TALLER DE ORACIÓN

VIVIR EN ALABANZA

Por Julia Merodio

Si hay un tiempo especial, para vivir la Alabanza, es el tiempo de Pascua; aunque seamos conscientes de que “eso de alabar” no es lo habitual entre nosotros.

Esto puede ser debido, a que no estamos dispuestos a acoger en nuestra vida al Resucitado y muchos menos, a resucitar nosotros de tanta muerte como nos envuelve. De ahí que vivamos tristes, sombríos, expectantes… sin un hueco para la alegría, sin una actitud de felicidad, haciendo lo que tenemos que hacer porque no nos queda más remedio.

Hay un hecho en el Antiguo Testamento que lo plasma con nitidez y nos cuenta lo siguiente: el Rey Saúl era una eminencia triste, tenía mucho poder pero siempre estaba deprimido y enfadado. David, en cambio, era un niño alegre y le gustaba tocar la cítara alabando a Dios; de ahí que cuando Saúl estaba abatido llamaba a David que le cantaba alegrándole el espíritu. Pero el pueblo quería más a David que a él y no pudiendo soportarlo, se quita la vida.

Entonces David, se casa con una hija de Saúl y tienen una niña de carácter áspero, como el de su abuelo.

La vida de David empieza a tambalearse; David tiene sus fracasos, sus caídas… Pero un día en que llevan a la Tienda el arca de Dios: David se despoja del manto y extasiado ante la grandeza del Señor, se pone a bailar ante Él. Su mujer le reprende por hacer esas cosas ante sus cortesanos, pero él no cesa. Ha reconocido a su Señor.

Y nosotros ¿Por qué estamos tristes? Porque quizá, todavía, no hemos reconocido a nuestro Señor. Si nos concienciásemos, de que somos personas resucitadas, todo cambiaría. Si nos diésemos cuenta, de que somos anunciadores de la Buena Noticia, nuestra vida entraría en fiesta y ya no nos importaría que viniese la tarde, ni la noche… porque, nadie podría quitarnos la alegría del Aleluya. Y creceríamos como personas y como cristianos; porque la alabanza: fortalece, da vida… hace seres fecundos.

LA RESURRECCIÓN FORJA TESTIGOS

Los discípulos son las mismas personas que, asustadas se cerraron a cal y canto en el Cenáculo; pero ahora han visto al Maestro y empiezan a entender.

Todavía tendrán que esperar la llegada del Espíritu para que los fortalezca, pero de momento:

• Los de Emaús comparten como ardía su corazón al escuchar su Palabra.

• Tomás se ha postrado, rendido a sus pies, para declararle su adhesión, con estas admirables palabras: Tú eres mi Señor y mi Dios.

• Pedro, que no se atrevía a mirarlo, después de las negaciones; al levantar los ojos hacia Él, se ha sentido mirado por el mismo dios y su corazón se ha regenerado.

• Además, juntos, han escuchado su vos diciendo “Os traigo mi paz” y no han necesitado más aclaraciones para sentirla.

Sin saber como, empiezan a ver en cada cosa, en cada acontecimiento, en cada situación… la huella de Dios. En el fondo de su ser sienten su mirada y su vida se entona más, hasta ser capaces de entrar en la alabanza surgida de una fe profunda.

Ya no cabe la menor duda de que los encuentros con el Resucitado siempre consolidan a la persona. De ahí la grandeza que supone para nosotros llegar a esta realidad. Saber que: Somos nos movemos y existimos… en Cristo Resucitado y que son, precisamente los sencillos, los que lo saborearán con mayor nitidez.

ENCUENTRO CON EL RESUCITADO

Por tanto este es un momento de gracia para encontrarnos con el resucitado y decirle: Queremos alabarte y sabemos que solamente entraremos en la alabanza cuando seamos barro en tus manos, para dejarnos moldear.

--Cuando nos demos cuenta de que no somos prodigiosos por los puestos que tenemos sino porque somos obra de tus manos.

--Cuando observemos todas las veces que hemos vivido en la tristeza, la desesperanza, la depresión… sin ser capaces de vivir en la esperanza que todo lo salva.

Qué lección de resucitados nos dan Pablo y Silas cuando, apresados y sujetos con cepos, se pasan la noche cantando alabanzas al Señor. Cuenta la palabra de Dios que cuando el carcelero ve su entereza se postra ante ellos para decirles: ¿Qué tengo que hacer para salvarme? No puede estar más claro que la alabanza: renueva, reintegra, salva… La alabanza es liberadora y redentora. Por eso nosotros repetiremos con fuerza, ante el Seños:

“Al despertarme me saciaré de tu semblante Señor” y el semblante de dios es el de un Padre amoroso, el de un amigo que acompaña siempre.

Por eso, como personas resucitadas, vamos a afrontar la vida desde Dios; vamos a resistir el dolor; vamos a inyectar al mundo, una buena dosis de esperanza.

Y vamos a orar, desde lo profundo del corazón, diciendo:

Señor:

Quiero vivir en alabanza. Quiero decir “bien” de la gente, bendiciendo a todos, como el Señor me bendice a mí.

Quiero que el canto presida mi vida; para poder vivir bendiciendo y alabando a mi, único creador y Señor.

Quiero vivir amando y sirviendo, porque Dios, así me lo ha encargado.

Quiero descubrir, en cualquier circunstancia de la vida, el rastro de Cristo Resucitado.

Quiero sentir, con fuerza, la mirada de Dios sobre mí, para que como Él resucite a todas mis muertes.