XVII Domingo del Tiempo Ordinario
27 de julio de 2008

La homilía de Betania


1.- TÉCNICA DE LA VIDA CRISTIANA

Por Gustavo Vélez, mxy

2.- ¿QUIEN ES DE VERDAD NUESTRO TESORO?

Por José María Martín OSA

3.- BUSCAR EL TESORO

Por Gabriel González del Estal

4.- NADA VALE COMO ESE TESORO

Por Antonio García-Moreno

5.- ¡A LA TERCERA, LA VENCIDA!

Por Javier Leoz

6.- LA ILUSIÓN DE ENCONTRAR UN TESORO

Por José María Maruri, SJ

7.- LAS PROPIAS EXPERIENCIAS

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


SABIDURÍA EN FORMA SEMÍTICA

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- TÉCNICA DE LA VIDA CRISTIANA

Por Gustavo Vélez, mxy

“Dijo Jesús: El Reino de los Cielos se parece a un comerciante en perlas finas. Al encontrar una de gran valor, se va vender todo lo que tiene y la compra”. San Mateo, Cap. 13.

1.- Por el Mediterráneo – el Mare Nostrum de los romanos – iban y venían los mercaderes de oriente que comerciaban maderas finas, telas, especias, objetos de arte, piedras preciosas. Y obviamente perlas, que servían entonces como ahora, para exhibir riqueza y presumir importancia. Y ya en tiempos de Salomón eran conocidas en Israel. Las mejores provenían del Golfo Pérsico.

Hoy sabemos que las perlas se forman por una secreción calcárea de ciertos moluscos. Las hay de diversas formas y de variados tintes: Blanco, negruzco, rosado. Lo cual influye obviamente en su valor. Junto a la pobreza del pueblo judío no faltaron mujeres aficionadas a adornarse con perlas, como aquella pecadora de Babilonia que presenta el Apocalipsis. Lujos que la comunidad cristiana rechazaba.

2.- En su parábola el Señor nos presenta a un hombre habilidoso, que de pronto halla una perla de gran precio. Si la compra se hará rico para siempre. Por lo cual decide vender todos sus bienes. No explica Jesús qué poseía este hombre. Tal vez una viña, algún rebaño, una casa en Jerusalén, un par de bueyes y un arado. Pero en el trato con los de su oficio había aprendido a distinguir, a simple vista, las perlas finas y aquellas sólo de apariencia. No estaría contento de su estatus económico. Y ahora se le ofrecía el negocio del siglo. Sería rico, establemente rico. Así enseña el Maestro que hay algo en nuestra vida por lo cual vale la pena entregar otros bienes. Nos habla del Reino de los cielos. Nosotros podemos traducir: La plena realización de cada quien. Y en el lenguaje tradicional, la salvación eterna.

3.- Guillermo Valencia encierra nuestra historia mortal en un melancólico soneto: “Cuna. Babero. Lápiz. Tesis. Diploma”. Para terminar en “Tumba. Silencio. Ortigas. Ausencia y cruz mohosa”. Tiene razón en parte. Pero cada uno puede pintar su espacio temporal del color que le guste. Llenarlo con los valores que prefiera.

Los discípulos de Cristo hemos de negociar mientras vuelve el Señor, como ordenó aquel amo a sus criados cuando les repartió los talentos. La técnica de la vida cristiana consistiría entonces en descubrir qué es esencial y qué es secundario para vivir a perfección en esta vida y lograr luego la recompensa eterna. Entre lo primero estarían la serenidad, la moderación, la generosidad con los pobres, la transparencia, el amor de familia. En otros términos, aquel programa de las Bienaventuranza que Jesús presentó a sus seguidores.

4.- Todo esto nos lleva a una existencia equilibrada y amable, a pesar de las dificultades. Comprenderemos luego que lo demás puede feriarse a la primera oportunidad. Porque es juego de niños, espejismo, vana ilusión. Pero, mirando nuestro entorno advertimos que muchos sufren de miopía existencial. Para ellos vale más lo inmediato, lo aparente, aquello de relumbrón y fantasía. Por lo cual se nos puede aplicar frecuentemente aquella sentencia del Señor: “¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su vida?”.

Convendría entonces hacerle a nuestro corazón una seria auditoría: ¿Qué bienes es preciso entregar? ¿Con qué ambición codiciamos los bienes verdaderos?


2.- ¿QUIEN ES DE VERDAD NUESTRO TESORO?

Por José María Martín OSA

1.- El Reino de los cielos es el mismo Jesucristo. El Evangelio de hoy nos propone tres parábolas del Reino de los cielos. Son tres parábolas propias de San Mateo que no tienen paralelo en los otros Evangelios: la parábola del tesoro escondido en el campo, la parábola del mercader en perlas preciosas y la parábola de la red. Las tres comienzan con la misma introducción: “El Reino de los cielos se parece”….Son continuación de las parábolas del domingo anterior. Si se hace un recuento de las seis cosas a las cuales se asemeja el Reino de los cielos, veremos que ellas son de la más diversa especie: a un hombre que siembra buena semilla en su campo, a un grano de mostaza, a la levadura, a un tesoro escondido en un campo, a un comerciante que busca perlas preciosas, a una red arrojada en el mar. ¿Cómo se puede parecer el Reino de los cielos a cosas tan dispares como un grano de mostaza y una red arrojada en el mar; o como un hombre que siembra buena semilla en su campo y un mercader en perlas preciosas; o como un tesoro escondido en un campo y la levadura? En realidad, "el Reino de los cielos" no es una cosa concreta que uno pueda poner bajo una imagen; por eso no se puede comparar con nada concreto de este mundo. Las semejanzas del Reino de los cielos con que comienzan las parábolas no son comparaciones con las cosas de esa lista que hemos enumerado más arriba, sino con la situación completa que se describe.

La expresión "Reino de los cielos" fue usada por Jesús como un medio para revelar el misterio de su propia Persona y de su misión. A la luz de esta última historia comprendemos que el tesoro escondido de nuestra parábola no es algo material, sino que es Cristo mismo, nuestro Rey supremo: importa infinitamente más el Señor de las cosas que las cosas del Señor. En efecto, todos los teólogos y biblistas católicos afirman con unanimidad que el Reino de los cielos del que Cristo nos está hablando en estas parábolas es ÉL mismo. El centro de su mensaje es su Persona. ¡Él es el único y verdadero tesoro de nuestro corazón! También San Pablo tenía como único objetivo anunciar la Persona de Cristo; así lo recuerda a los corintios: "No quise saber entre vosotros sino a Jesucristo" (1Cor 2,2). Pero encuentra la misma dificultad: "Hablamos no de una sabiduría de este mundo... sino de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra, desconocida de todos los príncipes”

2.- Cuando el hombre encuentra el tesoro de Jesús, está dispuesto a darlo todo. Alguien lo halla casualmente, cava más, reconoce el valor. Entonces hace algo que los demás observan meneando la cabeza. Vende cuanto tiene, y adquiere aquel campo. El precio de compra es tan alto, que tiene que arriesgarse todo lo que se posee, por modesto que sea. Se ha de vender todo, hay que entregarlo todo por causa de este valioso objeto. Este tesoro requiere una inversión alta, más aún, una inversión total. Todavía se añade otro pensamiento. Es la alegría inmensa de haber encontrado el tesoro. Esta alegría induce a la inversión inusitada. Ya no se calcula con sobriedad ni se sopesa en frío. En comparación con este tesoro todo lo demás que se posee es escaso, su valor no tiene proporción con el tesoro. Las cosas que se tienen, por muchas que sean, se vuelven insignificantes ante el verdadero valor por cuya causa vale la pena vivir. Este tesoro es el reino de Dios, y por tanto el mismo Dios. El que ha encontrado a Dios mediante el mensaje de Jesús, renuncia con alegría a todo lo demás. Ha encontrado la vida. El que tiene a Dios lo tiene todo. Sólo Dios basta. Esta verdad únicamente puede aprenderse en la vida real. La parábola de la perla no sólo suscita la idea de un altísimo valor, sino también de la belleza inmaculada. El reino de Dios no solamente es el más excelso valor, sino también el bien más bello y perfecto que se puede conseguir. Aquí se habla de un gran comerciante que trafica en joyas. Nunca ha encontrado una perla tan preciosa y fina. Sin reflexionar va a vender cuanto tiene, todo el inventario de su negocio para adquirir esta perla. Por su experiencia sabe que la perla recompensará la inversión. El corazón del hombre se queda intranquilo, hasta que la ha encontrado. Pero cuando la ha encontrado, está dispuesto a entregarlo todo por causa de este único objeto valioso. Cuando nos dedicamos a la búsqueda, no podemos descansar hasta haber encontrado lo que buscábamos.

3.- ¿Qué cosas son las que nos impiden encontrar el tesoro que nos hace felices? Las parábolas desean resaltar el gran valor del Evangelio predicado por Cristo, verdadero tesoro a descubrir, verdadera perla por la cual vale la pena venderlo todo. El acento se pone en el “descubrimiento” de Cristo que exige como consecuencia el “desprendimiento” de todo lo que se posee (no sólo lo material en cuanto dependencia de los bienes, también las maneras de actuar y pensar diferentes a las del reino), y así adquirir la perla encontrada. Esta acción debe estar caracterizada por la “alegría” y en “libertad” al llevarla a cabo, pues consideramos que vale la pena, porque el “comerciante” es una persona sabia. Esta es la actitud del cristiano que “entiende” la palabra de Cristo. A través de estas escenas rápidas pero esenciales, recibimos un mensaje concreto de sagacidad, rapidez y radicalidad de decisión, de alegría al realizarla. El evangelio es un mensaje siempre antiguo y siempre nuevo, no un anuncio fúnebre. Jesús nos invita ha aspirar a los bienes superiores y por esa razón debemos renunciar a bienes inferiores que aunque implican una renuncia no debemos preocuparnos ni sobrevalorarlos pues son transitorios. Es una renuncia positiva, pensada, hecha con capacidad ya que es darle un lugar al más, al mejor, un dar el todo por “el todo”; por esta razón hay “alegría” en nuestra decisión de renuncia. No olvidemos que “lo mejor es enemigo de lo bueno”. Este tesoro, perla preciosa es la palabra de Cristo, el reino, Cristo mismo. Darlo todo por él es ganarlo, no perderlo. Es importante que pensemos qué “bienes” que consideramos valiosos nos están impidiendo hacernos de ese “campo” donde está el tesoro escondido, que tipo de actitudes nos impiden actuar ante los demás como esa “perla” de gran valor.


3.- BUSCAR EL TESORO

Por Gabriel González del Estal

1.- Nos dice Jesús, en el evangelio de hoy, que el Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido. ¿A qué reino se refería Jesús de Nazaret? Sin duda, al reino que él venía a instaurar, un reino, en palabras litúrgicas, de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz. Evidentemente, un reino que sólo Dios puede hacer realidad. Jesús quería instaurar este reino en todo el mundo, comenzando, claro está, por Israel. Sería un reino donde no habría diferencias sociales, ni enfermedad, ni dolor, ni muerte. En el Reino de Dios seríamos todos como ángeles de Dios. Para entrar en este reino, para poseerlo, deberíamos llenar nuestro corazón de fe en Dios, de esperanza y de amor. ¿No sería Jesús de Nazaret un iluso al aconsejarnos la búsqueda de este reino y, una vez encontrado, dejar todo lo demás para comprarlo? Tenemos que reconocer que, hasta el momento presente, no vemos por ningún lado el posible reino de Dios. Pero, la pregunta es: ¿hemos buscado, con sinceridad y valentía, este reino? ¿Hemos defendido y practicado, como valores principales de nuestra conducta, la verdad y la vida, la santidad y la gracia, la justicia, el amor y la paz? O, por el contrario, hemos preferido la mentira social y política, la muerte de inocentes e inválidos, el pecado de nuestra ambición y egoísmo, la injusticia, el desamor, la guerra? Es decir, en lugar de buscar el tesoro de Dios, ¿no habremos buscado, más bien, otros tesoros más materiales, mezquinos y egoístas? Pero, entonces, si ni siquiera buscamos el Reino de Dios, el tesoro de Dios, ¿cómo nos atrevemos a decir que se trata de un tesoro imposible de encontrar? De hecho, muchas personas, muchos santos, sí han encontrado este tesoro y lo han dejado todo por él, y han vivido muy felices, llenos de santidad y de gracia, y de verdad y de vida, y de justicia y de amor y de paz. Y así lo predicaron y lo anunciaron al mundo entero, pero el mundo lo les escuchó.

2.- El tesoro del corazón.- En la lectura del libro de los Reyes se nos dice que Salomón pidió a Dios que le concediera el tesoro de un corazón dócil e inteligente para poder discernir el mal del bien. Al Señor le agradó la petición de Salomón, porque antepuso la bondad y la sabiduría a las riquezas y al poder. Dejando a un lado la interpretación exegética de este texto, sí es bueno que nosotros nos animemos a imitar en esto a Salomón. Un corazón bueno e inteligente es un tesoro mayor y nos acerca al Reino de Dios más que las muchas riquezas y el poder. La felicidad interior y la paz del alma nos vienen más por la santidad y la justicia, que por los bienes materiales. El Reino de Dios, el tesoro de Dios, está dentro de nosotros, más que en el disfrute exterior de los bienes materiales.

3.- San Pablo, en su carta a los Romanos, nos dice una frase que debe iluminar diariamente nuestra vida: Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien. Esta es una verdad que muchos de nosotros hemos podido comprobar, oyendo hablar a personas sencillas y profundamente cristianas. Las alegrías les animan a alabar a Dios y las penas les ayudan a acercarse más a Dios y a invocarle más piadosamente. Todo les habla de Dios y todo les ayuda a encomendarse a él y a echarse en sus brazos. Son personas íntimamente felices, aun en medio de circunstancias azarosas y complicadas. Dios les ha concedido un corazón bondadoso y sabio y todo lo que les ocurre, les ocurre para bien. Estas personas sí que han encontrado el tesoro, sí que viven ya en esta vida un anticipo del Reino de Dios.


4.- NADA VALE COMO ESE TESORO

Por Antonio García-Moreno

1.- Pídeme.- Salomón ha sucedido a su padre el rey David. Ahora es él quien se sienta en el trono de la casa de Jacob, quien rige los destinos del pueblo. El pasaje de hoy nos presenta al joven rey después de haber ofrecido un sacrificio a Yahvé, el Dios vivo de Israel. Por la noche, durante el sueño, Salomón tiene una visión. Dios se le presenta y le pregunta qué es lo que más desea, cuál es su mayor anhelo para concedérselo, sea lo que fuere.

Salomón responde: "Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien...". Salomón se ha olvidado en su petición de sí mismo, sólo está preocupado, hondamente, de su pueblo, de cómo regirlo con acierto, teniendo en cuenta el bien común de todos, sin dejarse llevar del favoritismo, ni de las apariencias. Ha preferido los bienes espirituales a los materiales. Buen ejemplo para cada uno de nosotros que tantas veces pedimos con una visión egoísta, sin mirar el bien de los demás, sin tener en cuenta una justa jerarquía de valores que pone lo espiritual por encima de lo material.

Dios responde a la plegaria de Salomón: "Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido ni lo habrá después de ti...". Y Salomón será el prototipo del rey sabio. Y junto con la sabiduría le vendrán los demás bienes a manos llenas. Su reinado será el de mayor esplendor, dejando un recuerdo indeleble en la mente y en el corazón de todo israelita.

Pedir a Dios, rezarle con la confianza de que somos escuchados. Pero pedirle como cristianos y no como paganos. Sabiendo apreciar los valores del espíritu, buscando primeramente el Reino de Dios y su justicia, conscientes de que todo lo demás nos vendrá por añadidura. Así, pues, ante todo el Reino de Dios, la Iglesia, el papa, los obispos y sacerdotes. Después el bien de la patria y el del mundo entero, nuestros familiares y amigos. Y por fin, nosotros mismos. Y Jesús, que es bueno, infinitamente, premiará nuestro desinterés, nuestro deseo auténtico de ayudar, sin esperar nada de los hombres, a todo el que lo necesite.

2.- El más preciado tesoro.- Jesús pregunta a los suyos si entienden sus palabras. Una pregunta que se dirige también a nosotros. Son palabras tan sencillas y claras, que sería extraño que alguien no las entendiese. Es verdad, además, que son palabras muchas veces oídas. No obstante, siempre es conveniente recordarlas. Hemos de hacer como ese escriba de que nos habla Jesús, el cual mete sus manos en su viejo baúl para sacar de él lo antiguo y lo nuevo. De esa forma consigue que toda su vida sea iluminada por ese rico arsenal de doctrina, de ideas y de recuerdos, que constituyen su más preciado tesoro.

Sí se trata del mejor tesoro, el más valioso don que el hombre puede codiciar, por muy grande que sea su ambición. Por eso el que lo encuentra, el que descubre su valor, ese lo sacrifica todo por obtenerlo. Nada vale como ese tesoro y quien lo consigue tiene ya todo cuanto se puede desear. Es el mayor bien que existe o que pueda existir.

Una perla preciosa que colma las más grandes exigencias del corazón humano. Dios quiera que lo descubramos, ojalá deseemos poseer ese tesoro que el Señor nos ofrece, entrar en el Reino de los cielos. Cuando comprendamos lo que eso significa, entonces todo nos parecerá poco para llegar a poseerlo.

La alegría, la dicha, la felicidad, la paz, el gozo, el bienestar, el júbilo, la bienaventuranza. Ahora, ya en esta vida de forma parcial e incoada. Una primicia que, sin serlo todo, es más que suficiente para que, aunque sea entre lágrimas, brille siempre una sonrisa, y florezca la esperanza también cuando todo nos haga desesperar. Inicio del gozo eterno que un día concederá Dios a quienes le permanezcan fieles, aun con altibajos, hasta el final. Entonces podremos abrir del todo ese cofre que contiene nuestro más preciado tesoro y disfrutar para siempre del Bien supremo, contemplando la Belleza sin fin y comprendiendo la Verdad esplendente que es Dios mismo.


5.- ¡A LA TERCERA, LA VENCIDA!

Por Javier Leoz

Con este domingo cerramos este periplo de parábolas que, durante estos tres últimos domingos, hemos tenido la oportunidad de recorrer de la mano de Cristo.

1.- Hoy, son “tres en una”. Dos nos llaman y nos invitan a la alegría: el tesoro escondido y el mercader de perlas finas. Y, otra más, que –en parte- nos recuerda a la de la cizaña: tenemos que aprender a convivir en medio de las dificultades. Ni todo está bien, ni todo está mal. Pero, en el discernimiento, siempre encontraremos razones para ir hacia delante.

¿Es un tesoro nuestra fe? A veces ¿no os parece que es una bonita canción, con letra antigua, que nos hemos aprendido de memoria y que por lo tanto no nos sugiere nada nuevo? ¿Qué ocurriría si, por ejemplo, Jesús nos dijera que al final del mundo podemos encontrar la razón de nuestra felicidad? ¿Nos pondríamos en marcha como, por ejemplo, lo hizo Santiago Apóstol, Francisco de Javier, Teresa de Calcuta u otros tantos santos conocidos o anónimos?

2.- Sí, amigos. La fe o es un tesoro, o es una hojalata con mucho ruido y pocas nueces. Siempre es bueno recordar aquella famosa parábola del hijo con su padre; ¿Qué oyes al fondo hijo mío? Escucho que viene un carro, padre. Sí, hijo; y además viene vacío. ¿Cómo sabes padre que, el carro, viene vacío y no cargado? Porque a los carros les ocurre lo que a muchas personas: meten mucho ruido porque están sin contenido.

La fe, hermanos, nos tiene que llenar. Y, cuando digo llenar, significa que la fe es lo más grande que tenemos en nuestra vida.

3.- Resulta un poco esperpéntico cuando, a diversos artistas, cantantes, pintores, etc., les preguntan sobre su vida. Todos responden con facilidad y prontitud sobre el último libro que leen, sobre sus gustos, familia, aficiones…pero qué raro es leer que alguno afirme: no entiendo mi vida profesional sin Cristo. La fe me ayuda, etc. (por supuesto que hay excepciones pero no es la generalidad).

Con nosotros puede ocurrir algo parecido. No nos hacen encuestas (entre otras cosas porque no somos famosos y, por otro lado, nos evitamos el yugo de la fama) pero cuando estamos en el mundo laboral, cuando compartimos mesa y mantel con los amigos, cuando vamos de vacaciones, cuando nos sentamos ante el televisor y escuchamos y vemos programas ofensivos a nuestra Iglesia. ¿Cómo reaccionamos? ¿Con el silencio o con la rabia contenida? ¿Con nuestra oración o con nuestra indiferencia? ¿Con nuestra firmeza en la fe –pues la Iglesia también es perla preciosa- o con la duda sobre ella?

Porque, si leemos detenidamente el Evangelio de este día, no podemos dar por válido todo lo que cae dentro de las redes del mundo. Tenemos que aprender a tener sentido común sobre las cosas. Hemos de saber que, no todo lo que se nos da, es oro molido ni mucho menos.

4.- Para ello os invito en este domingo a que reafirmemos nuestra fe en Jesús. A que le digamos: ¡Eres lo más valioso! ¡Lo demás al lado tuyo es bisutería!

Para ello os invito en el Día del Señor a que nos vean contentos y alegres de ser cristianos. Es decir; que se nos note. Que no nos disfracemos con el mismo traje de luces que visten los incrédulos, los agnósticos o los ateos. Si somos de la peña de Jesús ¿no os parece que hemos de vestir el traje de fiesta?

Que el Señor, en este domingo, nos haga limpiar más aún ese gran tesoro de nuestra fe. Que todos los domingos dejemos esos pequeños caudales que todos tenemos (ocio, deporte, monte, playa, etc.) y vayamos en busca del gran tesoro que es Cristo en la Eucaristía, en la oración, en el sacramento de la penitencia o en la caridad con los demás.

5.- ERES MI TESORO, Y ME BASTA

He caminado durante mucho tiempo

Me he detenido en infinidad de escaparates

He comparado precios y calidad

Y, te confieso, Señor,

que como Tú, no hay nada.

Me detuve en una gran hacienda

y, no me aseguraron, ni un solo año más en mi vida

Pero, al acercarme a un trozo de tu tierra

he comprobado, que tu tesoro,

es lo más grande….y me basta.

Ayúdame, Señor, a no esconder el oro del mundo

y, en cambio ,mi Señor,

enséñame a descubrir los que Tú

desde el día de mi Bautismo

metiste en el hondo de mi corazón.

¿Lo harás, Señor?

Mira que, sin quererlo,

Soy demasiado ciego para dar con tu tesoro

Mira que, como humano,

abro los ojos ante el encanto del diamante,

el topacio o la simple plata.

Pero, te confieso Señor,

que, poniéndolo todo encima de mi mesa

no hay tesoro como el tuyo:

¿Quién me dará la vida?

¿Quién me dará un futuro?

¿Quién me dará amor sin medida?

¿Las riquezas o tu rico amor?

¿La apariencia o la fe?

Eres mi tesoro, Señor,

y, te confieso, que me bastas.

Eres mi tesoro, Señor,

y desde que te descubrí

he aprendido, entre otras cosas,

lo siguiente:

merece la pena vender parte de mi tiempo

de mis afanes y de mis jornadas

de mis ilusiones y de mi temperamento

para no perderte en mi trayecto.

Amén.


6.- LA ILUSIÓN DE ENCONTRAR UN TESORO

Por José María Maruri, SJ

1.- Todos hemos tenido la ilusión o el sueño de encontrar un tesoro. Las novelas y películas que se han hecho por estos temas son innumerables. Y en la vida de cada día sigue siendo la ilusión d todos los que juegan a la lotería a las quinielas. ¡Encontrarse de repente con una cantidad nunca soñada en las manos! He conocido a una persona, de la mañana a la noche se encontró con que le habían tocado ¡un millones de euros!

2.- Jesús nos dice que el Reino de los Cielos -- no el cielo que no espera-- sino ese Reino de que Él nos habla, y que ya existe la tierra y se va desarrollando como el grano de mostaza, ese Reino es algo que se descubre con inmensa alegría. El que realmente cae en la cuenta de lo que ha encontrado con poseer la Fe, cae en la cuenta de que su vida, el valor de la vida ha cambiado por completo.

Compara lo que tiene con lo que ha descubierto y se da cuenta de que no tenía nada de que lo puede dar todo, dejar todo por poseer con más plenitud lo que acaba de descubrir.

3.- Descubrir el Reino es descubrir a Dios, Dios cercano, creído, amado y poseído, Dios activo y transformante del hombre y del mundo. Descubrir tierras nuevas debió ser algo maravilloso para aquellos aventureros de otras edades. Ver aparecer en la bruma de la mañana valles, montes y bosques que desde el comienzo del mundo habían estado ocultos en la lejanía de los mares y que había ya vivido en la fantasía solo de los hombres debió ser una experiencia que aquellos descubridores de América nunca olvidarían.

Nosotros mismos hemos tenido ocasión de asistir delante del televisor al descubrimiento de la luna. Ese momento grandioso en que el primer hombre puso su pie en la tierra rocosa de la luna. Esos descubrimientos han tenido una novedad que es difícil que el hombre los olvide.

Pues Jesús nos dice que encontrar el Reino, encontrar nuestra Fe en Jesús Dios-hombre, que ha venido a hacer un solo pueblo de todos nosotros, es de una categoría tal, que debe ponerse en lo más alto de la escala de nuestros valores.

4.- Respecto a nuestra Fe, a nuestra vida religiosa, tenemos nosotros esa experiencia de sublime alegría de haberlo encontrado todo, haber encontrado algo que llena por entero nuestra vida, algo de tal categoría que dejar todo lo demás, no es dejarlo sino es llenarse en plenitud.

--¿Por tener Fe, tengo la sensación de que me ha tocado la lotería? ¿De que me ha ganado la gran quiniela?

--¿Es mi relación con Dios lo más esencial de mi vida? ¿Algo que cuenta ante todo? ¿Algo en lo que pienso ante todo al tomar decisiones en mi vida?

--¿O es mi religión un adorno cultural, una condecoración en mi vida?, como se puede tener la Gran Cruz del Mérito Civil, la medalla de Alfonso X el Sabio, Socio del Club de Puerta de Hierro, y miembro de la Iglesia Católica.

Donde está tu tesoro está tu corazón, ¿tenemos ante todo el corazón en Dios?, si no es sí hemos sido unos molos comerciantes, que hemos tenido en nuestras manos la perla más preciosa y la hemos cambiado por cuentas de cristal, como cambiaban los indios americanos su oro por bolitas de colores de cristal. Con frase fuerte Pablo no diría que hemos considerado más el estiércol de la vida que al mismo Dios.


7.- LAS PROPIAS EXPERIENCIAS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- A veces son las propias experiencias las que más te inspiran para hablar de la Palabra de Dios. Y eso puede significar que estamos bien, que todo lo que nos ocurre está cerca de la mano del Señor. Por ejemplo: no era yo tan joven cuando comencé a dar, en solitario, unos largos paseos por una playa alicantina. Allí viajaba –y viajo—con frecuencia. Y en esos paseos ya con más de cuarenta años esperaba encontrarme un tesoro lanzado por el mar a la playa. No era una obsesión pero, en efecto, esperaba que el mar regalase algo valioso. Yo también buscaba mi tesoro escondido. No era tanto la búsqueda exclusiva de dinero o de algo muy valioso. Se trataba de esperar algo que me cambiase la vida o me hiciese más feliz. Cuando yo comencé a dar esos paseos no era creyente. Y, cuando lo fui, ya no buscaba el tesoro. De ello me he dado cuenta ahora, hace muy poco tiempo.

La especial finura psicológica de Jesús de Nazaret nos muestra en el evangelio de Mateo de hoy que todo hombre y toda mujer buscan su tesoro. Claro, algunos, lo encuentran; otros, jamás. Y muchos creen que han encontrado un tesoro cuando, en realidad, solo han hallado quincalla, bisutería. La cuestión es saber, y discernir, cual es nuestro tesoro oculto verdadero y necesario para que nuestra vida sea mejor. También, esa ya aludida finura de Jesús en el análisis de la mentalidad humana lo llama tesoro que es una palabra que plantea, la mayoría de las veces, que existe en su interior un contenido de riquezas materiales e inmediatas, de dinero. Y Jesús no es amigo del dinero, pero sabe que los hombres y mujeres de todos los tiempos si lo son. Y lo que desea es dar verdad a sus vidas. Enseñarles que el verdadero tesoro que necesitamos para ser felices es vivir en sintonía con el Reino de Dios, dentro de él. Lo demás, como decía antes es quincalla, bisutería.

2.- Vamos “atravesando” en estos domingos de julio la “ruta de las parábolas”. Hemos leído varias. Nos llamó la atención el domingo pasado la de la cizaña, porque es una explicación necesaria de Jesús a unos de los grandes enigmas de la humanidad: la coexistencia del bien y del mal dentro de la presencia totalizadora del Dios Bueno. Es la pregunta de “¿Por qué Dios permite esto? Y, desde luego, hay situaciones muy cercanas que nos llevan a hacer esa terrible pregunta. Ahí están los salvajes atentados de Londres, Madrid y Nueva York. La libertad absoluta de hombres y mujeres les lleva a asumir su propio camino. La idea de “imagen y semejanza” anunciada por Dios en el momento de la creación del género humano es eso. Dios es libre. Nosotros, también. Resulta chocante que el poderoso deje ser libre al débil. Pero Dios es así. Y es que nuestra libertad para hacer el bien o el mal está presente en nuestras vidas y no hay nadie –absolutamente, nadie—que no haya experimentado su capacidad cotidiana para hacer el bien y el mal. Y es esa libertad plena la que, asimismo, nos lleva a poder elegir el tesoro del Reino de Dios, totalmente, libremente, sin coacciones. Tampoco hay “coacción” divina en la búsqueda del bien. Es la capacidad de discernimiento que nos da nuestra libertad lo que nos lleva a ello.

3.- Salomón –nos cuenta el libro de los Reyes—escucha una pregunta fabulosa, soñada, también, por todos. Dios le pregunta: “Pídeme lo que quieras”. La respuesta va a ser humilde, pero magistral: “da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien”. Y el Señor entusiasmado por la respuesta dará a Salomón todo lo mejor que se puede encontrar en la tierra. Es obvio que Salomón opta por lo que llamaríamos el talante del Reino de Dios. Y ello, pues, guarda su relación con el tesoro de la parábola. Pero, también, se pone de manifiesto un hecho muy habitual y corriente en la vida humana. Pedir a Dios lo que necesitamos o lo que –según nosotros—nos falta. “Pedir y se os dará” dice Jesús. Entonces que es lo que podemos pedirle a Dios. Pues, sinceramente, creo que todo, hasta que nos toque la lotería, porque como Padre Bueno que es entenderá nuestras peticiones. ¿Todo lo que pedimos nos lo puede dar? No claro que no. No todo nos conviene o, realmente, existe. Además, Dios no puede traicionar sus propias leyes. Lo que sería absurdo por otra parte es ir con reservas a nuestra conversación habitual con nuestro Padre.

Es posible que a todo esto haya que aplicar la frase del Apóstol Pedro respecto que para Dios mil años son como un día. Es decir, que nuestro cómputo respecto a los dones generosos dados por Nuestro Señor Dios, deben tener un recorrido, espacio y tiempo. Como niños impacientes que somos desearíamos que lo pedido nos llegue inmediatamente, a vuelta de correo. Pero no es así. En mi caso, he de reconocer que examinando mi vida de unos cuantos años –no pocos—he obtenido mucho de lo que he pedido. Tal vez, concretado de otra manera la petición inicial. No le podemos poner puertas al campo de nuestra relación con Dios, ni tampoco querer llevar a nuestro Padre por los caminos inmediatos de nuestra cambiante existencia.

4.- Hemos leído un brevísimo fragmento de la Carta de Pablo a los fieles de Roma. Y, sin embargo, es más que fundamental. Resume el plan completo de Dios para nuestra salvación. La doctrina de la Iglesia ha hablado de vocación, elección, predestinación y justificación como los pasos para dicha salvación. Y nadie, como Pablo de Tarso, lo ha referido de manera tan breve y completa. La cuestión es que ese plan de salvación tiene dos lados inseparables, diferenciados, pero inseparables. La salvación es individual y comunitaria. La salvación llega a cada uno de nosotros, pero incardinados en un conjunto de bien, amor, solidaridad, belleza y felicidad que contiene el Reino de Dios. Y así, las palabras de Pablo nos ayudan a mejor comprender todo lo que hemos dicho anteriormente y que no es otra cosa que la relación con Dios en el contexto de una vida coronada por el descubrimiento del Reino de Dios. Debemos meditar muy especialmente las lecturas de hoy. Merece la pena que hoy especialmente –siempre hay que hacerlo—cuando lleguemos a casa leamos y releamos estos textos de la Misa de hoy. Y abrir con ellos una meditación abierta, como la búsqueda del tesoro escondido. Y no nos debe faltar una condición en nuestro avance. Ella está perfectamente definida en el versículo responsorial del salmo 118 que hemos proclamado: “¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!

Y, en fin, que hagamos muy nuestras todas estas vivencias, que las alojemos en lo más profundo de nuestro corazón y que, con ellas –y ante la mirada atenta del Señor Jesús—seamos capaces de ofrecérselas a nuestros hermanos.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


SABIDURÍA EN FORMA SEMÍTICA

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Para nuestra mentalidad, mis queridos jóvenes lectores, el comportamiento del rey Salomón no fue ejemplar. Sus devaneos con muchas mujeres y su gobernar teñido de tiranía, amén de episodios como la visita de la Reina de Saba y otras historias, nos cuesta admitirlos. Claro que hay que ser sinceros. Nosotros no damos importancia a tantos gastos inútiles como hacemos, pese a que redundan en la pobreza de otras gentes. Olvidamos la plegaría, que es un ejercicio espiritual que centra la vida humana. Poseemos muchas cosas en propiedad y las tiramos cuando no caben en casa o por el simple hecho de haber pasado de moda, pese a saber que idénticos colchones que abandonamos, vemos como en otros lugares los desplazan a grandes distancias, para tener un sitio donde descansar. Nuestro juicio es radical cuando lo es respecto de los otros y cuando se trata de nosotros mismos, ni siquiera nos detenemos un momento a analizar nuestras costumbres. Pues bien, Salomón era un hombre que en muchos terrenos reconocía sus limitaciones y allí donde sus capacidades no llegaban, sabía solicitar la ayuda de Dios. ¿Qué jefe de estado o de gobierno de los nuestros sería capaz de pedir a Dios sabiduría y no poder? ¿Visión de organización y no dominio militar? El libro de la Sabiduría, en el inicio del capítulo nueve, nos recoge la que pudo ser la oración que elevó el Emperador a Dios. Os recomiendo que la busquéis y en alguna ocasión, vosotros también la recéis.

La sabiduría que pretende trasmitirnos el Señor no es conceptual, Él se sirve de parábolas. Ocurre a veces que lo que se acomodaba a aquellos tiempos, no es apto para los nuestros. Me estoy refiriendo a los ejemplos que pone, no a la doctrina que desea trasmitir.

2.- Empieza el evangelio de hoy con el buscador de tesoros. Hoy en día, si alguien encuentra uno, sabe que tiene que dar cuenta al correspondiente departamento gobernativo de antigüedades y un comportamiento como el de la parábola, no sería admisible. Se me ocurre pensar que tal vez el Señor diría: ser espabilado, servidor del Reino de los Cielos, es como aquel hombre de negocios que descubrió que había un pueblo donde no existía ningún centro de trasportes. Cada uno debía llevar por su cuenta sus manipulados a los mercados, suponiendo esto, gastos innecesarios. Aquel municipio que visitaba, crecía mucho y era en aquel momento la gran ocasión para instalarse. El negociante consiguió préstamos, hipotecando para ello hasta los muebles de su abuela. Compró camiones, supo establecer vínculos comerciales con el exterior y llegó a poseer una gran fortuna. Dicen que la ocasión la pintan calva y él no la dejó pasar.

A la gente que escuchaba a Jesús le eran bastante desconocidas las perlas. Ellos sabían lo que eran los metales finos y el marfil. Tendrían noticias de que en algunos mares podían encontrarse perlas, pero no era un adorno común que acompañase al ajuar femenino, ni a otros menesteres. Pienso yo que vosotros, mis queridos jóvenes lectores, ignoráis el precio que tienen estas joyas, el valor que se da a las diferentes tonalidades, tamaños e irisaciones de su superficie. Se me ocurre que el Señor lo contaría así: un jubilado, aprendiz de coleccionista de arte, recorría todos los mercadillos que se celebraban por sus pagos. Descubrió un día en un tenderete, una figura que parecía de vulgar yeso, pero que al observarla con detenimiento vio que bajo la burda capa superficial, se escondía una talla de buena madera, bien conservada, y elegante diseño, que, por sus formas, era de un estilo que se apreciaba mucho. Se fue a casa y vendió el ciclomotor y las cámaras fotográficas. Vació el almacén de un stock de productos de limpieza y una partida de pinturas de importación. Cuando consiguió el suficiente dinero, haciéndose el tonto, se dio una vuelta por el mercadillo y aun fue capaz de regatear al mercader, ignorante del valor de aquel objeto que había encontrado en un derribo.

3.- Se parece el buen miembro del Reino, continuaría el Señor, a un emigrante que llegó de tierras lejanas y, los del pueblo en el que se asentó, le trajeron muchas cosas para que pudiera subsistir. Algunas le eran superfluas, ¿para qué le iba a servir a él unas raquetas de tenis, o unas faldas con volantes? Pero él lo aceptaba todo y en su casucha lo clasificaba pacientemente. Alguna cosa sí que llegó a tirarla, otras las dio a ciertos compañeros y con las más, pudo defenderse del frío y aprovisionar de enseres su cocina.

Ya lo veis, mis queridos jóvenes lectores, las enseñanzas del Señor, os exigen que seáis espabilados, que aprovechéis las ocasiones propicias, que no seáis indiferentes y queráis pasar de todo. Francisco el de Asís, por ejemplo, se sirvió de las ruinas de una diminuta iglesia, que los monjes del lugar ni necesitaban, ni utilizaban. Reconstruyendo paredes de la Porciúncula, se inició aquella gran aventura que trasformó la Iglesia y de cuyas consecuencias todavía hoy gozamos. Ignacio, el de Loyola, se resguardó en un abrigo natural de un declive, frente a la montaña de Montserrat, para meditar y decidir los rumbos que debía dar a su vida. Jerónimo, aprovecho una gruta de Belén, para guarecerse de la intemperie y dedicarse a la gran obra de la traducción latina de la Biblia, ¡de tantas vidas sencillas se han servido hombres astutos en el campo espiritual para apartando riquezas y comodidades, y desechándolas, sacar un buen provecho!

4.- Ante este panorama de posibilidades ¿por cual se ha de decidir cada uno de vosotros? Lo que es evidente es que Dios no quiere que vivamos sin dar sentido a nuestra vida. No es preciso que vengan a casa. Somos nosotros mismos los que debemos salir a prestar servicio, a iluminar la vida que se apaga, la salud que está en declive.

Interesaos por muchas cosas. Enriqueceos con cualquier objeto o enseñanza que permita aumentar vuestra fortuna espiritual. Uno puede ser modestamente rico, sin que ello suponga que alguien por su culpa sea masacrado o viva en miseria.