LA MIRADA DE JESÚS

Por Ángel Gómez Escorial

En el Evangelio del domingo pasado, Jesús llamaba a Mateo. En el que leemos este domingo, completa la elección de todos sus apóstoles. En el evangelio de la misa del lunes pasado, día 9, Mateo nos describe la proclamación de las bienaventuranzas por el Señor. Y yo he pensado siempre sobre esa mirada de Jesús, que servía para que, quien era llamado, le siguiera sin añadir más. Y, también, predicaba no evitando las miradas de quienes le escuchaban. Y les seducía con aquello tan difícil y duro de que los pobres iban a ser dichosos, o los que lloraban serían consolados, y saciados aquellos que sufrían hambre y sed de justicia.

Creo que no hay ningún cristiano que no haya intentado imaginar el aspecto, la voz y la mirada de Jesús de Nazaret. Y que a partir de ahí haya, asimismo, querido probar cual es el efecto de esa imagen, de esa voz, de esos ojos en el corazón. Sabemos, además, que Él, en algún momento, nos ha elegido, nos ha llamado por nuestro nombre para que le siguiéramos. Otros, tal vez, lo esperen todavía, porque piensen solamente que han llegado a la fe por influjo de la educación familiar o por la catequesis infantil. Y no tengan esa sensación de llamada. Deben perseverar en la espera, pero también deben analizar sus recuerdos e intentar buscar aquel día tan especial en que los asuntos de la fe se hicieron más claros, más densos en el corazón, más fuertes en el interior de cada uno, como ocupando más sitio.

Y es que cuando una fe en Jesús y un seguimiento del Maestro dura mucho tiempo y sigue adelante, a pesar de dudas y dificultades, si somos objetivos y humildes, tendremos que reconocer que eso no es obra nuestra, que nosotros por nuestros medios, no habríamos aguantando y ya estaríamos caminado tras cualquier moda o modo que nos ofrece este mundo. Y, será más evidente, si lo que acompaña nuestro seguimiento de Jesús no es ni la costumbre, ni la rutina. Y que siempre –todos los días—cuando se recibe a Jesús Sacramentado una oleada de felicidad o de alegría, o de esperanza fuerte, llena nuestros corazones y nuestros cerebros. La emoción es fácil de sentir. Eso no es cosa nuestra solamente. Él, Jesús de Nazaret, nos está llamando en esos momentos… y a toda hora. Y nos llama por nuestro nombre.

No es posible dejar de pensar en la mirada de Jesús. En esos ojos llenos de dulzura y energía, en los que los apóstoles se vieron reflejados y sintieron que desde la transparencia de las pupilas del Salvador se les narraba ya toda su vida a partir de ese momento. Es lógico, por otro lado, que muchos queramos divisar los rasgos humanos de nuestro salvador. Es uno de los nuestros. Es de nuestra especie. Intuimos que Él nos va entender mejor porque es como nosotros, pero también intuimos que nos va a gustar, que nos va inspirar confianza, enorme confianza, porque sabe lo que nos pasa y necesitamos.

No debemos ser cicateros ni asustadizos con esos sentimientos y esos deseos de verle e imaginarle. La contemplación religiosa –ya lo definió Ignacio de Loyola—es ver las cosas como si estuvieran ahí, delante de nosotros. Por eso la acción de contemplar, con los ojos del alma –y estos quedan muy cerca de los ojos del cuerpo—, es buena y deseable. No dejemos pasar el tiempo y centrémonos en la adoración de la Santísima Humanidad de Señor Jesús, Dios y Hombre verdadero. Nos dará muchos frutos espirituales y aprenderemos a tratar el Señor. Y tal vez, pronto, a contemplar su mirada, a escuchar su voz.