III Domingo de Pascua
6 de abril de 2008

La homilía de Betania


1.- EL MANUAL DE INSTRUCCIONES DE NUESTRA COMPUTADORA

Por José María Maruri, SJ

2.- PUNTOS DE ENCUENTRO CON JESÚS: LA PALABRA, LA EUCARISTÍA Y LA COMUNIDAD

Por José María Martín, OSA

3.- CAMINO TRISTE A LA IDA Y GOZOSO A LA VUELTA

Por Antonio García-Moreno

4.- SI NO COMPARTES EL PAN…

Por Gustavo Vélez mxy

5.- JESÚS ESTÁ ENTRE NOSOTROS

Por Gabriel González del Estal

6.- CAMINO DE IDA Y VUELTA

Por Javier Leoz

7.- QUE NO LE DEJEMOS PASAR DE LARGO

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILIA MÁS JOVEN


EMAÚS: COMPARTIR

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- EL MANUAL DE INSTRUCCIONES DE NUESTRA COMPUTADORA

Por José María Maruri, SJ

1.- Hace años –ya muchos—me contaron la anécdota del Padre Vilariño, autor de una popular y sentida vida de Jesús, que un día que estaba meditando en uno de sus capítulos, subió a un tranvía y allí, él solo, se ensimismó en la figura de Jesús que quería describir y al preguntarle el cobrador: “Billete”, contestó: “Dos, por favor”. Y ante el asombro del cobrador se desdijo: “No, uno solo”. El buen Padre llevaba de compañero de tranvía a ese Señor que camina siempre con nosotros.

2.- Ese es el mensaje de nuestro evangelio. Ese Jesús, que se ha hecho compañero nuestro compartiendo todo con nosotros, del nacimiento a la muerte, para que en ningún estadio de nuestra vida podamos decir que estuvimos solos. Ese mismo Jesús compañero personal de cada uno de nosotros, los que sin verle hemos creído.

Hombro con hombro caminamos con Él, no solo nos dijo que no nos dejará solos como huérfanos, sino que ha afirmado que estará con nosotros hasta el fin de los siglos. Y cuando en nuestro camino se abre una zanja demasiado grande para que la saltemos solos es Él el que nos toma en brazos y salta con nosotros.

3.- Pero cuántas veces nos pasa a todos que en el camino de nuestras vidas no le sentimos cerca. Nos sentimos solos y abandonados. Y emprendemos la huída ilógica y absurda de aquellos de Emaús

--Le habían oído decir que al tercer día resucitaría y ya al segundo se dan por vencidos

--Todo nos parece engañifa y sin fundamento como les parecía a los de Emaús las visiones de ángeles de las mujeres

--Queremos argumentos y razones palpables y no nos basta el testimonio sincero y religioso de personas que, por otra parte, respetamos y queremos, como eran Pedro y Juan para los de Emaús.

Y el Señor Jesús, que ni un momento se ha apartado de nosotros, porque el amor del Padre del hijo pródigo no se avergüenza de entrar con su hijo en los lugares más sucios y depravados. Ese Señor camina silencioso y sin ser reconocido, y escuchando nuestras recriminaciones.

4.- ¿Por qué no le buscamos donde podemos encontrarle? ¿Por qué somos tan necios…? ¿Por qué nos empeñamos en poner en marcha la complicada máquina de nuestras vidas sin echar ni siquiera un vistazo al manual de instrucciones que viene con la máquina? ¿Tan estúpidos somos que nos empeñamos en trabajar adecuadamente con una complicada computadora de nuevo cuño sin saber como se maneja?

Todas las explicaciones, todo el ánimo, toda la fuerza que necesitamos para caminar nuestro camino lo tenemos en ese manual de instrucciones de la vida que es la Palabra de Dios.

Cuando Jesús empezó a leérselo a los de Emaús empezaron a ver las cosas claras, no empezaron a comprender todas las complicadas entrañas de la nueva computadora, sino que empezaron a darse cuenta del contrasentido de lo que les había pasado. Había una explicación religiosa, nunca bien comprendida, porque los planes de Dios no son nuestros planes y los caminos de Dios no son nuestros caminos.

Hartos estamos de decir que la Escritura es la Palabra de Dios, que son las instrucciones que Él nos deja para caminar la vida y nos empeñamos en vivirla, sin leer con atención el manual de instrucciones.

5.- Necios y torpes que tantas veces nos sentimos desfallecer en el camino, y se nos hace largo e interminable, y no se nos ocurre pararnos a comer, nos empeñamos en comer una vez a la semana, todo lo más, viniendo a la Eucaristía, y a veces sin comulgar… ¿y no queremos que llegue el jueves y se nos vayan los pulsos?

En la Eucaristía, en el partir el pan, acabaron de encontrar fuerza los de Emaús y tanta que cuando se hacía de noche y llevaban horas de camino, lo dejan todo y vuelven corriendo a Jerusalén a encontrar en la comunidad de hermanos la confirmación en su fe.

Esta es la enseñanza de este evangelio: en el camino de nuestras vidas tenemos al Señor compañero en lo que nos dice con su Palabra, en la fuerza que nos da su Cuerpo y Sangre, en aquello de que dos o tres reunidos en su nombre entre los que Él siempre está.

Cuántas veces no sabemos dónde llevan los caminos de Dios sin acordarnos que Él va delante de nosotros, que lleva el mapa y la brújula y conoce todas las sendas porque las ha caminado antes de nosotros.

Que seamos capaces de llevar con nosotros en el mismo tranvía a ese mismo Señor para que aquel Padre Vilariño pidió un billete.


2.- PUNTOS DE ENCUENTRO CON JESÚS: LA PALABRA, LA EUCARISTÍA Y LA COMUNIDAD

Por José María Martín OSA

1. - Muchas veces nosotros hemos tenido la misma tentación de los discípulos de Emaús: huir, dejarlo todo, nos vence el cansancio, la desilusión, la desesperanza, el sentido de fracaso....También en muchas ocasiones hemos experimentado cómo Jesús no nos abandona, se acerca a nosotros como se acercó a los discípulos de Emaús: "Jesús en persona se puso a caminar con ellos". El quiere compartir nuestros problemas, quiere sacarnos de las tinieblas, quiere darnos una palabra de ánimo que aclare nuestras dudas: "Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les explicó lo que se refería a El en toda la Escritura". Comprobamos entonces, como lo hicieron los de Emaús, que El es nuestra única esperanza. Jesucristo, el Señor resucitado, es el único que da sentido al misterio de la vida. Lo que entrega Jesús a los dos caminantes es algo más que un discurso, son sus gestos, su estilo y su talante lo que hace despertar a los discípulos.

2.- ¿Cómo podemos reconocer a Jesús? Este relato es una catequesis de cómo podemos llegar a tener una auténtica experiencia del resucitado. Lo encontramos en primer lugar en "la Palabra". Ellos comprendieron las Escrituras y se dieron cuenta de que ardía su corazón mientras les hablaba. Es meditando la Palabra de Dios y aplicándola en nuestra vida como podemos reconocer al Dios del Amor que Jesús nos anunció. En segundo lugar podemos encontrar a Jesucristo en la Eucaristía. A los discípulos de Emaús "se les abrieron los ojos y lo reconocieron.....y contaron cómo le habían reconocido al partir el pan". Pero hay un tercer lugar de encuentro que los cristianos necesitamos recuperar: la comunidad. No se puede ser cristiano por libre, necesitamos la Comunidad para crecer como creyentes. Los discípulos de Emaús rectificaron su camino y volvieron a Jerusalén, "donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros, que estaban diciendo: es verdad, ha resucitado el Señor". Tres lugares de encuentro y tres apoyos fundamentales para el cristiano: la Palabra, la Eucaristía y la Comunidad.

3.- "Dios lo resucitó". Es este el gran anuncio de Pedro el día de Pentecostés. Esta certeza transforma la vida de los discípulos. Así nace la comunidad cristiana, así nace la Iglesia. Sus características son: la cercanía a la realidad de las personas --la acogida-- como punto de partida; es Jesús y la Palabra de Dios como centro de la predicación; es el compartir la vida y los dones como base del compromiso para transformar este mundo según los valores del Reino. La catequesis, que debe estar presente siempre como proceso de formación en la fe de todas las edades, parte también de la experiencia de vida y del encuentro con Jesús "el desconocido caminante" que camina a nuestro lado. Jesús llena el vacío de nuestra vida. No celebramos la Eucaristía para cumplir una obligación que nos han impuesto. Participamos en la Eucaristía porque tenemos necesidad de Jesús, porque sólo El sacia nuestros anhelos y nuestra sed de felicidad. Pero busquémosle donde se le puede encontrar: en la Palabra de Dios, en el compartir el Pan de la Eucaristía y en la Comunidad de hermanos, especialmente en los más pobres y necesitados.


3.- CAMINO TRISTE A LA IDA Y GOZOSO A LA VUELTA

Por Antonio García-Moreno

Plan previsto.- La primera lectura de hoy dice: "Conforme al plan previsto y sancionado por Dios, os lo entregaron, y vosotros, por mano de paganos, lo matasteis en una cruz" (Act 2,23). Por tanto, todo estaba previsto. Hubo detalles que se anunciaron desde hacía mucho tiempo y que se cumplieron en el instante determinado por Dios. De momento aquello parecía absurdo, extraño, incomprensible. Pero al final todo se vería claro, se comprendería el porqué de muchas cosas que antes no se podían explicar.

El Hijo de Dios es condenado a muerte, y la muerte se ejecuta de modo terrible e implacable. El que venía a librar a la Humanidad de sus ataduras es maniatado, el que venía a dar la vida a los hombres pasa por la humillación de morir abandonado. Planes misteriosos de Dios, destinos extraños.

Hay que mirar la vida así, como un plan previsto por Dios. Algo que su sabiduría y su bondad han preparado de antemano. Y aunque nos cueste comprender, decir que sí. Aceptar siempre, sea lo que sea, con una gran confianza, con una enorme seguridad y serenidad de alma. Poner en sus manos nuestra vida y nuestra muerte, nuestros bienes y nuestros males, y permanecer tranquilos, conscientes de que pase lo que pase, realmente nunca pasa nada.

"Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua y mi carne descansa esperanzada...” (Hch 2, 26). En efecto, es un gran motivo para ser felices de verdad, para vivir contentos siempre. Saber que todo lo que ocurra está previsto por Dios nuestro Padre. Saber que Él nos ama y que sólo pretende nuestro bien. Saber que al final todo terminará felizmente para los que nos esforzamos en amarle.

Clima de gozo íntimo, de esperanza en carne viva, de alegría honda, de optimismo primaveral. Cristo ha vuelto a la vida. Aquellos hombres, los apóstoles que, a pesar de sus miserias, amaban entrañablemente a Jesús, se llenan de júbilo al verle de nuevo entre ellos, al oír su voz, al escuchar aquel saludo tan maravilloso: La paz sea con vosotros.

Por encima de las nubes más densas siempre brilla el sol, y bajo el mar encrespado hay siempre una gran calma. Así tiene que ser continuamente nuestra vida, llena de serenidad y de calma. Anclados fuertemente en la fe, soportando con entereza todos los vaivenes de la vida, logrando conservar la paz de espíritu, sabiendo descubrir, tras lo que sea, la mano de Dios Padre que nos acaricia y nos consuela.

2.- Al partir el pan.- Camino de Emaús. Camino triste a la ida y gozoso a la vuelta. Iban cabizbajos, en silencio, rumiando cada uno en su interior los hechos trágicos que habían presenciado en el Calvario. El Mesías había perdido su poder, lo habían maniatado sin que ofreciera la menor resistencia, aparecía vencido y a merced de sus enemigos. Y ellos que habían pensado que Jesús de Nazaret sería el gran caudillo libertador de su Pueblo, el elegido de Yahvé, el nuevo Gedeón o el nuevo Moisés, que reduciría a la nada a sus poderosos enemigos, a la omnipotente Roma. En cambio, el Maestro había sido apresado, juzgado, condenado y ejecutado nada menos que en una cruz.

Qué triste espectáculo el de aquel hombre desnudo y surcado por los latigazos de la flagelación, despreciado por los de su Pueblo, crucificado por los enemigos de Israel, colgado del madero a la vista de todas las gentes que habían llegado de todas partes para celebrar la Pascua. Dónde estaba el valor y la energía del Rabí, su poder de curar a los leprosos y de expulsar a los demonios, de calmar los vientos y el agua, de resucitar a los muertos. Parecía imposible que estuviera en la agonía de muerte quien había afirmado que Él era la Resurrección y la Vida.

Sumidos en estos pensamientos andaban cansinos, mientras otro caminante se les acerca y les pregunta por la causa de su tristeza. Cuando le explican lo que ha pasado, aquel desconocido les hace comprender que todo aquello estaba previsto en las Escrituras santas, era parte de los planes de Dios. Poco a poco iban entendiendo el sentido misterioso de aquella tragedia, se les disipaban gradualmente las tinieblas que les inundaban, ahogándolos en un mar de tristeza. Les ardía el corazón al escucharlo, sin darse cuenta de quién era. Pero ellos le convencen para que se quede, pues ya es tarde y se echa encima la noche. Y él se queda, se sienta con ellos a la mesa y les parte el pan...

Fue entonces cuando lo reconocieron. ¡Era Jesús, el Maestro! ¡Estaba vivo! De improviso desapareció. Quedan atónitos. No podían quedarse allí. Se olvidan de que la noche ha llegado, y se vuelven corriendo a Jerusalén. El Señor ha resucitado, dicen enardecidos. Sí, le contestan, también Pedro lo ha visto. Desde ese momento el anuncio pascual se repite cada año, y despierta en nuestros corazones la alegría de saber que Cristo ha vencido a la muerte. La cruz no fue el final desastroso sino el comienzo feliz de esta historia que se inició en la Pascua y terminará al final de los tiempos, la historia de nuestra salvación.


4.- SI NO COMPARTES EL PAN…

Por Gustavo Vélez mxy

“Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén”. San Lucas, Cáp. 24.

1.- Sobre el paisaje actual de Palestina, baja el camino desde Jerusalén hacia Jaffa, en busca de una pequeña aldea, llamada hoy El Qubeibe. Por allí transitaban el primer día de la semana como dice san Lucas, dos discípulos del Señor, desconsolados por lo sucedido esos días anteriores en la capital. De repente, otro viajero los alcanza, trabando con ellos conversación. ¿Por qué estáis tristes?, les pregunta. Ellos le cuentan con detalle su admiración por Jesús de Nazaret y además el rotundo fracaso del profeta que golpeó también a sus seguidores: “Fue un profeta poderoso en obras y en palabras ante Dios y todo el pueblo”. Conocían muchas cosas del Señor estos viajeros, sin gozar todavía de una experiencia vital. Aquella que transforma la vida. Su fe era hasta entonces un conocimiento lejano del Maestro, un recuento histórico, todavía superficial.

2.- El forastero escucha con atención y luego explica, paso a paso, que el Mesías, de acuerdo a los profetas, debía padecer todo esto. Quizás aquellos caminantes aguardaban un Salvador guerrero, que restituyera a su pueblo las glorias de siglos anteriores. La plática de este desconocido les ilumina, pero no alcanzan a entenderlo todo a profundidad. Añaden además que unas mujeres y algunos discípulos fueron de madrugada hasta el sepulcro y, llenos de estupor, lo encontraron vacío. “Pero a él no lo vieron”, señalan, con un dejo de amargura.

Iba corriendo el día y ya Emaús se dibujaba en la distancia. El forastero aceleró el paso, en ademán de seguir adelante. Pero Cleofás y su compañero, en quien algunos descubren al evangelista Lucas, le apremiaron a quedarse con ellos. Les agradaba su conversación. Se sentían comprendidos y apoyados en su desconsuelo. Enseguida aquel desconocido, “sentado con ellos a la mesa, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Y a ellos se les abrieron los ojos” y reconocieron que era Jesús.

3.- El texto, redactado unos cuarenta años después del suceso, recoge la práctica de la primera comunidad cristiana, de partir el pan en recuerdo del Resucitado. Sin embargo parece prematuro que “aquel primer día de la semana”, el Señor celebrara ya la eucaristía con estos desconcertados viajeros. Otros autores sólo reconocen aquí un refrigerio que ofrecen dos viajeros a un amigo, en una posada caminera.

Pero, más allá de estas opiniones, nos queda una lección. Al compartir el pan y el vino, como Jesús nos ordenó la noche de su despedida, reconocemos su presencia entre nosotros. Y de allí nace otra exigencia: El compartir de forma generosa con los necesitados. Dimensión social del sacramento. Condición indispensable para que el Señor se haga también patente en nuestra historia.

En muchas ocasiones el desencanto nos oprime y sólo queremos regresar a Emaús, a la anterior mediocridad, así ella nos asfixie. Pero el Señor se nos hace encontradizo en la Eucaristía. Entonces el corazón se nos enciende, como luego confesaron Cleofás y su compañero de viaje. San Lucas termina su relato contando cómo los dos viajeros regresaron a Jerusalén, para contar a los otros discípulos, ese encuentro que les hizo arder el corazón.


5.- JESÚS ESTÁ ENTRE NOSOTROS

Por Gabriel González del Estal

1. - A los cristianos de este siglo puede ocurrirnos fácilmente lo mismo que les ocurrió, en un principio, a los dos discípulos que caminaban hacia la aldea de Emaús. Estaban seguros que le habían crucificado al Maestro, que le habían muerto y sepultado; por eso caminaban, tristes y desesperanzados, porque creían que ya no iban a verle más. También nosotros podemos pensar en este momento que ya no es posible ver al Señor entre nosotros. Porque las guerras crueles y fratricidas, los capitalismos salvajes y los comunismos inhumanos, las multinacionales sin corazón y el culto idolátrico al dinero, las ambiciones de poder y el culto a la fama y al éxito, los grandes medios de comunicación de masas, parece que han matado al Señor, que le han enterrado y que ya no es posible saber dónde le han puesto. Por eso, la misión de los cristianos de este siglo es mostrar y demostrar que el Señor está vivo y ha resucitado, que Jesús está entre nosotros. Lo podemos demostrar, podemos demostrar que vive entre nosotros, si amamos a todos como Cristo nos amó y regalamos amor, si somos sobrios, austeros y generosos en el uso del dinero, si ponemos nuestra vocación de servir por delante de nuestra ambición de mandar, si anunciamos y propagamos con entusiasmo el evangelio de Jesús de Nazaret, si tenemos siempre nuestras manos dispuestas a levantar al caído y a socorrer al necesitado, si vivimos, en definitiva, como personas resucitadas. La losa que aprisiona y tapa el sepulcro de Jesús es nuestra ambición, nuestro egoísmo y nuestro materialismo. La misión de los cristianos de este siglo es levantar esa losa y permitir que el Jesús muerto y sepultado por nosotros se haga visible entre nosotros, como persona resucitada, viviente y gloriosa. Sí, Cristo quiere encarnarse en los cristianos de este siglo, quiere hacerse vivo, resucitado y salvador en cada uno de nosotros.

2. -Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua y mi carne descansa esperanzada. Pedro hace suyas aquí las palabras de David y pregona a los cuatro vientos que Jesús vive y que les está transmitiendo a ellos fuerza y entusiasmo para seguir predicando su evangelio. No vacilarán porque saben que el Señor camina a su derecha. Lo harán además con alegría y con vigor, sin tener miedo a los peligros ni a la misma muerte, porque están seguros que el Señor no dejará a sus fieles conocer la corrupción. Los cristianos de este siglo debemos ser, más que nunca, cristianos alegres y entusiastas, predicar el evangelio de un Jesús Salvador y Resucitado. Que los que se empeñan en seguir afirmando que el Señor está muerto y definitivamente muerto, puedan ver en cada uno de nosotros un Cristo vivo y resucitado.

3.- Si llamáis Padre al que juzga a cada uno según sus obras, sin parcialidad, tomad en serio vuestro proceder en esta vida. No nos han redimido y salvado a base de dinero, ni por intereses políticos o egoístas. Tampoco el Señor nos va a juzgar a nosotros por el poco o mucho dinero que tengamos; nos van a juzgar por nuestras obras, con imparcialidad. Nos juzgarán sobre todo por nuestras obras de misericordia, porque dimos de comer al hambriento y de beber al sediento, porque visitamos al enfermo y ayudamos al necesitado, porque actuamos siempre en nuestra vida con honradez y generosidad. Los cristianos debemos siempre tomar en serio nuestro proceder en esta vida, precisamente por eso, porque sabemos que será nuestro proceder en esta vida lo que nos hará dignos o indignos de ser salvados y resucitados por el Señor.

4. - Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída. Siempre está atardeciendo en nuestras vidas porque, por mucho que nos cuidemos, avanzamos hacia la muerte y cualquier día puede ser el último. Tenemos que pedir al Señor que se quede con nosotros, que no se marche, porque sin él nuestra vida va a estar irremediablemente vacía, va a discurrir desorientada y sin sentido. Tenemos que pedir al Señor todos los días que rompa las cadenas que nos atan y que nos impiden seguir su paso vivo y redentor. Tenemos que pedir al Señor que nos permita reconocerle siempre al partir el pan y que permita a las personas con las que convivimos que puedan reconocerle a Él vivo entre nosotros, porque nos ven siempre dispuestos a compartir con ellos nuestro pan, nuestro trabajo y nuestra vida. Tenemos que calentar todos los días nuestro corazón con las palabras del evangelio de Jesús, para que ardamos en su amor y, con nuestras obras, propaguemos por el mundo su luz y su calor. Sólo así podremos demostrar a la gente de nuestro mundo que el Señor está vivo y ha resucitado. Imitemos también en esto a los dos discípulos de Emaús.


6.- CAMINO DE IDA Y VUELTA

Por Javier Leoz

1.- Cuántas veces nos ha ocurrido el haber puesto todo nuestro empeño en un proyecto y, éste, se viene abajo. En cuántos momentos invertimos tiempo, ideas, creatividad, ingenio, dinero o esfuerzo y vemos que, los resultados, no son los esperados o los óptimos. Es entonces cuando surgen en nuestro interior, y también en el semblante que nos delata, las dudas, la decepción, el cansancio o la perplejidad.

Algo así debió de ocurrir con los discípulos de Emaús: tenían todas sus esperanzas puestas en Jesús. La libertad y la liberación, el futuro y sus intereses –todo- lo habían centralizado en Jesús. Y ¿qué ocurrió? Pues lo mismo que acontecía en los más cercanos a Jesús: volvían al lugar de partida, a sus orígenes, a sus trabajos…y lo hacían cabizbajos, pensativos y como fracasados.

Caminaban pero sin rumbo. Hablaban pero con nostalgia. Miraban pero sin horizonte alguno: ¡Dónde estaba Jesús! ¡Dónde quedaban sus promesas! ¡Dónde todas aquellas expectativas repentinamente quedaban sepultadas con su ausencia!

Los de Emaús, siguen dándose en nosotros; cuando pensamos que la fe es una frustración, cuando pedimos efectos inmediatos, cuando no dejamos a Jesús caminar a nuestro lado y nos cerramos a toda novedad y a su Palabra.

En el campo de la fe no todo es luz. Existen sombras y momentos de prueba. Noches en las que es necesario afinar nuestro oído para percibir la voz del Señor. Emaús es el camino que espera a todo creyente: no todo será fácil, no siempre todo estará claro. No todo saldrá como nosotros pensemos. Las dudas, la incertidumbre, la desilusión, los altibajos…acompañan en el itinerario del que sigue a Jesús.

¡Qué más quisiéramos un camino señalizado e iluminado por las certezas!

¡Qué más quisiéramos que una fe cosida y adornada por el traje de una seguridad permanente!

¡Qué más quisiéramos que un Jesús que nos hablara en los momentos más graves y decisivos de nuestra vida!

¡Pero no! Jesús quiere cristianos adultos. Conscientes de aquello que llevan entre manos y de aquello en lo que creen. Y, el camino de la fe, es una alternancia de luz y de oscuridad, de alegría y de pena, de fuerza y de debilidad, de aceptación y de rechazo. En la mayoría del testimonio de los santos se nos narra con frecuencia la “noche oscura”. Pero, a continuación, se nos indica que “el día siguiente” de esa “noche oscura” viene siempre garantizado y amanecido por la presencia y la compañía de un Dios que nunca falla.

.2.- Al escuchar este impresionante relato tendríamos que reflexionar sobre algunos aspectos:

a) Los grandes amigos no se demuestran cuando siguen a sus amigos en las horas de gloria sino, también, cuando aparentemente fracasan.

b) Los de Emaús no traicionaron a Jesús pero no perseveraron hasta el final. Dudaron de las palabras del Señor: “volveré”

c) Como los de Emaús también nosotros necesitamos un camino de ida. Es decir, un alejarnos de esas situaciones donde se mata a la verdad, donde no se escucha con nitidez la Palabra. En consecuencia necesitamos de un espacio para descansar y posibilitar que el Señor salga a nuestro encuentro

d) Nuestro Dios, y no lo olvidemos, no es un Dios derrotado ni arruinado. Su resurrección es para nosotros el trofeo, la victoria definitiva sobre nuestra propia muerte. Contemplar a Jesús como un simple liberador, como un líder o un personaje extraordinario en la historia de la humanidad nos, nos deja con el corazón tan vacío o inquieto como lo pudieron tener los discípulos de Emaús.

e) Por encima de todo, y a pesar de nuestras preguntas e incertidumbres, no podemos consentir que la razón o la apariencia nos traicione. Los de Emaús seguían queriendo a Jesús. ¿Le queremos nosotros? ¿Hablamos en el camino de nuestra vida de El? ¿No lo estaremos silenciando –y por lo tanto linchando- con nuestra cobardía y desesperanza?

f) Como los de Emaús puede que ni nos molestemos en buscar al Señor. Pero, el Señor, sale a nuestro encuentro. Nos alcanza y nos pregunta: ¿De qué habláis? Y ¿Qué le contestan? Ni más ni menos abren sus heridas por las que supura el desencanto, la desilusión pero no la falta de enamoramiento de Jesús. ¿Qué nos preocupa a nosotros? ¿Qué puesto ocupa Jesús en el termómetro de nuestras conversaciones, decisiones, elecciones, etc.?

Que el Señor, que no es ningún forastero o ajeno a lo que ocurre en nuestra vida, escuche de nuestros labios la misma invitación de aquellos dos compañeros de camino: “Quédate con nosotros, porque atardece” Porque, con Jesús, nunca es tarde (El es el Sol) pero si que es verdad que nosotros nos quedamos sin luz.

3.- QUÉDATE CON NOSOTROS, SEÑOR

Porque el camino por donde avanzamos

son kilómetros sin luz y con tropezones

Porque, sin Ti, es difícil reconocer y alcanzar

la paz y la felicidad que necesitamos.

Porque, sin Ti, el pan de cada día

se hace duro de masticar y desagradable al paladar.

 

QUÉDATE CON NOSOTROS, SEÑOR

Porque, sin Ti, es huérfano nuestro caminar

triste nuestro canto e insípido nuestro existir.

Porque, sin Ti, la vida no es vida

y, la muerte, el triunfadora sobre nuestra suerte

 

QUÉDATE CON NOSOTROS, SEÑOR

Porque, para vivir, necesitamos verte

Porque, para no fracasar,

es bueno que camines a nuestro lado

y compartas nuestras ilusiones y nuestros sueños

y te hagas sabedor y conocedor de nuestras dudas y fracasos

 

QUÉDATE CON NOSOTROS, SEÑOR

Para volver de lo antiguo a lo nuevo

Para regresar de los caminos equivocados

Para llevar esperanza a un mundo perdido

Para que, la noche de la fe,

dé lugar al esplendor de la luz del día.

 

QUÉDATE CON NOSOTROS, SEÑOR

Porque anochece si, Tú, no eres el sol que nos ilumina

Porque atardece si, Tú, no eres la luz que nos guía

Porque ennegrecen nuestros días si, Tú,

no les das paz, fuerza y armonía.

 

QUÉDATE CON NOSOTROS, SEÑOR

Para que la tristeza sea amordazada

por la alegría de la Pascua

Para que nuestra fe sea contagiosa,

pascual, vibrante y entusiasta

 

QUÉDATE CON NOSOTROS, SEÑOR

Y que no dejemos de avanzar por los caminos de la vida

dando a conocer lo que, tu presencia, aporta a nuestros días

Y que no dejemos de pregonar lo que, tu compañía,

enriquece a nuestro caminar por la tierra.


7.- QUE NO LE DEJEMOS PASAR DE LARGO

Por Ángel Gómez Escorial

1.- El relato de Lucas sobre los discípulos de Emaús es muy bello. Y además define muchas cosas. Y, entre otras, el nuevo aspecto del Resucitado que impide a los de Emaús reconocerle. Es el gran misterio de ese cuerpo igual, pero glorificado, con las huellas de la Pasión –como vimos en el evangelio del domingo pasado--, con los agujeros en sus pies y manos y la lanzada en el costado. Las posibilidades de comentario que da el fragmento de San Lucas que acabamos de escuchar son muchas e importantes. Surgen muchas ideas: le reconocen a partir el pan, figura clara de la Eucaristía, les arde el corazón cuando le escuchan explicar las Escrituras, camino y guía para todos nosotros…

2.- A mí hoy me gustaría hacer discurrir el presente comentario hacia una posibilidad grandiosa y preocupante: que el Señor camine a nuestro lado y no seamos capaces de darnos cuenta que pasa a nuestro lado, que es Él la persona que camina junto a nosotros en cualquier parte de nuestra ciudad. O que el Señor, en un momento dado, nos explique su camino de verdad y de vida y no le hagamos caso; o bien porque no le hemos reconocido, o porque no nos interesa lo que dice. Incluso, que nos dé de comer el pan santo y multiplicado y lo despreciemos. Y todo ello no, tal vez, por maldad, sino por falta de atención, por encontrarnos demasiado imbuidos en las necesidades poco importantes que nos marca nuestro mundo de hoy o, también, porque el pecado nuble nuestra vista. El mayor fracaso de una vida es que lo superficial impida ver lo importante. Mi idea es que el Tentador no suele “oferta” la posibilidad de grandes pecados que nos conviertan en seres claramente malos. Ello nos haría caer en la cuenta que algo malvado y maligno nos rodea. Es más sutil. Utiliza nuestro “propio material”, nuestros propios defectos, o faltas repetidas. Porque si nosotros somos vagos o nos gusta en demasía la comida o no centrarnos con energía en nuestras obligaciones por ahí andará intentando que nuestra vida fracase porque lo superficial, lo que nada vale, nos nuble la vista respecto a lo sublime y fundamental. Pero a poco que estemos atentos, y no nos neguemos a verle, Jesús se nos hará presente igual que los discípulos de Emaús. Le reconoceremos ante una frase que nos llega de la Escritura y que, en un momento dado, toma especial significado. Le veremos en el rostro dolorido del hermano pobre y abandonado. Le observaremos –aunque tengamos poca fe—en el altar, cuando la patena y los vasos sagrados toman especiales brillos. Después –seguro—nos arderá el corazón como a los hermanos de Emaús.

3.- Pudiera ser, no obstante, que no sintamos solos y que, incluso, algunas veces parece que Él no está cerca de nosotros. Si nos empecinamos en enrocarnos en esa soledad aparecerán las distracciones habituales de la vida cotidiana y nos costará mucho trabajo sentirle. Cuando sintamos ese abandono –que nunca puede ser largo o definitivo—hemos de acercarnos a los lugares en los que sabemos que Él está: en la Escritura, en la Eucaristía, en la quietud de un momento de meditación con los ojos y el corazón puestos en cualquier escena de los Evangelios. Y antes de que nos demos cuenta Él, el Resucitado, estará a nuestro lado y sabremos que nos ha partido el pan para nosotros y nos ha explicado la Escritura, como lo sintieron los discípulos de Emaús. Porque no nos engañemos, la gran realidad del cristiano es saber que Cristo está con él. Mientras que no admitamos esa cercanía real no seremos cristianos o esteremos entretenidos con otras cosas, algunas buenas, sin duda, pero no fundamentales. La Pascua nos tiene que servir para crecer en esa percepción de la presencia del Señor.

4.- La Pascua es un muy especial tiempo de conversión. Sólo hemos de compararnos con los apóstoles asustados en el interior del Cenáculo, cerrado a cal y canto, por miedo a los judíos. Lo vimos, también, el domingo pasado. Pero hoy hemos visto como la liturgia –siempre sabia—nos lleva ya a Pentecostés. Es Pedro quien se dirige a una multitud, sin demostrar el menor miedo y con gran aplomo y sabiduría. Ya, el Señor, había ascendido al Cielo. Ya, asimismo, habían pasado los cincuenta días –tanto da cuanto tiempo fue exactamente—de la presencia glorificada de Jesús con sus apóstoles, tras la Resurrección. Periodo que el Señor dedicó todavía a enseñar a sus amigos. Y, ciertamente, Pentecostés, es la llegada del Espíritu Santo, “que se lo iba a enseñar todo”. Pero la Pascua sirvió a los apóstoles para crecer desde la perspectiva de que el Señor era verdaderamente Dios. Nosotros –es obvio—tenemos “menos suerte” que los apóstoles, hemos de trabajar con nuestra fe, siempre vacilante e insegura. Aunque fue destinada a nosotros la última bienaventuranza que pronunció Jesús y que se la dijo a Tomás, tal como veíamos el domingo pasado: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Y esa tan maravillosa frase iba por nosotros, los que hemos ido siguiendo a Jesús, siglo tras siglo, sin tener la suerte de verle con los ojos físicos de nuestra cara, aunque le sintamos con el corazón y dentro del corazón. No dejemos pasar pues esta Pascua para que todos nosotros lleguemos también a Pentecostés y seamos capaces de proclamar, como Pedro, que Jesús es el Señor y medicina segura para los muchos males de este mundo.

5.- La segunda lectura, como habéis escuchado, es de la Primera Carta del Apóstol Pedro. Hoy el primer Papa nos interpela dos veces desde la Escritura y en su carta nos recuerda que él nos libro del pecado por el efusión de su sangre reparadora y que, efectivamente, resucitó de entre los muertos. Está dicho por Pedro con sencillez y emoción. Y dentro del recuerdo de aquellos días prodigiosos que tuvo que vivir la primera comunidad cristiana tras la Resurrección del Señor. En fin, que aprendamos a reconocer a Cristo, que no le dejemos pasar de largo. Él está siempre cerca de nosotros y, sobre todo, está en los más pobres y necesitados. Y que, asimismo, no dejemos pasar esta Pascua sin crecer en la fe, en la esperanza y en el amor. Muchos hermanos, cada vez más, esperan de nosotros…


LA HOMILIA MÁS JOVEN


EMAÚS: COMPARTIR

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Os podéis preguntar, mis queridos jóvenes lectores, donde cae la población a la que el texto del evangelio de hoy hace referencia. Sinceramente os he de contestar que varios lugares quieren atribuirse serlo y no hay criterios seguros para escoger uno en particular. Creo que los dos más probables son Abu Gosh, donde existe un monasterio benedictino, y está muy próximo al lugar donde en tiempos de David reposó el Arca de la Alianza. El otro lugar con probabilidades de autenticidad es Qubeybeh. Un pueblo palestino donde una comunidad franciscana protege el sitio de la casa que se supone fue de Cleofás, uno de los viajeros. Este segundo lugar carece de la elegancia de un templo románico que posee el primero, pero la calzada antigua y las sencillas casitas a sus lados, de las que restan algunas paredes, amén de los fragmentos de mosaico bizantino, le confieren un encanto extraordinario. El lugar es poco visitado en la actualidad, las antiguas dependencias de un prospero convento, son un parvulario al servicio de la población. La presencia de la Custodia de los sucesores de Francisco, es un precioso testimonio del mensaje de Emaús. Puede uno por lo tanto, darse fácilmente a la contemplación y yo, más de una vez lo he hecho.

2.- Los dos compañeros huyen de Jerusalén. Se sienten fracasados, pero no derrotados, su mente, de alguna manera, tiene abierta una rendija a la esperanza. Hablan, comentan, recapacitan. Se pone a su lado alguien que les pregunta el motivo de sus preocupaciones. Si esto ocurriera hoy en día, y desde donde yo me estoy dirigiendo a vosotros, mis queridos jóvenes lectores, lo más probable es que no obtendría ninguna respuesta. No querrían entrometidos, hablaban de su problema, que a nadie importaba. Ni ellos mismos serían capaces de expresarse. En nuestra actualidad, le resulta a la gente más fácil ir a una playa nudista que compartir la interioridad personal. Si es preciso hacerlo, acudirá a un psicólogo, al que pagará y del que sin duda podrá obtener ayuda, pero nunca el gozo y la satisfacción y el enriquecimiento, que uno siente cuando pasa un buen rato viviendo en cordial amistad.

3.- Ellos sí, están abiertos. Le cuentan el motivo de su pena. El desconocido, a su lado, les ofrece ayuda. Hablan, se comunican, enriqueciéndose espiritualmente. Se ha hecho tarde y han llegado a su destino. Le invitan a quedarse. Así como su corazón estaba abierto al amigo, no es extraño que su domicilio esté abierto al huésped. Ha sido tan satisfactoria la compañía, que el forastero accede y entra. Generalmente la escena la representan los pintores como una cena privada, en una mesa pequeñita. Tal vez fue así. Pero recuerdo que no hace mucho descubrí, sin buscarlo, un enorme cuadro en el museo de Louvre. Me sorprendió que su titulo fuera la casa de Emaús, pues en la escena aparecían, además de los dos caminantes, otros personajes que les estaban sirviendo. Comprendí luego, que lo más probable es que ocurriera así, que fuera un domicilio familiar, donde un miembro puede invitar a un amigo, que no se sentirá extraño, donde hay sitio para el huésped, donde hay mesa, alimentos y dormitorio, para ofrecer al visitante. ¡Cuantas casas hoy en día están dotadas de muchos artilugios, quizá posean jardín con barbacoa, habitación con ordenadores, cuarto de juegos, casucha para el perro, pero carezcan de habitación de huéspedes! Es una pena. La primera Eucaristía, la del Jueves Santo, se celebro en una “sala alta” que ofreció una familia jerosolimitana. El domingo de Pascua, la misma tarde de la Resurrección se celebró la que muchos consideran fue la segunda Eucaristía. En las dos ocasiones ocurrió en casa abierta a la amistad. ¿Son así las nuestras? Si encontráramos por los senderos de la vida, al Señor que hace camino y disfrutáramos de sus palabras y orientaciones ¿podríamos invitarle a quedarse con nosotros? (Algunos dicen que para eso están los hoteles, ignorando que mesones existían en los tiempos bíblicos pero que la hospitalidad cristiana los hizo innecesarios).

Lo conocieron al Partir el Pan. Reconocieron que algo habían notado ya por el camino, que les hizo henchirse de emoción. Su alma había sido hospitalaria, su domicilio también. Gozaron así, vuelvo a repetirlo, del privilegio de celebrar la primera misa después de la Resurrección del Señor. Los autores dicen que posiblemente uno de ellos, Cleofás, esposo de una de las marías, que acompañó al Señor en el Calvario, era tío de Jesús, sin haberlo reconocido antes. Fue la experiencia de su Amor, precedido este por el gesto de ellos, lo que les otorgó el privilegio. ¿Qué hubiera pasado en las casas de la actualidad? Vuelvo a preguntar ¿Hay sitio para Jesús en ellas? No se reservaron la noticia, no pensaron que ya irían al día siguiente, que era mejor no precipitarse, que ya tendrían tiempo de contárselo a los demás. Regresaron a Jerusalén y allí se encontraron que algo parecido les había ocurrido a los otros. La alegría compartida no se suma, se multiplica.

Jesús, ontológicamente considerado, es Dios que comparte la naturaleza humana. Jesús, históricamente observado, es la comunicación amiga con los hombres que encuentra abiertos a la amistad. Vino a los suyos, pero no le recibieron, lamenta el evangelio de Juan.

4.- Os decía al principio, mis queridos jóvenes lectores, que no se conocía exactamente donde estaba Emaús. Tal vez sea una suerte nuestra ignorancia, ya que así cada casa acogedora al pobre caminante, cada persona abierta a la amistad, cada individuo dispuesto a dar con sencillez la razón de sus penas y alegrías, construyen cabe sí, el auténtico Emaús de nuestros días, más importante que cualquier conjunto de piedras arqueológicas.