LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: ESPERANZA DEL CRISTIANO

Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano

"Partirán certeros los tiros de los rayos, de las nubes, como de arco bien tendido, saltarán al blanco, de una ballesta se disparará furioso granizo; las olas del mar se encresparán contra ellos, los ríos los anegarán sin piedad; se levantará contra ellos un viento poderoso y como huracán los aventará. Así la iniquidad asolará la tierra entera y la maldad derribará los tronos de los que están en el poder" (Sb 5,21-23).

Continúa el autor describiendo el poder devastador del mal dejando entrever en el trasfondo que el reino de este mundo pasa, que sólo Dios permanece para siempre. Acerca de la precariedad de lo que podríamos llamar el mundo visible, nos habla en no pocas ocasiones la Escritura. Quedémonos con la siguiente exhortación de Isaías: "Una voz dice: ¡Grita! Y digo: ¿Qué he de gritar? Toda carne es hierba y todo su esplendor como flor del campo... La hierba se seca, la flor se marchita, mas la palabra de nuestro Dios permanece por siempre" (Is 40,6-8).

Acerca del mal encontramos un dato distintivo en el autor del libro de la Sabiduría que nos llama poderosamente la atención. Al comentar sobre el crecimiento de la iniquidad, señala que el poder de ésta se revuelve contra sí misma. Me refiero a que los poderosos que encarnan y propagan el mal se dividirán entre ellos y se golpearán mutuamente. Digamos que la sed de dominio y de poder no distingue en su avasallamiento entre buenos y malos, entre justos e injustos. Dado que el ansia de poder y el mal que ello conlleva es insaciable, los inicuos se harán la guerra entre ellos para aumentar sus parcelas de dominio.

He ahí el poder destructor del mal. Tiene una capacidad de destrucción que es imparable, no se detiene ante nada ni ante nadie. Por no entender, no entiende ni siquiera de lazos de sangre. Los anales históricos de los imperios y reinos están plagados de asesinatos de hombres, mujeres e incluso recién nacidos, cuyo único delito era tener vínculos de sangre con sus asesinos. Bastaba que fuese una simple causa o sospecha de peligro de cara a sus ambiciones para creer conveniente su desaparición. Ambición, iniquidad, destrucción, muerte: todo va junto. Todas estas plagas caen de una forma u otra sobre el hombre vendido, como dice el apóstol Pablo, al poder del pecado (Rm 7,14).

He aquí el enorme abismo en el que el hombre inicuo se debate sin poder hacer pie. Orienta todas sus capacidades para aumentar su poder y su dominio; mas, cuanto más lo consigue más se hace patente su debilidad, pues es mayor su sujeción, su ser vendido al poder que tan compulsivamente le atrae. Todo su ser revela los estragos de la muerte. En estos hombres se cumple lo que el apóstol Pablo dice acerca del poder destructor del mal y de la iniquidad: "El salario del pecado es la muerte" (Rm 6,23).

El mismo Jesús anuncia que una de las señales que precederán al fin de los tiempos, al fin del reino de este mundo, será que las naciones se levantarán unas contra otras. No es esto señal del fin de este mundo en sí, mas sí del comienzo de lo que Él llama "los dolores del alumbramiento": "Oiréis también hablar de guerras y de rumores de guerras. ¡Cuidado, no os alarméis! Porque eso es necesario que suceda, pero no es todavía el fin. Pues se levantará nación contra nación y reino contra reino, y habrá en diversos lugares hambre y terremotos. Todo esto será el comienzo de los dolores del alumbramiento" (Mt 24,6-8).

Creo que, a la luz de estas citas del Nuevo Testamento, podemos entender más ampliamente lo que quiere decimos el autor del libro de la Sabiduría al afirmar que "la iniquidad asolará la tierra entera, y la maldad derribará los tronos de los que están en el poder".

El cristiano también vive el drama del mal. Es más, muy probablemente ha contribuido, al menos en alguna etapa de su vida, a extender su poder destructor en el mundo. Sin embargo, no se abate ante él porque tiene la experiencia personal de haber sido rescatado. Por eso mira el horizonte, al que nunca ve oscuro ni cerrado. Al contrario, mira el futuro cada vez más luminoso y abierto.

No es una esperanza que le haga evadirse ni desentenderse del mal que le rodea. El cristiano está allí donde le necesitan, allí donde hay unas heridas que curar y unas lágrimas que recoger. Es una persona de esperanza allí donde ya nadie confía en nadie. Sus manos y sus miradas son la ternura de Dios en aquellos ámbitos donde el mal hace más estragos: el ámbito de los débiles, de los desfavorecidos, de aquellos de los que todos abusan.

El discípulo de Jesús no está hecho de una manera distinta a los demás hombres; participa de la precariedad como todos los seres humanos. Sí tiene algo, no obstante, que le distingue de los demás: su fe.

Una fe que le hace esperar al Señor Jesús en toda circunstancia, también en el llamado día de las tinieblas. Oigamos la exhortación del apóstol Pablo a aquellos discípulos de Tesalónica que se preguntaban acerca del fin del mundo: "Pero vosotros, hermanos, no vivís en la oscuridad, para que ese Día os sorprenda como ladrón, pues todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día. Nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas... Dios no nos ha destinado para la cólera, sino para obtener la salvación por nuestro Señor Jesucristo" (1 Ts 5,4-9).