TALLER DE ORACIÓN

LLAMADOS A UNA VIDA RESUCITADA

Por Julia Merodio

Llevamos ya casi cuatro semanas tratando de sumergirnos en la Resurrección. El tiempo pascual es un tiempo gozoso que nos gusta y todo lo que, en él, se brinda nos parece bello y acogedor.

Pero lo que nos cuesta, un poco más, admitir es que para llegar a la resurrección haya que pasar por el misterio de toda una vida; de ahí que, Jesús haya querido pasar por ello, para que tuviésemos un referente que nos ayudase a superarlo. Jesús:

• Se hace carne en las entrañas de María: Encarnación.

• Toma naturaleza humana, como cada uno de nosotros: Humanización.

• Desciende a los infiernos, a lo más bajo, a lo más denigrante, a lo que a todos

horrorizaba, el patíbulo de la cruz: Muerte.

• Para ante el desconcierto de todos, llegar a la: Resurrección.

No puede estar más claro. El suceso, por el que tuvo que pasar Jesús, no fue algo etéreo, porque su realización, hace una unidad: la vida y la muerte, para aunar la realidad de Cristo con la nuestra.

Hubo tiempos en que se creía que, lo sucedido a Jesús, terminaba en la cruz, entonces la Semana Santa era el centro de la liturgia. ¿Quién no ha oído hablar, o no recuerda aquellos años en los que todo se vestía de luto con Jesús muerto? La gente no salía de casa, en señal de luto; no comía, hacía fuertes penitencias y todo era desolación para hacer una unidad con la Pasión de Cristo.

Pero el Concilio Vaticano II nos dio luz para hacernos llegar a la mañana de la Resurrección a esperar a Cristo Resucitado. Nos hizo ver la Resurrección, como plenitud, a la que todos somos conducidos. Por lo tanto, la grandiosidad del Triduo Pascual está en que Cristo Resucita y resucita para ti y para mí… para cada ser humano, sea cual sea su realidad. San Pablo lo había entendido bien cuando nos dejó escrito:

“Abrahán no vaciló ante la promesa de Dios. A pesar de que su cuerpo no tenía ya vigor, ni su mujer estaba en edad de concebir, él creyó y consolidó su fe dando así gloria a Dios, que tiene poder para cumplir lo que promete. Y su fe, fue tenida en cuenta para alcanzar la salvación. Estas mismas palabras, no sólo se refieren a Abrahán, sino también a nosotros, que alcanzaremos la salvación, si creemos en aquel que resucitó de entre los muertos: Nuestro Señor Jesús, entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra salvación” (Rom. 4, 18 – 25)

Pero antes de que San Pablo plasmase todo esto, Jesús se lo había dicho a los discípulos y hoy nos lo dice a nosotros, lo que pasa es que, a veces, oímos la Palabra de Dios sin escucharla.

Será bueno, por tanto, que recordemos esas Palabras:

-- “Yo soy el pan de vida que ha bajado del cielo. El que viene a Mí no tendrá más hambre y el que cree en Mí no tendrá más sed”

-- “Bienaventurados los que tienen hambre y sed…”

-- “Estuve muerto pero estoy vivo” –Apocalipsis-

-- “Jesucristo es el mismo: hoy, ayer y siempre…” –Hebreos-

DANDO SENTIDO A LA RESURRECCIÓN

La Resurrección es el final del silencio de Dios y la iluminación de todo lo que había pasado.

La Resurrección es el signo, a esa llamada que Jesús nos hace a vivir la vida de resucitados. Una vida que, siempre ha de estar presidida por el amor.

Todos hemos percibido alguna vez, en nuestra existencia, el silencio de Dios. Es un momento en el que la persona se siente sola, ausente, ha perdido la comunicación y no encuentra la manera de recuperarla. Es un momento en el que las preguntas se agolpan:

¿Dónde está Dios? ¿Por qué calla? No somos capaces de darnos cuenta de que Dios está ahí, presente, donde estaba. Dios no aparece y desaparece. Dios permanece.

Hemos llegado al punto clave de lo que, en realidad son las apariciones, aunque nosotros las entendamos en otro sentido. La aparición de Dios en la vida del ser humano sigue tres pasos fundamentales:

- Primero, como los discípulos, nos encontramos en una encrucijada que no tiene salida. Nos aislamos. Nos parece que nada tiene sentido…

- En ese segundo momento, nos acercamos a Dios, vamos dejando que, lentamente, se vaya haciendo presente en nuestra realidad.

- Por último, llega el reconocimiento. Ese momento de luz en que eres capaz de decir: Es el Señor.

En ese preciso momento, hemos llegado: a la verdadera, a la auténtica aparición del Señor en nuestra vida.

Sin embargo nos encontramos con personas a las que esto los deja indiferentes, incluso gente que dice, como estas cosas les hace perder la fe; son personas que no buscaban el encuentro con el Señor, por eso al final solamente se encuentran consigo mismas, ya que la persona que busca, de verdad a Dios, todo esto le sirve para acrisolarla.

Tenemos que darnos cuenta de que, a toda resurrección, le antecede un momento en el que, parece que Dios calla. Cuántas veces lo hemos escuchado en el evangelio: “Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas” Es, esa hora, en la que la persona vaga sin rumbo y obra el mal; hace las cosas en contra de la voluntad de Dios; se instala en la muerte y se niega a resucitar.

Es triste que todo esto no nos suene a nuevo. En el momento actual lo vemos surgir, con más frecuencia de la que nos gustaría; y no es porque Dios se haya callado, sino porque nosotros queremos callar a Dios. No pretendemos que nos hable, no queremos que nos cuestione, no deseamos que nos interrogue… y vivimos de espaldas a Él haciendo esas obras de las que deberíamos avergonzarnos, con las siglas de modernidad, progreso e innovación.

No queremos que nos hable Dios. No queremos nada que exija, ni produzca esfuerzo; aunque luego no escatimemos ni un ápice de energía para “el dios” placer; “el dios” poder; “el dios” estatus social; “el dios” figura física…

Y ahí vamos con nuestra muerte a cuestas. Eso sí, una muerte maquillada porque en este momento de progreso también hay especialistas para maquillar la misma muerte.

¡Cómo cambiaría nuestra vida y el mundo, si en lugar de acicalar la muerte, diésemos paso a la Resurrección!

JESÚS TENÍA LA ÚLTIMA PALABRA

El silencio de Jesús terminó porque Él tenía la última Palabra. De ahí que la última palabra de Jesús no fuese “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”, sino La Muerte ha sido vencida para dar paso a la Resurrección; que nos sitúa en ese momento de Luz, en el que vemos como la fe, la esperanza y el amor se han consolidado, porque a pesar de todo lo que ha pasado, el Señor ha estado ahí, presente, durante todo el tiempo. Sería bueno orar con esta realidad durante largo tiempo, hasta que de nuestro corazón brotasen las palabras que pronunció el profeta Elías: “Señor, Tú estabas ahí y yo no lo sabía” Tu estabas conmigo, estabas en mis momentos amargos… aunque no haya sido capaz de verte.

Porque durante las horas de silencio parecía que Dios no estaba, pero al cesar el silencio y aparecer la Luz se ha visto con nitidez como el Crucificado, ahora Resucitado es el mismo ayer, hoy y siempre. ES:

• El Camino por donde hemos de caminar.

• La Verdad en la que tenemos que afianzarnos.

• La Vida en la que tiene que discurrir nuestra existencia.

Dice Laplace: “Todo se explica cuando todo se ha consumado” y así es la libertad del ser humano, aunque a veces no parezca tener explicación, siempre está conducida por la providencia de Dios.

MOMENTO DE ORACIÓN

Esta semana, además de usar los textos de resurrección para orar, podríamos también detenernos ante estas preguntas:

• ¿Qué me dice a mí todo esto?

• ¿Me lleva a ser testigo de Cristo Resucitado?

• ¿Pueden ver, los demás, en mi manera de vivir, motivos de resurrección?

• ¿Mi religión es una religión de muertos y una religión llena de amor y de

vida?

• ¿Es la Pascua mi gran ocasión, para aunar mis alegrías y mis penas en Cristo

Resucitado?

Pidamos, también a María, la Madre, que nos acompañe en la oración durante este tiempo de Pascua, lo mismo que lo hizo con los apóstoles.