El Padre Pedrojosé Ynaraja ha seguido escribiendo sus artículos semanales mientras que estaba vigente el pasado número especial de verano. Nos ha parecido de interés publicar en esta primera página de “Opinión” de septiembre dos de ellos, que son, sin duda, muy interesantes. Junto a ellos, el habitual artículo de David Llena.


1.- A PROPÓSITO DE LOS JUEGOS

Por David Llena

Era el ocho del ocho del dos mil ocho a las ocho y ocho cuando daba comienzo la ceremonia de inauguración de las últimas olimpiadas. Era un momento muy especial. Al parecer el ocho es un número muy importante en la cultura china, que dicho sea de paso se rigen por otro calendario y andan por el año cinco mil y pico, pero el marketing es el marketing.

Sin embargo, no pretendo entrar en polémicas, e incluso también yo caeré en las redes de la numerología, pero será un poco más adelante.

Pues a esa hora yo, como millones de personas nos asomamos a la pequeña pantalla de un televisor para asistir a este acontecimiento. Después de una serie de actos programados y ensayados hasta la perfección, comenzó el desfile de los atletas, los verdaderos protagonistas de todo este lío mediático.

Y comenzaron a aparecer hombres y mujeres de toda raza, pueblo, nación y lengua y mi imaginación se fue al libro del Apocalipsis y a los ciento cuarenta y cuatro mil marcados por el ángel del Señor. Estos ciento cuarenta y cuatro mil responden según la numerología a una multitud inmensa que según el Apocalipsis, están de pie ante el trono del Cordero gritando: “La Salvación es de nuestro Dios”.

Imaginaba, también San Pablo lo hacía así, la vida como la preparación de estos atletas para competir en los juegos. Todos ellos ya habían obtenido su premio, estaban entre los elegidos. Habían dedicado su vida, al menos algunos años de su vida a preparar este acontecimiento. Habían potenciado su fuerza, o sus habilidades, o su trabajo en equipo para encontrarse ese día entre los elegidos.

También había entre ellos, algunos que quisieron entrar sin “el traje de bodas” (Mt 22,11-14) o “sin haber comprado el aceite” (Mt 25, 1-12) y fueron inmediatamente expulsados de los juegos y desposeídos de sus trofeos. Y es que tampoco aquí, está permitido hacer trampas.

Estamos llamados a coger nuestras habilidades y ejercitarlas, potenciarlas durante los “cuatros días”, que según algunos, dura esta vida; para que cuando llegue ese momento tan especial de participar de la gloria de los elegidos podamos presentarnos habiendo superado la marca mínima para participar.

La invitación está hecha, la Salvación está preparada, no tenemos que preocuparnos de cómo será esa ceremonia, sólo debemos de procurar que esa Salvación que nos ha sido dada, la ejercitemos todos los días de nuestra vida, que esos dones o talentos que se nos han sido concedidos los pongamos a fructificar en un mundo necesitado de Amor.

Serán unos años a la sombra, fuera de las luces y las cámaras, habrá que entrenar duro, con el rigor del frío en el invierno y con el calor sofocante propio del verano. Habrá que madrugar, esforzarse, entrenar sin ninguna recompensa pero la esperanza de la Salvación ya ha sido derramada en nuestros corazones y ella es el mejor de los entrenadores.

 

2.- HOSPITALIDAD

Por Pedrojosé Ynaraja

El lugar donde resido me permite situarme en Francia en dos horas y en un poco más llegar a Andorra. Durante 40 días he celebrado la Eucaristía en el Cottolengo próximo y, una vez libre del afortunado encuentro, a las 10 de la mañana, poder viajar. Acompañar a amigos siempre es buena ocupación y por estas tierras, sean las próximas a casa o del extranjero, una delicia. Abundan las iglesias y monasterios de rica tradición. Repito siempre a los americanos, que, para entender Europa, es preciso conocer sus monasterios, sus catedrales góticas y el Camino de Santiago. En estos parámetros cristalizó la cultura y la santidad continental. Resisten y se conservan la mayor parte de las edificaciones. ¿Resiste al paso del tiempo el espíritu que animó a aquellos monjes? ¿Alguien, de entre la clerecía o de la sociedad civil, continúa la hospitalidad que les fue tan peculiar? ¿Es la hospitalidad una característica anecdótica, fruto de vendavales o calma chicha coyuntural, de la cual se pueda prescindir? Eran mis preguntas íntimas los pasados días. Se habla de ella en Ro 12,13 y en ITi 5,10 pero donde más rotundamente se la elogia es en He 13,2. Dice allí: No os olvidéis de la hospitalidad; gracias a ella hospedaron algunos, sin saberlo, a ángeles. No es, pues, esta virtud, algo prescindible.

Se habla con frecuencia de las riquezas del Vaticano y se condena olímpicamente su posesión. Muchos de los que practican el deporte de la crítica, en cuanto poseen, en propiedad o en dominio, cuatro piedras históricas, señalan un horario y establecen el precio de entrada al lugar. De la gran riqueza monumental vaticana se aprovecha cualquier hijo de vecino, sea pobre o rico, gratuitamente. Una fortuna compartida con los pobres, no es pecado poseerla. Bueno es que el Papa envíe ayudas monetarias, que lo hace, a regiones pobres o a víctimas de catástrofes. No se puede olvidar el hambre del cuerpo. Tampoco dejar de satisfacer las ansias del espíritu. Ofrecer belleza generosamente, no es riqueza, es magnanimidad. Dicho lo anterior, añado algunas reflexiones, consecuencia de los viajes de estos días.

En mis visitas a una determinada comunidad monástica, no he logrado franquear más de dos metros de su recinto. Hablo de un lugar que conozco y al que voy desde hace más de 30 años. Estoy seguro de que si conocieran mi condición de periodista, me darían un montón de explicaciones, confortablemente sentado y enseñando posteriormente hasta el último rincón. Mi anonimato profesional, no les mueve ni a ofrecerme una silla y un vaso de agua.

Otro lugar. Es una comunidad de las de nuevo cuño. Debemos sacar el correspondiente tique (por mi condición sacerdotal no me lo cobran y lo hacen sin solicitar ninguna comprobación, y sonriendo). El buen monje da oportunas explicaciones culturales y arqueológicas. Aprovecha para referirse a la vida espiritual cristiana que ellos practican. La ocasión la pintan calva, pienso recordando el dicho popular. Pero observo que algunos se apartan: han pagado para una visita cultural y no les interesan los incisos. Tienen razón. Pero al menos sus palabras responden al decir de Pedro: siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza IP 3,15. Añade el monje-guía, para acabar, que durante las plegarias y la misa, las puertas se abren para que entre y participe en ellas quien quiera. Oportuna y buena advertencia.

Me encuentro con V.C., en la actualidad, “hermanito de Jesús” y ermitaño en el Sahara. Me cuenta que dedica su vida a la oración, sin descuidar la acogida de los viajeros que cruzan el desierto y le preguntan por su vida y el sentido que le da a ella. Interiormente pienso: ¿cobrará por ello? La imaginación de Dios, me gusta repetir, es prodigiosa. Me encuentro con M.H. antigua amiga. Me cuenta que hace poco ha estado por las tierras africanas de las que antes hablaba, que se encontró con un “hermanito de Jesús” compañero de mi amigo. Me explica que amablemente les invitó a entrar en su ermita, les explicó la vida que llevaba y les invitó a tomar un té. Temo preguntar, pero al fin me decido: ¿os cobró algo por la visita? Claro que no, me dice. Respiro satisfecho. V.C. es de mi misma diócesis, donde compañeros nuestros prohíben fotografiar, cierran puertas, venden objetos y cobran por entrar a cualquier cuchitril antiguo. Que cada uno reflexione a su gusto.

En una ermita andorrana a la que me gusta acudir, encuentro un joven universitario. Hablamos un rato. El gobierno paga su servicio de acogida e información al turista durante estos meses de mayor afluencia. He oído que la autoridad de este pequeño Estado, tan cosmopolita, tiene interés en promover el turismo cultural. Cumple el joven con el encargo perfectamente.

Acabo mis reflexiones recordando la institución francesa llamada CASA, que responde a las mil maravillas a la acogida y a dar voz a las piedras seculares, en basílicas y catedrales. Desearía que se implantase entre nosotros. (En Internet hay buena información al respecto). Me avergüenza el proceder de tanta gente “progre” de mi país, dispuesta a denostar las riquezas de la Iglesia, mientras da el mal ejemplo de hacer de sus pequeñas posesiones un minúsculo tenderete de mercadillo religioso. Tal vez les pasan de largo a su vera, los ángeles del texto bíblico y ellos los ignoran, envejecidos y empobreciéndose espiritualmente.

 

3.- VIRTUDES HUMANAS

Por Pedrojosé Ynaraja

Nos ocurrió hace mucho y me temo que ya he escrito sobre este asunto. Fue en los años de seminario. Unos cuantos habíamos entrado procedentes del movimiento scout. Decidimos organizarnos. Repetíamos a compañeros y superiores que no deseábamos prepararnos para ser consiliarios, sino que creíamos que el escultismo tenía algo que enseñarnos y algo bueno que exigirnos. Eran tiempos en los que entre la clerecía se aireaba que el fundador, Baden Powell, fue anglicano, que, para colmo, en los papeles de Salamanca, había un documento donde constaba que había sido masón. Resultaba difícil, pero, puestas las debidas precauciones, no se nos prohibió crear el Clan Pío XI, en honor del Papa escalador, el que redactó el primer escrito dirigido al movimiento.

Los benévolos superiores, aquellos que nos ayudaban, elogiaban las virtudes humanas que fomentaba el escultismo. Los suspicaces superiores, aquellos que nos miraban de reojo, recalcaban que debíamos ser ejemplares seminaristas, sin dejarnos contaminar de aseglarismo. (Eso de ser aseglarado, me acarreó serios problemas, que la bondad de Dios logró solucionar). Tener virtudes humanas se valoraba tanto como la habilidad del que confeccionaba carteras de piel o del que aprendía ingles, llevando consigo un diccionario y aprendiéndoselo de memoria).

Capeamos el temporal y llegamos casi todos a la ordenación. Aquello de las virtudes humanas cayó en el olvido y, lamentablemente, prosigue la historia como si no existieran. Hoy en día hablar de virtudes no se estila, es demodé. Estamos en la época de los psicólogos. De los que atienden en momentos de catástrofes (obsérvese de paso que los medios olvidan a los de Iglesia que acuden, generalmente, primero y permanecen siempre de servicio) y de los que reciben en su consulta a tantos niños que diagnostican de hiperactivos, o descubren angustias traumáticas, consecuencia de separaciones de sus progenitores. Tan sencillo resultaría recordar que se exige al cristiano el propósito de la enmienda (virtud humana del entendimiento y de la voluntad)

Otro sí. Aparece en el escenario actual el fenómeno de la convivencia con gente venida de fuera. Decimos con olímpica indiferencia, que los de tal continente son así o que los del otro son asá, como si todos fueran idénticos, salidos del mismo molde. Son gente calmosa en sus trabajos rutinarios, se oye decir. O, todos los de aquel país forman una mafia, no se puede uno fiar de ellos, repiten refiriéndose a los de otra procedencia. Si un día se escogió el metro como patrón universal ¿no es hora de que nos atengamos a unas normas de conducta claras y de aceptación universal?

Lo decía la semana pasada, en el encuentro del Papa del 6 de agosto con la clerecía de la región donde estaba descansando, afirma él que la Fe se basa precisamente en las virtudes naturales: la honradez, la alegría, la disponibilidad a escuchar al prójimo, la capacidad de perdonar, la generosidad, la bondad, la cordialidad entre las personas. Estas virtudes humanas indican que la Fe está realmente presente. Añade poco después: hacer que madure en nosotros la autentica humanidad.

Evidentemente no es exhaustivo. El estilo es descriptivo, el perímetro del campo ha quedado de alguna manera delimitado. Recuerdo ahora la lealtad, la sinceridad, el espíritu de servicio, la valentía y audacia, que aprendíamos en el escultismo. Piensa uno ¿tal vez la falta de credibilidad que sufrimos los de sacristía, además de razones perversas alimentadas desde fuera, no será debida a la falta de estas virtudes sencillamente humanas? Tal vez la gente no nos exija devoción a la Virgen o al Sagrado Corazón, conceptos que a muchos les son desconocidos. Tal vez lo que se nos pide es sencillamente honradez, veracidad (dejar de practicar la restricción mental, que por muy lícita que sea, causa enojo) laboriosidad (imagino que supone tanto esfuerzo trabajar durante el caluroso agosto, como enfrentarse al martirio. O que uno se prepara para el martirio, trabajando monótonamente durante este mes). Tal vez la gente necesita más que se sepa dar las gracias, que encontrarnos rezando el rosario. Ser agradecido es un imperativo bíblico, San Pablo lo pide en Col 3,15, y no es frecuente su práctica entre la alta y baja clerecía, hay que reconocer sinceramente. Serlo sin esperar nuevos favores.

Tal vez debamos invertir el sentido de los valores y rezar a la Virgen y sentir profundo espíritu de reparación, por tantos cristianos que dan un mal ejemplo ante la sociedad y por la ausencia de estas virtudes humanas. Su malhumor, su egoísmo, su falta de cordialidad, son motivo de alejamiento de la Iglesia.

Estoy leyendo estos días el libro de los Proverbios. Es de un rico contenido en virtudes humanas. Lo relaciono ahora con lo que vengo diciendo. Oigo que algunos dicen: ¿para qué he de leer yo el Antiguo Testamento? Con los Evangelios y San Juan tengo bastante. Y así van las cosas. Recuérdese, para poner un ejemplo, que cuando peligraba la belleza de la catedral de Burgos o el prodigio de la torre de Pisa, se hubo de acudir a mejorar los cimientos, no a pintar las fachadas. Algo así es preciso que hagamos con nuestra personalidad.