XIX Domingo del Tiempo Ordinario
10 de agosto de 2008

La homilía de Betania


1.- LA ORACIÓN ES DESCANSO DEL ALMA

Por Antonio García-Moreno

2.- EN EL SILENCIO, BUSQUEMOS A DIOS

Por Javier Leoz

3.- LA DIPLOMACIA VATICANA

Por José María Maruri, SJ

4.- DIOS NO ES UN FANTASMA

Por Gabriel González del Estal

5.- LAS RELIQUIAS DEL LAGO

Por Gustavo Vélez, mxy

6.- HEMOS DE PONER NUESTRA CONFIANZA EN EL SEÑOR

Por José María Martín OSA

7.- ¿ESPERAMOS A DIOS? ¿Y CÓMO?

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


VOLABA SOBRE LAS AGUAS

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- LA ORACIÓN ES DESCANSO DEL ALMA

Por Antonio García-Moreno

1.- Silencio.- Este pasaje del libro primero de los Reyes recoge uno de los peores momentos de la vida del profeta Elías. La reina pagana Jezabel le persigue con saña inaudita, queriendo vengarse a toda costa de ese hombre que ha vencido a los pseudoprofetas del dios Baal. Elías, atemorizado, emprende la ruta del desierto, se esconde en el monte, como un fugitivo al que están a punto de darle alcance sus perseguidores. Y ASÍ, al llegar al monte Horeb, se refugia en una cueva, buscando en la soledad la cercanía de Dios.

Elías comprende que sólo del Señor le puede venir el consuelo para su amargura; sólo en él puede encontrar la fortaleza necesaria para seguir caminando cuesta arriba. Por eso huye de los hombres y se interna en el misterio recóndito de la intimidad de Dios. Y Dios le espera ahí, en esa soledad serena. Como te espera a ti que, quizás, no acabes de refugiarte en Él... Buscar a Dios, hasta encontrarle en la soledad de nuestra habitación, en la lejanía de la montaña, o en la cercanía del río, en la compañía de sólo árboles, sol y agua. Buscar a Dios, llegar hasta él, acudir cada día, por unos momentos al menos, a esa cita, siempre abierta, de este Jesús Señor nuestro que siempre aguarda nuestra llegada.

Elías espera la llegada de Dios, sumergido en el silencio de la montaña. Y de pronto el viento se levanta violento, un huracán que hace crujir las rocas. Pero allí no estaba Dios. Luego la tierra comienza a temblar y a resquebrajarse en profundas grietas. Y tampoco en el terremoto estaba Dios. Apenas se calla el rugido de la tierra, cuando comienzan a crepitar en llamas los árboles de la ladera. Pero tampoco en el fuego estaba Dios.

De pronto, una brisa tenue, un susurro de las ramas, un silencio apenas roto. Y Elías se postra en tierra, consternado y exultante al sentir la cercanía de Dios... De siempre el espíritu del hombre ha necesitado el silencio para escuchar la voz de Dios. En efecto, el silencio no es sólo un sedante para los nervios y un reposo para nuestras facultades psíquicas, es también el clima habitual donde Dios se nos comunica. Aunque a veces es posible que la voz del Señor nos llegue en medio del fragor de la vida corriente. Pero de ordinario, y Dios así lo quiere, hay que buscarlo en la soledad, en el silencio de una iglesia, en la calma del amanecer, en la tarde serena y callada. Junto al río, o en la montaña, cara al cielo, en el silencio.

2.- ¡Señor, sálvame! Jesús se nos muestra con frecuencia recogido en oración. Él que venía a enseñar a los hombres estando en medio de ellos, se retiraba a menudo para estar a solas con el Padre. Ese gesto ya era un modo claro de enseñarnos que hemos de retirarnos a la soledad para hablar con nuestro Padre.

Se ha dicho, y es verdad, que la oración es como el respirar del alma. En efecto, es imposible vivir una vida interior seria, de íntima unión con Dios, si no se hace mucha oración. Por otra parte, y dicho de otra manera, es imposible alcanzar la perfección cristiana sin hacer oración. Quizás por eso hay pocos santos, porque no hay muchos que hagan oración.

La oración es descanso del alma, fortaleza del espíritu, serenidad y confianza en medio de las más arduas dificultades. Orar es acercarse a Dios, hablarle, comunicarse con Él. De ahí que la oración levante el ánimo y alegre el corazón, ilumine nuestro camino y nos capacite para recorrerlo.

El texto nos narra también que los apóstoles bogaban en medio del mar encrespado, que el viento y las aguas estaban a punto de hundirles la barca. En aquella noche cerrada, las olas se agitaban y los vientos les eran contrarios. Jesús se les acerca entonces. Atónitos contemplan cómo anda sobre las aguas. Es un fantasma, gritan aterrados. Pero el Señor exclama: Ánimo, soy yo, no tengáis miedo. Fueron unos momentos que luego han pasado a ser un símbolo para todos los que se encuentran en medio de un peligro similar, esos momentos en los que parece que todo está perdido y nos hundimos en medio de la oscuridad que nos rodea. Entonces hemos de escuchar cómo también a nosotros nos dice que no tengamos miedo. Sí, el Señor está siempre cerca y nos anima.

Pedro, como tantas veces, intervino de modo un tanto atrevido. Y se pone a caminar sobre las aguas, hacia Jesús que le espera. Se sostiene por unos momentos, pero de pronto duda y comienza a hundirse. ¡Señor, sálvame!, grita asustado... Qué poca fe. Como tú y yo tantas veces. Pero no importa, acudamos como Pedro al Señor. También a nosotros nos tomará de la mano cuando todo parezca perdido y nos salvará.


2.- EN EL SILENCIO, BUSQUEMOS A DIOS

Por Javier Leoz

¡Cuánto ruido a nuestro alrededor! ¡Cuántas imágenes que, distraen sin quererlo, nuestra atención de lo esencialmente importante!

1.- ¿Y Dios? ¿Dónde hemos dejado a Dios? Porque, a Dios, no se le busca en lo extraordinario. Al Señor no se le encuentra en los terremotos o señales prodigiosas como, por ejemplo, presentía Elías en el monte Horeb. A Dios, unos en este verano que estamos disfrutando, otros allá donde os encontréis, le podemos hallar en el silencio, en la soledad, en la contemplación y, sobre todo, en la confianza.

Sí; nuestra fe es confiar en Aquel al cual seguimos. Nuestra fe supone dar un voto de confianza, un día sí y otro también, a un Jesús que –cuando observa nuestro corazón volcado en El- es capaz de hacernos caminar sobre las aguas turbulentas de nuestra vida. Pedro ¡el primer Papa! tuvo indecisión, dudas, incertidumbre. Ello le valió el hundirse bajo las mismas aguas sobre las cuales el Señor caminaba. ¿Qué ocurrió? ¿Le engañó Jesús? ¡No! Se engaño él mismo: Pedro miraba a Jesús pero, a la vez, miraba al fondo del mar. Pedro miraba a Cristo, y con el rabillo del ojo izquierdo, procuraba que su manto no fuera envuelto por una tímida ola.

2.- Nuestra fe no es un cúmulo de certezas. Pero, nuestra fe, es vivir en la certeza de que el Señor nos acompaña. Que nada, ni nadie, nos podrá apartar de su dulce presencia. ¿Lo sentimos así? ¿Caminamos sobre las aguas de la vida conscientes de que, el Señor, es dueño de bravo oleaje y señor de la repentina calma?

En los pequeños detalles de cada día. En la tormenta (cuando nos asolan los problemas y parece que son más grandes que nuestra capacidad para hacerles frente); en la calma (cuando sentimos una felicidad indescriptible pero que llena de paz nuestro interior); en las luchas (cuando procuramos afanarnos en algo y superarnos a nosotros mismos); en un saludo o un encuentro, en un apretón de manos o en una reconciliación que teníamos como asignatura pendiente. ¿No nos damos cuenta que, tal vez, es donde el Señor habla y nos hace caminar sobre las aguas?

3.- Nos hemos de acostumbrar a sentir a Dios en lo pequeño. Vino diminuto en Belén y..en la pequeñez Dios se quiso acercar al hombre. No pretendamos, por ello mismo, coger la escalera de los sucesos extraordinarios o de la grandeza, para llegarnos hasta Dios. La brisa, de la cual nos habla la primera lectura, o las aguas bravías del Evangelio de este día, nos pueden llevar a comprender dos cosas: el Señor nos viene de la forma más sorprendente que podamos imaginar y, por otro lado, sólo nos exige fe. ¿Seremos capaces de ofrecérsela? ¿Lo intentamos? ¡Feliz Domingo, amigos! ¡Caminemos sobre las aguas pero, eso sí, miremos de frente al Señor!

4.- TENGO MIEDO, SEÑOR

A que tu barca, la barca de tu Iglesia,

me lleva a horizontes desconocidos

A que, tu Palabra, veraz y nítida

deje al descubierto el “pedro”

que habita en mis entrañas.

 

TENGO MIEDO, SEÑOR

De caminar sobre las aguas de la fe

De nadar contracorriente

De mirarte y estremecerme

De hundirme en mis miserias

y en mis tribulaciones

en mi falta de confianza

y…de mis exigencias contigo.

 

TENGO MIEDO, SEÑOR

De que me vean avanzando

en medio de las olas del mundo

con las velas desplegadas de la fe

Que me divisen, de cerca o de lejos,

navegando en dirección hacia Ti

 

TENGO MIEDO, SEÑOR

De que, en las dificultades,

no respondas como yo quisiera

Que, en las tormentas,

no me rescates a tiempo

Que, en la lluvia torrencial,

no acudas en mi socorro.

Por eso, porque tengo miedo, Señor,

mírame de frente, de costado y de lado

para que, en mis temores,

Tú seas el Señor

El Señor que venga en mi rescate.

Amén


3.- LA DIPLOMACIA VATICANA

Por José María Maruri, SJ

1.- No sé si para bien o para mal, la diplomacia del Vaticano ha sido siempre muy alabada en los ambientes diplomáticos, pero hay que reconocer que los evangelios, respecto al primer Papa no usan diplomacia ninguna, no se oculta sino que narran por extenso sus tres negaciones, aunque se señale su arrepentimiento, cuanto Pedro quiere convencer a Jesús que eso de su pasión y muerte no sucederá, pone en boca de Jesús palabras fortísimas, “apártate de mí Satanás”, y el evangelio de hoy viene a poner de relieve que Pedro confundía el milagrerismo barato con la Fe.

¿Os imagináis la cantidad de nubes de humo que echaríamos todos para ocultar cualquiera de estas cosas que le sucedieran a uno de nuestros Papas, de los que hemos conocido?

Y en realidad es que ni Pedro sabía lo que es Fe ni lo sabemos nosotros, él asegurado por la palabra del Señor quiso hacer títeres sobre las aguas, quiso divertirse un poco, ¿pero a qué venía pedir al Señor semejante milagro? Creyó que su amistad, su fe en el Señor le iba a servir de palabra mágica, abra-cadabra, para darse un paseito sobre las aguas, no sabía lo que es Fe, no sabía lo que es oír “Ven, y seguir esa imperiosa llamada.

2.- El Señor nos dice a todos “ven” un ven imperioso, cercano, asegurador, pero los elementos van a seguir amenazantes, las olas van a seguir rugiendo. Ven es asegurarnos de que el camino nunca lo hacemos solos, que junto a nosotros azotado también por el viento y el agua va con nosotros el Señor, que quiso pasar con nosotros persecución y muerte, que nunca nos prometió más que tomando su cruz la encontraremos ligera, pero cruz. Un Ven, que no está en contradicción con aquel “Señor, salvamos”.

--Nada ha dignificado tanto a Pedro como este “sálvame” salido del corazón reconocimiento de su total falta de fe.

--Nada como aquellas lágrimas que lloró amargamente cuando el Señor le miró al cantar por tercera vez el gallo.

--Nada como la humildad con que recibió el tremendo reproche de Jesús, “apártate de mí, Satanás” que otro no hubiera aguantado.

3.- Sálvame, porque a pesar de ser Pedro, cabeza de la iglesia, soy tan débil como los demás, este sálvame no tiene nada que ver con un hierático “Señor, salva a tu iglesia, “que cualquier Papa hubiera gritado en tiempos difíciles, no es a la iglesia a la que Pedro pide salar, pide por si mismo, el más débil de los hermanos.

Cuando el que está arriba empieza a sentirse débil como todos, cuando empieza a tener miedo, entonces empieza a estar arriba de verdad, porque se hace miedoso como los niños, que son los únicos que van a entrar en el Reino de los Cielos.

Aquel “Sálvame” de Pedro debió ser la palabra más reconfortante para aquellos primeros cristianos perseguidos, encarcelados, torturados, muertos en el circo romano. Sálvame, porque todos necesitamos de la mano fuerte del Señor.


4.- DIOS NO ES UN FANTASMA

Por Gabriel González del Estal

1.- Los discípulos navegaban solos en medio de las aguas, en aquel momento, agitadas y turbulentas, del lago de Tiberíades. Estaban cansados por el trabajo y la emoción de la multiplicación de los panes y los peces, y la oscuridad y el sueño de la noche les pesaban en los ojos. El Maestro había subido al monte para encontrarse, a solas, en oración, con su Padre, Dios. Es probable que los discípulos fueran hablando de lo sucedido durante el día anterior: ¡qué profeta tan grande y maravilloso, qué compasivo y qué poderoso en obras y palabras, es Jesús de Nazaret! ¿Será este el Mesías de Israel? Miran hacia la orilla del lago y creen entrever una sombra, con forma de hombre, que camina sobre las aguas. ¿Será un fantasma? El corazón y los ojos se les llenan de miedo. Jesús percibe inmediatamente el miedo que atenaza a sus discípulos y les grita desde la orilla: ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo! Todos se sobresaltan y Pedro no las tiene todas consigo: Si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua. Ya sabemos lo que pasó después. ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado? La fe de los discípulos era frágil y quebradiza. Como la nuestra. Cuando las cosas nos van bien, cuando Dios nos mima y nos va resolviendo los problemas, nos resulta fácil, y rentable, creer en Dios. Pero cuando las cosas se tuercen, cuando nos visitan la enfermedad, o los desengaños del alma, o la injusticia del mundo, o cualquier cosa que nos mete de bruces en el fracaso o la desilusión, entonces nos desinflamos y tendemos a pensar que Dios es algo lejano e inútil, algo parecido a un fantasma.

2.- En la lectura del primer libro de los Reyes vemos cómo el profeta Elías huye asustado y, al llegar al monte Horeb, se refugia en una gruta. Allí esperaba el paso del Señor y sólo al escuchar el susurro de la brisa descubrió a Dios y salió a su encuentro. No le descubrió en el viento huracanado, ni en el terremoto, ni en el fuego devorador; le descubrió en la suavidad de un susurro. Es una teofanía distinta de la de Moisés; no es el Dios que aniquila y castiga, el Dios que truena y centellea; es el Dios que acaricia y consuela, que llena el alma de ilusión y la fortalece. En las cosas pequeñas, en el amor de cada día, en el crecer de la hierba, en la salida del sol y en el ocaso, debemos aprender a descubrir el paso del Señor por nuestras vidas. Dios nos habla cada día, con voz suave e insinuante, valiéndose de situaciones y acontecimientos cuotidianos y habituales. Debemos tener siempre bien abiertos los ojos y los oídos del alma para descubrir cada día el paso del Señor por nuestras vidas.

3.- En la lectura de la Carta a los Romanos descubrimos hoy a un Pablo lleno de amor al pueblo judío, a su pueblo. Le vence el sentimiento y llega a decir, en un momento de tristeza inmensa, que por el bien de sus hermanos, los de su raza y sangre, quisiera incluso ser un proscrito lejos de Cristo. Le ha vencido, digo, el sentimiento y le ha nublado un poco la razón, pero este amor extremo de Pablo por los de su raza y sangre nos descubren el corazón generoso y magnánimo del apóstol de los gentiles, de los no judíos. Es de corazones buenos amar a los más cercanos, a los de nuestra raza y sangre, pero también es propio de los corazones generosos dedicar todas las fuerzas de la vida a salvar a los que nos parece que están más lejos, a los que no son ni de nuestra raza, ni de nuestras creencias, ni de nuestras mismas ideas, hasta a nuestro enemigos. Así lo hizo Jesús de Nazaret, así lo hizo también Pablo de Tarso.

5.- LAS RELIQUIAS DEL LAGO

Por Gustavo Vélez, mxy

“Los discípulos, viendo a Jesús andar sobre el agua, se asustaron y gritaron aterrados, pensando que era un fantasma. Pero él les dijo enseguida: ¡Animo, soy yo. No tengáis miedo!”. San Mateo, Cap. 14.

1.- El Santo Grial, supuestamente aquella copa usada por Jesús en la última cena y en la cual José de Arimatea hubiera recogido sangre del Maestro, tuvo en siglos pasados fervientes buscadores. Por ella se enfrentaron obispos y abades, bandidos y príncipes. Todo ello a causa de un piadoso deseo: Conservar alguna reliquia del paso de Jesús por nuestra tierra. Sin embargo, nos queda una auténtica, notable, visible: El lago de Genesaret. Allí está, hace más de veinte siglos con sus aguas y sus juncos, sus abundantes peces y sus pescadores mañaneros, sus tempestades y sus bonanzas.

2.- Alrededor de aquel llamado “Mar de Galilea” pasó Jesús la mayor parte de su vida pública. En sus orillas se alzaba Cafarnaún, centro comercial y político de la región y otras ciudades más pequeñas como Séforis, Tariquea, Betsaida, Magdala, poco mencionadas por los evangelistas. Con 144 kilómetros cuadrados y 50 metros de profundidad máxima, el lago guarda además de sus abundantes peces, leyendas de espíritus y sombras, que sobre todo en las noches de borrasca, atemorizan a los pescadores.

Allí ocurrió aquella pesca milagrosa, por el poder de Cristo, de la cual da testimonio el Evangelio. Y también este episodio: Jesús andando sobre el agua, llega al encuentro de sus discípulos. Luchaban ellos de madrugada contra el oleaje y al ver que alguien se acerca sobre las olas, gritan de miedo creyendo ver un fantasma. Pero Jesús les dice: “Soy yo. No temáis”.

4.- Pedro, confiado en el Maestro, talvez con cierto afán de protagonismo, pide una prueba: “Si eres tú, mándame ir andando sobre el agua”. Jesús le dice: “Ven”. Y el apóstol se lanza a la aventura. Pero duda enseguida, ante el acoso del viento, y empieza a hundirse. Por lo cual grita de nuevo. El Señor lo toma de la mano. “Hombre de poca fe”, le dice y lo sube a la barca. Vemos pues que el nivel de flotación sobre el agua --y sobre nuestros problemas-- depende de la confianza que tengamos en Dios. No es lo mismo enfrentar a solas nuestras dificultades que sentir al Señor a nuestro lado. Y esa oración, a veces en forma de grito como señalan los salmos, puede devolvernos la calma.

5.- De otro lado, nos preguntamos si para muchos hombres y mujeres de hoy, Dios es un fantasma. Pudiera ser. Porque algunos lo identifican con un tirano que amarga las alegrías de esta tierra y amenaza con un trágico final. Pero la culpa del problema es tal vez nuestra, de quienes le hacemos la publicidad al Señor. Quizás no hemos enseñado una religión ascendente que empiece descubriendo la bondad y la belleza del Creador en el mundo universo. Quizás hemos presentado una teología árida y represiva, antes que el encanto avasallador del Evangelio.

Cabría entonces en los discípulos de Cristo, una actitud humilde y renovada. Para no condenar ni separar. Sino más bien para convocar y acompañar. Entonces el Maestro tomará de la mano a muchos temerosos y angustiados, para encontrase cara a cara con ellos, reunidos en la nave de la esperanza.


6.- HEMOS DE PONER NUESTRA CONFIANZA EN EL SEÑOR

Por José María Martín OSA

1.- Peregrinación interior para encontramos con Dios en el silencio. Elías el profeta de Israel ha tenido que huir perseguido por el rey Ajab y la reina Jezabel. Había denunciado la idolatría de los sacerdotes del dios Baal. Fue consecuente y el Señor no le abandonó. Caminó hacia el monte Horeb durante cuarenta días y cuarenta noches y le proporcionó comida cuando estaba más agotado. Confortado con el alimento, Elías ha llegado al monte de Dios, el Horeb. Es otra manera de llamar al monte Sinaí. Es una peregrinación hacia las fuentes mismas de la religión de Yahvé. Elías corre el peligro de reflejar en Dios su propia vehemencia. Le gustaría que Dios fuese fulminante como el fuego o el terremoto. Dios, en cambio, se le revela como una suave brisa. Dios está siempre cerca. Se revela y sale al encuentro del hombre sobre todo en los momentos más críticos de la vida. Pero es necesario aprender a discernir en la fe los signos de su cercanía, que muchas veces no son siempre los que nosotros imaginamos o quisiéramos. Dios no se revela en la historia necesariamente a través de efectos visibles de poder y de grandeza, sino que ordinariamente se hace presente en un silencio que es percibido sólo en el profundo silencio de la oscuridad fe En todo caso, en el monte Horeb Elías vivirá una experiencia que lo cambia y le hace ver las cosas de forma distinta: aprende que Dios tiene caminos que él no conoce, intuye el misterio divino como una realidad que lo desborda y que él no puede ni explicar totalmente ni poseer como algo propio. Dios se manifiesta a Elías a través del silencio. El Dios de la Palabra se manifiesta en el silencio y se acoge en el silencio. San Juan de la Cruz decía: "Una Palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma". Necesitamos también nosotros hacer una peregrinación interior para encontrarnos en nuestro con Dios.

2.- La barca representa a la Iglesia, que se mantiene en pie en medio de las persecuciones y tormentas. El evangelio es un relato en el que Jesús se revela a la comunidad de sus discípulos en medio de las dificultades de un mar agitado, confirmándolos en la fe y liberándolos del miedo y de la duda. Jesús se va solo al monte para orar, mientras los discípulos se encuentran en la barca "lejos de la orilla, sacudida por las olas, porque el viento era contrario" En el evangelio de Mateo la barca de los discípulos tiene un valor simbólico eclesiológico muy fuerte: representa a la iglesia en medio de la historia. La comunidad de los discípulos, separada temporáneamente de Jesús, no es capaz de reconocerlo cuando él, "antes de la madrugada, se acercó a ellos caminando sobre el mar” La expresión "caminando sobre el mar", que se repite dos veces en el texto, evoca a Dios que, como creador y señor del universo y como salvador de su pueblo en el Éxodo, domina las aguas turbulentas, signo de las fuerzas caóticas que amenazan al hombre. Jesús es el Señor que controla las aguas amenazantes — el viento, las olas encrespadas — pero es también el salvador que auxilia eficazmente a su comunidad en el momento de la prueba. Las palabras de Jesús: "Soy yo, no tengáis miedo" adquieren en el relato un carácter revelador significativo: es una invitación a la confianza fundada en la presencia salvadora del Señor. Toda la narración está construida según el modelo de las apariciones del Señor Resucitado: "Soy yo, no tengáis miedo" son las mismas palabras pronunciadas por Jesús en las manifestaciones de Pascua. El relato, por tanto, evoca las apariciones del Resucitado a los apóstoles y a la Iglesia primitiva que sufren la prueba, la persecución, o "la poca fe.

3.- La figura de Pedro, como portavoz de la iglesia, es ejemplar en el relato: es una especie de catequesis sobre la vida y la fe del discípulo, invitado a confiar en el Señor totalmente, aun viviendo situaciones que ponen en crisis su fe. Al miedo inicial siguen la duda y el grito de socorro. Termina con una confesión de fe en el Señor: “Realmente eres hijo de Dios”. También la vida del cristiano se nueve entre el miedo, la duda, la súplica y la fe. El gesto de Jesús, que extiende su mano para salvar a Pedro de la amenaza mortal de las aguas agitadas, nos recuerda las imágenes bíblicas del Señor que extiende su derecha para salvar al pobre que lo invoca: "Sálvame, oh Dios, que estoy con el agua al cuello…Una bella descripción del camino y la experiencia de la fe, amenazada continuamente del temor y la vacilación, necesitada siempre del auxilio salvador del Señor. Aquella mano que salva a Pedro de hundirse en las aguas profundas es la salvación de cada creyente y de la comunidad en el momento de la prueba y de la dificultad. Es símbolo de la potencia de la fe que brota del encuentro con Jesús.

4.- Una reflexión sobre la calidad de nuestra fe. La revelación de Jesús a los discípulos en el lago de Galilea, caminando sobre las aguas en medio de la noche, pone de manifiesto que Dios sale al encuentro de los hombres angustiados y temerosos, invitándolos a confiar y asegurándoles su presencia salvadora. Todo este texto nos hace reflexionar sobre la calidad de nuestra fe. Cristo viene a nosotros, situados lejos de la orilla y arrastrados por un viento contrario. Hay ocasiones de nuestra vida en que nos encontramos muy perdidos y bloqueados…. Nos gustaría habernos quedado en tierra y tal vez nos arrepentimos de haber asumido riesgos. Otras veces preferimos proteger nuestros miedos dentro de la barca, o discutir la realidad de la presencia del Señor en las olas. ¿Y si Dios quisiera que saltáramos al encuentro de Jesús para redescubrir con más vigor que sólo Jesucristo es el que salva y que con nadie más podemos contar?


7.- ¿ESPERAMOS A DIOS? ¿Y CÓMO?

Por Ángel Gómez Escorial

1.- ¿Dónde está Dios? Nos hemos hecho muchas veces esa pregunta ante hechos difíciles o ante momentos de zozobra. Pero si hemos tenido la calma suficiente habremos visto como Dios aparece y nos salva. Es cierto que no somos tan fuertes como Abrahán que “esperó contra todo pronóstico”, que confió en Dios totalmente. Bueno, otra pregunta es: ¿cómo aparece o se muestra Dios? Suponemos que su poder le llevará a surgir con toda fuerza y majestad. Elías esperaba a Dios como una fuerza magnificente y terrible y llega como un susurro. Los Apóstoles --a bordo de la barca de Pedro: la Iglesia-- creen que se van a hundir, pero en seguida llega la calma. Esto nos debe enseñar que Dios esta más presente en la serenidad de nuestra calma interior, que en los hecho agitados de la vida. Pero en esos tiempos duros no podemos olvidar a Dios: El va a llegar, precisamente, cuando más le necesitemos. Pero deberíamos entender que Dios es normalidad, es quietud, es paz. Su poder es evidente y podría presentársenos como algo terrible y tonante. Jesús aparece transfigurado, junto a Moisés y a Elías. Pero, El conoce a sus criaturas y sabe que partir las aguas del Mar Rojo solo es para algunas ocasiones de indudable importancia o gravedad. La enseñanza del Evangelio que acabamos de escuchar es esa. Porque Dios, Nuestro Señor, está en los hechos cotidianos, en los pucheros de Santa Teresa, en nuestro lugar de trabajo, en el hogar junto a la paz amorosa de la vida familiar.

2.- Sin embargo, no debemos limitar el poder de Dios. Jesús camina sobre las aguas en medio de la tempestad para que los discípulos no duden de su poder divino. Y si nos fiamos de El, seremos capaces de lo extraordinario, de lo inexplicable. Pero nuestra condición humana pesa y nos hunde. Pedro no es capaz de caminar sobre las aguas. Y eso es más que normal. Las tribulaciones, los miedos, las ausencias de fe, siempre estarán en nosotros. Y así, cuando nos hundimos, si invocamos al Señor El nos salvará. Luego llegará la calma y el cambio de la tribulación a la paz nos va a hacer exclamar, como a los Apóstoles que "realmente eres Hijo de Dios".

3.- Pedro nos da otra lección cuando dice: "Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua". Podemos encontrarnos en nuestra vida con momentos, incluso de fuerte contenido espiritual que necesitemos pedir al Señor Jesús que nos ayude a conocer si está en lo que nos llega. San Ignacio de Loyola, cuya fiesta celebramos la semana pasada, habla en sus ejercicios en discernir los espíritus y en los engaños del maligno convertido en ángel de luz. Por ello habrá momentos en los que nuestra oración deberá dirigirse, como la de Pedro, con la expresión de "Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti" y podremos reconocerle, como Elías, en el susurro, en la quietud y paz de nuestro espíritu.

4.- Este episodio de Elías, en el Horeb, en el Monte de Dios, que espera, por indicación de Dios, su llegada, nos muestra la necesidad de discernir constantemente respecto a los sucedidos que ocurren a nuestro alrededor. Tenemos la necesidad de comprender cuales son --y como son-- los designios del Señor. Y a veces nosotros nos hemos hecho idea de un Dios inaccesible, fuerte, poderoso, que ejerce su poder con gran aparato y espectáculo. "Vino un huracán --leemos en el Libro Primero de los Reyes-- tan violento que descuajaba los montes y hacia trizas las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego". Elías no encuentra allí al Señor. Espera y soporta la inclemencia con fe.

Así pueden ser algunos momentos de nuestra vida: terribles y portadores de dificultad y de temor. Hay que saber esperar y entender, con la ayuda de Dios. "Después --sigue el relato bíblico-- del fuego, se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada de la cueva". Elías ha reconocido a Dios y se comporta con debe hacerlo en su presencia: tapa su rostro y espera su gracia. Los Apóstoles iban a vivir un suceso parecido. El no era la tormenta, pero tiene poder sobre ella e instantáneamente llega la calma. Ahí debe estar nuestra esperanza: en la paz que el Señor nos va a dar si le invocamos en tiempo de peligro o de tribulación. Es más que obvio que todo esto puede aplicarse a los hechos cotidianos de nuestro tiempo, los cuales, a veces, se presentan con una dureza y violencia extraordinarias. Esperemos, pues, la paz y la calma de Dios. Pidámoslas a Nuestro Señor Jesucristo.

4.- El fragmento de la Carta a los Romanos que acabamos de escuchar plantea uno de los hechos más sorprendentes de la historia humana. ¿Por qué los integrantes del pueblo elegido se opusieron totalmente a la acción salvadora de Cristo? Con ello se modifico la forma de la Redención y el género humano en lugar de obtener su salvación de manera inmediata tuvieron que iniciar un largo peregrinaje. Es verdad que la negativa judía a aceptar a Jesús como Salvador nos hizo a todos nosotros --que si confiamos en la salvación de Jesús-- en cooperadores y continuadores de la labor de Cristo hasta la consumación de los siglos. Pero el hecho de esa negativa histórica esta ahí --a nivel humano-- como un gran misterio, que de todos modos muestra la libertad plena que Dios ha dado a sus criaturas. Libertad incluso que llegaría a la negación total y a la ejecución sumaria de su Hijo. Pablo, de hecho, no se lo explica todavía y expresa su pesar ante la actitud de su pueblo. En el contexto de las otras dos lecturas de hoy, en las que Dios se nos manifiesta en paz, la Carta de Pablo es el necesario contraste muy pegado a la realidad: Dios no se hará presente a quienes le niegan constantemente y lo le invocan. No es una negativa divina a aparecer, es una locura humana a buscar la presencia de Dios donde, precisamente, no está.

Y esto último hemos de tenerlo muy en cuenta. Porque es fácil dejarse arrastrar por circunstancias cotidianas que niegan a Dios. Nuestro mundo basado en el dinero y en el consumismo, en el egoísmo y en la carencia, casi absoluta de amor, no es muy propicio para encontrar a Dios. De todos modos, Él siempre nos está esperando. Solamente tenemos que hacer un pequeño esfuerzo, llamándole. Y el que Él no va donde no le llaman.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


VOLABA SOBRE LAS AGUAS

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Os lo he dicho en otras ocasiones, mis queridos jóvenes lectores, el Sinaí es una península donde surgen miles de feroces montañas, asentadas en serenas extensiones de suave arena. Algunos de los picos se distinguen, o somos nosotros los que los diferenciamos de entre los demás. Los creyentes judíos, cristianos y musulmanes, sentimos un especial aprecio por una que recibe el nombre de Gbel Mussa, montaña de Moisés. Subir a ella supone algo más de dos horas. Antes de culminar la religiosa ascensión, en un pequeño replano, alrededor de un impresionante ciprés y de una zarza, recordamos el episodio que nos cuenta la primera lectura de la misa de hoy.

Venía exhausto el profeta Elías. En el norte, en el extremo oriental de la pequeña sierra que forma el Carmelo, en un singular torneo religioso, había salido victorioso de una singular disputa contra los sacerdotes de Baal. Había triunfado él, pero con ello se había ganado las iras de la perversa reina Jezabel y hubo de huir. Al inicio del desierto se sintió acabado. El Señor tuvo misericordia de Él, pero le exigió que continuara su camino. Llegó por fin al lugar y Dios quiso mantener un encuentro. Quiso darse a conocer. ¿era necesaria tanta maniobra, tanto cansancio y tanta pena? ¿no podía haber escogido un lugar más cercano? Los proyectos de los enamorados son enigmáticos a veces. No hay que olvidarlo nunca.

2.- El profeta reposó y esperó. En el desierto no se puede tener prisa. Llegó el momento. Se le indicó que saliera de donde había buscado refugio. Hay que advertir que si bien durante el día pica el sol allí como en pocos lugares de la tierra, por la noche hace frío. Os lo digo por experiencia, pasé una noche haciendo vivac en esta plataforma, vestido con mi anorak y enfundado en un saco de dormir y no me sobró ropa. Seguramente que el encuentro ocurriría al amanecer, evaporado el rocío y cuando la luz rojiza del este se mezcla con la azul que tiñe el poniente. Es un espectáculo inolvidable.

Sopló un fuerte viento, intenso, de esos que levantan nubes de arena que pulen las aristas de las rocas, sin que uno lo aprecie. En clase a este fenómeno le llaman erosión eólica. Pese a su potencia, a Elías se le comunicó que aquella corriente no envolvía a Dios. Se sintió un ensordecedor ruido, surgido de las entrañas de la tierra. Aquel terremoto le impresionó. Pero de las grietas que se formaron al romperse los bloques, no surgió el Señor. Los cambios bruscos de temperatura, y la extrema diferencia de cargas eléctricas que se forman, hacen de la atmósfera respecto de la superficie de la tierra una enorme botella de Leyde, donde, en consecuencia, saltan rayos que incendian árboles. En el fuego aquel, no estaba tampoco Dios. Elías estaba intrigado, su cansancio no le permitiría sufrir ansiedad neurótica. Sin a penas notar cuando empezaba, sintió una suave brisa. La emoción le embargo: tenía en su presencia al Señor. Era preciso adorarlo. ¿Qué mejor tributo que cubrir su rostro, sintiéndolo emocionalmente en la interioridad de su corazón? Aquel que aspira a encuentros divinos, debe irse al desierto, a cualquier desierto, hasta en las grandes ciudades puede uno encontrarlo. Debe estar en silencio. En silencio sensorial, que sus oídos nada escuchen, y en silencio interior, en relajación espiritual. Y esperar. Dios no tiene prisa. Dios habla suavemente. Es como la caricia que se regala al ser amado.

3.- Jesús había pasado por aquel baño de multitud que siguió a la multiplicación de los panes y peces. Era preciso un encuentro profundo con su Padre, del que nunca estaba separado. Despidió a los amigos y se sumergió en la oración. Por la noche fue al encuentro con los que todavía remaban. Sintieron miedo al verle. Sonrió el Maestro y cariñosamente invitó a Pedro a que se le acercase. Volaba, más que caminaba, sobre las aguas. Inexplicablemente sintió miedo. Sí, el miedo de Adán y Eva, después que el fracaso les hiciera darse cuenta de que estaban indefensos en su desnudez, Pedro sintió en las entrañas la gravedad de su cuerpo y la liviandad del agua. Dejó de flotar. Se había olvidado de que puede uno, por deseo divino, situarse por encima de las leyes físicas. Recordad, mis queridos jóvenes lectores, el principio de Arquímedes. La mano que le alargaba Jesús, solucionó el problema. Se ganó una palabra irónica: Pedro, eres muy poca cosa ¿has perdido la confianza en mí? Tal vez fuera esto lo que en aquel momento pretendía enseñarles. Él, era Hijo de Dios. ¿Aprenderemos nosotros esta lección hoy?