XXII Domingo del Tiempo Ordinario
31 de agosto de 2008

La homilía de Betania


1.- LAS EXIGENCIAS DEL SEGUIMIENTO DE JESÚS

Por José María Martín OSA

2.- EL DIOS QUE HACE TEMBLAR NUESTA FE

Por José María Maruri, SJ

3.- PLANES MISTERIOSOS DE DIOS

Por Antonio García-Moreno

4.- DEMASIADOS DOLORES

Por Gustavo Vélez, mxy

5.- CONVIVIR CON EL MAL

Por Gabriel González del Estal

6.- ¡NO SOMOS CIUDADANOS DE SEGUNDA!

Por Javier Leoz

7.- LAS COSAS DE DIOS

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


QUEDAR SEDUCIDO, DEJARSE QUERER

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- LAS EXIGENCIAS DEL SEGUIMIENTO DE JESÚS

Por José María Martín OSA

1.- La seducción del Señor. Jeremías se encuentra en el límite de sus fuerzas. Todo el mundo se ríe de él, le espía y busca su perdición. En estas circunstancias acusa a Dios de haberle engañado. Se reprocha haber dado fe a las promesas de Dios. Tiene la tentación de dejarlo todo y pronunciar las palabras que la gente quiere oír. Pero en una confidencia angustiosa termina confesando que no puede. La palabra de Dios es un fuego incontenible encerrado en sus huesos. Es portavoz de la palabra de Dios, no de la suya. El texto expresa un grito en el que se puede recoger el eco de la angustia y confusión de un ser humano, amante de la vida, suya y de los demás, sin embargo, profundamente cansado. A Jeremías le tocó vivir el dramático período en que se consumó la destrucción del reino de Judá. El grito de Jeremías es la expresión más clara de una vida auténtica, de la búsqueda de la verdad. Él no es un héroe, es simplemente una persona que vive este terrible drama y que experimenta una gran confusión. El término que usa Jeremías para explicar su relación con Dios es muy elocuente: seducir, cautivar, atraer, encantar… Estar en contacto profundo con la vida misma es sintonizar con lo que Dios sintoniza, con su sueño, su deseo, su pasión, como los anawin –los pobres en la tradición judía-. Ellos son presencia misteriosa de Dios, fuego que quema e interpela. Como entonces, hoy sigue habiendo quienes resisten, quienes no se postran ante el dios –la estatua de oro- construida por el imperio. Ni siquiera las políticas más inhumanas pueden calcinar su sueño de un mundo alternativo, su esperanza en la solidaridad de la humanidad, su confianza en la resistencia de los oprimidos. A estos incansables creyentes en la vida y en las posibilidades de la humanidad los anima, con conciencia o no, el soplo del Espíritu, como a Jeremías…

2.- Un nuevo sentido del mesianismo. Jesús tira por tierra las ilusiones de los discípulos y del pueblo, dando un sentido nuevo a la liberación de Dios. El hombre que encarna el modelo de persona querido por Dios va a ser un fracasado, pues todos se pondrán en contra de él: «Tiene que padecer mucho, tiene que ser rechazado por los senadores, los sumos sacerdotes y los letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día» (v. 22), es lo que anuncia Jesús a sus discípulos, para que cambien de manera de pensar y se habitúen también ellos al fracaso ante la sociedad, aceptando incluso la muerte por fidelidad a Dios. Pero el fracaso no es definitivo. Es el camino hacia la resurrección, hacia la verdadera liberación y vida.

3.- Cargar con nuestra cruz y seguirle. Tras desvelar qué es lo que le espera, cuál es su camino y su misión, Jesús se dirige a los Doce y al pueblo y les revela cómo han de vivir si quieren ser de los suyos, si quieren sentir la liberación de Dios y alcanzar la plenitud. Mateo recoge una serie de sentencias claras, duras y tajantes: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue cada día con su cruz y me siga; porque si uno quiere salvar su vida la perderá; en cambio el que pierda su vida por mí, la salvará...» (vv. 23-25). No es un slogan que esté de moda el decir “Carga con tu cruz….”. Pero en el seguimiento de Jesús es preciso asumir y asimilar que las cosas no van a ir bien. Es preciso aceptar que la tarea crea controversia, que sea mal vista y no tenga éxito. El fracaso, libremente aceptado, es el único camino que puede ayudar al cristiano a cambiar de actitud frente a los absolutizados valores del éxito y la eficacia que dominan en nuestro mundo. Huir del compromiso por el Reino, o amoldarse a la sociedad por temor a la cruz o conflictos de cada día, o por querer conservar lo que se tiene, es perder la vida.

4.- La adhesión a la persona y a la misión de Jesús es lo que distingue al cristiano. El primer dato profundamente llamativo y sorpresivo es que Jesús pone la vida, la salvación y la realización de los que quieran seguirle, en íntima relación con la adhesión a su persona. Jamás rabino alguno había hablado de esta forma; nadie exigía a sus discípulos tal renuncia y adhesión; los rabinos pedían obediencia a su palabra, que era interpretación de la de Dios. Jesús, en cambio, pide adhesión y entrega total a su persona. Y es que ser cristiano no es cuestión de teorías o normas, sino de seguimiento a una persona, Jesús de Nazaret, y la asimilación de su causa. Pero entendiendo su persona en relación con una misión específica y que conlleva rechazo y sufrimiento; quien no entienda esto, no se ha acercado para nada al núcleo de lo que Jesús propone a sus seguidores: “el que pierda su vida por mí, la salvará...”. Los contemporáneos de Jesús tuvieron muchas dificultades para entenderle y comprender su vida y su muerte en relación con sus vidas. Poco a poco también, y no sin trabajo, fueron encontrando el sentido hondo y salvador de todo cuanto sucedió alrededor de Jesús. Por lo tanto, si el “ser cristiano” está en estrecha relación con su Persona y con su Misión, las conclusiones a sacar no son nada difíciles. Es más fácil creer y aceptar a un Mesías milagrero, que nos facilite todo con su poder soberano. Muchos creyentes, hoy, podemos estar en esta situación y entonces..., lógicamente, el Evangelio es una “utopía”, un mal sueño; nada más. Muchas veces el seguimiento de Jesús es... “según me convenga” (“a la carta”): esto me parece bien, o esto otro no me convence. Si funcionamos así seremos poco creíbles y demostraremos que Jesucristo no ha pasado por nuestras vidas.


2.- EL DIOS QUE HACE TEMBLAR NUESTA FE

Por José María Maruri, SJ

1.- Cuando estuve yo en Estados Unidos por cuestión de estudios me impresionaba que en sus confesiones era muy frecuente que se acusasen de maldecir hasta que me enteré que tal maldición es la expresión “go to Hell” “vete al infierno” que en realidad no la dicen con ninguna intención, pero se confiesan de ello,

Pues aquí Jesús lo que le dice al recién estrenado primer Papa de la Iglesia es que se vaya al infierno, “apártate de mi Satanás”, no se si Jesús se confesaría después. Realmente esta expresión del Señor es muy fuerte, tan fuerte que es la misma que usó en las tentaciones del desierto, “Apártate de mí Satanás”. El Señor no le acusa a Pedro de herejía, le acusa de no pensar como Dios, le acusa de tener su propio Mesías.

2.- Porque no basta creer en Dios, hay que creer en el Dios que todos admitimos, un Dios omnipotente que puede contestar a todas nuestras peticiones sean las que sean, un Dios misericordioso y con infinita paciencia con nosotros justiciero contra nuestros enemigos, una especie de Lotería Nacional que reparta los premios a nuestro gusto, en definitiva creemos en nuestro Dios no en el que existe, en el verdadero.

Creo que fue Renan el que gritaba ante las escenas del nacimiento del Señor que le quitasen esos pañales a su dios, porque el no podía admitir un dios que necesitase como todo niño pequeño pañales, creía en Dios, pero en su Dios, no en el existente. También nosotros creemos en un Dios al que le salgan todas las cosas bien, un Dios que mantenga el mundo en paz. Dé alimento a todos, donde no haya malos, donde no haya sufrimiento.

Y el verdadero Dios nos podría contestar que en cuanto hizo al hombre libre perdió su omnipotencia y su omnisciencia, pudo controlarlo todo y saberlo todo con antelación, si hubiera creado no hombres sino robots, y nos contentaríamos nosotros con ser robots o quisiéramos que Dios convirtiera a nuestros enemigos en robots.

3.- Nos maravilla un Dios flotando sobre el universo, haciendo todo, sabiéndolo todo, maravillosamente hermoso, lo que hace temblar nuestra Fe es un Dios crucificado, un Dios que perdone siempre a mí y también a mis enemigos, un Dios que permita que crezcan juntos el trigo y la cizaña, porque ambos son criaturas suyas, un Dios que premie por igual al que trabajó todo el día que al que llegó a trabajar sólo una hora antes de recibir el salario.

No admitimos a Dios como es, sino como quisiéramos que fuese. No queremos un Dios que haya creado sólo por aquella razón por la que se hacen tosas las bobadas, por amor. Decimos que queremos un Dios que ame, en realidad preferimos un Dios que riña y castigue a los demás. Preferimos un Dios que gobierne estrictamente a un Dios que llore con nosotros, preferimos un Dios ante al que arrodillarnos a un Dios que junto a nosotros se arrodilla, se arrodille a nuestros pies.

Tenemos nuestro Dios, no el Dios que es, pensamos comos los hombres, no como Dios, y creo que merecemos la terrible repulsa de Jesús a Pedro.


3.- PLANES MISTERIOSOS DE DIOS

Por Antonio García-Moreno

1.- Seducción.- Estamos ante una de las páginas más humanas de los libros divinos. Página personalísima, un apunte privado del profeta, que, no sabemos cómo, vio la luz pública. Jeremías se queja amargamente ante Dios. Sus palabras suenan a una especie de acusación: "Me forzaste y me pudiste. Yo era el hazmerreír todo el día, todos se burlaban de mí. Siempre que hablo tengo que gritar...".

El profeta se resistió cuando Dios le llamó; adujo, entre otras razones, que era aún demasiado joven, que no sabía hablar en público, que le temblaban las piernas al pensar tan sólo que había de hacer frente a los poderosos de Israel. Y Dios le convence, le seduce con la promesa de estar siempre cerca de él: le vence con la amenaza de que si tiembla ante los hombres, él le hará temblar todavía más... Jeremías accede, dice que sí. Y cuando llega el momento proclama el mensaje del Señor. Aunque ese anuncio esté cargado de maldiciones, de serias amenazas llenas de violencia y destrucción. Aunque se le haga un nudo en la garganta y se le seque la lengua.

Me dije: "No me acordaré de él, no hablaré en su nombre; pero la palabra era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerla y no podía..." Palabra de Dios arraigada en su corazón, hirviendo hasta verterse al exterior. Palabra incontenible que quema las entrañas del profeta, brotando impetuosa y arrolladora, sin respeto humano alguno, sin miedo a nadie ni a nada.

Señor, hoy también necesitamos profetas a lo Jeremías. Hombres que estén dispuestos a hablar con fortaleza y claridad, gritando tu mensaje de salvación a todo el mundo. Hombres que hablen sin miedo, sin temblar, con la voz firme y el tono seguro... Hay muchos que claudican, que se dejan llevar por la corriente de moda, por la sutil ocurrencia del teólogo del momento. Quieren paliar las exigencias de tu palabra, quieren dulcificar las aristas de la cruz, quieren desfigurar tu intención, cambiar los fines sobrenaturales de la Iglesia por otros temporales y terrenos. Seduce de nuevo, amenaza otra vez, fortalece a tus profetas. Suscita hombres fuertes y valientes que estén dispuestos, por encima de todo, a descuajar y a plantar, a edificar y a destruir.

2.- Perder la vida por Cristo es ganarla.- En tres ocasiones predice Jesús con claridad su pasión y su muerte. Sus discípulos nunca entendieron concretamente lo que les decía. En sus mentes no podía entrar que el Mesías, el rey de Israel tan deseado, hubiera de padecer y ser rechazado por las autoridades del pueblo elegido. Por eso Pedro no puede contenerse y salta, decidido a disuadir al Maestro de llegar a semejante final, aunque hablara también de la resurrección. Considera descabellado pensar en un triunfo después de la muerte. Por eso lo mejor es que no muera de aquella forma que predecía.

En el fondo lo que intentaba San Pedro es que el triunfo definitivo llegara por unos cauces más normales y más seguros y no pasando por aquel trance terrible que Jesús anunciaba. Pero la reacción del Maestro es clara y decidida. Pedro no se esperaba aquellas palabras dirigidas a él, y para colmo delante de todos los demás. Nunca el Maestro había llamado a nadie Satanás. Y en ese momento llama así a Pedro, que lo único que intenta es que el Maestro no pase por aquel mal trago... La respuesta de Jesucristo muestra cuánto deseaba Él cumplir con lo dispuesto por el Padre, beber el amargo cáliz de su pasión. Por eso rechaza con energía e indignación la propuesta de san Pedro, increpándole de aquella forma tan sorprendente y tan inhabitual en el Maestro.

Para llegar a la Redención sólo hay un camino, el señalado por Dios Padre. Este es así y no hay vuelta de hoja. Planes misteriosos de Dios que, en cierto modo, se repiten de una u otra forma, en cada uno de nosotros. Por ello, sólo si aceptamos la voluntad divina, sellada a menudo con la cruz, podremos alcanzar la vida eterna.

Jesús aprovecha la ocasión para hacer comprender a los suyos que los valores supremos no son los de la carne, ni los del dinero. De qué le sirve a uno ganar todo el mundo, si al final pierde su alma. Es preciso abrir los ojos, encender la fe, mirar las cosas con nuevas perspectivas. Así, aunque de momento pueda parecer que perdemos algo, incluso la vida misma, en definitiva saldremos ganando mucho más.


4.- DEMASIADOS DOLORES

Por Gustavo Vélez, mxy

“Dijo Jesús: El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. San Mateo, cap. 16.

1.- En la liturgia del Viernes Santo hay un himno que alaba de forma poética la cruz del Señor: “Ningún árbol fue tan rico ni en sus frutos, ni en su flor. Dulce leño, dulces clavos, dulce el fruto que nos dio”. También la tradición cristiana, ayudada por la poesía, pero a la vez iluminada por la fe, le ha cantado al dolor de muchas maneras. Maneras desmedidas a veces.

Por lo cual muchos de nosotros podríamos reclamar: ¿Cabe la poesía en esta pena, en esta enfermedad? ¿Es posible cantar este fracaso, esta ingratitud, esta incapacidad? ¿Vale embellecer esta catástrofe, este vicio del cual no puedo desprenderme?.

2.- Luego de anunciar su próxima muerte, Jesús les dijo a los discípulos que si alguno quiere venirse con Él, ha de negarse a sí mismo. Lo cual equivale a quitar de la propia vida todo aquello que nos devalúa. Y enseguida tomar la cruz. Es decir, cumplir los propios deberes, de modo consciente y constructivo. Dos tareas que, en muchísimos casos, no pueden realizarse sin sufrimiento. Sin embargo, no es cristiano considerar el dolor como la esencia de la vida cristiana. Lo cual nos llega desde inexactas teologías sobre la redención realizada por Cristo.

3.- En la sociedad europea del siglo XI, cuando el honor debido a los señores había de ser reparado a toda costa, san Anselmo arzobispo de Cantorbery, enseñó: La ira de Dios, ofendido por nuestras culpas, sólo pudo aplacarse al mirar a su Hijo despedazado en la cruz. Más adelante, bajo la influencia protestante, otros predicadores señalaron que Jesús nos redime al sufrir el castigo que los mortales merecemos. Frente a tales doctrinas el Padre Celestial, no sale bien librado. Ese Dios cruel y desmedido en la justicia, no es aquel que Jesús nos describe en sus parábolas.

Comprendemos entonces que el Maestro no vino a la tierra a morir en la cruz. Su objetivo fue amarnos “hasta el extremo”, como escribe san Juan. Pero las circunstancias sociales y políticas de su entorno lo llevaron a la crucifixión. No fue por lo tanto el sufrimiento sino el amor el que hizo redentor su sacrificio. Lo cual concuerda con aquella frase de san Pablo: “Aunque entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha”.

4.- En consecuencia, a quienes pretenden construir el Reino de Dios mediante el sufrimiento, se les abona su buena voluntad, pero se equivocan de técnica. Ante el amor inmenso de Jesús, nosotros procuraremos imitarle, amándolo a Él y a nuestros prójimos. Aceptando además serenamente los sinsabores que, sin duda, nos reportará este compromiso.

Conviene aquí clarificar la idea de mérito, algo tan arraigado en nuestra religiosidad cristiana. Las buenas obras valdrán pues ante Dios, no por el sacrificio que nos cuesten, sino por el amor que guarden en su interior.

Sin embargo, vale reconocer que el sufrimiento, ayer, hoy y siempre es un buen mensajero. Pedagogo además. Sabe entregar los mensajes del Señor, aún en aquellas desconocidas direcciones, donde habitan quienes lo ignoran. Y en muchas ocasiones, el dolor es el único que logra enseñarnos a amar a Dios y a los prójimos.


5.- CONVIVIR CON EL MAL

Por Gabriel González del Estal

1.- Pedro, en el evangelio de hoy, le dice a Jesús que Dios no puede permitir que a él, al Mesías, al Hijo de Dios vivo, le pueda pasar algo tan malo como la persecución, el sufrimiento y, al final, la muerte. Eso no puede pasarte. Jesús le responde con dureza: Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios. También nosotros tendemos a pensar, como los hombres, que Dios debe favorecer siempre a los buenos y castigar a los malos. ¿Cómo puede permitir Dios, Padre bueno, que los malos hagan la vida casi imposible a los hijos que más aman a Dios y que están dispuestos a dejar todo por él? Pero Jesús recuerda, una vez más, a sus discípulos, que el placer físico, el poder y el éxito humano, no son para él lo más importante. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? Una vida malograda para Dios es una vida que, por evitar el dolor físico, o psicológico, o social, renuncia a defender y a vivir los auténticos valores del evangelio. Mientras vivimos en este mundo tenemos que saber convivir con el mal y con los malos, sin dejarnos vencer por él o por ellos. Convivir con el mal que anida dentro de nosotros mismos: el egoísmo, la ambición, el afán, a ultranza, de éxito y de poder. Convivir con el mal social: corrupción, injusticias, superficialidad, tergiversación de los verdaderos valores. Tenemos que saber convivir con el mal, sin caer nosotros en él y luchando con todas nuestras fuerzas contra él. Para conseguir esto, hemos de estar dispuestos a aceptar el sufrimiento y a cargar cada día con nuestras pequeñas o grandes cruces. El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Este fue el camino que recorrió Jesús de Nazaret y este es el camino que tendrán que recorrer los que quieran ser sus discípulos.

2.- En la primera lectura leemos que el profeta Jeremías supo aguantar la presión psicológica y social que le proporcionaban, cada día, los malos. Tenía que anunciar todos los días violencia y destrucción, porque el comportamiento de los gobernantes del pueblo llevaban a éste hacia la ruina. Todo lo hacía en nombre de Dios, pero, ante tantas dificultades, en algunos momentos estuvo a punto de renunciar, de tirar la toalla, y hasta llegó a pensar: no hablaré más en su nombre, no me acordaré más de él. Pero el Señor le sedujo y le pudo, poniendo en sus entrañas el fuego ardiente de su palabra. Ya sabemos que el final del profeta Jeremías, en esta vida, no fue mucho mejor que el Jesús, pero supo cargar con su cruz y seguro que también a él Dios le recompensó y le resucitó de entre los muertos. Seguro que también él, al final de su vida, pudo decirle al Señor, con palabras del salmista: tu gracia vale más que la vida.

3.- En el breve fragmento de su carta a los Romanos, nos dice hoy San Pablo que no nos ajustemos a este mundo, sino que nos transformemos, por la renovación de la mente, sabiendo discernir la voluntad de Dios. Ajustarse a este mundo es vivir de acuerdo a sus normas, que buscan el éxito fácil y muchas veces tramposo, renunciando a la práctica, siempre exigente, de los verdaderos valores. Es convivir con el mal, dejándonos guiar por él, en lugar de luchar contra él. Pero San Pablo sabía por propia experiencia, y así nos lo recomienda, que para seguir al Maestro debemos aceptar el sufrimiento y la lucha, presentando nuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios, es decir, cargando con nuestras cruces de cada día.


6.- ¡NO SOMOS CIUDADANOS DE SEGUNDA!

Por Javier Leoz

Se agota el mes de agosto, y en el Día del Señor, hemos de seguir sintiendo la seducción, la cercanía y el lenguaje de un Dios que, lejos de abandonarnos, confía en lo poco o en lo mucho que podamos realizar en su nombre.

1.- ¿Que no nos entienden? ¿Y? ¿Pasa algo? ¿Comprendieron a los profetas?¿Asumieron nuestros hermanos mayores del Antiguo Testamento todo lo que los Patriarcas indicaban o enseñaban? ¿Fue el camino de Juan Bautista un sendero virginal sin espinas ni abrojos? ¿El nacimiento, crecimiento y pasión de Cristo fue, igualmente, un aplauso y un reconocimiento rotundo a su persona? ¿Y el testimonio y la vida de la mayoría de los santos?

Amigos; muchos interrogantes que, al unísono, merecen una única respuesta. La que San Pablo nos da en la segunda lectura de este día: lejos de ajustarnos a los moldes del mundo, hemos de agradar a Dios.

*Agradar a Dios, muchas veces, conlleva el pelear con los “dioses”, con los “pequeños diosecillos” de turno que nos rodean.

*Agradar a Dios, en diversas ocasiones, es ir contracorriente. Es decir “no” o un “¡basta!” allá donde creemos que se excede la conducta, los experimentos o el relativismo visceral que nos rodea.

2.- Quien no lo quiera, como no lo deseaba Pedro, es pretender o soñar con un Jesús a la medida del mundo. ¿Que nos seducen otros cantos de sirena más que la voz exigente de Jesús? Estamos a tiempo. Pero ¿y a la larga? ¿Qué permanecerá eternamente estable y provechoso? Ni más ni menos que la fuerza de Dios. Sus promesas. Su Palabra que supera, con creces, la palabrería del mundo.

A mí, como sacerdote, no me alarma el hecho de que algunos sonrían de algunas cosas que, para nosotros, son sagradas. Si que me llama la atención que, muchas de esas risas, vengan desde el graderío de muchos que, siendo bautizados y profesando la misma fe que nosotros, hacen burla o mofa de aquello que, según ellos, acogieron desde la libertad y en el sacramento del Bautismo.

A nosotros, como creyentes, no nos tiene que importar demasiado el no ser secundados en nuestros criterios. En nuestra forma de ver la sociedad o el mundo. En cambio, como creyentes, si que nos tiene que llevar a un análisis de si, el mundo, no estaría mejor si se rigiera con ciertos cánones o mínimos que nos marca el Evangelio.

3.- Últimamente, la Iglesia Católica, en diversas latitudes –no solamente en España- está sometida a una especie de acoso. De incomprensión. Parece como si, su presencia, fuera una especie de privilegio que debiera de desaparecer. Pero, no lo olvidemos, la razón principal es otra: hay un intento de despejar a fuera de juego a Dios. Hay una intencionalidad, clara y malévola, de apartar todo lo que suene a religioso.

Ante ello, como creyentes, nos toca jugar un papel fundamental: ante el acoso y derribo hemos de resistir con una fe formada, auténtica y convencida. Es en estos momentos, en los que nos toca vivir aquí y ahora, donde Dios va cribando con delicadeza y atención la paja del trigo, la cizaña del buen grano, los cristianos fortalecidos de los cristianos vencidos por la debilidad o sonrojados por el qué dirán.

4.- Sí, amigos; nuestro seguimiento a Jesús no es camino dulce. Nuestra amistad con Cristo no nos lleva a una mesa repleta de tarta de manzana o vinos de solera. Pero, eso sí, quien siga hasta el final (ojala estemos en esa final todos los que estamos en esta Eucaristía) se encontrará, nos encontraremos, con las promesas fielmente cumplidas por Cristo.

Mientras tanto, lejos de mirar hacia el cielo esperando una señal de que estamos en la dirección adecuada, nos volcaremos de lleno en nuestra misión de cristianos. Que lejos de escondernos, como si fuéramos ciudadanos de segunda o de tercera, sepamos sazonar todas las situaciones que nos vienen a la mano, desde la seguridad de que Dios nos acompaña y nos aconseja. ¡Feliz Día con el Señor!

5.- COGERÉ TU CRUZ, SEÑOR

Pues su madera, bien lo sé, Jesús

es escalera que conduce a la Resurrección.

Cogeré tu cruz, Señor,

pues su altura, es altura de miras

para los que creen en otro mundo

para los que esperan en Dios

para los que, cansándose o desangrándose,

saben compartir y repartir en los demás.

Cogeré tu cruz, Señor¡

pues sus clavos, pasan la carne

pero no matan la fe.

Es la fe, quien a la cruz,

le da otro brillo y hasta otro color:

ni es tan cruel ni es definitiva.

Después de la cruz, vendrá la vida.

¡Dame tu cruz, Señor!

Merece la pena arriesgarse por Ti

Merece la pena sembrar en tu campo

Merece le pena sufrir contratiempos

Merece la pena adentrarse en tus caminos

sabiendo que, Tú, los recorriste primero.

¡Cogeré tu cruz, Señor!

Enséñame dónde y cómo

Indícame hacia dónde

Háblame cuando, por su peso,

caiga en el duro asfalto.

Quiero coger tu cruz, Señor,

porque bien lo sé,

hace tiempo que lo aprendí

que ideales como los tuyos

tienen y se pagan por un alto precio

Quiero coger tu cruz, Señor,

porque es preferible

en el horizonte de los montes

ver tu cruz

que el vacío del hombre errante

Amén


7.- LAS COSAS DE DIOS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- ¿Quién no ha pedido a Dios, alguna vez, que le aprueba un examen? ¿O que sus hijos lleguen a tener suerte con esa oposición? ¿Algunos, incluso, habrán llegado a pedirle que les tocase la lotería, aún objetivando que el premio les hace mucha falta para conseguir sus propósitos, probablemente completamente honrados? Igualmente, algún jovencito, a alguna jovencita, pedirá con entrega y emoción

2.- Con una excelente sincronización de contenidos las lecturas de este 22 Domingo del Tiempo Ordinario reflejan de manera magistral un problema ahora más frecuente que nunca entre el Pueblo de Dios. Y es que tenemos que dejar a Dios que sea Dios y que las cosas de Dios no sean, obligatoriamente, “cosas de los hombres”. En estos tiempos, queremos que Dios sea de derechas, de izquierdas, justiciero, enemigo de nuestros enemigos y que sus designios coincidan con los nuestros si un ápice de desviación.

Desde luego, Dios hará lo que tenga que hacer sin que nuestras posiciones le coarten, como no podía ser de otra forma. Esperará nuestras oraciones y súplicas pero, luego, al fin, con su infinita sacudiría actuará en consecuencia. El problema, claro está, no es de Él, es nuestro. Y llega a ser muy grave cuando intentamos domesticar o suplantar a Dios, en función de nuestras actividades humanas. Y así querremos que haya un Dios español, o francés, o nacionalista, o comunista o, incluso, ilusoriamente cercano a situaciones de pecado que el jamás podrá aceptar.

Por tanto, el principal mensaje de las lecturas de hoy se centra en esos dos prismas que aparecen claramente explicados. De un lado, la realidad divina no siempre fácilmente comprensible. De otro, la lógica “pequeña” de Jeremías y de Pedro.

3.- Y como siempre, en términos humanos, pero muy cercanos a Dios se explica Pablo de Tarso en su carta a los fieles de Roma. Les pide –nos pide a nosotros con enorme sentido de la actualidad— que no se ajusten a las cosas de este mundo, sino que se busque, mediante el ejercicio sereno del discernimiento, la voluntad de Dios. Y cuando, airado, Jesús responde a Pedro con dureza, llamándole Satanás, está mostrando el criterio de Dios. Jesús habla como Dios. Pablo aproxima en lenguaje humano la realidad de Dios. Conviene, tal vez, hacer hoy hincapié en el Evangelio de Mateo de la semana pasada, cuando Jesús confiere a Pedro la dignidad máxima posible: ser su sucesor y vicario en la tierra. Pero cuando Pedro vuelve a ser Kefas y se opone a los designios de Dios en la carrera de obediencia salvadora de Jesús, el Señor lo aparta abruptamente de Él, como todos tenemos que hacer con las tentaciones, no ceder ni durante un instante. Y aquí, como decíamos antes, el problema es de Pedro, no de Jesús. El apóstol no ha sabido discernir el camino de Dios que revela Jesús de Nazaret.

4.- Y ese es un problema, o una carencia, muy importante para todos. Hemos de dejar a Dios que actué y, asimismo, hemos de aceptar y reconocer por donde pasan los caminos del Señor, respondiendo rápido y airadamente contra nuestra tentación permanente: querer manipular a Dios y “hacerle de los nuestros”. Y como toda tentación, y su consiguiente caída en forma de pecado, eso solo es un engaño. Dios es Dios. Y nosotros somos nosotros. Solamente su enorme amor y la aceptación de ese amor por parte nuestra, podrá hacer converger nuestra idea con la suya. Meditemos durante esta semana sobre la necesidad que no ser barrera, ni obstáculo a la acción de Dios. ¡Qué así sea!


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


QUEDAR SEDUCIDO, DEJARSE QUERER

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Debo confesaros, mis queridos jóvenes lectores, que texto de Jeremías que nos ofrece la liturgia de hoy, es el que más aprecio de entre los del Antiguo Testamento. Los que estéis apasionadamente enamorados, seréis los más capacitados para entenderlo. Y si alguno de los que me está leyendo pertenece a aquellos de larga y feliz vida matrimonial, que de cuando en cuando uno encuentra por la vida, se sentirá satisfecho al comprobar que en el Texto Sagrado se reflejan múltiples de sus vivencias personales y familiares.

Quisiera comentar dos aspectos.

En primer lugar, las relaciones entre el fiel y Dios las definimos comúnmente como las que existen entre padre e hijo. Y no estamos equivocados. Pero podríamos referirnos a ellas como las que se dan entre enamorados. Y no nos equivocaríamos tampoco. Jeremías habla de Dios y recuerda su primer encuentro con Él, como quien explica la experiencia de lo que entre nosotros llamamos el flechazo. Quien un día encuentra el amor en persona y se deja seducir, empieza una vida nueva. Experimentará goces y penas. Se sentirá un dios a veces, otras un esclavo. Bendecirá a quien facilitó el encuentro y el inicio de su noviazgo, o se arrepentirá y maldecirá al que los presentó, o la fiesta en donde se conocieron. Exaltación y dolor, se amasan juntamente y se saborean en la interioridad. La vida enamorada, repleta de misterios, de aventuras, de monótonas fidelidades y de dudas, de sufrimientos y de trabajos arduos, es siempre original, nunca aburrida. Si esto ocurre entre personas, quisiera que ahora, mis queridos jóvenes lectores, supierais que mucho más lo es, si se trata de las relaciones amorosas entre el alma fiel y Dios. De ello solo os podrán dar buena cuenta los místicos.

2.- ¡Cuánto desearía ahora poder continuar comentándoos el texto! No puedo, de ninguna manera hacerlo, no dispongo del tiempo suficiente y bien sabe Dios cuanto lo lamento. Permitidme que os recomiende que en vuestra casa o en cualquier plácido rincón, leáis estos versículos y los que siguen. Primero con curiosidad. Simplemente para enteraros como es un enamorado del Señor, ya que los medios os inundan con descripciones de enamorados y enamoradas de salón, o de dormitorio. Después pensad ¿deseo yo dejarme arrebatar y pasar una experiencia de estas? ¿Vale la pena vivir de esta manera?

Jeremías fue un profeta que vivió apasionadamente unos tiempos repletos de dificultades. Era soltero, pero no un solterón. Murió en el exilio. Nadie conoce donde está su tumba. Su realidad más cierta, está con Dios y existe eternamente feliz.

Jesús en el evangelio trata de comunicar sus reflexiones. Pretende describirles acontecimientos que les incomodarán. Los apóstoles no quieren oír hablar de sufrimientos y derrotas. Pedro se atreve a increparle. Escucha como por ello es insultado. Sí, le llama satanás, que no es precisamente un calificativo bello.

La vida del discípulo, como la del enamorado, pasa por dificultades extremas. Debe sospesar el valor de las cosas. Vuestros padres, sin duda, se deberán haber preguntado qué valéis vosotros, si la fidelidad matrimonial estaba por encima de tantas cosas que alegremente se les ofrecían, si el trabajo, el esfuerzo y el sudor, valía la pena aceptarlos. El amigo de Jesucristo, se lo anuncia hoy Él mismo, pasa por situaciones de esta índole. Al final, sumadas derrotas con triunfos, uno hará balance y reconocerá que el resultado es positivo. Que el haber supera en mucho a las pérdidas que ha sufrido. El premio se nos promete, si aceptamos superar con esfuerzo las situaciones adversas.

3.- El otro aspecto es que, frecuentemente, pretendemos buscar a Dios, indagar, analizar y comprobar su existencia, llegar un día a hacerlo nuestro. La búsqueda se hace difícil, desesperan muchos al no conseguir éxito. Cosmólogos desde la filosofía, científicos desde sus investigaciones de laboratorio, de piqueta en sus labores en excavaciones paleontológicas, de miradas escudriñadoras del universo, de cálculos… ¡tanto se afanan muchos en llegar a conclusiones que den sentido a su pensar! El camino puede ser inverso. Más que buscar, debe uno dejarse encontrar. Más que analizar lo encontrado y someterlo a pruebas, debe uno vivir la íntima experiencia de sentirse poseído por Dios. Dejadme que os lo repita. No se trata de poseer a Dios, sino de dejarse poseer por Él.