XVIII Domingo del Tiempo Ordinario
3 de agosto de 2008

La homilía de Betania


1.- CUANDO HAY BUENA VOLUNTAD

Por Javier Leoz

2.- LOS MILAGROS DEL AMOR

Por Gabriel González del Estal

3.- EL PAN DE GÜEÑES

Por José María Maruri, SJ

4.- ¿QUÉ HUBIERA SUCEDIDO?

Por Gustavo Vélez, mxy

5.- PAN PARA EL HAMBRE FISICA Y ESPIRITUAL

Por José María Martín OSA

6.- LA OTRA SED, LA DEL ALMA.

Por Antonio García-Moreno

7.- LA REDENCIÓN PACÍFICA

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


JESÚS, EL HOMBRE SERVICIAL

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- CUANDO HAY BUENA VOLUNTAD

Por Javier Leoz

Cuando se quiere, se puede. En cambio, cuando no se quiere: ni se desea ni se puede. Y, con esta sentencia podemos reflejar perfectamente el contenido o la catequesis del Evangelio de este domingo: el relato del pan y los peces que se multiplican.

1.- ¡Dadles vosotros de comer! ¿Nosotros, Señor? ¿Y por qué? ¿Acaso no pueden trabajar? ¿No te das cuenta, Señor, que son siempre los mismos? Son justificaciones, argumentos o excusas que, más o menos, todos –en algún momento- hemos pronunciado frente a diversas situaciones que ponen a prueba la sinceridad o la falsedad de nuestra fe.

Cuando no hay voluntad, la generosidad, es difícil de llevarla a la práctica. En cambio, cuando uno sabe que la vida es más vida cuando se comparte, entonces surge espontáneamente lo mejor de nosotros mismos: la fraternidad, la preocupación por los otros, etc.

2.- Hoy el Evangelio lo podemos interpretar en clave eucarística pero, además, no olvidemos la otra vertiente: quien comulga a Jesús, está llamado a brindarse y a trabajar para que, los que no comen, tengan acceso a una digna alimentación. Que, los que tienen escasez de agua, puedan igualmente beber con los mismos derechos que otros que, teniéndola en abundancia, se permiten el lujo de derrocharla.

Y es que, este Domingo, tiene una sugerente interpretación: donde hay buena voluntad y disposición, donde existe una fe sólida y convincente, todo se multiplica y se desparrama, todo, más allá del bien personal, se acrecienta y se va haciendo extensivo en el bienestar de los demás.

Todos tenemos nuestros “personales cinco panes y dos peces”. No hay que ir al río en busca de los segundos, ni a una panadería en busca de los primeros. En nuestro interior, en nuestras actitudes, en nuestra forma de ser, van cociéndose –un día y otro también- los panes de la caridad y de la justicia.

En nuestro talante, y en nuestras manos abiertas, es donde muchos de nuestros hermanos –hambrientos de Dios y del pan material- es donde pueden descubrir su particular pesca milagrosa. Es decir; el regalo que el Señor les da en su necesidad.

3.- ¿Te has parado a pensar que, tú, que nosotros, somos pequeños lagos Tiberiades, laderas, campos, reuniones, amigos, mesas, etc., en los que Jesús va multiplicando los panes y los peces para que, otros tantos hombres y mujeres, puedan seguir adelante? ¿Te has parado a pensar que, tú, que nosotros, somos pequeños cestos en los que el Señor mete su hogaza para que, allá donde nos encontremos se reduplique el pan del buen compartir?

Amigos; pongamos nuestros cinco panes y nuestros dos peces. Lo poco o lo mucho que tenemos. Y Dios, no nos quepa la menor duda, hará lo demás. El Señor sigue haciendo maravillas. Sigue haciendo de las suyas. Y, lo bueno, es que lo hace sin darnos cuenta y, muchas veces, a través de nosotros.

A veces, desde distintos puntos de vista e ideologías dominantes, se echa en cara a Dios la presencia de tantos males en el mundo: el hambre, la miseria, el tercer mundo, etc. Pero, esos que miran con recelo a Dios, olvidan lo del Evangelio de este día: “Dadles vosotros de comer”. Y es que, la mano de Dios, se prolonga, se abre, ofrece, abraza y sacia…en las manos que saben repartir, regir con justicia y cuidar a todos sin distinción.

4.- ¿YO, SEÑOR? ¿CÓMO?

Quiero multiplicarme,

y siento que mis fuerzas se debilitan

Quiero llegar lejos,

y me quedo agotado al volver la esquina.

Quiero, en tu nombre,

dar mucho de lo que presumo,

y miro, con egoísmo, las migajas

que de mi mesa caen al suelo.

 

¿YO, SEÑOR? ¿CÓMO LO HAGO?

¿Cómo hago para dar sin recibir nada a cambio?

¿Cómo hago para no volver mi espalda

ante tanto desgarro?

¿Cómo hago, Señor, para compadecerme

sin importarme el que me tomen por un engañado?

¡Díme, Señor! ¡Cómo lo hago!

Porque, Tú bien sabes, Señor,

que yo soy el primer necesitado:

necesitado de tu pan y de tu abrazo

necesitado de tu pan y de tu Palabra

necesitado de tu pan y de tu presencia

necesitado de tu pan y de tu aliento.

 

SEÑOR; ¿CÓMO LO HAGO?

Cómo multiplicarme sin riesgo

de quedar arruinado por el intento

Cómo llegar, donde los poderosos,

nunca soñaron con llegar hacerlo

Cómo compartir y repartir

lo que, en mí, sobra y no es necesario.

 

¡YA LO SÉ, MI SEÑOR!

Sólo, mirándote a Ti,

Sólo, siguiéndote a Ti,

Sólo, escuchándote a Ti,

encontraré la respuesta en mi camino:

Donde hay fe

Donde está Dios

Donde vive Cristo

Donde habla el Espíritu…

todo se multiplica por cien…o por mil


2.- LOS MILAGROS DEL AMOR

Por Gabriel González del Estal

1.- Nos dice el evangelio de este domingo que Jesús, al ver al gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Jesús de Nazaret no hacía milagros para lucirse, ni siquiera, en primer lugar, para manifestar el poder de Dios; Jesús hacía milagros por amor. Cuando veía a una persona enferma o muerta –Lázaro, hija de Jairo, suegra de San Pedro, hijo de la viuda de Naín... – sentía hacia ella una gran compasión y su corazón compasivo le pedía el milagro. En este evangelio se nos dice que empezó por curar a los enfermos que había entre aquella multitud que le había seguido, con esfuerzo y sofoco, hasta el descampado. Después piensa inmediatamente en el hambre y la sed que, por seguirle, estaban pasando estas buenas personas. Y no lo piensa más, dice a sus discípulos que les den de comer. Los discípulos se asustan, con cinco panes y dos peces no se puede dar de comer a cinco mil hombres y a no sé cuántas más mujeres y niños. Ellos no se sienten capaces de hacer el milagro. Su amor es tan pequeño como sus posibilidades. Jesús explota de compasión y de amor y les dice: mandad a la gente que se recueste en la hierba. Y sucedió lo que sucedió. El amor de Jesús era más grande que las necesidades del mundo entero, era la manifestación del amor del Dios clemente y misericordioso, cariñoso con todas sus criaturas, del que nos habla el salmo responsorial. Jesús, ante los millones de personas que se mueren hoy cada día de hambre y de sed, dice a las naciones ricas del mundo: dadles vosotros de comer. Estas naciones –nosotros- tienen más de cinco mil millones de panes y más de dos mil millones de peces, tienen sus despensas, y sus bancos llenos de provisiones, pero se asustan ante el mandato de Jesús, miran para otro lado y dicen: ¡Que les ampare Dios! Les falta –nos falta- amor para hacer no el milagro, sino la más elemental justicia. Así nos va.

2.- En la primera lectura, Dios, a través del profeta Isaías, nos dice también a nosotros: ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta? Es decir, ¿por qué gastáis tanto en cosas superfluas, cuando hay tanta gente que no tiene lo necesario para vivir? La mayor parte de nosotros, si analizamos nuestros gastos, veremos que podíamos prescindir de muchos de ellos sin que se resintiera ni nuestra salud, ni el bienestar en el que vivimos. Bastaría con que fuéramos un poco más sobrios, un poco más austeros, un poco más pobres evangélicamente, para que aún nos sobrara algo con lo que poder alimentar a algunas de esas personas que sabemos que se están muriendo de hambre. Es siempre cuestión de amor, cuestión de generosidad, y cuestión de una más justa distribución de las riquezas. No es ningún secreto, todos sabemos que sobran en nuestro mundo alimentos y dinero para que puedan vivir dignamente todas las personas. Pero es el egoísmo de los que tenemos mucho el que no nos permite ayudar a los que no tienen nada o casi nada. Sí, una vez más, es cuestión de amor, o, mejor de falta de amor.

3.- San Pablo nos dice, en la segunda lectura, que, si estamos poseídos y habitados por el amor de Dios, nada debe asustarnos: ni la aflicción, ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro, ni la espada. Nada debe tener poder suficiente para apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Lo importante es estar poseídos por ese amor grande de Dios manifestado en Cristo. Todo lo demás se nos dará por añadidura. Hasta el hacer milagros.


3.- EL PAN DE GÜEÑES

Por José María Maruri, SJ

1.- De esto ya hace muchos años, pero merece la pena contarlo. Estando refugiados en Güeñes --es un municipio de la comarca de Las Encartaciones ,Vizcaya, País Vasco, España-- el año 37, un día con el tío Juanjo, subimos a Galdames a conocer al tío Samuel, fueron varias horas de subida monte traviesa (hoy hay carretera, claro), y al fin salió a nuestro encuentro un maravilloso aroma a pan recién cocido y al poco apreció el caserío a y a su entrada un horno de piedra en que cocían unas hogazas para festejar a los maquetos (**).

Aroma como el del pan recién hecho no lo hay en este mundo, y lo dudo en el otro. Pues el evangelio de hoy huele a pan recién hecho, no e viejo correoso que traían los discípulos con ellos, sino ese nuevo pan que salía de las manos del Señor, o mejor de su corazón lleno de compasión por la gente.

2.- Despide a la gente, es lo único que se les ocurre a los miles, despídelos, quítamelos de encima, que bastante tengo yo con mis problemas para acarrear sobre mis hombros los de los demás. Es nuestra actitud ante tantas batallas perdidas antes de comenzadas.

--¿Qué podemos hacer contra el hambre de las tres cuartas partes de la humanidad?

--¿Qué se puede hacer contar el terrorismo, que asola al mundo entero?

--¿Qué fruto darán todo lo que se hace por la paz de los pueblos si apenas acabada una guerra empieza otra por los intereses inconfesables de muchas naciones, ara vender su armamento?

--¿Quién puede hacer cara a los traficantes de droga que manejan cantidades muy superiores al presupuesto anual de algunas naciones?

--¿Cómo defender a nuestros jóvenes contra la increencia y la inmoralidad que se mete en nuestras casas a través de los medios de comunicación tan bien concertados?

Despídelos, porque no tenemos más que cinco atrasados panes y dos peces, que ya huelen a viejo.

3.- Jesús no se arredra, dadles vosotros de comer, dádmelo a mi, ponedlo en mis manos y o os lo devolveré centuplicado, solo lo que no se da se pierde. Lo que se da se multiplica, solo el que cierra la mano queriendo defender la moneda que tiene e ella, se queda con esa sola moneda, sino se la roban o se devalúa. El que abre su mano y da, vuelve a recibir, ero siempre que sea para dar. Si das recibes, si te lo quedas lo pierdes.

Esta es mi experiencia de niño, el abuelo Pepe, me dio un día una peseta, y yo en una corazonada de niño, se la di a un ciego en la esquina de Zorrilla y Marques de Cubas, y volví a casa con las manos vacías, pero contento el, y el abuelo, de puño cerrado como buen gallego, sin saber nada de mi hazaña, me volvió a dar otra peseta, ¿se le había olvidado que ya me había dado otra? No lo sé pero eso me confirmó en que sólo el que da recibe. Y más tarde en mi vida lo he experimentado.

Dadle vosotros de comer, vamos a empezar a hacer algo con el poco pan atrasado que tenemos, y que dejamos al Señor multiplicarlo en pan nuevo y oloroso como el del horno de Galdames.

(**) Los vascos llaman maquetos a los de la meseta castellana y por extensión al resto de los españoles


4.- ¿QUÉ HUBIERA SUCEDIDO?

Por Gustavo Vélez, mxy

“Los discípulos dijeron a Jesús: Ya es muy tarde. Despide a la multitud para que vayan a las aldeas y compren de comer. Jesús les replicó: Dadles vosotros de comer”. San Mateo, Cap. 14.

1.- ¿Qué hubiera sucedido si aquel día las cosas ocurren al revés? Supongamos que Jesús, quien según san Mateo buscaba por esos días “un sitio tranquilo y apartado”, no sintió lástima de tantos pobres y enfermos que le seguían. Acostumbrado a contemplar tanta miseria, tenía además en su agenda compromisos más urgentes.

Supongamos también que los apóstoles no advirtieron el hambre de la gente, pues guardaban consigo suficientes provisiones. Que no colaboraron con el Señor, presentándole cinco panes de cebada y dos pescados, traídos por un muchacho en su alforja. Que el hijo de esa madre previsiva no hubiera renunciado con generosidad a su merienda. Que los discípulos se hubieran ahogado en el problema sin buscarle solución oportuna...

Resultado: Una multitud – cerca de cinco mil hombres, fuera de las mujeres y los niños, en el texto de san Mateo - que regresa a sus aldeas hambrienta y descorazonada. Cualquier semejanza de esta hipótesis con situaciones actuales que nos rodean no es mera coincidencia.

2.- Nos toca entonces a los cristianos obedecer diariamente al Señor: “Dadles vosotros de comer”. Lo cual haremos apoyados en el poder de Jesús, quien multiplica diariamente el bienestar y el alimento: “Mandó Jesús a la gente que se recostara en el hierba. Tomó los panes y los pescados, pronunció la bendición y se los dio a sus discípulos para que los repartieran. Y todos comieron hasta saciarse”. Los evangelios consignan seis veces este acontecimiento. San Mateo y san Marcos lo incluyen repetido en sus relatos, con pequeñas variantes. Pudo ser que ocurrió en diversas ocasiones. O bien que las fuentes llegaron duplicadas a la redacción de los evangelistas.

Sin embargo, cada vez que alguno de nosotros comparte el pan con los necesitados, podemos añadir una página nueva al Evangelio para contar otra multiplicación. Ese día el amor de Dios vuelve a hacerse realidad, por el ministerio de nuestras manos. Se vuelve historia.

3.- Buena enseñanza para los gobernantes, presidentes de empresas, gerentes, miembros de juntas directivas, banqueros e industriales. Pero también para nosotros los del común. A todos se nos ofrece la ocasión de ser generosos, o egoístas. De compartir, o de acaparar.

Para repetir el milagro de Jesús no es necesario fundar una ONG. Basta abrir el corazón y extender las manos. Llega de improviso el momento en que yo tengo provisiones y otro hermano tiene hambre.

Es claro que en este ejercicio se presentan engaños, mentiras, e impredecibles dificultades. Buscaremos entonces que nuestra caridad sea constructiva y no meramente asistencial. Pero que nuestro amor sea parecido al de Cristo, verdadero y eficaz: “Dadles vosotros de comer”. Por lo demás, convenzámonos de que el hambre no existe meramente en los informes de simposios internacionales, o en las estadísticas de la FAO. Existe y duele en la anatomía de muchos hermanos nuestros, aquí y ahora, bajo el mismo sol y a pocos metros de mi despensa.

4.- ¿Cómo podremos entonces descansar satisfechos en una cama tibia, si ese día no hicimos algo evidente y concreto por socorrer a los necesitados? Que el Ángel de los Insomnios nos asista.


5.- PAN PARA EL HAMBRE FISICA Y ESPIRITUAL

Por José María Martín OSA

1.- Hambre de pan y hambre espiritual. Dios no quiere el hambre, es un mal contra el que hay que luchar. Sin embargo, hay también un sentido espiritual de “pasar hambre”. En tiempos de los profetas fue necesario que el pueblo pasara hambre para que se diera cuenta de la necesidad de llenarse de Dios. Por eso Isaías invita a todos a comer y a beber de balde, pues Dios ofrece su alimento. El hambre espiritual consiste en anhelar la fiesta que Dios prepara, la sed espiritual es la sed de la sabiduría que refresca y nos da vida. Dios “abre su mano y nos sacia de favores”. El es la fuente que sacia nuestra sed de felicidad. Hay otros que acuden a otras fuentes más caras y aprovechadas. El que nunca nos va a fallar es Jesús, porque nos ama. Sólo si respondemos adecuadamente a su amor encontraremos la satisfacción de nuestra sed y nuestra hambre espiritual. Decirle a Jesucristo “yo te amo” equivale a decir “Tú existes para mí y eres el sentido de mi vida, sin ti no soy nada…..”. Sólo la depresión o la ceguera pueden durante algún tiempo hacernos olvidar el amor de Cristo. Pero nada ni nadie pueden apartarnos de su amor.

2.- Un texto cargado de simbolismo. El milagro de la multiplicación de los panes está en los cuatro evangelistas. El número de cinco panes y dos peces (5 + 2 = 7) significa la plenitud del don de Dios. Y las «doce canastas» de sobras están significando la superabundancia de los dones de Dios. El número 5.000 representa simbólicamente una gran muchedumbre. Los apóstoles, acomodando a las gentes, repartiendo el pan y recogiendo las sobras, hacen referencia a la Iglesia, dispensadora del pan de los pobres y del pan de la Palabra y la Eucaristía. Jesús une la palabra y el pan. La Iglesia, si quiere ser riel a Cristo, ha de unir a la palabra el pan de la caridad. Si mi prójimo dice: «tengo hambre», es un hecho físico para el hermano y moral para mí. Basta que pongamos nuestros cinco panes y dos peces. Y estos cinco panes y dos peces pueden ser quizá mis muchas o pocas virtudes, mis logros, triunfos pero también mis caídas y fracasos. En definitiva basta que nos abramos completamente a Jesús y le demos todo lo que tengamos sea poco o mucho, de esto Él se encarga.

3.- El gran milagro es el del “compartir” los dones que Dios nos ha dado. Los pastores de la Iglesia han de dar ese pan y ayudarnos a compartirlo. Deben ayudar a que llegue a todos el pan que mata el hambre del cuerpo, y el pan de la palabra y la Eucaristía, que sacia el hambre más existencial del hombre. En este milagro de la multiplicación de los panes se ven como diseñadas las tareas pastorales de la Iglesia: predicar la palabra, repartir el pan eucarístico y servir el pan a los pobres. El fondo profundo de este milagro es que, aunque fuera un hecho verdaderamente espectacular, no fue más que un leve signo de una profunda realidad: Dios se da a sí mismo en alimento con infinito amor para consuelo y vida de los hombres. «Yo soy el pan vivo —dice Jesús— bajado del cielo» (Jn 6,51). Pero la multitud que sigue a Jesús, le escucha y come su pan, hoy como ayer, por desgracia, no se convierte ni adapta su vida a las enseñanzas de Jesús. Así el Señor les llega a decir: «Me buscáis... porque habéis comido pan y os habéis saciado» (Jn 6,27). ¿No sigue sucediendo esto mismo hoy en la Iglesia?


6.- LA OTRA SED, LA DEL ALMA.

Por Antonio García-Moreno

1.- Escuchadme y viviréis Para un país tan seco como Israel, el agua es, sin duda, un factor importantísimo, un don estimable en grado sumo. De ahí que con frecuencia entre a formar parte del lenguaje bíblico, de la predicación profética especialmente.

Hoy Dios se dirige a los que tienen sed. En el tiempo de calor y conociendo aquellas tierras, resulta fácil imaginarse ese estado de ánimo del que padece sed. Pero sería demasiado burdo interpretar esa sed en un sentido meramente material. El profeta habla de otra sed, la del alma. Esa sed que nos abrasa por dentro, que nos consume y no se sabe definir, pero sed que nos atormenta y nos angustia dolorosamente.

También los que no tenéis dinero, venid. Porque este agua no tiene precio, no se da a cambio de nada, se da sólo por amor, desinteresadamente... Oídlo, sedientos todos, acudid por el agua de la gracia. Un chorro de agua fresca y clara mojará nuestros labios quemados, nuestra boca seca. Y nuestra profunda sed, la sed del alma se calmará, plenamente.

Escuchadme y viviréis, dice el Señor... Son palabras entrañables, palabras que se pronuncian en voz baja, al oído. Palabras llenas de cariño que envuelven nuestro espíritu, llenándolo de consuelo inefable, hondo, divino. Sí, lo dice Él, Dios mismo, el que no miente, el que todo lo sabe, el que todo lo puede, el que ama de modo infinito y eterno.

Somos tontos, Señor. Y lo peor es que parece que sin remedio. Ya nos conoces. Perdemos horas y horas escuchando palabras de unos y otros. Cuánto tiempo oyendo sandeces, o al menos palabras que, comparadas con las tuyas, son vanas, incapaces de dar vida. Sería preciso que vinieras en persona para que nos hablaras directamente. Quizás así te escucharíamos y pudiéramos conseguir la vida que nos prometes.

Digo que quizá, porque en realidad también cuando tú hablaste cara a cara, hubo muchos que no quisieron escuchar, que se hicieron el sordo, prefiriendo, inexplicablemente, la muerte a la vida. Es suficiente con que nos aumentes la fe, hasta buscar por encima de todo, en la Iglesia que tú fundaste, el maravilloso eco de tu palabra.

2.- Testimonio y generosidad.- Juan Bautista había terminado su carrera, había cumplido su misión de ser testigo de Cristo, avalando ese testimonio con su propia sangre. Aquello era su postrer anuncio y con su muerte anunciaba en cierto modo la muerte de Cristo, el testigo fiel del Padre, que rubricaría su vida de entrega con su muerte gloriosa en la cruz. Y recordemos que ese papel de testigos del Evangelio, nos corresponde también a nosotros, a cuantos creemos en Cristo. Él nos lo dijo expresamente: "Seréis mis testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra". Por tanto, en medio del mundo, donde sea, donde Dios nos coloque en cada instante de nuestra vida, allí hemos de ser un clamor de su Buena Nueva con el testimonio claro y constante de una conducta intachable.

Jesús, nos dice el texto evangélico, se retiró a un lugar solitario y tranquilo. En otro momento nos aclara el Evangelio que el Señor pretendía que los suyos descansaran. Fueron como unas pequeñas vacaciones que el Maestro y los suyos gozaron. Sin embargo, fue un período corto ya que la gente le seguía por todas partes, ansiosas de escucharlo y de ser curados por él de sus enfermedades. La muchedumbre conocía cuánta compasión y ternura había en el corazón de Jesús de Nazaret. El texto evangélico nos dice, en efecto, que el Señor sintió lástima por aquella multitud.

Los consolaba con sus palabras, los curaba de sus dolencias y hasta les daba de comer, como en esta ocasión en que el Señor multiplica unos panes y unos peces, poniendo de manifiesto su divino poder... Bien poco eran cinco panes y dos peces. Pero era cuanto tenían y lo entregaron todo con esa generosidad tan propia de los pobres y los sencillos. Entonces el milagro se produjo y pudieron comer todos, hasta saciarse y dejar de sobras doce cestos llenos. Es este un dato más que subraya la esplendidez de Cristo cuando el hombre se le entrega sin reservas. Por uno que demos, Jesús nos da cien y la vida eterna. Pensemos que el Señor no se deja ganar en generosidad. Por eso vale la pena dar y darse a Dios, persuadidos de que al final siempre saldremos ganando.


7.- LA REDENCIÓN PACÍFICA

Por Ángel Gómez Escorial

1.- No es muy práctico pensar en lo que pudo ser y no fue. Pero, sin embargo, en el análisis histórico eso es posible si hay indicios. Y en el caso de la predicación de Jesús de Nazaret parece que no fue igual el principio que el final. ¿Qué quiere decir esto? Pues que antes del enfrentamiento de los representantes de la religión oficial con el Rabí de Galilea, bien pudo pensarse que Jesús conseguiría convencer a mucha gente, a casi todo el mundo, sin crear una situación antagónica.

Y es Romano Guardini –un teólogo italo-germano de mucho peso en quienes prepararon el Concilio Vaticano II-- afirma en su obra "El Señor" que la Redención pudo ser pacifica y más ajustada a las profecías de Isaías que como luego iba a ser. Añade que hay un momento en que se inicia la resistencia a ultranza de las autoridades judías a la labor de pacifica y amorosa de Jesús. El, entonces, responde con la reflexión cierta de que la religión oficial establecida impide el conocimiento autentico del Padre y la salvación de los hermanos.

2.- Y el primer punto de cambio hacia la violencia fue el sacrificio de San Juan Bautista a manos de Herodes. Cuando Jesús sabe de esa circunstancia se retira a orar a un sitio desierto y alejado. San Juan había sido admitido por todos y era considerado un auténtico profeta. Como tal no podía permitir a Herodes sus excesos. El mismo Herodes respetaba a Juan pero una oscura conspiración palaciega terminará con la vida del Bautista y con su cabeza en una bandeja de plata. Resulta muy atrayente pensar en la oración de Jesús tras la ejecución de Juan. La oración es dialogo con Dios y la plegaria del Salvador tendría que ser una conversación --inimaginable en forma y en contenido para nosotros-- con su Padre. Se verían ya los atisbos del "cambio de planes". En fin, esa posibilidad de un endurecimiento del pueblo judío que cambiase --a nivel humano-- los planes redentores de Jesús es subyugante.

3.- El acto siguiente, tras el alejamiento para orar, es el banquete del pan multiplicado. Muchos ven en dicha multiplicación de peces y panes, el banquete mesiánico vaticinado por el profeta Isaías y que construye la nueva alianza. ¿Hay contradicción entre el endurecimiento de los coetáneos de Jesús que impide la Redención sin muerte y su interés del Salvador en seguir la profecía de Isaías? No, porque puede decirse que el Señor Jesús intenta el camino de la paz hasta que intuye, como hombre, que ya no es posible. A partir de ahí comienza a profetizar sobre su muerte en Jerusalén.

El fragmento del capítulo 55 de Isaías, que leemos hoy, es una auténtica donación divina fuera de los planteamientos convencionales del hombre. No hace falta dinero para comprar comida, ni esta se agotará hasta que todo el mundo este saciado. Y esa comida --anticipo también referido a la Eucaristía-- es el símbolo de la nueva alianza. Las características de dicha alianza las resumirá San Pablo en su Carta a los Romanos con la expresión más pura sobre la permanencia en el amor de Cristo. Ninguna dificultad nos alejará de ese amor porque es una acción directa de Dios. Y tras relatar los "problemas terrestres" --aflicción, angustia, hambre, espada, etc.-- que no pueden borrarnos el amor de Dios, hace referencia a, también, las fuerzas más poderosas del mundo no terreno y espiritual --altura, profundidad, potencias, futuro-- las cuales tampoco nos pueden apartar de ese amor a Dios. No habla San Pablo de otra cosa que del amor a Dios que es el resumen de toda la actividad posible del cristiano.

4.- La acción que mueve a Jesús a dar de comer a los cinco mil hombres es el amor. Tras curar a los enfermos los alimenta para que no caigan agotados. Hay pan para todos. Ojalá que nosotros fuéramos capaces de dar pan a todo el mundo y así terminar con el hambre y con la injusticia en el mundo. Se centra bien en este relato del capítulo catorce de San Mateo que el amor es parte de Dios y que sin amor no podremos construir el Reino. Jesús tiene cerca la experiencia amarga de la muerte de Juan Bautista pero no su disgusto --o incluso atisbo de desánimo-- no puede frenar su amor y su misericordia. Nosotros, hoy, vivimos un mundo complicado, duro y lleno de violencia. Sufrimos por ella. E, incluso, a veces nos retrae, pero no por eso debemos abandonar el ejercicio del amor. Amor a Dios y amor por nuestros hermanos. La atenuación de los problemas más acuciantes que tienen el prójimo es una forma práctica de amor. Tengámoslo en cuenta hoy muy especialmente con emigrantes, desempleados, pobres, marginados, tristes y angustiados que pasan cerca de nosotros. Hemos de darles pan y amor. A todos.

No podemos dejar nuestro pan solo para nuestros hijos, o para aquellos que nos caen bien, o de los que esperamos sacar algo. Nuestro pan y nuestro amor deben estar disponibles para todos. Así lo quiere Jesús. Y como decíamos un poco más arriba, ojalá nosotros hubiéramos podido colaborar en la redención pacífica, claro que para ello, antes la paz debe estar en nuestros corazones.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


JESÚS, EL HOMBRE SERVICIAL

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- La gran y auténtica humanidad del Señor era sensible al dolor y a cualquier clase de mal. Jesús temía a la muerte. Otra cosa es que iluminándola con su divinidad supiera aceptarla y llegara el día en que hasta fuera capaz de ofrecerla, pero no era este el momento. Ocurría que su compañero de proyectos mesiánicos futuros, Juan el Bautista, el famoso personaje que conmocionaba a las turbas y al que temían los poderosos, fue ejecutado en la fortaleza de Maqueronte por el pérfido rey Herodes. Se veía venir el triste fin. Un poderoso no admite denuncias y menos si vienen de un triste ciudadano de vida algo, o mucho, estrambótica y de testimonio radical que certificaba la autenticidad de su discurso. No era la hora del Señor y se alejó discretamente. Su obrar obedecía a la justa prudencia. Uno puede apartarse de turbas enfervorecidas en un concierto, o huir de manifestaciones, o escaparse de mercados populares concurridos, pero, a cualquier lugar que vaya encontrará gente necesitada, pobre, enferma, triste. Y el maestro no escurrió el bulto. No había llegado su hora, pero la de hacer el bien, siempre lo era. Curo a enfermos.

2.- Pero llegó el momento que las necesidades no eran de gente concreta. Era la misma multitud que se había ido congregando para escuchar su palabra, la que estaba hambrienta. Su vida, la vida del Maestro, peligraba. No obstante, no iba a escurrir el bulto. Pero esta vez quiso solicitar colaboración. Ante la magnitud de la necesidad, era preciso disponer de una gran cantidad de alimentos, que allí evidentemente no había. Resultó suficiente la colaboración de alguien, otro evangelista nos dice que era un muchacho, que ofreciera generosamente lo poco que tenía. Disponía en su zurrón de pan, nada extraño, ni aun ahora que alguien tenga. Tenía también pescado, cosa fácil de comprender si sabemos que a poca distancia había una población: Migdal o Mágdala, (cuna de la buena María, que todavía no se había incorporado a la “tropa”).

Pues bien en esta ciudad existía una industria de salazón de pescado, cuyos productos llegaban hasta la misma Roma. Imaginaos, pues, que los dos peces eran dos bacalaos secos, o dos arenques saladas o salmón ahumado. Son productos que conoceréis y que os los cito para que no creáis que el chico llevaba consigo pescado fresco, (que en el lugar por su habitual elevada temperatura deja pronto de serlo). Se trataba de un chico generoso. Su gesto pequeño, de todos modos le costaría lo suyo darlo, dio pie a la gran generosidad del Señor. Una gran multitud se sació y hasta hubo sobras.

Os recuerdo, mis queridos jóvenes amigos, el dicho que pronunciado en presencia del Maestro es mucho más cierto todavía: nunca se sabe el bien que se hace, cuando se hace el bien.

3.- A la luz de estas enseñanzas comprenderemos la razón que tienen las aseveraciones que trasmite San Pablo a los romanos. Cuando uno ha experimentado la bondad de Dios se siente con fuerzas para apartarse de todas las malas sugerencias. Llega a tanto su convencimiento que dice que ni los ángeles serían capaces de apartarle del camino escogido. Y uno piensa ¿no es una temeridad creerse superior a seres desconocidos y ciertamente poderosos? Pues no. Pueden ser potentes, pero la capacidad que da la Gracia siempre podrá vencer a todo enemigo creado.