1.- SETENTA VECES

Por David Llena

No nos cansemos de perdonar, no nos cansemos de pedir perdón. Igual que no nos cansamos de beber agua y es bueno hidratar nuestro cuerpo, también necesitamos del otra Agua y esa otra Agua es el perdón de Cristo. Esa Agua limpia nuestras faltas y nuestros rencores, si limpiamos nuestra alma, ésta debe dar un buen olor, no puede limpiarse un alma si guarda en su interior memoria de pasadas disputas. Es agua podrida que hay que evacuar cuanto antes.

Hay que mantenerse limpio por fuera e hidratado por dentro, todos los días, y sin embargo nuestra alma no la hidratamos más que quizá una vez al año y por que lo mande la Santa Madre Iglesia. ¿Cómo estaríamos si solo bebiésemos una vez al año? O ¿quien querría acercarse a nosotros si sólo nos lavásemos una vez al año?

Necesitamos, al igual que aseamos nuestro cuerpo, hacer lo mismo con nuestra alma. Evitando exponerla a situaciones que la manchen, aunque “nos guste saltar en los charcos”, no somos niños y sabemos las consecuencias de nuestros actos, y sin embargo cada vez que vemos un charco no vamos a él de cabeza, nos soltamos de la mano de nuestro Padre y allá que nos vamos.

Por esta razón, debemos cada vez que nos acordemos, pedir a nuestro Padre que no nos suelte de la mano, que nos ayude a no caer en la tentación; y por otro lado acercarnos cada vez más a menudo a recubrir nuestra alma de su gracia (mediante el sacramento del Perdón) que hará más fuerte esa unión de nuestra mano con la del Padre.

Experimentemos el gozo repetido de recibir la gracia del Señor en este sacramento que tan poco frecuentamos. ¿Cuántas veces?, pues como dijo Cristo a Pedro ante una cuestión de perdón: “Hasta setenta veces siete”.

 

2.- NIEVE (2)

Por Pedrojosé Ynaraja

Creo que el más espectacular fenómeno atmosférico que existe debe de ser la aurora boreal. De pequeño vi un día un extraordinario paisaje luminoso en el cielo y se me dijo que lo era. De mayor, he sabido que es propio de tierras del norte, pero que, en ciertas ocasiones, se puede ver por estas latitudes. Como dan la fecha de una vez que ocurrió y corresponde a la época de mis recuerdos burgaleses, deduzco que sí, que fue lo que yo vi, pero nada más, ya que se me han borrado los detalles. Lo que sí es espectacular, y propio de cualquier país, es la tormenta. Pocas cosas hay tan impresionantes como un rayo que rasga el horizonte. Pero la tempestad mete demasiado ruido. Resta, en el teatro atmosférico, la nieve. Cuando nieva es como si se tendiera un manto de perdón sobre el paisaje. Montones de basura, piras de troncos abandonados, cualquier cosa que sobresale, hasta los estercoleros mismos, desaparecen de la vista. Todo queda blanco, limpio, sereno. El cielo absuelve el paisaje y lo viste de pascua. Y es fascinante, se realiza en silencio, enigma intrigante. Nieva en silencio. Semeja al perdón cristiano.

Ya dije que en la Biblia es mencionada la nieve 28 veces y que en el Israel de aquella época, todo el mundo sabía lo que era, pues la podía ver en las estribaciones del Antilibano. Parece ser que el protagonismo del cambio climático también se manifiesta en esto, fundiendo ahora los heleros que antes siempre veíamos, cuando desde la baja Galilea, desde el Lago, nos dirigíamos hacia las fuentes del Jordán, en Banias. A cualquier hijo de vecino actual, le toca durante su vida, pasar o sufrir, diferentes tests. Desde los que le someten en la escuela, hasta los que periódicamente debe pasar para continuar gozando de su permiso de conducir. Mediante estos instrumentos psicotécnicos, se puede saber todo de la persona humana, o así se cree. Algunos son divertidos, otros lacerantes. Ahora bien, nunca he visto un test de juventud espiritual. Se me ocurre ahora proponer la actitud ante la nieve, como prueba de tal índole. En la reacción que pueda tener una persona cuando por la mañana al despertarse y abrir la ventana comprueba que por la noche ha nevado, o cuando al mirar al cielo y lo plomizo de las nubes le anuncian que pronto nevará, estará el quid del examen. Si hay sorpresa, asombro y sonrisa, sin duda anida en su espíritu rebosante la juventud. Si frunce el ceño y piensa sin haber dado siquiera un paso, que resbalará tal vez, que se ensuciarán sus zapatos, o que no podrá irse de viaje, pues las máquinas no tendrán tiempo de abrir camino. Si reacciona de estas o semejantes maneras, no lo dudéis, el personajillo tiene ya el rostro espiritual apergaminado, de viejo que es. Año de nieves, año de bienes, se decía. Pero muchos no se lo creen.

La Biblia dice de la nieve: admira el ojo la belleza de su blancura y al verla caer se pasma el corazón (Si 43,18). O también: como desciende la nieve del cielo y no vuelve allá, si no que empapa la tierra y la fecunda… (Is 55,10). Heladas y nieves, bendecid al Señor (Dn 3,70). La proverbial serenidad teñida de pesimismo y esperanza de Job, tampoco se olvida de la nieve, como tampoco Jeremías, ni Lamentaciones, ni los salmos, que la mencionan cuatro veces. Ante el calor del tiempo de la siega, se añora la frescura de la nieve, se dice en Proverbios. Las molestias propias de este estado del agua, no hieren a la familia de la mujer fuerte y hacendosa, del final del mismo libro, pues, ha hecho para toda la familia ropa que abriga (31,20). A veces se le parece a cierta lepra, Éxodo y Crónicas nos dan ejemplos. El ángel que anuncia la Resurrección, lleva un vestido blanco como la nieve, dice Mt 28,3. Los cabellos del Hijo de Hombre de Apocalipsis 1,14 son también blancos como ella.