XXI Domingo del Tiempo Ordinario
24 de agosto de 2008

La homilía de Betania


1.- LA FE ES UN DON DE DIOS

Por Gabriel González del Estal

2.- ¿QUÉ ES JESÚS PARA MÍ?

Por José María Maruri, SJ

3.- UN HOMBRE SINCERO E IMPETUOSO

Por Gustavo Vélez, mxy

4.- PEDRO: EN ESA CASA DE DIOS UNA PIEDRA DE FUNDAMENTO

Por Antonio García-Moreno

5.- JESÚS ESPERA NUESTRA RESPUESTA

Por José María Martín OSA

6.- ¿YA SABEMOS QUIÉN ES EL SEÑOR?

Por Javier Leoz

7.- “SOBRE ESTA PIEDRA EDIFICARÉ MI IGLESIA”

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


¿QUIÉN SOY YO?

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- LA FE ES UN DON DE DIOS

Por Gabriel González del Estal

1.- No me refiero a la fe como práctica de unos ritos o como proclamación de unas fórmulas religiosas. Esta puede ser simplemente una fe heredada, un hábito o una costumbre aprendida desde niño. Me refiero a una fe vivida, a una fe como experiencia interior e iluminadora del alma, al alma de la fe, no a su cuerpo o estructura externa. Esta fue la fe que hizo exclamar a Pedro, ante la pregunta de Jesús: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le responde: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque esto no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Pedro era un fiel practicante de la Ley judía, la había aprendido desde niño, pero en este momento se había encendido en su alma la vivencia profunda de una fe distinta, de una fe en Jesús, como Salvador del mundo. Esto no era fruto de un aprendizaje, ni siquiera de un esfuerzo personal consciente, esto fue una revelación directa de Dios, un auténtico don de Dios. Por esto Jesús llama a Pedro ¡dichoso!, porque el Padre Dios ha tenido a bien revelarle esta fe; es una fe que le llena el alma de alegría, que le ilumina la vida, que le dará fuerzas para caminar hasta la muerte en pos de su Maestro. Esta fe, como don de Dios, es la que debemos pedir nosotros todos los días, porque es seguro que Dios quiere dárnosla, pero necesita que le abramos las puertas de nuestro corazón, que le invitemos, llenos de amor, a apoderarse de nuestras vidas. Seguro que si vivimos llenos de esta fe en Dios, en el Dios de Jesucristo, será el mismo Jesús el que nos llamara: ¡dichosos! El paso de una fe heredada a una fe personal, responsable y viva, es una paso no sólo importante, sino imprescindible en la vida de un cristiano.

2.- En la lectura del profeta Isaías, vemos cómo el Señor destituye de su cargo al mayordomo del palacio de David, por haber usado su cargo en beneficio propio, no como un servicio en favor de los demás. Nombrará un nuevo mayordomo, generoso y siempre atento a los súbditos del rey, y a este le hincará como un clavo en sitio firme, le dará un trono glorioso en la casa paterna... lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá. Dios quiere que pongamos nuestros dones al servicio de los demás, que entendamos nuestra vida como un regalo que Dios nos ha hecho para que también nosotros se la regalemos a los demás.

3.- San Pablo, en su carta, les dice hoy a los Romanos que sepan que Dios es origen, guía y meta del universo y que a él deben darle gloria por los siglos. Es decir que, usando también terminología paulina, debemos ser conscientes de que en Dios vivimos, nos movemos y somos. Hemos nacido de Dios y hacia Dios caminamos y en él desembocaremos, somos hijos de Dios. Este sentimiento de ser hijos de Dios debe animarnos a vivir con confianza y alegría, como personas optimistas y positivas, en lucha contra el mal, pero sin dejarnos invadir por sombras y pesimismos. Las decisiones de Dios son insondables, sus caminos irrastreables, pero nuestra fe nos dice que Dios cuida de nosotros como un buen Padre cuida de sus hijos. Es bueno que terminemos rezando con palabras del salmo responsorial: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de sus manos.


2.- ¿QUÉ ES JESÚS PARA MÍ?

Por José María Maruri, SJ

1.- ¿Y quién decís vosotros que so Yo? En otras palabras ¿qué soy yo para vosotros?, ¿para ti?, contestaciones de catecismo o teología barata todos las tenemos, pero Jesús no nos pregunta sobre nuestros conocimientos religiosos, esos no le interesan nada, cuántos ateos saben todo se Jesús, como los fariseos que lo sabían todo de él, su lugar de origen, sus padres, el oficio de carpintero del padre, sus hermano y hermanas, hasta su edad aproximada.

¿Qué es Jesús para mí? Tal vez compañero de camino, con el que hago mi camino día a día sin encontrarme nunca sólo, una ignorante viejecita decía que para ella Dios era “compañía”.

Tal vez el Padre perdonador del que siempre quería sentir sus manos perdonadoras y protectoras sobre mis hombros cuando me arrodille ante El al regresar sucio y desarrapado a la Casa Paterna.

¿Quizás el que me aseguró de su presencia cuando en la vida tuve que tomar decisiones que no eran menos arriesgadas que tirarse al vacío sin paracaídas, el que aseguró que donde quiera que fuera, desarraigado de familia, amigos, patria, lengua y cultura, allí estará siempre El conmigo?

El que cuando se encuentra uno sólo, mal interpretado, envidiado y hasta perseguido, no dice en el interior que nada importa el juicio de los hombres, que sólo es importante lo que El piensa de mí.

Con el que cuento a cualquier hora del día y de la noche, porque en el sagrario le tengo siempre como amigo cercano, que siempre goza con mis visitas. ¿Quién es Jesús para mí?

2.- Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo, es la contestación de Pedro, y aunque inspirada por Dios, dudo yo de que dijese lo que sabía, otro apóstol tuvo una contestación más profunda, más suya, más personal, fue Tomás, “Señor mío y Dios mío” No hay ahí definición teológica ninguna, hay una experiencia de lo más hondo del corazón. ¿Es para mí Jesús, Mesías como para Pedro? Ó ¿Señor mío y Dios mío como para Tomás?

3.- Alaba el Señor a Pedro, no por su definición, sino porque lo que está diciendo se lo ha revelado gratuitamente Dios. “Te doy gracias, Padre, porque has revelado estás cosas a los humildes y sencillos, y se lo has ocultado a los sabios y entendidos de este mundo. Y es que Fe no es conocimiento acumulado en libros, es revelación de Dios, es experiencia interna de Dios, como dicen los Santos Padres de la Iglesia, es sensación de Dios.

Por eso nos dirá san Ignacio que “no el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir internamente de las cosa de Dios. Pues que el Señor nos vea pequeños ye nos revele a lo hondo del corazón.


3.- UN HOMBRE SINCERO E IMPETUOSO

Por Gustavo Vélez, mxy

“Llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo y preguntaba a su discípulos: “¿Vosotros quién decís que soy yo?. Simón Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. San Mateo, cap. 16.

1.- En la basílica de san Pedro en Roma se mira una estatua de bronce, que muestra a un hombre sentado. Bendice con su mano derecha y en su izquierda sostiene dos llaves. Según la tradición, la obra representó originalmente a Júpiter. Pero un buen artista cambió algunos rasgos y hoy millones de peregrinos le besan los pies, encomendándose al primer papa. Algún poeta puso en boca el apóstol estos versos: “Di, Jesucristo, ¿por qué me besan tanto los pies?. Soy San Pedro aquí sentado, en bronce inmovilizado. No puedo mirar de lado, ni pegar un puntapié, pues tengo los pies gastados, como ves. Haz un milagro Señor, déjame bajar al río, volver a ser pescador, que es lo mío”.

Lo suyo eran las redes y las barcas. Pero allá, en la región de Cesarea de Filipo, Jesús lo convirtió en piedra fundamental de la futura Iglesia. Cesarea recordaba en su nombre al emperador romano y había sido embellecida por Herodes el Grande con un suntuoso templo. Se la llamaba “de Filipo”, uno de los hijos de Herodes, para distinguirla de Cesarea Marítima, situada en la costa occidental de Palestina.

2.- Cerca de esta ciudad Jesús quiere evaluar hasta dónde ha calado su mensaje. Les dice a los discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?”. Ellos responden que no había claridad sobre el tema. Unos lo tenían por Juan Bautista resucitado, o bien por alguno de los profetas anteriores. Pero el Maestro pretendía una respuesta más personal. Reitera entonces su pregunta: “Y vosotros quién decís que soy yo”. Pedro se toma la vocería del grupo para confesar su fe, limpia y espontánea: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

El Maestro le responde que esa convicción le viene de Dios. Y se deshace en alabanzas, llamándole Piedra. Prometiéndole que le dará las llaves del Reino de los cielos. El poder de atar y desatar. Expresiones que los biblistas explican de diversas maneras.

3.- Sin embargo, la conducta futura de Pedro no fue siempre laudable. Cuando Jesús anuncia su próxima muerte, trata el apóstol de disuadirlo hasta que el Señor lo llama Satanás. Más tarde, niega al Maestro ante una criada, en casa del sumo sacerdote. Luego de la Ascensión, no es del todo acertada la gestión de Pedro. Obliga a los gentiles que desean bautizarse a la circuncisión y a otras normas judías. La cual le merece la reprensión de San Pablo. Todo termina bien, cuando en año 67 según la tradición, este hombre sincero e impetuoso muere crucificado en Roma.

4.- También nosotros esperamos un final positivo. Porque nuestra historia personal es un mosaico de confesiones de fe y de negaciones, de entusiasmos y cobardías, de aciertos y desaciertos. Pero tal situación no debe llevarnos a la angustia. Menos aún a la neurosis. Esa es nuestra humana condición: Capaces del bien y del mal casi al mismo tiempo. Por lo tanto: Si somos fieles al Señor, alegrémonos. Si le fallamos, sigamos confiando en Él intensamente.


4- PEDRO: EN ESA CASA DE DIOS UNA PIEDRA DE FUNDAMENTO.

Por Antonio García-Moreno

1.- La última batalla.- Isaías, de parte de Yahvé, se enfrenta al poderoso y soberbio funcionario palaciego: "He aquí que Yahvé te lanzará con ímpetu varonil, te echará a rodar, con ímpetu te lanzará sobre la vasta tierra. Allí morirás y allí sucumbirán tus carros gloriosos. Te depondré de tu cargo y te arrancaré de tu lugar" (Is 22, 17-18).

Palabras tajantes de Dios. Palabras que denotan el límite de su divina paciencia. Palabras que han de resonar en nuestros propios oídos como la justa amenaza de este Dios nuestro, Padre de bondad, que, precisamente por serlo, utiliza con sus hijos cuantos medios existen para reducirlos al buen camino. También la amenaza seria y el duro castigo.

Y es que llega un punto en el que la situación se hace insostenible. Hay un momento en el que uno se pasa de la raya, llegando a límites inconcebibles. El abuso pertinaz que se burla del amor, hacer que rebose el vaso. Y una última gota puede ser suficiente para que la ira de Dios se derrame sobre nuestra vida, dejándola eternamente muerta.

Ese es el deseo de Dios, clavarnos como se clava un clavo en un sitio sólido. Es decir, quiere que permanezcamos siempre en pie, fuertes, perseverantes, leales hasta el fin. Somos nosotros los que nos empeñamos en bailar sobre la cuerda floja, los que nos ponemos en mil ocasiones que nos pueden hacer rodar por el suelo, echando a perder este tesoro inapreciable que llevamos en nuestras pobres vasijas de barro.

Dios nos promete su ayuda, está siempre dispuesto a echarnos una mano. Pero también es cierto -tan necios somos- que despreciamos esa mano fuerte y segura y preferimos nuestra independencia, nuestra autonomía. Y de hecho nos jugamos, muchas veces, nuestra salvación, poniendo en inminente peligro lo que más vale en esta vida y en la otra.

Por eso muchos se salen del camino, quedan tendidos en la cuneta, o caminan a gatas por los senderos que se han elegido, terminando en una vergonzosa derrota... Luchemos nosotros por ser siempre fieles a nuestra fe, a nuestra vocación. Tratando de ganar cada batalla, ya que, al fin y al cabo, no sabemos cuál es la definitiva.

2.- Cristo y la Iglesia.-Jesús no pasó desapercibido entre la gente de su tiempo. Todos hablaban de él, los de arriba y los de abajo. Unos a favor y otros en contra. Algunos le llegaron a llamar endemoniado y blasfemo, otros lo confundían con Elías, el gran profeta de Israel. Tanto unos como otros estaban equivocados... También hoy se habla de Cristo y de su obra, la Iglesia. A favor y en contra. Y con frecuencia se aplican en esos juicios unos criterios inadecuados, se emplea una visión materialista y temporal que no llega ni a intuir la grandeza divina del Señor y la naturaleza sobrenatural del misterio de la Iglesia.

En esta ocasión que consideramos, san Pedro, movido por Dios Padre, exclama entusiasmado y seguro: Tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo. Con ello nos ofrece la clave para entender a Jesucristo y a la Iglesia. Sólo desde la perspectiva de la fe se puede entender la verdadera naturaleza del mensaje que Jesús ha traído, la salvación que él ha iniciado con su muerte en la cruz y que la Iglesia proclama y transmite a los hombres de todos los tiempos.

Y en esa Iglesia, en ese Pueblo de Dios, un jerarca supremo. En esa casa de Dios una piedra de fundamento. En ese rebaño un pastor. En esa barca un timonel. En ese cuerpo una cabeza visible. En ese reino un soberano pontífice. Es cierto que el único Sumo Pontífice es Cristo Jesús, el único Rey, la Piedra angular, el Buen Pastor, la única Cabeza. Sin embargo, el Señor quiso que su Iglesia fuera una sociedad visible y organizada, con una jerarquía y un supremo jerarca, un pueblo, el Nuevo Israel, regido por Pedro con los otros once apóstoles, y por sus sucesores cuando ellos murieron, el papa y los obispos de todo el mundo en comunión con la Sede romana.

Así lo quiso Jesucristo, así ha sido, así es y así será. Es cierto que hay quien lo discute, quien lo niega o lo ridiculiza. Pero es inútil. La Iglesia, por voluntad de su divino fundador, es así y sólo así seguirá adelante, pues según la promesa divina los poderes del Infierno no prevalecerán contra ella. Por eso la barca de Pedro continuará navegando hasta llegar al puerto de la salvación. Y sólo los que, de una forma u otra, estén dentro de esa barca, se salvarán.


5.- JESÚS ESPERA NUESTRA RESPUESTA

Por José María Martín OSA

1.- El amigo que nunca falla. La lectura del Evangelio se centra en la figura de San Pedro, el portavoz de los apóstoles. Mateo presenta la famosa “confesión de San Pedro” y la respuesta de Jesús a tal confesión de fe. El suceso se sitúa en Cesarea de Filipo, región pagana en el antiguo territorio de Palestina, como una previsión de que la misión de Pedro y los apóstoles no se quedará limitada a su propio país. Deben estar dispuestos a alcanzar las regiones paganas y seguir al Maestro donde quiera llevarles. El es el amigo con el compartieron muchos momentos. Una verdadera amistad se cifra en la confianza ilimitada. El amigo de verdad es el que está junto a ti cuando más lo necesitas. Jesús quiere saber hasta qué punto sus discípulos están dispuestos a seguirle. EL Papa Benedicto XVI ha subrayado en Sydney que Jesús es el amigo que nunca falla. Pero El quiere también saber si sus seguidores están dispuestos a hacer lo mismo por El.

2.- La pregunta de Jesús va dirigida también a nosotros. ¿Quién dice la gente que soy yo?” Jesús comienza con una pregunta impersonal. ¿Qué impresión tienen los otros de mí? ¿Cómo me ven? A esto responden los discípulos: “Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, Jeremías o uno de los profetas.” Lo evidente es que la gente percibe a Jesús como un hombre santo, en línea con los profetas. En este momento crítico de la historia de la salvación judía, le ven como portavoz de Dios. “Y vosotros ¿Quién decís que soy yo?” Jesús no deja a los apóstoles sólo en un nivel superficial. Quiere una relación más personal: decidme “¿quién pensáis vosotros que soy yo?” Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.” Así respondió Pedro a aquel examen, hablando por sí mismo y por los demás apóstoles. Es una profesión de fe de más alcance que la expresada por la gente. Jesús no es un mero profeta; es mucho más. Es el Mesías largamente esperado, el Ungido de Dios, realmente el Hijo mismo de Dios. Conociéndole y permaneciendo con él, Pedro y los apóstoles poseen la auténtica presencia de Dios, aquella “luz atractiva” imposible de despreciar y de renunciar. Esta misma pregunta nos la hace Jesús a cada uno de nosotros: ¿Y tú, quién dices que soy yo? En otras palabras te está preguntando ¿para ti, quién soy yo? Debes pensar antes de responder, no se trata de contestar con palabras bonitas aprendidas del catecismo, se trata de responder con la vida. ¿En tu comportamiento en el trabajo, en casa, en la vida pública, tienes presente lo que Jesús espera de ti?

3.- Somos testigos de Jesucristo. Es más fácil cumplir unos preceptos, que en el fondo no alteran nuestra vida, que “mojarse” de verdad y dejar que el Evangelio empape nuestra vida y cuestione incluso nuestras seguridades. Es más fácil responder de memoria, como un loro, que Jesucristo es el Hijo de Dios, que plantearse en serio nuestra fe cristiana. Raramente somos capaces de renunciar a nuestro dinero o a nuestro tiempo para compartirlo con los necesitados. Nos hemos fabricado una religión a nuestra manera, por miedo a comprometernos de verdad. Muchas personas se escandalizan y se alejan de Dios al contemplarnos. ¿Seremos capaces de ser de verdad testigos -mártires- de Jesucristo, como lo fue Pedro?

4.- Un nuevo nombre, una nueva misión. Pedro, la piedra sobre la que Jesucristo edifica su Iglesia, selló con su sangre la fidelidad al Maestro. “Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia…” En reconocimiento de la respuesta de Simón Pedro, le da Jesús un nombre nuevo. Darle un nombre nuevo significa una nueva vocación y misión de Pedro. Participa ahora de la misión misma de Cristo, es decir Pedro se convierte en trabajador-compañero de Jesús para la reconstrucción del nuevo Israel, la nueva casa y familia de Dios. Jesucristo es realmente la piedra angular de este nuevo “edificio”. Comenzando desde Pedro, todos los apóstoles y sus seguidores están destinados a participar en esta vocación y misión de Cristo, su Maestro, reconocido por ellos como el Hijo de Dios vivo. La legitimidad de su función nace de este mandato dado a Pedro por Jesús. De aquí surge también la seguridad de que, mientras permanezcan fieles a este mandato, ningún poder, ni terreno ni sobrehumano, prevalecerá sobre ellos. Pedro y los apóstoles cuestionan nuestra vida mediocre y nos replantean nuestro seguimiento de Jesucristo. Ahora nadie va atentar contra nuestra vida, no seamos cobardes a la hora de demostrar nuestro amor a Jesús.


6.- ¿YA SABEMOS QUIÉN ES EL SEÑOR?

Por Javier Leoz

1.- Año Jubilar Paulino. Y, cuando uno se acerca a la segunda lectura y recuerda el hombre que, ayer, fue San Pablo, llega a preguntarse: ¿Qué le pudo ocurrir a este hombre para escribir así a los Romanos?

-Lo que antes era necedad, ahora es sabiduría de la fina

-Lo que perseguía con saña, son ahora caminos irrastreables

-Lo que antes de ayer era caos, hoy es origen, meta y fin del universo

Así es, amigos. Cuando uno descubre, cara a cara a Jesús, su vida cambia de la noche a la mañana.

2.- Acerquémonos a la sencillez de San Francisco de Asís. Asomémonos a la intrepidez de Francisco de Javier, a la bondad de Teresa de Calcuta, a muchos de los ídolos de nuestro tiempo (deportistas, cantantes, artistas) que de repente, de la noche a la mañana, ven que a su vida le faltaba algo, fondo… les faltaba Dios. O, como al mismísimo ex primer ministro británico, Tony Blair, que dejaba la Iglesia Anglicana porque, entre otras cosas, en la Católica encontraba con más nitidez a Jesucristo.

3.- Preguntémoslo a Pedro. ¡Qué dice la gente de Jesús! Y, como San Pablo, Pedro nos responderá lo mismo que nosotros, con nuestra presencia en la Eucaristía, afirmamos y profesamos: ¡Es el Señor! ¡Es el Hijo de Dios!

¡Ay! ¡Si, como Pedro, tuviéramos esa convicción! ¡Cuántas puertas herméticamente cerradas se abrirían a la novedad del Evangelio!

¡Ay! ¡Si, como Pedro, tuviéramos el valor y el coraje –a tiempo y a destiempo- de profesar que, Jesús es el Mesías! No existirían otros dioses, miedos ni temblores para profesar nuestra fe.

¡Ay! ¡Si como Pedro, ante el Señor, una y otra vez, en el sagrario o en la calle, en el trabajo o en la oficina, manifestáramos lo que somos! Muchos, verían y encontrarían en nuestra actitud, una llave con la que poder abrirse o encontrar a Dios

¿Qué ocurre entre nosotros, amigos? ¿Por qué no gritamos a los cuatro vientos lo que, en el silencio, sentimos? ¿Tan débiles nos encontramos que preferimos tener a Dios en los cuatro muros del templo de nuestro corazón que saltando por las calles por las cuales andamos?

Tenemos un déficit en nuestra vida cristiana: nos falta conocimiento de Jesús. No hace aún dos semanas cuando, una feligresa, me decía: “pregunto a mis hijos y mis nietos sobre Historia Sagrada y me llevo una gran sorpresa: no saben nada”.

3.- Surgen, en este domingo, una serie de preguntas que deben de sacudirnos nuestro vivir cristiano. Son para todos los que estamos reunidos, en el nombre del Señor, delante de este altar. Nos la dirige Jesús: ¿Qué soy para ti? ¿Quién soy para ti? ¿Qué sabes de mí? ¿Qué estás dispuesto hacer por mí?

¿Seríamos capaces de responderle? ¿Lo haríamos con frases huecas o con verdad de corazón? ¿Lo haríamos para contentar a Jesús o desde lo más hondo de nuestra conciencia?

No hace mucho tiempo en un programa de radio, por la noche, llamaba un joven que jamás había oído hablar de Jesús. Que en su infancia, su familia, se preocupó de poner filtro a todo lo que sonara a Iglesia, cristiano o religión. La sorpresa vino al final del programa cuando solicitó una persona que le enseñara algo sobre Jesucristo. Ahí está la cuestión. Para enseñar hay que saber, para saber hay que conocer y para conocer a Cristo hay que encontrarse con El. ¿Lo hemos entendido? Feliz encuentro con el Señor

4.- TE CONFIESO, QUE NO LO SÉ, SEÑOR

Digo amarte

cuando, media hora en tu presencia,

me parece excesivo o demasiado

Presumo de conocerte

y, ¡cuántas veces!

el Espíritu me pilla fuera de juego

Te sigo y escucho

y miro, una y otra vez,

hacia senderos distantes de Ti.

Te confieso, Señor,

que no sé demasiado de Ti.

Que tu nombre me resulta complicado

pronunciarlo y defenderlo

en ciertos ambientes.

Que, tu señorío,

lo pongo con frecuencia

debajo de otros señores

ante los cuales doblo mi rodilla

Te confieso, Señor,

que mi voz no es para tus cosas

lo suficientemente recia ni fuerte

como lo es para las del mundo.

Te confieso, Señor,

que mis pies caminan más deprisa

por otros derroteros que el placer

las prisas, los encantos o el dinero me marcan.

Te confieso, Señor,

que, a pesar de todo,

sigo pensando, creyendo y confesando

que eres el Hijo de Dios.

Haz, Señor, que allá por donde yo camine

lleve conmigo la pancarta de “soy tu amigo”

Haz, Señor, que allá donde yo hable

se escuche una gran melodía: “Jesús es el Señor”

Haz, Señor, que allá donde yo trabaje

con mis manos o con mi mente

construya un lugar más habitable

en el que Tú puedas formar parte.

Amén


7.- “SOBRE ESTA PIEDRA EDIFICARÉ MI IGLESIA”

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Cefas, o Kefas, ya no llamará así. Va a recibir el nombre de Piedra, de Pedro. Cambiar el nombre de alguien entre los judíos era darle un destino o una misión. Jesús quiere que Cefas sea la piedra que aguante la organización de su Iglesia. La referencia del capitulo 22 del Libro de Isaías narra que Eliacín va a recibir la llave del palacio de David. Eso significa tener el poder sobre el mismo y su control presente y futuro. También cambiará su nombre. Mateo narra de manera muy precisa la consagración de Cefas como primado de la Iglesia, como garante de llaves del Reino, como primer Papa. La promesa de Jesús no es solo relativa a un "cargo", incluye la permanencia de la Iglesia ante los avatares históricos y ante los ataques de sus enemigos. Pero además esa Iglesia vive dentro de una relación de continuidad con el cielo. La fórmula utilizada por Jesús es, como decíamos, muy precisa: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo". Estamos, pues, ante una realidad muy importante, que no viene de un capitulo organizativo humano. El Papado es una institución del mismo Cristo y esto no tiene discusión.

2.- "¿Quien dice la gente que es el Hijo del Hombre?". Es una pregunta interesante que, como muy bien expresa la Monición sobre las lecturas que leemos hoy, deberíamos hacernos cada uno. Y, sobre todo, preguntarnos que es Jesús para nosotros. Ha de ser una pregunta dirigida a una nuestra propia intimidad y contestada también en comunión, en la deseada "común-unión" en la que deberíamos vivir todos los cristianos. Pero ocurre que, a veces, no nos hacemos esa pregunta por miedo a encontrar respuesta. Sí, por temor a encontrar una contestación que cambie nuestra vida. Es posible que vivamos "adecuadamente" con nuestro "cristianismo de salón", que no sale más allá de unas cuantas prácticas religiosas o de la asistencia a alguna misa dominical. Y no es eso. Si nosotros --cada uno de nosotros--, como Pedro, expresamos en nuestro interior que Jesús es el Mesías esa impronta saldrá fuera y nos hará confesar por calles y plazas que él es el Cristo. Jesús le dice a Pedro que tal sabiduría se la ha inspirado su Padre que está en el Cielo.

¿Tenemos la "puerta abierta" de nuestro espíritu para que el Padre nos hable? Si nuestra alma está cerrada a las inspiraciones de Dios será porque estaremos demasiado preocupados con lo material e inmediato. Y eso sería un grave problema. A veces nosotros mismos acusamos a la Iglesia de ser una organización fuerte y pesada, ocupada en administrar las cosas del mundo. ¿Y no será que es nuestra vida la que está empapada de deseos de poder mundano, de dinero, de éxito temporal, de dominio y que es, precisamente, todo ello lo que nos impide escuchar a Dios?

3.- La densidad positiva del párrafo del capítulo XVI del Evangelio de Mateo reside, por un lado en el reconocimiento inmediato y espontáneo, por parte de Pedro, de la auténtica misión de Jesús. Y a partir de ahí, recibe el encargo de soportar, como piedra fundamental, todo el peso de la organización presente y futura de la Iglesia de Cristo. Tanto en el reconocimiento de Pedro sobre la auténtica identidad de Jesús, como respecto a la dignidad que le otorga Cristo, en ambas circunstancias está presente el Padre y su Espíritu inspirador. Por ello, el contenido trinitario de la escena es más que evidente. No es, por tanto, una fundación humana. La Iglesia es una realidad transcendente basada en la presencia, dentro de la misma, de Dios. Pero ello, a su vez, hay que asumirlo con enorme humildad y no usarlo como alma arrojadiza contra los hermanos de otras Iglesias o de otros credos. Sabemos que la Iglesia es de Dios, pero no será "nuestra" en la medida que no seamos inspirados por el Padre. No tenemos títulos propios para ocupar puesto alguno en la Iglesia, sólo los que nos dan la benevolencia y la sabiduría de Dios.

4.- ¿Merecemos los hombres los dones de Dios? ¿Era Pedro el más adecuado para recibir las llaves del Reino? La respuesta la tiene San Pablo en su Carta a los Romanos. Es tan breve el párrafo que hemos leído hoy, que merece la pena repetirlo ahora y hacer luego, ya en casa, su lectura más reposadamente. Dice Pablo: "¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero, para que él le devuelva? Él es el origen, guía y meta del universo. A él la gloria por los siglos". Solo la generosidad de Dios podría ofrecer a un humano una misión tan importante y sólo, asimismo, esa misma generosidad ha podido hacernos participes de una realidad transcendente, y continua en lo eterno, como lo es la Iglesia. Debemos meditar sobre nuestra relación con Dios y no "materializarla" a nivel de un rito desprovisto de toda comunicación real. El Señor, por generosidad, quiso quedarse en la Eucaristía. Está muy cerca de nosotros. Al menos una vez al día --aunque solo sea una vez al día-- deberíamos pensar que esta Iglesia es obra de sus manos y que nuestra presencia en ella es continuidad de un designio divino.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


¿QUIÉN SOY YO?

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Nos encontramos este mismo evangelio el día que celebrábamos la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo. Con seguridad, en mi comentario, mis queridos jóvenes lectores, repetiré ideas que ya os he dicho anteriormente. El lugar a que se refiere el pasaje está en el norte de Israel, en la actualidad muy próximo a la frontera con el Líbano. Son las estribaciones del Antilibano, coronado el horizonte por la cima majestuosa del monte Hermón. Va uno al lugar, subiendo desde la Galilea, por un camino, hoy buena carretera, que pasa cercano a la orilla del Jordán. Poco antes de llegar, encuentra uno a su derecha, unas pequeñas pero espectaculares caratas. Avanza hacia el Norte y deja a su izquierda las ruinas del antiguo santuario cismático de Dan. Seguramente que Jesús con sus apóstoles, pasaron de largo por el lugar, al menos no se interesarían por aquellas piedras, tristes recuerdos de gentes que, siendo del mismo pueblo, habían querido desvincularse de Jerusalén y de su Templo. Probablemente cruzarían algunos, o muchos, de entre los múltiples riachuelos que por allí discurren. Todas las fuentes de los ríos son interesantes. Para un israelita, las del Jordán le son de gran valor. Si desapareciera el río, se secaría el lago Hule, el de Tiberíades o de Galilea y finalmente el mismo mar Muerto. Desaparecería la pesca y se dificultaría el regadío de la cuenca. Llegaría, pues, la ruina a todo el entorno.

2.- Situados ya al final de la excursión, al encontrarse el gran hueco por donde brotaba el agua, las hornacinas talladas en la roca, que albergaban imágenes del dios de los pastores llamado Pan, las múltiples aras, unidas entre sí por escalinatas y la ciudad, ciertamente no grande, pero acabada de edificar y dedicada al Cesar, no dejarían de sentir gran admiración por lo que estaban contemplando. En aquella población, probablemente muchos de sus vecinos pertenecerían a las tropas romanas de ocupación. Los pastores que se acercarían al paraje para sus cultos religiosos, en todo caso, entrarían para proveerse de enseres y vender reses, pieles, lana y manufacturas que con ellas habían ido fabricando en sus monótonas estancias en los prados, custodiando el ganado. Por el tono del texto, debemos suponer que se pararon a charlar a las afueras, bajo algunos de los grandes peñascos. Hemos de pensar que la estancia duraría algunos días. La conversación que nos recuerda el evangelio sería una de las que les quedaría mejor grabada en su memoria.

La montaña, cuando la tempestad no la encrespa, da paz al alma, invita al diálogo y facilita las confidencias. Quien nunca se confía al amigo, es señal de que en su interior no hay nada. El de Jesús estaba repleto de misterio. Pero no daba miedo. Los heleros que se veían por la falda de la montaña, invitarían a comentarios sinceros y distendidos. Abunda la vegetación y puede uno estar tranquilo protegido del sol y el viento.

3.- El Señor pregunta: ¿qué piensan los otros de mí? ¿Por quien me tienen? A esta pregunta les resulta a ellos, los apóstoles, fácil contestar. Referirse a ausentes nadie lo teme. Máxime, si los ausentes de referencia ya han fallecido. Te pareces o tal, eres alguno de los famosos profetas de la antigüedad, le decían. Sonreiría Jesús al escucharles. Y vosotros ¿Quién creéis que soy? Responder a esta pregunta era comprometedor. Se hace silencio, se miran entre ellos, callan todos. Quien menos imaginaba uno que pudiera responder, es el que lo hace. Temen que meta la pata. Se miran entre sí. Salta Pedro con una respuesta comprometedora, que no se hubieran ellos atrevido a pronunciar. ¿será el resultado de la audacia de su ignorancia? Se les ocurre pensar. Lo que dice les asombra, temen una reacción brusca del Maestro. No llega. Ni aunque el Señor hubiera tenido entre sus manos el carné de identidad del que se ha pronunciado, no sería más exacto. Se dirige a él con nombres y apellidos. Le felicita. Es el Mesías esperado por todo el pueblo, se ha atrevido a decirle. No le recrimina, le nombra discípulo predilecto de entre los demás, clave de bóveda de lo que está pensado va a iniciar. Es un honor lo que está escuchando, aunque no le pongan ninguna medalla al merito. Hay que advertir que el Señor precisamente le ha dicho que lo tan bien declarado, no es cosa suya, el merecimiento corresponde al Padre. Han compartido, han acabado conociéndose un poco más entre ellos. Conociendo un poco más al Señor, que es lo importante. Ahora sabe Él que piensan los suyos. Será preciso tomar precauciones. Les pide prudencia y un cierto secreto.

4.- Volverían a la baja Galilea y tornaría el Señor a predicar por los pueblos y aldeas. Ser depositario de un secreto satisface al principio, mas tarde intriga, finalmente se hace imperiosamente molesto. Pesarían ¿Por qué habló Pedro? ¿qué proyectos tiene el Maestro? ¿Cuenta Él con nosotros? Algo o mucho cambió aquel día. No volverían sus relaciones personales a ser las mismas. Quien guarda un secreto madura con firmeza y seriedad.

Aquella reunión les impresionó. Recordaron el lugar. Tal vez nunca volvieron por allí. Pero las palabras que escucharon nunca más las olvidarían.

Mis queridos jóvenes lectores, el episodio sirve para hablar del primado de Pedro en la Iglesia. Resulta útil para afirmarse en los poderes otorgados. Tales reflexiones serían más bien propias de un cursillo de teología. Pienso que por tratarse de una reflexión de misa, es suficiente que aprendáis a vivir con algunos de entre vuestros conocidos, con vínculos sinceros de amistad. Que saquéis la conclusión de que en la soledad de la montaña, alejados del ajetreo que reina en las ciudades, uno aprende precisamente a ser un buen ciudadano, aplicarse lo descubierto y pensarlo para el futuro, ser mejores cristianos, sin duda.