LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: DIOS SONDEA Y SE COMPADECE

Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano

"Porque del Señor habéis recibido el poder, del Altísimo, la soberanía; él examinará vuestras obras y sondeará vuestras intenciones" (Sb 6,3).

Hemos visto anteriormente la apremiante exhortación a todos los reyes, jueces y gobernantes de la tierra a oír, aprender y prestar atención en orden a la función que ejercen de cara a los hombres. Una recomendación en la que pudimos apreciar su dimensión universal.

A continuación, el autor hace saber a estas personas investidas de autoridad, el por qué no pueden gobernar desde su capricho sino desde la sabiduría. Es porque Dios es la causa primera del poder que ostentan y que, precisamente por ello, examinará y juzgará su forma de gobernar.

Acerca de Dios, causa primera de todo poder temporal, me limito a subrayar que esta concepción es una característica de la espiritualidad de Israel. Siendo Yahvé el creador y hacedor, todo le está sujeto y de Él depende todo poder ejercido no sólo en Israel, donde es reconocido y adorado, sino también en cualquier nación de la tierra aunque dé culto a sus dioses.

Podemos recordar a este respecto la alocución que el profeta Daniel dirige a Nabucodonosor, rey de Babilonia, al revelarle catequéticamente el sueño que había tenido acerca de una gigantesca estatua cuya cabeza era de oro, y cuyos pies de barro y hierro mezclados. La explicación del sueño comienza con estas palabras: "Tú, oh rey, rey de reyes, a quien el Dios del cielo ha dado reino, fuerza, poder y gloria..." (Dn 2,37).

Más esclarecedoras aún son las palabras que dirige Jesús a Pilato, gobernador de Jerusalén. Recordemos que Jesús fue llevado ante él por los miembros del sanedrín. Sólo él tenía poder para confirmar la sentencia de muerte que habían formulado contra Jesús. Sabemos que Pilato se convenció de la inocencia del Hijo de Dios, pero al mismo tiempo quería contentar a los judíos. No quería problemas con ellos para no poner en peligro su honroso cargo.

Consciente Jesús de su doblez, decide no responder a más preguntas suyas; por lo que Pilato, manifiestamente molesto, le dijo a bocajarro: "¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?" (Jn 19,10). Ante tal manifestación de prepotencia, Jesús se limitó a aclararle el origen del poder del que tanto alardeaba: "No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba" (Jn 19,11).

Dios, origen de todo poder temporal, examinará y juzgará, la forma en que éste ha sido ejercido. Dado que es muy fácil cegarse ante la luz deslumbradora que emana del poder, el autor del libro de la Sabiduría invita a estos hombres a vivir con el entendimiento abierto a la sabiduría y a la prudencia que vienen de lo alto para que su obrar, que será examinado por Dios, sea considerado justo y recto en todo.

El Salmo 11 nos ofrece una catequesis magistral acerca de la universalidad del juicio de Dios. En él vemos que no hay persona, sea cual sea su creencia, que quede fuera de su mirada escrutadora: "Yahvé en su Templo santo, Yahvé, su trono está en los cielos; sus ojos ven el mundo, sus párpados exploran a los hijos de Adán" (Sal 11,4).

Una vez que el salmista nos ha descrito a Yahvé como el ser supremo a cuyos ojos no escapa nada de lo que hacemos los hijos de Adán, nos hace saber que explora, es decir, escruta minuciosamente tanto al justo como al impío; y con respecto a éste, cuya impiedad identifica con la violencia ejercida, oímos lo siguiente: "Yahvé explora al justo y al impío; su alma odia a quien ama la violencia" (Sal 1 1,5).

En el mismo juicio, Dios pasea su mirada y la hace reposar sobre los justos. Les ama, les llena con su luz tanto que podrán contemplar su rostro: "Que es justo Yahvé y lo justo ama, los rectos contemplarán su rostro" (Sal11, 7).

Quizás esta mirada de Dios que nos examina en profundidad, provoque en nosotros un poco de desasosiego y temor. Por supuesto que todos tenemos motivos más que suficientes para decir, al igual que David, que somos pecadores: "Contra ti, contra ti sólo he pecado, lo malo a tus ojos cometí" (Sal 51,6).

Es cierto que Dios mira y juzga, pero también lo es que envió a su Hijo para que comprendiésemos que su mirada sobre nosotros está siempre cargada de conmoción y misericordia. Descubramos cómo el Hijo de Dios vio y miró a toda la humanidad: "Al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor" (Mt 9,36).