LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: OTEANDO LA SABIDURÍA

Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano

"Qué es la Sabiduría y cómo ha nacido lo voy a declarar; no os ocultaré los misterios, sino que seguiré sus huellas desde el comienzo de su existencia, pondré su conocimiento al descubierto y no me apartaré de la verdad" (Sb 6,22).

El autor, personificando al rey Salomón, cosa que hace frecuentemente a lo largo de todo el libro, nos sorprende anunciando que va a explicar a sus lectores en qué consiste, cuál es el origen y la esencia de la Sabiduría; también, más adelante, que nos hará partícipes del conocimiento que tiene de su misterio.

Como he señalado, este anuncio nos sorprende, y diría aún más, nos deja perplejos, porque la empresa que este hombre trata de acometer está totalmente fuera de su alcance. Es como si una persona pretendiese volar de una montaña a otra con la persuasión de que está dotado de alas como las de las águilas.

Antes de abordar el porqué emprendemos lo que podríamos llamar la misión imposible de desentrañar el misterio de la Sabiduría que, en definitiva, es el misterio de Dios, hemos de tener en cuenta que son multitud los textos de la Sagrada Escritura que inciden en la inaccesibilidad de la mente humana para penetrar y, muchos menos aún, comprender el misterio de Dios así como su sabiduría. Entre tantos testimonios en esta dirección, nos centramos en los que nos presenta el libro de Job.

Su autor hace unas reflexiones acerca de la Sabiduría que reafirman nuestro postulado de que hace parte de la esencia de Dios. Siendo así, entendemos que su comprensión extralimita nuestras facultades cognoscitivas.

Job se explaya en la inmensa capacidad que tiene el hombre para sondear, explorar y sacar provecho de los bienes con los que Dios enriqueció la creación. Su estilo literario abunda en términos profundamente poéticos, como vamos a ver a continuación: "Hay, sí, para la plata un venero, para el oro un lugar donde se purifica. Se extrae del suelo el hierro, una piedra fundida se hace cobre... Aplica el hombre al pedernal su mano, descuaja las montañas de raíz. Abre canales en las rocas, ojo avizor a todo lo precioso. Explora las fuentes de los ríos y saca a luz lo oculto (Jb 28,1-11).

Si inconmensurables son las riquezas con las que Dios engrandeció su creación, más inmensas aún son la inteligencia, disposición y tenacidad del hombre para desentrañadas. La relación: cosas creadas y hombre, eleva a éste a un punto de dignidad elevadísimo, y esto porque prácticamente nada escapa a sus ojos, a su capacidad emprendedora. Sin embargo, seguimos leyendo el texto, y todo lo maravilloso que ha sido dicho acerca del hombre choca brutalmente ante una realidad que se le escapa.

Ningún esfuerzo, ni material ni intelectual, ninguna reflexión por muy profunda que sea, es suficiente a la hora de desentrañar el misterio de la Sabiduría. No encuentra ninguna reflexión satisfactoria que le pueda aclarar su origen ni su esencia. Está, como dice Job, más allá de la tierra de los vivos: "Mas la Sabiduría, ¿de dónde viene?, ¿cuál es la sede de la Inteligencia? Ignora el hombre su sendero, no se le encuentra en la tierra de los vivos" (Jb 28,12-13).

Seguimos con el texto, y leemos que el poder de la muerte no la posee; y que todo el oro, todas las riquezas de la creación no la pueden comprar, está totalmente fuera del alcance de todo aquello que no es Dios; lo único que se puede llegar a decir acerca de ella es que se la conoce sólo de oídas: "Dice el Abismo: No está en mÍ. Y el Mar: No está conmigo. No se puede dar por ella oro fino, ni comprada a precio de plata... Ocúltase a los ojos de todo ser viviente, se hurta a los pájaros del cielo. La Perdición y la Muerte dicen: De oídas sabemos su nombre" (Jb 28,14-22).

Al final parece que Job se rinde a la evidencia y se remite a Dios corno el único que tiene respuesta a su cuestionamiento; el único que puede dar razón acerca de la Sabiduría, aquella que el hombre sabe que existe pero cuyo conocimiento escapa a su mente, de la misma forma que se diluye el agua que se intenta retener entre las manos:

"Sólo Dios su camino ha distinguido, sólo él conoce su lugar" (Jb 28,23).

Volvemos ahora al autor del libro de la Sabiduría y podremos entonces entender el por qué de la extrañeza y la duda, perfectamente razonable, de que nos pudiera dar a conocer la Sabiduría, su esencia y, más aún, la comprensión de su misterio.

Dudas y extrañezas que, como he dicho, son más que razonables, pero que se irán disipando conforme avancemos a lo largo del texto. Veremos que el autor podrá decimos al menos algo acerca de la Sabiduría porque en primer lugar ha suplicado insistentemente a Dios para que se la conceda. Siendo entonces un don de lo alto, se puede ir comprendiendo en la medida en la que el hombre se abre a Dios.

Es bajo esta apreciación que hemos de entender la recomendación que hizo Jesús a sus discípulos de dirigirse suplicantes al Padre a fin de pedir, buscar y hallar: "Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá" (Lc 11,9-10)-