1.- CON LA LLEGADA DEL CALOR

Por David Llena

Comienzan los árboles a llenarse de frutos. Esos frutos que un día fueron flores de esperanza y que el sol está terminando de dar su color. Esos frutos que nacen de un árbol que tiempo atrás fue semilla y que el labrador con esmero y dedicación fue cuidando.

Así también es la vida de nuestra fe. Ésta era una semilla que acogió una tierra que es la Iglesia y que un labrador, Dios, fue cuidando y mimando a través de miles de personas, padres, sacerdotes, catequistas, amistades… a través sobretodo de los sacramentos: Con el bautismo esa semilla cayó en tierra buena: La Iglesia. A veces esa semilla abandonaba la tierra buena, llevada por vientos de falsa libertad, por promesas vanas, por ilusiones inciertas. Con la penitencia volvía esa semilla a ese corazón que da verdadera vida. La Eucaristía es la vida de esa semillita que es la fe, pequeña como grano de mostaza pero con un gran potencial interior, la Vida Eterna. Cuando comienzan a despuntar los primeros brotes y comienzan las raíces a ahondar en la tierra somos marcados como posesión de Dios por medio de su Espíritu. Este árbol es mío dice el Señor, y yo lo cuidaré y lo alimentaré, y lo podaré para que dé más fruto.

Y en esas estamos, ya hace tiempo que nuestra semilla dio brotes y esos brotes han crecido e incluso han dado algún fruto. Pero el Amor de Dios que ha regado con su Espíritu estos pobres árboles, le ha conferido su Vida Eterna y conoce hasta donde podemos dar mejor que nosotros. E irá pidiendo más y más, con esa Sabiduría infinita que nos va dando forma. Poniendo guías, para que crezcamos y demos fruto. Y si ve que el peso de las ramas es superior a nuestras fuerzas, pondrá en seguida soportes y ayudas para que sigamos dando fruto. Pensemos que de ese fruto vendrán nuevas semillas llamadas a continuar, no podemos dejar nuestra actividad pensando que ya hemos dado mucho fruto.

 

2.- BUHO, LECHUZA, MOCHUELO (Aves nocturnas)

Por Pedrojosé Ynaraja

Generalmente relacionamos a las aves con la luz y los grandes espacios, no obstante, el mundo de algunas de ellas es la noche. Tal vez muchos lectores las conozcan sólo de oídas. Yo he tenido la suerte de ver a las tres que encabezan este artículo.

Cuando uno está acostumbrado a coger y sopesar animales terrestres, se sorprende al tener en sus manos un ave. Pesan poco y con todo son capaces muchas de ellas, de moverse con rapidez y fortaleza. Uno entiende luego que no puede ser de otra manera, si han de contrarrestar la fuerza gravitatoria. Cosa diferente son las gallinas o los avestruces, que no vuelan. A las nocturnas difícilmente uno las puede coger. Excepción fue lo que ahora contaré. Ocurrió durante mis estudios. Iban por un largo pasillo algunos seminaristas en riguroso silencio, el “silencio mayor”, el del final de las oraciones de la noche hasta pasadas las de la mañana. Revoloteo en silencio algo sobre las filas y se poso en una juvenil cabeza. Excuso decir que el silencio mayor brilló por su ausencia. No hubo otro percance. Al día siguiente, el mochuelo causa del alboroto, estaba en el local de nuestro grupo scout. Se nos suponía los más interesados en cuestiones de la naturaleza. Omito cual fue su final, eran otros tiempos. Tal vez hoy adorne algún museo de ciencias naturales.

Mi madre me contaba que las lechuzas entraban en las iglesias a beber aceite de las lámparas del Santísimo. Pobres de ellas hoy en día, si de él se nutrieran. En realidad, la alimentación de estos animales nocturnos, por lo común, son pequeños roedores y animales semejantes. En el nido de un búho real, el mayor de los búhos, observé un día, dos grandes ratas muertas, de tamaño mayor que las crías del mismo animal que allí se refugiaban. Por extraño que parezca, vi también cierto día, en las excavaciones de la antigua ciudad de Meguiddo, un hermoso e inmóvil ejemplar de búho.

En la Biblia son mencionadas estas aves en nueve ocasiones. Las primeras, en el Pentateuco, son para advertirnos que son animales impuros. Consecuentemente no son aptos ni para la alimentación humana ni para el sacrificio ritual. En otros lugares se hace mención de ellas, para situarlas en el yermo o entre las ruinas. Sofonías dice que en una ciudad desolada el búho cantará en la ventana, y el cuervo en el umbral, porque el cedro ya fue arrancado. Isaías y Baruc, hablando de la caída en desgracia de Babilonia, dan como prueba, que en sus restos habitarán mochuelos. El sujeto del salmo 102, confiesa que se siente solitario como un búho.

Debido a su mirada fija, el mochuelo es símbolo de la sabiduría, cosa que deriva de la antigua Grecia y concretamente de Atenas que lo tiene en su escudo (aparece en los euros de aquel país). Recordarán algunos, que reproducciones pequeñas se han convertido en objetos “souvenir” para viajeros y de colección para otros. En más de una casa he vistos estantes llenos de estos. Seguramente apreciaban su simbolismo, cosa digna de encomio. Paradójico es que a su lado se dispusieran los más variados artilugios, tan capaces de distraer, entretener y disipar la mente, en una palabra, cualquier cosa menos la contemplación, virtud que los animalitos significan.

Las aves nocturnas me resultan atractivas. Dentro de una tienda, completamente solo, sumergido en el bosque y alejado de cualquier vivienda, medito con facilidad en la maravillosa originalidad del hombre que, no obstante ser un animal indefenso, mono desnudo se le ha llamado, es el único capaz de dar sentido a la existencia y a su existencia. Aquí radica una de sus mejores dignidades. El grito exótico de la lechuza o el descarado de algunos mochuelos, enmarca la noche y te recuerda que no eres el único viviente, que estos invisibles compañeros, con su belleza y labor, también dan gloria a Dios.