TALLER DE ORACIÓN

TIEMPO PASCUAL, TIEMPO DE MISERICORDIA

Por Julia Merodio

Para nuestra oración de esta semana he elegido el salmo correspondiente a la liturgia del quinto Domingo de Pascua y me he decantado por él, porque es el Salmo de la misericordia y no puede haber un tiempo más propicio a la misericordia que el tiempo Pascual, de ahí que nuestra oración irá discurriendo desde sus versículos.

El salmo que se nos ofrece en cada eucaristía, es una gracia, que aún sin darnos cuenta de ello, recibimos del Señor como un preciado regalo.

Llama la atención el mensaje tan cercano y actual, que cada salmo va poniendo ante nosotros. No hay duda de que su contenido sale de lo profundo de un corazón que pasa, del dolor al gozo, del llanto a la alegría, de la súplica a la acción de gracias... con la mayor naturalidad y eso hace que, siempre, nos sintamos interpelados por su planteamiento.

Por eso hoy, queremos acercarnos hasta el Señor, para aclamarle y alabarle, para esperar en su misericordia, pues sabemos bien que sus ojos están puestos en nosotros, para librarnos de todos nuestros males.

RECORDANDO A JUAN PABLO II

Si hay alguien que ha escrito con reiteración sobre los Salmos ha sido, nuestro anterior y querido Papa Juan Pablo II. Me llamó la atención, el comentario que en su catequesis sobre los salmos, hacía de este salmo. Lo proclamaba como el salmo de la providencia. Y decía así:

“El salmo 32, dividido en 22 versículos, tantos cuantas son las letras del alfabeto hebraico, es un canto de alabanza al Señor del universo y de la historia. Está impregnado de alegría desde sus primeras palabras: "Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos. Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo, acompañando los vítores con bordones"

Por tanto, esta aclamación, va acompañada de música y es expresión de una voz interior de fe y esperanza, de felicidad y confianza. El cántico es "nuevo", no sólo porque renueva la certeza en la presencia divina dentro de la creación y de las situaciones humanas, sino también porque anticipa la alabanza perfecta que se entonará el día de la salvación definitiva, cuando el reino de Dios llegue a su realización gloriosa”

Y esta alabanza y gloria son precisamente, las que van a ir surgiendo a lo largo de toda nuestra oración.

“Aclamad, justos, al Señor,

que merece la alabanza de los buenos;

dad gracias al Señor con la cítara,

tocad en su honor el arpa de diez cuerdas”

El Papa nos seguía diciendo en su catequesis: “Es necesario personalizar este salmo, en nuestra propia vida y en nuestra propio estilo: alabar... Creer en el poder de Dios... Creer que Dios interviene "hoy y siempre en los acontecimientos contemporáneos..." "hacerse pobre": y descubrir que, la "mirada de Dios" sobre nosotros, es una defensa más segura que todos los medios del poder humano”

A mi me parecía, que no podía dejar de compartir con vosotros estas bellas palabras; sobre todo, en un momento, en que lo de alabar a Dios parece algo anticuado y pasado de moda.

Por eso, en este tiempo de oración os invito, de una manera especial, a recorrer las maravillas de Dios para con nosotros, porque cuando lleguemos a descubrir ese regalo que, gratuitamente el Señor nos hace en cada instante de nuestra existencia, ya no podremos dejar de arrodillarnos ante Él para alabarlo.

Sin embargo, ¡Cuánto nos cuesta la alabanza! ¡Cómo les cuesta alabar a las personas de nuestra sociedad! Creemos que alabar es rebajarse, ser menos que los demás. A nosotros lo único que nos preocupa es saber muchas cosas, añadir ideas a nuestra vida, coger fórmulas nuevas, discutir sobre los dogmas, estar al día. Sin embargo, cuando te acercas a Dios descubres, que alabar, es reforzar la grandeza de los demás y creer en el amor.

Pero ¿Cómo entenderlo la persona moderna, acostumbrado a moverse en la superficie de las cosas? Cuando los seres humanos, seamos capaces de ahondar en nuestras experiencias, nos daremos cuenta de que todavía hay que ahondar más, pues sólo en esa profundidad infinita, en ese fondo inagotable de nuestro ser, es donde encontraremos lo que significa la palabra Dios.

Entonces si, entonces alabaremos con el salmo y daremos gracias y tocaremos en honor de nuestro Señor.

Aprenderemos a rastrear a través de la creación y de los acontecimientos históricos, las huellas de Dios. Y aprenderemos que, la verdad plena, está en el amor profundo y concreto a Dios y al hermano. Hasta poder decir con el corazón:

Somos felices de poder aclamar juntos a nuestro Dios.

Porque hemos descubierto la grandiosidad de sus obras.

Tú, Señor, amas a cada uno de tus hijos

y das vida a cuantos acudimos a Ti.

Nos ponemos en tus manos de Padre,

nos cobijamos en tu corazón de bondad,

para agradecer el amor que nos regalas

y tenerte como la razón de nuestra esperanza.

“La palabra del Señor es sincera

y todas sus acciones son leales;

él ama la justicia y el derecho,

y su misericordia llena la tierra”

“El cuerpo central del himno, nos sigue diciendo Juan Pablo II en su catequesis, está articulado en tres partes, que forman una trilogía de alabanza. En la primera, se celebra la palabra creadora de Dios. La arquitectura admirable del universo, semejante a un templo cósmico, no surgió, ni se desarrolló a consecuencia de una lucha entre dioses, como sugerían ciertas cosmogonías del antiguo Oriente Próximo, sino sólo gracias a la eficacia de la palabra divina. Precisamente como enseña la primera página del Génesis: "Dijo Dios... Y así fue" (Génesis 1). En efecto, el salmista repite: "Porque él lo dijo, y existió; él lo mandó, y surgió"

Es sorprendente que estas palabras de Juan Pablo II nos remitan al Génesis, al primer libro de la Biblia. Un libro donde se plasma, el gran corazón de Dios creando todo las cosas por su infinita misericordia.

Y es ahí, en ese mismo libro donde se nos presenta al ser humano: hombre y mujer, distinto a todo lo creado con anterioridad. Dos seres capaces de entenderse, de comunicarse, de amar… de crear. Dos seres semejantes a Dios, creados por infinito amor.

NUEVO NACIMIENTO

Hace dos semanas tocaba este tema y os compartía la resurrección como un nuevo nacimiento; de ahí que la familia esté implícita en esta resurrección, en este nuevo nacimiento del que lleva incluida una gran dosis de misericordia.

No tenemos que buscar una documentación especial, para observar que en este momento actual, en el que nos ha tocado vivir, la familia esta en juego. La verdad es que, a simple vista, el desprestigio de la familia es notorio, pero se hacen las cosas con cautela, ya que en el fondo todos sabemos que la familia es la base de la sociedad.

Y ahí tenemos a ese Dios, creador del universo que ante la humanidad, su corazón de Padre se llena de amor, de bondad, de misericordia infinita… para dar a sus hijos, todos los bienes necesarios, para su felicidad.

Pero el ser humano moderno, tan acostumbrado al derroche y al consumismo, se aleja de Dios; se cree tan suficientemente grande que no necesita a nadie para que le arregle la vida.

Y como nos mostrará el Génesis algunos capítulos más adelante, la persona huye y sigue huyendo de Dios. Rechaza su Palabra, no quiere ni oír hablar de ella. Se instala en el sinsentido de la vida y quiere hacer lo que le plazca sin importarle que su comportamiento pueda aplastar a los demás y, más tarde, a él mismo.

La misericordia le parece un signo de cobardía y debilidad por lo que intenta imponer su criterio, aunque en el fondo la insatisfacción lo ahogue.

Por eso hoy, quizá necesitaríamos escuchar la Palabra como lo hizo el salmista, para llevar a los que nos rodean, esa semilla de reconocimiento a las acciones del Señor; a fin de que no olvidemos que es el mismo Dios el que sigue regalando y creando bienes, día tras día, para cada uno de sus hijos.

A cada uno de nosotros, le espera esta misión. Aquí está la clave, si queremos ser palabra para los demás tendremos que haberla interiorizado, en el silencio de la oración, que el verdadero creyente es el que anuncia a los demás lo que ha escuchado y ha experimentado.

Que el verdadero creyente no habla de oídas, sino de experiencias. No se detiene en convencionalismos, habla sin importarle que su hablar sea torpe o tímido, que sea más o menos apropiado, a él sólo le preocupa comunicar lo que vive su corazón, porque sabe bien, que a él sólo le corresponde ofrecer con su vida, las acciones del Señor y llevar con valentía ese mensaje a la humanidad.

SEAMOS PERSONAS MISERICORDIOSAS.

La oración ha de ser siempre un compromiso de vida. No podemos orar y seguir siendo como antes, ya que si es así nuestra oración no habrá sido la oración que Jesús nos ha enseñado.

La oración siempre lleva al compromiso, a la aceptación de la voluntad de Dios en nuestra vida; a la acogida, a la bondad a la misericordia. Si eso no se da puede ser que en la oración en lugar de buscar a Dios nos hemos buscado a nosotros mismos.

Por eso, vamos a mirar delante de Dios como deberían ser nuestras palabras para que llegasen a los demás con misericordia y amor. Después podríamos seguir orando sobre cómo deberían ser nuestras acciones.

Os compartiré algunas pautas para ayudar a la oración, después cada uno deberá personalizarlas.

Cuando queramos llegar, con el mayor respeto y acogida a los demás, usaremos una palabra, que resuene en alta voz: Que se oiga, aún en el silencio. Que llegue, a nuestra familia, a todos cuantos se crucen con nosotros y después, sabremos guardarla, de tal forma, que el Señor será presencia, aún en los momentos, en que hayamos de permanecer callados.

Nuestra palabra, como la de Jesús y la de María, ha de ser: cálida, cercana, oportuna, consoladora, gozosa, honda… surgida del discernimiento y con la suficiente valentía para denunciar.

Seremos palabra, que hable por esos, que los demás hacen callar, por los sin voz, los tímidos, los mudos, los que no saben expresar lo que sienten… siendo palabra, que rompa el silencio de los que es necesario seguir oyendo.

Usaremos palabras valientes que denuncien lo que es el poder, el consumismo, la comodidad, el “todo vale”

Que despierten conciencias, que no se cansen, que no se quiebren, que no se callen, ni aún cuando esté ronca, su garganta, de tanto gritar.

Palabras que hayan recogido, el sonido de todas las voces, que proclaman al mundo que Dios es Padre y los ama.

Palabras que, proclamen que la misericordia del Señor llena la tierra, y todos desde lo profundo del corazón podamos gritar a una sola voz:

Quisiera que llegasen a todos las bondades del Señor,

quisiera que mi palabra llegase a los demás,

quisiera tener claro lo que decir en cada situación,

quisiera decir a cada uno eso que necesita escuchar.

Pero bien sé que, esto solo será posible:

Dejando que sea Dios el que me hable al corazón.

Dejando que me hable… el rostro de mi amigo, de mi hermano,

del que está a mi lado.

Dejando que el Señor me grite en el silencio su mensaje de amor.

Y teniendo la seguridad de que:

Será Dios el que hable, por mediación mía.