, por ello no le afecta en lo más mínimo que haya otras personas más sabias que él. Es más, se alegra porque sabe que ello comporta un bien mayor para todos los hombres, a los que considera y ama como hermanos. Repito, se alegra en lo más profundo de su ser ante el aumento del número y calidad de los sabios aun cuando él quede relegado a un segundo plano.

A este respecto, es muy iluminadora la actitud de Moisés cuando Dios envió su espíritu a los así llamados setenta ancianos para que le ayudasen a dirigir, instruir y gobernar al pueblo de Israel. Una vez que Dios infundió su espíritu sobre ellos, dos miembros del grupo, Eldad y Medad, que no habían estado presentes en el momento de la efusión, fueron también invadidos por el espíritu de Yahvé y se pusieron a profetizar:

"Habían quedado en el campamento dos hombres, uno llamado Eldad y el otro Medad. Reposó también sobre ellos el espíritu, pues aunque no habían salido a la Tienda, eran de los designados. Y profetizaban en el campamento" (Nm 11,26).

Ante este acontecimiento, un israelita fue corriendo donde Moisés para que les prohibiese profetizar. No es difícil adivinar que la envidia había hecho mella en el pueblo, por lo que apelaba a la autoridad de Moisés pensando que también él podía sentirse afectado ante lo que podría derivar en un menoscabo de su autoridad. La respuesta del siervo de Dios no pudo ser más diáfana. Le interesa el pueblo más que la presunta dignidad de su cargo y autoridad, de ahí que exprese su deseo de que ojalá cada israelita que le acompaña en su caminar por el desierto fuese profeta, estuviese lleno del Espíritu de Dios: "Un muchacho corrió a anunciar a Moisés: Eldad y Medad están profetizando en el campamento... Prohíbeselo. Le respondió Moisés: ¿Es que estás tú celoso por mí? ¡Quién me diera que todo el pueblo de Yahvé profetizara porque Yahvé les dé su espíritu!" (Nm 11,27-29).

La abundancia de sabios es la salvación del mundo, nos dice el autor del libro de la Sabiduría. Hoy lo podríamos traducir de esta manera: La abundancia de anunciadores del Evangelio es la salvación, la luz, la sal y la esperanza del mundo. Ante una posible "competencia", Moisés no se sintió amenazado, ni mucho menos afligido, porque sus ojos estaban puestos en los rostros del pueblo que Dios le había confiado. De ahí su alegría al ver que otros miembros del pueblo recibieran el espíritu de Yahvé. Tal efusión de sabiduría habría de redundar en su beneficio y esto es 10 que a él le interesaba.

De la misma forma, el anunciador del Evangelio tiene un pueblo confiado, y que, por extensión, abarca a todo el mundo. Sabe que el Señor Jesús le ha llamado de entre sus hermanos con la misión de ser para ellos sal y luz. Estos hombres y mujeres tienen libre el corazón; se deben a su misión y a los hombres más que al cualquier movimiento o institución eclesial aun perteneciendo a ellos. Se deben al mundo, y por el mundo trabajan. Miran a la humanidad con los mismos sentimientos de compasión y misericordia con la que Jesucristo miró a las muchedumbres que acudían a su encuentro: "Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9,36-38).

Puesto que los sabios, los discípulos de Jesús, los anunciadores de su Evangelio, no tienen ojos para mirarse a sí mismos sino a sus hermanos, sus corazones se estremecen de gozo cuando la salvación de Dios se hace visible en la humanidad. No hay competencia entre ellos para analizar quién lo hizo mejor o fue más acertado. Simplemente se alegran porque Dios continúa visitando a su gran pueblo, la humanidad entera. Se alegran todos, tanto el que sembró como el que recogió el fruto como dijo Jesús: "... El segador recibe el salario y recoge fruto para vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador" (Jn 4,36).