LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: TODO PUEBLO Y NACIÓN

Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano

"Oíd, pues, reyes, y entended Aprended, jueces de los confines de la tierra. Estad atentos los que gobernáis multitudes y estáis orgullosos de la muchedumbre de vuestros pueblos" (Sb 6,1-2).

A lo largo de los primeros cinco capítulos del libro de la Sabiduría, su autor ha querido instruir a sus lectores mostrando la relación existente entre la sabiduría que viene de lo alto y el destino del ser humano. Es por ello que nos ha hablado profusamente acerca del fin tanto del justo como del impío, centrando, bien la justicia o bien la impiedad, en la aceptación o el rechazo de la sabiduría.

A partir del presente capítulo y hasta el décimo veremos cómo se explaya en la predisposición del hombre en lo que se refiere a la búsqueda de la sabiduría, proponiendo al rey Salomón como prototipo de todo aquel que busca la ciencia de Dios.

Entrando en este tema, nos viene bien escuchar la recomendación y exhortación que san Jerónimo hizo a algunas de sus discípulas, de acudir a la fuente inagotable de la Palabra para poder adquirir la sabiduría que nace de lo alto, la ciencia de Dios: "Si hay alguna cosa, oh Paula y Eustaquia, que pueda sujetamos aquí abajo a la sabiduría, y que en medio de las tribulaciones y torbellinos del mundo conserve el equilibrio de nuestra alma, yo creo que es ante todo el conocimiento y la meditación de las Escrituras.”

Después de este preámbulo, abordamos los primeros datos catequéticos que encontramos en estos primeros versículos del capítulo en cuestión y que encabezan el texto que nos ocupa.

Llama poderosamente nuestra atención la perspectiva universal del autor. Al mismo tiempo que asocia la asimilación de la sabiduría a verbos clave como son oír, entender y aprender, vemos que su exhortación alcanza no sólo a los reyes y jueces del pueblo de Israel, sino a todos en general. Escribe tanto para aquellos que se ubican en los confines de la tierra como para los que, en mayor o menor grado, ejercen una función de gobierno dentro del pueblo elegido.

Podemos entender esta intuición del autor como el despliegue impetuoso de una visión salvífica de Dios que, rompiendo las fronteras de Israel, nación en la que se ha manifestado, se extiende a todos los pueblos y naciones de la tierra. Intuición a la que da cuerpo el Hijo de Dios al alabar la fe sincera y seria que tuvo en Él el centurión que le pidió la curación de su criado. Escuchemos la respuesta que dio Jesucristo a este oficial del ejército de Roma: "Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos" (Mt 8,10-11).

Lo que hemos dado en llamar intuición catequética por parte del autor del libro de la Sabiduría, se convierte en anuncio y promesa en la boca del Señor Jesús. Anuncio y promesa que percibimos aún más explicitada por parte del Hijo de Dios hacia el final de su ministerio público, concretamente en los preliminares de su última Pascua.

Sabiendo Jesús que se acercaba su paso definitivo hacia su Padre, dio a su Iglesia una catequesis fundamental en lo que respecta a la identidad y fecundidad de la fe. Me estoy refiriendo a la del grano de trigo que muere y da fruto, y que comienza así: "En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo, pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde, y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna" (Jn 12,24-25).

Es evidente que está anunciando a sus discípulos su muerte y resurrección. Pues bien, es al final de esta catequesis, al proclamar su triunfo, su vuelta al Padre, cuando anuncia la universalidad absoluta de su salvación: "Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12,32).

Atraeré a todos hacia mí. Se amplía la tienda del pueblo elegido hasta los confines del mundo. En Jesucristo somos todos amados y elegidos. Su muerte y su victoria nos rescatan a todos los hombres y mujeres. Hijos hasta entonces de las tinieblas y sombras de muerte, hemos sido visitados por la luz, tal y como profetizó Zacarías: "Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, que harán que nos visite una Luz de la altura, a fin de iluminar a los que habitan en tinieblas y en sombras de muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz" (Le 1,78-79).

Amor de Dios sin límites, alcance universal de su sabiduría/salvación, como veladamente intuyó el autor del libro de la Sabiduría. Todo ello se cumplió cuando Jesucristo entró en la muerte y resucitó victorioso. Victoria que alcanza al universo entero y que es aclamada festivamente en los cielos: "Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos porque fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación" (Ap 5,9).