Continuamos con esta segunda parte, la publicación de un nuevo reportaje del sacerdote valenciano, don Jesús Martí Ballester, sobre San Juan de Cruz. La primera parte está ya en nuestro “histórico (Consultar Ediciones Anteriores, en el menú azul de la izquierda) Esperamos que la serie sea del interés de nuestros lectores. Jesús Martí Ballester –como es bien sabido—es uno de los grandes expertos, a nivel mundial, sobre el místico San Juan de la Cruz.


La noche oscura de San Juan de la Cruz (2)

Por Jesús Martí Ballester

A oscuras y segura

por la secreta escala, disfrazada,

¡oh dichosa ventura!,

a escuras y en celada,

estando ya mi casa sosegada;

La secreta escala, comenta Juan de la Cruz, es «la viva fe». Es ella que permite al alma avanzar en toda seguridad en el ambiente oscuro, penoso y angustioso de la noche del espíritu. Librada de sí misma, de la vida superficial que se lleva en el mundo y de las pulsiones alienantes que la solicitan (el demonio), el alma puede en adelante recibir sin impedimento lo que Dios le destinaba y ahora le comunica.

¡Oh, pues, alma espiritual! cuando vieres oscurecido tu apetito, tus afecciones secas y apretadas, e inhabilitadas tus potencias para cualquier ejercicio interior, no te penes por eso, antes lo ten a buena dicha, pues que te va Dios librando de ti misma, quitándote de las manos las potencias, con las cuales, por bien que ellas te anduviesen, no obraras tan cabal, perfecta y seguramente, a causa de la impureza y torpeza de ellas, como ahora que, tomando Dios la mano tuya, te guía a oscuras como a un ciego a donde y por donde tú no sabes, ni jamás con tus ojos y pies, por bien que anduvieran, atinaras a caminar.

Juan de la Cruz expone entonces cómo la extrañeza de esta situación es inevitable para el alma. Como ella nunca ha experimentado aquella novedad que le hace salir y deslumbrar y desatinar de su primer modo de proceder, antes piensa que se va perdiendo que acertando y ganando, como ve que se pierde acerca de lo que sabía y gustaba, y se ve por donde no sabe si gusta. Así como el caminante, que, para ir a nuevas tierras no sabidas, va por nuevos caminos no sabidos ni experimentados, que camina no guiado por le que sabía antes, sino en dudas y por el dicho de otros, y claro esta que este no podría venir a nuevas tierras ni saber más de lo que antes sabía, si no fuera por caminos nuevos nunca sabidos, y dejados los que sabía. Ni más ni menos el que va sabiendo más particularidades en un oficio o arte siempre va a escuras, no por su saber primero, porque, si aquél no dejase atrás, nunca saldría de él ni aprovecharía en más; de la misma manera, cuando el alma va aprovechando más, va a escuras y no sabiendo. Por tanto, siendo Dios aquí el maestro y guía de este ciego del alma, bien puede ella, ya que lo ha venido a entender, con verdad alegrarse y decir: a escuras y segura.

Juan de la Cruz nota de paso que el sufrimiento padecido entonces tiene una función pedagógica: "En el padecer se van ejercitando y ganando las virtudes y purificando el alma y haciendo más sabia y cauta." Luego, la noche suprime las tendencias al divertimiento y ayuda al alma a concentrar toda su atención en Dios. De tal manera la absorbe y embebe en sí esta oscura noche de contemplación y la pone tan cerca de Dios, que la ampara y libra de todo lo que no es Dios; porque, como está puesta aquí en cura esta alma para que consiga su salud, que es el mismo Dios, tiénela Su Majestad en dieta y abstinencia de todas las cosas.

¡Oh mísera suerte de vida, donde con tanto peligro se vive y con tanta dificultad la verdad se conoce!, pues lo más claro y verdadero nos es más oscuro y dudoso, y por eso huimos de ello, siendo lo que más nos conviene.

Así, el hombre, si ha de acertar a ver por dónde va, tiene necesidad de llevar cerrados los ojos y de ir a escuras para ir seguro de los enemigos domésticos de su casa, que son sus sentidos y potencias!

Bien está, pues, el alma aquí escondida y amparada, aquí, en esta agua tenebrosa, que está cerca de Dios... está escondida y amparada de sí misma y de todos los daños de criaturas.

Por otra parte, para acabar bien de entender que esta tal alma va segura a oscuras, hay que ver que es por la fortaleza que esta oscura, penosa y tenebrosa agua de Dios, desde luego, pone en el alma ; que, en fin, aunque es tenebrosa, es agua, y por eso no ha de dejar de nutrir y fortalecer al alma en lo que más le conviene, aunque a oscuras y penosamente.

Aquí todos los apetitos y fuerzas y potencias del alma están recogidas de todas las demás cosas, empleando su conato y fuerza sólo en obsequio de su Dios. De esta manera sale el alma de sí misma y de todas las cosas criadas a la dulce y deleitosa unión de amor de Dios, a oscuras y segura

por la secreta escala, disfrazada

"El alma llama aquí en este verso a esta oscura contemplación por donde ella va saliendo a la unión del amor, secreta escala." Secreta, añade Juan de la Cruz, porque ni ella ni nadie sabe en el fondo de que se trata y porque, además, no puede decir nada de ella: "No halla modo ni manera ni símil que le cuadre para poder significar inteligencia tan subida y sentimiento espiritual tan delicado... Y no sólo por eso se llama y es secreta, sino porque también esta sabiduría mística tiene propiedad de esconder al alma en sí... el alma echa de ver claro que esta puesta alejadísima y remotísima de toda criatura, de suerte que le parece que la colocan en una profundísima y anchísima soledad, donde no puede llegar alguna humana criatura, como un inmenso desierto que por ninguna parte tiene fin, tanto más deleitoso, sabroso y amoroso, cuanto más profundo, ancho y solo.

Y así, viendo el alma en la iluminación de ella esta verdad, de que no se puede alcanzar ni menos declarar con términos vulgares y humanos, con razón la llama secreta. El profeta real de este camino del alma dice de esta manera, hablando con Dios: "En el mar está tu camino y tus sendas en muchas aguas, y tus pisadas no serán conocidas (Sl 76,19-20).

Este camino de ir a Dios es tan secreto y oculto para el sentido del alma como lo es para el del cuerpo el que se lleva por la mar, cuyas sendas y pisadas no se conocen; esta propiedad tienen los pasos y pisadas que Dios va dando en las almas que Dios quiere llegar a sí, haciéndolas grandes en la unión de su Sabiduría, que no se conocen... Queda, pues probado, que esta contemplación que va guiando al alma a Dios es sabiduría secreta.

Por otra parte, nota San Juan, el alma llama a esta contemplación escala porque sube y baja. Las comunicaciones que verdaderamente son de Dios tienen esta propiedad, que de una vez levantan y humillan al alma; porque en este camino el abajar es subir, y el subir abajar... Lo cual echará bien de ver el alma que quisiere mirar en ello como en este camino cuantos altos y bajos padece, y cómo, tras la prosperidad que goza, luego se sigue alguna tempestad y trabajo - tanto, que parece que le dieron aquella bonanza para prevenirla y esforzarla para la siguiente penuria... Y éste es el ordinario estilo y ejercicio del estado de contemplación hasta llegar al estado quieto.

Y luego, añade, si se llama escala, "es porque la contemplación es ciencia de amor, lo cual es noticia infusa de Dios amorosa, que juntamente va ilustrando y enamorando al alma, hasta subirla de grado en grado hasta Dios, su Criador."

Prosiguiendo sobre el tema de la escala de amor, Juan de la Cruz se libra entonces a un señalamiento de los varios grados de amor. Nota diez de ellos que son como las barras de esta escala.

1) Cuando empieza a subir esta escala de purgación contemplativa... "desfallece el alma al pecado y a todas las cosas que no son de Dios por el mismo Dios... y pierde el gusto y apetito de todas las cosas.

2) Busca a Dios sin cesar... y en todas las cosas... cuando come, cuando duerme, cuando vela, cuando hace cualquier cosa, todo su cuidado es en el Amado, según arriba queda dicho en las ansias de amor.

3) El alma halla aquí calor para no desfallecer. "En este grado, las obras grandes por el Amado tiene por pequeñas, las muchas por pocas, el largo tiempo en que le sirve por corto, por el incendio de amor en que ya va ardiendo."

4) Aquí, el alma se fortifica en la paciencia gracias al amor. "Como dice san Agustín, todas las cosas grandes, graves y pesadas, casi ningunas las hace el amor."

5) El quinto grado de esta escala de amor hace al alma apetecer y codiciar a Dios impacientemente... En este grado el amante no puede dejar de ver lo que ama, o morir.

6) El sexto grado hace correr al alma ligeramente a Dios y dar muchos toques en él...La causa desta ligereza en amor que tiene el alma en este grado es por estar ya muy dilatada la caridad en ella, por estar aquí el alma poco menos que purificada del todo.

7) El séptimo grado de esta escala hace atrever al alma con vehemencia... Dios le da osadía y libertad.

8) El octavo grado de amor hace al alma asir y apretar sin soltar... En este grado de unión satisface el alma su deseo, mas no de continuo.

9) El noveno grado de amor hace arder al alma con suavidad. Este grado es el de los perfectos, los cuales arden ya en Dios suavemente, porque este ardor suave y deleitoso les causa el Espíritu Santo por razón de la unión que tienen con Dios.

10) El décimo y último grado de esta escala secreta de amor hace el alma asimilarse totalmente a Dios, por razón de la clara visión de Dios , que luego posee inmediatamente el alma... que sale de la carne. Total, este último grado no es de esta vida... Ya no hay cosa encubierta para el alma, por razón de la total asimilación.

Así, por esta escala secreta de amor, "se va el alma saliendo de todas las cosas y de sí misma y subiendo a Dios; porque el amor es asimilado al fuego, que siempre sube hacia arriba, con apetito de engolfarse en el centro de su esfera."

Juan de la Cruz explica luego porque el alma sale «disfrazada». "La fe, dice, es una túnica interior de una blancura tan levantada, que disgrega la vista de todo entendimiento ", entre otros el del demonio. Y así, caminando vestida de fe, va bien protegida por ella, más que por todas las otras virtudes.

Luego, sobre esta túnica blanca de fe, se sobrepone aquí la alma el segundo color, que es una almilla de verde, por el cual es significada la virtud de la esperanza, con la cual, cuanto a lo primero, el alma se libra y ampara del segundo enemigo, que es el mundo... A la esperanza llama san Pablo yelmo de salud (1 Th 5,8) , que es una arma que ampara toda la cabeza y la cubre de manera que no la queda descubierto sino una visera por donde ver ; y eso tiene la esperanza, que todos los sentidos de la cabeza del alma cubre, de manera que no se engolfen en cosa ninguna del mundo ni les quede por donde les pueda herir alguna saeta del siglo ; sólo le deja una visera para que el ojo pueda mirar hacia arriba, y no más, que es el oficio que de ordinario hace la esperanza en el alma, que es levantar los ojos solo a mirar a Dios... Por esta causa, esta librea verde se agrada tanto el Amado del alma, que es verdad decir que tanto alcanza de él cuanto ella de él espera.

Sobre el blanco y verde de este disfraz y librea, lleva el alma aquí el tercero color, que es una excelente toga colorada; por la cual es denotada la tercera virtud, que es caridad... Con esta librea de caridad, que es ya la del amor, se ampara y cubre el alma del tercer enemigo, que es la carne... y sale de sí y de todas las cosas criadas en la noche oscura.

Este, pues, es el disfraz que el alma dice que lleva en la noche de fe por esta secreta escala, y estas son las tres colores de él... la fe oscurece y vacía al entendimiento de toda su inteligencia natural, y en esto le dispone para unirle con la Sabiduría divina ; y la esperanza vacía y aparta la memoria de toda la posesión de criatura, y así, aparta la memoria de lo que se puede poseer y la pone en lo que espera... la caridad, ni más ni menos, vacía y aniquila las afecciones y apetitos de la voluntad de cualquiera cosa que no es Dios, y solo se los pone en El.

Resumimos lo que dice aquí Juan de la Cruz sobre las virtudes teologales. El espiritual debe enfrentarse, sobre el camino que le conduce a la unión con Dios, a tres enemigos: la carne, el mundo y el demonio.

La carne designa, como en san Pablo, el hombre viejo: centrado sobre él mismo, sus pequeños deseos, sus pequeños proyectos y sus pequeños provechos, sus miedos también de no conseguir. Es lo que otros espirituales, en un lenguaje más oriental, llaman el «ego»: fuente interna de todo egoísmo y luego de odio y de violencia.

El mundo es la realidad exterior como lugar de solicitaciones y de dispersión. Es el mundo del divertimiento de Pascal, cuyas mil facetas nos distraen y nos desvían de lo esencial, de la realidad profunda, de Dios.

El demonio en fin resume el conjunto de las fuerzas oscuras que nos arrastran a pesar de nosotros. Las pulsiones inconscientes, agitadas por el deseo, violentas que, por encima de nuestros «egos», nos manipulan en oscuros e impersonales comportamientos.

Contra estos tres enemigos, San Juan de la Cruz moviliza tres virtudes:

La fe, contra las fuerzas oscuras, alienantes, que toma apoyo sobre la fuerza oscura de Dios.

La esperanza, contra la potencia de dispersión del mundo, que concentra la mirada y el deseo sobre Dios sólo.

El amor, contra el egoísmo de la carne, que rechaza las fronteras del «ego» y de sus deseos, y tiene poder de realizar su disolución.

De donde la metáfora de las tres túnicas, blanca, verde y roja, que protegen de los tres enemigos del alma.

¡Oh dichosa ventura!

San Juan de la Cruz precisa aquí el propósito de su comentario: aclarar el sentido de la noche contemplativa para muchas almas que pasan por ella sin conocerlo, y decirles que dichosa ventura viven, a fin de animarlas con la esperanza cierta de los inmensos bienes que allí se encuentran:

a escuras y en celada

En estos escondrijos de contemplación unitiva se le acaban de quitar las pasiones y apetitos espirituales en mucho grado, y así, hablando de la porción superior del alma, dice luego este ultimo verso:

estando ya mi casa sosegada.

Este sosiego y quietud de esta casa espiritual viene a conseguir el alma habitual y perfectamente por medio de los actos de toques sustanciales de unión que acabamos de decir, y que en celada y escondido de la turbación del demonio y de los sentidos y pasiones ha ido recibiendo de la Divinidad. Pero no se puede venir a esta unión sin gran pureza, y esta pureza no se alcanza sin gran desnudez de toda cosa criada.

en la noche dichosa,

en secreto, que nadie me veía

ni yo miraba cosa, sin otra luz y guía

sino la que en el corazón ardía.

El amor solo que en este tiempo arde, solicitando el corazón por el Amado, es el que guía y mueve al alma entonces y la hace volar a su Dios por el camino de la soledad, sin ella saber cómo ni de que manera.

Aquí se interrumpe el comentario de la Noche oscura que Juan de la Cruz no ha continuado más allá de la tercera canción de su poema. El códice de Alba advierte en una nota que el Santo no escribió más porque murió. Notamos sin embargo que comentando las dos primeras, ha llenado su contrato que era, nos dice en la introducción, de "declarar los efectos de las dos purgaciones de la parte sensitiva del hombre y de la espiritual". "Los efectos de la iluminación y unión de amor", evocados en las seis ultimas estrofas, los trata por otro lado en sus comentarios del Cántico espiritual y de la Llama de amor viva.

Casi todo el comentario de la Noche trata de la prueba que constituye la acción purificadora de Dios sobre la psique humana, por el lado de la contemplación. De tal modo que uno tiene la impresión de que la prueba entera de la Noche se reduce al oscurecimiento y al secado que opera esta contemplación. Esta insistencia proviene sin duda de la comprobación que hizo Juan de la Cruz que muchas almas en la adversidad no entendían lo que les llegaba y, en su desamparo, no dejaban al obrar divino actuar correctamente. Luego ha querido aclarar con fuerza este punto.

Eso no quiere decir que sola la acción divina es fuente de sufrimiento purificador sobre el camino espiritual. Juan de la Cruz mismo ha vivido los episodios más duros de su noche en la cárcel de Toledo, hambriento y agobiado de malos tratamientos. Las situaciones de desamparo por desgracia no faltan: enfermedades, accidentes, dificultades de todas suertes a nivel familial, social, profesional, pueden surgir sobre el camino del espiritual en marcha hacia Dios y darle ocasión y materia a purificación y a despego.

Lo que se necesita ver, sin embargo, es que en el seno de estas pruebas de origen exterior, se desarrolla también, en derivación, en el secreto del corazón, una acción de Dios purificadora, y que el conjunto desemboca sobre el gozo y la paz de la unión. Es, en todo caso, lo que la continuación del poema de la Noche muestra claramente. Y también si no es comentada, conviene volver a ella para meditarla:

4. Aquésta me guiaba

más cierto que la luz de mediodía

a donde me esperaba

quien yo bien me sabía,

en parte donde nadie parecía.

5. ¡Oh noche que guiaste!,

¡Oh noche amable mas que el alborada,

¡oh noche que juntaste

Amado con amada,

amada en el amado transformada !

6. En mi pecho florido,

Que entero para él solo se guardaba,

allí quedó dormido y yo le regalaba,

y el ventalle de cedros aire daba.

7. El aire del almena

cuando yo sus cabellos esparcía,

son su mano serena

en mi cuello hería,

y todos mis sentidos suspendía.

8. Quedéme y olvidéme,

el rostro recliné sobre el Amado,

cesó todo y dejéme,

dejando mi cuidado

entre las azucenas olvidado.

“LA MÚSICA CALLADA”. EL SILENCIO

En una sociedad llena de ruidos que deforman e impiden una auténtica comunicación, algunos empiezan a volverse al silencio como una necesaria ecología del espíritu que permita rescatar lo más valioso del ser humano: su capacidad para escuchar y acoger al otro. San Juan de la Cruz nos propone una rica pedagogía del silencio, ayudándonos a valorarlo como factor de maduración personal que, vivido como actitud teologal, lleva a la más alta realización en esta vida: la divinización del hombre por su unión transformante con Dios.

Es una propuesta que en primer término surge de su experiencia personal, que el Santo intenta transmitirnos a través de sus escritos. San Juan de la Cruz quiere poner al alcance de otros lo que él ha experimentado en el silencio, y esto no deja de ser una paradoja si tenemos en cuenta su inicial reserva con respecto a las propias intimidades espirituales; pero es que es el mismo amor que él ha encontrado en el silencio el que le obliga a romperlo para hacer accesible a los demás el precioso tesoro que ha descubierto; los secretos de la conciencia no deben ser revelados por la fama transitoria, sino sólo por el amor desinteresado que intenta conducir a otros hombres a ese Misterio de amor inefable que ha inundado la propia vida.

Y será precisamente esta inefabilidad de la experiencia mística la primera dificultad que nuestro Santo tenga que superar. Nosotros vamos a tratar del silencio en la obra de San Juan de la Cruz como un vehículo de comunión entre Dios y el hombre; pero es que todos sus escritos al intentar traducir una experiencia inefable ya se encuentran de por sí envueltos en silencio. Este esfuerzo por decir lo indecible queda patente desde el comienzo de sus escritos, como queda reflejado en sus famosos Prólogos: “¿quién podrá escribir lo que a las almas amorosas, donde él mora, hace entender? Y, ¿quién podrá manifestar con palabras lo que las hace sentir? Y, ¿quién, finalmente, lo que las hace desear? “que ni basta ciencia humana para lo saber entender, ni experiencia para lo saber decir; porque sólo el que por ello pasa lo sabrá sentir, mas no decir”. “Alguna repugnancia he tenido, muy noble y devota señora, en declarar estas cuatro canciones que Vuestra Merced me ha pedido; porque, por ser de cosas interiores y espirituales, para las cuales comúnmente falta lenguaje -porque lo espiritual excede al sentido-, con dificultad se dice algo de la sustancia”.

Por eso el primer lenguaje que usa para expresar sus experiencias es el de la poesía, por ser el más cercano al silencio; y sólo después, cuando insistentemente es requerido para ello, se atreve a comentarlas en prosa, aunque una prosa especial en la que el lenguaje ordinario es forzado hasta sus límites, e incluso reinventado para que pueda decir algo de lo vivido. Es un lenguaje alusivo, lleno de elipsis y de paradojas, de oximoron y balbuceos, repleto de silencios, y que al final, parece reducirse al silencio ante la imposibilidad de seguir y ante la conveniencia de que el lector entre en ese silencio donde tiene lugar la experiencia.

En nuestro recorrido por la doctrina escrita del santo acerca del papel que el silencio juega en ella, nos vamos a acomodar al esquema clásico de principiantes-aprovechados-perfectos o vías purgativa-iluminativa-unitiva que el mismo santo sigue por motivos pedagógicos, aunque teniendo en cuenta que es sólo un esquema aproximativo y que San Juan de la Cruz se mueve con libertad por él desbordándolo cuando le parece conveniente, pues la realidad de la vida no se ajusta a esquemas9. Una de sus aportaciones más interesantes, sobre la que volveremos más adelante, es considerar que el progreso en la vida espiritual viene con las pruebas que él llama noches activas o pasivas, según predomine en ellas la acción del hombre o la de Dios.

EN LOS COMIENZOS: LOS PRINCIPIANTES

“Cayendo el alma en la cuenta” (C 1, 1) de su situación de alejamiento de la verdadera felicidad y “con ansias en amores inflamada” (1S 1, 1) de Dios, “comienza a invocar a su Amado” (C 1, 1) y entra por la senda del camino espiritual que le llevará a la máxima realización que puede obtener un hombre en esta vida: la unión con Dios.

Pero este camino de realización, que San Juan describe en todas sus obras, aunque quizás con una perspectiva más global en el Cántico Espiritual, es un camino en el que se conjuga la Gracia (que siempre llevará la iniciativa: “salió-sacándola Dios- “(1S 1, 4)) y la libertad del hombre, que se ejercerá mediante la ascesis (a la que conviene dar un sentido general que incluya la práctica de las virtudes); es decir, el alma se ejercita activa y pasivamente según predomine en ella su acción o la acción de Dios. Ciertamente ambas se conjugan a lo largo del camino espiritual, pero según se va avanzando va tomando protagonismo la acción de Dios, como luego veremos. En los comienzos, después que Dios ha despertado el alma enamorándola de sí, le toca al hombre corresponder a este amor mediante el ejercicio ascético que San Juan llamará noche activa del sentido.

Noche activa del sentido

Para llegar a la unión con Dios el alma “primero se ejercito en los trabajos y amarguras de la mortificación y en la meditación” (CA 27, 2). Y dentro de estos trabajos ascéticos tiene una especial importancia para el Santo el silencio, un silencio que empieza por ser ascético pero con vocación de místico pues recorrerá todo el camino espiritual hasta llegar a los estados más avanzados, como veremos; por eso, las prácticas ascéticas que san Juan recomienda en sus Cautelas son para “El alma que quiere llegar en breve al santo recogimiento, silencio espiritual, desnudez y pobreza de espíritu, donde se goza el pacífico refrigerio del Espíritu Santo, y se alcanza unidad con Dios” (Caut. 1).

Puesto que la motivación para iniciar el camino ha sido, como decíamos, el Amado, también el silencio ascético tendrá en san Juan de la Cruz una profunda motivación cristológica: “No hacer cosa ni decir palabra notable que no la dijera o hiciera Cristo si estuviera en el estado que yo estoy y tuviera la edad y salud que yo tengo” (Grad. 3).

Es un silencio que imita al de Cristo, intentando evitar quejarse ante las dificultades que vayan surgiendo en la vida espiritual: “Sirvan a Dios, mis amadas hijas en Cristo, siguiendo sus pisadas de mortificación en toda paciencia, en todo silencio y en todas ganas de padecer” (Cta. 7). “Quien se queja o murmura, ni es perfecto ni aún buen cristiano” (D 173).

Un silencio que expresa paciencia y que engendra esperanza fortaleciendo el alma pues “En silencio y esperanza será nuestra fortaleza (Is 30, 15)” (Cta. 30).

Comienza por ser un silencio externo, que conlleva un comedimiento en el trato evitando charlas inútiles que en realidad lo que buscan es crear dependencias afectivas o, como mínimo huir de tener que enfrentarse con la propia realidad, pero pronto lo asocia san Juan a un silencio interno que evite pensamientos semejantes: “...que guardes con toda guarda de poner el pensamiento y menos palabra en lo que pasa en la comunidad... sino a quien de derecho conviene decirlo a su tiempo...procurando tú guardar tu alma en el olvido de todo aquello...Y, si tú no te guardas, como está dicho...no sabrás ser religioso...ni llegar a la santa desnudez y recogimiento...acuérdate de lo que dice el apóstol Santiago: si alguno piensa que es religioso no refrenando su lengua, la religión de éste vana es (1, 26). Lo cual se entiende no menos de la lengua interior que de la exterior” (Caut. 18).

De todas formas, en ambos casos la orientación del silencio es el doble mandamiento del amor, pues en el santo la ascesis está preñada de mística y el silencio de amor: se calla para no ofender al hermano y para evitar los chismes, que son un cáncer en la vida fraterna:“Nunca oiga flaquezas ajenas, y si alguna se quejare a ella de otra, podrále decir con humildad no le diga nada” (D 146). “Lo que hable sea de manera que no sea nadie ofendido, y que sea en cosas que no le pueda pesar que lo sepan todos” (D 150).

Y también. se calla para poder escuchar mejor a Dios, para favorecer la vida interior de diálogo íntimo con él: “Refrene mucho la lengua y el pensamiento y traiga de ordinario el afecto en Dios, y calentársele ha el espíritu divinamente” (D 79).“¡Oh, cuán dulce será a mí la presencia tuya, que eres sumo bien! Allegarme he yo con silencio a ti y descubrirte he los pies porque tengas por bien de juntarme contigo en matrimonio a mí, y no holgaré hasta que me goce en tus brazos (Rut 3, 4-9)” (D 123).

Un diálogo íntimo que poco a poco se va tornando más callado, más necesitado de obras que de palabras “...harto está ya escrito para obrar lo que importa; y que lo que falta, si algo falta, no es el escribir o el hablar, que esto antes ordinariamente sobra, sino el callar u obrar. Porque, demás de esto, el hablar distrae, y el callar y obrar recoge y da fuerza al espíritu. Luego que la persona sabe lo que le han dicho para su aprovechamiento, ya no ha menester oír ni hablar más, sino obrarlo de veras con silencio y cuidado, ...porque es imposible ir aprovechando, sino haciendo y padeciendo virtuosamente, todo envuelto en silencio... La mayor necesidad que tenemos es del callar a este gran Dios con el espíritu16 y con la lengua, cuyo lenguaje, que él oye, sólo es el callado amor” (Cta. 8).

Hemos hablado del silencio de las palabras, del silencio de los pensamientos y por fin hemos llegado a un silencio importantísimo para San Juan de la Cruz: el silencio de los apetitos. El Santo tiene prisa por llegar al silencio místico, y el principal inconveniente son los apetitos desordenados (“apetitos de propiedad”) que llenan de barullo al alma impidiéndole centrarse en su Dios (1S 6-12), pues “el alma no tiene más de una voluntad, y ésa, si se embaraza y emplea en algo, no queda libre, entera, sola y pura, como se requiere para la divina transformación” (1S 11, 6); y así, hay que ir silenciando todo aquello que no lleve a Dios: “...cualquier gusto que se le ofreciere a los sentidos, como no sea puramente para honra y gloria de Dios, renúncielo y quédese vacío de él por amor de Jesucristo, el cual en esta vida no tuvo otro gusto, ni le quiso, que hacer la voluntad de su Padre, lo cual lo llamaba él su comida y manjar (Jn 4, 34) ...en cuanto lo pudiere excusar buenamente; porque si no pudiere, basta con que no quiera gustar de ello, aunque estas cosa pasen por él” (1S 13, 14).

Todo esto se hace para que el corazón se vaya centrando en Cristo “porque propiedad es del amante, ya que por la presencia no pueda comunicarse con el Amado, de hacerlo con los mejores medios que pueda. Y así, el alma con sus deseos, sus afectos y gemidos se quiere aquí aprovechar como de mensajeros que tan bien saben manifestar los secretos del corazón a su Amado” (C 2, 1). Pero para ello, antes ha de ir sustituyendo sus afectos desordenados por el afecto hacia Cristo, que “debe convertirse en centro total de vida, de consideración o reflexión, de toda la afectividad y apetito” hasta el punto de “desear entrar en toda desnudez y vacío y pobreza por Cristo de todo cuanto hay en el mundo” (1S 13, 6); y la pedagogía para lograr esto consiste en tratar de tener “un ordinario apetito de imitar a Cristo en todas sus cosas, conformándose con su vida, la cual debe considerar para saberla imitar y haberse en todas las cosas como se hubiera él.” (1S 13, 3).

Este radical desprendimiento de lo que no es absolutamente necesario va llenando al alma de paz y de libertad, que son las condiciones necesarias para el ejercicio del amor (D 95). Ciertamente es un desprendimiento doloroso, pero terapéutico, algo así como una cura de silencio que devuelve la salud al alma: “Si quieres que en tu espíritu nazca la devoción y que crezca el amor de Dios y apetito de las cosas divinas, limpia el alma de todo apetito y asimiento y pretensión, de manera que no se te dé nada por nada; porque, así como el enfermo, echado fuera el mal humor, luego siente el bien de la salud y le nace gana de comer, así tú convalecerás en Dios si en lo dicho te curas; y sin ello, aunque más hagas, no aprovecharás” (D 77).

Después de esta cura el alma está ya tan fuertemente orientada hacia el Amado que todo le habla de Él, como se nos muestra en la canción cuarta del Cántico Espiritual; aún así, hemos de tener en cuenta que en esta canción se alude a una fase posterior a la de Subida, el problema es que esta fase en su origen redaccional se refería a la etapa de aprovechados cuando -después de pasar la noche sensitiva y tras una serie de gracias elevadas- se está a punto de alcanzar el desposorio místico (como veremos más adelante); en todo caso para los principiantes, puesto que “los dichos de amor es mejor declararlos en su anchura”, se puede suponer una primera reorientación de las facultades sensitivas que otorga a la persona suficiente madurez espiritual para valorar toda la realidad en función de Cristo “Y así el alma mucho se mueve al amor de su Amado Dios por la consideración de las criaturas, viendo que son cosas que por su propia mano fueron hechas.” (C 4, 3).

Sin embargo, ahora que todo parece hablar de Dios se produce un apagón y todo queda de nuevo en silencio, en un silencio cada vez más profundo, más teologal: el silencio de la noche pasiva del sentido: “...cuando más claro a su parecer les luce el sol de los divinos favores, oscuréceles Dios toda esta luz y ciérrales la puerta y manantial de la dulce agua espiritual que andaban gustando en Dios... y déjalos tan a secas que no sólo [no] hallan jugo y gusto en las cosas espirituales y buenos ejercicios en que solían ellos hallar sus deleites y gustos, mas, en lugar de esto, hallan por el contrario sinsabor y amargura en las dichas cosas...sienten ellos gran novedad porque se les ha vuelto todo al revés” (1N 8, 3).

Noche pasiva del sentido

Hasta ahora el hombre, con la ayuda de Dios, ha conseguido llegar a una cierta madurez espiritual: ha conseguido, gracias a un proceso de enamoramiento, dejar de estar apegado al gusto sensual por las cosas materiales y sensitivas para pasar a saborear sensiblemente las cosas de Dios por su amor a Cristo, y goza de una mayor libertad de sus apetitos e instintos, que se hayan orientados hacia su proyecto de unión con Dios. Pero todavía le quedan imperfecciones de las que no se puede librar pese a todo su esfuerzo ascético; se hace necesaria la intervención divina, mediante la noche pasiva, para acabar de reorganizar ese mundo sensitivo: “Los hábitos de voluntarias imperfecciones que nunca acaban de vencerse, no solamente impiden a la divina unión, pero para llegar a la perfección.” (D 121) “De estas imperfecciones...no se puede el alma purificar cumplidamente hasta que Dios le ponga en la pasiva purgación de aquella oscura noche... donde sana el alma de todo lo que ella no alcanzaba a remediarse; porque, por más que el alma se ayude, no puede ella activamente purificarse de manera que esté dispuesta en la menor parte para la divina unión de perfección de amor, si Dios no toma la mano y la purga en aquel fuego oscuro para ella” (1N 3, 3).

La acción divina, que va introduciendo a la persona en una nueva forma de ser, resulta muy desconcertante al principio, pues toda la actividad a la que estaba acostumbrada ya no le sirve para nada, Dios se le manifiesta de una manera completamente nueva para ella, una manera que no cae en sentido y que por lo tanto sólo puede recibirse en el silencio de los sentidos: “...porque lo que Dios obra en el alma a este tiempo no lo alcanza el sentido, porque es en silencio; que, como dice el Sabio, las palabras de la Sabiduría óyense en silencio (Ecl 9, 17)” (LlB 3, 67).

El espíritu se encuentra desorientado, pues se había acostumbrado a hallar gusto sensible en los ejercicios espirituales, pero al quedarse en silencio la casa del sentido, no siente nada a los comienzos de esta noche y teme llevar un camino errado. San Juan de la Cruz advierte de que la tentación en esta situación, vivida al principio como negativa, es querer volver a la actividad anterior: “Entonces se fatigan y procuran, como lo han habido de costumbre, arrimar con algún gusto las potencias a algún objeto de discurso, pensando ellos que, cuando no hacen esto y se sienten obrar, no se hace nada; lo cual no hacen sin harta desgana y repugnancia interior del alma...” (1N 10, 1) “...porque ya no gusta el alma de aquel manjar, como habemos dicho, tan sensible, sino de otro más delicado y más interior y menos sensible, que no consiste en trabajar con la imaginación, sino en reposar el alma y dejarla estar en su quietud y reposo, lo cual es más espiritual” (2S 12, 6).

Y así corren el peligro de estorbar la acción de Dios, que se les está infundiendo en el alma mediante una noticia amorosa que requiere de silencio para ser escuchada pues “No es posible que esta altísima sabiduría y lenguaje de Dios, cual es esta contemplación, se pueda recibir menos que en espíritu callado y desarrimado de sabores y noticias discursivas” (LlB 3, 37). “De donde a esta tal alma le conviene no hacer aquí caso que se le pierdan las operaciones de las potencias, antes ha de gustar que se le pierdan presto, porque, no estorbando la operación de la contemplación infusa que va Dios dando, con más abundancia pacífica la reciba, y dé lugar a que arda y se encienda en el espíritu el amor que esta oscura y secreta contemplación trae consigo y pega al alma. Porque contemplación no es otra cosa que infusión secreta, pacífica y amorosa de Dios, que, si la dan lugar, inflama al alma en espíritu de amor” (1N 10, 6). Y por eso, lo único que puede hacer el alma en esta situación es dejarse llevar por esta noticia amorosa “contentándose sólo en una advertencia amorosa y sosegada de Dios” (1N 10, 4) “en aquella quietud” (2S 12, 8) sin intentar nada más para no impedir los bienes que se le están comunicando con la dicha noticia. Y así es como ha de colaborar el alma cuando Dios le infunde la “noticia amorosa”. Sin embargo, hay que reconocer que a los principios no siempre “en poniéndose delante de Dios, se pone en acto de noticia confusa, amorosa, pacífica y sosegada, en que está el alma bebiendo sabiduría y amor “ (2S 14, 29), y por lo tanto “...no se entiende que los que comienzan a tener esta noticia amorosa en general, nunca hayan de procurar de tener meditación; porque a los principios que van aprovechando, ni está tan perfecto el hábito de ella, que luego que ellos quieran se puedan poner en el acto de ella, ni, por lo semejante, están tan remotos de la meditación, que no puedan meditar y discurrir algunas veces naturalmente como solían, ...cuando por los indicios ya dichos echan de ver que no está el alma empleada en aquel sosiego y noticia, habrán menester aprovecharse del discurso, hasta que vengan en ella a adquirir el hábito que habemos dicho, en alguna manera perfecto, que será cuando todas las veces que quieren meditar, luego se quedan en esta noticia y paz sin poder hacer ni tener gana de hacerlo, como habemos dicho. Porque, hasta llegar a este tiempo, que es ya de aprovechados en esto, ya hay de lo uno, ya de lo otro, en diferentes tiempos.” (2S 15, 1). Con esto el Santo evita caer en un quietismo inútil, y confundir el silencio fecundo con un silencio estéril.

Como habremos observado, el lenguaje que utiliza el Santo en todas estas páginas está lleno de términos que remiten al silencio: quietud, paz, sosiego, ocio interior,...es el silencio como una actitud receptiva que sensibiliza al alma con la acción de Dios para que se vaya inflamando con su amor (1N 10, 6) de manera que este la acabe de purificar de sus imperfecciones de principiante y la saque al camino de los aprovechados. Pero es también el silencio como acción de Dios, que es quien en primer lugar la pone en este silencio místico; hasta el punto de que podemos decir que este silencio llega más allá de la advertencia amorosa: “Por tanto, cuando acaeciere que de esta manera se siente el alma poner en silencio y escucha, aun el ejercicio de la advertencia amorosa, que dijo, ha de olvidar, para que se quede libre para lo que entonces la quiere el Señor. Porque de aquella advertencia amorosa sólo ha de usar cuando no se siente poner en soledad, u ociosidad interior u olvido o escucha espiritual. Lo cual, para que lo entienda, siempre que acaece, es con algún sosiego pacífico o absorbimiento interior” (LlB 3, 35).

Según este texto el silencio místico (infuso) es de mayor “calidad” que la advertencia amorosa (infusa), podríamos decir que se produce una mayor profundización en el Misterio; si bien, si consideramos que en San Juan de la Cruz el amor está más allá de gustos y sentimientos, y que sólo es posible la unión con Dios en el amor, cabe pensar que este silencio desnudo no es otra cosa que una mayor pureza de amor, que al principio sólo puede ser percibida como un silencio absorbente por ser tan diferente de lo que nosotros estamos acostumbrados a experimentar como amor (lleno de impurezas y egoísmos). Es un silencio de amor “oscuro” que ya anticipa la segunda noche.

Por fin ha llegado el momento en que, como decíamos al comienzo de este capítulo, Dios asume el protagonismo del proceso espiritual; y el Santo no se cansa de insistir a tiempo y a destiempo (en la famosa digresión del tercer capítulo de LlB en la que san Juan se sale del tema para volver a esta cuestión que tanto le preocupa de que hay que dejarle obrar a su manera sin estorbárselo, ni la propia persona si “se quisiese haber de otra manera que Dios la lleva” (3S 13, 4), ni los que la aconsejan cuando “no echan de ver que ya aquella alma ha llegado a la negación y silencio del sentido y del discurso” (LlB 3, 44). Es tiempo de que Dios hable y el alma calle; y de darse cuenta del inestimable valor que tiene esta situación pasiva: “...le ha costado mucho a Dios llegar a estas almas hasta aquí, y precia mucho haberlas llegado a esta soledad y vacío de sus potencias y operaciones, para poderles hablar al corazón, que es lo que él siempre desea” (LlB 3, 54).

Además, pese a las dificultades de los comienzos, el alma se encuentra inclinada a esta pasividad “porque se querrían ellas estar en su ocio santo y recogimiento quieto y pacífico” (LlB 3, 53) incluso cuando no sienten nada.

Por eso el Santo, para animar a dejarse llevar por la moción divina a los que se enfrentan con estas dificultades iniciales, pondera los grandes bienes que recibe el alma en este recogimiento silencioso: “...los bienes que esta callada comunicación y contemplación deja impresos en el alma, sin ella sentirlo entonces, como digo, son inestimables; porque son unciones secretísimas, y, por tanto, delicadísimas, del Espíritu Santo, que secretamente llenan al alma de riquezas y dones y gracias espirituales, porque siendo Dios el que lo hace, hácelo no menos que como Dios” (LlB 3, 40).

De aquí la importancia de tener presente estos inestimables beneficios para no despreciarlos por otras menudencias que la distraigan del silencio divino; superando también las tentaciones del mal espíritu que “sacándola con un poquito de cebo” quiere “que vaya por su pie por tierra con trabajo, y no nade por las aguas de Siloé, que van con silencio (Is 8, 6), bañada en las unciones de Dios” (LlB 3, 64).

Podemos decir, que se va operando una secreta transformación en el alma que se aventura por este océano de silencio, y esta transformación se muestra en dos aspectos. El primero de ellos es el mejoramiento en todas las virtudes, y principalmente en las de la humildad y el amor; por ejemplo, ya no es necesario esforzarse para evitar las murmuraciones contra las que se luchaba en la noche activa, porque ya no queda ninguna gana de chismorrear. Y el segundo es que, como decíamos, el alma progresivamente se va inflamando del amor de Dios (1N 11, 1) hasta que le coge el gusto a esta contemplación oscura y silenciosa “pues entonces ve ella claro que ninguna (cosa) le da tanto gusto como aquella quietud solitaria” (LlB 3, 51); y así, poco a poco el alma va saliendo de la noche y entrando en el camino de los aprovechados:“Estando ya esta casa de la sensualidad sosegada, esto es, mortificada, sus pasiones apagadas, y [los] apetitos sosegados y adormidos por medio de esta dichosa noche de la purgación sensitiva, salió el alma a comenzar el camino y vía del espíritu, que es de los aprovechantes y aprovechados que por otro nombre llaman vía iluminativa o de contemplación infusa, con que Dios de suyo anda apacentando y alimentando al alma, sin discurso ni ayuda activa de la misma alma” (1N 14, 1).

(Fin de la segunda parte. Continuará)