El lunes, día 8, es la Fiesta de la Natividad de María. Y lo conmemoramos con un reportaje del Padre Martí Ballester. Hay otro reportaje basado también en los recuerdos, experiencias y erudiciones de nuestro más antiguo y querido colaborador, don Jesús Martí Ballester. Esperamos y deseamos que ambos sean del interés de nuestros lectores, buenos conocedores de la amplia obra del padre Martí Ballester.


1.- Fiesta de la Natividad de María

Por Jesús Martí Ballester

Según la Tradición, la Virgen Madre de Dios nació en Jerusalén, junto a la piscina de Bezatha. La Liturgia Oriental celebra su nacimiento cantando poéticamente que este día es el preludio de la alegría universal, en el que han comenzado a soplar los vientos que anuncian la salvación. Por eso nuestra liturgia nos invita a celebrar con alegría el nacimiento de María, pues de ella nació el sol de justicia, Cristo Nuestro Señor.

 

 

Hoy nace una clara estrella,

tan divina y celestial,

que, con ser estrella, es tal,

que el mismo Sol nace de ella.

En la plenitud de los tiempos, María se convirtió en el vehículo de la eterna fidelidad de Dios. Hoy celebramos el aniversario de su nacimiento como una nueva manifestación de esa fidelidad de Dios con los hombres.

NADA EN LA ESCRITURA

Nada nos dice el Nuevo Testamento sobre el nacimiento de María. Ni siquiera nos da la fecha o el nombre de sus padres, aunque según la leyenda se llamaban Joaquín y Ana. Éste nacimiento es superior a Creación, porque es la condición de la Redención. Y, sin embargo, la Iglesia celebra su nacimiento. Con él celebramos la fidelidad de Dios. “Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien” Romanos 8,28. Y es motivo de alegría gozosa y permanente de todos y cada uno de los llamados. No sabemos cómo se cumplirá, pero tampoco sabemos como nace el trigo, y cómo se forja la perla en la ostra. Pero nacen y crecen y se forjan. La inteligencia humana, por aguda que sea, tiene su límite y ya no puede alcanzar más. Cerrar los ojos ante el misterio, sabiéndonos llamados por Dios, y “desbordar de gozo en el Señor, confiando en su misericordia” Salmo 12, 6. Son las palabras inspiradas del salmo de la misa.

Todo lo que sabemos del nacimiento de María es legendario y se encuentra en el evangelio apócrifo de Santiago, según el cual Ana, su madre, se casó con un propietario rural llamado Joaquín, galileo de Nazaret. Su nombre significa "el hombre a quien Dios levanta", y, según san Epifanio, "preparación del Señor". Descendía de la familia real de David. Llevaban ya veinte años de matrimonio y el hijo tan ansiado no llegaba. Los hebreos consideraban la esterilidad como un oprobio y un castigo del cielo. Eran los tales menospreciados y en la calle se les negaba el saludo. En el templo, Joaquín oía murmurar sobre ellos, como indignos de entrar en la casa de Dios. Esta conducta se ve celebrada en Mallorca, en una montaña que se llama Randa, donde existe una iglesia con una capilla dedicada a la Virgen. En los azulejos que cubren las paredes, antiquísimos, el Sumo Sacerdote riñe con el gesto a San Joaquín, esposo de Santa Ana, quien, sumiso y resignado, parece decir: No puede ser, no he podido tener hijos.

Sabemos que su esterilidad dará paso a María. Joaquín, muy dolorido, se retira al desierto, para obtener con penitencias y oraciones la ansiada paternidad. Ana intensificó sus ruegos, implorando como otras veces la gracia de un hijo. Recordó a la otra Ana de las Escrituras, de que habla el libro de los Reyes: habiendo orado tanto al Señor, fue escuchada, y así llegó su hijo Samuel, quien más tarde sería un gran profeta. Y así también Joaquín y Ana vieron premiada su constante oración con el nacimiento de una hija singular, María, concebida sin pecado original, y predestinada a ser la madre de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado.

 

 

 

De Ana y de Joaquín, oriente

de aquella estrella divina,

sale su luz clara y digna

de ser pura eternamente:

el alba más clara y bella

no le puede ser igual,

que, con ser estrella, es tal,

que el mismo Sol nace de ella.

No le iguala lumbre alguna

de cuantas bordan el cielo,

porque es el humilde suelo

de sus pies la blanca luna:

nace en el suelo tan bella

y con luz tan celestial,

que, con ser estrella, es tal,

que el mismo Sol nace de ella.

UNA NIÑA SANTA

Nace María. Nace una niña santa. Nada se nota en ella hasta que crece y comienza a hablar, a expresar sus sentimientos, a manifestar su vida interior. A través de sus palabras se conoce el espíritu que la anima. Se dan cuenta sus padres: esta niña es una criatura excepcional. Se dan cuenta sus compañeras: que se sienten atraídas por el candor de la niña y, a la vez, sienten ante ella recelo, respeto reverencial. Sus padres no saben si alegrarse o entristecerse. Para conocer lo sobrenatural hace falta tiempo y distancia. No ha habido nunca ningún genio contemporáneo; al contrario, siempre es considerado como un loco, un ambicioso o un soberbio.

Los niños hacen lo que ven hacer a los mayores. La niña santa no imita los defectos de los mayores y obra según sus convicciones. Cuando nació Juan Bautista, la gente se preguntaba "¿qué va a ser este niño?" (Lc 1,79). De María se preguntarían lo mismo. Ella comprende que, aunque quisiera hablar de lo mucho que lleva dentro, debe callar. Y tiene que vivir en completa soledad, de la que es un reflejo, el aislamiento del niño que crece entre gente mayor.

María, llena de gracia, vivía como perfectísima hija de Dios, entre hombres que habían perdido la filiación divina, habían pecado, y sentían la tentación y sus inclinaciones al pecado. El hombre conoce la diferencia que hay entre lo bueno y lo malo, y cuando obra el mal, percibe la voz de la conciencia. Antes de pecar, la percibe y la desatiende, durante el pecado, la acalla con el gozo del pecado, después de pecar, la oye y quisiera no oírla. Este es el conocimiento del mal, que no procede de Dios, sino de haberse separado de El. María no conoce el mal por experiencia, sino por infusión de Dios. No había pecado nunca. Por eso no entendía a la gente y se sentía sola. Experimentaba que sólo ella era así. Si hubiera vivido en un desierto, no hubiera padecido tanto, pero en Nazaret, aldea pequeña, con fama de pendenciera y poca caritativa, es tenida por orgullosa, la que era la más humilde. Como los niños viven su mundo aparte de los mayores, así tiene que vivir María entre su gente.

Y una mujer así, ¿nos puede comprender?, ¿puede ser nuestra madre? Sí porque María es una mujer comprometida con todo el género humano. María fue la pobre de Yahvé. Los pobres de Dios nunca preguntan, nunca protestan. Se abandonan en silencio y depositan su confianza en las manos del Señor y Padre.

Con el Concilio Vaticano II hemos recuperado la Biblia, libro prohibido en mis años de juventud. También la Liturgia en castellano. También la Iglesia, no como una pirámide, sino como pueblo de Dios. De la misma manera hemos de recuperar a María, como Hermana en la fe, Madre en la fe. María peregrinó en la fe como todos los cristianos. Se abandonó a Dios. Pudo ser lapidada, al quedarse encinta, pudo ser repudiada... Es la pobre de Yahvé.

Querríamos saber más cosas de María. El evangelio nos dice muy poco de Ella. Pero, si bien lo miramos, implícitamente nos dice mucho, todo. Porque Jesús predicó el Evangelio que, desde que abrió los ojos, vio cumplido por su Madre. Los hijos se parecen a sus padres. Jesús sólo a su Madre. Era su puro retrato, no sólo en lo físico, en lo biológico, sino también en lo psíquico y en lo espiritual.

LA HERENCIA

Cada hombre, según las leyes mendelianas de los cromosomas y los genes, hereda de su padre y de su madre. Decía un sacerdote que su padre decía: "mi hijo es treballaor com yo y listo com sa mare". Cuando Jesús pronuncia el sermón de las Bienaventuranzas, está pintando a su Madre: Pobres de espíritu, Mansos, Pacientes, Humildes, Misericordiosos, Trabajadores de la Paz. Nos ha dado su Retrato. Sus actitudes vitales son idénticas las de la Madre y el Hijo: en el momento decisivo de su vida María le dice al Ángel: "Hágase en mi"... En el momento de comenzar su Hora, Jesús dice lo mismo "Hágase". Cuando nos enseña su carné de identidad, María nos dice que es "la esclava del Señor" Cuando Jesús nos presenta el suyo, nos dice que es "manso y humilde de corazón". Jesús predicó las bienaventuranzas porque las había vivido. Y las vivió porque las había visto vivir a su Madre. Por eso la quiso y la hizo Inmaculada, porque tenía que ser su madre y su educadora en la fe.

En algunas imágenes aparece Santa Ana sentada como una auténtica abuela. Tiene en sus rodillas a María, quien con una apariencia muy maternal, tiene en las suyas al niño Jesús. Tres generaciones, sentada cada una en las rodillas de la otra. Gracias, Dios nuestro, por esta dimensión tan humana de la fe católica. Esforcémonos por vivir como María, niña, adolescente, novia limpia, madre cariñosa y solícita, trabajadora, paciente en la pobreza, en las persecuciones y humillaciones, en las adversidades. Educadora con la palabra y la vida de su hijo, de sus hijos, que somos todos. Así seremos motivo de consuelo y de gozo para “quien nos predestinó, nos llamó, nos predestinó, justificó, glorificó” Romanos 8,24.

 

2.- De Cluny a Claraval

Por Jesús Martí Ballester

Una de las posibilidades de diversión más gratificantes que nos ofrece el verano resulta para mí la relectura de libros y enciclopedias que yacían en el almacén de la memoria. Este verano le ha tocado la suerte entre otros, al Monacato de Occidente, ceñido a la etapa que resume el título de este reportaje, De Cluny a Claraval. A los 27 años fui nombrado Arcipreste de una Parroquia cuyo titular era San Bernardo de Claraval, al que se le celebraba una Novena famosa de gran arraigo y devoción, para la cual escribí una Novena al estilo en aquellos tiempos y que en la actualidad me incitan a editar y estoy dudando si cederé a los ruegos y persuasiones. De momento resumiré algunos datos en este Reportaje que supongo será del agrado de los lectores asiduos de BETANIA, que espero al menos sea útil para su erudición y ejemplaridad.

CLUNY

En el año 540, Benito de Nursia, fundó la Orden de los Benedictinos. Ya en el siglo X, el duque Guillermo de Aquitania cedió tierras y hacienda en uno de sus dominios de Borgoña, para fundar el monasterio de Cluny que siguiendo la regla benedictina se convertirá en la casa madre de unas 1500 abadías. Guillermo el Piadoso, así llamado el duque de Aquitania, fundaba el monasterio "para la salvación de su alma", y la donaba a los Apóstoles Pedro y Pablo, pero la confiaba al abad Bernón, un borgoñón de familia noble que había fundado ya la abadía de Gigny, de donde era abad.

RELAJACIÓN ESPIRITUAL

La acomodación a los distintos tiempos y a los políticas correspondientes, hicieron descender la espiritualidad de la Orden, originando la crisis por la prosperidad del monacato cluniacense. No supieron leer los signos de los tiempos pues la sociedad y la Iglesia estaban cambiando y se esperaba una respuesta nueva. San Pedro Damián criticaba en la liturgia cluniacense: "el sonido innecesario de las campanas, el canto prolongado de los himnos y el uso conspicuo de adornos". A los cluniacenses se les acusa de vivir como grandes señores, con excesiva influencia en los asuntos públicos y la excesiva acumulación de riquezas. Surge una contestación desde la propia institución: Roberto de Molesme saldrá del monasterio dando origen al Cister, en latín Cîteaux, la Cistercium romana, próxima a Dijon. Roberto de Molesme en 1098, abad del monasterio cluniacense de Molesme, con un grupo de monjes blancos, en contraposición a los negros de San Benito, dedicaron su vida al trabajo manual y a la contemplación, según el lema benedictino Ora et labora. Su sucesor, san Alberico, obtuvo del papa Pascual II, en 1100, el reconocimiento de la nueva orden; a la que el tercer abad, san Esteban Harding, en 1119, dotó de una regla propia.

EL CISTER

Roberto de Molesme nació en Champaña en 1028. Ingresó en el monasterio de Moutiers-la-Celle, de donde pasó al de Saint-Michael de Tonnerre, donde fue elegido abad. Pero en 1071, deseoso de mayor soledad se retiró con un grupo de hermanos a los bosques de Collan. Después de cuatro años de vida ascética decidió fundar con sus compañeros el monasterio de Molesme (1075), dando a la nueva comunidad unas normas inspiradas en las costumbres de Cluny. El grupo se vio sobrepasado por las nuevas vocaciones y perdió el control sobre la disciplina. Un conflicto surge en la comunidad entre los que querían una vida más estrictamente benedictina y los que pretendían la vuelta al estilo cluniacense. Una veintena de monjes con Roberto abandona el monasterio para fundar el 21 de marzo de 1098 un monasterio en Cìteaux, Cister, a veinte kilómetros al sur de Dijon. Los monjes de Molesme llevan el asunto a la Santa Sede. Roberto para el bien y la paz decide retornar a Molesme, donde continúa ejerciendo de abad hasta su muerte en 1111. Los cistercienses no aprobaron esta marcha y hoy en día no lo tienen como fundador y primer abad de la orden. El Cister fue aprobado por el Papa Pascual II en 1100.

BERNARDO DE FONTAINES

Ha terminado sus estudios en las escuelas canonicales de Chatillón. Está dotado de cualidades espléndidas: tiene inteligencia aguda y penetrante, elegancia de discurso, carácter dulce, rectitud natural de alma, bondad apacible de corazón y conversación agradable y encantadora. Era algo reservado, y de una modestia rayando en la timidez y maravillosamente meditativo. Con una belleza, viril y dulce que atraía todas las miradas; estatura alta y flexible, cabellera castaño claro: Sus ojos grandes y azules eran como un reverbero de su belleza interior. ¿Se dejará Bernardo deslumbrar por este conjunto maravilloso de cualidades? A los veinte años muere su madre, la bondadosa y admirable Alicia, que le había enseñado a amar a la Virgen y a practicar la virtud. Jóvenes mundanos frecuentaban su castillo de Fontaines; amado, admirado y dueño de todos sus deseos, se dejó arrastrar insensiblemente a los frívolos pasatiempos, a las danzas, a los torneos y a las cazas clamorosas. Admirador de Horacio y Virgilio, empezó a sentir aficiones poéticas, y escribe poemas románticos, que lee a sus amigos y dedica a las damas.

REFLEXIVO

Se dio cuenta, con su temperamento reflexivo, que debía escoger entre la virtud o el placer. ¿Qué quiere de mí Dios? Sus pensamientos se hicieron más serios, y no llegó a sentir verdadera repugnancia por todo aquello que empezaba a amar. Un día la vista de una mujer le llenó de turbación. No pudiendo ni con increíbles esfuerzos reprimir los estímulos de la carne, se arrojó en un estanque, y decidió consagrarse a Dios en un monasterio, pero las lágrimas de sus hermanos le hicieron desistir. Pues al menos dejadme tomar la carrera clerical y dedicarme a las letras. Una mañana de otoño, salió de su castillo borgoñón hacia el Norte, en busca de una escuela alemana. La noche del primer día de marcha, sintió una calma infinita que le invadía el alma. En su alma se entabló un combate y entró en una ermita para orar y pedir luz en aquel trance. La oración le llenó de fortaleza y la crisis se resolvió en un torrente de lágrimas, en una resolución inquebrantable de abandonar el mundo.

ENTRA EN EL CISTER

Ha resuelto entrar en Cister, pero quiere llevarse consigo a todos los nobles de su tierra de Borgoña. "Esto es una locura", dicen sus hermanos, asustados por aquella impetuosidad; pero por fin se contagian, y tras ellos, sus amigos, sus parientes y sus servidores; clérigos, estudiantes y caballeros. Para esto tenía que contar con su hermano mayor Guido, que había sido desde siempre el modelo de todos sus hermanos. Lo que hacía él lo querían hacer todos. Pero Guido ya estaba cazado y tenía dos hijas. Es la primera dolorosa conquista en la que demuestra trazos proféticos y fe y confianza milagrosa. Guido se entregaría, pero, ¿e Isabel de Fores? Por pascua te verás libre del “hasta que la muerte os separe”, que es el argumento formidable que opone Isabel. Cae en la cama Isabel y concede el permiso y se separan.

En la primavera de 1112, Bernardo, acompañado de treinta jóvenes, llama a las puertas del Císter. Como No puede con los trabajos agrarios, pide a Dios con lágrimas, que le de el arte de cortar el trigo. Desde este momento se convirtió en uno de los mejores segadores del monasterio. Después del trabajo, la lectura de los Libros Santos y de los Santos Padres. "Las cosas gustadas en su fuente -decía- tienen más sabor." Leía meditando, realizando la rumia de los salmos. En el silencio del valle, repasaba en su corazón los textos que había recogido en los libros, y a este trabajo interior aludía cuando decía que sus maestros eran las hayas y las encinas. Aunque la mortificación de los sentidos le había hecho casi insensible a las magnificencias del universo. Las imágenes vivas y pintorescas que aparecen de cuando en cuando en sus escritos, proceden de la Biblia o de sus impresiones juveniles.

DEL CISTER A CLARAVAL

En 1113 ingresa como novicio Bernardo de Fontaine en unión de un grupo de familiares y amigos. Cuando dos años después el abad Esteban decide expandir el ámbito monástico con nuevas fundaciones, erigiendo La Ferté, Pontigny, Morimond y Clairvaux, Claraval, Champaña, envió a Bernardo y sus allegados, en parte por sus cualidades y en gran parte también para librar a Cîteaux de la excesiva presencia del “clan” de los Fontaine.

San Bernardo de Claraval dio un impulso considerable al crecimiento de la orden cisterciense que en 1153, tan solo 38 años después de la fundación de la abadía, había engendrado 343 monasterios, 68 creados por irradiación de Claraval. Estos monasterios se solían asentar sobre desiertos pero con abundancia de agua que los monjes cultivaban. En el siglo XI los monjes de Cluny tenían un gran protagonismo en la iglesia, ocupando sus más altos cargos y ejerciendo su influencia sobre el poder civil. En el siglo XII ese papel pasa a los cistercienses elevando la Orden a la mayor prosperidad y expansión de su historia.

La primitiva austeridad y humildad se fue perdiendo en beneficio de un cada vez mayor esplendor y boato en la forma de vida y en la grandiosidad de sus abadías. Era necesaria otra reforma que llevó a cabo el abad de Fontfroide en 1335 pero no contó con el apoyo de otros priores. En 1664, el abad del monasterio de Nuestra Señora de la Trapa, Armand de Rancé, renovó su monasterio en profundidad de donde salió una rama autónoma del Císter, la Orden de la Trapa, que ha llegado hasta nosotros y es conocida la Trapa de Dueñas, en la Provincia de Palencia, donde se santificó el Hermano Rafael Arnaiz Baró, beatificado por Juan Pablo II.

RENOVACION CON SANGRE NUEVA

Con la llegada de Bernardo, el Císter, a punto de extinguirse, recobró nueva vida, con cuyo crecimiento se enjambraron nuevas abadías. Al frente de una de ellas fue colocado Bernardo, cuando contaba veinticinco años. A su vez, el abad Esteban puso en sus manos una cruz de madera, y los emigrantes, trece con el abad, salieron en busca de su nuevo monasterio. Después de caminar dos días llegaron a Langres, y penetraron en el Valle del Ajenjo. El sol lo llenaba de claridad, y un riachuelo discurría en profundo silencio. Allí se detuvieron y allí se estableció Claraval, o Claro Valle. Era el 25 de junio de 1115. En un mes prepararon el monasterio sencillo, la capilla sin adornos, cruces de palo y techos de ramaje, el refectorio y arriba el dormitorio, con los lechos tirados. A la entrada se abría la celda del abad, estrecha y baja que había de inclinar la cabeza para no darse en el techo. Un saliente de la pared era el único asiento que había, y un agujero informe iluminaba la habitación. Allí vivió cerca de cuarenta años, el hombre más grande del siglo. Se organizó la vida con todo el rigor de la pobreza cisterciense. Ni leche, ni pesca y huevos. Al principio, un puñado de bellotas se consideraba un gran regalo. El día de Pascua no había más que habas y guisantes, preparados con aceite y sal. "Si supieseis las obligaciones del monje -decía el abad-, regaríais con lágrimas cada bocado que coméis. Estamos en el claustro para llorar nuestros pecados y los del pueblo."

CLARAVAL SOBRESALE SOBRE EL CISTER

La gloria de Claraval amenazaba eclipsar la del Cister. Los doce monjes eran ahora quinientos, nuevas fundaciones nacían sin cesar hacia todas las naciones del mundo cristiano. Siempre que Bernardo salía de casa, volvía acompañado de una turba de conversos, clérigos y legos, gentilhombres y letrados, la aristocracia de la sangre y del talento, a la cual él enseñaba a manejar la hoz y la pala. Su palabra ejercía una especie de sortilegio sobre los espíritus. A un maestro de aquel tiempo, Enrique de Murbach, escribía: "Tú explicas, hermano mío, los Profetas; pero ¿estás seguro de que los entiendes? Si los comprendieses, sentirías que Cristo es el objeto de sus profecías, y si quieres comprender a Cristo, lo conseguirás mejor siguiéndole que leyéndole. ¡Si gustases una vez el famoso candeal de que Jerusalén se alimenta, de qué buena gana dejarías que royesen sus mendrugos los literatos judíos! ¡Con qué placer te ofrecería yo los panes calientes, humeantes, recién salidos del horno, que Cristo parte a los pobres de su redil! Créeme: encontrarás algo más en los bosques que en los libros; las piedras y los troncos te enseñarán cosas que no has aprendido en los maestros."

CAZADOR DE ALMAS

Nadie podía resistir ante aquel terrible cazador de almas, que en el oro y en la plata "sólo veía un poco de tierra blanca y roja, a la cual, únicamente el error de los hombres podía dar algún valor", se estremecía de indignación ante hombres que dudaban en sacrificar sus riquezas, "cuya posesión -decía- es una carga, cuyo amor es una mancha, cuya pérdida es un sufrimiento cruel". Hasta en el patíbulo y en casas de perdición encontraba discípulos y seguidores. Entrando en una ciudad, vio que llevaban a un bandido a la horca. Lleno de compasión, cogió la cuerda con que arrastraban al desgraciado, y dijo a los verdugos: "Dejadme este asesino; quiero colgarle con mis propias manos." Alarmado el juez, dijo: "¿Qué es eso, venerable Padre? ¿Vais a libertar un hombre que merece mil muertes?" "Déjame. Ya sé que este hombre es digno de un gran castigo pero yo mismo le clavaré en la cruz, y le haré permanecer en ella años enteros." Y se lo llevó a CIaraval.

FORJADOR DE MONJES

Amasar aquellas conciencias, aguerrirlas con el amor y para el amor, conseguir que comprendieran el amor y que lo vivieran. El amor que les dulcificaba el trabajo, la oración perenne, la suavidad de la vida comunitaria, tan ardua ella entre distintas culturas de toda especie y que perseveraran en el empeño, ese es el mérito supremo que apreciamos en Bernardo, por encima de la pacificación de pueblos, de siembra de paz entre príncipes y magnates, de refutación de herejías, de luchas doctrinales, de renuncias de papas, esa, la reforma de las personas, la pacificación de las conciencias, la vida de unión con Jesucristo, su hacerles alzar los ojos al crucificado y al tabernáculo de la Eucaristía, el enamoramiento de Jesucristo. Esa es la gran misión de Bernardo y de ahí provinieron los resultados de la cristianización de Europa, que ahora se quiere olvidar y hasta renegar de sus raíces que son y fueron tales.

A LOS ESTUDIANTES DE PARIS

Su discurso a los estudiantes de París pronunciado a instancias del obispo en el claustro de la catedral tuvo toda la violencia del relámpago. "Hijos míos -decía-, ¿quién os enseñará a huir la ira venidera? ¡Ay de vosotros, que tenéis las llaves de la ciencia y del poder, ni entráis ni dejáis entrar a los otros! Son llaves que habéis robado, no recibido. ¿De dónde viene esa locura de las grandezas, esa imprudencia de la ambición, ese amor desenfrenado de las prelacías?... Tened piedad de vuestras almas, hermanos; tened piedad de la sangre que ha sido derramada por vosotros. Vuestra castidad peligra en medio de las delicias; vuestra humildad se muere en medio de las riquezas. Salid del seno de Babilonia, salid y salvad vuestras almas." Cuando el orador terminó de hablar, veinte jóvenes se echaron a seguirle, y con ellos se fue aquella misma tarde a la abadía San Dionisio. Al día siguiente, cuando se dirigían a Claraval, dijo Bernardo: "Volvamos a París," Y al entrar en la ciudad encontró cinco estudiantes más. "Ahora partamos -dijo a los suyos-; el número está completo." Pero ni la Orden cisterciense, que extiende ya sus brazos hasta los confines de la cristiandad, ni todas las órdenes monásticas que trabajan junto a ella, pueden agotar el celo impetuoso del abad de Claraval. Bernardo tiene todas las intemperancias sagradas de un apóstol; es el apóstol más grande de su siglo.

LA GLORIA DE DIOS

Se queja de ser "un pobre pajarillo desterrado en su nido y sin plumas todavía". Cuando le crecen las alas y vuela a través del mundo con la rapidez del rayo, tiembla pensando que traiciona su vocación. Se ve como un enigma cuyo sentido no sabe descifrar, y exclama: "Soy la quimera de mi siglo; ni monje, ni laico. Y de monje, ¿qué me queda? Llevo el hábito, pero no tengo la realidad." Era el lenguaje de la verdad. Es verdad que su vida se desarrollaba en los caminos y en las ciudades, en las cortes y en los concilios, tanto como en el monasterio; pero, sin él darse cuenta, una fuerza superior le arrastraba, Y decía: "Los negocios de Dios son mis negocios; nada de cuanto le atañe es extraño para mi." Guiado por este pensamiento, sale de Claraval; pasa el Rhin, recorre las provincias de Francia, llega una y otra vez a Roma, lucha, discute, escribe y predica.

AMENAZAS A LA IGLESIA

Tres graves peligros amenazan a la Iglesia en su tiempo el cisma, la herejía y el islamismo. A los tres hace frente la actividad del abad de Claraval. A su voz, doscientos mil hombres pasan los mares dispuestos a detener los avances del Islam en Palestina. Fue la segunda cruzada; desastrosa, porque no hubo un capitán digno de tal misionero. Más afortunado fue Bernardo en su campaña contra el cisma. Levanta la voz en favor de Inocencio II, y la cristiandad le sigue. Triunfa en las asambleas episcopales, y, donde aparece, todo el mundo queda eclipsado por su presencia. El esfuerzo es largo y penoso, pero un triunfo completo le corona: el mismo antipapa viene a arrojarse a sus pies; y cuando sale de Roma después de siete años de trabajo, puede exclamar satisfecho: "Llevo conmigo la recompensa: es la victoria de Cristo, la paz de la Iglesia."

HEREJES Y SOFISTAS

Los herejes y los sofistas turban su paz. Abelardo, con su conceptualismo metafísico; Arnaldo de Brescia, con sus doctrinas demagógicas y anarquizantes; Pedro de Bruya, con su maniqueísmo caótico y revolucionario; el obispo Gilberto de la Porrée, con sus distinciones sutiles de Dios y de la Divinidad, forma de Dios. Desde el primer momento ha comprendido Bernardo el peligro que corre al enfrentarse con estos hombres avezados a todas las argucias de la dialéctica. El no es un hombre de escuela. "¿Qué me importa la filosofía? Mis maestros son los Apóstoles; ellos no me han enseñado a leer a Platón o a Aristóteles, sino a vivir bien…" Sin embargo, nada puede detener el empuje de su fe. Sin pensar en que podía ser aniquilado a causa de su inexperiencia en los torneos dialécticos, sale fogoso en defensa de la Iglesia amenazada. Y arroja a Arnaldo de Francia y Suiza, confunde a Abelardo en la asamblea de Sens, consigue en Reims de Gilberto una retractación formal, y persigue a los maniqueos a través de toda la Aquitania. "Yo soy el sembrador del Evangelio, decía en Albi, ante una inmensa muchedumbre; y he encontrado vuestro campo lleno de malas semillas." En medio del discurso, el orador y la concurrencia empezaron a dialogar. "Elegid la semilla que os pide vuestra conciencia", decía el orador; y sus palabras fueron contestadas por un murmullo de reprobación contra el error petrobrusiano. "Convertíos, pues, añadió el abad; entrad en la unidad los que estabais manchados, y para que crea en vuestra sinceridad, levantad la mano los que renunciáis al error." Todos, dice el cronista, levantaron la mano, y así terminó aquella escena sublime.

MÁS QUE LÓGICA INTUICIÓN

A pesar de su desdén por las armas de la lógica, Bernardo manifestó en aquella lucha una maravillosa habilidad. La metafísica no tiene secretos para él, pero es la intuición la que le guía, más que el arte del raciocinio. Una palabra, una frase, le bastan para descubrir la verdad con todo su esplendor. La reasistencia inesperada le exaspera, y entonces el hombre de la dulzura se convierte en un polemista terrible, derramando su cólera en vehementes invectivas y en expresiones violentas que hacen temblar. No eran el odio ni el orgullo quienes le guiaban, sino la viveza de su temperamento y su amor apasionado de la verdad. Sus violencias no partían del fondo del corazón; sus iras eran iras sin hiel. Una bondad fundamental inspiraba su conducta. Se dijo de él que nunca asistió a un entierro, aunque fuese de una persona extraña, sin llorar. Los herejes, los judíos, los mismos mahometanos encuentran gracia a sus ojos, con tal de que no ataquen a la Iglesia, esposa de Cristo, a quien adora. No admite más arma contra ellos que la espada de la palabra de Dios. "Reducid a los herejes con argumentos, no con la fuerza", decía a los que pensaban en hogueras y matanzas: y cuando en 1146 el pueblo estuvo a punto de hacer desaparecer en las orillas del Rhin hasta el último resto de la raza judía, sólo en él encontraron los perseguidos una defensa segura.

SU CORAZÓN

La mayor parte de los adversarios a quienes sus golpes echaban por tierra, se levantaban luego para abrazarle, y todos los arrepentidos estaban seguros de hallar un puesto en su corazón. Suya es aquella frase: "Si la misericordia fuese un pecado, yo le cometería." Pocos hombres han amado con tan profunda ternura. En sus cartas encontramos efusiones como éstas "¡Desgraciado de mi, que no puedo tenerte a mi lado, ni verte, ni puedo vivir sin ti! Morir por ti es mi vida; vivir sin ti es morir.", decía a un monje discípulo suyo. Cuanto más avanza en la vida, más violencia se hace para contener los ímpetus de su ternura, pero a veces la naturaleza le traiciona. Así, cuando se le murió su hermano Gerardo, mayordomo del monasterio de Claraval, queriendo ahogar su tristeza en el fondo de su alma, Bernardo no lloró, ni exhaló una sola queja. Pero un día, mientras comentaba a sus monjes el Cantar de los Cantares, una ola de amargura subió a su garganta. No pudo contenerse y prorrumpió en el fúnebre lamento de la muerte de su hermano, una de las más bellas paginas de la Edad Media: "¿Hasta cuándo disimularé y detendré este fuego que abrasa mi pecho y devora mis entrañas prisionero dentro de mi, circula a través de mis venas, me muerde, me martiriza? ¿Cómo hablar del Cántico en medio de la tristeza? Hasta ahora me he hecho violencia, me he cohibí para que la sensibilidad no pareciese en mi más fuerte fe. Vosotros lo sabéis: mientras todo el mundo lloraba, yo en el cortejo sin derramar una lágrima; y secos estaban mis ojos, cuando arrojé un poco de tierra sobre el cuerpo de mi amado, que se volvía a la tierra. Sollozaban en torno mío, y se extrañaban de que no llorase yo. No era él, era yo, quien despertaba la compasión de todos...

CARÁCTER DE CONTRASTES

Bernardo es el hombre de los grandes contrastes: es dulce y violento; doctor melifluo y luchador terrible; es todo palabras y todo silencio; es todo ojos y oídos para atalayar el error, y no sabe si la iglesia del Císter tiene una cubierta de bóveda plana. Lleva al mismo tiempo una vida monástica, política, apostólica y contemplativa. Es el mayor místico y al mismo tiempo el hombre más activo de su siglo. El paladín de la enorme y complicada historia en la cual palpita toda la inquietud de su siglo; es el hombre interior, profundo, recogido y absorto, que comenta el Cantar de los Cantares; el psicólogo que traza un programa de gobierno a los pastores en el tratado de la Consideración; el piadoso predicador de homilías y sermones; el teólogo profundo de los libros Del amor de Dios y De la gracia y el libre albedrío. Si vuelve del éxtasis, su pluma es una tea; si se encuentra en el campo de batalla, una espada. No escribe por deleite literario; escribe por obligación. Habla de lo que pide el momento, de lo que más urge. Un rey, un obispo, un conde, una monja, una persona cualquiera le pide un consejo: San Bernardo toma la pluma sin titubear. Se levanta un error en el horizonte: San Bernardo lanza un tratado de teología. Como desdeña la dialéctica, desdeña el arte, y como el arte, la retórica. No le preocupan las gracias del estilo, y sin embargo, logra formarse un estilo propio y magnífico, que se parece a la primitiva iglesia cisterciense. Es preciso, claro, sobrio, incisivo, substancial. Enemigo de figuras en el arte religioso, Bernardo lleva también su aversión al lenguaje. Sólo algunas imágenes bíblicas. Sólo el colorido que nace de una fina sensibilidad y el fuego del alma. Es vehemente y conciso; tiene en alto grado el poder de la ironía y del retrato, juntamente con el don de observación. Su Tratado de los doce grados de la humildad y del orgullo es uno de los análisis más maravillosos de la psicología humana. Abusa, como San Agustín, de los juegos de palabras, de las antítesis y de las rimas; pero en la llama del lenguaje, en la fuerza de convicción y en la elevación de las ideas, pocos se le pueden comparar. "Último de los Padres --dice Mabillón--, es tan grande como los más grandes de ellos."

MENOS PROFUNDO QUE SAN JUAN DE LA CRUZ

Como místico es menos profundo y menos metódico que San Juan de la Cruz; pero es más expansivo, más radiante, más tierno. Nadie ha cantado con más audacia ni más delicadeza que Bernardo en los ochenta y seis sermones sobre el Cantar de los Cantares las dulzuras misteriosas del amor divino "cuando entre el alma y Dios todo es común, la casa, la mesa y el lecho". Pero hay que correr mucho camino antes de llegar a este grado supremo. Bernardo nos dice que él ha pasado también por este aprendizaje, y confiesa avergonzado que a veces el recuerdo de un ser querido le llevaba a Dios con más eficacia que la contemplación de los misterios de la vida de Cristo. Pero esto era al principio de su conversión.

ENAMORADO DE CRISTO

La meditación del misterio de la Encarnación le arrancaba siempre lágrimas. Le gustaba rumiar interiormente todos los actos de la vida del Hombre-Dios; y él, tan sobrio en el empleo de las imágenes de la naturaleza, encontraba entonces para expresar su pensamiento, las imágenes más delicadas. La unión del Verbo con la humanidad se presenta a su espíritu en forma de un lirio purísimo, cuya corola forma un cáliz gracioso, una corona, símbolo de la naturaleza humana, con dorados pistilos, que le recuerdan los rayos de la divinidad. "¡Oh pequeño, oh amado de los pequeñuelos!". Le atraían los dolores de la Pasión. "Al principio mi conversión --decía--, a falta de méritos propios, tuve cuidado de recoger un ramillete de mirra y de colocarlo junto a mi corazón. En él mezclé todos los dolores, todas las amarguras de Nuestro Señor, sin olvidar la mirra que le dieron en la cruz, ni aquella con que le ungieron en su sepultura. Mientras viva saborearé el recuerdo, cuyo perfume ha inundado mi ser. El me sostiene en la contradicción y me modera en la prosperidad. Por eso siempre le tengo en la boca, siempre en el corazón, Dios lo sabe. Saber a Jesús crucificado, esa es mi filosofía." Así llegó Bernardo a las claras cimas del amor, allí donde, como él dice, las imágenes de los sentidos se desvanecen, donde el sentimiento natural se olvida, donde no se temen los asaltos de la lujuria y del orgullo, porque en vano se tienden los lazos ante los pies de los que tienen alas. "Yo amo porque amo -cantaba-; amo por amar, y el amor es mi propia recompensa." Se llevó consigo al Císter a todos sus cinco hermanos; a Humbelina, su única hermana y a la edad de 70 años, a su padre como hermano lego. Y sigue el Císter de Claraval, como el de Cluny y el mismo Molesmes y la Trapa, forjando hombres y madurando santos para la tierra y para el cielo.