TALLER DE ORACIÓN

ESQUEMAS, DE ORACIÓN, PARA ESTE TIEMPO DE VACACIONES

Por Julia Merodio

Como las vacaciones son tiempo, para cambiar de actividad; también, en este apartado, de “Taller de Oración”, voy a ofreceros un cambio; brindándoos el desarrollo de algún salmo para la oración. Espero que, allí donde os encontréis, puedan seos de utilidad; para acercaros al Dios de la vida.

ORAMOS CON EL SALMO 144

Llego a tu presencia Señor. Quiero empezar dándote gracias por el gran don que me has hecho de que alguien, para la mayoría nuestros padres, nos enseñasen a rezar.

Mas, hoy, no queremos rezar individualmente; queremos rezar como grupo de hermanos y amigos, que aunque no nos conozcamos personalmente, nos reunimos en tu nombre –allá donde nos encontramos- para alabarte, para bendecirte, para darte gracias por tu inmensa bondad.

Ayúdame, Señor, a hacer mías todas las oraciones calladas de cada uno de los que me leen, pues aunque desde aquí no las pueda oír, quiero presentártelas en su nombre, porque las siento en lo más profundo de mi alma.

Mas no sólo queremos con esta alabanza multiplicar el número de labios que te invocan, sino dar a nuestra oración un sentido nuevo, una dimensión distinta, una profundidad mayor... queremos presentar a todo ese pueblo que unido, desde los rincones más remotos, quiere: bendecirte, alabarte, cantarte y darte gracias por tu gran amor.

Porque cuando uno se pone en oración, el hecho de estar en silencio ya es hablar, el estar recogido para escucharte ya es rezar, y el caer en la cuenta de quienes somos, es elevar una súplica callada para pedirte que intercedas por nosotros.

Para ello, hemos elegido un salmo, porque los salmos son la oración del pueblo; con los salmos oraron los que nos precedieron, rezarán los que vayan llegando, y nuestra oración unida llegará a ti, Señor del tiempo, en un solo clamor para decirte: “Abres tu mano Señor y nos sacias de favores”

SUGERENCIA PARA LA ORACIÓN

Se puede repetir la oración del principio y luego, coger para la oración, los versículos del Salmo que más nos sumerjan en ella.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,

que te bendigan tus fieles;

que proclamen la gloria de tu reinado,

que hablen de tus hazañas.

Cada uno tiene que bendecir, al Señor, desde su vida concreta. No vale bendecir al Señor con los labios si, nuestras acciones, no se correspondan con las palabras. No sirve, el poner normas, para proclamar la gloria del Señor.

Todo ser humano, es alguien en camino, y ese camino nos va presentando una serie de alternativas, de las que cada uno, desde su libertad, va cogiendo unas y dejando otras; mas cuando, personalmente, todo lo haces reconociéndote criatura de Dios, te vas insertando en la vida de creyente y sin pretenderlo tus hazañas hablan de la grandeza del Señor.

No puedes, por tanto, basar tu vida en actos, sino en buscar las actitudes; no vale conformarte con oír homilías, sino desde ellas mirar donde tienes puesto el corazón; no vale el “cumpli”-“miento” de actos religiosos, sino llegar a la grandeza de buscar en ellos a Dios.

Este es un retazo que nos llevará a insertar, en nosotros, las palabras del salmista que ansía, que toda la tierra bendiga y proclame la gloria del Señor. Y, al acercarnos a él, de nuestro corazón, brotará el agradecimiento para decirle con entusiasmo.

Te alabamos Señor por la inmensidad de tus obras.

Te alabamos por hacer realidad nuestra oración, no importa que sea de petición, de perdón, de preocupación… sólo importa que siempre llega a Ti.

Te alabamos por esta oración en grupo. Pues tenemos la seguridad de que siempre es escuchada.

Te alabamos, porque la alabanza es una oración de alegría, y sabemos que a ti no te gustan las caras largas.

Te alabamos en una oración de amor, porque Tú Señor eres el que ha puesto el amor en nuestra alma.

Te alabamos en una oración de adoración. Porque alabarte es reconocerte en la majestad de tu gloria.

Los ojos de todos te están aguardando,

tú les das la comida a su tiempo;

abres tú la mano,

y sacias de favores a todo viviente.

Conmueve observar la nitidez con que estos versículos del salmo nos muestran la gratuidad y generosidad de Dios.

El Señor distribuye sus bienes a raudales e invita a todos para que los reciban.

Esta generosidad y esta invitación están plasmadas a lo largo, de toda la Palabra de Dios, pero hoy vamos a coger como referencia al profeta Eliseo.

Eliseo es un profeta llamado por el Señor, para una misión concreta y costosa, pero que no dejará de llevar a cabo.

Al dar comienzo su andadura, lo primero que encuentra, en su camino, son gentes pasando hambre y precariedad; y observa que no puede pasar de largo ante el sufrimiento humano.

Pero, Él es un hombre de Dios. Él ora con los salmos; sabe que el Señor “sacia de favores a todo viviente” Por lo que, interrumpe su cometido y dice a su criado “Reparte nuestro pan a estos que nos piden” el criado se asombra, porque a penas tenían provisiones. Eliseo le mira diciendo: “así dice el Señor comerán todos, se saciarán y todavía quedaran sobras”

Esta es, la fe de la persona, que tiene los ojos puestos en el Señor. Mas, no pensemos que esto es cosa del pasado, es cosa del presente y si en este momento de la historia, no llega a producirse, tan sólo se debe a nuestra falta de fe.

El Señor, nos sigue esperando a todos, hoy como ayer; a vosotros y a mí; a cada uno en particular; y, nos recuerda que, para llegar a Él, no hay que llevar nada, tan sólo hambre. Esa es la única condición: el estar necesitado de Dios; el querer buscarlo; el querer dejar tantos sucedáneos y correr a la auténtica fuente.

Sin embargo ¡nos resulta, realmente difícil, entender que alguien dé sin esperar nada a cambio!

“Acudid también vosotros… los que no tenéis dinero…” nos dice Isaías, en otro de sus pasajes, quiero que os quede claro que a Dios no se va por la riqueza ni los bienes, quiero que todos nos planteemos que cuando hay dinero por medio, no se trata de un don de Dios aunque le pongamos una etiqueta sugestiva.

Dios no cobra concede. Dios no negocia da. Acércate hoy a Dios con las manos vacías para que Él te las llene. No mendigues en otros sitios lo que necesitas, ni busques alimentos que te dejan insatisfecho.

Vuelve de nuevo a la palabra de Dios, el salmista lo aclara con convicción: “Señor abres la mano y nos sacias de favores” Saborea lo que quiere decirte y en este silencio ve dejando a un lado todo eso que cuanto más devoras más desnutrido te deja. Huye de lo que te impide crecer y desarrollarte como verdadero cristiano. No esperes más para acercarte a la sinceridad de Dios, Él está dispuesto a saciar tu hambre y tu sed.

No te quedes en la mediocridad, abre tu horizonte a metas hermosas y grandes, camina más allá de lo convencional y rutinario y escucha en el silencio al Señor que te dice:

Vosotros los sedientos…

• Los que no os conformáis con bagatelas.

• Los que no podéis soportar el vacío que os invade.

• Los que empezáis a notar que Dios os pide otra cosa…

• Vosotros los que necesitáis hacer a Dios el centro de vuestra vida: venid, saboread, inclinad el oído, escuchadme y viviréis. Sellaré con vosotros una alianza perpetua, la promesa que aseguré a David.

El Señor es justo en todos sus caminos,

es bondadoso en todas sus acciones;

cerca está el Señor de los que lo invocan,

de los que lo invocan sinceramente.

La oración de: invocación de súplica, de petición… es una oración repetida, una y mil veces por cada uno de nosotros. Esta oración encierra la grandeza de la confianza. Si no confiásemos en que: el Señor lo puede todo, y lo da todo; ¿Para qué pedirle ayuda?

Estoy segura de que todos tenemos experiencias de esos momentos, que nos parecían insalvables y el Señor, los suavizó sacándonos de aquel abismo.

Por eso os propongo, hacer un largo silencio, para recordar –cada uno personalmente- ese momento, o aquel otro, en el que vimos a Dios con claridad, en aquel suceso. Sabíamos que todo estaba perdido, que no había posibilidad alguna; pero, aquel proceder de Dios, que casi parecía imposible, obró de tal manera, que quedamos asombrados, sin dar crédito… pero que, sin embargo, así fue.

Y es que la vida está repleta de hazañas. ¡Quién no ha pasado por un despliegue de acontecimientos, que lo han superado para bien o para mal! Cuántas veces nos quejamos de nuestro destino, de no entender nada, de no encontrar sentido a lo que vivimos.

Nuestros ojos parecen cerrarse, poco a poco; se cansan, de mirar siempre, a la misma bombilla semi-apagada; sin embargo les asusta encontrarse con la luz, se sienten incapaces de abrir la ventana; porque prefieren ocultar la suciedad, acumulada durante tantos años, que hacer frente a ella.

Por eso hoy vamos a decirle, al Señor, que siga gobernando nuestra vida, que nos envíe su luz, que nos muestre el camino; que estamos dispuestos a abrir, las puertas y ventanas del corazón, para que todo su proyecto se haga posible.

Como apuntábamos al principio, en nuestra vida, hemos tenido la experiencia de encontrarnos entre dos caminos ¿Cuál de ellos coger? Cuánta gente desanimada se vuelve sin intentar coger ninguno, vive una vida amorfa, sin sentido, sin ilusión, sin meta.

Cuando seas tú el que estés pasando esta situación y no sepas a qué atenerte, no te desanimes, pide fuerza al Señor; no te dé miedo de sufrir el desconcierto de la duda. Acéptalo con toda humildad y se paciente para que se cumpla en ti la voluntad del Señor.

Ya sé que cuando nos llegan, estos momentos espinosos, nos surgen grandes dudas y no sabemos por donde caminar, pero no temas; es más, aún cuando pienses que tienes motivos para temer, no te angusties.

Confía en el Señor. Te aseguro que, en el momento que menos esperes, volverás a recibir su gracia y te sentirás de nuevo renovado.

Esto es la vida. A todos nos pasará una y otra vez, pero no tengas miedo, cada vez que te pase, recibirás una fuerza mayor que la anterior que te aliviará y te ayudará. Entonces te darás cuenta, de que cada superación era mejor que la anterior.

No importa ni el que no sientas entusiasmo, ni el que estés frío, ni incluso el que huyas; Dios respetará todo eso, pero ten la seguridad de que Él nunca retirará su gracia a los que ha elegido. Y tú eres uno de ellos.

Ahora sí, ahora me uniré a San Pablo, en este año dedicado a él, para invitaros a decir, desde lo profundo de mi corazón:

Señor: Quiero ponerme el uniforme de la misericordia, quiero vivir, como los primeros cristianos, con un solo sentir y un solo pensar, quiero que pongas en mi corazón la bondad, quiero que seas Tú, Señor, el dueño de mi vida.

Palabras sencillas y profundas que el apóstol aconseja a los que deciden hacerse cristianos. Él lo hace, de forma llana, porque ha experimentado a Dios.

Y a Dios, no se le encuentra solamente, cuando todo va bien; cuándo el éxito nos sonríe; cuando logramos nuestros proyectos y gozamos, de la estima de los demás. El amor de Dios, se experimenta de manera sorprendente, en la adversidad, en los momentos difíciles y dolorosos; en el momento de la prueba, de la enfermedad, de la dificultad, de la miseria, de la tribulación… en esos momentos en que, no nos queda más remedio que, echarnos en sus brazos, para no desfallecer.

Y, así, echados en los brazos de Dios, sin perder el clima de silencio; oye como te dice:

• Tu tormento es mi tormento.

• Tus heridas mis heridas.

• Tu dolor mi dolor.

Por muy desagradable que sea tu realidad; el amor de Cristo sigue ahí contigo; él alcanza todas tus circunstancias, todos tus infortunios y toda tu vida, con lo que pueda tener de problemas y logros.

EN ORACIÓN JUNTO A MARÍA

Acerquémonos a la Madre, que entendió todo esto, a la perfección. Escucha de sus labios:

Aquí está la esclava del Señor. Haz tuyas esas palabras. Y sin dejar el clima de oración en el que te encuentras dile desde el corazón:

 Madre del sí, hazme valiente para acoger siempre el amor que hace vivir.

 Madre del silencio, ayúdame a callar para que germine en mi alma la Palabra de vida.

 Madre de la entrega, quiero imitarte en el servicio a los demás.

 Madre de la alegría, haz que tenga una sonrisa para cuantos se acercan a mí.

 Madre de las lágrimas, ayúdame a enjugar las lágrimas de los que sufren.

 Madre orante, haz que siempre esté dispuesta a reservar un tiempo para dejarme hacer por el Señor en el silencio de la oración.

ORAMOS CON EL SALMO 85

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

De nuevo tenemos deseos de juntarnos en tu presencia Señor, Tenemos necesidad de encontrarte y saborear ese abrazo que nos regalas a cada uno en particular. Tenemos necesidad de notar que nos amas y te amamos.

El deseo de volver, a Ti, ya es para todos nosotros, nuestra mejor oración; porque el encuentro contigo es la fuerza en nuestro caminar y tu mirada, el sosiego de nuestro corazón.

Sabemos bien que, somos portadores de un tesoro que no podemos guardar. Llevémoslo a los hermanos sin poner excusas. Vivamos nuestro compromiso, desde la libertar que nos hizo optar por Cristo, el día que oímos su llamada.

No pongamos límites, cuando se trate de darnos por entero a los demás; pues, cuanto más nos demos, más deseos tendremos de seguir dándonos.

Procuremos que, este compromiso, no nos quite la paz. Pensemos, de vez en cuando, que el Señor está con nosotros y nos ama.

Él se hará visible, a los demás, a través nuestro; sin importar que seamos limitados o pobres; porque como dice el salmo:

“El Señor es bueno y clemente”

SUGERENCIAS PARA LA ORACIÓN

Os pongo, una nueva oración, para el principio; luego, como en el salmo anterior, podéis coger, los versículos que más os sumerjan en ella.

“Tú, Señor, eres bueno y clemente,

rico en misericordia con los que te invocan.

Señor, escucha mi oración,

atiende a la voz de mi súplica.

Si estamos orando con el salmo, es porque nuestra vida tiene una gran necesidad de comunicación con Dios.

Estos mismos versículos, han sido repetidos, una y otra vez, ante el Señor, por cada uno de nosotros; para pedirle que escuchase nuestra oración, que oyera nuestra súplica. Pero quizá, también sea este un momento, en el que estemos planteándonos, de nuevo, que es para nosotros la oración; ya que en la vida de Dios no es todo, línea recta. De ahí que volvamos, de nuevo a ahondar en ello.

La oración es algo personal y vivo, solamente el que lo ha experimenta-do, puede saber de qué se trata. Sin embargo es algo para todos, no hay nada de complicación en ello. Basta con ponerte delante de Dios, en silencio, para decirle “Señor, aquí estoy, vengo a que me hagas como tú quieres que sea” Así de sencillo y así de grandioso.

Pues una persona, de oración, es la que vive desde el evangelio, teniendo a Jesús como centro de su vida. Es la que tiene, la actitud necesaria, para acoger la acción de Dios a través de su pequeñez. Es la que logra ofrecer a las personas, de hoy, razones sólidas para vivir y un testimonio de vida que los lleve a la esperanza.

Una persona, de oración, es la que trasmite de la Buena Noticia del evangelio con alegría y paz, aunque su vida esté marcada por las dificultades. Es, el que se sabe instrumento de Dios, llamado a abrir nuevos caminos para acercar a Cristo a tantos hermanos como lo buscan en la oscuridad. Una persona de oración, no es alguien resignado, que ansía la comodidad, para eludir los problemas que le plantea la vida.

El que ora, ora para comprometerse. Ora para, que Dios, le dé las fuerzas necesarias para transformar, todas las situaciones de injusticia que se le vayan presentando. El que ora está delante de Dios y a la vez, presente en los compromisos concretos de su vida.

Pues el que se pone en oración delante de Dios no es el que un rato trabaja, otro ejerce la tarea de esposo y padre, otro rato se dedica a ser cristiano y ejerce su papel en cada situación; sino el que es una misma persona en todas las situaciones, predicando con su coherencia que todas ellas forman una unidad. Pues se trata solamente de que sea Dios el que presida todas las acciones de tu vida.

“Asimismo el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, pues nosotros no sabemos orar como es debido, y es el mismo Espíritu el que intercede por nosotros con gemidos inefables” (Romanos 8, 26 – 27)

Orar es esperar a que el Señor te cambie, y si eres capaz de esperar verás con alegría que te has convertido en un ser diferente. La oración te hace una persona atenta, capaz de contemplar con ojos nuevos cada instante de tu vida.

La oración te enseña a dejar de preguntar para pasar a la adoración, a la admiración, pero no esperes hacer esto en el tumulto del mundo, si no has sido capaz de hacerlo en el silencio y la escucha. ¡Cuántas veces rechazamos el silencio! Pero no nos damos cuenta de que, con ello, estamos rechazando la llamada de Dios. Estamos huyendo de, que Dios nos revele nuestro interior, porque siempre aparece algo que no queremos recordar.

No trates de evadirte; espera con todo tu ser a que Dios actúe en ti como Él quiera. Tienes que saber que el núcleo de la oración está en el encuentro del amor que Dios tiene por ti y tu respuesta a ese amor con una entrega total.

Pero esto, es una tarea lenta, que se realiza gratuitamente. Lo que pasa es que, a veces, resulta difícil porque queremos ser nosotros, los que construyamos todo a base de puños y no nos damos cuenta, de que no somos nosotros los que oramos, sino el Espíritu el que ora en nosotros. Todo lo que se realiza en la oración, es un don que Dios nos hace. Tú y yo, solamente tenemos que acogerlo y ofrecerle un terreno favorable para que crezca y se desarrolle.

No dejes nunca de orar, no admitas el desánimo. La oración lo hace todo, la oración lo suple todo.

• Cuando tú estás a solas con el Señor, cuando tu alma se vacía para que todo el sitio sea para Él, el prodigio se realiza y no hay palabras para expresarlo. Sólo esta vivencia puede darte la medida de su grandiosidad.

“Todos los pueblos vendrán

a postrarse en tu presencia, Señor,

bendecirán tu nombre:

“Grande eres Tú y haces maravillas,

Tú eres el único Dios”

Estamos dentro del periodo estival, muchos estaréis ya de vacaciones, para otros están inminentes, es un tiempo para descansar, para disfrutar, para saborear con calma las presencias y los detalles.

Es un tiempo para tomar conciencia de las maravillas del Señor, de tantas cosas creadas como Él nos regala cada día.

Unos habréis elegido, el mar, para pasar estos días, Otros habréis elegido la montaña. De dejéis pasar por alto, la contemplación del entorno, ved a Dios en ello; imagináoslo cuando lo estaba creando para regalárnoslo.

Disfrutad de los amigos. De aquel que no veis con frecuencia, de ese que estuvo a vuestro lado en aquel momento difícil…

Saboread la amistad. Esos saludos afectuosos, ese interés por los nuestros, por nuestros proyectos, por nuestras actividades…

Valorad la donación. Esa mano tendida, esa sonrisa, ese recuerdo traído de lejos.

Detengámonos ante esos dones que Dios ha puesto en nosotros y que no terminamos de acoger. Esa simpatía, esa capacidad de trabajo, esa disponibilidad…

• (Id añadiendo vosotros, más puntos personales, en este momento de soledad y calma, hecho oración).

 Trataremos, también, de descubrir la presencia de Dios en cada ser viviente, especialmente en el ser humano.

Descubriremos la presencia de Dios en esa planta verde y esbelta, en el perfume de aquellas flores nacidas en mitad de un campo sin que nadie cuide de ellas, en el verdor de la hierba que cubre el campo como una alfombra tejida con esmero y delicadeza, acogiendo a cuantos se acercan a ella para darles su frescor.

Descubramos, la presencia de Dios, en ese pajarillo que vuela alto; en los peces de colores chapoteando en el agua, en aquella lagartija que camina a ras de tierra, en el insecto incómodo que no deja de visitarnos y en tantos animales como recorren nuestras calles y siendo compañía para el hombre.

Observaremos como late el corazón de aquel precioso bebe, los ojos asombrados de los padres que lo contemplan, el sosiego de esa madre abnegada que calladamente regala su ser para que los demás sean felices.

Detengamos nuestra mirada en ese padre que va y viene sin descanso para que no falte nada, en la familia y asombrémonos, con aquel anciano, que camina con dificultad regalando a todos esa sonrisa que ha sabido guardar a pesar de los años.

Y, sobre todo, me detendré personalmente a tomar conciencia de que estoy vivo, de que ocupo un sitio en la creación, de que soy importante para Dios, de que soy un ser en relación: dialogante, acogedor, tolerante… pacificador.

Quedaré admirado al comprobar que es Dios el que trabaja en todo y en todos mandándonos su luz; regalándonos el aire para respirar, el rocío, la lluvia, la escarcha… El sol en la mañana y la luna en la noche: estrellas, constelaciones, luceros, astros brillantes.

Y me asombraré al comprobar que todo está hecho por amor, todo respaldado por el amor, todo nacido del amor de Dios creando, regalando, alentando y vivificando.

Esto me hará postrarme ante el Señor y observar que todos los pueblos de la tierra vendrán algún día a postrarse en su presencia y bendecir, alabar y glorificar su nombre, diciendo todos al unísono “Grande eres Tú y haces maravillas, Tú eres el único Dios”

“Pero Tú, Señor, Dios clemente y misericordioso,

lento a la cólera, rico en piedad y leal,

mírame, ten compasión de mí”

La vida no es fácil. Todo en ella es un combare entre lo bueno y lo malo, lo positivo y lo negativo, lo necesario y lo superfluo. Nos lo dice Jesús en el evangelio: mirad el trigo y la cizaña creciendo juntos. No pasemos por alto la gran enseñanza que, el mismo Jesús, nos ofrece: “No arranquéis la cizaña, pues podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega, y cuando llegue la siega diré a mis segadores – Arrancad primero la cizaña, atadla en gavillas y quemadla, y el trigo almacenarlo en mi granero” Mateo 13, 24 – 43.

Son palabras sobrecogedoras. Pero todos sabemos que, su clemencia y su misericordia interceden por nosotros. Sabemos que Él, se compadece de todos los seres humanos y pone siempre su bondad, por encima de nuestros errores.

Por eso quiero pediros a todos que empleéis este tiempo para agradecer. Para agradecer desde la sinceridad y la fascinación, ya que el agradecimiento es una manera sublime de amar.

Hagámoslo, con un agradecimiento maravillado, que genere confianza y celebre la generosidad.

Con ese reconocimiento que crea, un vínculo fuerte entre, el que lo ha donado y el que lo recibe; consiguiendo una enérgica comunicación entre ambos.

Rubricando que el donante, siempre, es mayor que el don, encontrando así “a Dios en todas las cosas y a todas las cosas en Él” como dice S. Ignacio.

Os invito a orar, durante el verano, con esta “oración de agradecimiento”; a ser portadores de evangelio rezumando presencia de Dios en nuestros signos y consiguiendo que nuestro talante tenga unos rasgos bien definidos. Os propongo:

• Vivir agradeciendo.- Porque la persona que agradece es una persona maravillada que cae en la cuenta de que tiene muchas cosas que no merece. Y se abre, al misterio que hay detrás de todo ello, cayendo de rodillas ante el Señor para darle las más efusivas gracias.

Os deseo todo lo mejor. Que seáis, realmente, felices.